CAPÍTULO XIX

#La adoración de las montañas#

La adoración de las montañas existe todavía entre nosotros más viva de

lo que se la cree. Muchas veces un aldeano, al descubrirse la cabeza, me

ha señalado el sol con el dedo y me ha dicho solemnemente: «Aquel es

nuestro Dios.» Y yo también (casi no me atrevo á decirlo), más de una

vez, al contemplar las augustas cimas que dominan valles y llanuras, me

he sentido dispuesto á calificarlas cándidamente de divinas.

Iba yo un día pacíficamente por un pendiente desfiladero, obstruído por

piedras sueltas. Encallejonábase allí el viento y me daba de cara,

trayéndome con cada soplo una niebla de lluvia y nieve medio derretida.

Ceniciento velo ocultaba las rocas y sólo podía yo divisar á trechos

vagas masas negras y amenazadoras que, según lo espeso de la bruma, se

acercaban y alejaban alternativamente. Hallábame transido de frío,

entristecido, mal humorado. De pronto hízome levantar la vista una

claridad reflejada por innumerables gotas. Habíase desgarrado la nube

de agua y nieve encima de mi cabeza. El cielo azul se me aparecía

radiante y allá arriba resaltaba la serena cumbre de la montaña. Las

nieves, bordadas por las aristas de las rocas como con delicados

arabescos, brillaban con argentino resplandor y el sol las orlaba con un

ribete de oro. Puros eran los contornos de la cima y limpios como los de

una estatua se dibujaban luminosos en la sombra, pero la soberbia

pirámide parecía hallarse completamente separada de la tierra. Tranquila

y fuerte, inmutable en su reposo, parecía flotar en el cielo. Pertenecía

á otro mundo y no á este planeta envuelto en nubes y brumas como en

sórdidos trapajos. En aquella aparición, creí yo ver algo más que la

morada de la dicha, algo más que el Olimpo, mansión de los inmortales.

Pero una nube maliciosa cerró de nuevo la salida por donde había yo

visto la montaña. Halléme de nuevo entre viento, nieve y lluvia y

consoléme con decir: ¡un Dios se me ha aparecido!

En el origen de los tiempos históricos, todos los pueblos, niños

sencillos de mil cabezas, miraban así hacia las montañas; veían en ellas

á las divinidades, ó á lo menos sus tronos apareciendo y ocultándose

alternativamente bajo el cambiante velo de los celajes. En aquellas

montañas veían casi todos el origen de su raza; allí juzgaban que

residían sus tradiciones y sus leyendas; allí esperaban la futura

realización de sus ambiciones y de sus sueños; de allí suponían que

había de bajar el salvador, el ángel de la gloria ó de la libertad. Tan

importante era el papel de las altas cumbres en la vida de las naciones,

que se podría relatar la historia de la humanidad por el culto de los

montes. Son éstos como grandes hitos de etapas colocados de distancia en

distancia en el camino de los pueblos.

En los valles de las grandes montañas del Asia central dicen los sabios

que fué donde aquellos antepasados nuestros, á quienes debemos los

idiomas europeos, llegaron á constituirse por vez primera en tribus

cultas, y en la base meridional de las montañas más altas del mundo es

donde viven los indios, aquellos arios á quienes su antigua civilización

concede una especie de derecho de primogenitura. Sus cantos de otros

tiempos no dicen con qué sentimiento de adoración celebraban las

«ochenta y cuatro mil montañas de oro» que ven alzarse bañadas en luz

por encima de bosques y llanuras. Para muchos de ellos, los enormes

montes del Himalaya, de nevada cumbre, de grandes ríos de hielo, son los

mismos dioses en el pleno goce de sus fuerzas y de su majestad. El

Gaurisankar, cuyo vértice perfora el cielo, y el Chamalari, menos alto

pero más colosal, en apariencia, por su aislamiento, son doblemente

adorados, como la Gran Diosa unida al Gran Dios. Aquellos hielos son el

lecho de cristal y de diamante; aquellas nubes de oro y púrpura son el

velo sagrado que los rodea. Allá en lo alto está el dios Siva, que

destruye y crea: allí también la diosa Chama, la Gauri, que concibe y

pare. De ella descienden los ríos, las plantas, los animales y los

hombres.

En aquella prodigiosa selva de las epopeyas y tradiciones indostánicas,

han germinado otras leyendas relativas á las montañas del Himalaya y

todas nos las muestran viviendo con vida sublime, ya como diosas, ya

como madres de continentes y pueblos. Tal es la poética leyenda que nos

describe á la tierra como una gran flor de loto cuyos pétalos son las

penúnculas extendidas sobre el Océano y cuyos estambres y pistilos son

las montañas de Meru, generatrices de toda vida. Los ventisqueros, los

torrentes y los ríos que bajan de las alturas para llevar á las tierras

los benéficos aluviones, son también seres animados, dioses y diosas

secundarios que ponen á los humildes mortales de las llanuras en

relación indirecta con las divinidades supremas que reinan por encima de

las nubes en el espacio luminoso.

