desabridos, desazonados, malcontentos, desesperados, maliciosos,
punchoneros, celosos, impertinentes, y lo que es más que todo eso,
vecinos. No hay espíritus de tristeza ni de contradición ni atribulados
ni fatiguillas ni agonizados. Nunca veréis malas comidas por ningún
caso, aunque se hunda el mundo, ni peores cenas. Nunca ha de faltar el
capón, el perdigón, que están muy validos. No se conocen sinsabores
ni quemazones. Y en una palabra, todos allí son buenos tragos. Que
de verdad no hay otra Jauja ni más cierta cucaña en el mundo, que no
pillar fastidio de _niente_.
Mucho es eso, ponderaba Critilo, que tenga raíces el placer y amarras
el contento.
Dígoos que sí, porque es manantial el gusto. Ni se marchita el gozo,
que nace en tierra de regadío. Y habéis de saber, como lo veréis y
aun lo probaréis, que en medio de aquel gran patio de su placentero
alcázar brota una tan dulce, cuan perene fuente, brindándose á todos
sin distinción en bellísimos tazones, unos de oro los más altos,
otros de plata los del medio y los más bajos, aunque no los menos
gustosos, de cristales transparentes, con donosa figurería, por ellos
baja despeñándose con agradable ruido (malos años para la mejor
música, aunque sean las melodías de Florián) un tan sabroso licor y
tan regalado, que aseguran unos viene por secretos condutos de allá
de los mismos campos Elisios; otros dicen se distila de aquel divino
néctar. Y lo creo, porque á cuantos le beben, los vuelve luego unos
bienaventurados á lo humano. Aunque no falta quien diga ser vena de
Elicona y con harto fundamento, pues Horacio, Marcial, Ariosto y
Quevedo, en bebiéndole, hacían versos superiores. Mas porque todo se
diga y no me quede con escrúpulos de estómago, no pocos se persuaden y
lo andan mascando entre dientes, que son verídicos y un alegre, eficaz
veneno. Sea lo que fuere, lo que yo sé es que causa prodigiosos efectos
y todos de consuelo. Porque yo ví un día traer no menos que una gran
princesa, si dijera Lansgravia ó Palatina, perdida de melancolía, sin
saber ella misma de qué ni por qué, que á no ser eso, no fuera necia.
Habíanle aplicado dos mil remedios, como son galas, regalos, saraos,
paseos y comedias, hasta llegar á los más eficaces, cuales son fuentes
de oro potable, digo de doblones, tabaquillos de joyas, cestillos de
perlas. Y ella siempre triste ¡qué necia! enfadada de todo y enfadando
á todos, que ni vivía ni dejaba vivir, de modo, que llegó rematada
de impertinente. Pues os aseguro que luego que bebió del eficacísimo
néctar, depuesta la ceremoniosa autoridad regia, se puso á bailar, á
reir y cantar, diciendo que se iba hacia las alturas.
Reniego, dije yo, de todos sus sitiales y doseles y aténgome á un
valiente cangilón. Y eso es nada: que yo le ví al más severo Catón,
al español más tétrico, dar carcajadas en bebiéndole, que por eso le
llamaron los italianos _allegracore_.
Encontraban muchos peregrinos con sus esclavinas de cuero, que todos
se encaminaban allá. Los más eran del tercio viejo, que como el paraje
era áspero y seco y ellos venían fatigados y sedientos, encarrilaban en
ristra y muertos de sed venían como vivos.
Éste es, decía su farsante guión, el Jordán de los viejos, aquí se
remozan y se alegran, refrescan la sangre y cobran los perdidos colores.
Mas ya á los ecos de una gran bulla placentera, licenciaron la vista
y descubrieron una casa, no sublime, pero bien empinada, propia
estación del gusto y palacio del placer, coronado, en vez de jazmines
y laureles, de pámpanos frondosos y todas sus paredes felpadas de
yedras. Que, aunque suelen decir que echan á perder las casas donde se
arriman, yo digo que hace harto más daño una cepa, pues de todo punto
las arruina.
Mirad, les decía, qué alegre vista de colgaduras naturales. ¿Qué tienen
que ver con ellas las más ricas y bordadas del célebre duque de Medina
de las Torres, las más finas tapicerías de Flandes, aunque sean dibujos
del Rubens? Creedme que todo lo artificial es sombra con lo natural y
no más de un remedo.
¡Deliciosa amenidad por cierto, decía Andrenio! Ya no me pesa de haber
venido. Y díme, ¿siempre dura? ¿nunca se marchita?
