Vete á unos desdichados arbitristas, inventores de felicidades ajenas,

trazando de hacer Cresos á los otros, cuando ellos son unos Iros;

discurriendo trazas para que los otros coman, cuando ellos más ayunan:

todo embeleco, devaneo de cabeza, necedad y quimera.

Vete á unos caprichosos políticos, amigos de peligrosas novedades,

inventores de sutilezas malfundadas, trastornándolo todo, no sólo no

adquiriendo de nuevo ni conservando de viejo; pero perdiendo cuanto

hay, dando al traste con un mundo y aun con dos: todo perdición y

quimera.

Vete al Babel moderno de los cultos y afectados escritos y cuyas obras

son de tramoya, frases sin concepto, hojas sin fruto, tomos sin lomo,

cuerpos sin alma: todo confusión y quimera.

Vete á los tribunales, donde no se oyen sino mentiras; en las escuelas

sofisterías, en las lonjas trampas y en los palacios quimeras.

Vete á los prometedores falsos, noveleros, crédulos, entremetidos,

desahogados, linajudos, desvanecidos, casamenteros, mentirosos,

pleiteantes, necios, sabios aparentes: todo mentira y quimera.

Vete á los hombres de hogaño, llenos todos de engaño, mujeres de

embeleco: los niños mienten, los viejos engañan, los parientes faltan y

los amigos falsean.

Vete á todo lo que dejamos atrás de un mundo inmundo, laberinto de

enredos, falsedades y quimeras.

Con esto traté de huir de ella, que fué del mundo todo, y eché por este

camino de la verdad en tan buen punto, que tuve dicha de encontrarte.

Harto fué, dijo el Acertador, que así oyó le llamaban, que todo tú

pudieses salir.

No tan todo, respondió Critilo, que no me dejase la mitad, pues otro yo

allá queda, Andrenio, aun más amigo que hijo, nada suyo y todo ajeno,

rendido á una brutal vinolencia.

Mas aquí, no pudiendo articular las palabras, prosiguió haciendo

estremos.

Hora bien, no te pudras tú, le dijo, de lo que otros engordan. Quiero

por consolarte y remediarte que volvamos allá y que experimentes el

eficacísimo contraveneno del vino, que conmigo llevo.

Es la embriaguez, iba ponderando, el último asalto, que dan al hombre

los vicios; es el mayor esfuerzo, que ellos hacen contra la razón. Y

así cuentan que, habiéndose coligado todos estos monstruosos enemigos

contra un hombre, luego que naciera, embistiéndole ya uno, ya otro,

por su orden para más desordenarle, la voracidad cuando más rapaz, la

mancebía cuando mancebo, la avaricia cuando varón y la vanidad cuando

viejo, viéndole pasar de edad en edad vitorioso y que ya entraba en la

vejez triunfando de todos ellos, no pudiéndolo sufrir que así se les

escapase y hiciese burla dellos, acudieron á la embriaguez, afianzando

en ella su despique. No se engañaron, pues acometiéndole ésta con capa

de necesidad, llamando al vino su leche, su abrigo y su consuelo,

poco á poco y trago á trago se fué entrando y apoderándose dél hasta

rendirle de todo punto. Hízole cerrar los ojos á la razón, abrir puerta

á todo vicio, y de modo, que, con lastimosa infelicidad, aquel que

toda la vida se había conservado en su virtud y entereza, se halló de

repente á la vejez glotón, lascivo, iracundo, maldiciente, locuaz,

vano, avaro, ridículo, imprudente. Y todo esto, porque vinolento.

Mas ya habían llegado, no al estanque, sino al cenagal de los vicios.

Entraron ambos y hallaron á Andrenio, que aún estaba por tierra,

sepultado en sueño y vino. Comenzaron á llamarle por su nombre; mas él

impaciente respondía:

Dejadme, que estoy soñando cosas grandes.

No puede ser, dijo el Acertador, que los hombres grandes sólo tienen

sueños grandes.

He, dejadme, que estoy viendo cosas prodigiosas.

