NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se
han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Se ha respetado la ortografía del original impreso, que difiere
algo de la actual, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.
* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.
* Las páginas en blanco han sido eliminadas.
* Las notas al margen aparecen encerradas entre corchetes y
presentadas como [Marginal:...] dentro del texto.
[Ilustración]
BIBLIOTECA RENACIMIENTO
DIRIGIDA POR
_G. MARTÍNEZ SIERRA_
COLECCIÓN DE
OBRAS MAESTRAS
DE LA LITERATURA UNIVERSAL
[Ilustración]
LA EDICIÓN Y COMENTARIO DE LOS TEXTOS CLÁSICOS ESPAÑOLES, LA
TRADUCCIÓN DE LOS EXTRANJEROS Y LOS PRÓLOGOS DE UNOS Y OTROS ESTÁN
Á CARGO DE EMINENTES ESCRITORES, CRÍTICOS Y ERUDITOS, LOS MÁS
COMPETENTES EN LA MATERIA:
_GABRIEL ALOMAR, AZORÍN, PÍO BAROJA, JACINTO BENAVENTE, BERNARDO
G. DE CANDAMO, AMÉRICO CASTRO, JULIO CEJADOR, ENRIQUE DÍEZ-CANEDO,
FERNANDO FORTÚN, RICARDO FUENTE, VICENTE GARCÍA DE DIEGO, J.
GÓMEZ OCERÍN, FRANCISCO A. DE ICAZA, JUAN R. JIMÉNEZ, RICARDO
LEÓN, EDUARDO MARQUINA, G. MARTÍNEZ SIERRA, FRANCISCO MEDINA,
ENRIQUE DE MESA, ANTONIO PALOMERO, R. PÉREZ DE AYALA, JACINTO O.
PICÓN, CIPRIANO RIVAS CHERIF, FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN, VÍCTOR
SAID-ARMESTO, EUGENIO SELLÉS, RAMÓN M. TENREIRO, MIGUEL DE UNAMUNO,
FRANCISCO F. VILLEGAS, NARCISO ALONSO CORTÉS, ETCÉTERA, ETC._
LA PARTE ARTÍSTICA
DE ESTAS EDICIONES ESTÁ ENCOMENDADA AL
ILUSTRE DIBUJANTE
_FERNANDO MARCO_.
[Ilustración: BIBLIOTECA RENACIMIENTO.
OBRAS MAESTRAS DE LA LITERATURA UNIVERSAL.]
[Ilustración: EL CRITICÓN
POR
LORENZO GRACIÁN
EDICIÓN
TRANSCRITA Y REVISADA
POR
JVLIO CEJADOR
RENACIMIENTO
_Casa Central_: MADRID, _Pontejos 3_
SVCVRSALES:
BVENOS AIRES, _Libertad 170_
PARÍS, _26, Rue Richelieu_]
NOTA
“Sabido es que Gracián, en el pináculo de su fama, fué encerrado á
pan y agua en su celda por haber publicado EL CRITICÓN sin permiso de
sus superiores. Lo que escandalizaba á sus colegas era el pecado de
desobediencia, no el tono de sus libros.” Así Fitzmaurice-Kelly en su
_Historia de la Literatura Española_, Madrid, 1913. Las tres partes
de EL CRITICÓN se publicaron, respectivamente, los años de 1651, 1653
y 1657; el año de 1658 murió Gracián. La primera parte salió sin su
nombre, con el anagrama de _García de Marlones_, esto es: _Gracián de
Morales_. En la segunda y tercera parte se lee: _Lorenzo Gracián_. En
la Censura del _Padre Don Antonio Liperi_, _Clérigo Regular_, _Doctor
en Teología y en ambos Derechos. Por comission del Excelentissimo Señor
Conde de Lemos y de Castro, Virrey y Capitán General deste Reyno_,
impresa en la primera parte se lee: “He leído con atención (según la
orden de V. E.) el libro intitulado EL CRITICÓN y su primera parte,
_en la Primavera de la niñez y en el Estío de la juventud_, compuesto
por el Padre Lorenço Gracián, y en él no he hallado cosa opuesta
á...” Vincencio Antonio Lastanosa, hijo del famoso arqueólogo D.
Vincencio Juan de Lastanosa, amigo y admirador de Gracián, dió á la
estampa, contra su voluntad, la mayor parte de sus obras, entre ellas
EL CRITICÓN, como puede verse en documento que trae la Revista de
Bibliotecas y Archivos, 1877, p. 29.
Si fué “contra su voluntad”, el P. Gracián no desobedeció á los
superiores de la Compañía de Jesús. De todos modos, estas persecuciones
dan razón de haber salido con anagrama la primera parte y mudado el
propio nombre de Baltasar por el de Lorenzo en la _Censura_ de la misma
y en la portada de las otras dos partes. Dificultosa tarea echará sobre
sí el que se empeñe en averiguar lo que al P. Gracián pasó con sus
superiores respecto de sus libros y que se sospecha aceleró su muerte,
un año después de publicada la tercera parte de EL CRITICÓN, asombroso
esfuerzo del ingenio humano.
La crítica se ha portado con esta obra tan mal como la Compañía de
Jesús con su autor. El lector que haya leído el primer tomo notará al
leer el segundo que vale mucho más la segunda parte que la primera, y
la tercera muchísimo más que la segunda. Este sol, que iba levantándose
por momentos y brillando cada vez con más vivos resplandores, un año
después cae en el sepulcro. Todos son misterios en Gracián, su vida, su
muerte, su obra.
No lo es menos su bibliografía. En el _Prólogo_ al primer tomo puse lo
que trae Latasa acerca de EL CRITICÓN. Ni Gallardo ni Salvá ni Brunet
dicen nada de particular. Heredia (4.246) pone la primera parte de EL
CRITICÓN como impresa en Zaragoza, 1651; otra edición en Huesca, 1653;
otra en Madrid, 1657. Fitzmaurice-Kelly, en su última edición de la
_Historia de la Literatura Española_, Madrid, 1913, conténtase con
poner entre paréntesis estas mismas fechas (1651, 1653, 1657). ¿Tomólas
de Heredia ó ha visto ejemplares? En la Biblioteca Nacional de Madrid
sólo hay un ejemplar, muy maltratado, de la primera edición de la
segunda parte, Huesca, 1653.
De estas dudas, que ya tenía al escribir mi _Prólogo_, salí después
de impreso el primer tomo, por haber logrado en Aragón un magnífico
ejemplar de la primera edición de cada una de las tres partes de EL
CRITICÓN, verdadero tesoro por lo raro; pero, sobre todo, por ser
la edición primera de esta obra sin par en todas las literaturas.
