Éste, pues, que por no tener cosa buena en sí todo lo hallaba malo

en los otros, había tomado por gusto el dar disgusto. Andábase todo

el día, y no santo, tirando peros y piedras y escondiendo la mano,

sin perdonar tejado. Persuadíase cada uno que su vecino se las tiraba

y arrojábale otras tantas. Éste creía que le hacía el tiro aquél y

aquél que el otro, sospechando unos de otros y tirándose piedras y

escondiendo todos la mano. [Marginal: _Murmuración común._] En duda

arrojaban muchas por acertar con alguna y todo era confusión y popular

pedrisco, de tal modo ó tan sin él, que no se podía vivir ni había

quien pudiese parar. Venían por el aire volando piedras y tiros, sin

saberse de dónde ni por qué. Así que no quedaba tejado sano ni honra

segura ni vida inculpable. Todo era malas voces, hablillas, famas

echadizas y los duendes de los chismes no paraban.

Yo no lo creo, decía uno; pero esto dicen de fulano.

Lástima es, decía otro, que de fulana se diga esto.

Y con esta capa de compasión hacía un tiro, que quebraba todo un

tejado. Pero no faltaba quien de retorno les rompía á ellos las

cabezas. Y á todo esto andaba revolviendo el mundo aquel duendecillo

universal.

Había tomado otro más perjudicial de porte y era arrojar á los rostros,

en vez de piedras, carbones, que tiznaban feamente, y así andaban casi

todos mascarados, haciendo ridículas visiones, uno con un tizne en la

frente, otro en la mejilla, y tal, que le cruzaba la cara, [Marginal:

_Ninguno se conoce._] riéndose unos de otros, sin mirarse á sí mismos

ni advertir cada uno su fealdad, sino la ajena. Era de ver y aun de

reir cómo todos andaban tiznados, haciendo burla unos de otros.

¿No veis, decía uno, qué mancha tan fea tiene fulano en su linaje? ¡Y

que ose hablar de los otros!

Pues él, decía otro, ¡que no vea su infamia tan notoria y se meta á

hablar de las ajenas! ¡Que no haya ninguno con honra en su lengua!

Mirá quién habla, saltaba otro, teniendo la mujer que tiene. Cuánto

mejor fuera cuidara él de su casa y supiera de dónde sale la gala.

Estando diciendo esto, estaba actualmente otro santiguándose:

¡Que éste no advierta que tiene él por qué callar, teniendo una hermana

cual sabemos!

Pero déste, añadía otro, harto mejor fuera que se acordara él de su

abuelo y quién fué. Siempre lo veréis que hablan más los que debrían

menos.

¡Hay tal desvergüenza en el mundo, que ose hablar aquél!

¡Hay tal descoco de mujer, que se adelante ella á decir y quitarla á la

otra la palabra de la lengua!

Desta suerte andaba el juego y la risa de todo el mundo, que siempre la

mitad dél se está riendo de la otra, burlándose unos de otros y todos

mascarados. Éstos se fisgaban de aquéllos y aquéllos déstos y todo

era risa, ignorancia, murmuración, desprecio, presunción y necedad y

triunfaba el ruincillo.

[Marginal: _Espejo práctico._]

Reparaban algunos más advertidos, si no más felices, en que se reían

dellos y acudían á una fuente, espejo común en medio de una plaza,

á examinarse de rostro en sus cristales y, reconociendo sus tiznes,

alargaban la mano al agua, que, después de haber avisado del defeto,

da el remedio y limpia. Pero, cuanto más porfiaban en lavarse y

alabarse, peores se ponían, pues, enfadados los otros de su afectado

desvanecimiento, decían:

¿No es éste aquel, que vendía y compraba? ¿Pues qué nos viene aquí

vendiendo honras?

Aguarda ¿no es aquél hijo de aquel otro? ¿Pues por cuatro reales, que

tiene, anda tan deslavado, no siendo su hidalguía tanto al uso, cuanto

al aspa?

Lo peor era que la misma agua clara sacaba á luz muchas manchas, que

estaban ya olvidadas. Y así, á uno, que trató de alabarse de ingénuo,

le salió una ese, que era decir:

Ése es ése.