¿No sean monstruosas? ¿Qué puedes ver sin vista?

Veo, dijo, que el mundo no es ya redondo, cuando todo va á la larga;

que la tierra no es ya firme, cuando todo anda rodando; que el cieno es

cielo para los más, pues los menos son personas; que todo es aire en el

mundo y así todo se lo lleva el viento; el agua que fué y el vino que

vino; el sol no es solo ni la luna es una, los luceros sin estrellas

y el norte no guía; la luz da enojos y el alba llora cuando ríe; los

flores son delirios y los lirios espinan; los derechos andan tuertos

y los tuertos á las claras; las paredes oyen, cuando las orejas se

rascan; los postres son antes y muchos fines sin medios; que el oro no

es pesado y las plumas mucho; los mayores alcanzan menos y hablan gordo

los más flacos y alto los más bajos; no son ladrados los ladrones,

con que ninguno tiene cosa suya; los amos son mozos y las mozas las

que mandan; más pueden espaldas, que pechos, y quien tiene hierro, no

tiene aceros; los servicios se miran de mal ojo y los proveídos son

premiados; la vergüenza es corrimiento y los buenos no hacen llorar,

sino reir; del mentís se hace caso y del mentir casa; no son sabios los

entendidos ni oídos los que hablan claro; el tiempo hecho cuartos y el

día enhoramalas; los relojes quitan dando y de los buenos días se hacen

los malos años; tras la tercera va la primera y las desgracias son

gracias; las diademas en París y los galanes en Francia.

Calla ya, le dijo el Acertador; que sin duda se dijo diablo del que

noche y día habla; mas en cantar mal y porfiar.

Digo que todo anda al revés y todo trocado de alto á bajo. Los buenos

ya valen poco y los muy buenos para nada y los sin honra son honrados,

los bestias hacen del hombre y los hombres hacen la bestia. El que

tiene es tenido y el que no tiene es dejado. El de más cabal es sabio,

que no el de más caudal. Las niñas lloran y las viejas ríen. Los leones

dan balidos y los ciervos cazan. Los gallinas cacarean y no despiertan

los gallos. No caben en el mundo los que tienen más lugar y muchos

hijos de algo valen nada. Muchos por tener antojos no ven y no se

usan los usos. Ya no nacen niños ni los mozos bien criados. Las que

valen menos son buenas joyas y los más errados buenas lanzas. Veo unos

desdichados antes de nacidos y otros venturosos después de muertos.

Hablan á dos luces los que á escuras y todo ahora es á deshora.

Prosiguiera en sus dislates, si el Acertador no tratara de aplicarle el

eficaz remedio, que fué echarle en la vasija del vino, no una anguila,

como el vulgo ignorante sueña, sino una serpiente sabia, que al punto

le hizo volver á ser persona y aborrecer aquel tóxico del juicio y

veneno letal de la razón. Sacólos con esto el Acertador de aquel

estanco de los vicios y estanque de monstruos, al de prodigios. Era

éste uno de los raros personajes, que se encuentran en el vario viaje

de la vida, de tan estraña habilidad, que á todos cuantos encontraban

les iba adevinando el suceso de su vida y el paradejo della.

Iban atónitos nuestros peregrinos oyéndole adevinar con tanto acierto.

Toparon de los primeros uno de muy mal gesto y al punto dijo:

Déste no hay que aguardar buen hecho.

Y no se engañó. De un tuerto pronosticó que no haría cosa á buen ojo y

acertó. Á un corcovado le adevinó sus malas inclinaciones; á un cojo,

los malos pasos en que andaba y á un zurdo, sus malas mañas; á un

calvo, lo pelón y á un ceceoso lo malhablado. Á todo hombre señalado

de la naturaleza señalaba él con el dedo, diciéndoles se guardasen.

Encontraron ya un grande perdigón, que iba perdiendo á toda prisa lo

que muy poco á poco se había ganado y al punto dijo:

¿No hizo él la hacienda?

No; que quien no la gana no la guarda.