Comuniqué luego la noticia á mi excelente amigo R. Foulché-Delbosc, el
más entendido de los hispanófilos extranjeros, preguntándole qué sabía
acerca de estas primeras ediciones, y entre otras cosas me respondió:
“El Museo Británico posee ejemplar de las tres primeras ediciones de
EL CRITICÓN, ó si se quiere, ejemplar de la parte primera, de la parte
segunda y de la parte tercera, cada una en su primitivo estado, con
las fechas que señala Fitzmaurice-Kelly; de donde deduzco que casi
seguramente vió dichas ediciones en el referido Museo Británico... Y ya
que estamos hablando de Gracián, sepa usted que en el último número de
la _Révue Hispanique_ de 1913 habrá un estudio de cuatrocientas páginas
sobre este autor.”
Ya que al preparar el primer tomo de esta edición de EL CRITICÓN, que
publica “Renacimiento”, no podía disponer de las primeras ediciones,
me he aprovechado, al menos, de las que hoy poseo para la publicación
del segundo tomo, el cual puedo asegurar que es copia fiel de ellas: la
segunda parte de la primera edición de Huesca, 1653; la tercera parte
de la primera edición de Madrid, 1657, mudadas tan sólo la ortografía y
puntuación.
Véase la portada de la primera edición de cada una de las tres partes:
El Criticón | Primera Parte | en la Primavera | de la niñez, | y en |
el Estío de la ivventud. | Autor García de Marlones, | y lo dedica | al
valeroso cavallero | Don Pablo de Parada, | de la Orden de Christo, |
General de la Artillería y Governa | dor de Tortosa. | Con Licencia. |
En Zaragoza, por Ivan Nogves, y á su costa. | Año M. DC. LI.
El Criticón | Segunda Parte. | ivyziosa cortesana | filosofía, | en el
Otoño de la | varonil edad. | por | Lorenzo Gracián. | y | lo dedica |
al Serenissimo Señor | D. Ivan de Austria. | Con Licencia, | En Huesca:
Por Iuan Noguès. Año 1653. | A costa de Francisco Lamberto, Mercader de
Libros. | Véndese en la Carrera de San Gerónimo.
El Criticón, | Tercera parte. | en el Invierno de la vejez. | por
Lorenzo Gracián. | y lo dedica | al Doctor Don Lorenço Francés de
Vrritigoyti, | Deán de la Santa Iglesia de Siguença. | Con Privilegio.
| En Madrid. Por Pablo de Val. Año de 1657. | A costa de Francisco
Lamberto, véndese en su casa | en la Carrera de San Gerónimo.
Sólo he de añadir que ediciones tan raras como éstas, de las cuales no
hay ni en Madrid otro ejemplar que el mío completo de las tres partes
y el maltrecho de la segunda parte de la Nacional, que sólo se conoce
además el ejemplar del Museo Británico, y que hasta ahora fueron enigma
para los bibliógrafos, deberían reproducirse con todos sus pelos y
señales para que la república de las letras goce en su entereza una
de las más poderosas obras del ingenio español, y la crítica acabe
de levantar á Baltasar Gracián al encumbrado puesto que merece en la
Historia de la Filosofía y de la Literatura.
JULIO CEJADOR.
CRISI VII
_El hiermo de Hipocrinda._
Componían al hombre todas las demás criaturas, tributándole
perfecciones; pero de prestado. Iban á porfía amontonando bienes sobre
él; mas todos al quitar. El cielo le dió la alma, la tierra el cuerpo,
el fuego el calor, el agua los humores, el aire la respiración, las
estrellas ojos, el sol cara, la fortuna haberes, la fama honores,
el tiempo edades, el mundo casa, los amigos compañía, los padres la
naturaleza y los maestros la sabiduría. Mas viendo él que todos eran
bienes muebles, no raíces, prestados todos y al quitar, dicen que
preguntó:
¿Pues qué será mío? Si todo es de prestado, ¿qué me quedará?
Respondiéronle que la virtud. Ésa es bien propio del hombre, nadie se
la puede repetir. Todo es nada sin ella y ella lo es todo. [Marginal:
_Único bien._] Los demás bienes son de burlas; ella sola es de veras.
Es alma del alma, vida de la vida, realce de todas las prendas,
corona de las perfecciones y perfección de todo el ser. Centro es de
la felicidad, trono de la honra, gozo de la vida, satisfación de la
conciencia, respiración del alma, banquete de las potencias, fuente del
contento, manantial de la alegría. Es rara porque es dificultosa y,
dondequiera que se halla, es hermosa y por eso tan estimada.
[Marginal: _Excelencias de la Virtud._]
Todos querrían parecer tenerla; pocos de verdad la procuran. Hasta los
vicios se cubren con su buena capa y mienten sus apariencias: los más
malos querrían ser tenidos por buenos. Todos la querrían en los otros;
mas no en sí mismos. Pretende éste que aquél le guarde fidelidad en
el trato, que no le murmure ni le mienta ni le engañe, trate siempre
verdad, que en nada le ofenda ni agravie; y él obra todo lo contrario.
Con ser tan hermosa, noble y apacible, todo el mundo se ha mancomunado
contra ella. Y es de modo, que la verdadera virtud ya no se ve ni
parece; sino la que le parece. Cuando pensamos está en alguna parte,
topamos con sola su sombra, que es la hipocresía. De suerte, que un
bueno, un justo, un virtuoso florece como la Fénix, que por único se
lleva la palma.
Esto les iba ponderando á Critilo y Andrenio una agradable doncella,
ministra de la Fortuna, de sus más llegadas, que, compadecida de verlos
en el común riesgo, estando ya para despeñarse, les asió del copete
de la Ocasión y los detuvo [Marginal: _De la dicha á la virtud._] y,
dando una voz al Acaso, le mandó echar la puente levadiza, con que
los traspuso de la otra parte, de un alto á otro, de la Fortuna á la
Virtud, con que se libraron del fatal despeño.
[Marginal: _De la Virtud á la Honra._]
Ya estáis en salvo, les dijo. Dicha de pocos lograda, pues visteis caer
mil á vuestro lado y diez mil á vuestra diestra. Seguid ese camino, sin
torcer á un lado ni á otro; aunque un ángel os dijese lo contrario, que
él os llevará al palacio de la hermosa Virtelia, aquella gran reina
de las felicidades. Presto le divisaréis encumbrado en las coronillas
de los montes. Porfiad en el ascenso; aunque sea con violencias: que
de los valientes es la corona. [Marginal: _Fin premiado._] Y aunque
sea áspera la subida, no desmayéis, poniendo siempre la mira en el fin
premiado.
Despidióse con mucho agrado echándoles los brazos. Volvióse á pasar de
la otra parte y al mismo punto levantaron la puente.
¡Oh!, dijo Critilo: ¡qué cortos hemos andado en no preguntarla quién
era! ¿Es posible que no hayamos conocido una tan gran bienhechora?
Aún estamos á tiempo, dijo Andrenio: que aún no la habemos perdido ni
de vista ni de oída.
Diéronla voces y ella volvió un cielo en su cara y dos soles en un
cielo, esparciendo favorables influencias.