Yo lo sé de buena tinta, decía uno, que fulano es un tal.

Y no era sino harto mala, pues echaba tales borrones.

Sentía mucho cierta señora, que blasonaba de la más roja sangre del

reino, se le atreviese la murmuración y no advertía que la mancha de un

descuido sale más en el brocado, como la roncha en la belleza.

Estaba otra muy corrida de que siendo ya matrona la echaban en la cara

no sé qué niñería de allá cuando rapaza.

Estaba el otro para conseguir una dignidad y salíale al rostro un tizne

de no sé qué travesura de su mocedad.

Pero el que se sintió mucho fué un príncipe, en cuya esclarecida frente

echó un historiador un borrón, sacudiendo la pluma.

Aquello de haber sido no podía uno tolerar. Que el ser ahora salga á la

cara, pase; ¡pero por qué allá mi tartarabuelo lo fué!

¿Qué razón hay, que por lo que pasó en tiempo del rey que rabió,

ponderaba otro, me hagan á mí rabiar?

Lo más acertado era _callar y callemos_ y no alabarse. Porque de los

blasones de las armas hacían los otros baldones. Y aun desde que

dieron en lavarse en la fuente de la presunción y desvanecimiento, les

salieron más manchas á la cara. Y unos otros se daban en rostro con

las fealdades de allá de mil años. [Marginal: _Ninguno sin crimen._] Y

fué de suerte, digo desdicha, que no quedó rostro sin lunar, ojo sin

lagaña, lengua sin pelo, frente sin arruga, mano sin berruga, pie sin

callo, espalda sin giba, cuello sin papera, pecho sin tos, nariz sin

romadizo, uña sin enemigo, niña sin nube, cabeza sin remolino, ni pelo

sin repelo. En todos había algo, que señalase con el dedo aquel malsín

y de que se recelasen los otros. Y aun todos iban huyendo dél, diciendo

á voces:

¡Guarda el ruincillo, guarda el maldiciente!

¡Oh maldita lengua!

[Marginal: _Momo descubierto._]

Conocieron con esto que era Momo y huyeran también, si no les

emprendiera él mismo, preguntándoles: ¿qué buscan? Que parecían

extraños en lo perdido.

Respondiéronle venían en busca de la buena reina Honoria. Y él al punto:

¿Mujer y buena y en esta era? Yo lo dudo. En mi boca por lo menos no

lo será. Yo las conozco todas y á todos y no hallo cosa buena. El

buen tiempo ya pasó y con él todo lo bueno. En boca del viejo todo lo

bueno fué y todo lo malo es. Con todo eso, yo os quiero hoy servir de

brújula. Vamos discurriendo por la ciudad. Probemos ventura, que no

será poca hallarla, siendo una de aquellas cosas de que piensa estar

lleno el mundo, cuando más vacío.

[Marginal: _Honra mundana._]

Oyeron que estaba uno persuadiendo á otro perdonase á su enemigo y se

quietase y respondía él:

¿Y la honra?

Decíanle á otro que dejase la manceba y el escándalo de tantos años y

él:

No sería honra ahora.

Á un blasfemo, que no jurase ni perjurase, y respondía:

¿En qué estaría la honra?

Á un pródigo, que mirase á mañana, que no tendría hacienda para cuatro

días:

No es mi honra.

Á un poderoso, que no hiciese sombra al rufián y al asesino:

No es mi honra.

Pues hombres de Barrabás, dijo Momo, ¿en qué está la honra? ¿No digo yo?

Á otro lado oyeron decir á uno:

Mirá fulano, en qué pone su honra.

Y respondía éste:

Y él ¿en qué la pone? Mirá éste, mirá aquél y miradlos á todos en qué

la ponen.

Decía un linajudo, muy preciado de honrado, que á él le venía muy de

atrás, allá de sus antepasados, de cuyas hazañas vivía.

