Causaba entre risa y lástima ver cuáles llegaban á este pasaje los que

ya se preciaron de galanes y pulidos, los Narcisos y los Adonis, que

no se podían mirar sin grande horror. Las que ya fueron Floras y aun

Elenas y la misma Venus, verlas ahora descabelladas y sin dientes. Que,

cual suele rústica, grosera mano esgrimir el villano acero contra el

más copado y frondoso árbol, pompa vistosa de la campaña, alegría del

año, bizarro aliño de la primavera, cortándole sus más lozanas ramas,

tronchándole sus verdes pimpollos, malográndole sus frescos renuevos,

dando con todo en tierra, hasta dejarle tronco inútil, fantasma de las

flores y esqueleto del prado: tal es el tiempo, con propriedad tirano,

pues que de todo tira, aja y deshoja la mayor belleza, marchita el

rosicler de las mejillas, los claveles de los labios, los jazmines de

la frente, sacude el menudo aljófar de los dientes, que lloró risueña

aurora de la mocedad, vuela la frondosa hojarasca del cabello, corta el

brío, troncha el garbo, descompone la bizarría, derriba la gentileza,

da con todo en tierra. De un cierto personaje se dudaba si realmente

era anciano. Porque le sobraba tiempo y le faltaba seso. Y todos

convinieron en que estaba muy verde. Mas Vejecia:

Éstos, dijo, son de casta de higueras locas, que nunca llega á madurar

el fruto: hacen higa á la prudencia.

Apelábase un calvo y otro cano á sus pocos años.

Eso tiene el vivir aprisa, les respondieron, que las tempranas

mocedades ocasionan anticipadas vejeces. No hubiérades sido tan mozos y

no estuviérades tan viejos.

¡Qué pocas canas llegan de la corte!, reparó Andrenio.

Y respondióle Marcial en dos palabras y un verso:

Miradlos de noche y hallaréislos cisnes, los que todo el día cuervos.

Llegó uno cojeando y juraba que no era ni una gota de mal humor, sino

haber tropezado. Y díjole otro riendo:

Guardaos mucho de tales tropiezos, porque cada vez que los dais, si no

caéis, avanzáis mucho á la sepultura.

No fué malvisto ni maltratado otro, que realmente tenía años y

no canas, averiguado el secreto que era sabérselas quitar con las

ocasiones que quitaba. Concediósele gozase de los privilegios de viejo

y de las esenciones de mozo, diciendo Vejecia:

Viva quien sabe vivir.

Al contrario, llegó otro con pocos años y muchas canas y, bien miradas,

hallaron que eran verdes ó amarillas.

No le han salido ellas, dijo uno, sino que se las han sacado. Vos, sin

duda, venís de alguna comunidad, no digo comodidad, donde hijos de

muchas madres bastan á sacar canas á un embrión.

Llamaron á una de abuela y ella enfurecida dijo:

Nieta y muy nieta.

Y Marcial, que acertó á estar allí ó su malicia dijo:

Si ella no tiene más años que cabellos, yo juraré que no llegan á

cuatro.

Porfiaba otra era suyo el oro de la madeja y la nieve de sus dientes y

ninguno lo creía. Volvió por ella el mismo poeta, como tan cortesano,

diciendo:

Sí, sí, suyos son, pues le cuestan su dinero.

Correspondían lastimeros gritos á los insufribles tormentos. Los

glotones y bebedores no podían agora pasar una gota y hacíanles beber

la toca y aun morder la sábana; aunque se notó que raros de los

regalones llegaron tan adelante. Era tan general el sentimiento, que

los más tenían hechos lágrima del continuo llanto y del maltratamiento

de Vejecia andaban contrechos y agobiados, cojos y desdentados y

semiciegos, tratándolos como á villanos, cargándolos de nuevos pechos

sobre los viejos.

Encontraron ya los crudos criados con el no bien maduro Andrenio.