Perdona, señora, dijo Critilo, nuestra inadvertencia, no grosería, y
así te favorezca tu reina más que á todas, que nos digas quién eres.
Aquí ella sonriéndose: No lo queráis saber, dijo, que os pesará.
Pero ellos más deseosos con esto, porfiaron en saberlo y así les dijo:
Yo soy la hija mayor de la Fortuna, yo la pretendida de todos, yo la
buscada, la deseada, la requerida, yo soy la Ventura.
Y al momento se traspuso.
[Marginal: _Dicha desconocida._]
Juráralo yo, dijo suspirando Critilo, que en conociéndote habías de
desaparecer. ¡Hase visto más poca suerte en la dicha! Así acontece á
muchos cada día. ¡Oh cuántos, teniendo la dicha entre manos, no la
supieron conocer y después la desearon! Pierde uno los cincuenta, los
cien mil de hacienda y después guarda un real. No estima el otro la
consorte casta y prudente, que le dió el cielo, y después la suspira
muerta y adorada en la segunda. Pierde éste el puesto, la dignidad, la
paz, el contento, el estado, y después anda mendigando mucho menos.
Verdaderamente, que nos ha sucedido, dijo Andrenio, lo que á un galán
apasionado, que, no conociendo su dama, la desprecia y después, perdida
la ocasión, pierde el juicio. Desta suerte malograron muchos el tiempo,
la ocasión, la felicidad, la comodidad, el empleo, el reino, que
después lo lamentaron harto. Así sollozaba el rey navarro pasando el
Pirineo y Rodrigo en el río de su llanto. ¡Pero desdichado sobre todo
quien pierda el cielo!
[Marginal: _Hombres de artificio._]
Así se iban lamentando, prosiguiendo su viaje, cuando se les hizo
encontradizo un hombre venerable por su aspecto, muy autorizado de
barba, el rostro ya pasado y todas sus faciones desterradas, hundidos
los ojos, la color robada, chupadas las mejillas, la boca despoblada,
ahiladas las narices, la alegría entredicha, el cuello de azucena
lánguido, la frente encapotada, su vestido por lo pío remendado,
colgando de la cinta unas disciplinas, lastimando más los ojos del
que las mira, que las espaldas del que las afecta, zapatos doblados
á remiendos, de más comodidad que gala. Al fin, él parecía semilla
de ermitaños. Saludóles muy á lo del cielo para ganar más tierra y
preguntóles para adónde caminaban.
Vamos, respondió Critilo, en busca de aquella flor de reinas, la
hermosa Virtelia, que nos dicen mora aquí en lo alto de un monte, en
los confines del cielo. Y si tú eres de su casa y de su familia, como
lo pareces, suplícote que nos guíes.
Aquí él, después de una gran tronada de suspiros, prorrumpió en una
copiosa lluvia de lágrimas.
¡Oh, cómo vais engañados!, les dijo, ¡y qué lástima que os tengo!
Porque esa Virtelia, que buscáis, reina es; pero encantada. Vive,
aunque más muere, en un monte de dificultades, poblado de fieras,
serpientes que emponzoñan, dragones que tragan, y sobre todo hay un
león en el camino, que desgarra á cuantos pasan. Á más de que la subida
es inaccesible, al fin cuesta arriba, llena de malezas y deslizaderos,
donde los más caen haciéndose pedazos. Bien pocos son y bien raros los
que llegan á lo alto.
Y cuando toda esa montaña de rigores hayáis sobrepujado, queda lo más
dificultoso, [Marginal: _Dificultades de la virtud._] que es su palacio
encantado, guardadas sus puertas de horribles gigantes, que con mazas
aceradas en las manos defienden la entrada y son tan espantosos, que
sólo el imaginarlos arredra. Verdaderamente me hacéis duelo de veros
tan necios, que queráis emprender tanto imposible junto.
Un consejo os daría yo y es que echéis por el atajo, por donde hoy
todos los entendidos y que saben vivir caminan. Porque habéis de saber
que aquí más cerca, en lo fácil, en lo llano, mora otra gran reina, muy
parecida en todo á Virtelia en el aspecto, en el buen modo, hasta en el
andar, que la ha cogido los aires. Al fin un retrato suyo; sólo que no
es ella. Pero más agradable y más plausible, tan poderosa como ella y
que también hace milagros. Para el efecto es la misma.
Porque decidme, vosotros ¿qué pretendéis en buscar á Virtelia y
tratarla? ¿Que os honre, que os califique, que os abone, para conseguir
cuanto hay, la dignidad, el mando, la estimación, la felicidad, el
contento? Pues sin tanto cansancio, sin costaros nada, á pierna
tendida, lo podéis aquí conseguir. No es menester sudar ni afanar ni
reventar como allá. Dígoos que éste es el camino de los que bien saben.
Todos los entendidos echan por este atajo y así está hoy tan valido en
el mundo, que no se usa otro modo de vida.
[Marginal: _Milagros de la apariencia._]
¿De suerte, preguntó Andrenio, ya vacilando, que esa otra reina, que tú
dices, es tan poderosa como Virtelia?
Y que no la debe nada, respondió el Ermitaño. Lo que es el parecer, tan
bueno le tiene y aun mejor y se precia dello y procura mostrarlo.
¿Que puede tanto?
Ya os digo que obra prodigios. Otra ventaja más y no la menos
codiciable, que podréis gozar de los contentos, de los gustos desta
vida, del regalo, de la comodidad, de la riqueza, juntamente con este
modo de virtud, que aquella otra, por ningún caso los consiente. Ésta
en nada escrupulea. Tiene buen estómago, con tal que no haya nota ni
se sepa. Todo ha de ser en secreto. Aquí veréis juntos aquellos dos
imposibles de cielo y tierra juntos, que los sabe lindamente hermanar.
No fué menester más para que se diese por convencido Andrenio. Hízose
al punto de su banda. Ya le seguía, ya volaban.
Aguarda, decía Critilo, que te vas á perder.
Mas él respondía:
No quiero montes. Quita allá gigantes. ¿Leones? ¡Guarda!
Iban ya de carrera arrancada. Seguíales Critilo voceando:
Mira que vas engañado.
Y él respondía:
¡Vivir!, ¡vivir!, ¡virtud holgada!, ¡bondad al uso!
Seguidme, seguidme, repetía el falso Ermitaño, que éste es el atajo del
vivir; que lo demás es un morir continuado.
Fuélos introduciendo por un camino encubierto y aun solapado entre
arboledas y ensenadas, y al cabo de un laberinto con mil vueltas y
revueltas dieron en una gran casa, harto artificiosa, que no fué vista
hasta que estuvieron en ella. Parecía convento en el silencio y todo el
mundo en la multitud. Todo era callar y obrar, hacer y no decir. Que
aun campana no se tañía, por no hacer ruido: no se dé campanada. Era
tan espaciosa y había tanta anchura, que cabrían en ella más de las
tres partes del mundo y bien holgadas.
