#El hombre#
Esperemos, de todos modos, confiadamente: el día grande vendrá. Vánse
los dioses y llévanse consigo á los reyes, tristes representantes suyos
en la tierra. Aprende despacio el hombre á hablar el lenguaje de la
libertad: aprenderá también á practicarla.
Las montañas que tienen, á lo menos, el mérito de ser hermosas, forman
parte del número de esos dioses que van perdiendo ya sus adoradores. Sus
truenos y sus aludes no son ya para nosotros los rayos de Júpiter: sus
nubes dejaron ya de ser los vestidos de Juno: ya subimos sin temor á los
valles altos, residencia de los dioses ó guarida de genios. Las cumbres,
formidables en otro tiempo, son hoy atractivo de millares de trepadores
que han emprendido la tarea de que no quede peñón ni campo de hielo
virgen de paso humano. En nuestras comarcas occidentales de Europa, casi
todas las cúspides han sido conquistadas sucesivamente: las de Asia,
Africa y América lo serán con el tiempo. Ya que ha terminado casi la era
de los grandes descubrimientos geográficos y se conoce la tierra en su
conjunto, salvo en algunos trechos, numerosos viajeros, obligados á
contentarse con gloria menor, dispútanse la honra de ser los primeros en
subir á montañas aun no visitadas. Hasta á Groenlandia han ido á buscar
cimas desconocidas los aficionados á ascensiones.
Parece que muchos de esos que cada año, en el buen tiempo, intentan
trepar á alguna cima alta y de difícil acceso, suben impulsados por
fútil vanidad. Buscan, según se dice, un medio penoso, pero seguro, de
que los periódicos repitan su nombre, como si con una ascensión de esas
hicieran algo útil á la humanidad. Llegados á la cumbre, redactan, con
las manos entumecidas por el frío, un acta de su gloria, destapan
ruidosamente botellas del espumoso vino, disparan pistoletazos como
verdaderos conquistadores y tremolan banderas frenéticamente. Donde la
cima de la montaña no está revestida de nieve, colocan en ella un montón
de piedras, á fin de encontrarse á algunos centímetros más de altura.
Considéranse reyes y señores del mundo, ya que la montaña toda es su
pedestal para ellos y ven los reinos yaciendo á sus pies. Extienden la
mano como para cogerlos. No de otro modo un poeta campesino, invitado
por primera vez á visitar un real sitio, pidió permiso para sentarse un
momento en el trono. Cuando lo logró, apoderóse de él el vértigo del
mando, y viendo revolotear á una mosca cerca de él, exclamó: «¡Ah! ¡Como
ahora soy rey, te aplasto!» y espachurró al pobre insecto contra el
brazo del dorado sillón.
Sin embargo, el hombre modesto, el que no pregona su ascensión, ni
ambiciona la gloria efímera de haber subido á algún pico de difícil
acceso, también experimenta una gran alegría cuando huella una elevada
cumbre. Saussure no ha pasado tantos años con la mirada fija en la
cúpula del Monte Blanco, ni ha intentado su ascensión tan repetidas
veces con el único fin de ser útil á la ciencia. Cuando, después de
Bahuat, llegó á la nieve hasta entonces inmaculada, no tuvo sólo el
gusto de poder hacer observaciones nuevas: debió de entregarse también á
la inocente dicha de haber conquistado por fin el rebelde monte. El
cazador de animales y el de hombres también se alegran cuando, después
de porfiada persecución por bosques y barrancos, ribazos y valles, se
encuentran frente á su víctima y consiguen alcanzarla con sus balas. Ni
fatigas ni riesgos les han hecho cejar, porque una esperanza los
sostenía, y cuando descansan junto á la derribada presa, olvidan cuanto
han padecido. Como el cazador, el trepador de cimas disfruta de este
júbilo de la conquista después del esfuerzo, pero además siente la dicha
de no haber arriesgado más que su vida propia. Ha conservado puras las
manos.