Agarraron dél. Pero, antes de decir lo que con ellos le pasó ó le

hicieron pasar, demos una vista á Critilo, que, habiendo entrado

por la puerta de los honores, había llegado á la mayor estimación.

Introdujéronle la Cordura y la Autoridad en un teatro muy capaz y muy

señor, pues lleno de seniores y de varones muy capaces. Presidía en

majestuoso trono una venerable matrona con todas las circunstancias de

grande. No mostraba semblante fiero, sino muy sereno; no desapacible,

sino autorizado, coronada del metal cano, por reina de las edades.

Y como tal, estaba haciendo grandes mercedes á sus cortesanos y

concediéndoles singulares privilegios. Estaba en aquella sazón honrando

á un grande personaje, tan cargado de espaldas como de prudencia,

haciéndole todos acatamiento. Y preguntó Critilo á su Jano colateral,

que nunca le desamparó, quién era aquel varón de estimaciones.

Éste es, le respondió, un Atlante político.

¿De qué piensas tú que está así tan agobiado?

De sostener un mundo entero.

¿Cómo puede ser, le replicó, si no se puede tener él á sí mismo?

Pues advierte que éstos, cuanto más viejos, son más firmes y, cuantos

más años, más fuerzas sustentan; más y mejor que los mozos, que luego

dan con el cargo y con su carga en tierra.

Vieron otro, que llegaba y, arrimando su báculo á una montaña de

dificultades, la alzaprimaba, no habiendo podido muchos y muy robustos

mancebos ni aun moverla.

Nota, le dijo Jano, lo que puede la maña de un sagaz viejo. ¿No

reparas en aquel otro, que, estando para caer aquella gran máquina de

coronas, llega él y arrima su carcomido báculo y con segura firmeza las

sustenta? Las manos le tiemblan al que allí miras y están temblando dél

los ejércitos armados. Que eso le dijo el trompeta francés á don Felipe

de Silva:

No teme mi señor, el mariscal de la Mota, esos vuestros pies gotosos;

sino esa vuestra testa desembarazada.

¡Qué gafos tiene los dedos aquel que llaman el rey viejo!

Pues te aseguro que están colgados dellos dos mundos.

¡Qué palos sacude aquel coronado ciego aragonés!

¿Y cómo que hace pedazos tanta espada y tanta lanza rebelde?

Salían al mismo punto seis varones de canas, que, cuanto más alto un

monte, más se cubre de nieve, y le dijo iban despachados de Vejecia

el Areópago real y otros cuatro más, á ladear á un gran príncipe, que

entraba mozo á reinar y viéndole sin barbas le rodeaban de canas. Allí

toparon y conocieron los clarísimos de noche y escurísimos de secreto,

gran profundidad con tanta claridad.

Repara, dijo el Jano, en aquel semiciego. Pues más descubre él en una

ojeada que echa, que muchos garzones que se precian de tener buena

vista. Que al paso que van perdiendo éstos los sentidos, van ganando

el entendimiento, tienen el corazón sin pasiones y la cabeza sin

ignorancias. Aquél, que está sentado, porque no puede estar de otro

modo, camina medio mundo en un instante. Y aún dicen que le trae en pie

y con aquel báculo le lleva al retortero: que se hacen mucho de sentir

en él, cuando los viejos le mandan. Aquel otro asmático y balbuciente

dice más en una palabra, que otros con ciento. No pases por alto aquel

lleno de achaques, que no se le ve parte sana en todo su cuerpo: pues

de verdad que tiene el seso muy entero y el juicio muy sano. Aquellos

de los malos pies pisan muy firme y, cojeando ellos, hacen asentar el

pie á muchos. No son flemas las que arrancan aquellos senadores de sus

cerrados pechos; no son sino secretos podridos, de callados.

Una cosa admiro yo mucho, dijo Critilo: que no se oye aquí vulgo ni se

parece.