Pero esto es nada, cosas más raras y más recónditas adevinaba, como si

las viera. Y así, encontrando un coche, que traía tan arrastrado á su

dueño, cuan desvanecida á su ama, dijo:

¿Veis aquel coche? Pues antes de muchos años será carreta.

Y realmente fué así. Viendo edificar una cárcel muy suntuosa y

fanfarrona, con muchos dorados hierros, que pudiera sustituir un

palacio, dijo:

¿Quién creerá que ha de venir á ser hospital?

Y de verdad lo fué, porque vinieron á parar en ella pobres desvalidos y

desdichados. De un cierto personaje, que tenía muchos y buenos amigos,

dijo que danzaba muy bien y acertó: porque todos le alabaron. Al

contrario de otro, que tenía cara de pocos amigos:

Éste no hará cosa bien ni saldrá con lo que emprendiere.

Esto es más, que llegó uno y le preguntó cuánto tiempo viviría. Miróle

á la cara y dijo que cien años y que si, le bobeara un poco más, dijera

que docientos. Á otro inútil para todo aseguró que sacaría de la puja

al mismo Matusalén. Pero lo más es que, en viendo á cualquiera, le

atinaba la nación. Y así de un invencionero dijo:

Éste, sin más ver, es italiano.

De un desvanecido, inglés; de un desmazalado, alemán; de un sencillo,

vizcaíno; de un altivo, castellano; de un cuitado, gallego; de un

bárbaro, catalán; de un poca cosa, valenciano; de un alborotado

alborotador, mallorquín; de un desdichado, sardo; de un tozudo,

aragonés; de un crédulo, francés; de un encantado, danao. Y así de

todos los otros, no sólo la nación; pero el estado y el empleo

adevinaba. Vió un personaje muy cortés, siempre con el sombrero en la

mano y dijo:

¿Quién dirá que éste es hechicero?

Y realmente fué así, que á todos hechizaba. De un embelesado, que era

astrólogo; de un soberbio, cochero; de un descortés, ujier de saleta;

de un desarrapado y arrapador, soldado; de un lascivo, viudo; de un

peludo, hidalgo. De un hombre de puesto, que prometía mucho y á todos

daba buenas palabras, dijo:

Éste contentará á muchos necios.

De otro, que no tenía palabra mala, adevinó que no tendría obra buena.

Y al que mucha miel en la boca, mucha hiel en la bolsa. Vió á uno ir y

venir á una casa y dijo:

Éste anda por cobrar.

Á cierto hombre, que dió en decir verdades, le pronosticó muchos

pesares; y al de gran lengua, gran dolor de cabeza. Á cada uno le

adevinaba su paradero, como si lo viera, sin discrepar un tilde: á

los liberales, el hospital; á los interesados, el infierno; á los

inquietos, la cárcel y á los revoltosos, el rollo; á los maldicientes,

palos y á los descarados redomas, á los capeadores, jubones y á los

escaladores, la escalera; á las malas, palo santo; á los famosos,

clarín; á los sonados, paseo; á los perdidos, pregones; á los

entremetidos, desprecios; á los que les prueba la tierra, el mar; á los

buenos pájaros, el aire; á los gavilanes, pigüelas y á los lagartos,

culebra; á los cuerdos, felicidades; á los sabios, honras y á los

buenos, dichas y premios.

¡Qué rara habilidad ésta!, ponderaba Andrenio. No sé qué me diera por

tenerla. ¿No me enseñarías esta tu astrología?

Paréceme á mí, dijo Critilo, que no es menester muchos astrolabios para

esto ni consultar muchas estrellas.

Así lo creo, dijo el Adevino; pero pasemos adelante, que yo te ofrezco,

oh Andrenio, de sacarte tan adevino como yo con la experiencia y el

tiempo.

¿Dónde nos llevas?

Donde todos huyen.

Pues, si huyen, ¿para qué vamos nosotros?

Y aun por eso, para huir de todos ellos. Aunque primero quería

introduciros en la famosa Italia, la más célebre provincia de la Europa.

Dicen que es país de personas.

Y personadas también.