Dígoos que es perpetua, porque jamás le falta el riego. Bien puede
secarse Chipre y ahorcarse los Pensiles, con que falta aquí su
Babilonia.
Íbanse acercando á la gran puerta, siempre de par en par, así como
la casa de bote en bote, y notaron que, así como á la del furor
suelen estar encadenados tigres, á la del valor leones, á la del
saber águilas, á la de la prudencia elefantes, en ésta asistían
lobos soñolientos y tahonas entretenidas. Resonaban muchos juglares
y todos hacían buen son: debían de ser forasteros. Bullían Ninfas
nada adamadas; pero muy coloradas y fresconas á la flamenca. Blandían
vistosos cristales en sus malseguras manos, llenas del generoso
néctar, brindando á porfía á todo sediento pasajero, por estar esta
casa de recreación en medio del pasaje de la vida. Llegaban ellos muy
secos, cuando más ahogados de reumas, apurados de la sed, á apurar
los cangilones, que ellos les bailaban delante. Bebían sin tasa,
como gente sin cuenta. Y era bien de reir cómo fundaban crédito en
hacer la razón, cuando más la deshacían. Y si alguno más templado
se detenía, comenzaban á hacerle cocos, bautizando su atención por
melindre y figurería, haciéndole muchos brindis con su templanza el
licor brillante, que de verdad les saltaba á los ojos. Provocábanlos,
diciendo:
Ea, que en vuestra edad no la hay, la sequedad de la complexión os
escusa. Ésta es la leche de los viejos.
Y mentían, que no era sino el veneno.
Vaya otra vez, que el licor es apetecible, pues ningún sainete le
falta. Él tiene buen color para la hermosura, mejor sabor para el gusto
y estremado olor para la fragrancia, lisonjeando todos los sentidos.
Arrojad el agua, tan necia como desabrida, muy preciada de no tener
nada de gusto, ni color ni olor ni sabor. Éste sí que se precia de todo
lo contrario. Y lo que más es, que ayuda á la salud y aun es su único
remedio, pues aseguraba Mesue no haber hallado confección más eficaz
y que más presto acudiese á remediar el corazón ni las bebidas de
jacintos y de perlas.
Picábanle el gusto, cambiando licores y colores, ya el rojo encendido,
combinándose con la sangre, ya dorado, pasando plaza de oro potable, ya
de color del sol, hijo ardiente de sus rayos, ya de finos granates y
aun de preciosos rubís, en fe de su preciosa simpatía. Contentábanse
los cuerdos con una taza sola, para satisfacer á la necesidad; que
lo demás decían ser una gran necedad. Con eso refrescaban la sangre,
confortaban el corazón y se alentaban para poder proseguir su camino á
las derechas.
Pero los más no acababan de consolarse con una sola taza ni aun con
dos; sino que en tropa de brutos se metían muy adentro, no parando
hasta encontrar con el mayor estanque y allí se arrojaban de bruces.
Déstos fué uno Andrenio, sin que bastase á detenerle ni el consejo ni
el ejemplo de Critilo. Tendíanse luego en son de bestias por aquellos
suelos: que todo vicio lleva á parar en tierra, así como toda virtud al
cielo.
En el entretanto que dormía Andrenio al ser de hombre, privado de la
principal de sus tres vidas, quiso Critilo registrar aquel palacio
tudesco, donde vió cosas de mucho escarnio, que él encomendó al
escarmiento. Halló lo primero que la bacanal estancia no se componía de
doradas salas, sino de ahumadas zahurdas; no de cuadras de respeto, sí
de ranchos de vileza.
Topó uno, donde todos se metían á bailar, luego que entraban, con tal
propensión, que, queriendo una dueña entrar con un palo á sacar su
criada, con gran priesa se había puesto á bailar. En el mismo punto,
depuesto el enojo, con el palo, se calzó las castañetas y comenzó á
repicarlas. Hizo lo mismo el marido, cuando entraba más colérico á
llevar el compás con un garrote, y todos cuantos metían el pie en aquel
gustoso rancho del mesón del mundo, al mismo punto olvidados de todo,
se hacían piezas bailando. Decían algunos ser burlesco hechizo, que
había dejado un entretenido pasajero, que allí había hecho noche; mas
Critilo túvolo por borrachera y trató de pasar adelante.
