Ahora digo que no entro yo allá. No me atrevo á pasar por una

tan estrecha religión. ¿Yo vivir sin el desempeño ordinario? Será

imposible. Desde ahora me despido de tal corte y á fe que no seré solo.

¿No hay embustes? Pues digo que no es corte. ¿No hay engañadores ni

lisonjas ni lisonjeros ni encarecedores? Pues no habrá cortesanos. ¿No

hay caballeros sin palabra ni grandes sin obra? Pues digo que ni es

corte. ¿No hay casas á la malicia y calles á la pena? Vuelvo á decir

que no puede ser corte. Señores ¿quién vive en este París, en este

Stocolmo, quién en esta Cracovia? ¿Quién corteja á esta reina? Sola

debe andarse, como la Fénix.

No falta quien la asista y la corteje, respondió el Acertador.

Porque sabrás, oh Andrenio, que, cuando los mundanos echaron la Verdad

del mundo y metieron en su trono la Mentira, según refiere un amigo de

Luciano, trató el Supremo Parlamento de volverla á introducir en el

mundo, á petición de los mismos hombres, á instancias de los mundanos,

que no podían vivir sin ella. No podían averiguarse ni con criados

ni oficiales ni con las propias mujeres. Todo era mentira, enredo y

confusión. Parecía un Babel todo el mundo, sin poderse entender unos á

otros. Cuando decían sí, decían no; y cuando blanco, negro. Conque no

había cosa cierta ni segura. Todos andaban perdidos y gritando:

¡Vuelva, vuelva la verdad!

Era dificultosa la empresa y temíase mucho el poder salir della. Porque

no se hallaba quien quisiese ser el primero á decirla. ¿Quién dirá la

primera verdad? Ofreciéronse grandes premios al que quisiese decir

la primera y no se hallaba ninguno. No había hombre, que quisiese

comenzar. Buscáronse varios medios, discurriéronse muchos arbitrios y

no aprovechaban. Pues ella se ha de introducir, ella ha de volver á los

humanos pechos y á arraigarse en los corazones. Véase el cómo. Teníanlo

por imposible los políticos y decían:

¿Por dónde se ha de comenzar? ¿Por Italia? Es cosa de risa. ¿Por

Francia? Es cuento. ¿Por Inglaterra? No hay que tratar. ¿Por España?

Aún, aún; pero será dificultoso. Al fin, después de muchas juntas, se

resolvió que la desliesen con mucho azúcar, para desmentir su amargura

y la echasen mucho ámbar contra la fortaleza, que de sí arrojaba. Y

deste modo dorada y azucarada en un tazón de oro, no de vidrio por

ningún caso, que se trasluciría, luego la fuesen brindando á todos

los mortales, diciendo ser una exquisita confección, una rara bebida,

venida de allá de la China y aún más lejos, más preciosa que el

chocolate ni que el chá ni que el broete, para que con eso hiciesen

vanidad de beberle. Comenzaron, pues, á mandarla á unos y á otros

por su orden. Llegaron á los príncipes los primeros, para que con su

ejemplo se animasen á pasarla los demás y se compusiese el orbe todo;

mas ellos de una legua sintieron su amargura. Que tienen muy despiertos

los sentidos: tanto huelen como oyen; y comenzaron á dar arcadas.

Alguno hubo, que por una sola gota, que pasó, comenzó luego á escupir,

que aún le dura. En probándola, decían todos: ¡Qué cosa tan amarga!

Y respondían los otros:

Es la Verdad.

