CAPÍTULO XIV

#Los bosques y los pastos#

Con sus nieves y con sus hielos derretidos, que sirven para aumentar el

caudal de torrentes y ríos en verano, conserva la montaña la vegetación

hasta enormes distancias de su base, pero se queda con humedad bastante

para alimentar á su propia flora de bosques, céspedes y musgos, muy

superior, por el número de las especies, á la flora de igual extensión

en la llanura. Desde abajo, no divisa la mirada los pormenores del

cuadro que presenta la verdura de la montaña, pero abarca todo el

magnífico conjunto y disfruta de los mil contrastes que la altura, las

fragosidades del suelo, la inclinación de las pendientes, la abundancia

del agua, la vecindad de las nieves y las demás condiciones físicas

producen en la vegetación.

En la primavera, cuando renace todo, da gusto ver el verdor de hierbas y

follaje dominar la blancura de las nieves. Los tallos del prado que

pueden respirar otra vez y ver la luz de nuevo, pierden su tono rojizo

y su apariencia calcinada y adquieren primero un color amarillento y

después verde hermoso. Multitud de flores esmaltan la pradera: véase

aquí únicamente ranúnculos, anémonas ó prímulas que brotan formando

ramilletes: más allá desaparece el verde bajo la blancura nívea del

gracioso y poético narciso, ó al vivo color del azafrán, que es flor

desde la raíz hasta la corola.

Cerca de las corrientes de agua abra su delicada flor la parnasia y en

otras partes florecillas blancas y azules, rojas ó amarillas, se

multiplican y forman tales muchedumbres, que dan su color á toda la

pendiente vegetal, y desde las vertientes opuestas se puede conocer qué

especie de planta domina en la pradera, á medida que la nieve retrocede

hacia las alturas ante la alfombra de florida verdura. Pronto toman

parte los árboles en la fiesta. Abajo, en las primeras pendientes, los

árboles frutales, después de haberse librado de la nieve del invierno,

se cubren con la nieve de las flores. Más arriba, castaños, hayas y

diversos arbustos, se cubren de hojas de verde claro; de un día á otro,

parece que la montaña se ha revestido con un tejido maravilloso de

terciopelo y seda. Poco á poco sube hacia las cimas el nuevo verdor de

bosques y de malezas; escala cañadas y barrancos para conquistar las

quebraduras superiores junto al ventisquero. En lo alto, todo inesperado

y alegre aspecto. Hasta las rocas sombrías, que parecían negras por su

contraste, con las nieves, adornan sus fragosidades con matas verdes.

También ellas participan de la primaveral alegría.

Menos suntuosos por la exuberancia del verdor y la prodigiosa multitud

de flores, son, sin embargo, los pastos altos más agradables que las

praderas bajas; más íntima y benigna es la alegría de sus masas de

verdor. Es más grato pasearse por la corta hierba y entrar en

conocimiento con las flores que brotan á millares de la alfombra verde.

Incomparable es el brillo de sus corolas. El sol les envía rayos más

cálidos, de más poderosa y rápida acción química, y elabora en la savia

substancias colorantes de más perfecta belleza. El químico y el

botánico, armados de sus lentes, comprueban el fenómeno como es debido;

pero sin necesidad de instrumentos bien ve el paseante, á la simple

vista, que ninguna flor de la llanura tiene un azul tan profundo como el

de la diminuta genciana. Las plantas, en su prisa por vivir y gozar,

adquieren mayor hermosura; adórnanse con más vivos colores, porque la

estación de la ventura será corta; cuando haya desaparecido el verano,

la muerte las sorprenderá.

Deslumbra la vista el brillo que despiden las anchas extensiones de

hierba salpicada con las estrellas de color sonrosado subido del sueño,

con los azules manojos de miosotis, con las anchas flores del aster de

los Alpes, cuyo corazón es de oro. En las pendientes más secas, en medio

de las rocas áridas, crecen el negro orquiso con fragancia de vainilla,

y el pie de león, cuya flor nunca se marchita, y es símbolo de eterna

constancia.