Esa honra, señor mío, le dijo Momo, ya no huele bien; rancia está:

tratad de buscar otra más plática. Poco importa la honra antigua, si

la infamia es moderna. Y si no os vestís de las ropas de vuestros

antepasados, porque no son al uso, ni salís un día con la martingala de

vuestro abuelo, porque se reirían de tal vejedad, no pretendáis tampoco

arrear el ánimo de sus honores; buscad en nuevas hazañas la honra al

uso.

No faltó quien les dijo hallarían la honra en la riqueza.

No puede ser, dijo Momo, que honra y provecho no caben en ese saco.

Encamináronse á casa de los hombres famosos y plausibles y hallaron

se habían echado á dormir. Encontraron un caballero nuevo corriendo

ilustre sangre y al punto dijeron:

Éste sí que sabrá della.

Halláronle, que estaba sudando y reventando, más que si llevara un

mundo á cuestas. Gemía y suspiraba sin cesar.

¿Qué tiene este hombre?, dijo Andrenio. ¿De qué trasuda?

¿No ves, dijo Momo, aquel punto indivisible, que carga sobre sus

hombros? Pues ése es el que le abruma.

Mirá ahora, replicó Andrenio, qué Atlante parando espaldas á un cielo,

qué Hércules apuntalando la monarquía de todo el mundo.

[Marginal: _Punto de honra._]

Pues ese puntillo, ponderó Momo, les hace á muchos sudar y tal vez

reventar: por conservar aquel punto en que se metió ó le metieron anda

toda la vida gimiendo, fáltanle las fuerzas, añádense las cargas,

crecen los gastos, menguan las haciendas y el punto no ha de faltar.

Si la habéis de hallar, les dijo uno, ha de ser en lo que arrastra.

Honra, que va por tierra, ponerse ha de lodo, dijo Critilo.

Digo que sí, que lo que arrastra honra.

[Marginal: _Lo que honra, arrastra._]

Eso no, saltó Momo. Yo digo al revés, que lo que honra arrastra y

esta negra honrilla trae arrastrados á muchos. ¡Oh, á cuántos traen

arrastrados las galas y cadenas de las mujeres, las libreas de los

pajes, y andan corridos cuando más honrados!

Dicen que hacen lo que deben.

Yo digo al revés, que deben lo que hacen y dígalo el mercader y el

oficial y los criados.

Hallaron otro y otros muchos, que estaban echando los bofes y la misma

hiel por la boca.

Peor es esto, dijo Andrenio.

Pues si en algunos se ha de hallar la honra, dijo Momo, ha de ser en

éstos.

¿Y por qué?

Porque revientan de honrados.

Caro les cuesta la negra de la honrilla.

Y lo peor es que, cuando más la piensan conseguir, entonces la alcanzan

menos, perdiendo tal vez la vida y cuanto hay.

No os canséis, dijo uno, que no la hallaréis en toda la vida, sino en

la muerte.

¿Cómo en la muerte?

Sí, que aquel día es el de las alabanzas y tras la muerte le hacen las

honras.

¡Oh, qué donosa cosa!, dijo Andrenio. En un saco de tierra poca honra

cabrá. Cara es la honra, que cuesta el morir y, si un muerto es tierra

y nada, toda su honra será nonada.

Mucho es, ponderaba Critilo, que ni hallemos á Honoria en su corte ni

la honra en una tan populosa ciudad.

Honra y en ciudad grande, dijo Momo, muy mal se encuadernan. En otro

tiempo aún se hallara la honra en las ciudades; pero ya está desterrada

de todas. Asegúroos que todo lo bueno se perdió en ésta, el día que

echaron della aquel gran personaje, tan digno de eterna observación y

conservación, á quien todos respetaban por su gran caudal y gobierno.

El salía por una puerta ¡qué lástima! y todas las ruindades entraban

por otra, ¡qué desdicha!

¿Qué varón fué ése, preguntaron, de tanta importancia y autoridad?

Era el gobernador de la ciudad y aun dicen hijo de la misma reina

Honoria. No había Licurgo como él ni hubo jamás república de Platón

tan concertada como ésta. Todo el tiempo, que él la asistió, no se

conocían vicios ni se sonaba un escándalo, no paraba malhechor ni ruin.