Pasaron con tanto á los sabios. Éstos sí decían, que toda su vida

hacen estudio de averiguarla; mas ellos tan presto como la comieron la

arrimaron, diciendo que tenían harto con la teórica, que no querían la

práctica; en especulación, no en ejecución. Hora vamos á los varones

ancianos y muchachos, que suelen hacer pasto della. Engañáronse,

porque, en sintiéndola, cerraron los labios y apretaron los dientes,

diciendo:

Por mi boca no; por la del otro, á la de mi vecino. Convidaron á los

oficiales. Menos; antes dijeron que morirían de hambre en cuatro días,

si en la boca la tomasen, especialmente los sastres. Los mercaderes, ni

verla, que por eso tienen las tiendas á escuras y aborrecen sus cajones

la luz. Los cortesanos, ni oírla. No se halló mujer, que la quisiese

probar, y decía una:

¡Anda allá!, que mujer sin enredo, bolsa sin dinero.

Desta suerte fueron pasando por todos los estados y empleos y no se

halló quien quisiese arrostrar á la Verdad. Viendo esto, se resolvieron

de probar con los niños, para que tan temprano la mamasen con la

leche y se hiciesen á ella. Y fué menester buscarlos muy pequeñuelos.

Porque los grandecillos ya la conocían y la aborrecían á imitación de

sus padres. Fueron á los locos perenales, á los simples solemnes, que

todos la bebieron. Los niños, engañados con aquella primera dulzura.

Los simples, porque no dieron en la cuenta, apechugaron con el vaso

hasta agotarle. Llenaron el buche de verdades, comenzando al punto á

regoldarlas, amargue ó no amargue. Ellos la dicen, pique ó no pique;

ellos la estrellan, unos la hablan, otros la vocean. Ellos no la sepan;

que, si la saben, no dejarán de decirla. Así que los niños y los locos

son hoy los cortesanos desta reina, ellos los que la asisten y la

cortejan.

Hallábanse ya á la entrada de una ciudad por todas partes abierta.

Veíanse sus calles esentas, anchas y muy derechas, sin vueltas,

revueltas ni encrucijadas. Y todas tenían salida. Las casas eran de

cristal con puertas abiertas y ventanas patentes. No había celosías

traidoras ni tejados encubridores. Hasta el cielo estaba muy claro y

muy sereno, sin nieves de emboscadas y todo el hemisferio muy despejado.

¡Qué diferente región ésta, ponderaba Critilo, de todo lo restante del

mundo!

Pero, ¡qué corta corte ésta!, decía Andrenio.

Y el Acertador:

Por eso defendía uno que la mayor corte hasta hoy había sido la

de Babilonia. Perdone la triunfante Roma con sus seis millones de

habitadores y Pequin en la China, en cuyo centro, puesto en alto un

hombre, no descubre sino casas, con ser tan llano su hemisferio.

Estaban ya para entrar, cuando repararon en que muchos y gente de

autoridad, antes de meter el pie, hacían una acción bien notable y era

calafatearse muy bien las orejas con algodones. Y aun no satisfechos

con esto, se ponían ambas manos en ellas y muy apretadas.

¿Qué significa esto?, preguntó Critilo. Sin duda que éstos no gustan

mucho de la Verdad.

Antes no hallan otra cosa, respondió el Acertador.

¿Pues para qué es esta diligencia?

Hay un misterio en esto, dijo uno dellos mismos, que lo oyó.

Y aun una gran malicia, replicó otro.

Si es cautela, no es cautela.

Conque se trabó entre los dos una gran altercación.

De necios es el porfiar, decía el primero.

Y de discretos el disputar, replicó el segundo.

Digo que la verdad es la cosa más dulce de cuantas hay.

Y yo digo que la más amarga.

Los niños son amigos de lo dulce y la dicen: luego dulce es.

Los príncipes son enemigos de lo que amarga y la escupen: luego amarga

es. Loco es el que la dice.

Y sabio el que la oye.

No es política tampoco; es embustera, es muy pesada.

También es preciosa como el oro.

Es desaliñada.

Achaque de linda.

Todos la maltratan.

Ella hace bien á todos.