De esas plantas de brillantes flores, algunas no temen la vecindad de la

nieve y el agua helada. No siente el frío; al lado de los cristales de

nieve circula libremente la savia en los tejidos de la delicada

soldanela, que inclina sobre la nieve su corola de tan puro y suave

matiz: cuando brilla el sol, de ella puede decirse mejor que de la

palmera de los oasis que tiene el pie en el hielo y en el fuego la

cabeza. En la salida misma de las nieves, el torrente, cuya agua lechosa

parece hielo apenas derretido, rodea con sus brazos un florido islote,

encantador ramillete de tallos que se estremecen sin cesar. Más lejos,

el cauce nevado que la sombra de una roca defendió de los rayos solares,

está esmaltado completamente de flores: la benigna temperatura que

despiden ha derretido la nieve á su alrededor. Parece que brotan de una

copa de cristal de fondo azulado por la sombra. Otras flores de mayor

sensibilidad no se atreven á entrar en inmediato contacto con la nieve,

y cuidan de rodearse de muelle funda musgosa. Así hace la clavellina

roja de los vértices nevados, y semeja un rubí colocado en almohadón de

terciopelo en medio de un lecho de blanco plumón.

En las pendientes de la montaña, los bosques alternan con las manchas de

césped, pero nunca al azar. La presencia de árboles grandes indica

siempre, en la vertiente que los produce, tierra vegetal de bastante

espesor y abundante agua de riego: de modo que, gracias á la

distribución de bosques y praderas, pueden leerse de lejos algunos

secretos de la montaña, siempre que el hombre no haya intervenido

brutalmente derribando los árboles y modificando el aspecto del monte.

Regiones enteras hay en que el hombre, ávido de riquezas, ha talado

todos los árboles: no ha quedado ni un tronco, porque las nieves, á las

cuales no detiene ya la barrera viva, resbalan libremente en la

temporada de los aludes. Descarnan el suelo, lo raspan hasta la roca,

llevándose consigo todos los residuos de las raíces.

La antigua veneración casi ha desaparecido. En otro tiempo, el leñador

apenas se atrevía á la selva montañesa: el viento que en ella gemía se

le figuraba voz de los dioses. Había seres sobrenaturales ocultos bajo

la corteza, y la savia del árbol era también sangre divina. Cuando

tenían que tocar con el hacha uno de aquellos troncos, lo hacían

temblando, y el montañés de los Apeninos decía: «Si eres dios ó diosa,

perdóname»; y recitaba devotamente las plegarias propias del caso, pero

no se quedaba muy tranquilo después de sus genuflexiones.

Al blandir el hacha, veía agitarse las ramas encima de su cabeza.

Parecíale que las rugosidades de la corteza adquirían expresión de ira y

se animaban con terrible mirada. Al primer golpe, parecía la húmeda

madera como sonrosada carne de ninfa. «El sacerdote lo ha permitido,

pero ¿qué dirá la propia divinidad? ¿No retrocederá el hacha de pronto,

para hendir el cuerpo de quien la esta manejando?»

Aún quedan hoy mismo árboles adorados: el montañés ignora por qué, y no

gusta de que le pregunten sobre ello; pero en muchos sitios existen

encinas respetadas, rodeadas de vallas por los indígenas, para

protegerlas contra los animales y los viajeros errantes. En Bretaña,

cuando un hombre estaba en peligro de muerte y no se hallaba cerca

ningún sacerdote, podía confesarse al pie de un árbol: las ramas le

oían, y su rumor llevaba al cielo la última oración del moribundo.