[Marginal: _Don Pedro Pablo Zapata._] Porque todos le temían más que

al mismo gobernador de Aragón. Más recababa su respeto, que las mismas

leyes, y más le temían á él, que á las dos columnas del suplicio. Pero

luego que él faltó, se acabó todo lo bueno.

¿No nos dirías quién fué un personaje tan insigne y tan cabal?

[Marginal: _Provechos del qué dirán._]

De verdad que era bien nombrado y me espanto mucho no deis en la

cuenta. Éste era el prudente, el atento, el temido ¿_Qué dirán_?,

sujeto bien conocido, que los mismos príncipes le respetaban y aun le

temían, diciendo:

¿Qué dirán de un príncipe como yo, que debiendo ser el espejo, que

compone todo el mundo, soy el escándalo, que lo descompone?

¿Qué dirán, decía el título, que no cumplo con mis obligaciones, siendo

tantas, que degenero de mis antepasados, famosos héroes, que me dejaron

tan empeñado en hazañas y yo me empeño en bajezas?

¿Qué dirán de mí, decía el juez, que atropello la justicia, debiéndola

yo amparar y de juez me hago reo? Eso no dirán de mí.

Cuando más acosada la casada, acordábase dél y decía:

¿Qué dirán de mí, que una matrona como yo de Penélope me trueco en

Elena, que pago mal el buenproceder de mi marido con mi malparecer? Eso

no, líbreme Dios de tan mal gusto.

Hasta la recatada doncellita se conservaba en el jardín de su retiro,

diciendo:

¿Yo, que soy una fragante flor, había de dar tan mal fruto? ¿Yo,

siendo una rosa, ser risa del mundo? ¿Yo ver ni ser vista? ¿Yo, por

hablar, dar qué decir? De eso me guardaré yo muy bien.

¿Qué dirán, decía la viuda, que á muerto marido, amigo venido, que del

riego de mi llanto nace el verde de mis gustos, que tan presto trueco

el requiem en aleluya?

No dirán tal, decía el soldado, que yo me calce botas de fuina. ¿Qué

dirán de un español, que entre galos soy gallina?

¿Qué dirían de un hombre de mis prendas, decía el sabio, que de alumno

de Minerva me hago vil esclavo de Venus?

¿Qué dirán los mozos?, decía el viejo, y ¿qué dirán los viejos?, decía

el mozo.

¿Qué dirán los vecinos?, decía el hombre de bien.

Y con esto todos se recataban.

¿Qué dirían mis émulos?, decía el cuerdo, ¿qué buen día para ellos y

qué mala noche para mí?

¿Qué dirían los súbditos?, decía el superior, y ¿qué diría el

superior?, decían los súbditos.

Desta suerte todo el mundo le temía y le respetaba y todo iba, no de

concierto, pero muy concertado. Faltó él y faltó todo lo bueno ese

mismo día. Todo está ya perdido, todo rematado. ¿Pues qué se hizo un

Catón tan severo, un Licurgo tan regular qué se hizo? Que no pudiéndolo

sufrir unos y otros, no pararon hasta echarle. [Marginal: _Ostracismo

vulgar._] Bárbaro vulgar ostracismo se conjuró contra él y por ser

bueno le desterraron al uso de hoy. Sabed que con el tiempo, que todo

lo trastorna, fué creciendo esta ciudad, aumentándose en gente y

confusión: que toda gran corte es Babilonia. No se conocían ya unos á

otros, achaque de poblaciones grandes. Comenzaron con esto poco á poco

á desestimar su gran gobierno, de ahí á no hacer caso dél, luego á

atrevérsele. Como todos eran malos, no se espantaban unos de otros, no

decían éstos de aquéllos; cada uno se miraba á sí y enmudecía, metía la

mano en el seno y sacábala tan sarnosa, que no se picaba de la ajena.