Encontró con otro, donde todos cuantos allá entraban, al punto
enfurecían con tal fiereza, que echando unos mano á los puñales y
arrancando otros de las espadas, comenzaban á herirse como fieras y á
matarse como bestias, olvidados de la razón, como gente sin juicio.
Aquí vió un gran personaje con una muy buena capa de púrpura y díjole
su farsante guía:
No te admires, que por éste se dijo: debajo de una buena capa hay un
mal bebedor.
¿Quién es éste?
Quien fué señor del mundo; mas este licor lo fué de él.
Retirémonos, dijo Critilo, que tiene en la mano un sangriento puñal.
Con ese mató á su mayor amigo sobre mesa.
¿Y con todo eso fué aclamado el Magno?
Sí, por lo soldado, que no por lo rey.
De otro más moderno y aun corriendo vino aseguraban que no se había
embriagado sino sola una vez en su vida; pero que le duró por toda
ella, en quien hicieron gran maridaje el vino y la herejía.
Aquí les mostraron el mismo tazón, que tomó en la mano el octavo de los
ingleses Enriques, en el trance de su infeliz muerte, en vez del santo
crucifijo, con que suelen morir los buenos católicos, y echándosele á
pechos, dijo:
Todo lo perdimos junto, el reino, el cielo y la vida.
¿Y todos ésos fueron reyes?, preguntó Critilo.
Sí, todos. Que aunque en España nunca llegó la borrachera á ser merced,
en Francia sí á ser señoría, en Flandes excelencia, en Alemania
serenísima, en Suecia alteza; pero en Inglaterra, majestad.
Decíanle á uno que dejase el beber, si no quería despedirse del ver;
mas él, incorregible, respondía:
Decidme: ¿Estos ojos no se los han de comer los gusanos?
Sí.
Pues más vale que me los beba yo.
Otro tal respondió:
Lo que hay que ver ya lo tengo visto, lo que he de beber no está
bebido: pues bebamos, aunque nunca veamos.
Y catad la diferencia de los licores: éstos, que están tristes y tan
adormecidos, cargaron del tinto; estos otros, tan alegres y risueños,
del blanco.
Mas ya en esto habían llegado, no al más reservado retrete, que aquí
no se conocen interioridades; sino á la estancia mayor de la risa, á
la cueva del placer, donde hallaron que presidía sobre un eminente
trono de cercillos, una amplísima reina sin género de autoridad, muy
grave. Y con estar muy gruesa, decía no tener más que los pellejos, tan
pobre y desamparada, cuan en cueros. Parecíase una cuba sobre otra,
de fresco y alegre rostro; aunque tenía más de viña, que de jardín.
Vestía de otoño, en vez de primavera, coronada de rubíes arracimados.
Chispeábanla los ojos vertiendo centellas líquidas, hidrópicos los
labios del suavísimo néctar. Blandía, en vez de palma, en la una mano,
un verde y frondoso tirso, y brindaba con la otra un bernegal de buen
tamaño á todos cuantos llegaban, observando con inviolable puntualidad
la alternativa en los brindis. Notaron que mudaba semblantes á cada
trago, ya festivo, ya lascivo y ya furioso, verificando el común
sentir, que la primera vez es necesidad, la segunda deleite, la tercera
vicio y de ahí adelante brutalidad. En viendo á Critilo, licenció la
risa en carcajadas y comenzó á propinarse con instancia el enojoso
licor. Rehusaba Critilo el empeño.
He, que no se puede pasar por otro, le decía, sí, su farsante camarada,
en ley de cortesano.
Vióse obligado á probarlo y, en gustándole, exclamó:
Éste es el veneno de la razón, éste el tóxico del juicio, éste es el
vino ¡oh, tiempos! ¡oh, costumbres! El vino antes en aquel siglo de
oro, pues de la verdad y aun de perlas, pues de las virtudes, cuentan
que se vendía en las boticas, como medicina, á par de las drogas del
Oriente, recetábanle los médicos entre los cordiales.
Récipe, decían, una onza de vino y mézclese con una libra de agua.
Y así se hacían maravillosos efectos. Otros refieren que no se
permitía vender, sino en los más ocultos rincones de las ciudades, allá
lejos en los arrabales, porque no inficionase las gentes. Y se tenía
por infamia ver entrar un hombre allá. Mas ya se profanó este buen uso,
ya se vende en las muy públicas esquinas y están llenas las ciudades
de tabernas. Ya no se pide licencia al médico para beberle, habiéndose
convertido en tóxico el que fué singular remedio.