Desta suerte discurrían por extremos, sin topar el medio, cuando el

Acertador se puso en él y les dijo:

Amigos, menos voces y más razones. Distinguid textos y concordaréis

derechos. Advertid que la verdad en la boca es muy dulce; pero en el

oído es muy amarga. Para dicha no hay cosa más gustosa; pero para oída

no hay cosa más desabrida. No está el primor en decir las verdades;

sino en el escucharlas. Y así veréis que la verdad murmurada es todo

el entretenimiento de los viejos. En esto gastan días y noches, gustan

mucho de decirla; pero no que se la digan. Y en conclusión, la verdad,

por activa, es muy agradable; pero por pasiva, la quinta esencia de lo

aborrecible. Esto es, en murmuración, no en desengaño.

Comenzaron ya á discurrir por aquellas calles, si bien no acertaba

Andrenio á dar paso y de todo temía. En viendo un niño, se ponía á

temblar, y en descubriendo un orate, desmayaba. Toparon y oyeron cosas

nunca dichas ni oídas, hombres nunca vistos ni conocidos. Aquí hallaron

el sí, sí, y el no no. Que, aunque tan viejos, nunca los habían topado.

Aquí el hombre de su palabra, que casi no le conocían. Viéndolo

estaban y no lo creían, como ni al hombre de verdad y de entereza, el

de _andemos claros, vamos con cuenta y razón_, el de la verdad por un

moro. Que todos eran personajes prodigiosos.

Y aun por eso no los hemos encontrado en otras partes, decía Critilo,

porque están aquí juntos.

Aquí hallaron los hombres sin artificio, las mujeres sin enredo, gente

sin tramoya.

¿Qué hombres son éstos, decía Critilo, y de dónde han salido, tan

opuestos con los que por allá corren? No me harto de verlos, tratarlos

y conocerlos. Esto sí que es vivir, éste cielo es, que no mundo. Ya

creo agora todo cuanto me dicen sin escrúpulo alguno ni temor de

engaño; que antes no hacía mas que suspender el juicio y tomar un año

para creer las cosas. ¿Hay mayor felicidad que vivir entre hombres de

bien, de verdad de conciencia y entereza? Dios me libre de volver á los

otros, que por allá se usan.

Pero duróle poco el contento. Porque, yéndose encaminando hacia la

plaza Mayor, donde se lograba el transparente alcázar de la Verdad

triunfante, oyeron antes de llegar allá unas descomunales voces, como

salidas de las gargantas de algún gigante, que decían:

¡Guarda el monstruo, huye el coco! ¡Á huir todo el mundo, que ha parido

ya la Verdad el hijo feo, el odioso, el abominable! ¡Que viene, que

vuela, que llega!

Á esta espantosa voz echaron todos á huir, sin aguardarse unos á otros,

á necio el postrero. Hasta el mismo Critilo, ¿quién tal creyera?,

llevado del vulgar escándalo, cuando no ejemplo, se metió en fuga; por

más que el Acertador le procuró detener con razones y con ruegos.

¿Dónde vas?, le gritaba.

Donde me llevan.

Mira que huyes de un cielo.

Pongamos cielo en medio.

Quien quisiere saber qué monstruo, qué tan espantoso fuese aquel feo

hijo de una tan hermosa madre y dónde fueron á parar nuestros asustados

peregrinos, trate de seguirlos hasta la otra Crisi.

CRISI IV

_El Mundo descifrado._

Es Europa vistosa cara del mundo, grave en España, linda en Inglaterra,

gallarda en Francia, discreta en Italia, fresca en Alemania, rizada en

Suecia, apacible en Polonia, adamada en Grecia y ceñuda en Moscovia.

Esto les decía á nuestros dos fugitivos peregrinos un otro en lo raro,

que le habían ganado, cuando perdido él á su Adevino.

