condición, de un humor tan desproporcionado, que, si le pegaban con un
garrote de encina y le quebraban las costillas ó un brazo, no hacía
sentimiento; pero, si le daban con una caña, aunque levemente, sin
hacerle ningún daño, era tal su sentimiento, que alborotaba el mundo.
Llegó uno y dióle una penetrante puñalada y la tuvo por mucha honra.
Y porque llegó otro y le pegó un ligero espaldarazo con la espada
envainada, sin sacarle una gota de sangre, lo sintió de manera, que
revolvió toda su parentela para la venganza. Pególe uno á puño cerrado
un tan fiero mojicón, que le ensangrentó la boca y le derribó los
dientes y no se alteró. Y porque otro le asentó la mano estendida,
coloreándole el rostro, fué tal su rabia, que hundía el mundo, haciendo
estremos. ¿Pues qué? Si le arrojaban un sombrero, no sentía tanto,
que le tirasen un ladrillo y le polvoreasen los sesos. No tenía por
afrenta el mentir, el no cumplir su palabra, el engañar, el decir mil
falsedades. Y porque uno le dijo; mentís: pensó reventar de cólera y no
quiso comer hasta tomar venganza.
¡Qué raro humor de monstruo éste, celebró Critilo, entreverado de
necedad y locura!
Así es, dijo el Sagaz, ¿y quién creerá que está hoy muy valido en el
mundo?
¿Será entre bárbaros?
No, sino entre cortesanos; entre la gente más ladina.
¿Y no sabríamos quién es?
[Marginal: _El duelo._]
Éste es el tan sonado Duelo: dígole, el descabezado, tan civil como
criminal.
Pasaron á la otra banda, y registraron las monstruosidades de la
necedad, que eran otras tantas. [Marginal: _Monstruos de la necedad._]
Vieron que no osaba comer un camaleón por ahorrar, para que tragase
después el puerco de su heredero. Un melancólico, pudriéndose del buen
humor de los otros; muchos, que porfiaban sin estrella; él de todos,
si no de sí mismo. Admiráronse de uno, que pretendía por mujer la que
había muerto á su marido y él quería ser el marivenido. Un soldado,
muriendo en un barranco, muy consolado de no gastar con médicos ni
sacristanes. Un señor, que encomendaba á otros el mandar.
Estaba uno encendiendo fuego de canela para asar un rábano; un rico
pretendiendo y un caduco enamorando. Aquí toparon con el de cien
pleitos y un prelado huyendo dél, porque no le metiese pleito en la
mitra. Vieron uno, que, habiéndole dicho fuese á descansar á su casa,
se equivocó y se iba á la sepultura. Aquí estaba también el que hacía
almohada del chapín de la Fortuna, y á su lado el que del cogote de la
Ocasión pretendía hacerse la barba; el que llevaba descubiertas las
perdices y no las vendía.
Íbase uno á la cárcel por otro. Pero el más aborrecido, era un hombre
bajo, descortés. Estaba uno parando lazos á los raposos viejos y otro
pasando del dar al pedir; el que compraba caro lo que era suyo; y
estaba otro papando lisonjas de sus convidados, el juglar de las casas
ajenas y en la suya cantimplora; el que decía que no es de príncipes el
saber; el que todas las cosas hacía con eminencia, si no su empleo.
Entraba en el lugar del que vivía de necio el que moría de sabio; el
que, pudiendo ser sol en su esfera, no era constelación en la ajena; el
que fundía en balas sus doblones. Estaban dos, el uno jugando bien y
siempre perdiendo, y el otro sin saberse dejar, ganando. Un presumido
con cuatro letras garrafales y el que conociendo un temerario, le fiaba
todo su ser. Y sobre todo, uno, que viviendo de burlas, se iba al
infierno de veras.
Todas estas monstruosidades y otras más estaban admirando, cuando
arrebató de nuevo su atención un monstruo, que, huyendo de un ángel, se
iba tras un demonio ciego y perdido por él.