[Marginal: _Casa á obscuras._]
Estaba entre unos montes, que la impedían el sol, coronada de árboles
tan crecidos y tan espesos, que la quitaban la luz con sus verduras.
¡Qué poca luz tiene este convento!, dijo Andrenio.
Así conviene, respondió el Ermitaño: que donde se profesa tal virtud no
convienen lucimientos.
Estaba la puerta patente y el portero muy sentado, por no cansarse
en abrir. Tenía calzados unos zuecos de conchas de tartugas,
desaliñadamente sucio y remendado.
Éste, dijo Critilo, á ser hembra, fuera la pereza.
¡Oh, no!, dijo el Ermitaño. No es, sino el sosiego. No nace aquello de
dejamiento, sino de pobreza; no es suciedad, sino desprecio del mundo.
Saludóles, dando gracias de su linda vida. Intimóles luego, sin
moverse, con un gancho, un letrero, que estaba encima de la puerta y
decía con unas letras góticas:
Silencio.
Y comentóseles el Ermitaño:
[Marginal: _Vivir de tramoya._]
Quiere decir que de aquí adentro no se dice lo que se siente, nadie
habla claro; todos se entienden por señas, aquí callar y callemos.
Entraron en el claustro; pero muy cerrado: que es lo más cómodo para
todos tiempos.
Iban ya encontrando algunos, que en el hábito parecían monjes y era,
aunque al uso, bien extraño. Por defuera lo que se veía era de piel
de oveja; [Marginal: _Capa de virtud._] mas por dentro lo que no se
parecía era de lobos novicios, que quiere decir rapaces. Notó Critilo
que todos llevaban capa y buena.
Es instituto, dijo el Ermitaño: no se puede deponer jamás ni hacer
cosa, que no sea con capa de santidad.
Yo lo creo, dijo Critilo, y aun con capa de lastimarse. Está aquél
murmurando de todo, con capa de corregir se venga el otro. Con capa de
disimular permite éste que todo se relaje. Con capa de necesidad hay
quien se regala y está bien gordo. Con capa de justicia es el juez un
sanguinario. Con capa de celo todo lo malea el envidioso. Con capa de
galantería anda la otra libertada.
Aguarda, dijo Andrenio. ¿Quién es aquella que pasa con capa de
agradecimiento?
¿Quién ha de ser, sino la Simonía y aquella otra la Usura paliada?
Con capa de servir á la República y al bien público se encubre la
ambición.
¿Quién será aquel, que toma la capa ó el manto para ir al sermón á
visitar el santuario? Parece el Festejo.
El mismo.
¡Oh maldito sacrílego!
Con capa de ayuno ahorra la avaricia, con capa de gravedad nos quiere
desmentir la grosería. Aquél, que entra allí, parece que lleva capa
de amigo y realmente lo es y aun con la de pariente se introduce el
adulterio.
Éstos, dijo el Ermitaño, son de los milagros que obra cada día esta
superiora, haciendo que los mismos vicios pasen plaza de virtudes y
que los malos sean tenidos por buenos y aun por mejores. Los que son
unos demonios hace que parezcan unos angelitos y todo con capa de
virtud.
Basta, dijo Critilo. Que desde que al mismo Justo le sortearon la capa
los malos, ya la tienen por suerte: andan con capa de virtud, queriendo
parecer al mismo Dios y á los suyos.
¿No notáis, dijo el falso Ermitaño y verdadero embustero, qué ceñidos
andan todos, cuando menos ajustados?
Sí; dijo Critilo; pero con cuerda.
Eso es lo bueno, respondió, para hacer bajo cuerda cuanto quieren y
todo va bajo manga. No se les ven las manos, tanto es su recato.
No sea, replicó Critilo, que tiren la piedra y escondan la mano. ¿No
veis aquel bendito, qué fuera del mundo anda? ¡Qué metido va, pues no
piensa en cosa suya, sino en las ajenas! Que no tiene cosa propia. No
se le ve la cara, no es lo mejor lo descarado. Á nadie mira á la cara
y á todos quita el sombrero. Anda descalzo por no ser sentido, tan
enemigo es de buscar ruido.
¿Quién es el tal?, preguntó Andrenio. ¿Es profeso?
Sí, con que cada día toma el hábito y es muy bien diciplinado. Dicen
que es un arrapaaltares, por tener mucho de Dios. Hace una vida
extravagante. Toda la noche vela, nunca reposa. No tiene cosa ni casa
suya y así es dueño de todas las ajenas. Y sin saber cómo ni por dónde,
se entra en todas y se hace luego dueño dellas. Es tan caritativo, que
á todos ayuda á llevar la ropa y cuantos topa, las capas, y así le
quieren de modo, que, cuando se parte de alguna, todos quedan llorando
y nunca se olvidan dél.
[Marginal: _Ladrón centimano._]
Éste, dijo Andrenio, con tantas prendas ajenas más me huele á ladrón,
que á monje.
Ahí verás el milagro de nuestra Hipocrinda, que siendo lo que tú dices,
le hace parecer un bendito. Tanto, que está ya consultado en un gran
cargo, en competencia de otro de casa de Virtelia, y se tiene por
cierto que le ha de hurtar la bendición. Y cuando no, trata de irse á
Aragón, donde muera de viejo.
¡Qué lucido está aquel otro!, dijo Critilo.
Es honra de la penitencia, respondió el Ermitaño, y aunque tan bueno,
no puede tenerse en pie ni acierta á dar un paso.
Bien lo creo, que no andará muy derecho.
Pues sabed que es un hombre muy mortificado: nadie le ha visto comer
jamás.
Eso creeré yo: que á nadie convida, con ninguno parte; todo es predicar
ayuno y no miente. Que en habiéndose comido un capón, con verdad dice:
_ay uno_. Yo juraré por él que en muchos años no se ha visto un pecho
de perdiz en la boca.
Y yo también.
Y tras toda esta austeridad, que usa consigo, es muy suave.
Así lo entiendo: suave de día y _su ave_ de noche. ¿Mas cómo está tan
lucido?
Ahí verás la buena conciencia. Tiene buen buche, no se ahoga con poco
ni se ahita con cosillas. Engorda con la merced de Dios y así todos le
echan mil bendiciones. Pero entremos en su celda, que es muy devota.
Recibiólos con mucha caridad y franqueóles una alhacena no tan á secas,
que no fuese de regadío, dando fruto de dulces, perniles y otros
regalos.
¿Así se ayuna?, dijo Critilo.
Y así hay una gentil bota, respondió el Ermitaño. Éstos son los
milagros desta casa, que siendo éste antes tenido por un Epicuro, en
tomando tan buena capa, se ha trocado de modo, que compite con un
Macario. Y es tanta verdad ésta, que antes de mucho le veréis con una
dignidad.
¿También hay soldados cofadres de la apariencia?, preguntó Andrenio.