En las grandes ascensiones, el peligro es inminente muchas veces y á
cada momento se expone uno á la muerte, pero siempre sigue adelante y se
siente sostenido é impulsado por una gran alegría al considerar que se
sabe evitar el peligro con la solidez de los músculos y la serenidad del
ánimo. Hay que sostenerse muchas veces en una pendiente de nieve helada,
en la cual un paso mal dado cuesta la caída al precipicio. Otras veces
hay que arrastrarse por un ventisquero, agarrándose á una aspereza de la
nieve que, si se rompe, ocasiona el desplome en una sima, cuyo fondo no
se ve. También hay que escalar paredes de rocas, cuyas salientes apenas
tienen la anchura suficiente para apoyar en ellas el pie, y están
cubiertas por una capa de escarcha que parece palpitar bajo el agua
glacial que corre por encima. Pero tales son el valor y la tranquilidad
del espíritu, que ni un músculo se permite un movimiento falso, y todos
armonizan sus esfuerzos para evitar el peligro. Resbala un viajero sobre
una roca de pizarra lisa y muy pendiente, cortada bruscamente por un
precipicio de cien metros de altura. Baja con rapidez vertiginosa por el
plano inclinado, pero se extiende también para ofrecer mayor superficie
al roce y tropezar con todas las ligeras asperezas de la peña; utiliza
con tal habilidad los brazos y las piernas á manera de frenos, que se
detiene en el borde del abismo. Precisamente corre por allí un arroyuelo
antes de formar cascadas y como el viajero tenía sed, bebe
tranquilamente, con la cara en el agua, antes de pensar en levantarse
para volver á emprender la marcha por rocas menos peligrosas.
El trepador tiene más amor á la montaña, cuanto más expuesto ha estado á
perecer, pero el sentimiento del peligro vencido no es la única alegría
de la ascensión, especialmente para el hombre que, durante su vida, ha
tenido que sostener rudos combates para cumplir con su deber. Aunque no
quiera, ha de ver en el camino no recorrido, con difíciles pasos,
nieves, grietas, obstáculos de todo género, una imagen del penoso camino
de la virtud: esta comparación de las cosas materiales con el mundo
moral se impone á su espíritu y le hace pensar: «A pesar de la
naturaleza, he alcanzado éxito próspero: la cumbre está bajo mis
plantas: verdad es que he sufrido, pero vencí, y cumplí mi deber.» Este
sentimiento hace toda su fuerza en aquellos que han de llevar á cabo
realmente la misión científica de escalar una cima peligrosa, ya para
estudiar rocas y fósiles, ya para enlazar una red de triángulos y
levantar el plano de una comarca. Estos tienen derecho á su propio
aplauso después de haber conquistado la altura: si en su viaje les
ocurre una desgracia, merecen el dictado de mártires. La humanidad
agradecida debe recordar sus nombres, bastante más nobles que los de
tantos supuestos grandes hombres.
Tarde ó temprano las edades heroicas de la exploración de las montañas
acabarán como las de la exploración de la llanura, y el recuerdo de los
trepadores famosos se convertirá en leyenda. Unas tras otras habrán sido
escaladas todas las montañas de las regiones populosas: construíanse
senderos cómodos y después grandes carreteras desde la falda á la
cúspide para facilitar la ascensión hasta á los hombres ociosos y
estragados: se dispararán barrenos entre las grietas de los ventisqueros
para enseñar á los papanatas la contextura del cristal: se establecerán
ascensores mecánicos junto á las paredes de los montes inaccesibles en
otro tiempo, y los que viajan por recreo se harán subir á lo largo de
los vertiginosos muros fumándose un cigarro y hablando de cosas
escandalosas.
