#La adoración de las montañas#
La adoración de las montañas existe todavía entre nosotros más viva de
lo que se la cree. Muchas veces un aldeano, al descubrirse la cabeza, me
ha señalado el sol con el dedo y me ha dicho solemnemente: «Aquel es
nuestro Dios.» Y yo también (casi no me atrevo á decirlo), más de una
vez, al contemplar las augustas cimas que dominan valles y llanuras, me
he sentido dispuesto á calificarlas cándidamente de divinas.
Iba yo un día pacíficamente por un pendiente desfiladero, obstruído por
piedras sueltas. Encallejonábase allí el viento y me daba de cara,
trayéndome con cada soplo una niebla de lluvia y nieve medio derretida.
Ceniciento velo ocultaba las rocas y sólo podía yo divisar á trechos
vagas masas negras y amenazadoras que, según lo espeso de la bruma, se
acercaban y alejaban alternativamente. Hallábame transido de frío,
entristecido, mal humorado. De pronto hízome levantar la vista una
claridad reflejada por innumerables gotas. Habíase desgarrado la nube
de agua y nieve encima de mi cabeza. El cielo azul se me aparecía
radiante y allá arriba resaltaba la serena cumbre de la montaña. Las
nieves, bordadas por las aristas de las rocas como con delicados
arabescos, brillaban con argentino resplandor y el sol las orlaba con un
ribete de oro. Puros eran los contornos de la cima y limpios como los de
una estatua se dibujaban luminosos en la sombra, pero la soberbia
pirámide parecía hallarse completamente separada de la tierra. Tranquila
y fuerte, inmutable en su reposo, parecía flotar en el cielo. Pertenecía
á otro mundo y no á este planeta envuelto en nubes y brumas como en
sórdidos trapajos. En aquella aparición, creí yo ver algo más que la
morada de la dicha, algo más que el Olimpo, mansión de los inmortales.
Pero una nube maliciosa cerró de nuevo la salida por donde había yo
visto la montaña. Halléme de nuevo entre viento, nieve y lluvia y
consoléme con decir: ¡un Dios se me ha aparecido!
En el origen de los tiempos históricos, todos los pueblos, niños
sencillos de mil cabezas, miraban así hacia las montañas; veían en ellas
á las divinidades, ó á lo menos sus tronos apareciendo y ocultándose
alternativamente bajo el cambiante velo de los celajes. En aquellas
montañas veían casi todos el origen de su raza; allí juzgaban que
residían sus tradiciones y sus leyendas; allí esperaban la futura
realización de sus ambiciones y de sus sueños; de allí suponían que
había de bajar el salvador, el ángel de la gloria ó de la libertad. Tan
importante era el papel de las altas cumbres en la vida de las naciones,
que se podría relatar la historia de la humanidad por el culto de los
montes. Son éstos como grandes hitos de etapas colocados de distancia en
distancia en el camino de los pueblos.
En los valles de las grandes montañas del Asia central dicen los sabios
que fué donde aquellos antepasados nuestros, á quienes debemos los
idiomas europeos, llegaron á constituirse por vez primera en tribus
cultas, y en la base meridional de las montañas más altas del mundo es
donde viven los indios, aquellos arios á quienes su antigua civilización
concede una especie de derecho de primogenitura. Sus cantos de otros
tiempos no dicen con qué sentimiento de adoración celebraban las
«ochenta y cuatro mil montañas de oro» que ven alzarse bañadas en luz
por encima de bosques y llanuras. Para muchos de ellos, los enormes
montes del Himalaya, de nevada cumbre, de grandes ríos de hielo, son los
mismos dioses en el pleno goce de sus fuerzas y de su majestad. El
Gaurisankar, cuyo vértice perfora el cielo, y el Chamalari, menos alto
pero más colosal, en apariencia, por su aislamiento, son doblemente
adorados, como la Gran Diosa unida al Gran Dios. Aquellos hielos son el
lecho de cristal y de diamante; aquellas nubes de oro y púrpura son el
velo sagrado que los rodea. Allá en lo alto está el dios Siva, que
destruye y crea: allí también la diosa Chama, la Gauri, que concibe y
pare. De ella descienden los ríos, las plantas, los animales y los
hombres.
En aquella prodigiosa selva de las epopeyas y tradiciones indostánicas,
han germinado otras leyendas relativas á las montañas del Himalaya y
todas nos las muestran viviendo con vida sublime, ya como diosas, ya
como madres de continentes y pueblos. Tal es la poética leyenda que nos
describe á la tierra como una gran flor de loto cuyos pétalos son las
penúnculas extendidas sobre el Océano y cuyos estambres y pistilos son
las montañas de Meru, generatrices de toda vida. Los ventisqueros, los
torrentes y los ríos que bajan de las alturas para llevar á las tierras
los benéficos aluviones, son también seres animados, dioses y diosas
secundarios que ponen á los humildes mortales de las llanuras en
relación indirecta con las divinidades supremas que reinan por encima de
las nubes en el espacio luminoso.
