#El escalonamiento de los climas#
Los naturalistas que recorren la montaña estudiando los seres vivientes
que la habitan, plantas ó animales, no se limitan á estudiar las
especies en su forma y en sus costumbres actuales: quieren conocer
también la extensión de su dominio, la distribución general de sus
representantes en las pendientes y la historia de su raza. Consideran á
los innumerables seres de una misma especie, hierbas, insectos ó
mamíferos, como á un individuo inmenso, cuyas moradas todas en la
superficie de la tierra y cuya duración en la serie de las edades deben
ser conocidas.
Escalando una vertiente de la montaña, el viajero observa al principio
cuán poco numerosas son las plantas que le acompañan hasta la cumbre.
Las que ha visto en la falda y en las primeras quebraduras, no las
vuelve á ver en las más elevadas pendientes; y si algunas quedan,
desaparecen junto á las nieves para que las sustituyan otras especies.
Es un cambio continuo en el aspecto de la flora, conforme su aproxima
uno á las altas cumbres. Hasta cuando la planta de las colinas
inferiores continúa apareciendo al lado del sendero contiguo á la nieve,
parece que cambia poco á poco. Abajo ya se marchitaron sus flores,
cuando en las alturas apenas están en capullo: allí ha pasado ya por el
verano: aquí todavía está en la primavera.
Claro es que no puede medirse exactamente la altura en que tal planta
deja de crecer y tal otra empieza á mostrarse. Mil condiciones de
terreno y de clima contribuyen continuamente á mover, ensanchar y
estrechar los límites que separan el dominio natural de las diferentes
especies. Cuando cambia el terreno, cuando sucede la roca á la tierra
vegetal ó la arcilla á la arena, numerosas plantas suceden también á
otras. Igual contraste se presenta cuando el agua empapa la tierra ó
cuando falta en el suelo sediento, cuando el viento sopla libremente en
todo su furor ó cuando encuentra algo que sirva de obstáculo á su
violencia. A la salida de los callejones en que se abisman las
tempestades, hay pendientes tan barridas por su áspero aliento, que
árboles y arbustos se detienen ante él, como se pararían ante una
muralla de hielo. En otras partes varía la vegetación según lo escarpado
de las fragosidades. En los acantilados verticales no hay más que
musgos: únicamente las malezas pueden agarrarse á las inclinadas paredes
de los precipicios. Si la pendiente es menos rápida, pero aun
inaccesible para el hombre, se arrastran los árboles entre las rocas y
se agarran á las hendiduras con sus raíces; en las planicies se
enderezan, en cambio, los tallos y se extiende el follaje. Varía la
esencia de los árboles generalmente tanto como su altura. Donde la
diferencia de las pendientes fué originada por la de las hiladas
roquizas que los agentes atmosféricos han atacado con desigualdad,
ofrece la montaña una sucesión de escalones paralelos de vegetación del
efecto más extraño. Piedras y plantas cambian á la vez en regulares
alternativas.
De todos los contrastes de vegetación, el más importante en su conjunto
es el que produce la diferencia de exposición á los rayos solares. Al
penetrar en un valle regular, dominado por uniformes vertientes, una al
Norte y otra al Mediodía, puede verse cuánto modifica la vegetación en
ambas pendientes la diferencia de luz y de calor; á veces es absoluto el
contraste y presenta dos regiones terrestres que parecen hallarse á
centenares de leguas una de otra. A un lado están los árboles frutales,
los cultivos, las praderas opulentas: enfrente no hay campos ni
jardines: no se ven más que bosques y pastos. Hasta las selvas que
crecen una frente á otra en las dos vertientes, encierran especies
diversas. Allá arriba, bajo la pálida claridad que refleja el cielo del
Norte, hay abetos de ramas obscuras: á la claridad vivificadora del
mediodía, viven tan á gusto como en una espaldera los alerces de
delicado verdor. Como las plantas que buscan para florecer los rayos del
sol, el hombre ha elegido para morada suya las pendientes que miran al
Mediodía. Por aquel lado las casas están contiguas al camino en línea
casi continua, y las queseras se esparcen como rocas grises en los altos
pastos. Sobre la vertiente fría que está enfrente sólo se ve alguna
casuca albergada en los pliegues de un barranco.
Las pendientes de la montaña son diferentes por el aspecto, el clima y
la vegetación, pero tienen un fenómeno común, y es que al subirlas
parece que se dirige uno á los polos de la tierra: si se trepa cien
pasos más arriba parece verse transportado el viajero á cincuenta
kilómetros más lejos del Ecuador. Hay cima que se ve erguirse encima de
la cabeza del espectador y cuya flora se asemeja á la de Escandinavia;
pasada esta punta para elevarse más arriba, se entra en Laponia y á una
altura mayor se encuentra la vegetación del Spitzberg. Cada montaña es,
por sus plantas, como un resumen de todo el espacio que se extiende
desde su base hasta las regiones polares, á través de los continentes y
los mares. En sus relatos dan á veces los botánicos testimonio del
júbilo, de la emoción que sienten cuando, después de haber escalado
rocas vivas, de haber recorrido las nieves, de haber andado á lo largo
de abiertas grietas, llegan á un espacio libre, á un jardín, cuyas
floridas plantas les recuerdan algunas tierras queridas del Norte
lejano, quizá de su patria, situada á millares de kilómetros de
distancia. Realizóse para ellos el prodigio de las Mil y una noches: con
sólo algunas horas de caminata, hételos transportados á otra naturaleza,
á un nuevo clima.