Ésta sí que es portentosa necedad, dijeron; nada son las pasadas.
Éste es, dijo el Sagaz, un hombre, que, teniendo una consorte que le
dió Dios discreta, noble, rica, hermosa y virtuosa, anda perdido por
otra, que le atrazó el diablo, por una moza de cántaro, por una vil y
asquerosa ramera, por una fea, por una loca insufrible, con quien gasta
lo que no tiene. Para su mujer no saca el honesto vestido y para la
amiga la costosa gala. No halla un real para dar limosna y gasta con la
ramera á millares. La hija trae desnuda y la amiga rozando lamas. ¡Oh,
fiero monstruo, casado con hermosa y amancebado con fea!
Veréis que unos vicios, aunque destruyen la honra, dejan la hacienda.
Consumen otros la hacienda y perdonan la salud. Pero este de la torpeza
con todo acaba, honra, hacienda, salud y vida.
[Marginal: _Torpe monstruosidad._]
Lado por lado estaban otros dos monstruos tan confinantes, cuan
diferentes, para que campeasen más los estremos. El primero tenía más
malos ojos que un bizco, siempre miraba de mal ojo. Si uno callaba,
decía que era un necio; si hablaba, que un bachiller; si se humillaba,
apocado; si se mesuraba, altivo; si sufrido, cobarde; y si áspero,
furioso; si grave, le tenía por soberbio; si afable, por liviano;
si liberal, por pródigo; si detenido, por avaro; si ajustado, por
hipócrita; si desahogado, por profano; si modesto, por tosco; si
cortés, por ligero. ¡Oh, maligno mirar!
Al contrario, el otro se gloriaba de tener buena vista, todo lo miraba
con buenos ojos, con tal estremo de afición, que á la desvergüenza
llamaba galantería, á la deshonestidad buen gusto, la mentira decía que
era ingenio, la temeridad valentía, la venganza pundonor, la lisonja
cortejo, la murmuración donaire, la astucia sagacidad y el artificio
prudencia.
¡Qué dos monstruosidades, dijo Andrenio, tan necias! Siempre van los
mortales por estremos, nunca hallan el medio de la razón: ¡y se llaman
racionales!
¿No sabríamos qué dos monstruos son éstos?
[Marginal: _Pía, y impía afición._]
Sí, dijo el Sagaz: aquella primera es la mala Intención, que toma de
ojo todo lo bueno; esta otra al contrario, es la Afición, que siempre
va diciendo:
Todo mi amigo es buen hombre.
Éstos son los antojos del mundo. Ya no se mira de otro modo y así tanto
se ha de atender á quien alaba ó á quien vitupera, como al alabado ó
vituperado.
Ruaba un otro bien monstruoso, muy tapado.
Éste, dijo Andrenio, parece monstruo vergonzante.
Antes, respondió el Sátiro, es de la desvergüenza.
¿Pues una mujer sin ella, cómo va atapada contra su natural inclinación
de ser vistas?
Ahí verás que, cuando más descaradas, esconden la cara.
¡He, que será recato!
No es sino correr el velo á sus obligaciones. Ayer iba al contrario,
tan escotada, que parece que descubriera más, si más pudiera. Siempre
van por estremos.
Venía ya un monstruo muy humano, haciendo reverencias á los mismos
lacayos, besando los pies aun á los mozos de cocina. Llamaba señoría
á quien no merecía merced, á todo el mundo con la gorra en la mano,
previniendo de una legua la cortesía. Á unos se ofrecía por su mayor
afecto, á otros por su menor criado.
[Marginal: _Ambición cortés._]
¡Qué monstruo tan comedido éste!, ponderaba Andrenio, ¡qué humano! No
he visto monstruo humilde hasta hoy.
¡Qué bien lo entiendes!, dijo el Sátiro: no hay otro más soberbio. ¿No
ves tú, que, cuanto más se abate, quiere subir más alto? Para poder
mandar á los amos, se humilla á los criados. Estas reverencias hasta el
suelo, son botes y rebotes de pelota, que da en tierra, para subir al
aire de su vanidad.
