Tomáronse la honra, que en la tierra de los necios, el loco es rey, y

guiados de su gran hombre, entraron allá. Vieron cómo los más andaban,

pero no discurrían. Cada uno con su tema y alguno con dos y tal con

cuatro. Había caprichosas setas y cada uno celebraba la suya: el uno

de entendido, el otro de decidor, éste de galán, aquél de bravo, tal

de linajudo y cuál de afectado, de enamorados muchos, de descontentos

de todo algunos. Los graciosos muy desgraciados, los dejados muy

fríos, los porfiados insufribles, los singulares señalados, los

valientes furiosos, los muy voluntarios fáciles, los encarecedores

desacreditados, los tiesos enfadosos, los vulgares desestimados, los

juradores aborrecidos, los descorteses abominados, los rencillosos

malquistos, los artificiosos temidos. Admirado Andrenio de ver tan

trascendente locura, quiso saber la causa y dijéronle.

Advertí que ésta es la semilla, que más cunde hoy en la tierra, pues da

á ciento por uno y en partes á mil. Cada loco hace ciento y cada uno

déstos otros tantos, y así en cuatro días se llena una ciudad. Yo he

visto llegar hoy una loca á un pueblo y mañana haber ciento imitadoras

de sus profanos trajes. Y es cosa rara que cien cuerdos no bastan hacer

cuerdo un loco y un loco vuelve orates á cien cuerdos. De nada sirven

los cuerdos á los locos. Éstos sí hacen gran daño á aquéllos: es en

tanto grado, que ha acontecido poner un loco entre muchos y muy cuerdos

por ver si se remediaría.

Y como en todo cuanto hablaba y hacía le repugnaban, comenzó á dar

gritos, diciendo que le sacasen de entre aquellos locos, si no querían

que perdiese el juicio en cuatro días.

Era de ponderar, cuáles procedían, sin parar un punto ni reparar en

cosa y todos fuera de sí y metidos en otro de lo que eran y tal vez

todo lo contrario. Porque el ignorante se imaginaba sabio, con que

no estaba en sí; el nonadilla se creía gran hombre; el vil, gran

caballero; la fea se soñaba hermosa; la vieja, niña; el necio, muy

discreto. De suerte que ninguno está en sí ni se conoce ninguno en el

caso ni en casa. Y era lo bueno que cada uno preguntaba al otro si

estaba en su juicio.

¿Hombre del diablo, estáis loco?

¿Estamos en casa?, decía uno.

¿Estáis conmigo?, decía otro.

Y á fe estuviera bien apañado, si con él. Á todos los otros imaginaban

sus antípodas y que andaban al revés, persuadiéndose cada uno que

él iba derecho y el otro cabeza abajo, dando de colodrillo por esos

cielos; él muy tieso y los otros rodando.

¡Qué errado anda fulano!, decía éste.

Y respondía el otro:

¡Qué calzado por agua va él!

Todos se burlan unos de otros. El avaro del deshonesto y éste de aquél,

el español del francés y el francés del español.

¡Ay locura de todo el mundo!, filosofaba Critilo. ¡Y con cuánta razón

se llamó jaula de todos!

Iban discurriendo y toparon los ingleses metidos en una muy alegre

jaula.

¡Qué alegremente se condenan éstos!, dijo Andrenio.

Y respondiéronle estaban allí por vanos: es achaque de la belleza.

Vieron los españoles en otra por maliciosos, los italianos por

invencioneros, los alemanes por furiosos, los franceses por cien cosas

y los polacos á la otra banda. Había sabandijas de todo elemento: locos

del aire los soberbios, del fuego los coléricos, de la tierra los

avaros y del agua los Narcisos. Y éste era simplicísimo elemento. En

el quinto los lisonjeros, diciendo que sin él no se puede vivir en la

corte ni en el mundo.

Topaban estremadas locuras, bravos caprichos. Había dado uno en no

hacer bien á nadie y podía. Preguntóle Andrenio la causa y respondióle:

Señor mío, por no morirme luego.

Antes no, le replicaron, que, haciendo bien á todos, todos os desearán

la vida.

Engañáisos, respondió él, que ya el hacer bien sale mal. Y si no,

prestá vuestro dinero y veréis lo que pasa. Los más ingratos son los

más beneficiados.

He, que ésos son cuatro ruines y por ellos no han de perder tantos

buenos, que lo reconocen y agradecen.

