Vieron que echaban algunos, bien pocos, por el rodeo de los méritos;

mas era un acabar de nunca acabar. El más manual, más que el de

las letras, del valor y virtud, era el del oro; pero la dificultad

consistía en fabricarse escala. Que de ordinario los más beneméritos

suelen ser los más imposibilitados. Echáronle á uno por favor, más

que por elección, una escala de lo alto y él, en estando arriba, la

retiró, porque ningún otro subiese. Al contrario, otro arrojó desde

abajo un gancho de oro y enganchóse en las manos de dos ó tres, que

estaban arriba, con que pudo trepar ligero. [Marginal: _Volatines de

la ambición._] Y déstos había raros volatines de la ambición, que por

maromas de oro volaban ligerísimos. Estaba votando uno y blasfemando.

¿Qué tiene éste?, preguntó Andrenio.

Y respondiéronle:

Echa votos, por los que le han faltado.

Lo que más admiraron fué que, siendo la subida muy resbaladiza y llena

de deslizaderos, llegó uno y comenzó á untarlos con un unto, que en lo

blanco parecía jabón y en lo brillante plata.

¡Hay más calificada necedad!, decía.

Pero él Asombrado:

Aguardá, dijo, y veréis el maravilloso efeto.

Fuélo harto, pues en virtud desta diligencia pudo subir con ligereza y

seguridad, sin amagar el menor vaivén.

[Marginal: _Untar para no resbalar._]

¡Oh gran secreto, exclamó Critilo, untar las manos á otros, para que no

se le deslicen á él los pies!

Ostentaban algunos prolijas barbas, torrentes de la autoridad, que,

cuando más afectan ciencia, descubren mayor legalidad.

¿Por qué éstos, preguntó Andrenio, no se hacen la barba? ¡Oh, respondió

el Asombrado, porque se la hagan!

Reconocieron uno, que parecía necio y realmente lo era, según aquel

constante aforismo, que son tontos todos los que lo parecen y la mitad

de los que no lo parecen. Y con ser incapaz, había muchos entendidos,

que le ayudaban á subir y lo diligenciaban por todas las vías posibles,

no cesando de acreditarle de hombre de gran testa, contra todo su

dictamen, de gran valor y muy cabal para cualquier empleo.

¿Qué pretenden estos sabios, reparó Critilo, con favorecer á este

tonto, procurando con tantas veras entronizarle?

¡Oh!, dijo el Asombro, ya espanto, ¿no veis que, si éste sube una vez

al mando, que ellos le han de mandar á él? Es testa de ferro, en quien

afianzan ellos el tenerlo todo á su mano. ¡Oh lo que valía aquí una

onza de pía afición y un amigo un Perú, sobre todo, un pariente, aunque

sea cuñado! Porque decían:

¡De los tuyos hayas!

Mas Critilo, anteviendo tantas y tan inaccesibles dificultades, trataba

de retirarse, consolándose á lo zorro de los racimos y diciendo:

He, que el mandar, aunque es empleo de hombres, pero no felicidad. Y

cierto, ponderaba, que para gobernar locos es menester gran seso y para

regir necios, gran saber. Yo renuncio á los cargos por sus cargas.

Y encogiendo los hombros, volvía las espaldas. Detúvole el Asombro con

aquella paradoja sentencia, para unos de vida y de muerte para otros:

[Marginal: _Monarca ó loco._]

Que un hombre había de nacer ó rey ó loco; no hay medio, ó César ó

nada. ¿Qué sabio, decía, puede vivir sujeto á otro y más á un necio?

Más le vale ser loco, no tanto para no sentir los desprecios, cuanto

para dar luego en rey de imaginación y mandar de fantasía. Yo, con ser

sombra, no me tengo por desahuciado de llegar al mando.

¿Pues en qué confías?, dijo Andrenio.

Cuando se oyó una voz, que desde lo más alto decía:

Allá va, allá va.