Al fin, si es que las necedades le tienen, apareció ya la más rara
figura, un monstruo, por lo viejo decano. Descubría la cabeza toda
pelada, sin cabellos de altos pensamientos, ni negros por lo profundo
ni blancos por lo cuerdo, sin un pelo de sustancia. Movíasele á un lado
y á otro, sin consistencia alguna. Los ojos, en otro tiempo tan claros
y perspicaces, ahora tan flacos y lagañosos, que no veían lo que más
importaba y de lejos poco ó nada, para prevenir los males. Los oídos,
algún día muy oidores, tan sordos y tan atapados, que no percibían la
voz flaca del pobre, sino la del ricazo, la del poderoso, que hablan
alto. La boca desierta, que no sólo no gritaba con la eficacia que
debía; pero ni osaba hablar. Y si algo, entre los dientes, que no
tenía. Las manos, antes grandes ministras y obradoras de grandes cosas,
se veían gafas, un gancho en cada dedo, con que de todo se asían y
nada soltaban. Los humildes y plebeyos pies, tan gotosos y torcidos,
que no acertaban á dar un paso. De suerte que en todo él no había cosa
buena ni parte sana. Él se dolía y todos se quejaban; pero nadie se
lastimaba, ninguno trataba de poner remedio.
Seguíanle otros tres, altercando entre sí la tiranía universal de
los mortales. Traía el primero cara de veneno dulce y era escollo
de marfil, hermosa muerte, despeño deseado, engaño agradable, mujer
fingida y sirena verdadera, loca, necia, atrevida, cruel, altiva
y engañosa. Pedía, mandaba, presumía, violentaba, tiranizaba y
antojábansele bravos desvaríos.
¿Qué cosa puede haber en el mundo, decía, que para mí no sea? Todo
cuanto hay, al cabo se viene á reducir á mi gusto. Si se hurta, es para
mí; si se mata, por mí; si se habla, es de mí; si se desea, es á mí;
si se vive, conmigo; de suerte, que cuantas monstruosidades hay en el
mundo...
[Marginal: _La Carne._]
Eso no concederé yo, dijo él mismo, tan bizarro como vano rico, pero
necio; altivo, pero ruin. Todo cuanto hay y luce, todo es para mí, todo
sirve á mi pompa y ostentación. Si el mercader roba, es para vivir en
el mundo; si el caballero se empeña, es para cumplir con el mundo; si
la mujer se engalana, es para parecer en el mundo. Todos los vicios
dan treguas: el glotón se ahita, el deshonesto se enfada, el bebedor
duerme, el cruel se cansa; pero la vanidad del mundo, nunca dice basta;
siempre locura y más locura y no me enojéis, que lo daré todo al diablo.
[Marginal: _El Mundo._]
Aquí estoy yo, dijo éste, tomándolo todo, que no hay cosa, que no sea
mía, por habérmela dado muchas veces.
En enojándose el marido, dice luego:
¡Mujer de Bercebú!
Y ella responde:
Hombre del diablo.
Llévete Satanás, dice la madre al hijo.
Y el amo:
Válgante mil diablos.
Válganle á él, responde el criado.
Y hombre hay tan monstruo, que dice:
Válgame una legión de demonios.
[Marginal: _El Diablo._]
De suerte que no se hallará cosa en el mundo, que no se me haya dado
ella á mí ó me la hayan dado muchas veces. Y tú mismo, ¡oh mundo!
¿puedes negar que no seas todo mío?
¿Yo? ¿De qué modo?
Maldito seas tú y qué poca vergüenza que tienes.
Y aun por eso, replicó él: que quien no tiene vergüenza, todo el mundo
es suyo.
