No dijera eso el conde de Fuentes, á quien ninguna le pareció corta,

con avanzarse, decía, un paso más al contrario. Estas tres son de los

famosos franceses, Pepino, Carlo Magno y Luis Nono.

¿No hay más francesas?, preguntó Critilo.

No sé yo que haya más.

Pues ¿habiendo habido en Francia tan insignes reyes, tantos Pares sin

par y tan valerosos Mariscales? ¿Dónde están las de los dos Virones?

¿La del grande Enrico Cuarto? ¿Cómo no más de tres?

Porque esas tres solas emplearon su valor contra los moros; todas las

demás contra cristianos.

Muy metida en su vaina vieron una, cuando todas las otras estaban

desnudas, ya brillantes, ya sangrientas. Riéronlo mucho; mas el

Valeroso:

De verdad, dijo, que es heroica y llamada por antonomasia la grande.

¿Cómo no está desnuda?

Porque el Gran Capitán, su gran dueño, decía que la mayor valentía de

un hombre consistía en no empeñarse ni verse obligado á sacarla.

Tenía otra muy brillante contera de oro fino y dijo:

Ésta fué la que echó á su vitoriosa espada el marqués de Leganés,

derrotando al Invencible vencido.

Deseó Andrenio saber cuál había sido la mejor espada del mundo.

No es fácil de averiguar, dijo el Valeroso; pero yo diría, que la del

rey Católico don Fernando.

¿Y por qué no la de un Héctor, de un Aquiles, replicó Critilo, más

célebres y plausibles, por tan decantadas de los poetas?

[Marginal: _La mejor espada._]

Yo lo confieso, respondió; pero ésta, no tan ruidosa, fué más

provechosa y la que conquistó la mayor monarquía, que reconocieron los

siglos. Esta hoja del Rey Católico y aquel arnés del rey Filipo el

Tercero pueden salir dondequiera que haya armas: aquélla para adquirir

y éste para conservar.

¿Cuál es ese arnés tan heroico de Filipo?

Mostróles uno todo escamado de doblones y reales de á ocho alternados y

ajustados unos sobre otros como escamas, haciendo una ricamente hermosa

vista.

Éste, dijo el Valeroso, fué el más eficaz, el más defensivo de cuantos

hubo en el mundo.

¿En qué guerra lo vistió su gran dueño, que nunca tuvo ocasión de

armarse ni se vió jamás obligado á pelear?

Antes fué para no pelear, para no tener ocasión. En fe déste, después

de la asistencia del cielo, conservó su grande y dichosa monarquía sin

perder una almena. Que es mucho más el conservar, que el conquistar. Y

así decía uno de sus mayores ministros:

Quien posee no pleitee y quien está de ganancia no baraje.

Entre tantos y tan lucientes aceros campeaba un bastón muy basto; pero

muy fuerte. Hízole novedad á Andrenio y dijo:

¿Quién metió aquí este ñudoso palo?

Su fama, respondió el Valeroso: no fué de algún gañán, como tú piensas,

sino de un rey de Aragón, llamado el Grande, aquel que fué bastón de

franceses, porque los abrumó á palos.

Estrañaron mucho ver dos espadas negras y cruzadas entre tantas

blancas, tan matantes.

¿De qué sirven aquí éstas?, dijo Critilo, donde todo va de veras, y,

aunque fuesen del bravo Carranza y del diestro Narváez, no merecen este

puesto.

No son, dijo, sino de dos grandes príncipes y muy poderosos, que,

después de muchos años de guerra y haberse quebrado las cabezas con

harta pérdida de dinero y gente, se quedaron como antes, sin haberse

ganado el uno al otro un palmo de tierra: de modo, que al cabo más fué

juego de esgrima, que guerra verdadera.

Aquí echo menos, dijo Andrenio, las de muchos capitanes muy celebrados,

por haber subido de soldados ordinarios á gran fortuna.