Estaban todos suspensos en expectación de qué vendría, cuando vieron

caer á los pies de la Sombra unas espaldas de hombre y muy hombre,

fuertes hombros y trabadas costillas.

Asegundó el grito:

Allá van.

Y cayeron dos manos con sus brazos tan rollizos, que parecía cada uno

un brazo de hierro. Desta suerte fueron cayendo todas las prendas de

un varón grande. Estaban los circunstantes atónitos de ver el suelo

poblado de humanos miembros; mas la Sombra los fué recogiendo todos y

revistiéndoselos de uno en uno, con que quedó muy persona, hombre de

poder y valer. Y el que antes parecía nada y podía nada y era tenido

en nada, se mostró ahora un tan estirado gigante, que todo lo podía.

De modo que uno le hizo espaldas, otro la barba. No faltó quien le dió

la mano ni quien le fuese pies. Conque pudo hacer piernas y hombrear.

Hasta entendimiento tuvo quien le diese. En viéndose hombre, trató de

subirse á mayores y pudo y aun prestar favor á sus camaradas, á quienes

hizo espaldas para su mayor ascenso.

[Marginal: _La fuente del olvido._]

Toparon en la primera grada del medrar una fuente rara, donde todos

se prevenían para la gran sed de la ambición y causaba contrarios

efectos. Uno de los más notables era un olvido tan estraño de todo lo

pasado, que no sólo se olvidaban de los amigos y conocidos de antes,

causándoles increíble pesadumbre ver testigos de su antigua bajeza;

pero de sus mismos hermanos. Y aun hubo hombre tan bárbaramente

soberbio, que desconoció el padre, que le engendró, borrando de su

memoria todas las obligaciones pasadas, los beneficios recibidos,

favoreciendo hechuras nuevas, queriendo antes ser acreedores, que

obligados. Más estimaban fiar, que pagar. Pero ¿qué mucho, si llegaron

los más á olvidarse de sí mismos y de lo que habían sido, de aquellos

principios de charcos, en viéndose en alta mar, y de todo cuanto les

pudiera acordar su basura, obligándoles á deshacer la rueda? Infundía

una ingratitud increíble, una tesura enfadosísima, una estrañez notable

y al fin mudaba un entronizado totalmente, dejándole como elevado, que

ni él se conocía ni los otros le acababan de conocer. ¡Tanto mudan las

honras las costumbres!

Llegaron á lo alto en ocasión, que todos andaban turbados y la corte

alborotada, por haber desaparecido uno de los mayores monarcas de la

Europa y, habiéndole buscado por cien partes, no le podían descubrir.

Sospechaban algunos se habría perdido en la caza: que no sería el

primero. Que en casa de algún villano habría hecho noche, despertando

de su gran sueño y cenando desengaños el que tan ayuno vivía de

verdades. [Marginal: _Príncipe de Estrella._] Mas llegó el día y no

pareció. Era grande y general el sentimiento, porque era amado de

todos por sus grandes prendas, príncipe de estrella, que no es poco.

No quedó Yuste, San Dionís, Casa de Campo, bosque ni jardín, donde no

le buscasen. Hasta que finalmente le hallaron donde menos pensaban

ni pudiera imaginarse, pues en un mercado, entre los ganapanes y

esportilleros, vestido como uno dellos, porteando tercios y alquilando

sus hombros por un real. Quedaron atónitos de verle tan trocado,

comiendo un pedazo de pan con más gusto que en su palacio los faisanes.

Estuvieron por un gran rato suspensos, sin acertar á decir palabra, no

acabando de creer lo que veían. Quejáronsele con el debido sentimiento

de que hubiese dejado su real trono y se hubiese abatido á un empleo

tan soez. Mas él les respondió:

En mi palabra, que es menos pesada la mayor carga déstas, aunque

sea de muchas arrobas de plomo, que la que he dejado. El tercio más

cantioso me parece una paja, respeto de un mundo acuestas y que me lo

han agradecido mis hombros. ¿Qué cama de brocado como este suelo, sin

cuidados, donde he dormido más estas cuatro noches, que en toda mi

vida?