Y son los mejores, respondió el Ermitaño. Tan buenos cristianos, que
aun al enemigo no le quieren hacer mala cara, con que no le querrían
ver. [Marginal: _Soldado hipócrita._] ¿No ves aquél? Pues, en dando un
Santiago, se mete á peregrino. En su vida se sabe que haya hecho mal
á nadie. No tengan miedo que él beba de la sangre de su contrario.
Aquellas plumas, que tremola, yo juraría que son más de Santo Domingo
de la Calzada, que de Santiago. El día de la muestra es soldado y el
de la batalla, Ermitaño. Más hace él con un lanzón, que otros con
una pica. Sus armas siempre fueron dobles. Desde que tomó capa de
valiente, es un Ruy Díaz atildado. Es de tan sano corazón, que siempre
le hallarán en el cuartel de la salud. No es nada vanaglorioso y así
suele decir que más quiere escudos, que armas. En dando un espaldar
al enemigo, acude al consejo con un peto y así es tenido por un
buen soldado, muy aplaudido y en competencia de dos Bernardos está
consultado en un generalato. Y dicen que él será el hombre y los otros
se lo jugarán. Que aquí más importa el parecer, que el ser.
[Marginal: _Sabiduría aparente._]
Aquel otro es tenido por un pozo de sabiduría, más honda que profunda.
Y él dice que en eso está su gozo. Aquí más valen testos, que testa.
Nunca se cansa de estudiar. Su mayor conceto dice ser el que dél se
tiene y aun todos los ajenos nos vende por suyos, que para eso compra
los libros. De letras, menos de la mitad basta y lo demás de fortuna.
Que el aplauso más ruido hace en vacío. Y al fin, más fácil es y menos
cuesta el ser tenido por docto, por valiente y por bueno, que el serlo.
¿De qué sirven, preguntó Andrenio, tantas estatuas como aquí tenéis?
¡Oh!, dijo el Ermitaño, son ídolos de la imaginación, fantasmas de
la apariencia. Todas están vacías y hacemos creer que están llenas
de sustancia y solidez. Métese uno por dentro en la de un sabio y
húrtale la voz y las palabras; otro en la de un señor y á todos manda
y todos sin réplica le obedecen, pensando que habla el poderoso y no
es sino un vergante. Ésta tiene la nariz de cera, que se la tuercen
y retuercen como quieren la información y la pasión, ya al derecho,
ya al siniestro, y ella pasa por todo. Mirad bien, reparad en aquel
ministro de Justicia, ¡qué celoso, qué justiciero se muestra! No hay
alcalde Ronquillo rancio ni fresco Quiñones, que le llegue. Con nadie
se ahorra y con todos se viste, á todos les va quitando las ocasiones
del mal, para quedarse con ellas. Siempre va en busca de ruindades y
con ese título entra en todas las casas ruines libremente, desarma los
valientes y hace en su casa una armería. Destierra los ladrones, por
quedar él solo. Siempre va repitiendo ¡justicia! mas no por su casa. Y
todo esto con buen título y aun colorado.
Vieron otros dos, que con nombre de celosos eran dos grandísimos
impertinentes. Todo lo querían remediar y todo lo inquietaban, sin
dejar vivir á nadie, diciendo se perdía el mundo y ellos eran los
más perdidos. Á esta traza iban encontrando raros milagros de la
apariencia, estrañas maravillas de la hipocresía, que engañaran á un
Ulises.
[Marginal: _Oficina de hipócritas._]
Cada día acontece, ponderaba el Ermitaño, salir de aquí un sujeto,
amoldado en esta oficina, instruído en esta escuela, en competencia
de otro de aquella de arriba, de la verdadera y sólida virtud,
pretendiendo ambos una dignidad, y parecer éste mil veces mejor,
hallar más favor, tener más amigos y quedarse el otro corrido y aun
cansado. Porque los más en el mundo no conocen ni examinan lo que cada
uno es; sino lo que parece. Y creedme que de lejos tanto brilla un
claveque como un diamante. Pocos conocen las finas virtudes ni saben
distinguirlas de las falsas. Veis allí un hombre más liviano que un
bofe y parece en lo exterior más grave que un presidente.
¿Cómo es eso?, dijo Andrenio. Que querría aprender esta arte de hacer
parecer. ¿Cómo se hacen estos plausibles milagros?
Yo os lo diré. Aquí tenemos variedad de formas para amoldar cualquier
sujeto, por incapaz que sea, y ajustarle de pies á cabeza. [Marginal:
_Arte de artimaña._] Si pretende alguna dignidad, le hacemos luego
cargado de espaldas; si casamiento, que ande más derecho que un
huso; y, aunque sea un chisgaravís, le hacemos que muestre autoridad,
que ande á espacio, hable pausado, arquee las cejas, pare gesto de
ministro y de misterio, y para subir alto, que hable bajo. Ponémosle
unos antojos, aunque vea más que un lince, que autorizan grandemente. Y
más, cuando los desenvaina y se los calza en una gran nariz y se pone á
mirar de á caballo, hace estremecer los mirados.
Á más desto tenemos muchas maneras de tintes, que de la noche á la
mañana transfiguran las personas, de un cuervo en un cisne callado y
que, si hablare, sea dulcemente, palabras confitadas. Si tenía piel de
víbora, le damos un baño de paloma, de modo, que no muestre la hiel,
aunque la tenga, ni se enoje jamás, porque se pierde en un instante
de cólera cuanto se ha ganado de crédito y de juicio en toda la vida.
Mucho menos muestre asomo de liviandad ni en el dicho ni en el hecho.
Vieron uno, que estaba escupiendo y haciendo grandes ascos.
¿Qué tiene éste?, preguntó Andrenio.
Acércate y le oirás decir mucho mal de las mujeres y de sus trajes.
Cerraba los ojos por no verlas.
Éste sí, dijo el Ermitaño, que es cauto.
Más valiera casto, replicó Critilo. Que desta suerte abrasan muchos
el mundo en fuego de secreta lujuria. Introdúcense en las casas como
golondrinas, que entran dos y salen seis.
Mas ahora, que hemos nombrado mujeres, díme, ¿no hay clausura para
ellas? Pues de verdad, que pueden profesar de enredo.
Sí le hay, dijo el Ermitaño. Convento hay y bien malignante: Dios nos
defienda de su multitud. Aquí están de parte.
Y asomóles á una ventana para que viesen de paso, no de propósito, su
proceder. Vieron ya unas muy devotas, aunque no de San Lino ni de San
Hilario, que no gustan de devociones al uso, sí de San Alejos y de toda
romería.
