mucho las orejas de los reyes. Mandólos comparecer ante su soberano
acatamiento y dicen oyó benignamente su querella, concediéndoles que
ellos mismos eligiesen la edad que mejor les estuviese para comenzar á
vivir, con que se hubiese de acabar por la contraria. De modo que, si
se daba principio por la alegre primavera de la niñez, el dejo había de
ser por el triste invierno de la senectud ó al otoño de la varonil edad
habían de salir por el contrario, y si por el sazonado destemplado
estío de la juventud. Dióles tiempo para que lo pensasen y confiriesen
entre sí y que, en estando ajustados, volviesen con la resolución, que
al punto se ejecutaría.
Mas aquí fué la confusión de pareceres, aquí el Babel de opiniones,
ofreciéndoseles cien mil inconvenientes por todas partes. Proponían
unos se comenzase á vivir por la mocedad, que de dos extremos, más
valdría loco, que tonto.
Calificada necedad, replicaban otros: no sería eso entrar á vivir,
sino á despeñarse; no comenzar la vida, sino su ruina, cuando no
por la puerta de la virtud, sino del vicio, y, apoderados éstos una
vez de los homenajes del alma, ¿quién bastará á desencastillarlos
después? Advertid que es un niño planta tierna, que, en declinando á
la siniestra mano, con facilidad se endereza á la diestra; mas un mozo
absoluto y disoluto no admite consejos, no sufre preceptos, todo lo
atropella y todo lo yerra. Creed que entre dos extremos más arriesgada
corre la locura, que la ignorancia.
Sobre la achacosa vejez no tuvieron mucho que altercar, con que no
faltó quien la propusiese, porque no quedase piedra por mover y todo se
alterase.
¡He!, dijeron los menos necios, que ésa no es edad, sino tempestad,
más á propósito para dejar la vida, que para comenzarla, cuyos
multiplicados achaques facilitan la muerte y la hacen tolerable. Yacen
dormidas las pasiones, cuando más despierto el desengaño; cáese el
fruto de maduro y aun de pasado.
El que llegó á estar más adelantado fué el partido de la edad varonil.
Ése sí, ponderaban los resabidos, que es gran comenzar el mediodía de
la razón y á toda luz del juicio. Ventaja única entrar á entero sol
en el confuso laberinto de la vida. Ésa es la reina de las edades y
lo mejor del vivir. Por ahí comenzó el primero de los hombres, así le
introdujo en el mundo el soberano Hacedor, ya perfecto, ya consumado,
hecho y derecho. ¡Alto!, pídasele al divino Autor sin más altercación
esta excelencia.
Aguarda, les dijo un cuerdo, y ¿quién vió jamás comenzar por lo más
dificultoso? Esto ni lo enseña el arte ni lo platica la naturaleza;
antes bien ambas á dos proceden en todas sus obras haciendo ascenso de
lo fácil á lo dificultoso, de lo poco á lo mucho, hasta llegar á lo muy
perfecto. ¿Quién jamás comenzó á subir por el reventón de una cuesta?
Apenas comenzaría á vivir el hombre y bien á penas, cuando se hallaría
abrumado de cuidados, ahogado de obligaciones, consumido antes que
consumado, empeñado en ser persona, que es lo más difícil de la vida.
Y, si no son á propósito para comenzar los achaques de viejo, menos lo
serán los afanes de hombre. ¿Quién querrá la vida, si sabe lo que es? Y
¿quién meterá el pie en el mundo, si le conoce? ¡He!, dejadle vivir al
hombre para sí algún tiempo, que toda es suya la niñez y la mitad de la
juventud. Ni tiene menores días en toda la carrera de sus años.
De ese modo ha sido tan ventilada la disputa, que aún dura y durará,
sin haberse podido convenir jamás ni vuelto con la respuesta al Hacedor
soberano. El cual prosigue en que comience el hombre á vivir por la
niñez ignorante y acabe por la vejez sabia.
Estaban ya nuestros dos peregrinos del mundo, los andantes de la vida,
al pie de los Alpes canos, comenzando Andrenio á dar en el blanco,
cuando Critilo en los dejos de cisne. Era la región tan destemplada y
tan triste, que, entrados en ella, á todos se les heló la sangre.
Éstas, decía Andrenio, más parecen puertas de la muerte, que puertos de
la vida.