¡Oh! ¿no ves tú, le dijo el Jano, que entre viejos no le hay, porque

entre ellos no reina la ignorancia? Saben mucho, porque han visto y

leído mucho.

¡Qué pausado se mueve aquél!

¡Pero qué apriesa va restaurando viejo lo que desperdició mozo!

¡Qué magistral conversación la de aquellos rancios, que ocupan el banco

del Cid! Cada uno parece un oráculo.

Es un gran rato el escucharlos, de gran gusto y enseñanza para la

juventud.

¡Qué quietud tan feliz!, ponderaba Critilo.

Es que asisten aquí, decía el Jano, el reposo, el asiento, la madurez,

con la prudencia, con la gravedad y la entereza. No se oyen aquí jamás

desatenciones, mucho menos arrojos ni empeños; no resuena instrumento

músico ni bélico, que están prohibidos por la cordura y el sosiego.

Trató ya de conducir el sagaz Jano á su maduro Critilo ante la

venerable Vejecia. Llegó él muy de su grado y así le recibió ella con

mucho agrado. Mas fué mucho de ver que al mismo punto, que se postró

á sus pies, corrieron de improviso ambas cortinas, que estaban á los

dos lados del majestuoso trono, con que á un mismo tiempo se vieron y

se conocieron, de la otra parte Andrenio entre horrores y desta otra

Critilo entre honores, asistiendo entrambos ante la duplicada presencia

de Vejecia, que, como tenía dos caras januales, podía muy bien presidir

á entrambos puestos, premiando en uno y apremiando en otro.

Ordenó luego se leyesen en voz alta y clara los nuevos privilegios,

que en atenciones de méritos de sus concertadas vidas se les concedían

á éstos; y al contrario los agravados pechos, que se les imponían á

aquéllos: á unos cargos, á otros cargas, muy dignos de ser sabidos y

escuchados. Quien los quisiere lograr, estienda el gusto á la Crisi

siguiente.

CRISI II

_El estanco de los vicios._

Llamó acertadamente el filósofo divino al compuesto humano, sonoro

animado instrumento, que, cuando está bien templado, hace maravillosa

armonía; mas, cuando no, todo es confusión y disonancia. Compónese de

muchos y muy diferentes trastes, que con dificultad grande se ajustan

y con grande facilidad se desconciertan.

La lengua dijeron algunos ser la más dificultosa de templar; otros

que la codiciosa mano. Éste dice que los ojos, que nunca se sacian de

ver la vanidad; aquél que las orejas, que jamás se ven hartas de oir

lisonjas propias y murmuraciones ajenas. Tal dice que la loca fantasía

y cual que el apetito insaciable. No falta quien diga que el profundo

corazón ni quien sienta que las maleadas entrañas.

Mas yo con licencia de todos éstos diría que el vientre y esto en todas

las edades. En la niñez por la golosina, en la mocedad por la lascivia,

en la varonil edad por la voracidad y en la vejez por la vinolencia.

Es el vientre el bajo y aun el vil desta humana consonancia; y esto no

obstante, no hay otro Dios para algunos. Hizo siempre apóstatas los

sabios. No dijo cuántos, porque los más y con menos razón hacen mayor

guerra á la razón.

Es la embriaguez fuente de todos los males, reclamo de todo vicio,

origen de toda monstruosidad, manantial de toda abominación,

procediendo tan anómala, que, cuando todos los otros vicios caducan

y se despiden en la vejez, ella entonces comienza y, sepultados ya,

los aviva. Conque no hay un vicio sólo, sino todos de mancomún.