Aquélla, que allí se aparece, dijo el Ermitaño, es la viuda recatada,
que cierra su puerta al _Ave María_. Mira la doncella, qué puesta en
pretina, no sea _en cinta_. [Marginal: _Profesas de enredo._] Aquella
otra es una bella casada. Tiénela su marido por una santa y ella le
hace fiestas, cuando menos de guardar. Á esta otra nunca le faltan
joyas, porque ella lo es buena. Á aquélla la adora su marido: será
porque lo dora. No gusta de galas, por no gastar la hacienda, y gástale
la honra. De aquélla dice su marido que metería las manos en un fuego
por ella. Más valiera que las pusiera en ella y apagara el de su
lujuria.
Estaba una riñendo unas criadas pequeñas, porque brujuleó no sé qué
ceños, y ella con mayor decía:
En esta casa no se consiente ni aun el pensamiento.
Y repetía entre dientes la criada el eco. Desta otra anda siempre
predicando su madre lo que ella no se confiesa. Decía otra buena madre
de su hija:
Es una bienaventurada.
Y era así, que siempre quisiera estar en gloria.
¿Cómo están tan descoloridas aquéllas?, reparó Andrenio.
Y el Ermitaño:
Pues no es de malas; sino de puro buenas. Son tan mortificadas, que
echan tierra en lo que comen, no sea barro. Mira qué celosas se
muestran éstas; más valiera celadas.
¿Nunca llegamos, dijo Critilo, á ver esta virtud acomodada, esta
prelada suave, esta plática bondad?
No tardaremos mucho, respondió el Ermitaño: que ya entramos en el
refitorio, donde estará sin duda haciendo penitencia.
Fueron entrando y descubriendo cuerpo y cuerpo y más cuerpo, al fin una
mujer toda carne y nada espíritu. Tenía el gesto estragado; mas no el
gusto, desmentidor del regalo.
[Marginal: _Engañamundo._]
Y cuanto más amarillo, dice que tiene mejor color.
Hasta el rosario era de palo santo y tenía por estremo, que siempre
anda por ellos, una muerte para darse mejor vida. Estaba sentada,
que no podía tenerse en pie, equivocando regüeldos con suspiros, muy
rodeada de novicios del mundo, dándoles liciones de saber vivir.
No me seáis simples, les decía; aunque lo podéis mostrar. Que es gran
ciencia saber mostrar no saber. Sobre todo os encomiendo el recato y el
no escandalizar.
Ponderábales la eficacia de la apariencia.
Aquí está todo en el bienparecer, que ya en el mundo no se atiende á lo
que son las cosas; sino á lo que parecen. Porque, mirad, decía, unas
cosas hay que ni son ni lo parecen y ésa es ya necedad. Que, aunque no
sea de ley, procure parecerlo. Otras hay que son y lo parecen y eso no
es mucho. Otras que son y no parecen y ésa es la suma necedad. Pero el
gran primor es no ser y parecerlo. Eso sí que es saber. Cobrad opinión
y conservadla, que es fácil. Que los más viven de crédito. No os metáis
en estudiar; pero alabaos con arte. Todo médico y letrado han de ser
de ostentación. Mucho vale el pico: que hasta un papagayo, porque le
tiene, halla cabida en los palacios y ocupa el mejor balcón. Mirá que
os digo que, si sabéis vivir, os sabréis acomodar y sin trabajo alguno,
sin que os cueste cosa. Sin sudar ni reventar, os he de sacar personas.
Por lo menos que lo parezcáis, de modo, que podáis ladearos con los
más verdaderos virtuosos, con el más hombre de bien. Y si no, tomad
ejemplo en la gente de autoridad y de experiencia y veréis lo que han
aprovechado con mis reglas y en cuán grande predicamento están hoy en
el mundo ocupando los mayores puestos.
Estaba tan admirado Andrenio, cuan pagado de tan barata felicidad,
de una virtud tan de balde, sin violencias, sin escalar montañas de
dificultades, sin pelear con fieras, sin correr agua arriba, sin remar
ni sudar. Trataba ya de tomar el hábito de una buena capa, para toda
libertad y profesar de hipócrita, cuando Critilo, volviéndose al
Ermitaño, le preguntó:
Díme, por tu vida larga, si no buena, ¿con esta virtud fingida miremos
nosotros conseguir la felicidad verdadera?
¡Oh, pobre de mí!, respondió el Ermitaño: en eso hay mucho que decir.
Quédese para otra sitiada.
CRISI VIII
_Armería del valor._
Estando ya sin virtud el Valor, sin fuerzas, sin vigor, sin brío
á punto de espirar, dícese que acudieron allá todas las naciones,
instándole hiciese testamento en su favor y les dejase sus bienes.
No tengo otros, que á mí mismo, les respondió. [Marginal: _Testamento
del valor._] Lo que yo os podré dejar será este mi lastimoso cadáver,
este esqueleto de lo que fuí. Id llegando, que yo os lo iré repartiendo.
Fueron los primeros los italianos, porque llegaron primeros pidieron la
testa.
Yo os la mando, dijo. Seréis gente de gobierno, mandaréis el mundo á
entrambas manos.
Inquietos los franceses, fuéronse entremetiendo y, deseosos de tener
mano en todo, pidieron los brazos.
Temo, dijo, que, si os los doy, habéis de inquietar todo el mundo.
Seréis activos, gente de brazo. No pararéis un punto. Malos sois para
vecinos.
Pero los ginoveses de paso les quitaron las uñas, no dejándoles ni con
qué asir ni con qué detener las cosas. Pero á los españoles les han
dado tan valientes pellizcos en su plata, que no hiciera más una bruja,
chupándoles la sangre, cuando más dormidos.
Item más, dejo el rostro á los ingleses. Seréis lindos, unos ángeles;
mas temo que, como las hermosas, habéis de ser fáciles en hacer cara
á un Calvino, á un Lutero y al mismo diablo. Sobre todo, guardaos no
os vea la vulpeja, que dirá luego aquello de ¡hermosa fachata, mas sin
cerebro!
Muy atentos los venecianos, pidieron los carrillos. Riéronse los demás;
pero el Valor:
No lo entendéis, les dijo: dejad, que ellos comerán con ambos y con
todos.
Mandó la lengua á los sicilianos y, habiendo duda entre ellos y los
napolitanos, declaró que á las dos Sicilias. Á los irlandeses el
hígado. El talle á los alemanes.
Seréis hombres de gentil cuerpo; pero mirá que no lo estiméis más que
el alma.
La melsa á los polacos, el liviano á los moscovitas. Todo el vientre á
los flamencos y holandeses.
Con tal que no sea vuestro Dios.
El pecho á los suecos. Las piernas á los turcos, que con todos
pretenden hacerlas y, donde una vez meten el pie, nunca más lo levantan.
Las entrañas á los persas, gente de buenas entrañas.
Á los africanos los huesos, que tengan que roer, como quien son.
Las espaldas á los chinos, el corazón á los japoneses, que son los
españoles del Asia, y el espinazo á los negros. [Marginal: _Manda á
los Españoles._] Llegaron los últimos los españoles, que habían estado
ocupados en sacar huéspedes de su casa, que vinieron de allende á
echarlos de ella.
