Así es, dijo Lucindo: que ésta ya es pelea de personas. Sabed que,

cuando todo va de vencida, salen de refresco estos monstruos de la

altivez, tan llenos de presunción, que hacen desvanecer todos los

triunfos de la vida. Pero no hay que desconfiar de la vitoria: que no

han de faltar estratagemas para vencerlos. Advertid que de los mayores

gigantes triunfan los enanos y de los mayores los pequeños, los menores

y aun los mínimos. El modo de hacer la guerra ha de ser muy al revés de

lo que se piensa. [Marginal: _Triunfo de la humildad._] Aquí no vale

el hacer piernas ni querer hombrear. No se trate de hacer del hombre;

sino humillarse y encogerse y, cuando ellos estuvieren más arrogantes

amenazando al cielo, entonces nosotros transformados en gusanos y

cosidos con la tierra hemos de entrar por entre pies, que así han

entrado los mayores adalides.

Ejecutáronlo tan felizmente, que sin saber cómo ni por dónde, sin

ser vistos ni oídos, se hallaron dentro del encantado palacio, con

realidades de un cielo.

Apenas, digo á glorias, estuvieron dentro, cuando sintieron embargar

todos sus sentidos de bellísimos empleos en folla de fruición,

confortando el corazón y elevando los espíritus. Embistióles lo primero

una tan suave marea, exhalando inundaciones de fragancia, que pareció

haberse rasgado de par en par los camarines de la primavera, las

estancias de Flora, ó que se había abierto brecha en el paraíso. Oyóse

una dulcísima armonía, alternada de voces é instrumentos, que pudiera

suspender la celestial por media hora. Pero, ¡oh cosa estraña! que no

se veía quién gorjeaba ni quién tañía: con ninguno topaban, nadie

descubrían.

Bien parece encantado este palacio, dijo Critilo. Sin duda que aquí

todos son espíritus, pues no se parecen cuerpos. ¿Dónde estará esta

celestial reina?

Siquiera, decía Andrenio, permitiérasenos alguna de sus muchas

bellísimas doncellas. [Marginal: _Hallazgo de las virtudes._] ¿Dónde

estás?, ¡oh, justicia! dijo en grito, y respondióle al punto Eco

vaticinante desde un escollo de flores:

En la casa ajena.

¿Y la verdad?

Con los niños.

¿La castidad?

Huyendo.

¿La sabiduría?

En la mitad y aun.

¿La providencia?

Antes.

¿El arrepentimiento?

Después.

¿La cortesía?

En la honra.

¿Y la honra?

En quien la da.

¿La fidelidad?

En el pecho de un rey.

¿La amistad?

No entre idos.

¿El consejo?

En los viejos.

¿El valor?

En los varones.

¿La ventura?

En las feas.

¿El callar?

Con callemos.

¿Y el dar?

Con el recibir.

¿La bondad?

En el buen tiempo.

¿El escarmiento?

En cabeza ajena.

¿La pobreza?

Por puertas.

¿La buena fama?

Durmiendo.

¿La osadía?

En la dicha.

¿La salud?

En la templanza.

¿La esperanza?

Siempre.

¿El ayuno?

En quien malcome.

¿La cordura?

Adivinando.

¿El desengaño?

Tarde.

¿La vergüenza?

Si perdida, nunca más hallada.

¿Y toda virtud?

En el medio.

Es decir, declaró Lucindo, que nos encaminemos al centro y no andemos

como los impíos rodando.

Fué acertado, porque en medio de aquel palacio de perfecciones, en

una majestuosa cuadra, ocupando augusto trono, descubrieron, por

gran dicha, una divina reina, muy más linda y agradable de lo que

supieron pensar, dejando muy atrás su adelantada imaginación. Que,

si dondequiera y siempre pareció bien, ¿qué sería en su sazón y su

centro? [Marginal: _Hermosura perfecta._] Hacía á todos buena cara,

aun á sus mayores enemigos. Miraba con buenos ojos y aun divinos. Oía

bien y hablaba mejor. Y aunque siempre con boca de risa, jamás mostraba

dientes; hablaba por labios de grana palabras de seda. Nunca se le oyó

echar mala voz. Tenía lindas manos y aun de reina en lo liberal y en

cuanto las ponía salía todo perfecto. Dispuesto talle y muy derecho y

todo su aspecto divinamente humano y humanamente divino. Era su gala

conforme á su belleza y ella era la gala de todo. Vestía armiños, que

es su color la candidez. Enlazaba en sus cabellos otros tantos rayos

de la aurora con cinta de estrellas. Al fin, ella era todo un cielo

de beldades, retrato al vivo de la hermosura de su celestial Padre,

copiándole sus muchas perfecciones.