Antes hoy, le replicó un aprisionado, es medicina universal: díganlo
tantos aforismos, como corren en su favor.
He, que son de viejas.
No por eso peores. El es el común remedio contra el daño, que hacen
todas las frutas. Y así dicen: “Tras las peras, vino bebas”. “El melón
maduro, quiere el vino puro”. “Al higo vino y á la agua higa”. “El
arroz, el pez y el tocino nacen en el agua y mueren en el vino”. La
leche, ya se sabe lo que le dijo al vino: “Bien seáis venido, amigo”.
“El vino tras la miel, sabe mal; pero hace bien.” Así que: “Donde no
hay vino y sobra el agua la salud falta”. En todos tiempos es medicina,
como lo dice el texto: “En el verano por el calor y en el invierno por
el frío, es saludable el vino”. Y otro dice: “Pan de ayer y vino de
antaño, traen al hombre sano”. No sólo remedia el cuerpo; pero es el
mayor consuelo del ánimo, alivio de las penas. “Que lo que no va en
vino, va en lágrimas y suspiros.” Es aforro de los pobres, que: “Al
desnudo le es abrigo”. Bebida real, cuando: “El agua para los bueyes, y
el vino para los reyes”. Leche de los viejos, pues: “Cuando el viejo no
puede beber, la sepultura le pueden hacer”. Y en él consiste la media
de la vida que: “Media vida es la candela y el vino la otra media”. De
modo que es medicina de todos los males, porque: “Sangraos vecina...” y
responde: “El buen vino es medicina”. Y con mucha razón, pues son siete
los provechosos frutos de ella: “Purga el vientre, limpia el diente,
mata la hambre, apaga la sed, cría buenos colores, alegra el corazón y
concilia el sueño.”
Á todos éstos, dijo Critilo, responderé yo con éste sólo: “Quien es
amigo del vino es enemigo de sí mismo”. Y advertid que otros tantos,
como habéis referido en su favor, pudiera yo decir en contra; pero
baste éste por ahora con este otro: “El vino con agua es salud de
cuerpo y alma”.
¡Oh!, replicó el apasionado, ¿no veis, que el vino, si le echáis agua,
le echáis á perder, especialmente si fuere blanco?
También, si no se la echáis, os echa él á perder á vos.
¿Pues qué remedio?
No beberle.
Otras muchas verdades dijo Critilo contra la embriaguez, de que los
circunstantes hicieron cuento y él escarmiento. Reparó Critilo en que
asistían pocos españoles al cortejo de la dionisia reina, habiendo sin
duda para cada uno cien franceses y cuatrocientos tudescos.
¡Oh, dijo el hablador, no sabes tú lo que pasó en los principios _desta
bella invenchione del vino_!
¿Y qué fué?
Que un recuero, atento á su ganancia, cargó de la nueva mercadería
y dió con ella en Alemania. Y como fuese el precioso licor en toda
su generosidad, gustaron mucho dél los tudescos. Hízoles valiente
impresión, rindiéndolos de todo punto. Pasó adelante á la Francia;
mas, porque no fuesen comenzados los cueros, acabólos de llenar en
la Esquelda, con que no iba ya el vino tan fuerte y así no hizo mas
que alegrar los franceses, haciéndoles bailar, silbar y dar algunas
cabriolas y rascarse atrás en un corrillo de mesurados españoles, como
se vió ya en Barcelona. Quedábale ya muy poco, cuando pasó á España, y
llenóle de agua de tal suerte, que no era ya vino, sino enjaguaduras de
bota. Con esto no les hizo efecto á los españoles; antes los dejó muy
en sí y tan graves como siempre, con que ellos á todos los demás llaman
borrachos. Deste modo han proseguido todas estas naciones en beberle:
los tudescos puro, imitándoles los suecos y los ingleses; los franceses
ya enjuagan la taza; mas los españoles, aguachirle, aunque los demás
lo atribuyen á malicia y que lo hacen por no descubrir con la fuerza
del vino lo secreto de su corazón.
Ésa ha sido sin duda la causa, ponderaba Critilo, de no haber hecho pie
la herejía en España, como en otras provincias, por no haber entrado en
ella la borrachera, que son camaradas inseparables: nunca veréis la una
sin la otra.