Gran comadre de la herejía: dígalo el Septentrión, llamado así, no

tanto por las siete estrellas que le ilustran, cuanto por los siete

capitales vicios que le deslucen. Amiga de la discordia: vocéenlo

ambas Alemanias, siempre turbulentas. Camarada de la crueldad: llórelo

Inglaterra en sus degollados reyes y reinas. Paisana de la ferocidad:

publíquelo Suecia, inquietando muy de atrás toda la Europa. Compañera

inseparable de la lujuria: confiéselo todo el mundo. Y finalmente

tercera de toda maldad, muñidora de todo vicio, escollo fatal de la

vejez, donde zozobra el carcomido bajel humano, yéndose á pique cuando

había de tomar puerto. El desempeño desta verdad será, después de haber

referido las severas leyes, que mandó promulgar Vejecia por todo el

ancianismo, que para unos fueron favores, si rigores para otros. Subido

en lugar eminente el secretario, intimó desta suerte:

Á nuestros muy amados seniores y hombres buenos, á los beneméritos de

la vida y despreciadores de la muerte ordenamos, mandamos y encargamos:

Primeramente, que no sólo puedan, sino que deban decir las verdades,

sin escrúpulo de necedades. Que, si la verdad tiene muchos enemigos,

también ellos muchos años y poca vida que perder. Al contrario se les

prohiben severamente las lisonjas activas y positivas, esto es que

ni las digan ni las escuchen: porque desdice mucho de su entereza un

tan civil artificio de engañar y una tan vulgar simplicidad de ser

engañados.

Item, que den consejos por oficio, como maestros de prudencia y

catedráticos de experiencia. Y esto sin aguardar á que se les pidan:

que ya no lo platica la necia presunción. Pero, atento á que suelen ser

estériles las palabras sin las obras, se les amonesta que procedan de

modo, que siempre precedan los ejemplos á los consejos.

Darán su voto en todo, aunque no les sea demandado: que monta más el de

un solo viejo chapado, que los de cien mozos caprichosos.

Dirán mal de lo que parece mal, mucho más de lo que es malo: que esto

no es murmurar, sino hacer justicia. Y lo que en ellos sería recatado

silencio, entre la gente moza pasaría por declarada aprobación.

Alabarán siempre lo pasado, que de verdad lo bueno fué y lo malo es, el

bien se acaba y el mal dura.

Podrán ser malcontentadizos, por cuanto conocen lo bueno y se les debe

lo mejor.

Permíteseles el dormirse en medio de la conversación y aun roncar,

cuando no les contentare, que será las más veces.

Corregirán á los mozos de continuo, no por condición, sino por

obligación, teniéndoles siempre tirante la brida, ya para que no se

despeñen en el vicio, ya para que no atollen en la ignorancia.

Dáseles licencia para gritar y reñir: porque se ha advertido que luego

anda perdida una casa, donde no hay un viejo que riña y una suegra que

gruña.

Item más, se les permite el olvidarse de las cosas: que las más del

mundo son para olvidadas.

Podrán entrarse libremente por las casas ajenas, acercarse al fuego,

pedir de beber, alargar la mano al plato: que á canas honradas nunca ha

de haber puertas cerradas.

Permíteseles el encolerizarse tal vez con moderación, no dañando á la

salud: por cuanto el nunca enojarse es de bestias.

Item, que puedan hablar mucho, porque bien, aun entre los muchos,

porque mejor que todos.

Súfreseles el repetir los dichos y los cuentos, que siete veces agradan

y otras tantas enseñan, hiriendo de casera filosofía.

Cuiden de no ser muy liberales, atendiendo á que no les falte la

hacienda y les sobre la vida.

Escusarse han del no hacer cortesías, no tanto por conservarse, cuanto

porque no ven ya las personas como solían y que desconocen los hombres

de agora.

Harán repetir dos y tres veces lo que les dicen, para que todos miren

cómo y lo que hablan.

Háganse dificultosos de creer, como escarmentados de tanto engaño y

mentira.

No darán cuenta á nadie de lo que hacen ni tendrán que pedir consejo,

sino para aprobación.

No sufran que otro alguno mande más que ellos en su casa, que sería

querer mandar los pies donde hay cabeza.