No sólo el monte Meru, punto culminante del planeta, sino también todas

las cordilleras, todas las cimas de la India eran adoradas por los

pueblos que viven en sus pendientes y en su falda. Montañas de Vindyah,

de Satpurah, de Aravalli, de Nilagherry, todas tenían sus adoradores. En

las tierras bajas, donde los fieles no tenían montañas que contemplar,

construían templos que por sus calles de caprichosas pirámides, enormes

pedazos de granito, representaban las veneradas cimas del monte Meru.

Quizá fué un análogo sentimiento de adoración á las grandes cumbres el

que impulsó á los antiguos egipcios á edificar las pirámides, montañas

artificiales que se levantan dominando la llana superficie de arena y

légamo.

La isla de Ceilán, Lanka «la resplandeciente», bienaventurado país al

cual, según la leyenda oriental, fueron enviados los primeros hombres

por la misericordia divina, después de ser expulsados del Paraíso,

también alza hacia el firmamento montañas sagradas. Tal es, además de

otras, la cima aislada en medio de las llanuras, la ciudad santa de

Anaradjapura. Es el Mihintala. En aquella roca se detuvo, hace veintidós

siglos, el vuelo de Mahindo, el convertidor indio que se había lanzado

desde las llanuras del Ganges para atraer á los naturales á la religión

de Budha. Hoy se ha edificado un templo en la cima donde puso el pie el

santo. Alta y enorme es la pagoda y, sin embargo, tal es la solicitud de

los peregrinos, que muchas veces las han cubierto, desde el suelo al

remate, con un tapiz de jazmines. Un carbúnculo, color de fuego,

brillaba en lo más alto del monumento, reflejando á lo lejos los rayos

del sol, y hubo un rajah que mandó extender desde la cima de la montaña

hasta las llanuras una alfombra de doce kilómetros de longitud para que

no manchase los pies de los fieles una tierra impura, procedente de un

suelo profano.

Y no obstante, este monte sagrado de Mihintala no es tan glorioso como

el pico de Adán, que ven los marinos en medio de las olas cuando se

acercan á la isla de Ceilán. La huella de un pie gigantesco que

pertenece, según dicen, á un hombre de diez metros de altura, está

impresa en la roca, en la punta que remata la cumbre. Esa huella, según

mahometanos y judíos, es la de Adán, el primer hombre que subió al pico

para contemplar la inmensa tierra, los vastos bosques, los montes y las

llanuras, las orillas y el Océano con sus islas y sus escollos. Según

los de Ceilán y los indios, no es un hombre, sino un Dios, el que dejó

ese rastro de su paso. Según los brahmanes, ese dios dominador era Siva:

según los budhistas, era Budha: según los gnósticos de los primeros

siglos cristianos, era Jehová. Cuando los portugueses desembarcaron en

la isla de Ceilán y la conquistaron, degradaron (digámoslo así) la

montaña, que, según su manera de pensar, no podía compararse con la de

Tierra Santa: consideran que la señal misteriosa es la huella del pie de

santo Tomás ó de un antiguo misionero, apóstol secundario, el eunuco de

Caudaces. Menos respetuoso aún, un armenio, Moisés de Chorene,

entusiasta por su noble montaña del Ararat, ve en la cima del pico de

Adán la huella de Satanás, el eterno enemigo. Finalmente, los viajeros

ingleses que, más numerosos cada día, suben todos los años á la montaña

santa, creen que la «divina huella» no es más que un agujero vulgar,

groseramente redondeado. Verdad es que semejantes extranjeros son

mirados con desprecio por los convencidos peregrinos que van á

prosternarse á la cima, á besar devotamente la huella y á depositar sus

ofrendas en casa del sacerdote. Todo les parece testimonio de la

autenticidad del milagro. A algunos metros por bajo de la cima brota un

manantial: el báculo del dios le hizo surgir del suelo. Muchos árboles

crecen en las pendientes, y estos árboles (así se les antoja á los

fieles), inclinan su ramaje hacia la cumbre para vegetar y crecer

adorándola. Las rocas del monte están sembradas de piedras preciosas:

son las lágrimas que brotaron de los ojos del dios al ver los

padecimientos y los crímenes de los hombres. ¿Cómo no han de creer en el

prodigio, viendo todas esas riquezas que han dado origen á los fabulosos

relatos de las Mil y una noches? Los arroyos que corren por la montaña

no arrastran, como nuestros torrentes, despreciables guijarros y arena:

llevan consigo polvo de rubíes, granates y zafiros: el bañista que nada

entre sus ondas puede revolcarse, como las sirenas, en un lecho de

piedras preciosas.