Estraño dejo ha sido el de Alemania, decía Andrenio.

Y Critilo:

Sí, cual yo me lo imaginaba.

¿Qué os ha parecido de aquella tan estendida provincia, la mayor sin

duda de Europa? Decidlo en puridad.

Á mí, respondió Andrenio, la que más me ha contentado hasta hoy.

Y Critilo:

Á mí, la que menos.

Por eso no se vive en el mundo con un solo voto.

¿Qué te ha agradado á ti más en ella?

Toda de alto á bajo.

Querrás decir Alta y Baja.

Eso mismo.

Sin duda que su nombre fué su definición, llamándose Germania, _a

germinando_, la que todo lo produce y engendra, siendo fecunda madre de

vivientes y de víveres y de todo cuanto se puede imaginar para la vida

humana.

Sí, replico Critilo, mucho de extensión y nada de intención, mucha

cantidad y poca calidad.

He, que no es una provincia sola, proseguía Andrenio; sino muchas, que

hacen una. Porque, si bien se nota, cada potentado es casi un casi

rey y cada ciudad una corte, cada casa un palacio, cada castillo una

ciudadela y toda ella un compuesto de populosas ciudades, ilustres

cortes, suntuosos templos, hermosos edificios y inexpugnables

fortalezas.

Eso mismo hallo yo, dijo Critilo, que la ocasiona su mayor ruina y su

total perdición. Porque cuantos más potentados, más cabezas; cuantas

más cabezas, más caprichos; y cuantos más caprichos, más disensiones.

Y, como dijo Horacio, lo que los príncipes deliran, los vasallos lo

suspiran.

No me puedes negar, dijo Andrenio, su abundancia y su opulencia. Mira

qué abastecida de todo, que si dicen España la rica, Italia la noble,

también Alemania la harta. ¡Qué abundante de granos, de ganados,

pescas, cazas, frutos y frutas! ¡Qué rica de minerales! ¡Qué vestida de

arboledas! ¡Qué adornada de bosques, hermoseada de prados! ¡Qué surcada

de caudalosos ríos y todos navegables! De tal suerte, que tiene más

ríos Alemania que las otras provincias arroyos, más lagos que las otras

fuentes, más palacios que las otras casas y más cortes que las otras

ciudades.

Así es, dijo Critilo, yo lo confieso; mas en eso mismo hallo yo su

destruición y que su misma abundancia la arruina, pues no hace otro que

ministrar leña al fuego de sus continuas guerras, en que se abrasa,

sustentando contra sí muchos y numerosos ejércitos, lo que no pueden

otras provincias, especialmente España, que no sufre ancas.

Pero viniendo ya á sus bellos habitadores, dijo el Acertador, ¿cómo

quedais con los alemanes?

Yo muy bien, dijo Andrenio. Hanme parecido muy lindamente, son de

mi genio, engáñanse las demás naciones en llamar á los alemanes los

animales y me atrevo á decir que son los mas grandes hombres de la

Europa.

Sí, dijo Critilo; pero no los mayores.

Tiene dos cuerpos de un español cada alemán.

Si; pero no medio corazón.

¡Qué corpulentos!

Pero sin alma.

¡Qué frescos!

Y aun fríos.

¡Qué bravos!

Y aun feroces.

¡Qué hermosos!

Nada bizarros.

¡Qué altos!

Nada altivos.

¡Qué rubios!

Hasta en la boca.

¡Qué fuerzas las suyas!

Mas sin bríos. Son de cuerpos gigantes y de almas enanas; son moderados

en el vestir, no así en el comer; son parcos en el regalo de sus camas

y menaje de sus casas, pero destemplados en el beber.

Hé, que ése en ellos no es vicio; sino necesidad. ¿Qué había de hacer

un corpacho de un alemán sin vino? Fuera un cuerpo sin alma: él les dá

alma y vida. Hablan la lengua más antigua de todas.

Y la más bárbara también.

Son curiosos de ver mundo.

Y si no, no serían dél.

Hay grandes artífices.

Pero no grandes doctos.