¡Oh, dijo el Valeroso!, aquí se hallan y se estiman algunas de ésas.

Aquélla es del conde Pedro Navarro, la otra de García de Paredes. Allí

está la del Capitán de las Nueces, que fueron más que el ruido de la

fama. Y si faltan algunas, es porque fueron más ganchos, que estoques.

Que algunos más han triunfado con los oros, que con las espadas.

¿Qué se hizo la de Marco Antonio, aquel famoso romano competidor de

Augusto?

Ésa y otras iguales andan por esos suelos hechas pedazos á manos tan

flacas como femeniles. [Marginal: _Valor justificado._] La de Aníbal

la hallaréis en Capua, que, habiendo sido de acero, las delicias la

ablandaron como de cera.

¿Qué espada es aquella tan derecha y tan valiente, sin torcer á un lado

ni á otro, que parece el fiel á las balanzas de la equidad?

Ésa, dijo, siempre hirió por línea recta. Fué del _non plus ultra_

de los Césares, Carlos V, que siempre la desenvainó por la razón y

justicia. Al contrario, aquellos corvos alfanjes del bravo Mahometo, de

Solimán y Selim, como siempre pelearon contra la fe, justicia, derecho

y verdad, ocupando tiránicamente los ajenos estados, por eso están tan

torcidos.

Aguarda, ¿qué espada tan dorada es aquella, que tiene por pomo una

esmeralda y toda ella está esmaltada de perlas? ¡Qué cosa tan rica! ¿No

sabríamos cúya fué?

Ésta, respondió alzando la voz el Valeroso, fué del tan celebrado

después, como emulado antes, pero nunca bastantemente ni estimado ni

premiado, don Fernando Cortés, Marqués del Valle.

¿Que ésta es?, dijo Andrenio. ¡Cómo me alegro de verla! ¿Y es de acero?

¿Pues de qué había de ser?

Es que yo había oído decir que era de caña, por haber peleado contra

indios, que esgrimían espadas de palo y vibraban lanzas de caña.

He, que la entereza de la fama, siempre venció la emulación. Digan lo

que quisieren éstos y aquéllos, que ésta con su oro dió aceros á todas

las de España y en virtud de ella han cortado las demás en Flandes y en

Lombardía.

Vieron ya una tan nueva como lucida, atravesando tres coronas y

amagando á otras.

¡Qué espada tan heroicamente coronada!, ponderó Critilo. ¿Y quién es el

valeroso y dichoso dueño de ella?

[Marginal: _El Señor D. Juan de Austria._]

¿Quién ha de ser, sino el moderno Hércules, hijo del Júpiter de España,

que va restaurando la monarquía, á corona por año?

¿Qué tridente es aquel, que en medio de las aguas está fulminando fuego?

Es del valeroso duque de Alburquerque, que quiere igualar por la

valentía la fama de su gran padre, conseguida en Cataluña por gobierno.

¿Qué arco sería aquel, que está hecho pedazos en el suelo y todos sus

arpones rotos y despuntados? En lo pequeño parece juguete de algún

rapaz; mas en lo fuerte de algún gigante.

Ése, respondió, es uno de los más heroicos trofeos del Valor.

¿Pues qué gran cosa, replicó Andrenio, rendir un niño y desarmarle?

Ésa no la llames hazaña; sino melindre. Miren ¡qué clava de Hércules

rompida, qué rayo de Júpiter desmenuzado, qué espada de Pablo de Parada

hecha trozos!

¡Oh, sí!, que es muy orgulloso el rapaz y cuanto más desnudo más

armado, más fuerte cuando más flaco, más cruel cuando llorando, más

certero cuando ciego. Creedme que es gran triunfo vencer al que á todos

vence.

Y dínos ¿quién le rindió?