Las razas del extremo Oriente, cuya civilización ha seguido marcha

distinta á la de los pueblos de raza aria, también han adorado montañas.

Lo mismo en la China y el Japón que en la India, las altas cimas

sostienen templos consagrados á los dioses, ó se las considera como á

genios tutelares ó vengativos. Los pueblos procuran que su historia

proceda de estas montañas divinas por tradiciones y leyendas.

Las montañas históricas más antiguas son las de la China, porque el

imperio del Medio es uno de los primeros pueblos que han llegado á la

conciencia de sí mismos, el primero que ha escrito su propia historia de

un modo continuo. Cinco son sus montes sagrados, que se elevan todos en

comarcas célebres por su agricultura, su industria, las muchedumbres que

se agitan en su falda ó los acontecimientos que han ocurrido en sus

cercanías. La montaña más santa, la de Tai-Chan, domina todas las demás

cimas de la rica península de Chan-Tung, entre los dos golfos del Mar

Amarillo. Desde la cumbre, á la cual se llega por un camino empedrado y

peldaños abiertos en la roca, se divisan, extendidas á los pies del

observador, las ricas llanuras que atraviesa el Hoang Ho, corriendo ora

hacia uno, ora hacia otro golfo, apagando con su agua la sed de

multitudes de hombres más numerosas que las espigas en un campo.

El emperador Chung trepó á esa cima hace cuatrocientos treinta años,

según lo recuerdan los anales clásicos del país. Confucio también quiso

subir, pero la pendiente es muy áspera; el filósofo no pudo con ella, y

todavía se enseña el sitio en que emprendió la bajada á la llanura.

Todos los dioses grandes y los genios principales tienen templos y

oratorios en la santa montaña, así como las Nubes, el Cielo, la Osa

Mayor y la Estrella Polar. Los diez mil genios detienen el vuelo allí

para contemplar la tierra y las ciudades de los hombres. «El viento del

Tai-Chan es igual al del cielo. Es el dominador del mundo. Recoge las

nubes y nos envía las lluvias. Decide los nacimientos y las defunciones,

el infortunio, la desventura, la gloria y la vergüenza. De los picos que

se elevan al cielo, es el más digno de ser visitado.» Por eso los

peregrinos acuden numerosísimos allá para implorar todas las gracias, y

el sendero está sembrado de cavernas donde yacen mendigos de asquerosas

llagas que horrorizan al transeunte.

Con más razón que los chinos, porque sus montañas volcánicas son de una

perfecta belleza de forma, los japoneses miran con adoración las cumbres

nevadas. No hay ídolo en el mundo que pueda compararse á su magnífico

Furiyama, á la «montaña simpar» que se yergue casi aislada en medio del

campo, cubierta abajo de selvas, vestida de nieves arriba. Humeaba en

otro tiempo el volcán y arrojaba lavas y fuego; reposa ahora, pero tiene

en aquel archipiélago numerosas montañas hermanas que vierten todavía

ríos de fuego en la estremecida tierra. Entre esos montes hay uno, el

más terrible, al cual se creyó aplacar arrojándole como ofrenda millares

de cristianos. Así fué como en el Nuevo Mundo, dícese también que se

quiso calmar al Monotombo, lanzando en él á los sacerdotes que se habían

atrevido á predicar contra él, diciendo que no era tal Dios, sino boca

del infierno. Por otra parte, los volcanes no suelen esperar que les

arrojen víctimas: ya saben ellos encontrarlas cuando hienden la tierra,

vomitan lagos de lodo, cubren con ceniza provincias enteras y hacen

perecer de una vez á toda la población de un país. Bastante es eso para

que los adore todo aquel que se incline ante la fuerza. El volcán

devora, luego es Dios.

