#Los bosques y los pastos#
Con sus nieves y con sus hielos derretidos, que sirven para aumentar el
caudal de torrentes y ríos en verano, conserva la montaña la vegetación
hasta enormes distancias de su base, pero se queda con humedad bastante
para alimentar á su propia flora de bosques, céspedes y musgos, muy
superior, por el número de las especies, á la flora de igual extensión
en la llanura. Desde abajo, no divisa la mirada los pormenores del
cuadro que presenta la verdura de la montaña, pero abarca todo el
magnífico conjunto y disfruta de los mil contrastes que la altura, las
fragosidades del suelo, la inclinación de las pendientes, la abundancia
del agua, la vecindad de las nieves y las demás condiciones físicas
producen en la vegetación.
En la primavera, cuando renace todo, da gusto ver el verdor de hierbas y
follaje dominar la blancura de las nieves. Los tallos del prado que
pueden respirar otra vez y ver la luz de nuevo, pierden su tono rojizo
y su apariencia calcinada y adquieren primero un color amarillento y
después verde hermoso. Multitud de flores esmaltan la pradera: véase
aquí únicamente ranúnculos, anémonas ó prímulas que brotan formando
ramilletes: más allá desaparece el verde bajo la blancura nívea del
gracioso y poético narciso, ó al vivo color del azafrán, que es flor
desde la raíz hasta la corola.
Cerca de las corrientes de agua abra su delicada flor la parnasia y en
otras partes florecillas blancas y azules, rojas ó amarillas, se
multiplican y forman tales muchedumbres, que dan su color á toda la
pendiente vegetal, y desde las vertientes opuestas se puede conocer qué
especie de planta domina en la pradera, á medida que la nieve retrocede
hacia las alturas ante la alfombra de florida verdura. Pronto toman
parte los árboles en la fiesta. Abajo, en las primeras pendientes, los
árboles frutales, después de haberse librado de la nieve del invierno,
se cubren con la nieve de las flores. Más arriba, castaños, hayas y
diversos arbustos, se cubren de hojas de verde claro; de un día á otro,
parece que la montaña se ha revestido con un tejido maravilloso de
terciopelo y seda. Poco á poco sube hacia las cimas el nuevo verdor de
bosques y de malezas; escala cañadas y barrancos para conquistar las
quebraduras superiores junto al ventisquero. En lo alto, todo inesperado
y alegre aspecto. Hasta las rocas sombrías, que parecían negras por su
contraste, con las nieves, adornan sus fragosidades con matas verdes.
También ellas participan de la primaveral alegría.
Menos suntuosos por la exuberancia del verdor y la prodigiosa multitud
de flores, son, sin embargo, los pastos altos más agradables que las
praderas bajas; más íntima y benigna es la alegría de sus masas de
verdor. Es más grato pasearse por la corta hierba y entrar en
conocimiento con las flores que brotan á millares de la alfombra verde.
Incomparable es el brillo de sus corolas. El sol les envía rayos más
cálidos, de más poderosa y rápida acción química, y elabora en la savia
substancias colorantes de más perfecta belleza. El químico y el
botánico, armados de sus lentes, comprueban el fenómeno como es debido;
pero sin necesidad de instrumentos bien ve el paseante, á la simple
vista, que ninguna flor de la llanura tiene un azul tan profundo como el
de la diminuta genciana. Las plantas, en su prisa por vivir y gozar,
adquieren mayor hermosura; adórnanse con más vivos colores, porque la
estación de la ventura será corta; cuando haya desaparecido el verano,
la muerte las sorprenderá.
Deslumbra la vista el brillo que despiden las anchas extensiones de
hierba salpicada con las estrellas de color sonrosado subido del sueño,
con los azules manojos de miosotis, con las anchas flores del aster de
los Alpes, cuyo corazón es de oro. En las pendientes más secas, en medio
de las rocas áridas, crecen el negro orquiso con fragancia de vainilla,
y el pie de león, cuya flor nunca se marchita, y es símbolo de eterna
constancia.