Apelaron de su porfía para el monstruo coronado, príncipe de la
Babilonia común. Éste, oída su altercación, les dijo:
Ea, acabá, dejaos de pesares, venid, holguémonos, logremos la vida,
gocemos de sus gustos, de los olores y ungüentos preciosos, de los
banquetes y comidas, de los lascivos deleites. Mirá que se nos pasa
la flor de la edad. Pasemos la edad en flor, comamos y bebamos, que
mañana moriremos. Andémonos de prado en prado, dando verdes á nuestros
apetitos. Yo os quiero repartir las jurisdiciones y vasallos, para que
no estéis pleiteando cada día.
Tú, oh Carne, llevarás tras ti todos los flacos, ociosos, regalones y
destemplados; reinarás sobre la hermosura, el ocio y el vino; serás
señora de la voluntad.
Y tú, oh Mundo, arrastrarás todos los soberbios, ambiciosos, ricos y
potentados; reinarás en la fantasía.
Mas tú, Demonio, serás el rey de los mentirosos, de los que se pican de
entendidos; todo el distrito del ingenio será tuyo.
Veamos ahora en qué pecan estos dos peregrinos de la vida, dijo
señalando á Critilo y Andrenio, para que rindan vasallaje de
monstruosidad, que ni hay bestia sin tacha ni hombre sin crimen. Lo que
averiguaron de ellos se quedará para la siguiente Crisi.
CRISI X
_Virtelia encantada._
Aquel antípoda del cielo redondo, siempre rodando, jaula de fieras,
palacio en el aire, albergue de la iniquidad, casa á toda malicia, niño
caducando, llegó ya el mundo á tal estremo de inmundo y sus mundanos
á tal remate de desvergonzada locura, que se atrevieron con públicos
edictos á prohibir toda virtud. [Marginal: _Leyes del mundo._] Y esto
so graves penas, que ninguno dijese verdades, menos de ser tenido por
loco; que ninguno hiciese cortesía, so pena de hombre bajo; que ninguno
estudiase ni supiese, porque sería llamado el estoico ó el filósofo;
que ninguno fuese recatado, so pena de ser tenido por simple; y así de
todas las demás virtudes.
Al contrario, dieron á los vicios campo franco y pasaporte general para
toda la vida. Pregonóse un tan bárbaro desafuero por las anchuras de
la tierra, siendo tan bien recibido hoy, como ejecutado ayer, dando
una gran campanada. Mas, ¡oh, caso raro é increíble! cuando se tuvo
por cierto que todas las virtudes habían de dar una extraordinaria
demostración de su sentimiento, fué tan al contrario, que recibieron la
nueva con extraordinario aplauso, dándose unas á otras la norabuena y
ostentando indecible gozo. Al revés, los vicios, andaban cabizbajos y
corridos, sin poder disimular su tristeza. Admirado un discreto de tan
impensados efectos, comunicó su reparo con la Sabiduría, su señora y
ella:
No te admires, le dijo, de nuestro especial contento. Porque este
desafuero vulgar está tan lejos de causarnos algún perjuicio, que antes
bien le tenemos por conveniencia. No ha sido agravio, sino favor, ni
se nos podía haber hecho mayor bien. Los vicios sí quedan destruídos
desta vez. Bien pueden esconderse y así con justa causa se entristecen.
Éste es el día en que nosotras nos introducimos en todas partes y nos
levantamos con el mundo.
¿Pues en qué lo fundas?, replicó el Curioso.
[Marginal: _Virtud vedada._]
Yo te lo diré. Porque son de tal condición los mortales, tienen tan
estraña inclinación á lo vedado, que, en prohibiéndoles alguna cosa,
por el mismo caso la apetecen y mueren por conseguirla. No es menester
más, para que una cosa sea buscada, sino que sea prohibida. Y es esto
tan probado, que la mayor fealdad vedada es más codiciada, que la mayor
belleza concedida. Verás que, en vedando el ayuno, se dejarán morir de
hambre el mismo Epicuro y Eliogábalo. En prohibiendo el recato, dejará
Venus á Chipre y se meterá entre las Vestales. Buen ánimo, que ya no
habrá embustes, ruines correspondencias, malos procederes, agarros ni
traiciones. Cerrarse han los públicos teatros y garitos. Todo será
virtud. Volverá el buen tiempo y los hombres hechos á él. Las mujeres
estarán muy casadas con sus maridos y las doncellas lo serán de honor.