¿Qué nos dejas á nosotros?, le dijeron:
Y él:
Tarde llegáis: ya está todo repartido.
¿Pues á nosotros, replicaron, que somos tus primogénitos qué menos que
un mayorazgo nos has de dejar?
No sé ya qué daros. Si tuviera dos corazones, vuestro fuera el primero;
pero mirá, lo que podéis hacer es que, pues todas las naciones os han
inquietado, revolved contra ellas y lo que Roma hizo antes, haced
vosotros después: dad contra todas, repelad cuanto pudiéredes, en fe de
mi permisión.
No lo dijo á los sordos. Hanse dado tan buena maña, que apenas hay
nación en el mundo, que no la hayan dado su pellizco, y á pocos
repelones se hubieran alzado con todo el Valor de pies á cabeza.
Esto les iba exagerando á Critilo y Andrenio á la salida de Francia
por la Picardía un hombre, que lo era y mucho. Pues, así como tienen
unos cien ojos para ver y otros cien manos para obrar, éste tenía cien
corazones para sufrir y todo él era corazón.
¿Saldréis, decía, con cariño de la Francia?
No por cierto, le respondieron, cuando sus mismos naturales la dejan y
los estranjeros no la buscan.
[Marginal: _Francia definida._]
¡Gran provincia!, dijo el de los cien corazones.
Sí, respondió Critilo, si se contentase con sí misma.
¡Qué poblada de gentes!
Pero no de hombres.
¡Qué fértil!
Mas no de cosas sustanciales.
¡Qué llana y qué agradable!
Pero combatida de los vientos, de donde se les origina á sus naturales
la ligereza.
¡Qué industriosa!
Pero mecánica.
¡Qué laboriosa!
Pero vulgar.
La provincia más popular, que se conoce. ¡Qué belicosos y gallardos sus
naturales!
Pero inquietos: los duendes de la Europa en mar y tierra. Son un rayo
en los primeros acometimientos y un desmayo en los segundos.
Son dóciles.
Sí; pero fáciles.
Oficiosos.
Pero despreciables y esclavos de las otras naciones. Emprenden mucho y
ejecutan poco y conservan nada. Todo lo emprenden y todo lo pierden.
¡Qué ingeniosos! ¡qué vivos! ¡y qué prontos!
Pero sin fondo.
No se conocen tontos entre ellos.
Ni doctos, que nunca pasan de una medianía.
Es gente de gran cortesía.
Mas de poca fe, que hasta sus mismos Enricos no viven esentos de sus
alevosos cuchillos.
Son laboriosos.
Así es, al paso que codiciosos.
No me podéis negar que han tenido grandes reyes.
Pero los más de poquísimo provecho.
Tienen bizarras entradas para hacerse señores del mundo.
¡Pero, qué desairadas salidas! Que, si entran á laudes, salen á
vísperas.
Acuden con sus armas á amparar cuantos se socorren de ellas.
Es que son los rufianes de las provincias adúlteras.
¿Son aprovechados?
Sí y tanto, que estiman más una onza de plata, que un quintal de
honra. El primer día son esclavos; pero el segundo amos, el tercero
tiranos insufribles. Pasan de estremo á estremo sin medio: de humanos
á insolentísimos. Tienen grandes virtudes y tan grandes vicios, que
no se puede fácilmente averiguar cuál sea el rey, y al fin, ellos son
antípodas de los españoles.
Pero decidme, ¿cómo fué aquello del Ermitaño? ¿Qué salida dió á la
sagaz pregunta de Critilo?
Confesóme que á la virtud aparente no le corresponde premio sólido ni
verdadero. Que bien se les puede echar dado falso á los hombres; pero
que Dios no es reído. Oyendo esto, hicímonos del ojo y, en viendo la
nuestra, tratamos de colgar el mal hábito de fingidos y saltar las
bardas de la vil hipocresía.
¡Oh, qué bien hicistes! Porque el gozo del hipócrita no dura un
instante entero, es como un punto. Entended una verdad, que de cien
leguas se conoce la que es verdadera virtud ó falsa. Está ya muy
despabilada la advertencia. Luego le conocen á uno de qué pie se mueve
y de cuál cojea. Al paso que el engaño anda metafísico, también la
cautela sutil le va á los alcances, y por más capa que tome de bondad,
no se le escapa de vicio. La virtud sólida y perfecta es la que puede
salir á vistas del cielo y de la tierra. Ésa la que vale y dura, que es
tenida por clara y por eterna. La bellísima Virtelia es la que importa
buscar y no parar hasta hallarla; aunque sea pasando por picas y por
puñales, que ella os encaminará á vuestra Felisinda, en cuya busca toda
la vida vais peregrinando.
Animábales mucho á emprender aquel montón de dificultades, que tan
acobardado tenía á Andrenio.
Ea, acaba, le decía: que esa tu cobarde imaginación te pinta aquel
leonazo del camino muy más bravo de lo que es. Advierte que muchos
tiernos mancebos y delicadas doncellitas le han desquijarado.
¿De qué suerte?, preguntó Andrenio.
Armándose primero muy bien y peleando mejor después: que todo lo vence
una resolución gallarda.
¿Qué armas son ésas y dónde las hallaremos?
Venid conmigo, que yo os llevaré donde las podréis escoger, si no al
gusto, al provecho.
Íbanle ya siguiendo y razonando.
¿Qué importa, decía, sobren armas, si falta el Valor? Eso, más sería
llevarlas para el enemigo.
¿De modo, que ya finó el Valor?, preguntó Critilo.
Sí, ya acabó, respondió él. Ya no hay Hércules en el mundo, que sujeten
monstruos, que deshagan entuertos, agravios y tiranías; que las hagan,
sí; que las conserven, también, obrando cien mil monstruosidades cada
día. Un solo Caco había entonces, un embustero sólo, un ladrón en
toda una ciudad; y ahora en cada esquina hay el suyo y cada casa es
su cueva. Muchos Anteos, hijos del siglo, nacidos del polvo de la
tierra. ¡Pues harpías agarradoras, hidras de siete cabezas y de siete
mil caprichos, jabalís de su torpeza, leones de su soberbia! Todo está
hirviendo de monstruos adocenados, sin hallarse ya quien tenga valor
para pasar las columnas de la fortaleza y fijarlas en los fines de los
humanos intentos, poniendo término á sus quimeras.
[Marginal: _El valor apurado._]
¡Qué poco duró el Valor en el mundo!, dijo Andrenio.
Poco: que el hombre valiente y aquellas sus camaradas nunca duran mucho.
¿Y de qué murió?
De veneno.
¡Qué lástima!
Si fuera en una inmortal, por tan mortal, batalla de Norlinguen, en un
sitio de Barcelona, pase: que un buen fin toda la vida corona; ¿pero de
veneno? ¡Hay tal fatalidad! ¿Y en qué se le dieron?