Suplicábanle volviese á su grandeza; mas él:

[Marginal: _Rey de sí mismo._]

Dejadme estar, respondió, que ahora comienzo á vivir: ya me gozo y soy

rey de mí mismo.

Pues, señor, volviéronle á hacer instancia, ¿cómo un príncipe de tan

alto genio ha podido humanarse á conversar con tan vil canalla, horrura

mayor del vulgo?

He, que no se me ha hecho de nuevo. ¿No andaba yo en el palacio rodeado

de truhanes, simples, enanos y lisonjeros, peores sabandijas, á dicho

de un rey Magnánimo?

Rogáronle unos y otros volviese al mando y él por última resolución les

dijo:

Andad, que, habiendo probado ya esta vida, gran locura sería volver á

la pasada.

Trataron de elegir otro, que debía ser en Polonia, y pusieron la mira

en uno, nada niño y mucho hombre, [Marginal: _Prendas majestuosas._]

de gran capacidad y valor, de gran inteligencia y ejecución, con otras

mil prendas majestuosas, así de hombre como de rey. Presentáronle la

corona; mas él, tomándola en sus manos y sospesándola, decía:

Á gran peso, gran pesar. ¿Quién podrá sufrir un dolor de cabeza de por

vida? Tú pesando y yo pensando.

Pidió que por lo menos se la sustentase con dos manos un hombre de

valor, porque no cargase todo el peso sobre su cabeza. Mas díjole el

venerable presidente del parlamento:

Eso, Sire, más sería tener el otro la corona en su mano, que vos en la

cabeza.

Llegó á vestirse la rica y vistosa púrpura y, hallándola forrada, no en

martas de piedad, sino en erizos de pena, vestíasela algo holgada. Mas

diciéndole el maestro de ceremonias se la había de ceñir de modo, que

quedase bien ajustada, comenzó á suspirar por un pellico. Pusiéronle el

cetro en la mano y fué tal el peso, que preguntó si era remo, temiendo

más tempestades, que en el golfo de León. Era cuanto más precioso más

pesado y tenía por remate, no las hojas de una flor, sino los ojos

en frutos: un ojo muy vigilante, que valía por muchos. Preguntó qué

significaba y el gran Canceller le dijo:

[Marginal: _Cetros con ojos._]

Está haciéndoos del ojo y diciendo: Sire, ojo á Dios y á los hombres,

ojo á la adulación y á la entereza, ojo á conservar la paz y acabar la

guerra, ojo al premio de los unos y al apremio de los otros, ojo á los

que están lejos y más á los que están cerca, ojo al rico y oreja al

pobre, ojo á todo y á todas partes. Mirad al cielo y á la tierra, mirad

por vos y por vuestros vasallos. Todo esto y mucho más está avisando

este ojo tan dispierto. Y advertí que, si tiene ojos el cetro, también

tiene alma, como lo experimentaréis, tirando de la parte inferior.

[Marginal: _Cetros con alma._]

Ejecutólo y desenvainó un acicalado estoque: que es la justicia el alma

del reinar. Leyéronle las leyes y pensiones de su cargo, que decían,

la primera, no ser suyo, sino de todos; no tener hora propria, todas

ajenas; ser esclavo común, no tener amigo personal, no oir verdades, lo

que sintió mucho; haber de dar gusto á todos, contentar á Dios y á los

hombres, morir en pie y despachando.

Basta, dijo, que yo también me acojo al sagrado de la libertad y desde

ahora renuncio una corona, que se llamó así del corazón y sus cuidados,

una púrpura felpada de cambrones, un cetro, remo y un trono, potro de

dar tormento.

Acercósele un monstruo ó ministro y díjole al oído que tratase de tomar

los cargos y no las cargas.

Reine, decía su madre, aunque me cueste la vida.