[Marginal: _Pretendientes de virtud._]

Estaba actualmente dando audiencia á los muchos, que frecuentaban

sus sitiales, después de prohibida. Llegó entre otros un padre á

pretenderla para su hijo, siendo él muy vicioso, y respondióle que

comenzase por sí mismo, y le fuese ejemplar idea.

Venía otra madre en busca de la honestidad para una hija y contóla

lo que la sucedió á la culebra madre con la culebrilla su hija: que

viéndola andar torcida la riñó mucho y mandó que caminase derecha.

Madre mía, respondió ella, enseñadme vos á proceder, veamos cómo

camináis.

Probóse y, viendo que andaba muy más torcida:

En verdad, madre, la dijo, que si las mías son vueltas, que las

vuestras son revueltas.

Pidió un eclesiástico la virtud del valor y á la par un virrey la

devoción con muchas ganas de rezar. Repondióles á entrambos que

procurase cada uno la virtud competente á su estado.

Préciese el juez de justiciero y el eclesiástico de rezador, el

príncipe del gobierno, el labrador del trabajo, el padre de familias

del cuidado de su casa, el prelado de la limosna y desvelo. Cada uno se

adelante en la virtud que le compete.

Según eso, dijo una casada, á mí bástame la honestidad conyugal; no

tengo que cuidar de otras virtudes.

Eso no, dijo Virtelia; no basta ésa sola, que os haréis insufrible de

soberbia, y más ahora. Poco importa que el otro sea limosnero, si no

es casto; que éste sea sabio, si á todos desprecia; que aquél sea gran

letrado, si da lugar á los cohechos; que el otro sea gran soldado, si

es un impío. Son muy hermanas las virtudes y es menester que vayan

encadenadas.

Llegó una gentil dama galanteando melindres y dijo que ella también

quería ir al cielo; pero que había de ser por el camino de las damas.

Hízoseles muy de nuevo á los circunstantes y preguntóla Virtelia:

[Marginal: _Camino de las Damas._]

¿Qué camino es ése, que hasta hoy no he tenido noticia dél?

¿Pues no está claro?, replicó ella. Que una mujer delicada como yo ha

de ir por el del regalo, entre martas y entre felpas, no ayunando ni

haciendo penitencia.

Bueno, por cierto, exclamó la reina de la entereza: así se os

concederá, reina mía, lo que pedís, como á aquel príncipe que allí

entra.

Era un poderoso, que muy á lo grave tomando asiento, dijo que él quería

las virtudes; pero no las ordinarias de la gente común y plebeya,

sino muy á lo señor, una virtud allá exquisita. Hasta los nombres de

los santos conocidos no los quería por comunes, como el de Juan y

Pedro; sino tan extravagantes, que no se hallen en ningún calendario.

¡Gran cosa, decía, el de Gastón!, ¡qué bien suena el Perafán! Pues un

Claquín, Nuño, Sancho y Suero pedía una teología extravagante.

Preguntóle Virtelia si quería ir al cielo de los demás.

Pensólo y respondió que, si no había otro, que sí.

Pues, señor mío, no hay otra escalera para allá, sino la de los diez

Mandamientos. Por ésos habéis de subir; que yo no he hallado hasta hoy

un camino para los ricos y otro para los pobres, uno para las señoras

y otro para las criadas. Una es la ley y un mismo Dios de todos.

Replicó un moderno Epicuro, gran hombre de su comodidad, diciendo:

De diciplina abajo, cualquier cosa; de oración yo no me entiendo, para

ayunos no tengo salud. Ved cómo ha de ser, que yo he de entrar en el

cielo.

[Marginal: _Virtud acomodada._]

Paréceme, respondió Virtelia, que vos queréis entrar calzado y vestido

y no puede ser.

Porfiaba que sí y que ya se usa una virtud muy acomodada y llevadera y

aun le parecía la más ajustada á la ley de Dios.

Preguntóle Virtelia en qué lo fundaba, y él:

Porque desa suerte se cumple á la letra aquello de _así en la tierra

como en el cielo_: porque allá no se ayuna, no hay diciplina ni

silicio, no se trata de penitencia, y así yo querría vivir como un

bienaventurado.