Pero ¡qué cosa, aunque no rara, sí espantosa! Aquella embriagada reina,
anegada en abismos de horrores, comenzó á arrojar de aquella ferviente
cuba de su vientre tal tempestad de regüeldos, que inundó toda la
bacanal estancia de monstruosidades. Porque, bien notado, no eran otros
sus bostezos, que reclamos de otros tantos monstruos de abominables
vicios. Volvía el feroz aspecto á una y otra parte y, en arrojando
un regüeldo, saltaba al punto de aquel turbulento estanque del vino
una horrible fiera, un infame acroceraunio, que aterraba á todo varón
cuerdo.
Salió de los primeros la Herejía, monstruo primogénito de la
Borrachera, confundiendo los reinos y las ciudades, repúblicas y
monarquías, causando desobediencias á sus verdaderos señores. ¿Pero,
qué mucho, si primero negaron la fe debida á su Dios y Señor, mezclando
lo sagrado con lo profano y trastornando de alto á bajo cuanto hay?
Sacaron luego las cabezas á otro regüeldo las Harpías, digo la
Murmuración, manchando con su nefando aliento las honras y las famas;
la desapiadada Avaricia, chupándoles la sangre á los pobres, desollando
los súbditos; la Joel Envidia, vomitando venenos, inficionando las
ajenas prendas y disminuyendo las heroicas hazañas.
Allí apareció, llamado de un gran bostezo, el Minotauro embustero, la
bachillera Esfinge, presumiendo de entendida y ignorando de necia.
No faltaron las tres infernales Furias, convocadas de otro valiente
regüeldo, que metió en los infiernos mismos la guerra, la discordia
y la crueldad, que bastan á hacer infierno del mismo paraíso. Las
engañosas Sirenas, brindando vidas y ejecutando muertes. La Escila y
la Caribdis aquellos dos viciosos extremos, donde chocaron los necios,
dando en el uno por huir del otro. Allí se vieron los Sátiros y los
Faunos, con apariencias de hombres y realidades de bestias.
Así, que en poco rato hizo estanco de vicios de un estanque de
monstruos, hijos todos de la violenta vinolencia. Y lo que más es de
reparar y aun de sentir, que con ser éstas otras tantas fieras y harto
feas, á sus beodos amadores les parecieron otras tantas beldades,
llamando á las Sirenas lascivas, unos ángeles; al furioso y ciego de
cólera, Cíclope valiente; á las Harpías, discretas; á las Furias,
gallardas; al Minotauro, ingenioso; á la Esfinge, entendida; á los
Faunos, galanes; á los Sátiros, cortesanos; y á todo monstruo, un
prodigio.
Veníasele acercando á Critilo uno de los más perniciosos; pero él, al
mismo punto, despavorido, intentó la fuga. Quísole detener el farsante,
diciéndole:
Aguarda, no temas, que no te hará mal, sino mucho bien.
¿Quién es éste?, le preguntó.
Y él:
Ésta es aquella tan celebrada, cuán conocida en todo el mundo y más en
las cortes, sin quien ya no se puede vivir, por lo menos sin su poquito
de ella, por cuanto es empleo de los desocupados y ocupación de los
entendidos, aquella gran cortesana.
¿Y cómo la nombran?
Lo que le respondió y qué monstruo fuese éste nos lo dirá la otra
Crisi.
CRISI III
_La Verdad de parto._
Enfermó el hombre de achaque de sí mismo. Despertósele una fiebre
maligna de concupiscencias, adelantándosele cada día los crecimientos
de sus desordenadas pasiones. Sobrevínole un agudo dolor de agravios y
sentimientos. Tenía postrado el apetito para todo lo bueno y el pulso
con intercadencias en la virtud. Abrasábase en lo interior de malos
afectos y tenía los estremos fríos para toda obra buena. Rabiaba de
sed de sus desreglados apetitos, con grande amargura de murmuración.
Secábasele la lengua para la verdad, síntomas todos mortales.
Viéndole en tanto aprieto, dicen que le envió sus médicos el cielo y
también el mundo los suyos, á competencia, y así muy diferentes los
unos de los otros y muy encontrados en la curación. Porque los del
cielo en nada condecendían con el gusto del enfermo y los mundanos en
todo le complacían. Con lo cual éstos se hicieron tan plausibles, cuan
aborrecibles aquéllos. Ordenábanle los de arriba muchos y muy buenos
remedios y los de abajo ninguno, diciendo:
He, que tanto es menester haber estudiado para no recetar, como para
recetar.
Citaban los eternos, magistrales textos y los terrenos, ninguno, y
decían:
Más vale testa, que texto.
Guarde la boca, decían unos: coma y beba cuanto apeteciere.