Hasta en los dedos tiene la sutileza.

Más valiera en el celebro.

No pueden pasar sin ellos los ejércitos.

Así como ni el cuerpo sin el vientre.

Resplandece su nobleza.

Ojalá su piedad. Pero su infelicidad es que, así como otras provincias

de Europa han sido ilustres madres de insignes patriarcas, de

fundadores de las Sagradas Ordenes, esta, al contrario, de, etc.

Estorbóles el proseguir un confuso tropel de gentes, que á todo correr

venían haciendo por aquellos caminos, harto descaminados, al derecho

y al través, atropellándose unos á otros y todos desalentados. Y lo

que más admiración les causó fué ver que los mayores hombres eran

los primeros en la fuga y que los mas grandes alargaban más el paso

y echaban valientes trancos los gigantes y aun los cojos no eran los

postreros. Atónitos nuestros flemáticos peregrinos, comenzaron á

preguntar la causa de una tan fanática retirada y nadie les respondió:

que aun para eso no se daban vagar.

¡Hay tal confusión! ¡vióse semejante locura!, decían, cuando mas

admirado uno de su admiración dellos, les dijo:

Ó vosotros sois unos grandes sabios ó unos grandes necios en ir contra

la corriente de todos.

Sábios no, le respondieron; pero si que lo deseamos ser.

Pues mirad que no muráis con ese deseo, y atrancó cien pasos.

Á huir, á huir, venía voceando otro, que ya parece que desbucha. Y pasó

como un regañón.

¿Quién es esta que anda de parto?, preguntó Andrenio.

Y el Acertador:

Poco más ó menos ya yo adevino lo que es.

¿Qué cosa?

Yo os lo diré. Éstos sin duda vienen huyendo del reino de la verdad,

donde nosotros vamos.

No le llames reino, replicó uno de los tránsfugas, sino plaga y con

razón, pues así lastima y más hoy, que tiene alborotado el mundo,

solicitándose la ojeriza universal.

¿Y qué es la causa?, le preguntaron. ¿Hay alguna novedad?

Y bien grande. ¿Eso ignoráis ahora? ¡Qué tarde llegan á vosotros las

cosas! ¿No sabéis que la verdad va de parto estos días?

¿Cómo de parto?

Si, aun con la barriga en la boca, reventando por reventar.

¿Pues qué importa que pára?, replicó Critilo. ¿Por eso se inquieta el

mundo? Haced que pára en buen hora y el Cielo, que la alumbre.

¿Cómo que qué importa?, levantó la voz el cortesano. ¡Qué linda flema

la vuestra! Mucha Alemania gastáis. Si agora con una verdad solo no

hay quien viva ni hay hombre, que la pueda tolerar, ¿qué será si dá en

parir otras verdades y esas otras y todas paren?

Llenarse ha el mundo de verdades y después buscarán quien le habite.

Dígoos que se vendrá á despoblar.

¿Por qué?

Porque no habrá quien viva, ni el caballero ni el oficial ni el

mercader ni el amo ni el criado. En diciendo verdad, nadie podrá vivir.

Dígoos que no vendrán á quedar de cuatro partes la media. Con una

verdad, que le digan á un hombre, tiene para toda la vida, ¿qué será

con tantas? Bien pueden cerrar los palacios y alquilar los alcázares.

No quedarán cortes ni cortijos. Con tantica verdad hay hombre, que se

ahita y no es posible dijerirla: ¿qué hará con un hartazgo de verdades?

Gran buche será menester. Para cada día su verdad á secas. Bien

amargarán.

Hé, que muchos habrá, dijo Critilo, que no temerán las verdades, antes

les vendrán nacidas.

¿Y quién será ese? Decidlo, le levantaremos una estatua. ¿Cuál será

el confiado, que no le puedan estrellar una verdad entre ceja y ceja

y aun darle con muchas por la cara? Y á fe, que escuecen mucho y por

muchos días. Líbreos Dios de una valiente zurra de verdades. Pican que

abrasan. Y sino, veamos. Díganle á la otra lo que le dijo don Pedro de

Toledo:

Mire, que le diré peor, que tal.