Obedecerán los vasallos á sus reyes y ellos mandarán. No se mentirá en
la corte ni se murmurará en la aldea. Verse ha desagraviado el sexto
de todo sexo. Gran felicidad se nos promete. Éste sí que será el siglo
dorado.
Cuánta verdad fuese ésta, presto lo experimentaron Critilo y Andrenio,
que, habiéndose hurtado á los tres competidores de su libertad,
mientras aquéllos estaban entre sí compitiendo, marchaban éstos cuesta
arriba al encantado palacio de Virtelia. Hallaron aquel áspero camino,
que tan solitario se les habían pintado, lleno de personas, corriendo
á porfía en busca della. Acudían de todos estados, sexos, edades,
naciones y condiciones, hombres y mujeres. No digo ya los pobres, sino
los ricos, hasta magnates, que les causó estraña admiración.
[Marginal: _Varón de luces_]
El primero con quien encontraron á gran dicha, fué un varón prodigioso,
pues tenía tal propriedad, que arrojaba luz de sí, siempre que quería y
cuanta era menester, especialmente en medio de las mayores tinieblas.
De la suerte que aquellos maravillosos peces del mar y gusanos de la
tierra, á quienes la varia naturaleza concedió el don de luz, la tienen
reconcentrada en sus entrañas, cuando no necesitan della y, llegada la
ocasión, la avivan y sacan fuera: así este portentoso personaje tenía
cierta luz interior, ¡gran don del cielo! allá en los más íntimos senos
del cerebro, que siempre, que necesitaba della, la sacaba por los ojos
y por la boca, fuente perene de luz clarificante.
Éste, pues, varón lucido, esparciendo rayos de inteligencia, los
comenzó á guiar á toda felicidad por el camino verdadero. Era muy agria
la subida. Sobre la dificultad de principio, dió muestras de cansarse
Andrenio y comenzó á desmayar y tuvo luego muchos compañeros. Pidió que
dejasen aquella empresa para otra ocasión.
Eso no, dijo el varón de luces, por ningún caso: que, si ahora no te
atreves en lo mejor de la edad, menos podrás después.
He, replicaba un joven, que nosotros ahora venimos al mundo y
comenzamos á gustar dél. Demos á la edad lo que es suyo; tiempo queda
para la virtud.
[Marginal: _Escusas de la virtud._]
Al contrario, ponderaba un viejo. ¡Oh!, si á mí me cogiera esta áspera
subida con los bríos de mozo, ¡con qué valor la pasara!, ¡con qué ánimo
la subiera! Ya no me puedo mover, fáltanme las fuerzas para todo lo
bueno. No hay ya que tratar de ayunar ni hacer penitencia; harto haré
de vivir con tanto achaque: no son ya para mí las vigilias.
Decía el noble:
Yo soy delicado, hanme criado con regalo. ¿Yo ayunar? Bien podrían
enterrarme al otro día. No puedo sufrir las costuras del cambray, ¿qué
sería el saco de cerdas?
El pobre por lo contrario, decía:
Bien ayuna quien malcome; harto haré en buscar la vida para mí y para
mi familia. El ricazo sí que las come holgadas; ése que ayune, dé
limosna, trate de hacer buenas obras.
De suerte que todos echaban la carga de la virtud á otros,
pareciéndoles muy fácil en tercera persona y aun obligación. Pero el
guión luciente:
Nadie se me exima, decía: que no hay más de un camino. Ea, que buen día
se nos aguarda.
Y echaba un rayo de luz, con que los animaba eficazmente.