Así se ha apoderado del hombre la religión de las montañas (como todas

las demás), por los diversos sentimientos de su ser. Al pie de la

montaña que vomita lava, el terror le ha prosternado con la cara hundida

en el polvo: en los campos sedientos, el deseo es quien le ha hecho

mirar suplicante á la nieve, madre de los arroyos: el agradecimiento le

ha dado adoradores en aquellos que encontraron seguro refugio en el

valle ó en el escarpado promontorio: finalmente, la admiración ha debido

de dominar á los hombres á medida que se desarrollaba en ellos el

sentimiento de lo bello y hasta cuando estaba adormecido, en estado de

instinto. Y ¿cuál es la montaña que no tiene á un tiempo hermosos

aspectos y seguros asilos y que no es terrible ó benéfica y muchas veces

ambas cosas juntamente? Los pueblos, andando por el mundo, podían

relacionar fácilmente todas sus tradiciones á la montaña que dominaba su

horizonte y darle culto. En cada estación de su largo viaje se edificaba

un nuevo templo. En otro tiempo, las tribus errantes en las mesetas de

Persia veían surgir siempre al anochecer una montaña entre las

polvorientas llanuras: era el monte Telesmo, el divino «Talismán» que

seguía á sus adoradores en sus peregrinaciones por el mundo. Y cuando,

después de larga emigración, la montaña columbrada á lo lejos no era

engañador espejismo, sino verdadera cumbre con nieves y rocas, ¿quién

habría podido dudar del viaje hecho por el dios para acompañar á su

pueblo?

Así es como la montaña, cuya punta acogió á los refugiados del diluvio,

no ha cesado de andar por los continentes. Una versión samaritana del

Pentateuco sostiene que el arca de Noé se detuvo en el pico de Adán: las

otras versiones afirman que el verdadero pico fué el Ararat; pero, ¿qué

Ararat es ese? ¿Es el de Armenia ú otra cualquiera montaña, en la cual

hayan sido encontrados por pastores algunos despojos del sagrado barco?

Por todas partes reclaman los pueblos orientales ese honor para la

montaña protectora cuyas aguas riegan sus propios campos. Aquel es el

monte desde el cual volvió á bajar la vida á la tierra, siguiendo el

camino de las nieves y el curso de los arroyos. No han faltado pruebas,

por supuesto, para establecer la veracidad de todas esas tradiciones. Se

han encontrado montones de pradera petrificada bajo los hielos y en las

mismas rocas se encontraron huellas enmohecidas de aquellos «anillos del

diluvio» que, según nuestros modernos sabios, son amonitas fósiles. Por

eso más de cien montañas de Persia, de Siria, de Arabia, del Asia Menor

se ha indicado como desembarco del patriarca, segundo padre de los

hombres. También Grecia hablaba de su Parnaso, cuyas piedras, lanzadas

al limo del diluvio, se convertían en hombres. Hasta en Francia hay

montañas donde se paró el arca; una de esas cumbres divinas es

Chamechaude, cerca de la gran Cartuja de Grenoble: otra es Puy de

Progne, dominador de las fuentes del Ande.

El mito es, pues, constante; de las altas cimas es de donde han bajado

los hombres. Desde esas fragosidades, trono de la divinidad, ha salido

la gran voz que dictó sus deberes á los mortales. El Dios de los judíos

residía entonces en la cumbre del Sinaí, entre nubes y relámpagos, y

hablaba con la voz del rayo al pueblo reunido en la llanura. Lo mismo

Baal Moloch y todos los dioses sanguinarios de aquellos pueblos del

Oriente se aparecían á sus fieles en la cúspide de los montes. En la

Arabia Pétrea, en los países de Edom y de Moab no hay una altura, una

colina ni una roca que no sostenga su tosca pirámide de piedra, sobre

cuyo altar derramaban sangre los sacerdotes para tener propicio al dios.

En Babel faltaba la montaña, y se la sustituyó con aquel famoso templo

que debía llegar al cielo. El poeta ha reconstruido aquel gigantesco

edificio, no tal como fué, sino tal como lo imaginaban los pueblos.

La más alta montaña, era un sillar

para aquella granítica muralla.

Con su envidioso odio á los cultos extranjeros, los profetas judíos

maldijeron más de una vez los «altos lugares» en que los pueblos vecinos

colocaban á sus ídolos, pero no procedían ellos de otra manera y miraban

á las montañas para evocar á los ángeles que los socorrían: sobre una

montaña se elevaba su templo: también conversaba Elías con Dios sobre

una montaña. Y cuando el Galileo se transfiguró y se cernió en la luz

increada con los dos profetas Moisés y Elías, desde el monte Thabor se

elevó. Cuando murió entre dos ladrones, en la cima de una montaña le

crucificaron, y cuando vuelva, según la profecía, rodeado de santos y de

ángeles, y asista al castigo de sus enemigos, también lo hará en una

montaña, pero al tocarla con la planta la romperá. Otra montaña, otra

cima ideal que sostenga una ciudad de oro y diamantes surgirá en el

espacio luminoso y allí vivirán siempre los elegidos, cerniéndose en los

aires alrededor de las cumbres alegres, muy por encima de esta tierra de

cuidados y de desdichas.

La Montaña · 第 23 / 29 题