¿Quién son éstos, dijo él, y harémosles un elogio?

Al fin, señor, no os canséis, que yo no me quiero morir tan presto, que

ya sabéis que quien bien te hará ó se te irá ó se te morirá.

Á par déste estaba otro gran agorero y era hombre de porte. En

encontrando un bizco, se volvía á casa y no salía en quince días; que

si tuerto, en todo un año. No había remedio que comiese, melancólico

perdido:

¿Qué tenéis?, le preguntó un amigo. ¿Qué os ha sucedido?

Y él:

Un grande azar.

¿Qué?

Que se volcó el salero en la mesa.

Riólo mucho el otro y díjole:

Dios os libre, no se vuelque la olla, que para mí no hay otro peor

agüero que salir ella güera.

Hízoles gran novedad ver una jaula llena de hombres tenidos por sabios

y muy ingeniosos y decía Critilo:

Señor, que estén aquí los amantes, vaya: que no va sino una letra para

amentes; que estén los músicos en su traste, bien; pero ¿hombres de

entendimiento?

Oh, sí, respondía Séneca: que no hay entendimiento grande sin vena.

Trabáronse de palabras, que no de razones, un alemán y un francés.

Llegaron á términos de perdérselos y el francés trató al alemán de

borracho y éste le llamó loco. Dióse por muy agraviado el francés y

arremetiendo para él, que siempre procuran ser los agresores y con eso

ganan, juraba le había de sacar la sangre pura, que no fuera poco. Y el

alemán que le había de hacer saltar los sesos, que no tenía.

Púsose de por medio un español; mas, aunque echó algunos votos, no

podía aplacar al francés.

No tenéis razón, le dijo, que si él os ha tratado de loco, vos á él de

borracho, con que sois iguales.

No, Monsiur, decía el francés; más cargado quedo yo: peor es loco que

borracho.

Malo es lo uno y lo otro, replicó el español; pero la locura es falta y

la embriaguez es sobra.

Así es, dijo el francés; pero aquello de ser mentecato de alegría es

una gran ventaja, es tacha de gusto.

He, que también un loco, si da en rey ó papa, pasa una linda vida. Así

que no sé yo de qué os dais por tan sentido.

Siempre estoy en mis trece, dijo el francés, que yo hallo gran

diferencia de loco á borracho. Porque el uno es mentecato de secano y

el otro de regadío.

Estaba una mujer loca rematada de su hermosura, que las más déstas no

tienen un adarme de juicio.

Ésta sí, dijo Critilo, que volverá locos á ciento.

Y aun á más, dijo Andrenio.

Y fué así, que ella estaba loca y loca su madre con ella y loco el

marido de celos y locos cuantos la miraban.

Daba voces un gran personaje y decía:

¿Á mí, á un hombre como yo, de mi calidad, á un magnate intentar

meterlo aquí? Eso no. Si es por esto y esto, yo tuve mi razón: no se ha

de dar cuenta de las acciones á todos. Si es por aquello, engáñanse.

¿Qué saben ellos de las ejecuciones de los grandes personajes, que no

las alcanzan? ¿Por qué se meten á censurarlas? Que hay historiador y

aun los más, que no tocan en cielo ni en tierra.

Defendíase todo lo posible; mas los superintendentes de la jaula,

tratándole muy mal hasta ajarle le llevaban muy contra su voluntad,

diciendo:

Aquí no se juzga de la cordura interna, sino de la locura externa. Vaya

á la jaula derecho quien hizo tantos tuertos.

Llegó Critilo y, viendo era un gran personaje bien conocido, díjoles no

tenían razón de meterle allí un hombre semejante.

He, sí señor, dijeron ellos, que estos hombres grandes hacen siempre

locuras de su tamaño y mayores cuanto mayores.

Por lo menos, replicó Critilo, no le pongáis en el común, sino aparte:

haya una jaula retirada para los tales.

Riéronlo mucho ellos y dijeron:

Señor mío, á quien perdió el mundo entero todo él sea su jaula.

Al contrario, otro suplicaba con grande instancia le honrasen con una

jaula de loco; mas los del gobierno no quisieron. Antes le llevaron

á las de los simples, que estaban de la otra banda, y fué porque

pretendía mandar, que á todos los pretendientes de mando los metían á

un lado del limbo.