Comenzaron á tocarles arma las horribles fieras pobladoras del monte.
Sentíanlas bramar rabiando y murmurando y tras cada mata les salteaba
una: que tiene muchos enemigos lo bueno. Los mismos padres, los
hermanos, los amigos, los parientes, todos son contrarios de la virtud
y los domésticos, los mayores.
[Marginal: _Enemigos domésticos._]
Andá, que estáis loco, decían los amigos, dejaos de tanto rezar, de
tanta misa y rosario, vamos al paseo, á la comedia.
Si no vengáis este agravio, decía un pariente, no os hemos de tener por
tal. Vos afrentáis á nuestro linaje. He, que no cumplís con vuestras
obligaciones.
No ayunes, decía la madre á la hija, que estás de mal color, mira que
te caes muerta.
De modo que todos, cuantos hay, son enemigos declarados de la virtud.
Salióles ya al opósito aquel león tan formidable á los cobardes.
Arredrábase Andrenio y gritóle Lucindo echase mano á la espada de
fuego. Y al mismo punto, que la coronada fiera vió brillar la luz entre
los aceros, echó á huir: que tal vez piensa hallar uno un león y topa
un panal de miel.
¡Qué presto se retiró!, ponderaba Critilo.
Son éstas un género de fieras, respondió Lucindo, que en siendo
descubiertas, se acobardan, en siendo conocidas huyen.
[Marginal: _Tentación descubierta._]
Esto es ser persona, dice uno. Y no es sino ser un bruto; aquí está el
valer y el medrar, y no es sino perderse, que las más veces entra el
viento de la vanidad por los resquicios, por donde debiera salir.
Llegaron á un paso de los más dificultosos, donde todos sentían gran
repugnancia. Causóle grima á Andrenio y propúsole á Lucindo:
¿No pudiera pasar otro por mí esta dificultad?
No eres tú el primero que ha dicho otro tanto. ¡Oh, cuántos malos
llegan á los buenos y les dicen que los encomienden á Dios y ellos se
encomiendan al diablo; piden que ayunen por ellos y ellos se hartan y
embriagan; que se deciplinen y duerman en una tabla, y estánse ellos
revolcando en el cieno de sus deleites! ¡Qué bien le respondió á uno
déstos aquel moderno apóstol de la Andalucía!:
Señor mío, si yo rezo por vos y ayuno por vos, también me iré al cielo
por vos.
Estando emperezando Andrenio, adelantóse Critilo y, tomando de atrás la
corrida, saltó felizmente. Volviósele á mirar y dijo:
[Marginal: _Dificultades del vicio._]
Ea, resuélvete, que harto mayores dificultades se topan en el camino
ancho y cuesta abajo del vicio.
¿Qué duda tiene eso?, respondió Lucindo; y si no decidme si la virtud
mandara los intolerables rigores del vicio, ¿qué dijeran los mundanos?
¿Cómo lo exageraran? ¿Qué cosa más dura, que prohibirle al avaro sus
mismos bienes, mandándole que no coma ni beba ni se vista ni goce de
una hacienda adquirida con tanto sudor? [Marginal: _Facilidades de la
virtud._] ¿Qué dijera el mundano, si esto mandara la ley de Dios? ¿Pues
qué, si al deshonesto, que estuviese toda una noche de invierno al
yelo y al sereno, rodeado de peligros por oir cuatro necedades, que él
llama favores, pudiéndose estar en su cama seguro y descansado? ¿Si al
ambicioso, que no pare un punto ni descanse ni sea suya una hora? ¿Si
al vengativo, que anduviese siempre cargado de hierro y de miedo? ¿Qué
dijeran desto los mundanos? ¡Cómo lo ponderaran! Y ahora, porque se les
manda su antojo, sin réplica obedecen.
Ea, Andrenio, anímate, decía Critilo, y advierte que el más mal día
deste camino de la virtud es de primavera en cotejo de los caniculares
del vicio.