Y replicando ella:

¿Qué me dirá?

Peor que vieja.

Plántenle al otro lucifer una verdad en un cedulón y veréis lo que

se endiabla. Acuérdenle al más estirado lo que él más olvida, al más

pintado sus borroncillos, píquenle con la lezna al desvanecido, díganle

al otro rico que lo ganó por su pico su abuelo, que vuelva la mira

atrás al que se hace tan adelante, acuérdenle lo de los pasteles al

que hoy asquea los faisanes, de su cuartana al león y á la fénix de

lo gusano. No os admiréis que huigamos de la verdad, que es traviesa

y atraviesa el corazón. Veis allí tendido un gigante de la hinchazón,

que le mató un niño y con un alfiler y hay quien dice se la vendió su

abuelo. Mas él se tiene la culpa. Que hiciera orejas de mercader. Digo,

pues, que no hagáis admiraciones de que todos corran de corridos.

¿De qué huyen aquellos soldados? decía Andrenio.

Porque no les digan que huyeron y que son de los de _fugerunt,

fugerunt_.

Venía uno gritando, ¡verdad, verdad!; pero no por mi boca, menos por

mis orejas.

Déstos toparéis muchos. Todos querrían les tratasen verdad y ellos no

tomarla en la boca.

Ora señores, ponderaba Andrenio, que los trasgos huyan, vayan con

Berzebú, nunca acá vuelvan; ¿pero los soles?

Sí, porque no les den en rostro con sus lunares.

Venía por puntos reforzando la voz:

¡Ya pare! ¡afuera!, ¡qué desbucha!, ¡á huir, príncipes, á correr,

poderosos!

Y á este grito había hombre, que tomaba postas, no había ¡monta á

caballo! como éste. Potentado hubo, que reventó los seis caballos de

la carroza. Pero es de advertir que esto pasaba en Italia, donde se

teme más una verdad, que una bala de un basilisco otomano. Que por eso

corren tan pocas, le usan raras.

¿De cuándo acá está preñada esta verdad, preguntó Andrenio, que yo la

tenía por decrépita y aun caduca y ahora sale con parir?

Días ha que lo está y aun años y dicen que del tiempo.

¿Según eso, mucho tendrá que echar á luz?

Por lo menos cosas bien raras.

¿Y todas serán verdades?

Todas.

Ahora vendrá bien aquello de noche mala y parir hija. ¿Por qué no pare

cada año y no hacer tripa de verdades?

¡Oh, sí! ¿No hay más de desbuchar? Antes concibe en un siglo, para

parir en otro.

¿Pues serán ya verdades rancias?

No á fe; sino eternas. ¿No sabes tú que las verdades son de casta de

azarolas, que las podridas son las maduras y más suaves y las crudas

las coloradas? Aquéllas, que hacen saltar los colores al rostro, son

intratables, sólo las puede tragar un vizcaíno.

Sin duda, que allá en aquellos dorados siglos debía parir esta verdad

cada día.

Menos, porque no había que decir. No concebía; todo se estaba dicho.

Mas agora no puede hablar y revienta. Vase deteniendo, como la preñada

erizo, que cuanto más tarda, más siente las punzas de los hijuelos y

teme más el echarlos á luz. Ora, ¡qué de cosas raras tendrá guardadas

en aquellas ensenadas de su notar y advertir! Por eso decía un atento:

casar y callar. ¡Qué hermosos partos! ¡Qué de bellezas desbuchará!

Antes sospecho yo, dijo Critilo, que han de ser horribles

monstruosidades, desaciertos increíbles, valientes desatinos, cosas al

fin sin pies ni cabeza, que, si fueran aciertos, bulleran panegíricos.

Sean lo que fueren, decía el Adevino, ellas han de salir. Ella no

conciba. Que, si una vez se empreña, ó reventar ó parir. Que, como dijo

el mayor de los sabios ¿quién podrá detener la palabra concebida?