Tenéis buen gusto, les decía, nacido de un buen capricho, en andaros

viendo mundo y más en sus cortes, que son escuelas de toda discreta

gentileza. Seréis hombres tratando con los que lo son, que eso es

propiamente ver mundo. Porque advertid que va grande diferencia del

ver al mirar. Que quien no entiende no atiende. Poco importa ver

mucho con los ojos, si con el entendimiento nada. Ni vale el ver sin

el notar. Discurrió bien quien dijo que el mejor libro del mundo era

el mismo mundo, cerrado cuando más abierto, pieles estendidas. Esto

es, pergaminos escritos llamó el mayor de los sabios á estos cielos

iluminados de luces, en vez de rasgos y de estrellas por letras.

Fáciles son de entender esos brillantes caracteres, por más que algunos

los llamen dificultosos enigmas. La dificultad la hallo yo en leer

y entender lo que está de las tejas abajo. Porque, como todo ande

en cifra y los humanos corazones estén tan sellados, inescrutables,

asegúroos que el mejor letor se pierde. Y otra cosa, que, si no lleváis

bien estudiada y bien sabida la contracifra de todo, os habréis de

hallar perdidos, sin acertar á leer palabra ni conocer letra ni un

rasgo ni un tilde.

¿Cómo es eso?, replicó Andrenio. ¿Que el mundo todo esta cifrado?

¿Pues ahora recuerdas con eso? ¿Ahora te desayunas de una tan

importante verdad, después de haberle andado todo? ¡Qué buen concepto

habrás hecho de las cosas!

¿De modo que todas están en cifra?

Dígote que sí, sin exceptuar un ápice. Y para que lo entiendas, ¿quién

piensas tú que era aquel primer hijo de la Verdad, de quien todos huían

y vosotros de los primeros?

¿Quién había de ser, respondió Andrenio, sino un monstruo tan fiero, un

trasgo tan aborrecible, que aún me dura el espanto de haberle visto?

Pues hágote saber que era el odio, el primogénito de la Verdad. Ella le

engendra, cuando los otros le conciben, y ella le pare con dolor ajeno.

Aguarda, dijo Critilo, y aquel otro hijo también de la Verdad tan

celebrado de lindo, que no tuvimos suerte de verle, ni tratarle, ¿quién

era?

Ése es el postrero, el que llega tarde. Á ése os quiero yo llevar agora

para que le conozcáis y gocéis de su buen trato, discreción y respeto.

Pero, ¡que no tuviésemos suerte de ver la Verdad, se lamentaba

Andrenio, ni aun esta vez, estando tan cerca, especialmente en su

elemento! Que dicen es muy hermosa. No me puedo consolar.

¿Cómo qué? ¿No la viste?, replicó el Descifrador, que así dijo se

llamaba. Ése es el engaño de muchos, que nunca conocen la Verdad en sí

mismos, sino en los otros, y así verás que alcanzan lo que le está mal

al vecino, al amigo, lo que debieran hacer, y lo dicen y lo hablan;

y para sí mismos ni saben ni entienden. En llegando á sus cosas,

desatinan de modo, que en las cosas ajenas son unos linces y en las

suyas unos topos. Saben cómo vive la hija del otro y en qué pasos anda

la mujer del vecino, y de la suya propia están muy ajenos. ¿Pero no

viste alguna de tantas bellísimas hembras, que por allí discurrían?

Sí, muchas y bien lindas.

Pues todas ésas eran Verdades, cuanto más ancianas, más hermosas. Que

el tiempo, que todo lo desluce, á la Verdad la embellece.

Sin duda, añadió Critilo, que aquella coronada de álamo, como reina de

los tiempos, con hojas blancas de los días y negras de las noches, ¿era

la Verdad?

La misma.

Yo la besé, dijo Andrenio, la una de sus blancas manos y la sentí tan

amarga, que aún me dura el sinsabor.

Pues yo, dijo Critilo, la besé la otra al mismo tiempo y la hallé de

azúcar. Mas ¡qué linda estaba y muy de día! Todos los treinta y tres

treses de hermosura se los conté uno por uno. Ella era blanca en tres

cosas, colorada en otras tres, crecida en tres y así de los demás. Pero

entre todas estas perfecciones excedía la de la pequeña y dulce boca,

brollador de ámbar.