De esas plantas de brillantes flores, algunas no temen la vecindad de la
nieve y el agua helada. No siente el frío; al lado de los cristales de
nieve circula libremente la savia en los tejidos de la delicada
soldanela, que inclina sobre la nieve su corola de tan puro y suave
matiz: cuando brilla el sol, de ella puede decirse mejor que de la
palmera de los oasis que tiene el pie en el hielo y en el fuego la
cabeza. En la salida misma de las nieves, el torrente, cuya agua lechosa
parece hielo apenas derretido, rodea con sus brazos un florido islote,
encantador ramillete de tallos que se estremecen sin cesar. Más lejos,
el cauce nevado que la sombra de una roca defendió de los rayos solares,
está esmaltado completamente de flores: la benigna temperatura que
despiden ha derretido la nieve á su alrededor. Parece que brotan de una
copa de cristal de fondo azulado por la sombra. Otras flores de mayor
sensibilidad no se atreven á entrar en inmediato contacto con la nieve,
y cuidan de rodearse de muelle funda musgosa. Así hace la clavellina
roja de los vértices nevados, y semeja un rubí colocado en almohadón de
terciopelo en medio de un lecho de blanco plumón.
En las pendientes de la montaña, los bosques alternan con las manchas de
césped, pero nunca al azar. La presencia de árboles grandes indica
siempre, en la vertiente que los produce, tierra vegetal de bastante
espesor y abundante agua de riego: de modo que, gracias á la
distribución de bosques y praderas, pueden leerse de lejos algunos
secretos de la montaña, siempre que el hombre no haya intervenido
brutalmente derribando los árboles y modificando el aspecto del monte.
Regiones enteras hay en que el hombre, ávido de riquezas, ha talado
todos los árboles: no ha quedado ni un tronco, porque las nieves, á las
cuales no detiene ya la barrera viva, resbalan libremente en la
temporada de los aludes. Descarnan el suelo, lo raspan hasta la roca,
llevándose consigo todos los residuos de las raíces.
La antigua veneración casi ha desaparecido. En otro tiempo, el leñador
apenas se atrevía á la selva montañesa: el viento que en ella gemía se
le figuraba voz de los dioses. Había seres sobrenaturales ocultos bajo
la corteza, y la savia del árbol era también sangre divina. Cuando
tenían que tocar con el hacha uno de aquellos troncos, lo hacían
temblando, y el montañés de los Apeninos decía: «Si eres dios ó diosa,
perdóname»; y recitaba devotamente las plegarias propias del caso, pero
no se quedaba muy tranquilo después de sus genuflexiones.
Al blandir el hacha, veía agitarse las ramas encima de su cabeza.
Parecíale que las rugosidades de la corteza adquirían expresión de ira y
se animaban con terrible mirada. Al primer golpe, parecía la húmeda
madera como sonrosada carne de ninfa. «El sacerdote lo ha permitido,
pero ¿qué dirá la propia divinidad? ¿No retrocederá el hacha de pronto,
para hendir el cuerpo de quien la esta manejando?»
Aún quedan hoy mismo árboles adorados: el montañés ignora por qué, y no
gusta de que le pregunten sobre ello; pero en muchos sitios existen
encinas respetadas, rodeadas de vallas por los indígenas, para
protegerlas contra los animales y los viajeros errantes. En Bretaña,
cuando un hombre estaba en peligro de muerte y no se hallaba cerca
ningún sacerdote, podía confesarse al pie de un árbol: las ramas le
oían, y su rumor llevaba al cielo la última oración del moribundo.
De todos modos, aunque quede algún tronco respetado en memoria del
tiempo viejo, no inspira ya el bosque aquel terror sagrado. Ahora los
leñadores no se andan con tantos miramientos como sus antepasados,
especialmente cuando no derriban bosques que sirven de valladar á los
aludes. Basta con que puedan explotarlos útilmente, es decir, ganando
con la venta de la madera más de lo que les cuesta la corta y el
transporte. Numerosas selvas conservan su prístina virginidad por lo
difícil que es al explotador llegar hasta ellas y sacar los árboles
cortados. Pero cuando el camino es cómodo, cuando la montaña ofrece
buenos resbaladeros, por los cuales se puede hacer bajar con un solo
impulso los troncos pelados, cuando al pie de la pendiente el torrente
del valle tiene bastante fuerza para arrastrar los árboles en balsas
hasta la llanura ó para dar movimiento á poderosas sierras mecánicas, en
gran peligro están los bosques de caer á manos de los leñadores. Si son
explotados con inteligencia, si se regulan cuidadosamente las talas, de
modo que siempre quede en pie bastante árbol para los años sucesivos, y
se desarrolle en el suelo forestal la mayor fuerza posible de
producción, puede congratularse la humanidad de las nuevas riquezas que
se le procuran. Pero cuando se corta y destruye de una vez todo el
bosque, como en un acceso de frenesí, dan intenciones de maldecir á
quien tal dispuso.