Y era muy de observar que los que antes pasaron los Pirineos sudando,
ahora los Alpes tosiendo. Que lo que en la juventud se suda, en la
vejez se tose. Veían blanquear algunos de aquellos cabezos, cuando
otros muy pelados, cayéndoseles los dientes de los riscos. No
discurrían bulliciosas las venas de los arroyuelos, porque la mucha
frialdad los había embargado la risa y el bullicio, de modo que todo
estaba helado y casi muerto. Aparecían desnudas las plantas de sus
primeras locuras y verdores y desabrigadas de su vistoso follaje. Y,
si algunas hojas les habían quedado, eran tan nocivas, que mataban no
pocos al caer. Aunque decía la amenazada vieja:
Á la de mi naranjo me apelo.
No se veían ya reir las aguas como solían; llorar sí y aun crujir los
carámbanos. No cantaba el ruiseñor enamorado; gemía sí, desengañado.
¡Qué región tan malhumorada es ésta!, se lamentaba Andrenio.
¡Y qué malsana!, añadió Critilo. Trocáronse los fervores de la sangre
en horrores de la melancolía, las carcajadas en ayes: todo es frialdad
y tristeza.
Esto iban melancólicamente discurriendo, cuando entre los pocos, que
llegaban á estampar el pie en aquel polvo de nieve, descubrieron
uno de tan estraño proceder, que dudaron ambos á la par si iba ó si
venía, equivocándose con harto fundamento, porque su aspecto no decía
con su paso. Traía el rostro hacia ellos y caminaba al contrario.
Porfiaba Andrenio que venía y Critilo que iba. Que aun de lo que dos
están viendo á una misma luz hay diversidad de pareceres. Apretó la
curiosidad los acicates á su diligencia, con que le dieron alcance muy
en breve y hallaron que realmente tenía dos rostros, con tan dudoso
proceder, que, cuando parecía venir hacia ellos, se huía dellos y,
cuando le imaginaban más cerca, estaba más lejos.
No os espantéis, dijo él mismo advirtiendo su reparo, que en este
remate de la vida todos discurrimos á dos luces y andamos á dos haces.
Ni se puede vivir de otro modo, que á dos caras. Con la una nos reímos,
cuando con la otra regañamos; con la una boca decimos de si y con la
otra de no y hacemos nuestro negocio. Y, si alguno nos pide la palabra
de que no nos está bien la obra, apelamos del decir al hacer, de la
facilidad del prometer á la imposibilidad del cumplir, de la lengua
á las manos: que hay dos leguas de distancia y catalanas. Estaremos
asegurando una cosa á la española y desmintiéndola á la francesa, á
fuer de Enrico, que de un rasgo firmó las dos paces contrarias, sin
refrescar la pluma ni tomar tinta de nuevo. Hablamos en dos lenguas á
la par y al que dice que nonos entiende, que nosotros nos entendemos.
Hay primero y segundo semblante: el uno de cumple y el otro de miento.
Con el primero contentamos á todos y con el segundo á ninguno. ¿Cuántas
veces lloramos con el que llora y á un mismo tiempo nos estamos riendo
de su necedad? Que con el un brazo estaba agasajando aquel gran
personaje, que todos conocimos, al que llegaba á hablarle, y con la
otra mano se la estaba jurando al paje, que le había dado entrada. Así
que no os fiéis de caricas ni os paguéis de gustillos. Pasad adelante
á ver la otra cara, la verdadera, la de hablas, la de después, la de
sobras. Que, si bien reparáis, hallaréis la una frente muy serena y
la otra borrascosa. Blasfema esta boca de lo que aquélla aplaude. Si
los ojos de la una son azules y de cielo, los de la otra muy negros
y de infierno. Si aquéllos quietos, estos otros, guiñando. Veréis la
una faz muy humana, cuando la otra muy grave; tan jovial ésta, cuan
saturnina aquélla. Y en una palabra, todos en la vejez somos Janos, si
en la mocedad fuimos Juanes. Sea ésta la primera lición y la que más
encargada nos tiene la célebre tirana deste distrito y la que ella más
platica.
¿Qué tirana es ésa?, preguntó asustado Andrenio.
Y el Jano:
¿Nueva se te hace? Pues de verdad que es bien vieja y bien sonada,
conocida de todos y ella desconocida con todos. Témenla los nacidos
por su crueldad, huyendo deste su caduco imperio, procurando cejar
en la vida y echando borrones de mala tinta sobre el papel blanco de
las canas. Y, si alguno llega por acá, es á empellones del tiempo y
muy contra su buen gusto. Mirad aquella hembra, qué mala cara hace. Y
cuanto más va, peor, viéndole ya prendida de más años, que alfileres.