Diéronle la mano, con que pudo vencer la dificultad.
Dos veces fiero les acometió un tigre en condición y en su mal modo;
mas el único remedio fué no alborotarse ni inquietarse, sino esperalle
mansamente. [Marginal: _Victoria de la espera._] Á gran cólera, gran
sosiego, y á una furia, una espera. Trató Critilo de desenvolver su
escudo de cristal, espejo fiel del semblante y, así como la fiera se
vió en él tan feamente descompuesta, espantada de sí misma, echó á
huir con harto corrimiento de su necio exceso. De las serpientes, que
eran muchas, dragones, víboras y basiliscos, fué singular defensivo
el retirarse y huir las ocasiones. Á los voraces lobos con látigos de
cotidiana diciplina los pudieron rechazar. Contra los tiros y golpes
de toda arma ofensiva se valieron del célebre escudo encantado, hecho
de una pasta real, cuanto más blanda, más fuerte, forjado con influjo
celeste, de todas maneras impenetrable: y era sin duda el de la
paciencia.
Llegaron ya á la superioridad de aquella dificultosa montaña, tan
eminente, que les pareció estaban en los mismos azaguanes del cielo,
convecinos de las estrellas. Dejóse ver bien el deseado palacio de
Virtelia, campeando en medio de aquella sublime corona, teatro insigne
de prodigiosas felicidades. [Marginal: _Mansión de la virtud._] Mas,
cuando se esperó que nuestros agradecidos peregrinos le saludaran con
incesables aplausos y le veneraran con afectos de admiración, fué tan
al contrario, que antes bien se vieron enmudecer, llevados de una
impensada tristeza, nacida de estraña novedad. Y fué sin duda que,
cuando le imaginaron fabricado de preciosos jaspes, embutidos de rubíes
y esmeraldas, cambiando visos y centelleando á rayos, sus puertas de
zafir con clavazón de estrellas, vieron se componía de unas piedras
pardas y cenicientas, nada vistosas, antes muy melancólicas.
¿Qué cosa y qué casa es ésta?, ponderaba Andrenio. ¿Por ella habemos
sudado y reventado? ¡Qué triste apariencia tiene! ¿Qué será allá
dentro? ¡Cuánto mejor exterior ostentaba la de los monstruos! Engañados
venimos.
Aquí Lucindo suspirando:
Sabed, les dijo, que los mortales todo lo peor de la tierra quieren
para el cielo, el más trabajado tercio de la vida. Allá, á la achacosa
vejez dedican para la virtud, la hija fea para el convento, el hijo
contrahecho sea de iglesia, el real malo á la limosna, el redrojo para
el diezmo, y después querrían lo mejor de la gloria. De más que juzgáis
vosotros el fruto por la corteza. Aquí todo va al revés del mundo: si
por fuera está la fealdad, por dentro la belleza; la pobreza en lo
exterior, la riqueza en lo interior; lejos la tristeza, la alegría en
el centro: que eso es entrar en el gozo del Señor.
[Marginal: _Bajo el sayal, hayal._]
Estas piedras tan tristes á la vista son preciosas á la experiencia,
porque todas ellas son bezares, ahuyentando ponzoñas. Y todo el palacio
está compuesto de pítimas y contravenenos, con lo cual no pueden
empecerle ni las serpientes ni los dragones, de que está por todas
partes sitiado.
Estaban sus puertas patentes noche y día; aunque allí siempre lo es,
franqueando la entrada en el cielo á todo el mundo. Pero asistían en
ellas dos disformes gigantes, jayanes de la soberbia, enarbolando á
los dos hombros sendas clavas muy herradas, sembradas de puntas para
hacerla. Estaban amenazando á cuantos intentaban entrar, fulminando en
cada golpe una muerte. En viéndolos, dijo Andrenio:
Todas las dificultades pasadas han sido enanas en parangón désta. Basta
que hasta ahora habíamos peleado con bestias de brutos apetitos; mas
éstos son muy hombres.