#El montañés libre#
Las rugosidades formadas en la superficie terrestre por montañas y
valles son por consiguiente un hecho capital en la historia de los
pueblos, y explica á veces sus viajes, sus emigraciones, sus conflictos
y sus diversos destinos. Así es como una topera, que surge en un prado,
en medio de poblaciones de insectos solícitos que andan yendo y
viniendo, cambia inmediatamente todos los planos y hace desviar en
sentido inverso la marcha de las tribus viajeras.
Separando con su enorme masa las naciones que por una y otra parte
sitian sus vertientes, la montaña protege también á los habitantes,
generalmente poco numerosos, que han ido á buscar asilo á los valles.
Los abriga, los hace suyos, les da costumbres especiales, cierto género
de vida, particular carácter. Sea cual fuere su raza originaria, el
montañés se ha hecho tal como es, bajo la influencia del medio que le
rodea. La fatiga del trepar y del bajar penosamente, la sencillez del
alimento, el rigor de los fríos invernales, la lucha contra la
intemperie han hecho de él un hombre aparte, le han dado una actitud, un
andar, un juego de movimientos muy diferente de los usados entre sus
vecinos de la llanura. Le han dado además un modo de pensar y de sentir
que le distingue. Han reflejado en su espíritu, como en el del marino,
algo de la serenidad de los grandes horizontes: también en muchos sitios
le han asegurado el tesoro inapreciable de la libertad.
Una de las causas que más han contribuído á sostener la independencia de
ciertos pueblos montañeses, es que para ellos el trabajo solidario y los
esfuerzos de conjunto son una necesidad. Todos son útiles para cada uno,
y cada uno para todos. El pastor que va á los pastos altos á guardar los
rebaños de la comunidad, no es el menos necesario á la prosperidad
general. Cuando ocurre un desastre, ayúdanse todos mutuamente para
enmendar el daño. Si el alud se ha desplomado sobre algunas cabañas,
todos trabajan en el desescombro. Si la lluvia ha desmoronado los
campos, que se cultivan en gradas sobre las pendientes, todos se ocupan
en recoger la tierra que se ha venido abajo y subirla en espuertas hasta
la vertiente de donde se cayó. Si el torrente desbordado ha cubierto de
piedras las praderas, todos se afanan en limpiar el césped de tales
escombros que lo ahogan. Cuando en invierno es peligroso arriesgarse
entre la nieve, cuentan unos con la hospitalidad de los otros. Todos
son hermanos y pertenecen á la misma familia. Así es que cuando los
atacan, resisten de común acuerdo, movidos, digámoslo así, por un solo
pensamiento. Por otra parte, la vida de combates sin tregua contra toda
clase de peligros y quizá también el aire puro y saludable que respiran
los convierten en hombres atrevidos y desdeñosos de la muerte.
Trabajadores pacíficos, á nadie atacan, pero saben defenderse.
La montaña protectora les da medios para precaverse contra la invasión.
Defiende el valle con estrechos desfiladeros de entrada, en que algunos
hombres bastan para detener á grandes grupos: oculta sus fértiles valles
en los huecos de grandes terraplanes cuyas fragosidades parecen
inaccesibles. En ciertos sitios está perforada por cavernas que se
comunican entre sí y pueden servir de escondrijos.
En la pared de un desfiladero que visitaba yo con frecuencia, había una
de esas fortalezas ocultas. Con gran trabajo pude llegar á la entrada
agarrándome á las asperezas de la roca y á algunas ramas de boj que
habían arraigado en las hendiduras. Mucho más difícil hubiera sido
escalarla para los asaltantes. Peñascos amontonados en la boca de la
gruta estaban dispuestos á rodar, saltando de punta en punta, hasta el
torrente. A cada lado de la entrada, la roca, absolutamente recta y
lisa, no hubiera dejado pasar ni á una serpiente: encima, el acantilado
que la dominaba, protegía la abertura como pórtico gigantesco, y,
además, medio la cerraba un gran muro. La gruta era inexpugnable, á no
ser por sorpresa. Los enemigos tenían que conformarse con vigilarla de
lejos, pero cuando no oían salir de ella ningún rumor, cuando se
arriesgaban á encaramarse hasta allí para contar los cadáveres,
encontraban las galerías subterráneas completamente vacías. Los
habitantes se habían escurrido de caverna en caverna hasta otra salida
secreta oculta entre malezas. Había que empezar de nuevo la caza, que á
veces se terminaba por desdicha, capturando á las víctimas. El hombre es
una presa para el hombre.