[Marginal: _Triunfo de la Castidad._]

¿Quién? De mil uno, aquel Fénis de la castidad, un Alfonso, un Filipo,

un Luis de Francia. ¿Qué diréis de aquella copa hecha también pedazos,

sembrados todos por tierra?

¡Qué otro blasón ése, dijo Andrenio, y más siendo de vidrio! ¡Qué gran

cosa! Ésas más son hazañas de pajes, de que hacen ciento al día.

Pues de verdad, ponderó el Valeroso, que era bien fuerte el que hacía

la guerra con ella y que derribó á muchos. Del más bravo no hacía él

más caso que de un mosquito.

¿Qué, estaría hechizada?

No, sino que hechizaba y les trastornaba á muchos el juicio. No dió

Circe más bebedizos, que brindó con ésta un viejo.

¿Y en qué transformaba las gentes?

Los hombres en jimios y las mujeres en lobas. Él era un raro veneno,

que apuntaba al cuerpo y hería el alma, al vientre, y pegaba en la

mente. ¡Oh cuántos sabios hizo prevaricar! Y es lo bueno que todos los

vencidos quedaban muy alegres.

Pues bien está por tierra la que á tantos derribó y éste sea el blasón

de los españoles.

¿Qué otras armas son aquellas, preguntó Critilo, que se conoce bien

su valor en su estimación, [Marginal: _El mayor valor._] pues están

conservadas en armarios de oro?

Éstas, respondió el Valeroso, son las mejores, porque son defensivas.

¡Qué escudos tan bizarros!

Y aun los más son escudos.

¿Este primero parece de cristal?

Sí y, al punto que se carea con el enemigo, le deslumbra y le rinde.

Es de la razón y verdad, con que el buen emperador Ferdinando Segundo

triunfó del orgullo de Gustavo Adolfo y de otros muchos.

Estos otros tan cortos y tan lunados ¿de quién son? Que parecen de

algún alunado capricho.

Éstos fueron de mujeres.

¿De mujeres?, replicó Andrenio. ¿Y aquí, entre tanta valentía?

Sí, que las amazonas sin hombres fueron más que hombres y los hombres

entre mujeres son menos que mujeres. Éste que aquí veis dicen está

encantado, que por más golpes que le den, por más tiros que le hagan,

no le hacen mella ni los mismos reveses de la Fortuna y esto á prueba

de la paciencia del mismo don Gonzalo de Córdoba. Repara en aquel tan

brillante.

Parece moderno.

Y es impenetrable, del sagaz y valeroso marqués de Mortara, que con su

mucha espera y valor ha restaurado á Cataluña. Esta rodela acerada,

grabada de tantas hazañas y trofeos, fué del primer conde de Ribagorza,

cuyo valor prudente pudo hacerse lugar y aun campear al lado de tal

padre y de un tal hermano.

[Marginal: _D. Alonso de Aragón._]

Dióles curiosidad de entender una letra, que en un escudo decía:

Ó con Este ó en Este.

Ésa fué la noble empresa de aquel gran vencedor de reyes, en que quiso

decir que ó con el escudo vitorioso ó en él muerto.

Dióles mucho gusto ver en uno pintado un grano de pimienta por empresa.

¿Cómo lo podrá divisar el enemigo?, dijo Andrenio.

¡Oh!, dijo, que el famoso general Francisco González Pimienta se avanza

tanto al enemigo, que le hace ver y aun probar su picante braveza.

Vieron ya uno en forma de corazón.

¿Éste debía ser de algún grande amartelado?, dijo Andrenio.

No fué, sino de quien todo es corazón, hasta el mismo escudo, digo

aquel gran descendiente del Cid, heredero de su ínclito valor, el duque

del Infantado.

Había una rodela hecha de una materia bien extraordinaria, ni usada ni

conocida.

[Marginal: _Valerosa prudencia._]

Es, dijo, de la oreja de un elefante. Con ésta se armaba de igual valor

á su mucha prudencia el marqués de Caracena.