Aquí cautivan los fieros ministros de la fea Vejecia á todo pasajero
sin que se les escape ni el rico ni el poderoso ni el galán ni el
valiente; cuando mucho, alguno de los que saben vivir. Tráenlos á
todos como por los cabellos, dejándolos tal vez más rotos, que una
ocasión venturosa. Unos veréis que vienen llorando, otros tosiendo
y todos en un continuo ay. Ni hay que admirar que es indecible el
maltratamiento que les hace, increíbles las atrocidades que con ellos
ejecuta, tratándolos al fin como á cautivos y ella tirana. Y aun
quieren decir que tiene de bruja ella y todas las de su séquito lo que
les falta de hechiceras. Chúpales la sangre y las mejillas. Hártalos de
palos, dándoles más que del pan, y dice que es su sustento. Aseguran
ser parienta tan allegada á la muerte, que están en segundo grado,
y con todo no son sanguíneas ni cercanas en sangre, sino en huesos,
más amigas aún que parientas. Viven pared en medio, teniendo puerta
abierta á todas horas y así dicen que el viejo ya come las sopas en la
sepultura, que de los mozos mueren muchos y de los viejos no escapa
ninguno. No os la pinto, porque la veréis presto y por gran dicha. Y
decía una linda:
Primero me caiga muerta.
Esto le estaba ponderando Andrenio, cuando advirtió que con la otra
boca se estaba haciendo lenguas en alabanza de Vejecia, informando
de todo lo contrario á Critilo. Celebrábala de sabia, apacible y
discreta, estimadora de sus vasallos, asegurando que los premiaba con
las primeras dignidades del mundo, procurándoles las mayores honras
y concediéndoles grandes privilegios. No acababa de exagerar por
superlativos el magnífico agasajo y el buen pasaje que les hacía.
¡Oh, con cuánta razón el otro sátiro de Esopo abominaba de semejantes
sujetos, que con la misma boca ya calientan, ya resfrían, alaban y
vituperan una misma cosa!
Líbreme Dios de semejante gente, dijo Andrenio.
Y el Jano:
Esto es tener dos bocas y advierte que ambas dicen verdad: remítome á
la experiencia.
Ya en esto vieron discurrir por todas partes honras y coyunturas: los
desapiadados verdugos de Vejecia. Y aunque procedían á traición y á
lo de mátalas callando, se hacían después bien de sentir, dondequiera
que una vez entraban. Espiones de la muerte, que con unas muletillas
dejaban de correr y volaban hacia la sepultura. Iban de camarada de
sesenta en setenta. Tropa había de ochenta y éstos eran los peores, que
de allí adelante todo era trabajo y dolor. En agarrando alguno, con
bien poco asidero le llevaban á la posta de una muletilla á padecer y
podrecer. Á los que huían, que eran los más, les perseguían fieramente,
tirándoles piedras, tan certeros, que se las clavaban en las ijadas y
riñones y á muchos les derribaban los dientes y las muelas. Resonaban
por todas aquellas soledades los ecos de un ay tras otro.
Y ponderaba el Jano para buen consuelo:
Aquí tantos son los ayes, como los ajes. Que el viejo cada día amanece
con un achaque nuevo.
Estaban actualmente setenta de aquellos verdugos, peores que los mismos
diablos, á dicho del Zapata, pues no bastan conjuros para sacarlos,
batallando con una abuela, que habían cautivado sin más averiguación,
que serlo; aunque pasaba muy de rebozo en un manto de humo, que en humo
del diablo vienen á parar de ordinario los dejos del mundo y carne.
Venía muy desenvuelta, cuando más envuelta. Porfiaba que aún no había
salido del cascarón.
Y ellos con mucha risa decían:
¿Pues cómo entraste tan presto en el mascarón?
Ceceaba con enfadoso melindre y desmentíalo su porfiado toser.
Tiráronla del manto, con que la que negaba un achaque manifestó tres ó
cuatro. Cayósele la cabellera y quedó monstruo la que fué prodigio y la
que había atraído tantos, Sirena, ahora los ahuyentaba, coco.
Pasaba un cierto personaje muy alto á lo estirado, echando piernas, que
no tenía. Púsoselo á mirar uno de aquellos legañosos linces y reparó
en que no llevaba criado y con linda chanza dijo:
Éste es el de criado.
¿Cómo, si no le lleva?, replicó otro.