En ciertos sitios en que la montaña no presenta cavidades propicias, una
roca aislada en el valle, una roca de planos perpendiculares era la que
servía para fortaleza. Cortada verticalmente por los tres lados que
rodea el torrente en su base, sólo era accesible por una sola vertiente,
y por aquella parte, el grupo de montañeses que quería hacer de ella
atalaya y castillo, no tenía más que proseguir el trabajo emprendido por
la naturaleza. Escarpaba la roca, la hacía intransitable al paso humano
y dejaba una sola entrada subterránea perforada á pico en el espesor de
la peña. Metidos en su guarida, los habitantes de la fortaleza obstruían
la abertura con un peñasco, y ya no les podía visitar más que algún ave.
La arquitectura no hacía gran falta aquella ciudadela, y sin embargo,
alguna vez, por una especie de coquetería, el montañés adornaba la
arista del precipicio con un muro almenado, que permitía á sus hijos
jugar sin riesgo en toda la extensión de la meseta, y desde cuyas
alturas podía espiar á gusto cuanto se divisara en las cercanas
pendientes. En muchas comarcas montañesas de Oriente, cuyos valles están
poblados de razas enemigas unas de otras, y en las cuales el homicidio
se considera por consiguiente como leve culpa, hay muchas rocas
fortalezas habitadas aún. Cuando llega un huésped al pie de la escarpa,
anuncia su presencia á gritos. Poco después baja una cesta de una trampa
abierta en la roca: se instala allí el viajero, y los brazos de sus
amigos de arriba izan lentamente la pesada cesta, que da vueltas por el
aire.
Si las rocas abruptas de los altos valles sirvieron para defender á las
poblaciones pacificas contra toda invasión, en cambio los montecillos
del llano sirvieron muchas veces de atalaya y lugar de rapiña á algún
rapaz barón.
Muchos, pueblos aun en nuestro país, demuestran con su arquitectura que
no hace todavía mucho tiempo había allí guerra permanente, y que á cada
momento había que temer ataques de señores ó de bandoleros. No hay casas
aisladas en las pendientes indefensas; todos los tugurios, semejantes á
carneros espantados por la borrasca, se han reunido en un solo grupo,
vasto montón de piedra. Desde abajo parece aquello una continuación de
la roca, una escotadura de la cima, ora deslumbrante de claridad, ora
ennegrecida por la sombra. Súbese allí por senderos vertiginosos que
diariamente tienen que bajar los aldeanos para cultivar sus campos, y
que tienen que subir de nuevo todas las noches, después del largo
trabajo diario. Una sola puerta da entrada al pueblo, y en las torres
laterales quedan aún huellas del rastrillo y de otros medios de defensa;
ninguna ventana se abre sobre la inmensa extensión de los valles
cercanos. Las únicas aberturas son las aspilleras por donde pasaban en
otro tiempo los venablos ó los cañones de los fusiles. Aun hoy, los
descendientes de aquellos desgraciados, sitiados de generación en
generación, no se atreven á construir sus habitaciones en medio del
campo. Podrían hacerlo, pero la costumbre (la más obedecida de todas las
tiranías) los tiene encerrados en la antigua cárcel.
Libres eran los altos valles de la montaña, libres los montañeses, pero
fuera de los pasos estrechos donde nunca se arriesgan impunemente los
agresores. Un promontorio casi aislado sostenía el castillo del barón.
Desde allá arriba, el bandolero ennoblecido por sus propios crímenes y
los de sus antepasados podía vigilar las llanuras cercanas y los
barrancos y desfiladeros de la montaña. Como una serpiente enroscada en
una peña yergue la inquieta cabeza para acechar un nido lleno de
pajarillos, el bandolero observa desde lo alta de la torre del homenaje:
no se atreve á atacar á los montañeses en su valle, pero está seguro de
sorprender y cautivar á los que se arriesguen por la llanura.