¡Qué brillante celada aquélla!, celebró Critilo.

Sí lo es, dijo el Valeroso, y que celaba bien con ella sus intentos el

rey don Pedro de Aragón, de tal arte que, si su misma camisa llegara á

rastrearlos, al punto la abrasara.

¿Qué casco es aquel tan capaz y tan fuerte?

Éste fué para una gran testa, no menos que del duque de Alba, hombre de

superlativo juicio y que no se dejaba vencer, no sólo de los enemigos,

pero ni de los suyos, como Pompeyo en dar la batalla al César contra su

propio dictamen.

¿Es por dicha aquel relumbrante yelmo el de Mambrino?

Por lo impenetrable ya pudiera; fué de don Felipe de Silva, de cuya

gran cabeza dijo el bravo mariscal de la Mota le daba más cuidado, que

seguridad sus pies impedidos de la gota. Mira aquel morrión del marqués

Espinola, qué defendido está con el guardanaso de su gran sagacidad,

que con la misma verdad deslumbró la atención del vivaz Enrico Cuarto.

Todas estas armas son para la cabeza y más de hombres sagaces, que de

mancebos audaces; tan importantes, que por eso este archivo es llamado

con especialidad el retrete del valor.

Aquí vieron muchas cartas hechas pedazos, esparcidas por el suelo y

pisados sus caballos y sus reyes.

Ya me parece, dijo Andrenio, que te oigo exagerar una gran batalla, que

aquí se dió, y la gran vitoria conseguida.

Por lo menos no me negarás, replicó el Valeroso, que hubo barajas. Que

siempre se componen de espadas y oros y luego andan los palos. ¿No te

parece que fué gran valor el de aquel, que, cogiendo entre sus dos

manos una baraja, toda junta la tronchó de una vez?

Ése, respondió Andrenio, más parece efecto de las grandes fuerzas de

don Gerónimo de Ayanzo, que de un heroico valor.

Por lo menos sería el día de su mayor ganancia, y ten por cierto que no

hay valor igual, como escusar las barajas ni hay mejor salida de los

empeños, que no empeñarse. ¿Quieres ver la mayor valentía del mundo?

Llega y mira esas joyas, esas galas, esa bizarría pisada y hollada en

ese duro suelo.

Éste, replicó Andrenio, parece aderezo mujeril. Pues ¿qué gran vitoria

fué despojar una femenil flaqueza, triunfar de una bellísima ternura?

¿Qué arneses vemos aquí deshechos, qué yelmos abollados?

[Marginal: _Belleza triunfante._]

Oh, sí, dijo, que esto fué triunfar de un mundo entero y retirarse al

cielo la más aplaudida belleza de una Serenísima Señora Infanta, Sor

Margarita de la Cruz, seguida después de Sor Dorotea, gloria mayor de

Austria, que dejando de ser ángeles, pasaron á ser serafines en la

religión de ellos. También son trofeo de un gran valor esas plumas de

pavón esparcidas y estos airones de una altanera garza, penachos de su

soberbia, ya despojos de una loca vanidad rendida.

Pero lo que más le satisfizo fué ver hecha pedazos una afilada guadaña.

Éste, sí, que es triunfo, exclamaron. ¡Que haya valor en un moro

cristiano y en una reina María Estuarda, para despreciar la misma

muerte!

Trataron ya de armarse los dos conquistadores del monte de Virtelia.

Iban escogiendo armas valientes, espadas de luz y de verdad, que á fuer

de eslabones fulminasen rayos; escudos impenetrables de sufrimiento,

yelmos de prudencia, arneses de fortaleza invencible. Y sobre todo el

cuerdamente Valeroso les revistió muchos y generosos corazones, que no

hay mayor compañía en los aprietos. Viéndose Andrenio tan bien armado,

dijo:

Ya no hay que temer.

Sólo lo malo, le respondió, y lo injusto.