De todos modos, aunque quede algún tronco respetado en memoria del

tiempo viejo, no inspira ya el bosque aquel terror sagrado. Ahora los

leñadores no se andan con tantos miramientos como sus antepasados,

especialmente cuando no derriban bosques que sirven de valladar á los

aludes. Basta con que puedan explotarlos útilmente, es decir, ganando

con la venta de la madera más de lo que les cuesta la corta y el

transporte. Numerosas selvas conservan su prístina virginidad por lo

difícil que es al explotador llegar hasta ellas y sacar los árboles

cortados. Pero cuando el camino es cómodo, cuando la montaña ofrece

buenos resbaladeros, por los cuales se puede hacer bajar con un solo

impulso los troncos pelados, cuando al pie de la pendiente el torrente

del valle tiene bastante fuerza para arrastrar los árboles en balsas

hasta la llanura ó para dar movimiento á poderosas sierras mecánicas, en

gran peligro están los bosques de caer á manos de los leñadores. Si son

explotados con inteligencia, si se regulan cuidadosamente las talas, de

modo que siempre quede en pie bastante árbol para los años sucesivos, y

se desarrolle en el suelo forestal la mayor fuerza posible de

producción, puede congratularse la humanidad de las nuevas riquezas que

se le procuran. Pero cuando se corta y destruye de una vez todo el

bosque, como en un acceso de frenesí, dan intenciones de maldecir á

quien tal dispuso.

La belleza de los bosques que aún quedan en las pendientes de la montaña

hace que echemos de menos, con mayor pena, los que nos han robado

violentos especuladores. Abajo, junto á la llanura, han sido respetados

los bosques de castaños, gracias á las hojas, recogidas por los aldeanos

para la cuadra, y á los frutos que éstos mismos comen en las noches de

invierno. Pocas selvas, ni aun en las regiones tropicales, donde

alternan los grupos de árboles de más diferentes especies, presentan más

pintoresca variedad que los bosques de castaños. Las pendientes de

césped extendidas al pie de los árboles están bastante libres de malezas

para que la mirada pueda alcanzar numerosas perspectivas por debajo de

las ramas. En muchos sitios deja pasar la verde bóveda la luz del cielo:

la sombra gris y el rayo suavemente dorado oscilan según el movimiento

del follaje: musgos y líquenes que cubren con sus tapices la rugosa

corteza, acrecen la suavidad de luces y sombras fugitivas. Los mismos

árboles, bien irguiéndose aislados, bien formando grupos, difieren de

aspecto y de forma. Casi todos, por los surcos de la corteza y la

dirección de sus ramas, parecen haber sufrido un movimiento de torsión

de izquierda á derecha; pero mientras unos tienen el tronco bastante

liso y bifurcan regularmente sus ramas, otros tienen extrañas jorobas,

nudos y verrugas caprichosamente adornadas con hojas. Hay árboles viejos

de enorme tronco que han perdido sus ramas mayores á consecuencia de las

tempestades y las han sustituído con tallitos puntiagudos como lanzas:

otros conservan completo el ramaje, pero están podridos por dentro;

royóles el tronco el tiempo, abriéndoles profundas cavernas y no

dejándoles á veces más que una ligera capa de madera cubierta de corteza

para sostener todo el peso de la vegetación superior. Vése de cuando en

cuando en el suelo huella de una cepa de poderosa dimensión: desapareció

el árbol, pero alrededor de aquella ruina vegetal crecen otros castaños,

unidos antes al gigantesco pilar y aislados ahora, encogidos, limitados

á su ruin individualidad. De modo que el bosque presenta diversidad

grandísima. Al lado de árboles bien crecidos, de aspecto soberbio y

porte majestuoso, hay grupos cuyas extrañas formas evocan en la

imaginación los monstruos del sueño ó de la fábula. Mucho más

semejantes unas á otras son las hayas, que también gustan de asociarse y

formar bosques, como los castaños. Casi todas son rectas como columnas,

y la extensión abierta entre los fustes permiten á la vista alcanzar

largas distancias. Las hayas son lisas, de brillante corteza cubierta

por el liquen, y de verde musgo en la base; mazorquillas de hojas

adornan la parte baja del tronco, pero los ramajes se extienden á quince

metros de altura y se unen de árbol en árbol en continua bóveda,

perforada por rayos paralelos que forman dibujos en la hierba. El

aspecto de la selva es severo y hospitalario al mismo tiempo.