No decían ya ¿qué dirán?; sino ¿qué diré yo dél, que no diga él de mí

y mucho más? Desta suerte, mancomunados todos, echaron fuera el ¿_Qué

dirán_? y al punto se perdió la vergüenza, faltó la honra, retiróse el

recato, huyó el pundonor. Ya no se atendía á obligaciones, con que todo

se asoló. Al otro día la matrona dió en matrera, la doncella de vestal

en bestial, el mercader á escuras, para dejar á ciegas, el juez se hizo

parte con el que parte, los sabios con resabios, el soldado quebrado.

Hasta el espejo universal se hizo común. Así que ya no hay honra ni se

parece.

He, no nos cansemos en buscar tarde lo que otros no pudieron hallar ni

al mediodía.

¿Pues en una ciudad tan famosa?, ponderaba Critilo.

[Marginal: _Honra desestimada._]

Trocóse en fumosa, dijo Momo, con tanto humo y tanto hollín y todo

confusión.

Tú te engañas, replicó en alta voz un otro personaje, que allí se dejó

ver, por ser bien visible en lo grueso y bienvisto en lo agradable, muy

diferente de Momo y aun su antagonista en su aspecto, trato, genio,

traje, hechos y dichos.

¿Qué sujeto es éste?, preguntó Andrenio á uno de los del séquito, que

era tan mucho, como popular.

Y respondióle:

Bien dijiste, sujeto á todos y de todos.

¡Qué colorado que está!

Como el que de nada se pudre.

¡Qué aprovechado! Trata de vivir.

Parece hombre de lindos hígados y mejor melsa. ¿Cómo ha engordado tanto

en estos tiempos?

Come el pan de todos.

Parece simple.

Es conveniencia. Porque en siendo uno entendido es temido y luego

aborrecido.

No muestra saber de la misa la media.

Harto sabe, pues sabe decir amén.

¿Y cómo se llama?

Tiene muchos nombres y todos buenos. Unos le llaman el buen hombre,

otros el buen Juan Escolán de Amén, _manja con tuti_, el buen pan,

pasta real; pero su propio nombre en español es _sí, sí_, y en italiano

_bono, bono_. [Marginal: _El contrario de Momo._] Y así como á Momo

se le dió el nombre de _No, no_, que corrompida la ene por ignorancia

ó malicia quedó en _Momo_: así á éste de _bono bono_ le quedó el _bo

bo_, porque todo lo abona y todo lo alaba. Pues, aunque sea la más alta

necedad, dice:

Bueno, bueno.

Al más solemne disparate:

¡Qué bien!

Á la mayor mentira:

Sí, sí.

Al peor desacierto:

Está bien.

Á la más calificada bobería:

¡Lindamente!

Desta suerte vive y bebe con todos y de todo engorda, que tiene linda

renta en la ajena bobería.

Pues si eso es, llamáranle Eco de la necedad. Pero díme: ¿cómo no le

tuvieron por dios los antiguos, así como á Momo y con más razón, por

ser más plausible y más agradable?

Hay mucho que decir en eso. Sienten unos que, aunque siempre trata

de lisonjear, como cada uno piensa que se le debe lo que se le dice,

ninguno lo agradece. Sirve á muchos y ninguno le paga y morirá comido

de lobos. Otros dicen que realmente no es de provecho en el mundo,

antes de mucho daño. Lo cierto es que la malicia humana no ha estimado

tanto sus simplicidades, cuanto temido las quemazones de Momo.

Alborotóse mucho éste, luego que le vió. Trabóse entre los dos una

reñida pendencia. Acudieron todos los apasionados de ambos, haciéndose

á dos bandas. [Marginal: _Lisonja perniciosa._] Los sátrapas, los

críticos, entendidos, bachilleres, podridos, caprichosos, satíricos

y maldicientes, se empeñaron por Momo. Al contrario, los panarras,

buenos hombres, amenistas, lisonjeros, sencillos y buenas pastas se

hicieron á la banda de Bobo. Critilo y Andrenio se estaban á la mira,

cuando se llegó á ellos un prodigioso sujeto y les dijo:

No hay mayor necedad que estárselas oyendo. Si venís en busca de la

Honra, seguidme, que yo os guiaré adonde está la honra del mundo entero.