La belleza de los bosques que aún quedan en las pendientes de la montaña
hace que echemos de menos, con mayor pena, los que nos han robado
violentos especuladores. Abajo, junto á la llanura, han sido respetados
los bosques de castaños, gracias á las hojas, recogidas por los aldeanos
para la cuadra, y á los frutos que éstos mismos comen en las noches de
invierno. Pocas selvas, ni aun en las regiones tropicales, donde
alternan los grupos de árboles de más diferentes especies, presentan más
pintoresca variedad que los bosques de castaños. Las pendientes de
césped extendidas al pie de los árboles están bastante libres de malezas
para que la mirada pueda alcanzar numerosas perspectivas por debajo de
las ramas. En muchos sitios deja pasar la verde bóveda la luz del cielo:
la sombra gris y el rayo suavemente dorado oscilan según el movimiento
del follaje: musgos y líquenes que cubren con sus tapices la rugosa
corteza, acrecen la suavidad de luces y sombras fugitivas. Los mismos
árboles, bien irguiéndose aislados, bien formando grupos, difieren de
aspecto y de forma. Casi todos, por los surcos de la corteza y la
dirección de sus ramas, parecen haber sufrido un movimiento de torsión
de izquierda á derecha; pero mientras unos tienen el tronco bastante
liso y bifurcan regularmente sus ramas, otros tienen extrañas jorobas,
nudos y verrugas caprichosamente adornadas con hojas. Hay árboles viejos
de enorme tronco que han perdido sus ramas mayores á consecuencia de las
tempestades y las han sustituído con tallitos puntiagudos como lanzas:
otros conservan completo el ramaje, pero están podridos por dentro;
royóles el tronco el tiempo, abriéndoles profundas cavernas y no
dejándoles á veces más que una ligera capa de madera cubierta de corteza
para sostener todo el peso de la vegetación superior. Vése de cuando en
cuando en el suelo huella de una cepa de poderosa dimensión: desapareció
el árbol, pero alrededor de aquella ruina vegetal crecen otros castaños,
unidos antes al gigantesco pilar y aislados ahora, encogidos, limitados
á su ruin individualidad. De modo que el bosque presenta diversidad
grandísima. Al lado de árboles bien crecidos, de aspecto soberbio y
porte majestuoso, hay grupos cuyas extrañas formas evocan en la
imaginación los monstruos del sueño ó de la fábula. Mucho más
semejantes unas á otras son las hayas, que también gustan de asociarse y
formar bosques, como los castaños. Casi todas son rectas como columnas,
y la extensión abierta entre los fustes permiten á la vista alcanzar
largas distancias. Las hayas son lisas, de brillante corteza cubierta
por el liquen, y de verde musgo en la base; mazorquillas de hojas
adornan la parte baja del tronco, pero los ramajes se extienden á quince
metros de altura y se unen de árbol en árbol en continua bóveda,
perforada por rayos paralelos que forman dibujos en la hierba. El
aspecto de la selva es severo y hospitalario al mismo tiempo.
Suave claridad, compuesta de hacecillos brillantes y á la cual comunican
entonación verde las hojas, llena los paseos y se mezcla con la sombra
para producir una impresión de luz cenicienta, sin crudeza de matices,
pero también sin obscuridad. Tal claridad hace ver bien cuanto vive al
pie de los árboles grandes; los insectos que se arrastran, las
florecillas que se balancean, los hongos y musgos que alfombran tierra y
raíces, y sobre los mismos árboles, líquenes blancos y dorados que se
mezclan y confunden con los rayos de luz. Según las estaciones, cambia
incesantemente de apariencia el bosque de hayas. En otoño, el follaje
adquiere diversos tonos, dominando los matices obscuros y rojizos;
marchitase después y cae á tierra y la cubre con espesa capa de
hojarasca que zumba al menor soplo de aire. Penetra libremente la luz
solar en el bosque por entre las desnudas ramas, pero penetran también
nieves y brumas. Permanece triste y sombrío el bosque hasta la
primavera, cuando las primeras flores se abren junto á los charcos de
nieve derretida, cuando las sonrosadas yemas irradian sobre todo el
ramaje como una vaga luz auroral.