Pues á mí, replicó Andrenio, me pareció toda al contrario y, aunque

pocas cosas me suelen desagradar, ésta por estremo.

Paréceme, dijo el Descifrador, que vivís ambos muy opuestos en genio:

lo que al uno le agrada, al otro le descontenta.

Á mí, dijo Critilo, pocas cosas me satisfacen del todo.

Pues á mí, dijo Andrenio, pocas dejan de contentarme, porque en todas

hallo yo mucho bueno y procuro gozar dellas, tales cuales son, mientras

no se topan otras mejores. Y éste es mi vivir, al uso de los acomodados.

Y aun necios, replicó Critilo.

Interpúsose el Descifrador:

Ya os dije que todo cuanto hay en el mundo pasa en cifra: el bueno,

el malo, el ignorante y el sabio. El amigo le toparéis en cifra y aun

el pariente y el hermano, hasta los padres y hijos; que las mujeres

y los maridos es cosa cierta. ¡Cuanto más los suegros y cuñados, el

dote fiado y la suegra de contado! Las más de las cosas no son las que

se leen. Ya no hay entender pan por pan, sino por tierra; ni vino por

vino, sino por agua. Que hasta los elementos están cifrados en los

elementos: ¿qué serán los hombres? Donde pensaréis que hay sustancia,

todo es circunstancia, y lo que parece más sólido, es más hueco, y toda

cosa hueca, vacía. Solas las mujeres parecen lo que son y son lo que

parecen.

¿Cómo puede ser eso, replicó Andrenio, si todas ellas de pies á cabeza

no son otro que una mentirosa lisonja?

Yo te lo diré. Porque las más parecen malas y realmente que lo son.

De modo que es menester ser uno muy buen letor para no leerlo todo

al revés, llevando muy manual la contracifra, para ver, si el que os

hace mucha cortesía, quiere engañaros; si el que besa la mano, querría

morderla; si el que gasta mejor prosa, os hace la copla; si el que

promete mucho, cumplirá nada; si el que ofrece ayudar, tira á descuidar

para salir él con la pretensión. La lástima es que hay malísimos

letores, que entienden C por B y fuera mejor D por C. No están al

cabo de las cifras ni las entienden, no han estudiado la materia de

intenciones, que es la más dificultosa de cuantas hay. Yo os confieso

ingenuamente que anduve muchos años tan á ciegas como vosotros, hasta

que tuve suerte de topar con este nuevo arte de descifrar, que llaman

de discurrir los entendidos.

Pues díme, preguntó Andrenio, éstos que vamos encontrando ¿no son

hombres en todo el mundo y aquellas otras no son bestias?

¡Qué bien lo entiendes!, le respondió en pocas palabras y mucha risa.

He, que no lees cosa á derechas. Advierte que los más, que parecen

hombres, no lo son, sino diptongos.

¿Qué cosa es diptongo?

Una rara mezcla. Diptongo es un hombre con voz de mujer y una mujer,

que habla como hombre. Diptongo es un marido con melindres y la mujer

con calzones. Diptongo es un niño de sesenta años y uno sin camisa,

crujiendo seda. Diptongo es un francés injerto en español, que es la

peor mezcla de cuantas hay. Diptongo hay de amo y mozo.

¿Cómo puede ser eso?

Bien mal. Un señor en servicio de su mismo criado. Hasta de ángel y

de demonio le hay, serafín en la cara y duende en el alma. Diptongo

hay de sol y de luna en la variedad y belleza. Diptongo toparéis de

sí y de no. Y diptongo es un monjil forrado de verde. Los más son

diptongos en el mundo. Unos compuestos de fieras y hombres, otros

de hombres y bestias, cuál de político y raposo y cuál de lobo y

avaro, de hombre y gallina. Muchos bravos de hipogrifos, muchas tías

y de lobas, las sobrinas de micos, y de hombres los pequeños, y los

agigantados de la gran bestia. Hallaréis los más vacíos de sustancia

y rebutidos de impertinencia. Que conversar con un necio no es otro

que estar toda una tarde sacando pajas de una albarda. Los indoctos

afectados son buñuelos sin miel y los podridos, bizcochos de galera.