Tocaron á aplauso los coribantes, embelesándole con ruidosa pompa, en

que salió cortejado de la noble bizarría y aclamado de la populosa

vulgaridad. En medio della estaba Andrenio, ponderando la majestuosa

felicidad del nuevo príncipe, cuando un estremado varón, llegándose á

él, le dijo:

¿Crees tú que éste, que ves, es el príncipe que manda?

¿Cuál, pues, si éste no?, respondió Andrenio.

Y él:

¡Oh cómo te engañas de barra á barra!

Y mostrándole un esclavo vil con su argolla al cuello, cadena al pie,

arrastrando un grande globo:

Éste es, le dijo, el que manda el mundo.

Túvolo ó por necedad ó por chiste y comenzóle á solemnizar.

Mas él se fué desempeñando á toda seriedad:

Porque mira, le dijo, aquella gran bola de hierros, ¿qué puede ser,

sino el mundo, que él le trae al retortero? ¿Ves aquellos eslabones?

Pues aquélla es la dependencia, aquel primero es el príncipe; aunque

tal vez, sacando bien la cuenta, es el tercero, el quinto y tal vez el

décimotercio. El segundo es un favorecido. Á éste le manda su mujer.

Ella tiene un hijuelo en quien idolatra. El niño está aficionado á un

esclavo, que pide al rapaz lo que se le antoja. Éste llora á su madre,

ella importuna á su esposo, él aconseja al príncipe, que decreta de

suerte que de eslabón en eslabón viene el mundo á andar rodando entre

los pies de un esclavo, errado de sus pasiones.

Pasó el triunfo, que de todo triunfa el tiempo, y guiándoles el Varón

de estremos, haciéndolos, llegaron á una gran plaza, donde cuatro ó

seis personajes muy ahorrados, sin ahorrarse con ninguno y aforrándose

de todos, estaban jugando á la pelota. Éste la arrojaba á aquél y aquél

al otro, hasta que volvía al primero, pasando círculo político, que es

el más vicioso, rodando siempre entre unos mismos, sin salir jamás de

sus manos. Todos los demás estaban mirando, que no hacían otro que ver

jugar. Reparó Critilo y dijo:

Ésta parece la pelota del mundo entre cuero y viento ó borra.

Y éste es, respondió el Estremado, el juego del mando, éste el gobierno

de todas las comunidades y repúblicas. Unos mismos son los que mandan

siempre, sin dejar tocar pelota á los demás. Que no hay política, que

no tenga sus faltas y sus azares. Pero si me creéis, dejaos de todo

mentido mando y seguidme, que yo os prometo mostrar el señorío real,

que es el verdadero.

Aquí hacemos alto, respondió Critilo. El mayor favor sería guiarnos

á casa de aquel ínclito marqués, embajador de España, cuya casa

es nuestro centro, donde pensamos poner término á nuestra prolija

peregrinación, hallando nuestra felicidad deseada.

Lo que les respondió y sucedió aquí, relatará la Crisi siguiente.

CRISI XIII

_La jaula de todos._

Crece el cuerpo hasta los veinte y cinco años y el corazón hasta los

cincuenta; mas el ánimo siempre. ¡Gran argumento de su inmortalidad!

Es la edad varonil el mejor tercio de la vida, como la que está en

el medio. Llega ya el hombre á su punto, el espíritu á su sazón, el

discurso es sustancial, el valor cumplido y el dictamen de la razón muy

ajustado á ella. Al fin todo es madurez y cordura. Desde este punto

se había de comenzar á vivir; mas algunos nunca comenzaron y otros

cada día comienzan. Ésta es la reina de las edades y, si no perfecta

absolutamente, con menos imperfecciones. [Marginal: _Las tres libreas

del hombre._] Pues no ignorante como la niñez ni loca como la mocedad

ni pesada ni pasada como la vejez; que el mismo sol campa de luces al

mediodía. Tres libreas de tres diferentes colores da en diversas edades

la naturaleza á sus criados. Comienza por el rubio y purpurante en la

aurora de la niñez; al salir del sol de la juventud, gala de color y de

colores; pero viste de negro y de decencia la barba y el cabello en la

edad varonil, señal de profundos pensamientos y de cuidados cuerdos;

fenece con el blanco, quedándose en él la vida, que es el buen porte de

la virtud, librea de la vejez lo cándido.

