CAPÍTULO XX

#El Olimpo y los dioses#

Así como la gloria de la imperceptible Grecia sobrepuja en brillo á la

de todos los imperios de Oriente, así el Olimpo, la más alta y bella de

las montañas sagradas de los helenos, ha llegado á ser en la imaginación

de los pueblos el monte por excelencia: ninguna cima, ni la del Meru, ni

las del Elburs, el Ararat ó el Líbano, despierta en el espíritu humano

tantos recuerdos de grandeza y de majestad. Pocas ha habido, por

supuesto, tan admirablemente situadas para atraer la mirada y servir de

señal á las razas que recorrían el mundo. Colocado en el ángulo del mar

Egeo y dominando todas las cúspides cercanas desde la mitad de su

altura, veían los marinos el Olimpo desde enormes distancias. Desde las

llanuras de Macedonia, desde los ricos valles de Tesalia, desde los

montes Othrys, Findo, Bermio y Athos, se ve en el horizonte su triple

cúpula y sus pendientes «de mil rugosidades», de las cuales habla

Homero. La fertilidad de los campos extendidos en su falda llamaba á sí

desde todas partes á las muchedumbres que allí iban á encontrarse, ya

para mezclarlas, ya para matarse unas á otras. Finalmente, el Olimpo

domina los desfiladeros que forzosamente habían de seguir las tribus ó

los ejércitos en marcha, de Asia á Europa ó de Grecia á los países

bárbaros del Norte. Se alza como hito militar en la carretera que

seguían entonces las naciones.

Muchas otras montañas del mundo helénico debían á sus nieves

resplandecientes el nombre de Olimpo ó _luminosa_, pero ninguna lo

merecía tanto como la de Tesalia, cuya cumbre servía de trono á los

dioses.

Y es que el mismo pueblo heleno había pasado su infancia nacional en el

valle y las llanuras, tendido á la sombra de la gran montaña. De Tesalia

procedían los helenos del Atica y del Peloponeso: allí habían combatido

con los monstruos sus primeros héroes y allí sus primeros poetas,

guiados por la voz de las musas Piérides, habían compuesto himnos y

cánticos de victoria y de júbilo. Inundando pueblos en lejanas comarcas,

recordaban las tribus griegas la divina montaña que en sus cañadas les

había dado vida y alimento.

Casi todos los grandes acontecimientos de la historia mítica se habían

verificado en aquella parte de Grecia, y entre ellos, el más importante,

el que decidió del mando en cielo y tierra. El Olimpo era la ciudadela

elegida por los nuevos dioses, y en derredor habían acampado las

divinidades antiguas, los titanes monstruosos hijos del Cáos. De pie en

los montes Othrys, que se desenvuelven al Sur en vasto semicírculo, los

gigantes agarraban enormes rocas, montañas enteras y las arrojaban

contra el Olimpo medio desarraigado. Para erguirse más arriba, hacinaron

los viejos titanes monte sobre monte que les sirviera de pedestal, pero

la gran cumbre nevada los dominaba siempre y los rodeaba con nubes

sombrías de donde brotaban los rayos. Los gigantes, alimentados con las

propias fuerzas de la tierra, llevaban en la voz los rugidos del huracán

y en los brazos el vigor de la tormenta: con sus cien manos lanzaban al

azar el pedrisco de rocas, pero luchaban con el ciego furor de los

elementos contra dioses jóvenes é inteligentes. Sucumbieron, y bajo los

escombros del monte quedaron aplastados con ellos pueblos enteros. No de

otro modo los caprichos de los reyes han sido causa de la destrucción de

naciones, como por equivocación.

Habían cesado hacia tiempo los prodigiosos combates del Olimpo, cuando

los pueblos jonios y dorios tuvieron poetas para cantar sus propias

hazañas y más tarde historiadores para relatarlas. Entonces Zeus, padre

de dioses y de hombres, residía en paz en la montaña sagrada: á un lado

estaba Heza, la diosa mujer siempre y siempre virgen. En torno estaban

los otros inmortales de rostro eternamente alegre y bello. Luminoso éter

bañaba la cumbre del Olimpo y jugueteaba en la cabellera de los dioses:

nunca perturbó la tormenta el descanso de aquellos dichosos seres, ni

lluvia, ni nieve caía sobre la espléndida cúspide. Las nubes amontonadas

por Zeus se enrollaban á sus pies, alrededor de los peñascos que

formaban el soberbio cimiento de su trono. A través de los intersticios

de aquel velo que abrían y cerraban las Horas á gusto del sueño,

contemplaba éste el mar, la tierra, las ciudades y los pueblos. Sobre la

cabeza de aquellos hombres que se agitaban, suspendía el inflexible

destino, decidía la vida ó la muerte, distribuía á su antojo benéfica

lluvia ó rayo vengador. Ninguna lamentación de abajo turbaba á los

dioses en su quietud eterna. El néctar era siempre delicioso, la

ambrosía exquisita. Saboreaban el olor de las hecatombes, oían como una

música el concierto de las voces suplicantes. Debajo de ellos se

extendía como espectáculo infinito el cuadro de las luchas y de la

miseria humana: veían chocar las armas, sumergirse las armadas,

convertirse en fuego y humo las ciudades, extenuarse de fatiga á los

infelices labradores, mirmidones casi invisibles, para alcanzar cosechas

que había de robarles un poderoso; hasta bajo el techo de las casas,

veían llorar á las mujeres y gemir á los niños. A lo lejos, su enemigo

Prometeo lamentábase, aherrojado en una peña del Cáucaso. Tales eran las

venturas de los dioses. ¿Hubo algún heleno, pastor, sacerdote ó rey que

se atreviera á trepar por las pendientes de Olimpo que dominan los

altos pastos de las cañadas y las lomas? ¿Atrevióse alguien á poner el

pie sobre la cumbre para encontrarse de pronto en presencia de los

dioses terribles? Refieren los escritores antiguos que hubo filósofos

que no temieron escalar el Etna, con ser mucho más elevada que el

Olimpo, pero no mencionan á ningún mortal que tuviese la audacia de

subir á la montaña divina, ni siquiera en la época científica, cuando la

filosofía enseñaba que Zeus y los otros inmortales eran meras

concepciones del espíritu humano.

Más tarde, otras religiones de pueblos diversos que viven en las

llanuras cercanas se apoderaron de la montaña santa y la consagraron á

nuevas divinidades. En vez de Zeus, adoraron los cristianos griegos en

ella á la Santísima Trinidad: en sus tres principales cúspides miran

todavía los tres grandes tronos del cielo. Uno de sus más elevados

promontorios, que sostenía tal vez en otro tiempo el templo de Apolo, lo

domina ahora un monasterio de San Elías: una de sus cañadas, que

recorrían las bacantes cantando _Evoke_ en honor de Dionysos ó Baco, la

habitan los monjes de San Dionisio. Sucedieron sacerdotes á sacerdotes,

y el respeto supersticioso de los modernos á la adoración de los

antiguos, pero quizá la cumbre más alta, permanece aun hoy virgen de

huella humana. La suave luz que resplandece en sus rocas y en sus nieves

no ha iluminado aún á nadie desde que se fueron los dioses griegos.

Hace pocos años, todavía habría sido difícil al europeo llegar hasta el

vértice de la montaña, porque los kleptos helenos, de infalible

puntería, ocupaban todos los desfiladeros: allí se habían fortificado

como en una ciudadela enorme, y desde allí, renovando la lucha de los

dioses contra los titanes, emprendían expediciones contra los turcos del

monte Orsa. Orgullosos de su valor, creíanse invencibles como la montaña

que los albergaba: personificaban el propio Olimpo. «Soy (decía uno de

sus cantos), soy el Olimpo, ilustre en todas las épocas y célebre en

todas las naciones: cuarenta y dos picos coronan mi cabeza y setenta y

dos fuentes corren por mis hondonadas, y en mi cima más alta se posa un

águila que lleva en sus garras la cabeza de un héroe denodado.» Aquella

águila era sin duda la del antiguo Zeus: todavía se alimenta hoy con la

carne del hombre muerto por su semejante.