El castillo del noble desvalijador de caminantes está hoy arruinado. Un
sendero pedregoso, obstruído por los zarzales, ha sustituído el camino
por donde los guerreros hacían caracolear á sus alegres caballos al
emprender la marcha, por donde subían los mercaderes encadenados y los
mulos cargados de botín. En el sitio donde estuvo el puente levadizo se
ha cegado el foso con piedras, y después el viento y los pies de los
transeuntes le han llevado un poco de tierra vegetal, donde han
arraigado saúcos. Los muros están casi todos derruidos, y enormes
fragmentos, semejantes á peñascos, yacen por el suelo. Por otras partes,
piedras desmoronadas llenan á medias el foso que cubre espesa alfombra
de pamplina. El patio grande, en el cual se juntaban en otro tiempo los
hombres de armas antes de las expediciones de pillaje, está lleno de
escombros y de hoyos: difícil es abrirse camino á través de tupidos
grupos de arbustos y de hierbas altas: se teme pisar alguna víbora
oculta entre dos piedras ó caer en la boca, abierta aún, de una
mazmorra. Andemos, sin embargo, mirando atentamente al suelo. Llegamos
al fondo del pozo, rodeado aún afortunadamente por un resto de brocal:
nos asomamos con espanto á la negra abertura del abismo é intentamos
sondear su profundidad á través de las escolopendras y helechos
entrelazados. Parécenos vislumbrar abajo el reflejo de un rayo
extraviado en ese precipicio; parécenos oir un murmullo ahogado que sube
hacia nosotros. ¿Es una corriente de aire que se arremolina en la sima?
¿Es un manantial, cuya agua se filtra entre las piedras y cae gota á
gota? ¿Es una salamandra que cae al agua y la hace chapotear? ¿Quién
sabe? La leyenda nos dice que en otro tiempo los ruidos confusos que
salían de esas profundidades eran gritos de desesperación, sollozos de
víctimas. El agua del pozo cubre un lecho de osamentas.
Aparto con esfuerzo mis ojos del microscopio que los fascina, y los
dirijo á la masa cuadrada de la torre del homenaje, que brilla á toda
luz. Las otras torres se han derrumbado; únicamente queda ésta en pie, y
hasta conserva algunas almenas de su corona. Los muros, dorados por el
sol, están tan lisos como al día siguiente del primer banquete celebrado
por el señor en el salón. No hay en ella rendija ni rozadura apenas:
únicamente el maderamen y los herrajes de las estrechas ventanas
semejantes á aspilleras han desaparecido. A cinco metros sobre el suelo
se alza en el espesor de la muralla lo que fué puente de entrada; ancha
piedra saliente forma su umbral, y la parte superior de la ojiva está
adornada con tosca escultura que ostenta un caprichoso monograma y las
huellas de la antigua divisa del barón. La escalera movible que se
enganchaba en el umbral ya no existe, y el celoso arqueólogo que
quisiera leer ó más bien adivinar las pocas palabras orgullosas
esculpidas en la piedra, tiene que coger una escalera de mano. Para
introducirse en la torre, adoptaron los aldeanos medio más violento: han
perforado el muro al nivel del suelo. Penoso trabajo fué éste, pero
quizá les animaba la venganza contra aquel torreón, donde muchos de los
suyos hablan perecido entre tormentos ó de hambre: quizá se figurasen
también que iban á encontrar un tesoro escondido.
Entro con cierto temor por esta brecha: el aire interior, con el cual no
se mezcla nunca un rayo de sol, me hiela antes de entrar. Sin embargo,
la luz baja hasta el fondo de la torre: el techo está hundido: los
entarimados han ardido en algún antiguo incendio, y se ven de trecho en
trecho restos de vigas ennegrecidas. Todos esos residuos, piedra, madera
y ceniza, se han convertido poco á poco en una especie de pasta que el
agua del cielo, bajando allí como al fondo del pozo, conserva húmeda
siempre. Pegajoso limo cubre esa tierra blanda, en la cual resbala el
pie que pongo en ella con repugnancia. Paréceme estar ya encerrado en el
horrible calabozo y respiro con asco su aire rancio y mefítico, y, sin
embargo, aquel aire es puro, comparado con el olor de moho y osamentas
que sale de la abertura mellada de la mazmorra. Me asomo al negro
agujero é intento divisar algo, pero nada veo. Necesitaría tener la
mirada aguzada por larga obscuridad para columbrar los reflejos
extraviados en las tinieblas. ¡Siniestra oquedad! Ignoro de cuántos
asesinatos has sido cómplice, pero me estremezco de miedo al verte y
como en demanda de fuerzas; miro hacia el cielo azul, al cual sirven de
marco las cuatro murallas de la torre. Un mochuelo asustado se agita
allí arriba, lanzando desagradable chillido.