Enojóse mucho Virtelia oyendo esto y díjole con escandecencia:

[Marginal: _Infierno á pares._]

¡Oh casi hereje! ¡oh malentendedor! ¿Dos cielos queríais? No es cosa

que se usa; mirad por vos, que todos estos, que pretenden dos cielos,

suelen tener dos infiernos.

Yo vengo, dijo uno, en busca del silencio bueno.

Riéronlo todos, diciendo:

¿Qué callar hay malo?

¡Oh, sí, respondió Virtelia, y muy perjudicial: calla el juez la

justicia, calla el padre y no corrige al hijo travieso, calla el

predicador y no reprehende los vicios, calla el confesor y no pondera

la gravedad de la culpa, calla el malo y no se confiesa ni se enmienda,

calla el deudor y niega el crédito, calla el testigo y no se averigua

el delito, callan unos y otros y encúbrense los males: de suerte que,

si al buencallar llaman santo, al malcallar llámenle diablo!

Estoy admirado, dijo Critilo, que ninguno viene en busca de la limosna.

¿Qué será de la liberalidad?

Es que todos se escusan de hacerla: el oficial porque no le pagan, el

labrador porque no coge, el caballero que está empeñado, el príncipe

que no hay mayor pobre que él, el eclesiástico que buenos pobres son

los parientes.

¡Oh, engañosa escusa!, ponderaba Virtelia. Dad al pobre, siquiera el

desecho, lo que ya no os puede servir.

Tampoco, que la codicia ha dado en arbitrista y el sombrero traído, que

se había de dar al pobre, persuade se guarde para brahones, la capa

raída para contraaforros, el manto deslucido para la criada: de modo

que nada dejan para el pobre.

Llegaron unos rematadamente malos y pidieron un extremo de virtud.

Tuviéronles todos por necios, diciendo que comenzasen por lo fácil y

fuesen subiendo de virtud en virtud.

Mas ella:

He, dejadlos que asesten ahora muchos puntos más alto, que ellos

bajarán harto después y sabed que de mis mayores enemigos suelo yo

hacer mis mayores apasionados.

Venía una mujer con más años que cabellos, menos dientes y más arrugas,

en busca de la Virtud.

¡Tan tarde, exclamó Andrenio! Éstas yo juraría que vienen más porque

las echa el mundo, que por buscar el cielo.

Déjala, dijo Virtelia, y estímesele el no haber abierto escuela de

maldad con cátreda de pestilencia. Yo aseguro que, por viejos que sean,

que no vengan el tahur ni el ambicioso ni el avaro ni el bebedor: son

bestias alquiladas del vicio, que todas caen muertas en el camino de su

ruindad.

[Marginal: _Deshonestos incurables._]

Al contrario le sucedió á uno, que llegó en busca de la Castidad,

ahito de la torpeza, gran gentilhombre de Venus, idólatra de su

hijuelo. Pidió ser admitido en la cofadría de la continencia; pero no

fué escuchado, por más que él abominaba de la lujuria, escupiendo y

asqueando su inmundicia. Y aunque muchos de los presentes rogaron por

él,

No haré tal, decía la Honestidad: no hay que fiar en éstos, bien se

ayuna después de harto. Creedme que estos torpes son como los gatos de

algalia, que, en volviéndoseles á llenar el senillo, se revuelcan.

Venían unos, al parecer, muy puestos en el cielo, pues miraban á él.

Éstos sí, dijo Andrenio, que con el cuerpo están en la tierra y con el

espíritu en el cielo.

¡Oh, cómo te engañas!, dijo la Sagacidad, gran ministra de Virtelia.

Advierte que hay algunos que, cuando más miran al cielo, entonces están

más puestos en la tierra. Aquel primero es un mercader, que tiene gran

cantidad de trigo para vender y anda conjurando las nubes á los ojos

de sus enemigos. Al contrario, aquel otro es un labrador hidrópico de

la lluvia, que jamás se vió harto de agua y anda conciliando nublados.

Éste de aquí es un blasfemo, que nunca se acuerda del cielo, sino para

jurarle. Aquél pide venganza y el otro es un rondante, lechuzo de las

tinieblas, que desea la noche más escura, para capa de sus ruindades.

[Marginal: _Virtud afectada._]

Pidió uno si le querían alquilar algunas virtudes, suspiros,

torcimiento de cuello, arquear las cejas y otros modillos de modestia.

Enojóse mucho Virtelia, diciendo:

¿Pues qué, es mi palacio casa de negociación?