Había locos de memoria, que era cosa nueva y nunca vista; que de

voluntad y entendimiento ya es ordinario. Y éstos eran los prósperos,

los hartos, no acordándose de los hambrientos, los presentes de los

ausentes, los de hoy de los de ayer, los que dos veces tropezaron en

un mismo paso, los que se engolfaron segunda vez y los que se casaron

dos, los engañados entre los bobos. Y el que dos veces, jaula doble. Y

señalaron pienso á los de penseque.

Estaban altercando dos cuál había sido el mayor loco del mundo, que

el primero ya se sabe. Nombraron muchos y bien solemnes, antiguos

y modernos, en Francia á pares y en España á nones. Concluyeron la

disputa, concluyendo el poema del galán Medoro.

Preguntó Andrenio por qué ponían los alegres junto á los tristes, los

consolados á par de los podridos, los satisfechos de los confiados.

Respondió uno que para igualar el peso y el pesar. Pero otro mejor,

para que los unos curen con los otros.

¿Pues qué, sanan algunos?

Sí, alguno y aun ése por fuerza, como se vió en aquel, que, habiéndole

sanado un gran médico, no le quería después pagar. Citóle ante el juez,

que admirado de tal ingratitud, dudó si había vuelto á estar loco.

Respondía que ni con él se había hecho el concierto ni le había hecho

buena obra; sino muy mala en haberle vuelto á su juicio, diciendo que

no había tenido mejor vida, que cuando estaba loco, pues no sentía

los agravios ni advertía los desprecios, de nada se pudría. Un día se

imaginaba rey, otro papa, ya rico, ya valiente y vitorioso, ya en el

mundo, ya en el paraíso y siempre en gloria; pero ahora sano de lodo se

consumía, de todo se pudría, viendo cuál anda todo.

Intimóle que pagase ó volviese á ser loco y él escogió esto último.

Llamóles uno con grande instancia, que estaba en la jaula de los

descontentos. Comenzóles á hablar con grande consecuencia, quejándose

de que le tenían allí sin causa. Daba tan buenas razones que les hizo

dudar si la tendría. Porque decía:

Señores míos, ¿quién puede vivir contento con su suerte? Si es pobre,

padece mil miserias; si rico, cuidados; si casado, enfados; si soltero,

soledad; si sabio, impaciencias; si ignorante, engaños; si honrado,

penas; si vil, injurias; si mozo, pasiones; si viejo, achaques; si

solo, desamparos; si emparentado, pesares; si superior, murmuraciones;

si vasallo, cargas; si retirado, melancolías; si tratable,

menosprecios. ¿Pues qué ha de hacer un hombre y más si es persona?

¿Quién puede vivir contento, sino algún tonto? ¿No os parece que tengo

razón? Así tuviese yo ventura, que entendimiento no me falta.

Aquí se la conocieron y grande. Mal de muchos, vivir tan satisfechos de

su entendimiento, cuan descontentos de su poca dicha.

¡Oh cuántos, dijo Critilo, echan la culpa de la sobra de su locura á la

falta de su ventura!

Muy confiado uno llegó á entretenerse y ver las gavias; mas al punto

agarraron dél para revestirle la librea. Defendíase, preguntando que

por qué. Pues él ni era músico ni enamorado ni desvanecido ni salía

fianza por el mismo Creso ni había confiado en hombres ni fiado de

mujeres, mucho menos de franceses, ni se había casado por los ojos

á lo antiguo ni por los dedos á lo moderno contando el dinero ni

había llevado plumaje ni ramo ni se mataba de lo que otros vivían ni

suspiraba de lo que otros daban carcajadas ni por decir un dicho había

perdido un amigo ni era de alguna de las cuatro naciones y así que á

ningún traste pertenecía. Nada le valió.

Enjáulenle, gritaba el regidor mayor.

Y él:

¿Por qué?

Porque él solo se tiene por cuerdo. Y aunque no sea loco, puede ser

tenido por tal, como acontece cada día. Y entiendan todos que, por

cuerdos que sean, si dan los otros en decirles ¡al loco, al loco!, ó le

han de sacar de tino ú de crédito.

Ponderaba Andrenio que casi todos eran hombres; no había niños ni

muchachos.

Es que aún no se han enamorado, le respondió uno.

Mas otro:

¿Cómo han de perder lo que aún no tienen?

Defendía un físico que por ser húmedos de celebro; pero mejor un

filósofo, que por vivir sin penas.

Trajeron los esbirros un tudesco y él decía que por yerro de cuenta.

Que su mal no procedía de sequedad de celebro; sino de sobrada humedad.