Dónde los llevó y dónde realmente la hallaron se queda para otra Crisi.

CRISI XII

_El trono del mando._

Competían las Artes y las Ciencias el soberano título de reina, sol

del entendimiento y augusta emperatriz de las letras. Después de haber

hecho la salva á la sagrada Teología, verdaderamente divina, pues

toda se consagra á conocer á Dios y rastrear sus infinitos atributos,

[Marginal: _Competencia de las Ciencias._] habiéndola sublimado sobre

sus cabezas y aun sobre las estrellas, que fuera indecencia adocenarla,

prosiguióse la competencia entre todas las demás, que se nombran de las

tejas abajo luceros de la verdad y nortes seguros del entendimiento.

Viéronse luego hacer de parte de ambas filosofías todos los mayores

sujetos, los ingeniosos á la banda de la natural y los juiciosos de

la moral, señalándose entre todos Platón, eternizando divinidades, y

Séneca sentencias. No fué menos numeroso ni lucido el séquito de la

humanidad, gente toda de buen genio. Y entre todos un discreto de capa

y espada, habiendo arengado por ella, concluyó diciendo:

¡Oh plausible Enciclopedia, que á ti se reduce todo el plático saber!

Tu mismo nombre de humanidad dice cuán digna eres del hombre. Con razón

los entendidos te dieron el apellido de las Buenas Letras, que entre

todas las Artes tú te nombras en pluralidad la buena.

Pero ya Bártulo y Baldo comenzaron á alegar por la Jurisprudencia,

acotando entre los dos docientos textos con memoriosa ostentación.

Probaron con evidencia que ella había hallado aquel maravilloso secreto

de juntar honra y provecho, levantando los hombres á las mayores

dignidades, hasta la suprema.

Riéronse desto Hipócrates y Galeno, diciendo:

Señores míos, aquí no va menos que la vida. ¿Qué vale todo sin salud?

Y el complutense Pedro García, que desmintió lo vulgar de su renombre

con su fama, ponderaba mucho aquel haber encargado el divino Sabio el

honrar los médicos, no los letrados ni los poetas.

Aquí de la Honra y de la Fama, blasonaba un historiador. Esto sí que es

dar vida y hacer inmortales las personas.

He, que para el gusto no hay cosa como la Poesía, glosaba un poeta.

Bien concederé yo que la Jurisprudencia se ha alzado con la honra, la

Medicina con el provecho; pero lo gustoso, lo deleitable quédese para

los canoros cisnes.

¿Pues qué y la Astrología, decía un matemático, no ha de tener

estrella, cuando se carea con todas y se roza con el mismo sol?

He, que para vivir y para valer, decía un ateísta, digo un estadista, á

la Política me atengo. Ésta es la ciencia de los príncipes y así ella

es la princesa de las ciencias.

Desta suerte corría la pretensión á todo discurrir, cuando el gran

canceller de las letras, digno presidente de la docta academia, oídas

las partes y bien ponderadas sus eficacísimas razones, dió muestras

de pronunciar sentencia. Calmó en un punto el confuso murmullo y fué

tanta la atención, cuanta la expectación. Allí se vió todo pedante

sacar cuello de cigüeña, plantar de grulla, atisbar de mochuelo y parar

oreja de liebre. En medio de tan antonina suspensión, que ni una mosca

se oía, desabrochando el pecho el severo presidente, sacó del seno

un libro enano, no tomo, sino átomo, de pocas más que doce hojas, y

levantándole en alto á toda ostentación, dijo:

[Marginal: _Práctico saber._]

Ésta sí que es la corona del saber, ésta la ciencia de ciencias, ésta

la brújula de los entendidos.

Estaban todos suspensos admirándose y mirándose unos á otros, deseosos

de saber qué arte fuese aquélla, que según parecía no se parecía y

dudaban del desempeño. Volvió él segunda vez á exagerar:

Éste sí que es el plático saber, ésta la arte de todo discreto, la que

da pies y manos y aun hace espaldas á un hombre. Ésta la que del polvo

de la tierra levanta un pigmeo al trono del mando. Cedan las Auténticas

del César, retírense los Aforismos del médico, llamados así, ya por lo

desaforado, ya porque echan fuera del mundo á todo viviente. ¡Oh qué

lición ésta del valer y del medrar! Ni la política ni la filosofía ni

todas juntas alcanzan lo que ésta con sola una letra.