Y aun por eso. Habéis de saber que la primer noche, que entró á
servirle, llegando á desnudarle, comenzó el tal amo á despojarle de
vestidos y de miembros.
Toma allá, le dijo, esa cabellera.
Y quedóse en calavera. Desatóle luego dos ristras de dientes, dejando
un páramo la boca. Ni pararon aquí los remiendos de su talle; antes,
removiendo con dos dedos uno de los ojos, se lo arrancó y entregósele,
para que lo pusiese sobre la mesa, donde estaba ya la mitad del tal amo.
Y el criado fuera de sí, diciendo:
¿Eres amo ó eres fantasma? ¿Qué diablo eres?
Sentóse en esto, para que le descalzase y, habiendo desatado unos
correones:
Estira, le dijo, de esa bota.
Y fué de modo, que se salió con bota y pierna, quedando de todo punto
perdido, viendo su amo tan acabado.
Mas éste, que debía tener mejor humor, que humores, viéndole así
turbado:
De poco te espantas, le dijo. Deja esa pierna y ase de esa cabeza.
Y al mismo punto, como si fuera de tornillo, amagó con ambas manos á
retorcer y á tirársela. El mozo, no bastándole ya el ánimo, echó á
huir con tal espanto, creyendo que venía rodando la cabeza de su amo
tras él, que no paró en toda la casa ni en cuatro calles alrededor. Y
con todo esto se agravia de que le tengan por viejo. Que todos desean
llegar y, en siéndolo, no lo quieren parecer. Todos lo niegan y con
semejantes engaños lo desmienten.
Ya á los ecos del toser, al asqueroso estruendo del gargajear,
alargaron la vista y descubrieron un edificio caduco, cuya mitad
estaba caída y la otra para caer, amenazando por momentos su total
ruina, palpitándoles los corazones á las arrimadas yedras de los
nepotes, validos y dependientes. Era de mármol en lo blanco y frío y,
aunque muy apuntalado de Cipiones en vez de Atlantes, nada seguro. Y
con tener fosos abiertos y cerradas barbacanas, lo que menos tenía era
de fortaleza. Pero, ¿qué mucho se estuviese derruyendo, si se veía
lleno de hendrijas y goteras?
He allí, dijo el Jano, el antiguo palacio de Vejecia.
Bien se da á conocer, le respondieron, en lo melancólico y desapacible.
¡Qué desterrada estará de aquí la risa!, dijo Andrenio.
Sí, que ha días andan reñidas y tanto, que ni se ven ni se hablan.
Pues de verdad que, si una vejez es triste, que es mal doblado.
No deben faltar la murmuración y la malicia, sus grandes camaradas.
Así es, que allí están y muy de asiento entre aquellos Matusalenes,
sin faltarles jamás qué contar y qué morder, ya al sol, ya al fuego. Y
es cosa donosa que, no acertando á pronunciar las palabras, clavan con
ellas. Los callos se les han bajado de las lenguas á los pies.
Ostentábase lo que había quedado del derruído frontispicio muy
autorizado y grave, con dos puertas antiguas, guardada de perros
viejos, siempre gruñendo al humor de su dueño. Estaban ambas
cercanamente distantes. En la una había un portero para no dejar entrar
y en la otra para que entrasen.
En llegando cualquiera, le desarmaban, aunque fuese el mismo Cid. Y
esto con tanto rigor, que al duque de Alba, el célebre, le trocaron la
dura espada en una banda de seda. Á unos les hacían perder los aceros
y á otros los estribos. Que los hubo de suplir tal vez con una banda
de tafetán el César. Y al inventor de los mosquetes Antonio de Leiva,
le obligaron á desmontar y meterse en una silla de manos, que solían
llevar dos negros. Y él con gran cólera, en medio del calor de una
batalla, gritaba:
Llevadme, diablos, á tal y tal parte; demonios, acabad de llevarme allá.
Estaban en aquel punto despojando á cierto general del bastón con
que había hecho temblar el mundo, dándole en su lugar un báculo, que
temblaba, con mucha repugnancia suya, porque decía que aún estaba de
provecho.
Para sí, decían los soldados.
Al fin, le persuadieron con buenas palabras tratase de hacer buenas
obras, no ya de matar, sino de prevenirse para morir.