Y aseguraba que nunca más en su juicio, que cuando estaba borracho.

Dijéronle que en qué se fundaba. Y él con toda puridad decía que,

cuando estaba de aquel modo, todo cuanto miraba le parecía andar al

revés, todo al trocado, lo de arriba abajo, y como en realidad de

verdad así va el mundo y todas sus cosas al revés, nunca más acertado

iba él ni mejor le conocía que, cuando le miraba al revés, pues

entonces le veía al derecho y como se había de mirar. Con todo cayó de

su casa y le dijeron que, aunque le veía al revés, no era por andar él

derecho. Y así le metieron entre los alegres.

Dondequiera que se volvían, topaban ó locos ó mentecatos: todo el mundo

lleno de vacío.

Yo creí, dijo Andrenio, que todos los locos cabían en un rincón del

mundo y que estaban recogidos allá en su Nuncio; y ahora veo que ocupan

toda la redondez de la tierra.

Podíamos responder á eso, dijo uno, lo que el otro en cierta ciudad

bien noble y bien florida, que, habiéndola paseado con un estranjero

y habiéndole mostrado todas las cosas más célebres y más de ver, que

eran tan muchas como grandes, soberbios edificios, plazas abundantes,

jardines amenísimos y magníficos templos, reparó el huésped que no le

había llevado á una casa de que él gustaba mucho.

¿Cuál es? Que al punto os llevaré allá.

La casa de los que no están en ella.

¡Oh, señor, respondió, aquí no hay casa especial; toda la ciudad lo es!

De lo que mucho se maravillaba Andrenio era de ver locos de buen

entendimiento.

Éstos, le dijo uno, son los peores, porque no tienen cura. He allí uno,

que tiene el mayor entendimiento que se conoce; pero entendimiento, que

menos sirva á su dueño, yo dudo que le haya.

¡Oh casa de Dios, exclamó Critilo, poblada de orates!

Mas al decir esto se enfurecieron todos y arremetieron contra ellos

de todas partes y naciones. Viéronse rodeados en un instante de

mentecatos, sin poderse defender dellos ni ponerles en razón. Aquí el

Gigante, echando mano á la cinta, descolgó una bocina de marfil terso

y puro y aplicándola á la boca comenzó á hacer un son tan desapacible

para ellos, que todos al punto, volviendo las espaldas, se echaron

á huir y se retiraron, aunque no con buen orden. Con esto se vieron

libres de su furia, quedándoles el paso desembarazado. Admirado

Andrenio, le preguntó si era acaso aquél el cuerno de Astolfo tan

celebrado.

Primo hermano dél; aunque más moral es éste. Lo que yo puedo decir es

que me lo dió la misma Verdad. Con él me he librado muchas veces y

de terribles trances. Porque, como habéis visto, en oyendo cada uno

la verdad, luego vuelve las espaldas, unos tras otros se van y me

dejan estar. Todos veréis que enmudecen, en oyendo que les dicen las

verdades, se van más que de paso. En diciéndole al otro desvanecido

que advierta, que no tiene de qué, que se acuerde de su abuelo, al

punto se hiela. Si le decís al magnate que no adjetive lo grande con

lo vicioso, luego os tuerce el rostro. Si le decís á la otra que no

parece tan bien como se pinta, aunque sea un ángel, os para un gesto de

un demonio. Si le acordáis al rico la limosna y que todos los pobres

le echan maldiciones, luego se sacude la capa y os sacude de sí. Si al

soldado que lo sea en la conciencia y no la tendrá tan rota, si á Baldo

que no sea venal ni admita todas las causas, si al marido que no sea

siempre novio, si al médico que no se mate por matar, si al juez que no

se equivoque con Judas, si á la doncella que no comienza ya bien con el

don, ni la dama con el dar, si á la bella casada que escuse el vella,

todos vuelven las espaldas. De modo que, en resonando el odioso cuerno

de la verdad, veréis que el pariente os niega, el amigo se retira, el

señor desfavorece, todo el mundo os deja y todos van gritando:

¡Á huir á huir!, por no oir.

Despejado el paso de la vida, fuéronse encaminando á los canos Alpes,

distrito de la temida Vejecia. Lo que por allá les sucedió ofrece

referir la tercera parte en el erizado invierno de la vejez.