Había Andrenio llegado á la cumbre de la varonil edad, cuando ya

Critilo iba descaeciendo cuesta abajo de la vida y aun rodando de

achaque en achaque. Íbales convoyando aquel varón raro, muy de la

ocasión. Porque, aunque habían topado otros bien prodigiosos en el

discurso de tan varia vida, que quien mucho vive, mucho experimenta;

mas éste les causó harta novedad. Porque crecía y menguaba como él

quería. [Marginal: _Gigante enano._] Estirábase, cuando era menester,

iba sacando el cuerpo, alzaba cabeza, levantaba la voz y hombreábase de

modo, que parecía un gigante tan descomunal, que hiciera cara al mismo

capitán Plaza y aun á Pepo. Por otro estremo, cuando á él le parecía,

se volvía á encoger y se empequeñecía de modo, que parecía un pigmeo en

lo poco y un niño en lo tratable. Estaba atónito Andrenio de ver una

virtud tan variable.

No te admires, le dijo él mismo. Que yo con los que tratan de empinarse

y levantarse á mayores, con los que quieren llevar las cosas de mal á

mal, también sé hacer piernas; pero con los que se humillan y llevan

las cosas de bien á bien me allano de modo, que de mi condición harán

cera, cuando más sincera. Que tengo por blasón perdonar á los humildes

y contrastar los soberbios.

Éste, pues, hombre por estremos, habiéndoles desengañado de que el

marqués embajador, que ellos buscaban, no asistía ya en la corte

imperial, sino en la romana con negocios de extraordinaria grandeza,

y habiendo ellos resuelto, después de mucha desazón y sentimiento,

proseguir el viaje de su vida hasta conseguir su alejada felicidad y

marchar á la astuta Italia, ofrecióles el voluntario gigante su compaña

hasta los Alpes canos, distrito ya de la sonada Vejecia.

Y porque me empeñé, decía, en mostraros el señorío verdadero, sabed que

no consiste en mandar á otros, sino á sí mismo. ¿Qué importa sujete

uno todo el mundo, si él no se sujeta á la razón? Y por la mayor

parte, los que son señores de más, suelen serlo menos de sí mismos. Y

tal vez el que más manda más se desmanda. El imperio no es felicidad,

sino pensión; pero el ser señor de sus apetitos es una inestimable

superioridad. [Marginal: _Tiranía de pasiones._] Asegúroos que no hay

tiranía como la de una pasión y, sea cualquiera, ni hay esclavo sujeto

al más bárbaro africano, como el que se cautiva de un apetito. ¡Cuántas

veces querría dormir á sueño suelto el necio amante y dícele su pasión:

Quita, perro, que no se hizo para ti ese cielo; sino un infierno de

estar suspirando toda la noche á los umbrales de la desvanecida belleza!

Quisiera el mísero engañar, si no satisfacer, su hambre canina y dícele

su codicia:

Anda, perro, ni una sed de agua y siempre de dinero.

Suspira el ambicioso por la quietud dichosa y grítale el deseo de valer:

Hola, perro, anda aperreado toda la vida.

¿Hay Berbería tan bárbara cual ésta? He, que no hay en el mundo señorío

como la libertad del corazón. Eso sí que es ser señor, príncipe, rey,

y monarca de sí mismo. Esta sola ventaja os faltaba para llegar al

colmo de una inmortal perfección; todo lo demás habíais conseguido, el

honroso saber, el acomodado tener, la dulce mitad, el importante valor,

la ventura deseada, la virtud hermosa, la honra autorizada, y desta vez

el mando verdadero.

¿Qué os ha parecido, preguntó el agigantado camarada, de los bravos

alemanes?

Grandes hombres, iba á decir Critilo, cuando perturbó su definición

uno, que parecía venir huyendo en lo desalentado y á gritos

maldistintos repetía:

¡Guarda la fiera, guarda la mala bestia!