Solos les dejaban los cetros y los cayados á los que llegaban con
ellos, asegurando eran, cuanto más carcomidos, los más firmes puntales
del bien común. Á los otros les iban repartiendo báculos, que ellos
decían darles palos, y muchos se vieron llevarlos en el aire sin
afirmarse ni tocar en tierra. Y discurrió un malicioso era por no hacer
ruido ni llamar á la puerta de la otra vida.
Pero para que se vea cuán diferentes son los modos de concebir en el
mundo y la variedad de caprichos, vieron no pocos que ellos mismos
venían á dejarse cautivar de Vejecia, sin aguardar á que los trajesen
sus achacosos ministros. Buscábanse ellos de buena gana la mala y
pedían con instancia les diesen báculos; pero por ningún caso se les
permitían. Menos los admitían dentro de la horrible posada, tan deseada
dellos, cuan temida de los otros.
Admirados los circunstantes de tan recíproca impertinencia, les decían:
¿Qué pretendréis con eso?
Y ellos:
Dejadnos, que nosotros nos entendemos.
Y rogaban á los guardas les dejasen entrar, diciendo:
Siquiera en lugar nuestro.
¡Mirad ahora qué prebenda!
¡Oh, sí lo es!, respondieron los porteros. Que para esos lo es y
acomodada y aun beneficio, ni otro, sino zonzo. No los entendéis
vosotros. No buscan el báculo por necesidad, sino por comodidad;
no para llamar á las puertas de la muerte, sino de más vida, de la
autoridad, de la dignidad, de la estimación y del regalo.
En consecuencia desto, llegó uno bien lucio de tozuelo, pretendiendo
ser admitido en el ancianismo y pasar plaza de achacoso y para esto
se ayudaba del toser y del quejarse. Á éste le retiraron diez leguas
lejos, digo diez años atrás, diciendo:
Éstos por no trabajar se hacen viejos antes con antes: añádense años y
achaques.
Y realmente era así, porque se dejó caer uno:
Si quieres vivir mucho y sano, hazte viejo temprano, esto es, vire, á
la italiana.
Así que de todo hay en el mundo. Unos que, siendo viejos, quieren
parecer mozos, y otros que, siendo mozos, quieren parecer viejos. Así
fué que tenía ya uno los ochenta ó no los podía tener. Porfiaba que ni
era viejo ni se tenía por tal. Atendiéronle y notaron que ocupaba uno
de los más superiores puestos. Y así dijo otro:
Á éstos siempre les parece que han vivido poco y á los que esperan, que
mucho.
Acusaron á otro que, cuando mozo, había afectado el parecer viejo y,
cuando viejo, mozo. Y averiguóse que antes pretendía conseguir cierta
dignidad y después conservarse en ella.
Porfiaba otro decrépito que él probaría con evidencia no ser viejo y
decía:
Las pensiones del viejo son ver poco, andar menos, mandar nada; yo al
contrario, veo más. Pues, si antes no veía sino una en cada cosa, ahora
se me hacen dos: un hombre me parecen cuatro y un mosquito un elefante.
Camino doblado, pues he de dar cien pasos para conseguir cualquier
cosa; que antes con uno alcanzaba cuanto quería. Pues mando tres y
cuatro veces la cosa y no se hace; que en otro tiempo, á la primera
palabra me obedecían. Experimento dobladas fuerzas: que, si antes
desmontaba de un caballo mi persona sola, agora me traigo la silla tras
mí. Hágome más de sentir, arrastrando el mundo con los pies y haciendo
ruido con la tos y con el báculo.
Todo eso tenéis más de viejo, le dijeron; pero sírvaos de consuelo.
Fuéronse ya acercando á la palaciega antigualla y descubrieron dos
grandes letreros sobre ambas puertas. El de la primera decía:
Ésta es la puerta de los honores.
Y el de la segunda:
Ésta es la de los horrores.
Y de verdad lo mostraban, ésta en lo deslucido y aquélla en lo
majestuoso. Examinaban los porteros con grande rigor á cuantos llegaban
y, en topando alguno, que venía de los verdes prados de sus gustos,
regoldando á obscenidades, al punto le encaminaban á la puerta de los
horrores y le introducían en dolores, asegurando que la mocedad liviana
entrega cansado el cuerpo á la vejez.
Entren los livianos, decían, por la puerta de la pesadumbre, que no de
la gravedad.