No tendrán obligación de vestir al uso, sino á su comodidad, calzando

holgado, por cuanto se ha advertido que todos, cuantos calzan muy

justo, no pisan muy firme.

Item más, podrán comer y beber muchas veces al día, poco y bueno, y

tratar de su regalo, sin nota de gula, para conservar una vida, que

vale más que las de cien mozos juntas. Y podrán decir lo que el otro:

Yo soy largo en la Iglesia y en la mesa y no me pesa.

Ocuparán los primeros asientos en todo lugar y puesto, aunque lleguen

tarde, pues llegaron al mundo primero. Y podrán tomárselos, cuando los

otros se descuidaren en ofrecérselos. Que, si las canas honran las

comunidades, justo es que sean honradas de todos.

Mándaseles que en todas sus cosas procedan con espera y así podrán ser

flemáticos, que no procederá de cansados, sino de pausados y prudentes.

No tendrán que ceñir acero los que han de caminar con pies de plomo;

pero llevarán báculo, no sólo para su descanso, sino para las

correcciones prontas, aunque no gusten los mozos de tales besamanos.

Podrán ir tosiendo, arrastrando los pies y hiriendo fuerte con los

báculos, como gente que hace ruido en el mundo, atento á que todos en

la casa se irán recatando dellos, ocultándoles las cosas.

Podrán por el mismo caso ser amigos de saberlo todo y preguntarlo y,

atendiendo también á que, si se descuidan en saber los sucesos, se

irían ayunos de muchas cosas á la otra vida, podrán informarse qué hay

de nuevo, qué se dice, y qué se hace, demás que es muy de personas el

querer saber lo que en el mundo pasa.

Escúsese de su seca condición, en achaque de su seco temperamento,

templando con su austeridad el demasiado bullicio y la necia risa de la

gente joven.

Que puedan quitarse años, ya por los que les impondrán, ya por los que

ellos en su juventud se impusieron.

Tendrán licencia para no sufrir y quejarse con razón, viéndose

malasistidos de criados perezosos, enemigos suyos dos veces, por amos

y por viejos: que todos vuelven las espaldas al sol que se pone, y la

cara hacia el que sale. Sobre todo viéndose odiados de ingratos yernos

y de nueras viejas, haránse estimar y escuchar, diciendo:

Oid, mozos, á un viejo, que, cuando era mozo, los viejos le escuchaban.

Finalmente se les encarga que no sean chanceros; sino severos, estando

siempre de veras atentos á su madurez y entereza.

Estas leyes en lo público y otras de mayor arte en lo secreto les

fueron intimadas, que ellos aceptaron por obligaciones, aunque otros

las calificaron privilegios.

Aquí, volviendo la hoja y teniendo el rostro hacia la contraria banda,

esforzando la voz, leyó desta suerte:

Intimamos á los viejos por fuerza, á los podridos y no maduros, á los

caducos y no ancianos, á los que en muchos años han vivido poco:

Primeramente, que entiendan y se lo persuadan que realmente están

viejos, si no en la madurez, en la caduquez; si no en ciencia, en

impertinencia; si no en prendas, en achaques.

Item más que, así como á los jóvenes se les prohibe el casar hasta

cierta edad, así también á los viejos se les vede de tal edad en

adelante y esto en pena de la vida, si con mujer moza; y, si hermosa,

en costas de la hacienda y de la honra, que no puedan enamorarse y

mucho menos darlo á entender ni asentar plaza de galanes, en pena de

risa de todos; podrán, empero, pasear los cimenterios, donde envió á

uno cierta gentil dama, como apalabrado con la muerte.

Item, se les prohibe el añadirse años, en llegando á perderles la

vergüenza, echando á noventa y á ciento. Porque, demás de engañar á

algunos simples, dan ocasión á que muchos ruines se confíen y sientan

largo el enmendar su perversa vida.