Escusábase él diciendo que ya muchos y muchas con la virtud ganan la

comida y á título de eso la señora las introduce en el estrado, la otra

las asienta á su mesa, el enfermo las llama, el pretendiente se les

encomienda, el ministro las consulta, ándanse de casa en casa comiendo

y bebiendo y regalándose de modo, que ya la virtud es arbitrio del

regalo.

Quitaos de ahí, dijo Virtelia, que esas tales tienen tan poca virtud,

como los que las llaman mucha simplicidad.

¿Quién es aquel gran personaje, héroe de la virtud, que en toda ocasión

de lucimiento le encontramos? Si en casa de la Sabiduría, allí está; si

en la del Valor, allí asiste; en todas partes le vemos y admiramos.

¿No conocéis, dijo Lucindo, al santísimo padre de todos? Veneradle y

deprecadle siglos de vida tan heroica.

Estaban aguardando los circunstantes que tratase de coronar algunos

la gran reina de la Equidad y que premiase sus hazañas; mas fuéles

respondido que no hay mayor premio, que ella misma, que sus brazos son

la corona de los buenos.

Y así á nuestros dos peregrinos, que estaban encogidos, venerando

tan majestuosa belleza, [Marginal: _Premio de la Virtud._] los animó

Lucindo á que se llegasen cerca y se abrazasen con ella, logrando una

ocasión de tanta dicha. Y así fué, que coronándolos con sus reales

brazos, los transformó de hombres en ángeles, candidatos de la eterna

felicidad. Quisieran muchos hacer allí mansión, mas ella les dijo:

Siempre se ha de pasar adelante en la virtud; que el parar es volver

atrás.

Suplicáronla, pues, los dos coronados peregrinos les mandase encaminar

á su deseada Felisinda. Ella entonces, llamando cuatro de sus mayores

ministras y teniéndolas delante, dijo señalando la primera:

Ésta, que es la Justicia, os dirá dónde y cómo la habéis de buscar;

esta segunda, que es la Prudencia, os la descubrirá; con la tercera,

que es la Fortaleza, la habéis de conseguir; y con la cuarta, que es la

Templanza, la habéis de lograr.

Resonaron en esto armoniosos clarines, folla acorde de instrumentos,

alborozando los ánimos y realzando sus nobles espíritus. Despertóse un

céfiro fragante y bañóse todo aquel vistosísimo teatro de lucimiento.

Sintiéronse tirar de las estrellas, con fuertes y suaves influjos. Fué

reforzando el viento y levantándolos á lo alto, tirándoles para sí el

cielo, á ser coronados de estrellas. Subieron muy altos, tanto que se

perdieron de vista. Quien quisiere saber dónde pararon, adelante los ha

de buscar.

CRISI XI

_El tejado de vidrio y Momo tirando piedras._

Llegó la Vanidad á tal extremo de quien ella es, que pretendió lugar

y no el postrero entre las Virtudes. Dió para esto memorial, en que

representaba ser ella alma de las acciones, vida de las hazañas,

aliento de la virtud y alimento del espíritu.

No vive, decía, la vida material quien no respira, ni la formal quien

no aspira. No hay aura más fragante ni que más vivifique, que la Fama,

que también alienta el alma, como el cuerpo, y es su purísimo elemento

el airecillo de la honrilla. [Marginal: _Esfuerzos de la honra._] No

sale obra perfecta sin algo de vanidad ni se ejecuta acción bien sin

esta atención del aplauso. Parto suyo son las mayores hazañas y nobles

hijos, los heroicos hechos. De suerte que sin un grano de vanidad, sin

un punto de honrilla, nada está en su punto, y sin estos humillos nada

luce.

No pareció del todo mal la paradoja, especialmente á algunos de primera

impresión y á otros de capricho. Pero la razón, con todo su maduro

parlamento, abominando una pretensión tan atrevida:

[Marginal: _Ensanches á la naturaleza._]

Sabed, dijo, que á todas las pasiones se les ha concedido algún

ensanche, un desahogo en favor de la violentada naturaleza: á la

Lujuria el matrimonio; á la Ira la corrección; á la Gula el sustento;

á la Envidia la emulación; á la Codicia la providencia; á la Pereza la

recreación, y así á todas las otras demasías; pero á la Soberbia, mirad

qué tal es ella, que jamás se le permitió el más mínimo ensanche. No

hay que fiar; toda es execrable. Vaya fuera, fuera, lejos, lejos. Bien

es verdad que el cuidado del buen nombre es una atención loable, porque

la buena fama es esmalte de la virtud, premio, que no precio. Hase de

estimar la honra, pero no afectar. Más precioso es el buen nombre,

que todas las riquezas. En no estando la virtud en su buen crédito,

está fuera de su centro y quien no está en la gloria de su buena fama

forzoso es que esté condenado al infierno de su infamia, al tormento

de la desestimación, más insufrible á más conocimiento. Es la honra

sombra de la virtud, que la sigue y no se consigue, huye del que la

busca y busca á quien la huye, es efecto del bienobrar, pero no afecto,

decorosa al fin diadema de la hermosísima Virtud.