EL CRITICÓN

TERCERA PARTE

EN EL INVIERNO DE LA VEJEZ

POR

LORENZO GRACIÁN

Y LO DEDICA AL

DOCTOR DON LORENZO FRANCÉS DE URRITIGOITI

DEÁN DE LA SANTA IGLESIA DE SIGÜENZA.

_Á don Lorenzo Francés de Urritigoiti, deán de la santa iglesia de

Sigüenza._

Esta tercera parte del discurso de la vida humana, que retrata la

vejez, ¿á quién mejor la pudiera yo dirigir, que á un señor anciano,

tan grave, entendido y prudente? Y está tan lejos de ser inadvertencia

esta dirección, que blasona de industrioso obsequio. Mucho ha que

comenzó v. m. á lograr madureces. Suelen alterarse los tiempos y

entrarse unos en la jurisdición de los otros: el Otoño se muda en

Invierno y la Primavera usurpa porción del Estío. Así en algunos la

vejez se suele adelantar y tomar gran parte de la varonil y ésta de

la mocedad. Describe este último de mis Críticos una sazonada vejez

sin decrepitud, copiada de la perfecta de v. m. Ésta es la idea de

prendas autorizadas, bien conocidas, no bastantemente estimadas.

Mas desconfiando mi pluma de poder sacar el cumplido retrato de las

muchas partes, de los heroicos talentos, que en v. m. depositaron

con emulación la naturaleza favorable y la industria diligente,

he determinado valerme de la traza de aquel ingenioso pintor, que,

empeñado en retratar una perfección á todas luces grande y viendo

que los mayores esfuerzos del pincel no alcanzaban á poderla copiar

toda junta con los cuatro perfiles, pues, si la pintaba del un lado,

se perdían las perfecciones de los otros, discurrió modo cómo poder

expresarla enteramente. Pintó, pues, el aspecto con la debida valentía

y fingió á las espaldas una clara fuente, en cuyos cristalinos reflejos

se veía la otra parte contraria con toda su graciosa gentileza. Puso

al un lado un grande y lucido espejo, en cuyos fondos se lograba el

perfil de la mano derecha, y al otro un brillante coselete, donde se

representaba el de la izquierda. Y con tan bella invención pudo ofrecer

á la vista todo aquel relevante agregado de bellezas. Que tal vez la

grandeza del objeto suele adelantar la valentía del concepto.

Así yo, por no perder perfecciones, por no malograr realces y tantos

como en v. m. admiro, unos propios, otros ajenos, aunque ninguno

estranjero, después de haber copiado lo virtuoso, lo prudente, lo

docto, lo entendido, lo apacible, lo generoso, lo plausible, lo noble,

lo ilustre, que en v. m. luce y no se afecta, quiero carearle con una

no fingida, sino verdadera fuente de sus esclarecidos padres, el señor

Martín Francés, ornamento de su casa, esplendor de esta Imperial Ciudad

de Zaragoza, por su virtud, generosidad, cordura y capacidad, que

todo en él fué grande; y de una madre, ejemplo de cristianas y nobles

matronas, cuya bondad se conoció bien en el fruto que dió de tantos y

tan insignes hijos, que pudo con más razón decir lo que la otra romana:

_Mis galas, mis joyas, mis arreos son mis hijos_.

Pondré luego al lado derecho, no un espejo solo, sino cuatro, de

cuatro hermanos, dedicados todos á Dios en las más ilustres iglesias

catedrales de España. El Ilustrísimo señor don Diego Francés, Obispo de

Barbastro, espejo de ilustrísimos Prelados en lo santo de su vida, en

lo vigilante de su celo, en lo docto de sus estampados escritos y en lo

caritativo de sus muchas limosnas.

Sea el segundo el señor Arcipreste de Valpuesta, en la santa Iglesia

de Burgos, espejo también de Prebendados, ya en la cátedra, ya en el

púlpito, ya en la silla, asistiendo con ejemplar puntualidad al divino

culto, sin perdonar días, no perdonándole sus achaques una hora de

alivio.

El tercero, que pudiera ser primero, es el señor Arcediano de Zaragoza,

aquel gran bienhechor de todos, de nobles con consejos, de pobres

con limosnas y asistencias de Regidor mayor del Hospital General, de

eclesiásticos con ejemplos, de sabios con libros que publican las

prensas, con las suntuosas iglesias que les ha erigido, con capillas

que ha ilustrado y fundado, nacido al fin para bien de todos y de todas

maneras venerable.