No dejaron de asustarse y más, cuando oyeron repetir lo mismo á otro y

á otros, que todos volvían atrás de espanto.

¿Es posible, dijo Andrenio, que jamás nos hemos de ver libres de

monstruos ni de fieras, que toda la vida ha de ser arma?

Trataban de huir y ponerse en cobro, cuando volviéndose hacia su

camarada el Gigante, no le vieron, pero le sintieron metido en uno de

sus zapatos, tamañito. Creció su espanto, creyendo fuese efeto del

miedo; mas él, con voz intrépida les animó, diciendo:

No temáis, no, que ésta no es desdicha, sino suerte.

¿Cómo suerte, gritó uno de los fugitivos, si está ahí una fiera tan

cruel, que no perdona al hombre más persona?

¿Cómo nos guías por aquí?, instó Critilo.

Y él:

Porque es el camino de más ventajas, el de los grandes hombres, y esa

fiera tan temida no es para mí asombro, sino trofeo.

Dábase á las furias, oyendo esto Andrenio, y preguntóle á uno de los

menos asustados:

¿No me diríais, qué fiera es ésta?

¿Vístela tú?

Y aun he experimentado, respondió, por desgraciada dicha su fiereza.

Éste es un monstruo tan ruin como desapiadado, que sólo se sustenta de

hombres muy personas. Cada día le han de echar para su pasto el mejor

hombre, que se conoce, un héroe; y por el mismo caso que es conocido

y nombrado, el sujeto más eminente, ya en armas, ya en letras, ya en

gobierno; y si mujer, la más linda, la más bella, y luego la despedaza

rosa á rosa, estrella á estrella, y se la traga; que de las feas y

fieras como él no hace caso. Todos los famosos hombres peligran. En

habiendo un sabio, un entendido, al punto le huele de mil leguas y hace

tales estragos, que sus mismos conocidos se le traen y tal vez sus

propios hermanos. Que el primer hombre, que despedazó, un hermano suyo

le condujo. Es cosa lastimosa ver un gran soldado, cuanto más valiente

y hazañoso, cómo perece, hecho víctima de su vilísima rabia.

¿Pues qué, á los valientes se atreve?

¿Cómo, si se atreve? Al mismo Torrecuso, al animoso Cantelmo, al mismo

duque de Feria y otros tan excelentes. ¿Fiero monstruo de deshacer todo

lo bueno? Pues ved cómo lo malea con dientes, con la lengua, hasta con

el gestillo, con el modillo y de todas maneras.

¡Qué buen gusto debe tener!, dijo Critilo.

Antes no, pues todo lo bueno le sabe mal y no lo puede tragar, aunque

muerde lo mejor. Y si tal vez se lo traga, porque lo cree, no lo puede

digerir, porque no se le cuece. Tiene malísimo gusto y peor olfato,

oliendo de cien leguas una eminencia y rabia por deshacerla. Y así yo

doy voces:

Afuera, lindas; á huir, sabios; guardaos, valientes; alerta, príncipe:

que viene, que llega rabiando la apocada bestia: ¡guarda, guarda!

He, aguarda, dijo el ya Enano gigante.

Por lo menos no puedes negar que es grande quien así se ceba en todas

las cosas grandes. Antes es muy poca cosa y, aunque no hinca el diente

venenoso, sino en lo que sobresale, es de todas maneras ruin y revienta

cada día. No hay cosa más pestilente que su aliento, como salido de tan

fatal boca, mala lengua y peores entrañas. Yo la he visto eclipsar el

sol y deslucir las mismas estrellas. Los cristales empaña y la plata

más brillante desdora. De suerte que, en viendo alguna cosa excelente y

rara, la toma de ojo y de tema.

¿No hay un paladín, que degüelle esa horca tan perjudicial?, preguntó

Andrenio.

¿Quién la ha de matar? No los pequeños, que no les hace daño; antes los

venga y consuela. No los grandes hombres, porque ella acaba con todos.