Célebre puente, como tan temida, daba paso á la gran ciudad, ilustre

corte de la heroica Honoria, aquella plausible reina de la estimación,

y por eso tan venerada de todos. [Marginal: _La puente de los Peros._]

Era un paso muy peligroso, por estar todo él sembrado de perinquinosos

_peros_, en que muchos tropezaban y los más caían en el río del reir,

quedando muy mojados y aun poniéndose de lodo, con mucha risa de la

inumerable vulgaridad, que estaba á la mira de sus desaires.

Era de ponderar la intrepidez con que algunos confiados y otros

presumidos se arrojaban y los más se despeñaban, anhelando á pasar de

un extremo de bajeza á otro de ensalzamiento y tal vez de la mayor

deshonra á la mayor grandeza, de lo negro á lo blanco y aun de lo

amarillo á lo rojo, pero todos ellos caían con harta nota suya y risa

de los sabidores.

Así le sucedió á uno, que pretendió pasar de villano á noble, otro de

manchado á limpio, diciendo que tras el sábado, se sigue el domingo;

pero él fué de guardar. No faltó quien del mandil á mandarín, de mozo

de ciego á don Gonzalo y una otra muy desvanecida de la verdura al

verdugado. Quería una pasar por doncella; más riéronse de su caída.

Como otro, que quiso ser tenido por un pozo de ciencia y fué un pozo de

cieno. [Marginal: _El vulgar Sino._] No había hombre, que no tropezase

en su pero y para cada uno había un sino.

[Marginal: _D. Fray Juan Cebrián._]

Gran príncipe tal, pero buen hombre. Ilustre prelado aquél, si fuera

tan limosnero como nuestro arzobispo. Gran letrado, si no fuera

malintencionado. ¡Qué valiente soldado!; pero gran ladrón. ¡Qué

honrado caballero éste; sino que es pobre! ¡Qué docto aquél; si no

fuera soberbio! Fulano santo, pero simple. Qué buen sujeto aquel otro y

qué prudente; pero es embarazado. Muy bien entiende las materias; mas

no tiene resolución. Diligente ministro; pero no es inteligente. Gran

entendimiento; pero ¡qué malempleado! ¡Qué gran mujer aquélla; sino

que se descuida! ¡Qué hermosa dama; si no fuera necia! Grandes prendas

las de tal sujeto; pero ¡qué desdichado! Gran médico; poco afortunado:

todos se le mueren. Lindo ingenio; pero sin juicio: no tiene sindéresis.

Así todos tropezaban en su pero. Raro era el que se escapaba y único

el que pasaba sin mojarse. Topaba uno con un pero de un antepasado y,

aunque tan pasado, nunca maduro, jamás se pudo digerir. [Marginal:

_El río de la risa._] Al contrario, otro daba de hocicos en el de sus

presentes y caían todos en el río de la risa común.

Bien lo merece, decía un émulo. ¿Quién le metía al peón en caballerías?

Lástima es, decía otro, que los de tal cepa no sean puros, siendo tan

hombres de bien.

Las mujeres tropezaban en una chinita, en un diamante: terribles peros

son las perlas para ellas. El airecillo las hacía bambanear y el

donaire caer con mucha nota. Y es lo bueno que para levantarse nadie

las daba la mano, sí de mano.

De verdad, que un gran personaje tropezó en una Mota, quedando muy

desairado y aseguraban fué notable desorden.

Toda la puente estaba sembrada de cabo á cabo destos indigestos peros,

en que los más de los viandantes tropezaban. Y si no en uno, daban de

ojos en otro, aun en los pasados. Lamentábase un discreto, diciendo:

Señores, que tropiece uno en el propio y personal, merécelo; mas en

el ajeno ¿por qué? Que haya de tropezar un marido en un cabello de su

mujer, en un pelillo de su hermana, ¿qué ley es ésta?

Llegó uno jurando á fe de caballero, tan bueno, decía, como el rey.

No faltó quien le arrojó una erre, con que de rey, se hizo de reir.