No sólo el monte Meru, punto culminante del planeta, sino también todas
las cordilleras, todas las cimas de la India eran adoradas por los
pueblos que viven en sus pendientes y en su falda. Montañas de Vindyah,
de Satpurah, de Aravalli, de Nilagherry, todas tenían sus adoradores. En
las tierras bajas, donde los fieles no tenían montañas que contemplar,
construían templos que por sus calles de caprichosas pirámides, enormes
pedazos de granito, representaban las veneradas cimas del monte Meru.
Quizá fué un análogo sentimiento de adoración á las grandes cumbres el
que impulsó á los antiguos egipcios á edificar las pirámides, montañas
artificiales que se levantan dominando la llana superficie de arena y
légamo.
La isla de Ceilán, Lanka «la resplandeciente», bienaventurado país al
cual, según la leyenda oriental, fueron enviados los primeros hombres
por la misericordia divina, después de ser expulsados del Paraíso,
también alza hacia el firmamento montañas sagradas. Tal es, además de
otras, la cima aislada en medio de las llanuras, la ciudad santa de
Anaradjapura. Es el Mihintala. En aquella roca se detuvo, hace veintidós
siglos, el vuelo de Mahindo, el convertidor indio que se había lanzado
desde las llanuras del Ganges para atraer á los naturales á la religión
de Budha. Hoy se ha edificado un templo en la cima donde puso el pie el
santo. Alta y enorme es la pagoda y, sin embargo, tal es la solicitud de
los peregrinos, que muchas veces las han cubierto, desde el suelo al
remate, con un tapiz de jazmines. Un carbúnculo, color de fuego,
brillaba en lo más alto del monumento, reflejando á lo lejos los rayos
del sol, y hubo un rajah que mandó extender desde la cima de la montaña
hasta las llanuras una alfombra de doce kilómetros de longitud para que
no manchase los pies de los fieles una tierra impura, procedente de un
suelo profano.
Y no obstante, este monte sagrado de Mihintala no es tan glorioso como
el pico de Adán, que ven los marinos en medio de las olas cuando se
acercan á la isla de Ceilán. La huella de un pie gigantesco que
pertenece, según dicen, á un hombre de diez metros de altura, está
impresa en la roca, en la punta que remata la cumbre. Esa huella, según
mahometanos y judíos, es la de Adán, el primer hombre que subió al pico
para contemplar la inmensa tierra, los vastos bosques, los montes y las
llanuras, las orillas y el Océano con sus islas y sus escollos. Según
los de Ceilán y los indios, no es un hombre, sino un Dios, el que dejó
ese rastro de su paso. Según los brahmanes, ese dios dominador era Siva:
según los budhistas, era Budha: según los gnósticos de los primeros
siglos cristianos, era Jehová. Cuando los portugueses desembarcaron en
la isla de Ceilán y la conquistaron, degradaron (digámoslo así) la
montaña, que, según su manera de pensar, no podía compararse con la de
Tierra Santa: consideran que la señal misteriosa es la huella del pie de
santo Tomás ó de un antiguo misionero, apóstol secundario, el eunuco de
Caudaces. Menos respetuoso aún, un armenio, Moisés de Chorene,
entusiasta por su noble montaña del Ararat, ve en la cima del pico de
Adán la huella de Satanás, el eterno enemigo. Finalmente, los viajeros
ingleses que, más numerosos cada día, suben todos los años á la montaña
santa, creen que la «divina huella» no es más que un agujero vulgar,
groseramente redondeado. Verdad es que semejantes extranjeros son
mirados con desprecio por los convencidos peregrinos que van á
prosternarse á la cima, á besar devotamente la huella y á depositar sus
ofrendas en casa del sacerdote. Todo les parece testimonio de la
autenticidad del milagro. A algunos metros por bajo de la cima brota un
manantial: el báculo del dios le hizo surgir del suelo. Muchos árboles
crecen en las pendientes, y estos árboles (así se les antoja á los
fieles), inclinan su ramaje hacia la cumbre para vegetar y crecer
adorándola. Las rocas del monte están sembradas de piedras preciosas:
son las lágrimas que brotaron de los ojos del dios al ver los
padecimientos y los crímenes de los hombres. ¿Cómo no han de creer en el
prodigio, viendo todas esas riquezas que han dado origen á los fabulosos
relatos de las Mil y una noches? Los arroyos que corren por la montaña
no arrastran, como nuestros torrentes, despreciables guijarros y arena:
llevan consigo polvo de rubíes, granates y zafiros: el bañista que nada
entre sus ondas puede revolcarse, como las sirenas, en un lecho de
piedras preciosas.