Daba demostraciones de su gran gozo Critilo.

Con razón, le dijo, te alegras, pues, aunque concurran en un varón

todas las demás ventajas de sabiduría, nobleza, gracia de las gentes,

riqueza, amistad, inteligencia, si el valor no las acompaña, todas

quedan estériles, frustradas. Sin valor nada vale, todo es sin fruto.

Poco importa que el consejo dicte, la prudencia prevenga, si el valor

no ejecuta. Por eso la sabia naturaleza dispuso que el corazón y el

celebro en la formación del hombre comenzasen á la par, para que fuesen

juntos el el pensar y el obrar.

Esto les estaba ponderando, cuando de repente interrumpió su discurso

una viva arma, que se comenzó á tocar por todas partes. Acudieron

prontos á tomar las armas y á ocupar sus puestos. Lo que fué y lo que

les sucedió nos dirá la Crisi siguiente.

CRISI IX

_Anfiteatro de monstruosidades._

Pasaba un río y río de lo que pasa entre márgenes opuestas, coronada de

flores la una y de frutos la otra; prado aquélla de deleites, así como

ésta de seguridades. Escondíanse allí entre las rosas las serpientes,

entre los claveles los áspides, y bramaban las hambrientas fieras,

rodeando á quien tragarse. En medio de tan evidentes riesgos estaba

descansando un hombre, si lo es un necio. Pues pudiendo pasar el río y

meterse en salvo de la otra parte, se estaba muy descuidado, cogiendo

flores, coronándose de rosas y de cuando en cuando volviendo la mira á

contemplar el río y ver correr sus cristales.

Dábale voces un cuerdo, acordándole su peligro y convidándole á pasarse

de la otra banda, con menos dificultad hoy que mañana. Mas él muy á lo

necio respondía que estaba esperando acabase de correr el río, para

poderle pasar sin mojarse.

Oh, tú, que haces mofa del fabulosamente necio, advierte que eres el

verdadero, tú eres el mismo de quien te ríes: tanta y tan solemne es tu

demencia, pues instándote que dejes los riesgos del vicio y te acojas

á la banda de la virtud, respondes que aguardas acabe de pasar la

corriente de los males.

[Marginal: _Escusa vulgar._]

Si le preguntáis al otro por qué no acaba de ajustarse con la razón,

responde que está aguardando pase el arrebatado torrente de sus

pasiones: que no quiere comenzar el camino de la virtud hoy, si ha de

volver al del vicio mañana.

Si le acordáis á la otra sus obligaciones, la afrenta que causa á los

propios y la murmuración á los extraños, dice que corre con todas, que

así se usa, que con más edad tendrá más cordura.

Consuélase aquél de no estudiar y dice que no piensa cansarse, pues no

se premian letras ni se estiman méritos.

Escúsase éste de no ser hombre de sustancia, diciendo que no hay quien

lo sea. Todo está perdido, que no se usa la virtud; todos engañan,

adulan, mienten, roban y viven de artificio. Y déjase arrebatar de la

corriente de la maldad.

El juez se lava las manos de que no hace justicia, con que todo está

rematado y no sabe por dónde comenzar. Así que todos aguardan á que

amaine el ímpetu de los vicios, para pasarse á la banda de la virtud.

Mas es tan imposible el cesar los males, el acabarse los escándalos en

el mundo, mientras haya hombres, como el parar los ríos; lo acertado es

poner el pecho al agua y con denodado valor pasar de la otra banda al

puerto de una seguridad dichosa.