La imaginación popular corre libremente cuando se trata de los dioses

que ha creado. Durante el curso de los siglos, varía sus nombres, sus

atributos y su poder, según las alternativas de la historia, los cambios

del lenguaje, las variantes individuales ó nacionales de la tradición;

al fin y al cabo les da muerte como les dió vida, y los sustituye con

nuevas divinidades. Poco le cuesta, por lo tanto, hacerlos viajar de

monte en monte. Así es que cada cima tenía su dios y hasta su pléyade de

reses celestiales. Zeus vivía en el monte Ida, así como en el Olimpo de

Grecia, en los de Creta y Chipre y en las rocas de Egina. Apolo tenía su

morada en el Parnaso y en el Helicón, en el Cileno y en el Taigeto, en

todos los montes diseminados que se elevan fuera del mar Egeo. Las cimas

que iban á dorar los rayos de la aurora, cuando las llanuras inferiores

estaban todavía á obscuras, tenían que estar consagradas al dios del

sol. Así, casi todas las cúspides aisladas de la Hélada llevan hoy el

nombre de Elías. El profeta judío ha llegado á ser, en virtud de su

nombre y por un sagrado juego de palabras, el heredero de Helios, hijo

de Júpiter.

«Ved ese trono, centro de la tierra», dice Esquilo, hablando de Delfos.

En muchos otros sitios, según la fantasía del poeta ó la imaginación

popular, se erguía la columna central. Pindaro la veía en el Etna: los

marineros del Archipiélago la ponían en el monte Athos: el gran hito que

se veía siempre por encima del agua, ya dejando las orillas de Asia, ya

navegando por los mares de Europa. Decíase que aquella montaña era tan

alta, que el sol se ponía en su pico tres horas más tarde que en las

llanuras de su falda, y que desde su altura se alcanzaban los mismos

límites de la tierra. Cuando la Hélada, antes libre, fué esclavizada por

el macedonio, cuando fué la propiedad de un dueño, hubo un adulador

bastante vil, un hombre bastante rastrero para rogar á Alejandro (el

cual se había proclamado Dios) que empleara un ejército en transformar

el monte Athos en una estatua del nuevo hijo de Zeus «más poderoso que

su padre». La imposible obra habría podido tentar á un dios hecho de

pronto, loco de orgullo, pero éste no se atrevió á emprenderla. Los

marinos que navegaban al pie de la gran montaña continuaron viendo en

ella á un antiguo dios, hasta el día en que empezó otro ciclo de la

historia con nuevo culto y nuevas divinidades. Refirióse entonces que el

monte Athos era precisamente aquella montaña á la cual transportó el

diablo á Jesús el Galileo para mostrarle todos los reinos de la tierra

extendidos á sus pies: Europa, Asia y las islas del mar. Todavía lo

creen los habitantes del monte, y no es muy posible, en efecto,

encontrar una cima en que la vista domine panorama, si no tan vasto, á

lo menos tan bello y tan variado.

Fuera del mundo helénico en que la imaginación popular era tan poética y

tan fecunda, verán también los pueblos en sus montañas tronos de los

dueños del cielo y de la tierra. No sólo las grandes cumbres de los

Alpes eran adoradas como mansión de los dioses y por si mismas, sino

que, hasta en las llanuras del Norte de Alemania y de Dinamarca,

colinitas que elevan sus lomas por encima de los páramos uniformes, eran

Olimpos no menos venerados que lo era el de Tesalia para los griegos.

Hasta en la fría Islandia, tierra de brumas y de hielos eternos, los

adoradores de los soberanos celestes se volvían hacia las montañas de lo

interior, creyendo ver en ellas la residencia de sus dioses.

Indudablemente, si hubieran podido trepar hasta la cima de las cuestas

surcadas de sus volcanes, si hubiesen contemplado el horror de sus

cráteres donde luchan incesantemente lavas y nieves, no habrían pensado

en hacer de aquellos lugares terribles el encantador alcázar de sus

felices divinidades. Pero no veían las montañas más que de lejos:

divisaban sus blancas cimas á través de desgarradas nubes y se las

figuraban tanto más bellas cuanto más salvajes y más difíciles de

recorrer eran las llanuras de la base. Aquellos montes, separados de la

tierra de los humanos por valladares de infranqueables precipicios, eran

la ciudad de Asgard, en la cual vivían los dioses alegremente, bajo un

cielo clemente siempre, y la gran nube de vapores que surgía de la

cumbre y se extendía en ancho espacio por los cielos, no era una columna

de ceniza, sino el enorme Fresno Idgrasíl, á cuya sombra descansaban los

dueños del universo.

La Montaña · 第 24 / 29 题