Los otros:
Tome un vomitivo de deleites, que le será de mucho provecho.
No haga tal, que le inquietará las entrañas y le postrará el gusto;
dénle minorativos de concupiscencia.
Ni lo piense; sino valientes tiradas de gustos, que le vayan
refrescando la sangre.
Dieta, dieta, repetían aquéllos.
Regalo y más regalo, replicaban éstos, y asentábasele muy bien al
enfermo.
Púrguese, le recetaron los celestiales, porque vamos á la raíz del mal
y á derribar el humor vicioso, que predomina.
Eso no, salían los mundanos; tome, sí, cosas suaves con que se
entretenga y alegre.
Oyendo tal variedad, decía el enfermo:
Aténgome al aforismo que dice: “Si de cuatro médicos, los tres dijesen
que te purgues y uno que no, no te purgues”.
Replicábanle los del cielo:
También dice otro: “Si de cuatro médicos, los tres te dijeren que no te
sangres y uno sólo que sí, sángrate”. Luego, te debes sangrar y de la
vena del arca, restituyendo lo ajeno.
Eso no, salían los otros; que sería quitarle las fuerzas y aun de todo
punto desjarretarle.
Y él, en confirmación, añadía:
¡Qué poco estiman ellos mi sangre! No saben otro, que sangrar la
costilla de los zurdos.
No duerma con el mal, encargaban aquéllos.
Repose y descanse en él, decían éstos.
Viendo, pues, los del cielo que no se le aplicaba remedio alguno de
cuantos ellos ordenaban y que el enfermo iba por la posta caminando á
la sepultura, entraron á él y con toda claridad le dijeron que moría.
Ni por esas se dió por entendido; antes llamando un criado, le dijo:
Hola, ¿hanles pagado á estos médicos?
Señor, no.
Y aun por eso me dan ya por desahuciado. Pagadles y despedidles.
Lo segundo cumplieron. Fuéronse con tanto las virtudes, quedáronse los
vicios, y él muy en ellos, que presto acabaron con él, aunque no él con
ellos. Murió el hombre de todos y fué sepultado más abajo de la tierra.
Íbale ponderando á Critilo este suceso de cada día un varón de ha mil
siglos.
¡Oh cómo es verdad, decía Critilo, que los vicios no sanan, sino que
matan, y las virtudes remedian! No se cura la codicia con amontonar
riquezas ni la gula con los manjares, la sensualidad con los bestiales
deleites, la sed con las bebidas, la ambición con los cargos y
dignidades; antes se ceban más y cada día se aumentan. De ese achaque
le vino á la torpe vinolencia hacer estanco de vicios. ¡Y qué feos!
¡qué abominables! Pero entre todos, aquel que se me venía acercando y
pegándoseme, que no hice poco en rebatirle, ¿cuál de ellos era?
Es más cortesano, cuanto más civil; común, cuando más estraño.
¿Cómo se llamaba el tal monstruo?
Bien nombrado es y aun aplaudido, entremetido y bienadmitido. Todo lo
anda y todo lo confunde. Entra y sale en los palacios, teniendo en las
cortes su guarida.
Menos te entiendo por eso. Aún no doy en la cuenta. Que hay muchos á
esa traza y bulle la corte dellos.
Pues has de saber que era el capitán de todos, digo la plausible
Quimera. ¡Oh monstruo al uso! ¡oh vicio de todos! ¡oh peste del siglo!
¡necedad á la moda!, exclamó el nuevo camarada.
Por eso yo, añadió Critilo, luego que me la ví tan cerca, la conjuré,
diciendo:
¡Oh monstruo Cortesano! ¿Qué me buscas á mí? Anda, vete á tu Babilonia
común, donde tantos y tontos pasan de ti y viven contigo: todo embuste,
mentira, engaño, enredo, invenciones y quimeras.
Anda, vete á los que se sueñan grandes y son fantasmas, hombres
vacíos de sustancia y rebutidos de impertinencia, huecos de sabiduría
y atestados de fantasía: todo presunción, locura, fausto, hinchazón y
quimera.
Vete á unos aduladores falsos, desvergonzados, lisonjeros, que todo lo
alaban y todo lo mienten, y á los simples que se los creen, pagando el
humo y el viento: todo mentira, engaño, necedad y quimera.
Vete á unos pretendientes engañados y á unos mandarines engañadores,
aquéllos pretendiéndolo todo y éstos cumpliendo nada, dando largas,
escusas, esperanzas bobas: todo cumplimiento y quimera.