Todos los años, algunos desórdenes violentos, pero temporales,
trastornan esta regularidad del escalonamiento de la flora. Paseándose
por recientes derrumbaderos ó junto á los montones de tierra traídos
desde lo alto de las montañas por las aguas torrenciales, el botánico
observa frecuentes perturbaciones en la distribución de las tribus
vegetales. Esos fenómenos le interesan, porque, á fuerza de estudiar las
plantas, se acaba por simpatizar con ellos. Este espectáculo que le hace
palpitar el corazón reconoce por causa la forzada expatriación de
hierbas y musgos violentamente arrastrados á un clima para el cual no
nacieron. Al caer ó al resbalar desde las fragosidades superiores, las
rocas se han llevado flores, simientes, raíces, tallos enteros.
Semejantes á los fragmentos de un planeta lejano que hicieran
desembarcar en la tierra á habitantes de otros mundos, esas rocas caídas
de la cumbre también sirven de vehículo á colonias de plantas.
Asombradas las pobrecillas de respirar otra atmósfera, de encontrarse en
otras condiciones de frío y de calor, de sequedad y de humedad, de
sombra y de luz, procuran aclimatarse en su nueva patria. Algunas de
ellas consiguen sostenerse contra la muchedumbre de plantas indígenas
que los rodea, pero la mayor parte, por más que se agrupan y se
aprietan unas contra otras como refugiadas á quienes odia todo el mundo
(y que se quieren más unas á otras por lo mismo), vénse condenadas á
perecer en breve plazo. Asaltadas por todas partes por los antiguos
propietarios del terreno, acaban por abandonar el sitio que el
derrumbamiento de su roca madre le había hecho conquistar violentamente.
El botánico, que las estudia en su nuevo ambiente, las ve perecer poco á
poco. Después de algunos años de residencia, ya no se componen las
colonias más que de un corto número de individuos enfermizos, que acaban
por ser ahogados también. Así es, como, en nuestra humanidad, van
muriendo sucesivamente colonos extranjeros, en medio de un pueblo que
los odia y un clima que les es contrario.
A pesar de las irregularidades temporales, el escalonamiento de la flora
en las laderas de las montañas conserva, pues, el carácter de una ley
constante.
¿De dónde procede este extraño reparto de plantas por la superficie del
globo? ¿Por qué especies originarias de las más lejanas comarcas se han
juntado formando colonias en las altas fragosidades de los montes?
Indudablemente las semillas de algunas de ellas habrán podido ser
transportadas por las aves y por los vientos tempestuosos, pero la mayor
parte tienen simientes que no sirven para alimento de aves y pesan
demasiado para adherirse á las plumas de sus patas. Entre las plantas
de regiones frías que colonizan la montaña, hay familias enteras que
nacen de cebollas, y seguramente ni el viento ni las aves han podido
llevarlas atravesando continentes y mares.
Es necesario por consiguiente que las plantas se hayan propagado de
trecho en trecho, por invasiones graduales, como acontece en nuestros
campos y praderas. Las colonias que hoy se ven en los altos jardines
rodeados de nieve, han subido lentamente desde la llanura, mientras
otras plantas de la misma especie, andando en sentido contrario, se
dirigían hacia las regiones polares, en las cuales habitan en la
actualidad. Sin duda era entonces el clima de nuestros campos tan frió
como lo es hoy el de las grandes cimas y la zona boreal; pero poco á
poco se hizo más benigna la temperatura: las plantas á quienes agrada el
áspero aliento del invierno tuvieron que huir, unas hacia el Norte,
otras hacia las pendientes de los montes. De las dos fajas fugitivas,
separadas por una zona siempre creciente, ocupada por especies enemigas,
la que se retiraba hacia la montaña veía disminuir el espacio ante ella,
en proporción á la suavidad del clima: ocupó primero las estribaciones
de la falda, después las pendientes medias, después las altas cimas, y
ahora tienen algunas como refugio último las crestas supremas de la
montaña. Si el clima vuelve á enfriarse á consecuencia de algún cambio
cósmico, emprenderán de nuevo las plantas su viaje hacia la llanura:
victoriosas otra vez, arrojarán á otra parte á las especies que
necesitan más suave temperatura. Según las alternativas de los climas y
sus ciclos inmensos, los ejércitos de plantas adelantan ó retroceden por
la superficie del globo, dejando detrás grupos de rezagados que nos
revelan cuál fué en otro tiempo la marcha del cuerpo principal.