¡Pero si ya se sube á las cumbres en ferrocarril! Ahora han discurrido
los inventores locomotoras de montaña para que podamos respirar el aire
libre del cielo durante la hora de digestión que sigue á la comida. Los
americanos, gente práctica hasta en la poesía, han inventado este nuevo
sistema de ascensión. Para llegar pronto y sin cansancio al vértice de
su más venerada montaña, á la cual han dado el nombre de Washington,
héroe de la independencia, la han enlazado con la red de sus
ferrocarriles. Rocas y pastos están rodeados de una espiral de rieles
que suben y bajan alternativamente los trenes silbando y desenrollando
sus anillos como gigantescas serpientes. Hay una estación en la cima y
también fondas y kioscos de estilo chinesco. El viajero que va en busca
de emociones encuentra allí bizcochos, licores y poesías á la salida
del sol.
Lo que han hecho los americanos en el monte Washington, lo han imitado á
escape los suizos en el Righi, en el centro del panorama grandioso de
lagos y montañas. También lo han hecho en el Utli; lo harán en otros,
llevando sus cumbres, como si dijéramos, al nivel de la llanura. La
locomotora pasará de valle en valle y por encima de los picos, como pasa
un barco subiendo y bajando encima de las olas del mar. Cuanto á las
altas cúspides de los Andes y del Himalaya, sobradamente elevadas en la
región del frío para que el hombre pueda subir á ellas directamente, ya
vendrá día en que se las arregle para alcanzarlas. Ya le han llevado los
globos á dos ó tres kilómetros más de altura: otras naves aéreas irán á
dejarle encima del Gaurisankar, sobre la «Gran Diadema del Cielo
brillante».
En esa gran labor de arreglo de la naturaleza no basta con hacer fácil
la subida á los montes; en caso necesario se intenta suprimirlos. No
contentos con hacer escalar á sus carreteras los montes más arduos, los
ingenieros perforan las rocas que le estorban para que pasen sus vías de
hierro de valle á valle. A pesar de cuantos obstáculos ha puesto á su
camino la naturaleza, el hombre pasa y hace una tierra nueva apropiada á
sus necesidades. Cuando necesita un gran puerto para refugio de sus
navíos, coge un promontorio de la orilla del mar y lo tira roca por roca
al fondo del agua para convertirlo en rompe-olas. ¿Por qué, si se le
antojara, no había de coger montañas grandes, para triturarlas y
diseminar sus restos por el suelo de las llanuras?
Y el caso es que ya se ha emprendido ese trabajo. Cansados los mineros
de California de que los arroyos les vayan trayendo la arena con
partículas de oro, se les ha ocurrido atacar la misma montaña. En muchos
sitios destrozan el duro peñón para sacarle el metal, pero el trabajo es
difícil y costoso. La tarea es más fácil cuando han de habérselas con
terrenos de transporte, como arena movible y guijarros. De modo que se
han instalado enfrente de la montaña con enormes bombas para incendios,
ahondando sin cesar las escarpas con continuo chorro de agua y
demoliendo así poco á poco la montaña para extraerle todas las moléculas
de oro. También en Francia ha brotado la idea de desmoronar de la misma
manera una parte del inmenso hacinamiento de aluviones antiguos
acumulados en mesetas delante de los Pirineos: por medio de canales,
todos esos residuos, transformados en limo fertilizador, servirían para
elevar y fecundar las secas llanuras de las Saudas.
Esos progresos son ciertamente considerables. Ya pasaron los tiempos en
que los únicos caminos de la montaña eran rodadas tan estrechas que dos
peatones que fueran en sentido contrario no podían dejarse paso y tenía
que pasar uno por encima del otro, tumbado en el sendero. Todos los
puntos de la tierra van siendo accesibles, hasta para los inválidos y
los enfermos; al mismo tiempo, todos los recursos van siendo utilizables
y la vida del hombre se prolonga con todas las horas robadas al periodo
de esfuerzos, mientras su haber se acrecienta con todos los tesoros
arrancados á la tierra. Como todas las cosas humanas, traerán consigo
esos progresos los correspondientes abusos: y alguna vez habrá quien
esté á punto de maldecirlos, como ya se han lanzado maldiciones en otro
tiempo contra la palabra, la escritura, el libro y hasta el pensamiento.