Y ellos sin réplica obedecían. Que se tiene observado que todos estos
livianos son gente de pocos hígados. Al contrario, á todos, cuantos
hallaban venir de las sublimes asperezas de la virtud, del saber y del
valor, les abrían de par en par las puertas de los favores. Que una
misma vejez para unos es premio y para otros apremio; á unos autoriza,
á otros atormenta. En reconociendo á Critilo los vigilantes porteros,
le franquearon la entrada de las honras; mas á Andrenio le obligaron á
entrar por la de las penas. Tropezó en el mismo umbral y gritáronle:
¡Guarda de caer! que aquí ú de comida ú de caída.
Iban caminando ambos por muy diferentes rumbos, pues, apenas entró
Andrenio, cuando vió y oyó lo que él nunca quisiera, representaciones
trágicas, visiones espantosas; pero entre todas, la mayor fué una
furia ó una fiera, prototipo de monstruos, tan dentro de fantasmas,
idea de trasgos y lo que es más que todo una vieja. Ocupaba una silla
de costillas pálidas, un tiempo ya marfiles, embarazando un trono de
ecúleos, potros y catastas, como presidenta de tormentos, donde todos
los días son aciagos martes. Rodeábanla inumerables verdugos, enemigos
declarados de la vida y muñidores de la muerte y ninguno desocupado;
todos se empleaban en hacer confesar á los envejecidos delincuentes á
cuestión de tormentos que eran vasallos de aquella tirana reina y, en
declarándolo, les cargaban de villanos pechos, que les hacían toser
y tragar saliva. Y aunque el paraje era tan molesto y las camas tan
duras, emperezaban en ellas con mucha flema y aun flemas.
Tenían á uno entre sus garras, dándole muy malos ratos en el potro de
sus pasadas mocedades y ya muy pesadas, cruel tortura de una prolongada
muerte. Y él estaba siempre negativo, meneando á un lado y á otro la
cabeza y diciendo á todo de no. Que es de viejos el negar, así como de
niños el conceder. En la boca del viejo siempre hallaréis el no y en la
del niño el sí.
Preguntábanle de dónde venía. Y él, dos veces sordo, porque lo afectaba
y lo era, todo lo entendía al revés y respondía:
¿Que estoy muy viejo? Eso niego.
Y meneaba la cabeza. Daban otro apretón á los cordeles y volvíanle á
preguntar:
¿Á dónde irá?
Y decía:
¿Que me muero? No hay tal.
Y sacudía ambas orejas. Á sus mismos hijos, si le interrogaban,
respondía:
¿Que os entregue la hacienda? Aún es presto.
Y movía á toda prisa la cabeza:
Yo dejaré el mando con el mundo.
Defendíase otro, diciendo que él se sentía aún mozo, pues tenía
estómago de francés, cabeza de español y pies de italiano. Trataron de
convencerle de todo lo contrario con hartos testigos. Replicaba él no
ser de vista y respondíanle:
Aquí, abuelo, los ausentes son los concluyentes: la vista que os falta,
los dientes que se os cayeron, los cabellos que volaron, las fuerzas
que descaecieron y el brío que se acabó.
Y dió Vejecia sentencia contra él, casi de muerte. Escusábase un
podrido rancio, que no estaba en él la falta, sino en los otros, porque
decía:
Señores, han dado ahora los hombres en hablar bajo, como á traición,
que ni se oyen ni se dan á entender. En mi tiempo todos hablaban
alto, porque decían verdad. Hasta los espejos se han falsificado,
pues hacían antes unas caras frescas, alegres y coloradas, que era un
contento el mirarse. Los usos se van de cada día empeorando, cálzase
apretado y corto, vístese estrecho y tan justo, que no se puede valer
un hombre. Las tierras se han deteriorado, que no dan los frutos tan
sustanciales y sabrosos como solían ni las viandas tan gustosas. Hasta
los climas se han mudado en peor, pues siendo este nuestro antes muy
sano, de lindos aires, el cielo claro y despejado, ahora es todo lo
contrario, enfermizo y tan achacoso, que no corren otro que catarros,
romadizos, distinciones, mal de ojos, dolores de cabeza y otros cien
ajes. Y lo que yo más siento es que el servicio está tan maleado, que
no hacen cosa bien los criados malmandados, mentirosos, gastarrecados;
las criadas perezosas, desaliñadas, bachilleras, que no hacen cosa á
derechas, pues la olla desazonada, la cama dura y malpareja, la mesa
malcompuesta, la casa malbarrida, todo sucio y todo mal. De modo, que
ya un hombre oye mal, come peor, ni viste ni duerme ni puede vivir. Y
si se queja, dicen que está viejo, lleno de manía y caduquez.