Una escalera practicada en el espesor del muro, permite subir hasta las
almenas. Hay muchos peldaños desgastados y convierten á la escalera en
un plano inclinado difícil de subir, pero apoyándome en las paredes,
agarrándome á las asperezas, resbalando en el polvo para incorporarme
después, acabé por llegar á lo más alto de la torre. La piedra es ancha
y no había peligro alguno; sin embargo, apenas me atreví á dar algunos
pasos, por temor de que me venciera el vértigo. Estaba á gran altura, en
la región de aves y nubes, entre dos abismos; á un lado está la negra
sima de la torre; al otro la profundidad luminosa de las rocas y las
vertientes alumbradas por el sol. El promontorio que sostiene el torreón
parece otra torre de muchos centenares de metros de elevación. Y el río
que serpentea en torno á su base no parece más que su foso de defensa.
Cuentan que uno de los antiguos señores del lugar satisfacía á veces el
capricho de hacer saltar á sus prisioneros desde la azotea del torreón.
Reservaba á sus más odiados enemigos la muerte lenta en el fondo de las
mazmorras, pero los cautivos contra los cuales no tenía ningún motivo
de odio, tenían que demostrar, al precipitarse desde la torre, el ánimo
y gallardía con que sabían morir. Por la noche se hablaba de ello
alrededor de la humeante mesa, riendo al recordar las contorsiones de
cuantos retrocedían espantados al borde del abismo, y encomiando á los
que de un brinco se habían lanzado sin ajeno impulso en el vacío. El
noble señor murió en un convento vecino _en olor de santidad_.
Agrúpanse desordenadamente al pie del peñasco las humildes casuchas con
techo de pizarra ó de cáñamo, del antiguo lugar esclavizado. Muchos son
los cambios que se han verificado, no sólo en las instituciones y
costumbres, sino también en el alma humana, desde que el señor tenía así
á sus súbditos bajo sus miradas y bajo sus plantas, desde que el
heredero de su nombre crecía pensando en en que todos los seres mal
vestidos que veía moverse allá abajo, todos aquellos hombres serían,
cuando él quisiera, carne para su espada. Imposible habría sido, aun
para el más bueno, para el de mejores sentimientos de los hijos del
noble, que no sintiera su pecho henchirse de feroz orgullo al contemplar
todo aquel horizonte de tierras sometidas, aquel pueblo abatido, á
aquellos villanos abyectos agitándose en el estiércol. Aunque hubiera
querido imaginar que los hombres tienen al nacer igual derecho á la
felicidad, aunque se hubiese considerado como nacido del mismo lodo,
habría bastado para desengañarle una sola mirada dirigida al espacio
desde la soberbia azotea de su torre para creer en la igualdad (no de la
alegría, sino de la desesperación ó del remordimiento), tendría que
dejar su castillo, meterse en el sombrío convento del augusto valle y
golpearse la frente contra el pavimento de las iglesias.
En nuestros días, el descendiente de aquellos caballeros antiguos no
tiene que convertirse en carcelero de su pueblo, ni tiene que vigilar á
los habitantes con suspicaz mirada, como no sea propietario de una
fábrica y pueblen los aldeanos sus talleres. La quinta que se ha mandado
edificar en la vertiente de un cerro puede decirse que está oculta. Una
cortina de árboles corpulentos tapa el más cercano grupo de casas, y si
algunas aldeas lejanas se ven de trecho en trecho, no son más que
manchas del paisaje, trazos del gran cuadro. Ya no es el castellano el
dueño y para nada le serviría dar á su morada una posición dominadora.
Más le vale una soledad donde pueda gozar en paz de la naturaleza.
Y es que, desde que pasó la Edad Media, ya no constituyen aldeas y
castillo un mundo aparte: voluntariamente ó por fuerza, han entrado en
otro más grande, en una sociedad cuyas luchas tienen mayor amplitud, en
que los progresos tienen mucho mayor alcance. El reino chico cuyo dueño
absoluto era el señor, ya no es más que un distrito cualquiera, y el
descendiente de los antiguos barones para nada le sirve el enmohecido
mandoble de sus antepasados. A veces intenta conservar alguno de los
privilegios aparentes ó reales que le quedan del poder de sus abuelos:
en otras ocasiones se resigna á su papel de súbdito ó de ciudadano,
mezclándose con la muchedumbre. De todos modos, los combates y
conquistas de sus antecesores han sido útiles á otros, sea á pueblos,
sea á reyes. Si aquellos guerreros, después de largas luchas con los
montañeses, lograron vencerlos en sus guaridas, y llevaron hasta las
nevadas crestas los linderos de sus dominios, tuvieron que sufrir luego
el ataque de otro invasor, y la frontera que habían dado á sus
posesiones se pierde en la inmensa extensión de un imperio poderoso.
