CAPÍTULO XV

#Los animales de la montaña#

Rica por su vegetación en selvas, arbustos, praderas y musgos, la

montaña parece pobre de animales: estaría casi completamente desierta si

el pastor no le llevara sus rebaños de vacas y ovejas que se ven de

lejos, sobre el verdor de los pastos, como puntitos rojos ó blancos, y

si los celosos perros de ganado no corrieran continuamente á derecha é

izquierda, haciendo repetir sus ladridos á los ecos. Esos son

inmigrantes temporales que en primavera subieron de las llanuras bajas,

á las cuales volverán en invierno, como no se les oculte en el fondo de

los establos en las aldeas del valle. Los únicos hijos de la montaña que

se encuentran al trepar por las pendientes son insectos que atraviesan

los senderos, escurriéndose entre la hierba, ó zumbando por el aire;

mariposas entre las cuales se nota al erebo negro de metálicos reflejos

y al magnífico Apolo, viviente flor que revolotea entre otras flores

acá y acullá, algún reptil que desaparece entre unas piedras. Pocas aves

cantan en los bosques silenciosos.

No obstante, la montaña, fortaleza natural que se yergue entre las

llanuras, tiene también sus huéspedes: unos, temerosos fugitivos, que

buscan inaccesible refugio; otros, ladrones atrevidos, animales rapaces

que desde sus atalayas examinan el horizonte á lo lejos antes de

emprender sus excursiones de pillaje.

Cosa extraña y que da á comprender la cobardía de los hombres: las

bestias montaraces que destrozan y matan á las demás son precisamente

las más admiradas. Se les daría con gusto la realeza, y en mitos,

fábulas, leyendas y hasta en algún libro viejo de historia natural, se

les da el nombre de reyes.

Empecemos por el águila y otras aves de rapiña y carniceras que todos

los señores de la tierra han elegido como emblema, poniéndoles á veces

dos cabezas, como si quisieran ellos tener dos bocas para devorar. Es

hermosa ciertamente el águila cuando se planta altanera sobre peñasco

inaccesible á los hombres, y más magnífica todavía cuando se cierne

tranquilamente en los aires, soberana del espacio. Pero poco importa su

belleza. Si el rey la admira, el pastor la odia, y le ha declarado

guerra mortal, por enemiga del rebaño. Pronto no habrá águilas, buitres

ni gipactos más que en los museos: ya no se ve en muchas montañas ni un

nido, ó el único que queda no guarda más que un pajarraco solitario y

desconfiado, viejo, medio tullido y comido por los parásitos.

También el oso es un devorador de carneros, y tarde ó temprano el pastor

lo exterminará en las montañas. A pesar de su prodigioso vigor, del arte

con que tritura los huesos, no es el favorito de los reyes, que no deben

de encontrarlo bastante elegante para figurar en sus blasones: en

cambio, muchos pueblos le quieren por sus cualidades y hasta el cazador

que le persigue siente por él, aun sin querer, cierta simpatía. El

ostiak, después de haberle dado el último golpe y haberlo tendido,

cubierto de sangre en la nieve, se arrodilla ante el cadáver para

implorar su perdón y le dice: «Te he matado, pero teníamos hambre mi

familia y yo, y eres tan bueno, Dios mío, que habrás de perdonar mi

crimen.» Sin embargo, no nos hace á nosotros el efecto de un dios, pero

parece honrado, cándido y benévolo. ¡Qué bien practica las virtudes

familiares! ¡Qué bueno es para sus cachorros, y qué alegres, saltarines

y caprichosos son éstos! Las costumbres patriarcales de que con tanto

encomio se nos habla, hay que ir á buscarlas á la caverna del oso ó á su

enorme nido, cómodamente tapizado de musgo. Verdad es que el animal da

de cuando en cuando algún mordisco á los carneros del pastor, pero

generalmente es la misma sobriedad. Se contenta con mascar hojas, pacer

arándanos, saborear panales de miel: á veces se arriesga á bajar á la

playa para ir á comer tranquilamente uvas y peras en la planta que las

produce.

Tsendi, naturalista suizo, afirma bajo palabra de honor que si el buen

animal se encuentra en el camino á alguna chica con su cesto de fresas,

se conforma con colocar delicadamente la pata en el cesto para pedir su

parte. Y cuando entra al servicio del hombre es servicial y magnánimo:

tiene buen humor y desdeña las injurias. Siento mucho, sin poderlo

remediar, que desaparezca de nuestras montañas el oso, cuyas patas suele

clavar orgullosamente el cazador en la puerta del hórreo. Quedará

suprimida la raza, pero creo que, con más inteligencia, se hubiera

podido domesticar asociándole á nuestras labores.

En cambio nadie echará de menos al lobo cuando haya desaparecido

completamente de la montaña. Ese sí que es un bicho sanguinario,

pérfido, maléfico, cobarde y vil por todos cuatro costados. No piensa

más que en desgarrar á la víctima y en beberse la sangre que brota

caliente de la herida. Todos los animales le odian, y á todos los odia

él, pero no se atreve á atacar más que á los débiles ó á los heridos.

Sólo el frenesí del hambre puede impulsarle á meterse con otro más

fuerte. En cambio se apresura á lanzarse sobre la presa ya caída, sobre

un enemigo que no puede defenderse. Hasta cuando un lobo acaba de caer,

vivo todavía, herido por la bala del cazador, arrójanse todos sus

compañeros sobre él para rematarlo y disputarse sus restos. Roma la

sangrienta ha dejado recuerdo cargado con todas las maldades

imaginables: arrasó ciudades á millares, destrozó hombres á millones, se

hartó de todas las riquezas terrestres, fué la reina del antiguo mundo

por infamias innumerables; por perfidias y por violencias, y á pesar de

todos sus crímenes todavía se ha calumniado á sí misma, tomando á una

loba por abogada y madre. El pueblo cuyas leyes, bajo apariencia

distinta, nos rigen hoy, era realmente feroz y duro, pero no tan malo

como pudiera hacerlo creer el símbolo, que eligió.