No vistan de gala los que huelen á mortaja y entiendan que el traje,

que para un joven sería decente, para ellos es gaitería. Ni por eso han

de andar vestidos de figura con monterillas ó sombrerillos chiquitos

y puntiagudos ni con lechuguillas y calzas afolladas, haciendo los

matachines.

Que no quieran ser agora enfadosos los que algún tiempo muy

desenfadados ni, como el lobo, prediquen ayuno después de hartos.

Sobre todo, no sean avaros y miserables, viviendo pobres para morir

ricos, y se persuadan que es una necia crueldad contra sí mismos

tratarse ellos mal, para que se regalen después sus ingratos herederos;

vestirse de ropas viejas, para guardarles á ellos las nuevas en las

arcas.

Mas: los condenamos cada día á nuevos achaques con retención de los

que ya tenían. Que sean sus ayes ecos de sus pasados gustos. Que, si

aquéllos dieron al quitar, éstos al durar. Y así como los placeres

fueron bienes muebles, los pesares serán males fijos.

Que vayan de continuo cabeceando, no tanto para negar los años,

cuanto para ceñar á la muerte, temblando siempre, ya de su horrible

catadura, ya pagando censo de asquerosidades á sus pasadas liviandades.

Y adviertan que viven afianzados, no para gozar del mundo, sino para

poblar las sepulturas.

Que anden llorando por fuerza los que vivieron muy de grado y sean

Heráclitos en la vejez los que Demócritos en la mocedad.

Item, que hayan de llevar en paciencia el burlarse de ellos y de sus

cosas los jóvenes, llamándolas caduqueces, manías y vejeces, por cuanto

dellos mismos lo aprendieron y desquitan á los pasados.

No se espanten de ser tratados como niños los que jamás acabaron de ser

hombres ni se quejen de que no hagan caso sus propios hijos de los que

no supieron hacer casa.

Que los que tienen ya el un pie en la sepultura no tengan el otro en

los verdes prados de sus gustos ni sean verdes en la condición los que

tan secos de complisión y en todo caso eviten de parecer pisaverdes los

amarillos y pisasecos.

Finalmente, que procedan, como parecen, agobiados, inclinándose á la

tierra, como á su paradero, cargados de espaldas, mas no de cabeza,

pagando pecho en toser á su envejecer.

Impónenseles todas estas obligaciones y otras muchas más, acompañadas

de maldiciones de sus familiares y dobladas de sus nueras.

Acabado un tan solemne auto, mandó la arrugada reina se fuesen

acercando á su caduco trono Critilo y Andrenio, cada cual por su

puesto, bien opuesto. Y así á Critilo le dió la mano; mas á Andrenio

se la asentó. Entregó un báculo á Critilo, que pareció cetro, y á

Andrenio otro, que fué palo. Á aquél le coronó de canas y á éste le

amortajó en ellas. Dióle á aquél el renombre de senior y á éste de

viejo y más adelante de decrépito. Con esto los despachó para pasar

á la última jornada de la tragicomedia de su vida. Critilo guiando y

Andrenio siguiendo, volvióse Vejecia hacia el Tiempo, su más confidente

ministro, haciéndole señas de despejar, que con ser intolerables sus

calabozos, los tuvieran muchos por paraísos, á trueque de no pasar

adelante y llegar al matadero.