Digan lo que quieran los aficionados al tiempo viejo, la vida que es tan
dura para la mayor parte de los hombres, se irá haciendo cada vez más
fácil. Velemos para que una educación fuerte arme al joven con enérgica
voluntad y le haga siempre capaz de heroico esfuerzo, único medio de
sostener el vigor moral y material de la humanidad. Sustituyamos con
pruebas metódicas el rudo combate de la existencia con el cual tenemos
que comprar hoy la fuerza de ánimo. Antes, cuando la vida era una
incesante batalla del hombre contra el hombre y contra la fiera, al
adolescente se le miraba como á un niño, mientras no llevara algún
trofeo sangriento á la choza paterna. Tenía que probar la fuerza de su
brazo, la solidez de su valor antes de atreverse á tomar la palabra en
el consejo de los guerreros. En los países donde el peligro, más que en
combatir al enemigo, consistía en tener que sufrir hambre, frío,
intemperie, el candidato al título de hombre era abandonado en el
bosque sin alimento, sin vestidos, expuesto al cierzo y á las picaduras
de los insectos: tenía que permanecer allí, inmóvil, altivo y plácido el
rostro, y después de varios días de espera había de tener aún bastantes
fuerzas para dejarse atormentar sin quejarse y asistir á una abundante
comida sin adelantar la mano para coger su parte. Hoy no se imponen ya á
nuestros jóvenes tan bárbaras pruebas, pero hay que saber hacer elevadas
y firmes las almas de los niños, no sólo contra las desgracias posibles,
sino también, y más aún, contra las facilidades de la vida, si queremos
evitar la decadencia y el embrutecimiento. Trabajemos para hacer dichosa
á la humanidad, pero enseñémosle al mismo tiempo á triunfar de su propia
dicha con la virtud.
En esta capital, labor de la educación de los hijos, y por consiguiente,
de la humanidad futura, la montaña tiene que representar un papel
importante. La verdadera escuela debe ser la naturaleza libre con sus
hermosos paisajes para contemplarlos, con sus leyes para estudiarlas,
pero también con sus obstáculos, para vencerlos. No se educan hombres
animosos y puros en salas estrechas con ventanas enrejadas. Déseles, al
contrario, la alegría de bañarse en los lagos y en los torrentes de la
montaña, hágaseles pasear por los ventisqueros y los campos de nieve,
lléveselos á escalar las elevadas cumbres. No sólo aprenderán fácilmente
lo que no les podría enseñar ningún libro, no sólo recordarán todo lo
que hayan aprendido en aquellos días felices en que la voz del profesor
se confundía para ellos en una misma impresión, con la vista de paisajes
encantadores, sino que también se habrán encontrado frente al peligro y
lo habrán arrostrado alegremente. El estudio será un placer para ellos y
su carácter se formará en la alegría. No puede dudarse de que estamos en
vísperas de llevar á cabo los cambios más importantes en el aspecto de
la naturaleza, así como en la vida de la humanidad: ese mundo exterior
que tan poderosamente hemos modificado ya en su forma, lo
transformaremos para nuestro uso más enérgicamente aún. Según van
creciendo nuestro saber y nuestro poder material, la voluntad humana se
manifiesta más imperiosa frente á la naturaleza. Actualmente, casi todos
los pueblos que se llaman civilizados emplean todavía la mayor parte de
su sobrante anual en preparar los medios de matarse mutuamente y de
asolar los territorios ajenos, pero cuando, con mejor consejo, lo
apliquen á aumentar la fuerza productiva del suelo, á utilizar en
comunidad todas las fuerzas de la tierra, á suprimir todos los
obstáculos naturales que opone á la libertad de nuestros movimientos,
cambiará ante la vista la apariencia del planeta que en su torbellino
nos lleva. Cada pueblo dará, digámoslo así, nueva vestidura á la
naturaleza que le rodee. Con campos y caminos, moradas y construcciones
de todo género, por la agrupación impuesta á los árboles, por el
ordenamiento general de los paisajes, la población dará la medida de su
ideal propio. Si posee en realidad el sentimiento de la belleza, hará á
la naturaleza más hermosa: pero si la gran masa de la humanidad tuviera
que seguir como es hoy, grosera, egoísta y falsa, continuará grabando
tristes huellas en la tierra. Entonces será una verdad el grito del
poeta: «¿A dónde huiré? ¡La naturaleza se afea!»