[Marginal: _Peros arrojadizos._] Á un cierto Ruy, le echó un malicioso

una tilde y bastó para que rodase. Tropezó otro en un cuarto y quedóse

en blanco. Rodábales á algunos la cabeza y quedaban hechos equis, por

haber deslizado en los brindis.

Comenzó á pasar cierta dama, muy airosa. Hiciéronla unos y otros paso

con plausible cortesía; pero al más liviano descuido dió en el lodo con

toda su bizarría, que fué barro.

Tropezaban las más en piedras preciosas y eran muy despreciadas. Llegó

á pasar un gran príncipe y muy adulado.

Éste sí, dijeron todos, que pasará sin riesgo; no tiene que temer: los

mismos peros le temerán á él.

Mas, ¡oh caso trágico! deslizó en una pluma y tumbó al río, quedando

muy mojado. En una aguja de coser tropezó alguno y en una lezna otro y

era título. En una pluma de gallina un bizarro general.

¿Pues qué, si alguno entraba cojeando y de mal pie? Era cierto el

rodar y en duda de tropiezo estaba la malicia por la deshonra. Creyó

uno no le valdría aquí su riqueza, que en todos los demás pasos, por

peligrosos que sean, suele sacar á su dueño de trabajo; mas al primer

paso se desengañó. Que no vale aquí ni la espuela de oro ni la vira de

plata.

Cruel paso, decían todos, el de la honra, entre tropiezos de la

malicia. ¡Oh qué delicada es la fama, pues una mota es ya nota!

Aquí llegaron nuestros dos peregrinos á serlo, encaminados de Virtelia

á Honoria, su gran cara, aunque confinante, tan querida, que la llamaba

su gozo y su corona. Deseaban pasar á su gran corte; pero temían con

razón el azaroso paso de los peros y era preciso, porque no había otro.

Estaban pasmados viendo rodar á tantos y temblábales la barba, viendo

las de sus vecinos tan remojadas. Asomó en esta sazón á querer pasar

un ciego. [Marginal: _Lección de vivir._] Levantaron todos el alarido,

viéndole comenzar tentando, y tuvieron por cierto había de tumbar al

primer paso; mas fué tan al contrario, que el ciego pasó muy derecho.

Valióle el hacerse sordo. Porque, aunque unos y otros le silbaban y aun

le señalaban con el dedo, él, como no veía ni oía, no se cuidaba de

dichos ajenos, sino de obras propias y pasar adelante con gran quietud

de ánimo. Y así sin tropezar ni en un átomo llegó al cabo de lo que

quería, con dicha harto envidiada. Al punto dijo Critilo:

Este ciego ha de ser nuestra guía, que solos los ciegos, sordos y mudos

pueden ya vivir en el mundo. Tomemos esta lición, seamos ciegos para

los desdoros ajenos, mudos para no zaherirlos ni jactarnos, conciliando

odio con la murmuración, en la recíproca venganza. Seamos sordos para

no hacer caso de lo que dirán.

Con esta lición pudieron pasar. Por lo menos fueron pasaderos con

admiración de muchos y imitación de pocos.

Entraron ya por aquel célebre emporio de la honra, poblado de

majestuosos edificios, magníficos palacios, soberbias torres, arcos,

pirámides y obeliscos, que cuestan mucho de erigir, pero después

eternamente duran. Repararon luego que todos los tejados de las

casas, hasta de los mismos palacios, eran de vidrio tan delicado como

sencillo; muy brillantes, pero muy quebradizos, y así pocos se veían

sanos y casi ninguno entero.

Descubrieron presto la causa y era un hombrecillo tan nonada, que aun

de ruin jamás se veía harto. Tenía cara de pocos amigos y á todos la

torcía, mal gesto y peor parecer, los ojos más asquerosos que los de

un médico y sea de la cámara, brazos de acribador, que se queda con la

basura, carrillos de catalán y aun más chupados, que no sólo no come á

dos, pero á ninguno. De puro flaco consumido, aunque todo lo mordía.

Robado de color y quitándola á todo lo bueno. Su hablar era zumbir de

moscón, que en las más lindas manos, despreciando el nácar y la nieve,

se asienta en el venino. Nariz de sátiro y aun más fisgona. Espalda

doble, aliento insufrible, señal de entrañas gastadas. Tomaba de ojo

todo lo bueno y hincaba el diente en todo lo malo. Él mismo se jactaba

de tener mala vista y decía:

Maldito lo que veo.

Y miraba á todos.

El criticón (tomo 2 de 2) · 第 4 / 26 段