Sea corona religiosa el Muy Reverendo Padre Fray Tomás Francés,

antorcha brillante de la Religión Seráfica, esparciendo rayos, ya de su

mucha doctrina en los púlpitos, de que dan testimonio dos Cuaresmas,

que predicó en este Hospital Real de Zaragoza, palenque de los mayores

talentos, ya de su mucha teología, en tantos años de cátedra, ya de su

erudición en sus impresos libros, ya de su prudencia en los cargos y

prelacías, que ha obtenido y Secretario, que fué, de dos Generales de

su Orden, doblada prueba de sus muchos méritos.

Al otro lado fijaré un coselete de otros tres hermanos seglares,

nobles caballeros, don Martín y don Marcial y don Pablo, que tan bien

supieron hermanar lo lucido con lo cristiano. Ni son menos de ver los

lejos de sobrinos Canónigos y seglares caballeros. Pero lo que yo más

suelo celebrar es que todos, por lo cristiano y por lo caballeroso, han

sido los más plausibles héroes de su patria y de su siglo.

Con esto queda coronado el retrato de blasones y de prendas, que todas

van á parar en v. m. como en su primero centro, á quien el cielo espere

y prospere.

De v. m. su más afecto estimador

LORENZO GRACIÁN

AL QUE LEYERE

Á los grandes hombres nada les satisface, sino lo mucho. Por eso no

desprecio yo letores grandes, convido sólo al benigno y gustoso y le

presento este tratado de la senectud con particular novedad. Nadie

censura que las cosas no se hagan; pero sí que no se hagan bien. Pocos

dicen por qué no se hizo esto ó aquello; pero sí por qué se ha hecho

mal. Confieso que hubiera sido mayor acierto el no emprender esta obra;

pero no lo fuera ya el no acabarla. Eche el sello esta tercera parte á

las otras.

Muchos borrones toparás, si lo quisieres acertar. Haz de todos uno.

Para su enmienda te dejo las márgenes desembarazadas. Que suelo yo

decir que se introdujeron para que el sabio letor las vaya llenando

de lo que olvidó ó no supo el autor, para que corrija él lo que erró

éste. Sola una cosa quisiera que me estimases y sea el haber procurado

observar en esta obra aquel magistral precepto de Horacio en su

inmortal arte de todo discurrir, que dice: _Denique sit quodvis simplex

dumtaxat et unum_. Cualquier empleo del discurso y de la invención, sea

lo que quisieres, ó épica ó cómica ó oratoria, se ha de procurar que

sea una, que haga un cuerpo, y no cada cosa de por sí, que vaya unida,

haciendo un todo perfecto.

También he atendido en esta tercera parte huir del ordinario tope de

los más autores, cuyas primeras partes suelen ser buenas, las segundas

ya flaquean y las terceras de todo punto descaecen. Yo he afectado lo

contrario, no sé si lo habré conseguido, que la segunda fuese menos

mala que la primera y esta tercera, que la segunda. Dijo un grande

lector de una obra grande que sola le hallaba una falta y era el no ser

ó tan breve, que se pudiera tomar de memoria, ó tan larga, que nunca se

acabara de leer. Si no se me permitiere lo último por lo eminente, sea

por lo cansado y prolijo. Otras más breves obras te ofrezco y, aunque

no puedo lo que franqueaba á sus apasionados el erudito humanista y

insigne jurisperito Tiraquelo, sí aquello de un librillo en cada un

año, redituará mi agradecimiento. Vale.

PARTE TERCERA

EN EL INVIERNO DE LA VEJEZ

PRIMERA CRISI

_Honores y horrores de Vejecia._

No hay error sin autor ni necedad sin padrino y de la mayor, el más

apasionado. Cuantas son las cabezas, tantos son los caprichos, que

no las llamo ya sentencias. Murmuraban de la atenta naturaleza los

reagudos, entremetiéndose á procuradores del género humano:

El haber dado principio á la vida por la niñez, la más inútil, decían

y la menos á propósito de sus cuatro edades. Que, aunque se comienza

á vivir á lo gustoso y lo fácil; pero muy á lo necio. Y si toda

ignorancia es peligrosa, ¿cuánto más en los principios? Gentil modo

de meter el pie en un mundo, laberinto común, forjado de malicias y

mentiras, donde cien atenciones no bastan. ¡He!, que no estuvo esto

bien dispuesto, llamémonos á engaño y procúrese el remedio.

El criticón (tomo 2 de 2) · 第 7 / 26 段