Para el que gusta de la montaña, es muy grato saber que el lobo, sér

odioso, es animal de las grandes llanuras. La destrucción de las

arboledas natales y el creciente número de los cazadores le han obligado

á refugiarse en los alfoces de las alturas, pero no ha dejado de ser un

intruso. Sus condiciones naturales son á propósito para dar carreras de

cincuenta leguas por las estepas ó para trepar por las rocas. El animal

á quien la forma de su cuerpo y la elasticidad de sus músculos dieron

mayores facilidades para brincar de peña en peña y saltar las grietas es

la graciosa gamuza, el antílope de nuestras comarcas. Ese es el

verdadero habitante de la montaña. Ningún precipicio le espanta, ninguna

pendiente nevada le asusta; trepa en dos brincos por fragosidades

vertiginosas que el cazador más valiente no se atrevería á escalar:

colócase de un salto en rebordes menos anchos que sus cuatro patas,

reunidas en un solo soporte, y aunque es animal terrestre, parece alado.

Además, es benigno y sociable: con gusto se confundiría con nuestros

rebaños de cabras y ovejas: pocos esfuerzos serían necesarios para que

aumentara el número de nuestros animales domésticos; pero es más fácil

matarlo que domarlo, y las pocas gamuzas que quedan están reservadas

para dar gusto al cazador. Probable es que desaparezca pronto la raza, y

al fin y al cabo más vale morir libremente que vivir en la esclavitud.

Más arriba aún que la gamuza, en vericuetos y peñas rodeadas de nieve

por todas partes, han escogido albergue otros animales. Uno de estos es

una especie de liebre que sabe cambiar de librea todas las estaciones,

de manera que su piel se confunde con el suelo que la rodea, y así se

escapa á la perspicaz vista del águila. En invierno, cuando todo está

cubierto de nieve, su piel es tan blanca como los copos: en primavera,

cuando matas y guijarros aparecen á trechos entre la capa de nieve, el

pelaje del animal se matiza con manchas grises: en verano, es del color

de las piedras y del césped abrasado, y después, en otro brusco cambio

de estación, cambia también bruscamente de pelo.

Aún mejor protegida, la marmota pasa el invierno en la profunda

madriguera, en donde la temperatura es igual siempre, á pesar de las

espesas capas de nieve que cubren el suelo, y durante meses enteros

suspende el curso de su vida hasta que el perfume de las flores y los

rayos primaverales la despiertan de su sueño letárgico.

Finalmente, uno de esos roedorcillos activos y despiertos siempre que se

encuentran en todas partes, se ha decidido llegar á la cumbre de la

montaña, abriendo túneles y galerías por debajo de la nieve: es el

campañol. Cubierto con tan helada capa, busca por el suelo su escaso

alimento, y lo encuentra, lo cual es maravilloso.

Tal es la fecundidad de la tierra, que produce para la incesante batalla

de la vida poblaciones de devoradores y de víctimas que combaten en la

obscuridad á más de mil metros sobre el límite de las nieves perpetuas.

Esa terrible lucha por la existencia, cuyo odioso espectáculo me había

echado de las llanuras, se encuentra también arriba, en las capas de

tierra helada.

Muchas veces se cierne el ave de rapiña en regiones aun más altas, pero

es para viajar de una á otra pendiente de la montaña ó para vigilar la

extensión en lontananza y descubrir una presa. Mariposas y libélulas,

arrebatadas por la alegría de revolotear al sol, se elevan á veces hasta

la zona más alta de la montaña, y sin prever el frío de la noche siguen

subiendo hacia la luz; con mucha frecuencia vénse arrastrados los pobres

animalillos, así como moscas y otros insectos, hacia las cumbres

superiores por vientos de tormenta, y sus despojos alfombran, mezclados

con el polvo, la superficie de la nieve. Pero además de esos forasteros

que voluntariamente ó por fuerza visitan las regiones del silencio y de

la muerte, existen indígenas que se encuentran allí realmente en su

casa, sin que les parezca demasiado frío el aire ó demasiado helado el

suelo. Extiéndese á su alrededor la callada inmensidad de las nieves,

paro hay puntas de rocas que, de trecho en trecho, son para ellos los

oasis en medio del desierto, y sin duda allí, en medio de los líquenes,

encuentran el alimento necesario á su subsistencia. De todos modos,

milagroso es que lo hallen, y los naturalistas se asombran al

comprobarlo.

Arañas, insectos ó aradores de las nieves, todos estos animalejos deben

de conocer el hambre, y quizás los diversos fenómenos de su vida se

verifiquen con extraordinaria lentitud. En ese imperio de la escarcha,

las crisálidas deben permanecer mucho tiempo entumecidas en su sueño de

aparente muerte.

No sólo se revela la vida junto á la nieve, sino que hasta la propia

nieve vive en ciertos sitios, tal es en ella el pulular de animalillos.

Se divisan desde lejos, en la extensión blanca, grandes manchas rojas ó

amarillas. Los montañeses dicen que es nieve podrida. Los sabios,

armados con el microscopio, dicen que son billones y billones de seres

que se agitan, viven, se quieren, se reproducen y acaban por comerse

unos á otros.

La Montaña · 第 19 / 29 题