¿Pues quién le ha de emprender?

¿Es bruto, ó persona?

Algo, aunque poco, tiene de hombre, de mujer mucho y de fiera todo.

Ya en esto venía para ellos un rayo en monstruo, dando crueles

dentelladas, espumando veneno:

Aquí el remedio es, gritó el ya Enano, y mucho menos, no sobresalir en

cosa, no lucir ni campear, no ostentar prenda alguna.

Así lo platicaron y la que venía rechinando colmillos y relamiéndose

en espumajos de veneno, viéndoles que tan poco sobresalían y que el

imaginado Gigante era un pigmeo, no dignándose ni aun de mirarles, los

despreció, dando la vuelta á su poquedad y vileza.

¿Qué os ha parecido de la monstruosa vieja?, preguntó el ya otra vez

Gigante.

Y Critilo:

Yo dudé si era el Ostracismo moderno, que á todos los insignes varones

destierra y querría echar del mundo, no más de porque lo son. En

oliendo un docto, le hace proceso de excelente hombre y le condena á

no ser oído; al esclarecido á deslucido; al valiente le hace cargos,

transformándole las proezas en deméritos; al mayor ministro y de mejor

gobierno le publica por insufrible; la hermosura mayor, á no ser vista;

y al fin, toda eminencia, que vaya fuera y se le quite delante.

¿Y eso ejecutaban hombres de juicio en Atenas?, replicó Andrenio.

Y hoy pasa en hecho de verdad, le respondió.

¿Y dónde van á parar tantos buenos?

¿Dónde? Los valientes á Estremadura y la Mancha, los buenos ingenios

á Portugal, los cuerdos á Aragón, los hombres de bien á Castilla, las

discretas á Toledo, las hermosas á Granada, los bellos decidores á

Sevilla, los varones eminentes á Córdoba, los generosos á Castilla la

Nueva, las mujeres honestas y recatadas á Cataluña y todo lo lucido á

parar en la corte.

Á mí me pareció, dijo Andrenio, en aquel mirar de mal ojo, en el

torcer de boca, en el hacer gestillos, en el modillo de hablar y en el

enfadillo que era la Envidia.

La misma, respondió el Gigante; aunque ella lo niega.

Libres ya de envidiados y envidiosos, llegaron á un paso inevitable,

donde asistía muy de asiento un varón muy de propósito. Éste era el

que tenía en su mano la justa medida de los entendimientos, de cómo

han de ser. Y era cosa rara que, llegando cada instante unos y otros

á medirse, ninguno se ajustaba de todo punto. Unos se quedaban muy

cortos á tres ó á cuatro dedos de necios. Ya por esto, ya por lo otro.

Uno, porque, aunque en unas materias discurría, en otras no acertaba.

Éste era ingenioso, pero cándido; aquél docto, pero rústico. De modo,

que ninguno venía cabal del todo. Al contrario, otros pasaban del coto

y eran bachilleres, resabidos, sabihondos y aun casi locos. Hablaban

unos bien; pero se escuchaban. Sabían otros; pero se lo presumían. Y

todos éstos enfadaban. Así que unos por cortos, otros por largos, unos

por carta de más, otros de menos, todos perdían. Á unos les faltaba un

pedazo de entendimiento y á otros les sobraba. Cuál y cuál, uno entre

mil, venía á ser de la medida y aun quedaba en opiniones. En viendo

el juicioso varón que uno no llegaba ó un otro se pasaba, los mandaba

meter en la gran jaula de todos, llamada así por los infinitos, de que

siempre estaba llena. Que de loco ó simple, raro es el que se escapa,

los unos porque no llegan, los otros porque se pasan, condenándose

todos, unos por tontos, otros por locos. Comenzó á vocearles uno de los

que ya estaban dentro y decía:

Entrad acá, no tenéis que mediros, que todos somos locos, los muchos y

los pocos.

El criticón (tomo 2 de 2) · 第 6 / 26 段