Aquel tan tieso cuan enfadoso es diptongo de hombre y estatua: y déstos

toparéis muchos. Aquel otro, que os parece un Hércules con clava, no

es sino con rueca: que son muchos los diptongos afeminados. Los peores

son los caricompuestos de virtud y de vicio, que abrasan el mundo.

Pues no hay mayor enemigo de la verdad, que la verisimilitud, así

como los de hipócrita malicia. Veréis hombres comunes injertos en

particulares y mecánicos en nobles. Aunque veáis algunos con vellocino

de oro, advertid que son borregos y que los Cornelios son ya Tácitos

y los Lucios, Apuleyos. ¿Pero qué mucho, si aun en las mismas frutas

hay diptongos, que compraréis peras y comeréis manzanas y compraréis

manzanas y os las dirán que son peras?

¿Qué os diré de las paréntesis? Aquellas que ni hacen ni deshacen en la

oración, hombres que ni atan ni desatan, no sirven sino de embarazar

el mundo. Hacen algunos número de cuarto Conde y quinto Duque en sus

ilustres casas, añadiendo cantidad, no calidad. Que hay paréntesis

del valor y digresiones de la fama. ¡Oh, cuántos déstos no vinieron á

propósito ni á tiempo!

De verdad, dijo Critilo, que me va contentando este arte de descifrar y

aun digo que no se puede dar un paso sin él.

¿Cuántas cifras habrá en el mundo?, preguntó Andrenio.

Infinitas y muy dificultosas de conocer; mas yo prometo declararos

algunas, digo las corrientes; que todas sería imposible. La más

universal entre ellas y que ahorca medio mundo, es el etcétera.

Ya la he oído usar algunas veces, dijo Andrenio; pero nunca había

reparado como ahora ni me daba por entendido.

¡Oh, que dice mucho y se explica poco! No habéis visto estar hablando

dos y pasar otro:

¿Quién es aquél?

¿Quién? Fulano.

No lo entiendo.

¡Oh, válgame Dios!, dice el otro: aquel que..., etcétera.

¡Oh, sí, sí, ya lo entiendo!

Pues eso es el etcétera.

¿Aquella otra quién es?

¿Qué, no la conocéis?

Aquella es la que..., etcétera.

Sí, sí, ya doy en la cuenta.

Aquel es, cuya hermana..., etcétera.

No digáis más, que ya estoy al cabo.

Pues eso es el etcétera. Enfádase uno con otro y dícele:

Quite allá, que es un..., etcétera. Váyase para una..., etcétera.

Entiéndense mil cosas con ella y todas notables. Reparad en aquel

monstruo casado con aquel ángel. ¿Pensaréis que es su marido?

¿Pues qué había de ser?

¡Oh qué lindo! Sabed que no lo es.

¿Pues qué?

No se puede decir: es un..., etcétera.

¡Válgate por la cifra y quién había de dar con ella!

Aquella otra, que se nombra tía, no lo es.

¿Pues qué?

Etcétera.

La otra por doncella, el primo de la prima, el amigo del marido.

Hé, que no lo son, por ningún caso; no son sino..., etcétera.

El sobrino del tío.

Que no lo es, sino..., etcétera. Digo sobrino de su hermano.

Hay cien cosas á esta traza, que no se pueden explicar de otra manera

y así echamos un etcétera, cuando queremos que nos entiendan sin

acabarnos de declarar. Y os aseguro que siempre dice mucho más de lo

que se pudiera expresar. Hombre hay que habla siempre por etcétera y

que llena una carta dellas; pero, si no van preñadas, son sencillas

y otras tantas necedades. Por eso conocí yo uno, que le llamaron _el

licenciado de etcétera_, así como á otro _el licenciado del chiste_.