Á pocos pasos bien pausados tropezaron con un sabandijón de los de

á cada esquina, en el vulgo, ó á un personaje del enfado, que, bien

atendido de Andrenio y mejor entendido de Critilo, hallaron ser de

aquéllos, que tienen la lengua agujerada con flujo de palabras y

estitiquez de razones. Que hay sujetos peores de aquéllos, que lo

que por una oreja les entra, por otra les sale. Pues á éstos, lo que

por ambas orejas les entra, por la lengua al mismo punto se les va,

con tal facilidad de boca, que no les para cosa en el buche, por

importante que sea, ni el secreto más recomendado ni la interioridad

más reservada, no sabiendo callar ni su mal ni el ajeno. Singularmente,

cuando llega á calentárseles la boca con alguna pasión de cólera ó

alegría, sin ser necesario darles el remitivo político de la afectada

ignorancia ni el único torcedor de la mañosa contradición. Porque éste

no tenía retentivo en cosa, confesando él mismo que no podía más con

su estómago ni recabarlo con su lengua. Jamás pudo llegar á retener

un secreto medio día y por esto era llamado comúnmente don Fulano el

de la lengua horadada. Todos, cuantos querían se supiese algo y que

se fuese estendiendo á toda prisa, acudían á él como á trompeta sin

juicio. ¿Pues qué, si le encomendaban el secreto? Reventaba por irlo

al punto á hacer público. Desgraciado del que ó por desatención ó por

inadvertencia se le confiaba, que luego le topaba en medio de las

plazas á la vergüenza y aun hecho cuartos. Al contrario, los que ya le

conocían, se valían dél para hacerle autor de lo que á ellos no les

estaba bien serlo y en una palabra él era faraute universal, lengua de

ferro, si no testa, no el _bello dezitore_, sino el feo palabrista.

Éste, pues, ó andaluz por lo locuaz ó valenciano por lo fácil ó

chichiliani por lo chacharroni, los comenzó á conducir, sin pararle un

punto la tarabilla de necedades. ¿Quién podrá contar las que ensartó

por todo el discurso de su vida? Nunca escupía, porque no le tomasen la

vez, ni preguntaba por no dar lugar á que otro le respondiese; sí bien,

á los tales se cree que se les convierte toda la saliva en palabras,

porque todo cuanto hablan es broma.

Seguidme, les decía: que hoy os he de introducir en el palacio mayor

del mundo, de muchos oído, de venturosos visto, de todos deseado y de

raros hallado.

¿Qué palacio será éste?, le preguntaba él mismo.

Y después de muchos misterios, ponderaciones y hazañerías, les dijo muy

en secreto:

Éste es el de la alegría.

Hízoles notable armonía y dijeron:

¿No sea el de la risa? ¿Quién jamás vió tal cosa ni tal casa de la

alegría? Hasta hoy no hemos topado quien nos diese noticia de semejante

palacio; aunque de otros, encantados los más y llenos de soñados

tesoros.

No os espantéis dello, les dijo: porque el que una vez entra allá por

maravilla sale. Bobo sería en dejar el contento y volver á los pesares

de por acá.

¿Y tú?, le replicaron.

Yo soy excepción: salgo por no reventar á parlarlo y á conducir allá

los venturosos pasajeros. Vamos, vamos, que allí habéis de ver la misma

alegría en persona, que lo es mucho, con su cara redonda á lo de sol,

que aseguran durarles á las carirredondas diez años más la hermosura,

que á las aguileñas y carílargas. De allí amanece la Aurora, cuando más

arrebolada y risueña. Todos cuantos moran en aquel serrallo, que allí

se vive porque se bebe, andan colorados, lucidos y risueños. Gente de

indo humor y de buen gusto, gentilhombres de la boca.

Y aun gentiles, añadía Critilo. Pero dínos, ¿para cada día hay su

placer y buenas nuevas?

¡Oh, sí!: porque no se cuidan de las malas ni las oyen ni las escuchan;

está vedado el darlas. Desdichado del paje, que en esto se descuida,

que al mismo punto se despiden. Todos son buenos ratos, comedias

nuevas. Para cada día hay su placer y aun dos y todo al cabo viene á

parar en _placheri y placheri y más placheri_.

¿Pues no hace de las suyas la fortuna y de sus mudanzas el tiempo?

¿Siempre está en él llena la luna? ¿No se barajan los contentos con las

penas, las copas con los bastos, los oros con las espadas, como por acá?

El criticón (tomo 2 de 2) · 第 9 / 26 段