Más sombría y de más terrible apariencia es la selva de abetos que crece
á la misma altura que las hayas en la vertiente de la montaña, pero con
diferente expansión. Parece guardar un terrible secreto: brotan de sus
ramas rumores sordos y después se extinguen para renacer de nuevo, como
el murmullo lejano de las olas. Arriba es, en las copas, donde el ruido
se propaga; abajo todo está inmóvil, impasible y siniestro. Las ramas,
cargadas de negro follaje, se inclinan hasta el suelo, y estremece el
pasar bajo aquellas bóvedas sombrías. Cuando el invierno cargue de nieve
las robustas ramas, no se doblarán, y sólo dejarán caer en el césped
plateado polvo. Parece que poseen estos árboles tenaz voluntad, tanto
más poderosa, cuanto que les une á todos el mismo pensamiento. Trepando
por la selva hacia la cumbre de la montaña, se ve que los árboles tienen
que luchar cada vez más para conservar su existencia en la atmósfera,
que se va enfriando. Su corteza es más rugosa, su tronco menos recto,
sus ramas más nudosas, su follaje menos abundante y más duro. Sólo
pueden resistir á las nieves, á las tempestades y al frío por el abrigo
que se dan unos á otros. Aislados, perecerían; unidos en el bosque,
continúan viviendo, Pero si por la parte de la cima los árboles que
forman el primer valladón de defensa llegan á ceder en cualquier punto,
pronto conmoverá y derribará la tormenta á sus compañeros. Preséntase el
bosque como un ejército, formando á sus árboles en batalla, como si
fueran soldados. Únicamente dos ó tres abetos, más robustos que los
restantes, se han adelantado, semejantes á campeones. Sólidamente
arraigados en la roca, bien plantados, acorazados con rugosidades y
nudos como con una armadura, desafían á las borrascas y sacuden de
cuando en cuando sus penachos de bohojasHe visto á uno de sus héroes que
se había apoderado de una punta aislada y dominaba desde allí inmensa
extensión de cañadas y barrancos. Sus raíces, que no había podido cubrir
la poco profunda tierra vegetal, envolvían á la roca hasta larga
distancia: rastreras y tortuosas como serpientes, se reunían en un
tronco bajo y nudoso que parecía tomar posesión de la montaña; las ramas
del árbol luchador se habían torcido ante los ataques del viento, pero
sólidas y recogidas sobre si mismas, podían arrostrar aún el esfuerzo de
cien tempestades.
Por encima de los bosques de abetos y de su vanguardia expuesta á todas
las tempestades, todavía crecen árboles, pero son de especie que, en vez
de elevarse hacia el cielo, se arrastran por la tierra y se escurren
miedosamente por las fragosidades para huir del frío y del viento. Se
desarrolla en ellos la anchura: las ramas, que serpentean como raíces,
se repliegan sobre éstas y aprovechan su escaso calor. Así se juntan
unos á otros los carneros para calentarse durante las noches de
invierno, Achicándose, ofreciendo poco cuerpo á la tormenta, poca
superficie al frío, los enebros de la montaña consiguen conservar su
existencia, se le ve aún arrastrarse hacia las nevadas cimas á
centenares de metros por encima del abeto más atrevido en el asalto.
También los arbustos como el rosal de los Alpes y el brezo logran subir
á grandes alturas, gracias á la forma esférica ó de cúpula que tienen
todas sus ramas apretadas una contra otra. El viento resbala en estas
bolas vegetales. Pero ya más arriba tienen que renunciar á luchar contra
el frío y dejar sitio á los musgos que se extienden por el suelo y á los
líquenes que se incorporan á la roca. La vegetación salió de la piedra,
y á la piedra vuelve.