#Los genios#
Lentamente se transforman las religiones. Los cultos del mundo antiguo,
extinguidos al parecer hace tanto tiempo, existen aún, bajo las
exterioridades de nuevos cultos. Han cambiado con frecuencia los nombres
de los dioses, pero el altar sigue siendo el mismo. Los mismos son ahora
los atributos de la divinidad que hace dos mil años, y la fe que la
invoca conserva la «santa simplicidad» de su fanatismo. En los valles
agrestes del Olimpo, por donde saltaban las bacantes desmelenadas,
murmuran hoy oraciones los monjes. En el santo monte Athos, al cual
adoraban desde la superficie de las rumorosas olas marinos de todas las
razas y todos los idiomas, se alzan 935 iglesias en honor de todos los
santos: el dios de los cristianos ha heredado á Zeus, que había sucedido
á dioses mas antiguos. También el templo de Minerva, en Siracusa, cuya
lanza de oro saludaban los marineros desde lejos, derramando en las
aguas una copa de vino, se ha convertido en capilla de la Virgen. Todos
los promontorios marítimos y toda cima de colina, toda montaña coronada
por un templo, tierra adentro, ha conservado adoradores, aunque haya
cambiado el nombre. Recorre un viajero la isla de Chipre, buscando el
templo de Venus Afrodita. «Ya no la llamamos Afrodita (dice devotamente
la mujer á quien ha interrogado); ahora la llamamos la Virgen
Crisapólita.»
Pero no sólo han continuado los pueblos cristianos venerando las
montañas santas de griegos y romanos, sino que han extendido á su manera
su culto por todas las comarcas en que habitan. Lo mismo que nuestros
antepasados de los tiempos de la leyenda, antecesores nuestros más
próximos que vivían en la Edad Media, no podían contemplar la montaña
sin que su imaginación hiciera, vivir seres superiores en los valles
misteriosos y en las cimas radiantes. Verdad es que aquellos seres no
tenían derecho al dictado de dioses; maldecidos por la iglesia, se
transformaban en diablos, en demonios maléficos, ó tolerados por ella,
se convertían en genios tutelares, dioses de contrabando, invocados
únicamente á hurtadillas.
Júpiter, Apolo y Venus habían descendido de su trono y se habían
refugiado en el fondo de antros: aquellos cuyo augusto rostro irradiaba
la luz, quedaban condenados á vivir para siempre en las tenebrosas
cavernas. Las fiestas del Olimpo se habían transformado en aquelarres á
los cuales iban asquerosas brujas cabalgando en escobas á evocar al
diablo en las noches borrascosas. Además, el clima frío, el nublado
cielo de nuestras comarcas del Norte habían de contribuir en gran parte
á la reclusión de los antiguos dioses. Entre nieves y vientos, en medio
de las tempestades, ¿cómo habían de poder solazarse en alegres
banquetes, saborear la ambrosía y tañer la áurea lira? Apenas se podía
soñar con su presencia en aquellos palacios fantásticos edificados en un
momento por los rayos del sol en las resplandecientes cúspides y no
menos rápidamente desaparecidos como ensueños ó vanos espejismos.
Dioses y genios son las personificaciones de cuanto tiene y de cuanto
desea el hombre. Todos sus terrores y todas sus pasiones tomaban en otro
tiempo sobrenatural forma. Así es que uno de los espíritus de la montaña
son magos formidables que abrasan la hierba de los pastos, matan el
ganado, malefician á los caminantes, cuando otros, en cambio, son seres
benévolos, cuyos favores conquista una jarra de leche vertida ó un
sencillo conjuro. Al buen genio se dirige el pastor para que acreciente
sus rebaños con chotos y corderos vigorosos y perfectos. A él
especialmente acuden jóvenes y viejos, hombres y mujeres, para pedirle
lo que desgraciadamente sería para todos la alegría suprema de la vida,
oro, riquezas, un tesoro. Cuéntannos antiguas tradiciones como los
genios de la montaña se meten por las venas de la tierra para
introducir en ellas cristales y metal, para mezclar diversamente
minerales y tierras. Otras leyendas dicen cómo y á qué hora hay que
golpear la piedra sagrada que tapa las riquezas, qué señales hay que
hacer, qué extrañas sílabas hay que pronunciar. Pero si algo se olvida,
si en vez de un sonido se oye otro, todos los conjuros son ineficaces.
He visto enormes excavaciones practicadas por montañeses en lo más alto
de una punta de rocas oculta por las nieves durante nueve meses del año.
Aquella punta estaba consagrada á un santo que, como protector del
monte, había sucedido á un dios pagano. Todos los veranos volvían los
buscadores de tesoros á ahondar en la cima, sirviéndose de las palabras
y de los gestos sacramentales. No encontraban más que hojas de esquisto
debajo de otras hojas iguales, pero no faltaba ávido cazador que
siguiese trabajando, y procuraba evocar al genio con nueva fórmula, con
grito victorioso.
Más interesantes que estos dioses guardadores de tesoros son aquellos
que en las cavernas de la montaña tienen el encargo de conservar el
genio de toda una raza. Ocultos en el espesor de una roca, representan
al pueblo entero, con sus tradiciones, su historia y su porvenir. Viejos
como el monte, durarán tanto como él, y mientras vivan ellos vivirá la
raza cuyos grupos andan esparcidos por los valles cercanos. Por eso
miran los vascos con orgullo el pico de Anie donde su dios se esconde
tanto más viviente, cuanto más desconocido para el sacerdote. «Mientras
estés ahí (le dicen), aquí estaremos nosotros.» Y poco les falta para
creerse eternos, cuando hasta su lenguaje desaparecerá mañana.
Al mismo orden de ideas populares pertenecen las leyendas de los
guerreros ó profetas que, durante siglos enteros, esperan un día grande
ocultos en alguna gruta profunda de la montaña. Tal es el mito de aquel
emperador alemán que meditaba, apoyado en una mesa de piedra y cuya
blanca barba, sin cesar de crecer, se había arraigado en la roca. A
veces un cazador ó un bandolero penetraba en la caverna y turbaba el
descanso del poderoso anciano. Este levantaba lentamente la cabeza,
hacía una pregunta al tembloroso visitante y después volvía á su
interrumpida meditación, diciendo al suspirar: «¿Todavía no?» ¿Qué
esperaba para morir en paz? Indudablemente el eco de alguna gran
batalla, el hedor de un río de sangre humana, una inmensa degollación en
honor de su imperio. ¡Ah! ¡Ojalá se haya dado ya esa última batalla y se
haya convertido en un montón de cenizas el siniestro emperador!
Mucho más conmovedora y hermosa es la leyenda de los tres suizos que
también esperan un día grande en el espesor de una alta montaña de los
antiguos cantones. Son tres, como los tres que juraron conquistar la
libertad en la pradera del Grutli, y los tres se apellidan Tell, como el
que derribó al tirano. También están adormecidos: también meditan, pero
el fondo de su ensueño no es la gloria, sino la libertad, y no sólo la
libertad suiza, sino la libertad de todos los hombres. De cuando en
cuando, levántase uno para mirar el mundo de lagos y praderas, pero
vuelve tristemente hacia sus compañeros y suspira al decir: «Todavía
no.» El día de la gran liberación no ha llegado. Esclavos aún, no han
dejado los pueblos de adorar el sombrero de sus amos.