Sea como fuere la humanidad en lo porvenir, cualquiera que deba ser el
aspecto del medio que ha de crearse, la soledad, en lo que queda de la
naturaleza libre, se hará cada vez más necesaria al hombre que, lejos
del conflicto de deseos y de opiniones, quiera fortalecer su
pensamiento. Si los sitios más hermosos de la tierra llegaran á
convertirse un día en punto de reunión de los ociosos, á aquellos que
gustan de vivir en la intimidad con los elementos, no les quedaría otro
recurso que huir en una barca al alta mar ó esperar el día en que puedan
cernirse como el ave en las profundidades del espacio, pero siempre
echarían de menos los frescos valles de las montañas, los torrentes que
brotan de la inmaculada nieve, las blancas ó sonrosadas pirámides que se
yerguen en lo azul del cielo. Afortunadamente, la montaña es siempre el
retiro más benigno para quien huye de los caminos abiertos por la moda.
Durante mucho tiempo podremos apartarnos del mundo frívolo y
reconcentrarnos en la verdad de nuestro pensamiento, alejados de esa
corriente de opiniones vulgares y ficticias que turban y descaminan
hasta á los espíritus más sinceros.
¡Qué asombro, qué insólita impresión sentí en todo mi ser cuando,
traspuesto el umbral del último desfiladero de la montaña, me volví á
ver en la gran llanura de indistintas y fugitivas lontananzas de
ilimitado espacio! Ante mí estaba el mundo inmenso. Podía yo ir hacia el
punto del horizonte al cual me impulsara el capricho, y, sin embargo,
por más que andaba, me parecía que no cambiaba de sitio, de tal modo
había perdido la naturaleza que me rodeaba su encanto y su variedad. Ya
no oía el torrente, ya no veía rocas ni nieves; la monótona campiña era
la misma siempre. Libres eran mis pasos, y sentíame no obstante más
prisionero que en la montaña. Cualquier árbol, cualquier arbusto
bastaban á ocultarme el horizonte: todos los caminos estaban cerrados en
ambas partes por setos ó vallas.
Al alejarme de los amados montes, que parecían huir lejos de mí, miraba
á veces hacia atrás para contemplar sus curvas empequeñecidas.
Confundíanse poco á poco las pendientes en una misma masa azulada:
dejaban de verse las anchas cortaduras dé los valles: perdíanse las
cimas secundarias: únicamente se dibujaba en el fondo luminoso el perfil
de las altas cúspides. Por fin, la bruma de polvo y de impurezas que se
eleva desde las llanuras me ocultó las pendientes bajas: quedaba tan
sólo una especie de decoración cimentada en nubes y á penas podía
encontrar mi mirada alguna de las cumbres pisadas en otro tiempo.
Después los vapores cubrieron todos los contornos; rodeóme por todas
partes la llanura de invisibles límites. Desde entonces quedaba detrás
de mí la montaña y volvía yo al gran tumulto de los humanos. Pero á lo
menos he podido conservar en la memoria la suave impresión de lo pasado.
Veo surgir nuevamente ante mis ojos el amado perfil de los montes,
vuelvo á entrar con el pensamiento en las umbrosas cañadas, y durante
algunos instantes puedo disfrutar apaciblemente de la intimidad con la
roca, el insecto y el tallo de hierba.