Reparad bien que os prometo que casi todo el mundo es un etcétera.

Gran cifra es ésta, decía Andrenio, abreviatura de todo lo malo y

lo peor. Dios nos libre de ella y de que caiga sobre nosotros. ¡Qué

preñada y qué llena de alusiones! ¡Qué de historias que toca y todas

raras! Yo la repasaré muy bien.

Pues pasemos adelante, dijo el Descifrador.

Otra os quiero enseñar, que es más dificultosa y, por no ser tan

universal, no es tan común; pero muy importante.

¿Y cómo la llaman?

Cutildeque. Es menester gran sutileza para entenderla, porque incluye

muchas y muy enfadosas impertinencias y se descifra por ella la necia

afectación. ¿No oís aquel que habla con eco, escuchándose las palabras

con pocas razones?

Sí y aun parece hombre discreto.

Pues no lo es; sino un afectado, un presumido y, en una palabra, él es

un Cutildeque. Notad aquel otro, que se compone y hace los graves y

los tiesos; aquel otro que afecta misterios y habla por sacramentos;

aquel que va vendiendo secretos. Parecen grandes hombres. Pues no lo

son; sino que lo querrían parecer. No son sino figuras en cifra de

Cutildeque. Reparad en aquel atufadillo, que se va paseando la mano por

el pecho y diciendo:

¡Qué gran hombre se cría aquí, qué prelado, qué presidente!

Pues aquel otro, que no le pesa haber nacido, también es Cutildeque.

El atildado estase dicho, el mirlado, el abemolado y que habla con la

voz flautada, con tonillo de falsete, el ceremonioso, el espetado, el

acartonado y otros muchos de la categoría del enfado, todos éstos se

descifran por la Cutildeque.

¡Qué docto se quiere ostentar aquél, dijo Andrenio! ¡Qué bien vende lo

que sabe!

Señal que es ciencia comprada y no inventada y advierte que no es

letrado; más tiene de Cutildeque, que de otras letras. Todos estos

atildados afectan parecer algo y al cabo son nada. Y si acertáis

á descifrarlos, hallaréis que no son otro que figuras en cifra de

Cutildeque.

¡Aguarda!, y aquellos otros, dijo Andrenio, tan alzados y dispuestos,

que parece los puso en zancos la misma naturaleza ó que su estrella los

aventajó á los demás y así los miran por encima del hombro y dicen:

¡ah de abajo!, ¿quién anda por esos suelos? Éstos sí, que serán muy

hombres, pues hay tres y cuatro de los otros en cada uno dellos.

¡Oh, qué mal que lees!, le dijo el Descifrador. Advierte que lo que

menos tienen es de hombres. Nunca verás que los muy alzados sean

realzados y, aunque crecieron tanto, no llegaron á ser personas. Lo

cierto es que no son letras ni hay que saber en ellos, según aquel

refrán: hombre largo, pocas veces sabio.

¿Pues de qué sirven en el mundo?

¿De qué? De embarazar. Éstos son una cierta cifra, que llaman zancón

y es decir que no se ha de medir uno por las zancas; no por cierto,

sino por la testa, que de ordinario lo que echó en éstos la naturaleza

en gambas, les quitó de cerbelo; lo que les sobra de cuerpo, les hace

falta de alma. Levantan los desproporcionados tercios el cuerpo, mas

no el espíritu. Quédaseles del cuello abajo. No pasa tan arriba y así

veréis que por maravilla les llega á la boca y se les conoce en la

poca sustancia, con que hablan. Mira qué trancos da aquel zancón, que

por allí pasa las calles y plazas, anexia, y con todo eso anda mucho y

discurre poco.

¡Oh, lo que abarca aquel otro de suelo!, ponderaba Andrenio.

El criticón (tomo 2 de 2) · 第 12 / 26 段