Las razas del extremo Oriente, cuya civilización ha seguido marcha
distinta á la de los pueblos de raza aria, también han adorado montañas.
Lo mismo en la China y el Japón que en la India, las altas cimas
sostienen templos consagrados á los dioses, ó se las considera como á
genios tutelares ó vengativos. Los pueblos procuran que su historia
proceda de estas montañas divinas por tradiciones y leyendas.
Las montañas históricas más antiguas son las de la China, porque el
imperio del Medio es uno de los primeros pueblos que han llegado á la
conciencia de sí mismos, el primero que ha escrito su propia historia de
un modo continuo. Cinco son sus montes sagrados, que se elevan todos en
comarcas célebres por su agricultura, su industria, las muchedumbres que
se agitan en su falda ó los acontecimientos que han ocurrido en sus
cercanías. La montaña más santa, la de Tai-Chan, domina todas las demás
cimas de la rica península de Chan-Tung, entre los dos golfos del Mar
Amarillo. Desde la cumbre, á la cual se llega por un camino empedrado y
peldaños abiertos en la roca, se divisan, extendidas á los pies del
observador, las ricas llanuras que atraviesa el Hoang Ho, corriendo ora
hacia uno, ora hacia otro golfo, apagando con su agua la sed de
multitudes de hombres más numerosas que las espigas en un campo.
El emperador Chung trepó á esa cima hace cuatrocientos treinta años,
según lo recuerdan los anales clásicos del país. Confucio también quiso
subir, pero la pendiente es muy áspera; el filósofo no pudo con ella, y
todavía se enseña el sitio en que emprendió la bajada á la llanura.
Todos los dioses grandes y los genios principales tienen templos y
oratorios en la santa montaña, así como las Nubes, el Cielo, la Osa
Mayor y la Estrella Polar. Los diez mil genios detienen el vuelo allí
para contemplar la tierra y las ciudades de los hombres. «El viento del
Tai-Chan es igual al del cielo. Es el dominador del mundo. Recoge las
nubes y nos envía las lluvias. Decide los nacimientos y las defunciones,
el infortunio, la desventura, la gloria y la vergüenza. De los picos que
se elevan al cielo, es el más digno de ser visitado.» Por eso los
peregrinos acuden numerosísimos allá para implorar todas las gracias, y
el sendero está sembrado de cavernas donde yacen mendigos de asquerosas
llagas que horrorizan al transeunte.
Con más razón que los chinos, porque sus montañas volcánicas son de una
perfecta belleza de forma, los japoneses miran con adoración las cumbres
nevadas. No hay ídolo en el mundo que pueda compararse á su magnífico
Furiyama, á la «montaña simpar» que se yergue casi aislada en medio del
campo, cubierta abajo de selvas, vestida de nieves arriba. Humeaba en
otro tiempo el volcán y arrojaba lavas y fuego; reposa ahora, pero tiene
en aquel archipiélago numerosas montañas hermanas que vierten todavía
ríos de fuego en la estremecida tierra. Entre esos montes hay uno, el
más terrible, al cual se creyó aplacar arrojándole como ofrenda millares
de cristianos. Así fué como en el Nuevo Mundo, dícese también que se
quiso calmar al Monotombo, lanzando en él á los sacerdotes que se habían
atrevido á predicar contra él, diciendo que no era tal Dios, sino boca
del infierno. Por otra parte, los volcanes no suelen esperar que les
arrojen víctimas: ya saben ellos encontrarlas cuando hienden la tierra,
vomitan lagos de lodo, cubren con ceniza provincias enteras y hacen
perecer de una vez á toda la población de un país. Bastante es eso para
que los adore todo aquel que se incline ante la fuerza. El volcán
devora, luego es Dios.