Peleando estaban ya los dos valerosos guerreros, que no es otra cosa

la vida humana, que una milicia á la malicia, [Marginal: _Milicia

contra malicia._] y á esto les habían tocado arma trecientos monstruos,

causa deste rebato, que con los rayos de la razón descubrieron sus

ardides; las atalayas en atenciones avisaron á los fuegos de su celo

y éste al valor de ambos, que denodadamente los fueron persiguiendo y

retirando, tanto, que llevados de su ardor en el alcance, se hallaron

á las puertas de un hermosísimo palacio, primer fábrica del mundo, el

más artificioso y bienlabrado, que jamás vieron, aunque habían admirado

tantos. Ocupaba el centro de un ameno prado, con ambiciones de paraíso,

de aquellos que no perdona el gusto. Su materia, aunque tierra,

desmentida de los primores del arte, dejaba muy atrás la misma solar

esfera. Obra al fin de grande artífice y fabricada para un príncipe

grande.

¿Si sería éste, dijo Andrenio, el tan alabado alcázar de Virtelia?

Que una cosa tan perfecta no puede ser estancia, sino de su grande

perfección. Que tal suele ser el epiciclo, cual la estrella.

Oh, no, dijo Critilo, que éste está á los pies del monte y aquél sobre

su cabeza, aquél se empina hasta el cielo y éste se roza con el abismo,

aquél entre austeridades y éste entre delicias.

Esto ponderaban, cuando vieron asomar por su majestuosa puerta, al

cabo de muchas varas de nariz, un hombrecillo de media, que viéndolos

admirados, les dijo:

Yo no sé de qué; pues así como hay hombres de gran corazón y de gran

pecho, yo lo soy de grandes narices.

Toda gran trompa, dijo Critilo, siempre fué para mí señal de grande

trampa.

[Marginal: _Varón sagaz._]

¿Y por qué no de sagacidad?, replicó él. Pues advertí que con ésta os

he de abrir camino. Seguidme.

Lo primero, que encontraron en el mismo atrio, fué un establo, nada

estable, aunque lleno de gente lucida, hombres de mucho porte y de más

cuenta, muy hallados todos con los brutos, sin asquear el mal olor de

tan inmunda estancia.

¿Qué es esto?, dijo Critilo. ¿Cómo éstos, que parecen personas, están

en tan vil lugar?

Por su gusto, respondió el Sátiro.

¿Pues desto gustan?

Sí, que los más de los hombres eligen antes vivir en la hedionda

pocilga de sus bestiales apetitos, que arriba en el salón dorado de la

razón.

No se sentía otro dentro, que malas voces y bramidos de fieras, ni se

oían sino monstruosidades. Era intolerable la hediondez que despedía.

¡Oh, casa engañosa!, exclamó Andrenio: por fuera toda maravillas y por

dentro monstruosidades.

[Marginal: _Palacio del alma._]

Sabed, dijo el Sátiro, que este hermoso palacio se fabricó para la

Virtud; mas el Vicio se ha levantado con él, hale tiranizado. Y así de

ordinario veréis que hace su morada en la mayor hermosura y gentileza,

el cuerpo más lindo y agraciado, criado para estancia hermosa de la

Virtud, le toparéis lleno de torpezas, la mayor nobleza de infamias, la

riqueza de ruindades.

Comenzaron con esto á rehusar el empeñarse, temiendo el despeño, cuando

uno de aquellos monstruos les dijo:

En esto no reparéis, que aquí siempre hay salida para todo y yo soy

el que á cuantos se empeñan, la hallo. Á la doncellita la persuado

su deshonra, diciéndola que no le faltará una amiga ó una piadosa

tía de quien fiarse. Al asesino que mate, que ya habrá quien le haga

espaldas. Al ladrón que robe. Al salteador que desuelle, que ya se

hallará un simple compasivo, que interceda por él á la justicia. Al

tahur que juegue, que no faltará un amigo enemigo, que le preste. De

suerte que por grande que sea el despeño, le pinto fácil el salto; por

entrincado que sea el laberinto, le hallo el ovillo de oro; y á toda

dificultad, la solución. Así que bien podéis entrar. Fiaos de mí, que

os desempeñaré.