En unos polvos más letíferos, que los de Milán; más pestilentes, que
los de un royo, de un malsín, de un traidor, de una madrastra, de un
cuñado y de una suegra.
¿Diráslo porque estos valientes siempre acaban levantando polvaredas,
que paran en lodos de sangre?
No; sino con toda realidad digo que la malicia humana se ha adelantado
de modo, que no deja de obrar á los venideros. Ella ha inventado
ciertos polvos tan venenosos y tan eficaces, que han sido la peste
y la ruina de todos los grandes hombres. Y desde que éstos corren y
aun vuelan, no ha quedado hombre de valor en el mundo. Con todos los
famosos han acabado. No hay que tratar ya de Cides ni de Roldanes,
como en otros tiempos. Fuera ahora Hércules juguete, viviera Sansón de
milagro. Dígoos que han desterrado del mundo la valentía y la braveza.
¿Y qué polvos son esos tan traidores?, preguntó Critilo. ¿Son acaso de
basiliscos molidos? ¿De entrañas de víboras destiladas? ¿De colas de
escorpiones? ¿De ojos envidiosos ó lascivos? ¿De intenciones torcidas?
¿De voluntades malévolas? ¿De lenguas maldicientes? ¿Hase vuelto á
quebrar otra redomilla en Delfos, apestando toda la Asia?
Aún son peores y, aunque dicen componerse de aquel alcrebite infernal,
del salitre estigio y de carbones alentados á esternudos del demonio;
pero yo digo que del corazón humano, que excede á la intratabilidad
de las Furias, á la inexorabilidad de las Parcas, á la crueldad de la
guerra, á la tiranía de la muerte. Que no puede ser otro una invención
tan sacrílega, tan execrable, tan impía y tan fatal, [Marginal:
_Estragos de la pólvora._] como es la pólvora, dicha así, porque
convierte en polvo el género humano. Ésta ha acabado con los Héctores
de Troya, con los Aquiles de Grecia, con los Bernardos de España. Ya
no hay corazón ni valen fuerzas ni aprovecha la destreza. Un niño
derriba un gigante, un gallina hace tiro á un león y al más valiente el
cobarde, con que ya ninguno puede lucir ni campear.
Antes ahora, dijo Critilo, he oído ponderar que está más adelantado
el valor, que antes. Porque ¿cuánto más corazón es menester para
meterse un hombre por cien mil bocas de fuego? ¿Cuánto más ánimo para
esperar un torbellino de bombardas, hecho terrero de rayos? Ése sí que
es valor; que todo lo antiguo fué niñería. Ahora está el valor en su
punto, que es en un corazón intrépido; que entonces en un buen brazo,
en tener más fuerza que un gañán, en los jarretes de un salvaje.
Engáñase de barra á barra quien tal dice. ¡Qué dictamen tan exótico y
errado! [Marginal: _Temeridad valerosa._] Pues ése, que él celebra,
no es valor ni lo conoce; no es sino temeridad y locura, que es muy
diferente.
Ahora digo, confirmó Andrenio, que la guerra es para temerarios y aun
por eso diría aquel gran hombre, tan celebrado de prudente en España,
en la primera batalla y la última en que se halló, oyendo zumbir las
balas:
¿Es posible, que desto gustaba mi padre?
Y hanle seguido muchos, confirmándose en su opinión tan segura. Siempre
oí decir que desde que riñeron la Valentía y la Cordura, nunca más han
hecho paz. Aquélla salió de sus casillas á campaña y ésta se apeló el
juicio.
No tienes razón, dijo el Valeroso. ¿Qué hiciera la fortaleza, sin la
prudencia? Que por eso en la varonil edad está en su sazón, y del valor
tomó el renombre de varonil. Es en ella valor lo que en la mocedad
audacia y en la vejez recelo. Aquí está en un medio muy proporcionado.
[Marginal: _Armería victoriosa._]
Llegaron ya á una gran casa, tan fuerte como capaz. Dieron y tomaron
el nombre: que aquí se cobra la fama. Entraron dentro y vieron un
espectáculo de muchas maravillas del valor, de instrumentos prodigiosos
de la fortaleza. Era una armería general de todas armas antiguas y
modernas, calificadas por la experiencia y á prueba de esforzados
brazos, de los más valientes hombres, que siguieron los pendones
marciales. Fué gran vista lograr juntos todos los trofeos del valor,
espectáculo bien gustoso y gran empleo de la admiración.
Acercaos, decía, reconocé y estimá tanto y tan ejecutivo portento de la
fama.
Pero salteóle de pronto un intensísimo sentimiento á Critilo, que le
apretó el corazón hasta exprimirle por los ojos. Reparando en ello el
Valeroso, solicitó la causa de su pena y él:
¿Es posible, dijo, que todos esos fatales instrumentos se forjaron
contra una tan frágil vida? Si fuera para conservarla, estuviera bien:
merecían toda recomendación; ¿pero para ofendella y destruilla, contra
una hoja, que se la lleva el viento, tantas hojas afiladas ostentan su
potencia? ¡Oh, infelicidad humana, que haces trofeo de tu misma miseria!
Señor, los filos deste alfanje cortaron el hilo de la vida á un famoso
rey don Sebastián, digno de la vida de cien Néstores. Este otro, la del
desdichado Ciro, rey de Persia. Esta saeta fué la que atravesó el lado
al famoso rey don Sancho de Aragón y esta otra al de Castilla.
¡Malditos sean tales instrumentos y execrable su memoria! No los vea yo
de mis ojos. Pasemos adelante.
Esta tan luciente espada, dijo el Valeroso, fué la celebrada de Jorge
Castrioto y esta otra del marqués de Pescara.
Déjamelas ver muy á mi gusto.
Y después de bien miradas, dijo:
No me parecen tan raras como yo pensaba. Poco se diferencian de las
otras. Muchas he visto yo de mejor temple y no de tanta fama.
[Marginal: _Trofeos del valor._]
Es que no ves los dos brazos, que las movían, que en ellos consistía la
braveza.
Vieron otras dos, todas teñidas en sangre desde la punta al pomo, muy
parecidas.
Estas dos están de competencia. ¿Cuál venció más batallas campales y
cúyas son?
Ésta es del rey don Jaime el Conquistador y esta otra del Cid
castellano.
Yo me atengo á la primera, como más provechosa y quédese el aplauso
para la segunda, más fabulosa. ¿Dónde está la de Alejandro Magno, que
deseo mucho verla?
No os canséis en buscarla, que no está aquí.
¿Cómo no, habiendo conquistado todo un mundo?
Porque no tuvo valor para vencerse á sí, mundo pequeño: sujetó toda la
India; mas no su ira. Tampoco hallaréis la de César.
¿Ésa no, cuando yo creí fuera la primera?
Tampoco, porque gastó más sus aceros contra los amigos y segó las
cabezas más dignas de vida.
Algunas hay aquí, que, aunque buenas, parecen quedar cortas.