Los mismos fenómenos ocurren en las tribus de los hombres que en la de
los animales y plantas. Durante las oscilaciones del clima, pueblos de
diferentes razas que no podían adaptarse á tan variable medio, se
dirigían lentamente hacia el Norte ó el Sur, ahuyentados por el exceso
del calor ó del frió. Desgraciadamente, la historia, que aún no había
nacido, no ha podido contarnos todo el ir y venir de aquellos pueblos, y
por otra parte, en sus mayores emigraciones, obedecen siempre los
hombres á un conjunto de pasiones múltiples que no saben analizar.
Muchas tribus han andado así y han cambiado de morada, sin darse cuenta
de lo que las impulsaba hacia adelante. En seguida contaban en sus
tradiciones que las había guiado una estrella ó una columna de fuego, ó
que habían seguido el vuelo de un águila ó que habían ido colocando sus
pies en las huellas del casco de un bisonte.
Si la historia enmudece ó dice pocas palabras sobre las marchas y
contramarchas que los cambios de climas han impuesto á los pueblos,
basta en cambio con mirar, para ver cómo responde la diferencia de los
hombres en las laderas opuestas de casi todas las montañas, á la
diversidad de temperatura y de medio ambiente. Cuando á cada lado del
monte es poco sensible el contraste de los climas, ya porque la
dirección de toda la hilera de alturas es de Norte á Sur, ya porque
vientos del mismo origen y cargados de igual cantidad de humedad rieguen
ambas vertientes, pueden entonces los hombres de una misma raza
distribuirse libremente en una y otra parte, entregarse á los mismos
cultivos, á iguales industrias, practicar análogas costumbres. La
muralla que se yergue entre ellos, interrumpida quizá por varias
brechas, no es un muro de separación. Pero si la montaña y toda la serie
de cimas que le corresponden tienen una vertiente vuelta hacia el Norte
y sin vientos fríos, y la opuesta recibe de lleno los suaves rayos del
Mediodía, ó bien por una parte los vapores del mar se resuelven en
torrentes, mientras por la otra están siempre secas las hondonadas,
ciertamente que la flora, la fauna y la humanidad de ambas vertientes
ofrecerán el más notable contraste. Cada paso que da el viajero, después
de haber doblado el vértice, le presenta una nueva naturaleza: penetra
en un mundo donde hace descubrimiento sobre descubrimiento. Párase ante
una hierba olorosa que nunca había visto: una extraña mariposa revolotea
ante él: mientras estudia las nuevas especies de plantas ó animales ó
procura darse cuenta del conjunto de los rasgos de aquella naturaleza
desconocida, se le acerca un pastor, hombre de otra raza y de otra
civilización: hasta su idioma es distinto.
Separando dos zonas de climas, la cresta de la montaña también separa
dos pueblos, y este es un fenómeno constante en cuantos países de la
tierra donde la conquista no ha mezclado ó suprimido brutalmente las
razas; y aun á pesar de las violencias de la conquista, ese contraste
normal entre las poblaciones de ambas vertientes se ha restablecido con
frecuencia. Ejemplo de ello presenta la historia de Italia. El esplendor
de aquel país fascinó á los bárbaros del Norte y del Noroeste. Muchas
veces, franceses y alemanes, atraídos por la riqueza del territorio, por
los tesoros de las ciudades, por el sabor de los frutos, por todas sus
bellezas naturales, se precipitaron en armadas muchedumbres sobre las
llanuras que rodea el grandioso hemiciclo de los Alpes. Por más que han
matado, incendiado y destruido, por más que han ocupado el sitio de los
vencidos, por más que han edificado ciudades y han construido
ciudadelas, la población nativa ha acabado por triunfar de ellos. Y los
extranjeros, ya celtas, ya teutones, han tenido que volver á pasar los
Alpes.
Así es que los montes, rugosidades relativamente insignificantes en la
superficie del globo, sencillos obstáculos, que el hombre puede
atravesar en un día, tienen gran importancia histórica como fronteras
naturales entre naciones diversas. Ese papel en la vida de la humanidad,
menos lo deben á la falta de caminos, á lo fragoso de sus vericuetos, á
su zona nevada y de rocas infecundas, que á la diversidad y á veces á la
enemistad de las poblaciones domiciliadas en las dos opuestas faldas. La
historia de lo pasado nos enseña que todo límite natural, colocado entre
pueblos por un obstáculo difícil de salvar, montaña, meseta, desierto ó
río, es al mismo tiempo frontera moral para los hombres. Como en los
cuentos de hadas, se fortificaba con invisible muro, erigido por el odio
y el desprecio. El hombre que llegaba allende los montes, no era sólo un
extranjero, sino un enemigo. Odiábanse los pueblos, pero á veces un
pastor, mejor que todos los de su raza, cantaba bajito algunas palabras
de cándido afecto, mirando por encima de la montaña. Él sabía, por lo
menos, salvar la elevada barrera de nieves y de rocas. Su corazón sabía
considerar como patria ambas vertientes. Un antiguo canto de nuestros
Pirineos cuenta este triunfo en un sentimiento dulce sobre la naturaleza
y sobre las tradiciones de odios nacionales:
¡_Baicha-bous, montagnos! ¡Planos, havussa bous!
¡Daqué pousqui bede oun sonn mas amous_!
¡Bajáos, montañas! ¡alzáos, llanuras!
¡Y que yo ver pueda do están mis amores!