Crecía á varas el deseo con tanta exageración y más por extrañarse en

la boca de un atento.

Finalmente, dijo, este librito de oro fué parto noble de aquel célebre

gramático, prodigioso desvelo de Luis Vives y se intitula: _De

Conscribendis epistolis_; Arte de escribir...

No pudo acabar de pronunciar cartas, porque fué tal la risa de todo

aquel erudito teatro, tanta la tempestad de carcajadas, que no pudo

en mucho rato tomar la vez ni la voz para desempeñarse. Volvía ya

á esconder el librillo en el seno con tal severidad, que bastó á

serenarlos, y muy compuesto les dijo:

Mucho he sentido el veros hoy tan vulgarizantes. Sólo puede ser

satisfación el reconoceros desengañados. [Marginal: _Dictar una

Carta._] Advertí que no hay otro saber en el mundo todo, como el saber

escribir una carta. Y quien quisiere mandar, platique aquel importante

aforismo: _Qui vult regnare, scribat_, quien quiere reinar, escriba.

Este ponderativo suceso les refirió un ni persona ni aun hombre, sino

sombra de hombre, rara visión y al cabo nada. Porque ni tenía mano en

cosa ni voz ni espaldas ni piernas que hacer ni podía hombrear ni en

toda su vida se vió hecha la barba. Tanto, que admirado Andrenio, le

preguntó:

¿Eres ó no eres? Y si eres, ¿de qué vives?

Yo, dijo, soy sombra y así siempre ando á sombra de tejado. Y no te

espantes, que los más en el mundo no nacieron más que para ser sombras

de la pintura, no luces ni realces. Porque un hermano segundo ¿qué otra

cosa es sino sombra del mayorazgo? El que nació para servir, el que

imita, el que se deja llevar, el que no tiene sí ni no, el que no tiene

voto proprio, cualquiera que depende ¿qué son todos, sino sombras de

otros? Creedme, que los más son sombras. Que aquéllos las hacen y éstos

les siguen. La ventura consiste en arrimarse á buen árbol, para no ser

sombra de un espino, de un alcornoque, de un quejigo. Por eso yo voy

en busca de algún gran hombre, para ser sombra suya y poder mandar el

mundo.

¿Tú, replicó Andrenio, mandar?

Sí, pues muchos, que fueron menos y aun nada, hay llegado á mandarlo

todo. Yo sé que me veréis bien presto entronizado. Dejá que lleguemos

á la corte: que, si ahora soy sombra, algún día seré asombro. Vamos

allá y allí veréis la honra del mundo en el ínclito, justo y valeroso

Ferdinando Augusto. [Marginal: _Honra y virtud._] Él es la honra de

nuestro siglo, la otra columna del non plus ultra de la fe, trono de la

justicia, basa de la fortaleza y centro de toda virtud. Y creedme que

no hay otra honra, sino la que se apoya en la virtud; que en el vicio

no puede haber cosa grande.

Alegráronse mucho ambos peregrinos, viendo se acercaban á aquella

ciudad, estancia de su buscada prenda y término de su felicidad deseada.

[Marginal: _Corte de Cortes._]

Vieron ya campear en la superioridad de la más alta eminencia una

imperial ciudad, la primera que los solares rayos coronan. Fuéronse

acercando y admirando un número sin cuenta de gentes, anhelando

todos en su falda por subir á su corona. Para más satisfacerse ambos

peregrinos, preguntaron si era aquella la corte.

¿Pues no se da bien á conocer, les respondieron, en la muchedumbre de

impertinentes? Ésta es la corte y aun todas las cortes en ella. Éste

es el trono del mando, donde todos revientan por subir y así llegan

reventados, unos á ser primeros, otros á ser segundos y ninguno á ser

postrero.

El criticón (tomo 2 de 2) · 第 5 / 26 段