Un nombre raro, que se encuentra en varios sitios de la montaña, me ha
hecho pensar en las cosas de lo pasado. En una hondonada, ligera
depresión del suelo, brilla en lontananza como diamantito movible, un
manantial que jamás se vería si el sol no revelase su existencia con uno
de sus rayos. Me acerco á él, veo doblarse y erguirse alternativamente
los tallos de hierba bajo la argentina gota que pasa: gorjean en torno
algunos pájaros, y el césped que baña sus raíces en el agua oculta
extiende sus tallos verdes y sus florecillas muy por encima de la hierba
ajada de los pastos. Esa corta extensión de verdor, que divisan de lejos
los pastores en la superficie gris y quemada de la vertiente, es la
_Fuente de los tres Señores_.
¿Cuál era el origen de tan extraño nombre? ¿Cómo había tomado el de
tres potentados fuente tan humilde? Cuenta la leyenda de la montaña que
en época muy antigua, cuando fortalezas rodeadas de fosos se erguían en
todos los promontorios de los desfiladeros, tres condes que por
casualidad no guerreaban, se encontraron un día de caza cerca de la
fuentecilla. Larga carrera en persecución de jabalíes y ciervos los
había cansado, y el sudor les caía de la frente. Una turba de criados,
que andaban solícitos á su alrededor, ofrecíales á porfía vino y
aguamiel, pero el hilillo de agua que brotaba de una rendija de la roca
les pareció más agradable bebida que los licores escanciados en jarros
de plata. Inclináronse uno tras otro sobre el remanso de la fuente,
apartaron con la mano las hierbas que flotaban en la superficie y
bebieron en la hoya, como pastores ó como cervatillos de la montaña.
Después se miraron, se dieron la mano de amigos y se pusieron á departir
alegremente recostados en la hierba. Hacía buen tiempo, tocaba casi el
sol ya el horizonte, algunos celajes diseminados proyectaban sombras en
las amarillas mieses de la llanura y leves humaredas se desprendían á
trechos en los pueblecillos. Los tres condes estaban de buen humor.
Hasta entonces sus inmensos dominios no habían tenido exactos linderos
en la montaña. Decidieron que desde entonces la fuente que con helado
chorro le había apagado la sed sería el límite de separación de los tres
condados. Uno seguiría la orilla derecha, otro la izquierda del
arroyuelo y el tercero ocuparía la loma tendida desde el manantial á la
cima cercana, y desde allí á la vertiente opuesta. Y como consagración
del tratado que acababan de convenir, los tres señores mojaron las
diestras manos con algunas gotas de la fuente, y cada uno salpicó con
ellas el césped de su dominio.
Pero el buen tiempo no es duradero y los condes no conservan mucho su
sonrisa y compañerismo. Peleáronse los tres amigos y estalló la guerra.
Matáronse mutuamente vasallos, burgueses y villanos en hondonadas y
bosques para que cambiara de sitio la linde de los tres condados. La
llanura fué asolada, y durante varias generaciones corrieron torrentes
de sangre por la posesión de aquella gota de agua que brota allá arriba
en pacíficas alturas. Pactóse paz por fin, y si han vuelto á empezar las
guerras, no se han encendido entre los tres barones, ni por la conquista
de una fuente, sino entre poderosos soberanos y por la posesión de
inmensos territorios con montañas, ríos, bosques y ciudades populosas.
Ya no se destrozan una á otra gentes mal armadas, sino centenares de
miles de hombres, provistos de los más científicos medios de destrucción
los que chocan y se destruyen recíprocamente. Seguramente la humanidad
progresa, pero al ver tan espantosos conflictos, hay que dudar algunas
veces.
Entonces nos parecen dichosísimas las poblaciones retiradas en los
valles altos que nunca han padecido los males de la guerra: á lo menos,
á pesar del flujo y reflujo de los ejércitos en marcha, han acabado por
conservar su independencia primitiva. Bastantes pueblos de la montaña,
protegidos por enormes masas de roca unidas unas á otras, han tenido la
felicidad de permanecer libres. Ya saben que no deben únicamente al
heroísmo de sus corazones, á la fuerza de sus brazos, á la unión de sus
voluntades el no haberse visto esclavizados por sus poderosos vecinos.
También tienen que agradecérselo á los grandes Alpes: esas han sido las
firmísimas columnas que han defendido la entrada del templo.