¿Díme, preguntó Andrenio, nunca se ha rezumado, siquiera discurrido lo

que parirá esta verdad? ¿Será hijo ó hija? ¿Qué, mienten las comadres?

¿Qué, adulan los físicos? ¿No corre algún disparate claro de un tan

sellado secreto?

En esto hay mucho que decir y más que callar. Luego que se tuvo por

cierto este preñado, viérades asustados los interesados, cuidadosos

los que se quemaban, que fueron casi todos los mortales. Trataron

luego de consultar los oráculos sobre el caso. Respondióles el primero

que pariría un fiero monstruo, tan aborrecible cuan feo. Considerad

ahora el mortal susto de los mortales. Acudieron á otro por consuelo

y le hallaron. Porque les respondió todo lo contrario, que pariría un

pasmo de belleza, un hijo tan lindo cuan amable. Quedaron con esto

más confusos y por sí ó por no intentaron ahogarle. Mas en vano. Que

aseguran es inmortal y sépalo todo el mundo. Dicen que la verdad es

como el río Guadiana, que aquí se hunde y acullá sale. Hoy no osa

chistar, parece que anda sepultada, y mañana resucita, un día por

rincones y al otro por corrillos y por plazas. Llegará el día del parto

y veremos este secreto, saldremos de esta suspensión.

Y tú, que te picas de adivinarlo todo ¿qué sientes de esto? ¿Qué

rastreas? ¿No das en quién será este monstruo y este prodigio?

Sí, dijo él, por lo menos lo que podrían ser el primero para los necios

y el segundo para los cuerdos.

Yo diría que el primero es.

Pero asomó en estas un raro ente, que venía, no tanto huyendo, cuanto

haciendo huir. Hacíase no sólo calle, pero plaza. Daba desaforados

gritos y decía:

¿Á mí el loco, cuando hago tantos cuerdos? ¿Á mí el desatinado,

que hago acertar? ¿Á mí, á mí, el sin juicio, que á muchos doy

entendimiento?

¿Quién es éste?, preguntó Critilo.

Y respondióle:

Ése es un ablativo absoluto, que ni rige ni es regido. Éste es el loco

del príncipe tal.

¿Cómo es posible, replicó, que un señor tan cuerdo, llamado por

antonomasia el prudente y no el Séneca de España, como si el otro

hubiera sido de Etiopía, cómo es creíble lleve consigo un perenal?

Y aun por eso, porque él es prudente.

¿Pues qué pretende?

Oir la verdad alguna vez, que ninguno otro se la dirá ni oirá de otra

boca. No os admiréis, cuando viéredes los reyes rodeados de locos y de

inocentes. Que no lo hacen sin misterio. No es por divertirle, sino por

advertirle. Que ya la verdad se oye por boca de ganso. Ora caminemos,

que no podemos estar ya muy lejos de la corte.

Eso de corte, escusadlo, respondió un gran contrario suyo.

¿Y por qué no?

Porque, si no se oyó jamás verdad en corte ¿cómo habrá corte de la

verdad? ¿Cómo puede llamarse corte donde no se miente ni se finge,

donde no hay mentidero, donde no corren cada día cien mentiras como el

puño?

¿Pues qué, preguntó Andrenio, no se puede mentir en esa corte?

¿Cómo si es de la verdad?

¿Ni una mentirilla ni media ni en su ocasión, que es gran socorro?

No por cierto.

¿Ni sustentada por tres días á la francesa, que vale mucho?

Ni por uno.

¿He, vaya, que por un cuarto ni por un instante ni una equivocación á

la hipócrita?

Tampoco.

¿Ni un disimular la verdad, que no es mentira? Pero ¿ni decir todas las

verdades?

Ni aun eso.

¡Válgate Dios por verdad y qué puntual que eres! Casi casi voy tratando

de huir también. ¿Qué, ni una escusa con el embestidor ni una lisonja

con el príncipe ni un cumplimiento con el cortesano?

Nada, nada de todo eso; todo liso, todo claro.

El criticón (tomo 2 de 2) · 第 11 / 26 段