Fué á meter el pie Critilo y al punto encontró con un monstruo

horrible, porque tenía las orejas de abogado, la lengua de procurador,

las manos de escribano, los pies de alguacil.

Escápate, gritó el Sátiro, de todo pleito; aunque sea dejándoles la

capa.

[Marginal: _Cortesía engañosa._]

Íbanse retirando con recelo, cuando con mucho agrado se llegó á ellos

otro monstruo muy cortés, suplicándoles fuesen servidos de entrar por

cortesía, que no serían los primeros, que se habían perdido de puro

corteses. Y si no, preguntadle á aquél, que parece hombre circunspecto

y de juicio, cómo se jugó la hacienda y tras ella la honra y el

descanso de su casa.

Y respondióles:

Señor, rogáronme que hiciese un cuarto, que les faltaba, y deshice

todos los de mi casa, porque no me tuviesen por grosero, Púseme á

jugar, piquéme y lastiméme á mí mismo. Pensé desquitarme y acabé con

todo por cortesía.

Preguntadle á aquel otro, que se pica de entendido, cómo perdió la

salud, la honra y la hacienda, con la otra loquilla.

Y respondióles que por no parecer descortés, mantuvo la conversación.

De allí pasó á la correspondencia, hasta hallarse perdido por cortesía.

La otra, porque no la tuviesen por necia, respondió al dicho y luego

al billete. El marido, por no parecer grosero, disimuló con los muchos

yentes y vinientes á su casa. El juez, obligado de la intercesión del

poderoso, hizo la injusticia. De suerte que son infinitos los que se

han perdido en el mundo por cortesía.

Y con esto y mil zalemas, que les hizo, les obligó á entrar. Érase

un tan espacioso atrio, que tomaba todo un mundo, célebre anfiteatro

de monstruosidades, tan grandes como muchas, donde tuvieron más que

abominar, que admirar y vieron cosas, aunque muchas veces vistas, que

no se podían ver.

[Marginal: _Vicios encadenados._]

Estaba en el primero y último lugar una horrible serpiente, coco de la

misma hidra, tan envejecida en el veneno, que la habían nacido alas y

se iba convirtiendo en un dragón, inficionando con su aliento al mundo.

¡Terrible cosa, dijo Critilo, que de la cola de la culebra nazca el

basilisco y de los dejos de la víbora el dragón! ¿Qué monstruosidad es

ésta?

Como déstas se ven en el mundo cada día, respondió el Sátiro. Veréis

que acaba la otra con su deshonestidad propia y comienza la ajena. No

hace cara ya al vicio, por no tenerla. Da alas á la otra, que comienza

á volar, y hace sombra á los soles, que amanecen. Pierde el tahur su

grande herencia y pone casa de juego: da naipes, despabila las velas

abrasadoras, corta tantos para tontos. El farsante para en charlatán

y saltimbanco, el acuchillador en maestro de esgrima; el murmurador,

cuando viejo, en testigo falso; el holgazán, en escudero; el malsín,

en catedrático del duelo; el infame, en libro verde; y el bebedor en

tabernero, aguándoles el vino á los otros.

Iban dando la vuelta y viendo portentosas fealdades. Fuélo harto ver

una mujer, que de dos ángeles hacía dos demonios, digo, dos rapazas

endiabladas. Y teniéndolas desolladas, las metió á asar á un gran fuego

y comenzó á comer dellas sin ningún horror, tragando muy buenos bocados.

¡Qué fiereza es ésta tan inhumana!, ponderó Andrenio. ¿No me dirás

quién es ésta, que deja atrás los mismos trogloditas?

[Marginal: _Mala madre._]

Pues advierte que es su madre.

¿La misma, que las echó á luz?

Y hoy las oscurece. Ésta es la que teniendo dos hijas tan hermosas como

viste, las mete en el fuego de su lascivia; dellas come y traga los

buenos bocados.

El criticón (tomo 2 de 2) · 第 2 / 26 段