Así se ha apoderado del hombre la religión de las montañas (como todas
las demás), por los diversos sentimientos de su ser. Al pie de la
montaña que vomita lava, el terror le ha prosternado con la cara hundida
en el polvo: en los campos sedientos, el deseo es quien le ha hecho
mirar suplicante á la nieve, madre de los arroyos: el agradecimiento le
ha dado adoradores en aquellos que encontraron seguro refugio en el
valle ó en el escarpado promontorio: finalmente, la admiración ha debido
de dominar á los hombres á medida que se desarrollaba en ellos el
sentimiento de lo bello y hasta cuando estaba adormecido, en estado de
instinto. Y ¿cuál es la montaña que no tiene á un tiempo hermosos
aspectos y seguros asilos y que no es terrible ó benéfica y muchas veces
ambas cosas juntamente? Los pueblos, andando por el mundo, podían
relacionar fácilmente todas sus tradiciones á la montaña que dominaba su
horizonte y darle culto. En cada estación de su largo viaje se edificaba
un nuevo templo. En otro tiempo, las tribus errantes en las mesetas de
Persia veían surgir siempre al anochecer una montaña entre las
polvorientas llanuras: era el monte Telesmo, el divino «Talismán» que
seguía á sus adoradores en sus peregrinaciones por el mundo. Y cuando,
después de larga emigración, la montaña columbrada á lo lejos no era
engañador espejismo, sino verdadera cumbre con nieves y rocas, ¿quién
habría podido dudar del viaje hecho por el dios para acompañar á su
pueblo?
Así es como la montaña, cuya punta acogió á los refugiados del diluvio,
no ha cesado de andar por los continentes. Una versión samaritana del
Pentateuco sostiene que el arca de Noé se detuvo en el pico de Adán: las
otras versiones afirman que el verdadero pico fué el Ararat; pero, ¿qué
Ararat es ese? ¿Es el de Armenia ú otra cualquiera montaña, en la cual
hayan sido encontrados por pastores algunos despojos del sagrado barco?
Por todas partes reclaman los pueblos orientales ese honor para la
montaña protectora cuyas aguas riegan sus propios campos. Aquel es el
monte desde el cual volvió á bajar la vida á la tierra, siguiendo el
camino de las nieves y el curso de los arroyos. No han faltado pruebas,
por supuesto, para establecer la veracidad de todas esas tradiciones. Se
han encontrado montones de pradera petrificada bajo los hielos y en las
mismas rocas se encontraron huellas enmohecidas de aquellos «anillos del
diluvio» que, según nuestros modernos sabios, son amonitas fósiles. Por
eso más de cien montañas de Persia, de Siria, de Arabia, del Asia Menor
se ha indicado como desembarco del patriarca, segundo padre de los
hombres. También Grecia hablaba de su Parnaso, cuyas piedras, lanzadas
al limo del diluvio, se convertían en hombres. Hasta en Francia hay
montañas donde se paró el arca; una de esas cumbres divinas es
Chamechaude, cerca de la gran Cartuja de Grenoble: otra es Puy de
Progne, dominador de las fuentes del Ande.
El mito es, pues, constante; de las altas cimas es de donde han bajado
los hombres. Desde esas fragosidades, trono de la divinidad, ha salido
la gran voz que dictó sus deberes á los mortales. El Dios de los judíos
residía entonces en la cumbre del Sinaí, entre nubes y relámpagos, y
hablaba con la voz del rayo al pueblo reunido en la llanura. Lo mismo
Baal Moloch y todos los dioses sanguinarios de aquellos pueblos del
Oriente se aparecían á sus fieles en la cúspide de los montes. En la
Arabia Pétrea, en los países de Edom y de Moab no hay una altura, una
colina ni una roca que no sostenga su tosca pirámide de piedra, sobre
cuyo altar derramaban sangre los sacerdotes para tener propicio al dios.
En Babel faltaba la montaña, y se la sustituyó con aquel famoso templo
que debía llegar al cielo. El poeta ha reconstruido aquel gigantesco
edificio, no tal como fué, sino tal como lo imaginaban los pueblos.
La más alta montaña, era un sillar
para aquella granítica muralla.
Con su envidioso odio á los cultos extranjeros, los profetas judíos
maldijeron más de una vez los «altos lugares» en que los pueblos vecinos
colocaban á sus ídolos, pero no procedían ellos de otra manera y miraban
á las montañas para evocar á los ángeles que los socorrían: sobre una
montaña se elevaba su templo: también conversaba Elías con Dios sobre
una montaña. Y cuando el Galileo se transfiguró y se cernió en la luz
increada con los dos profetas Moisés y Elías, desde el monte Thabor se
elevó. Cuando murió entre dos ladrones, en la cima de una montaña le
crucificaron, y cuando vuelva, según la profecía, rodeado de santos y de
ángeles, y asista al castigo de sus enemigos, también lo hará en una
montaña, pero al tocarla con la planta la romperá. Otra montaña, otra
cima ideal que sostenga una ciudad de oro y diamantes surgirá en el
espacio luminoso y allí vivirán siempre los elegidos, cerniéndose en los
aires alrededor de las cumbres alegres, muy por encima de esta tierra de
cuidados y de desdichas.