Suave claridad, compuesta de hacecillos brillantes y á la cual comunican

entonación verde las hojas, llena los paseos y se mezcla con la sombra

para producir una impresión de luz cenicienta, sin crudeza de matices,

pero también sin obscuridad. Tal claridad hace ver bien cuanto vive al

pie de los árboles grandes; los insectos que se arrastran, las

florecillas que se balancean, los hongos y musgos que alfombran tierra y

raíces, y sobre los mismos árboles, líquenes blancos y dorados que se

mezclan y confunden con los rayos de luz. Según las estaciones, cambia

incesantemente de apariencia el bosque de hayas. En otoño, el follaje

adquiere diversos tonos, dominando los matices obscuros y rojizos;

marchitase después y cae á tierra y la cubre con espesa capa de

hojarasca que zumba al menor soplo de aire. Penetra libremente la luz

solar en el bosque por entre las desnudas ramas, pero penetran también

nieves y brumas. Permanece triste y sombrío el bosque hasta la

primavera, cuando las primeras flores se abren junto á los charcos de

nieve derretida, cuando las sonrosadas yemas irradian sobre todo el

ramaje como una vaga luz auroral.

Más sombría y de más terrible apariencia es la selva de abetos que crece

á la misma altura que las hayas en la vertiente de la montaña, pero con

diferente expansión. Parece guardar un terrible secreto: brotan de sus

ramas rumores sordos y después se extinguen para renacer de nuevo, como

el murmullo lejano de las olas. Arriba es, en las copas, donde el ruido

se propaga; abajo todo está inmóvil, impasible y siniestro. Las ramas,

cargadas de negro follaje, se inclinan hasta el suelo, y estremece el

pasar bajo aquellas bóvedas sombrías. Cuando el invierno cargue de nieve

las robustas ramas, no se doblarán, y sólo dejarán caer en el césped

plateado polvo. Parece que poseen estos árboles tenaz voluntad, tanto

más poderosa, cuanto que les une á todos el mismo pensamiento. Trepando

por la selva hacia la cumbre de la montaña, se ve que los árboles tienen

que luchar cada vez más para conservar su existencia en la atmósfera,

que se va enfriando. Su corteza es más rugosa, su tronco menos recto,

sus ramas más nudosas, su follaje menos abundante y más duro. Sólo

pueden resistir á las nieves, á las tempestades y al frío por el abrigo

que se dan unos á otros. Aislados, perecerían; unidos en el bosque,

continúan viviendo, Pero si por la parte de la cima los árboles que

forman el primer valladón de defensa llegan á ceder en cualquier punto,

pronto conmoverá y derribará la tormenta á sus compañeros. Preséntase el

bosque como un ejército, formando á sus árboles en batalla, como si

fueran soldados. Únicamente dos ó tres abetos, más robustos que los

restantes, se han adelantado, semejantes á campeones. Sólidamente

arraigados en la roca, bien plantados, acorazados con rugosidades y

nudos como con una armadura, desafían á las borrascas y sacuden de

cuando en cuando sus penachos de bohojasHe visto á uno de sus héroes que

se había apoderado de una punta aislada y dominaba desde allí inmensa

extensión de cañadas y barrancos. Sus raíces, que no había podido cubrir

la poco profunda tierra vegetal, envolvían á la roca hasta larga

distancia: rastreras y tortuosas como serpientes, se reunían en un

tronco bajo y nudoso que parecía tomar posesión de la montaña; las ramas

del árbol luchador se habían torcido ante los ataques del viento, pero

sólidas y recogidas sobre si mismas, podían arrostrar aún el esfuerzo de

cien tempestades.

Por encima de los bosques de abetos y de su vanguardia expuesta á todas

las tempestades, todavía crecen árboles, pero son de especie que, en vez

de elevarse hacia el cielo, se arrastran por la tierra y se escurren

miedosamente por las fragosidades para huir del frío y del viento. Se

desarrolla en ellos la anchura: las ramas, que serpentean como raíces,

se repliegan sobre éstas y aprovechan su escaso calor. Así se juntan

unos á otros los carneros para calentarse durante las noches de

invierno, Achicándose, ofreciendo poco cuerpo á la tormenta, poca

superficie al frío, los enebros de la montaña consiguen conservar su

existencia, se le ve aún arrastrarse hacia las nevadas cimas á

centenares de metros por encima del abeto más atrevido en el asalto.

También los arbustos como el rosal de los Alpes y el brezo logran subir

á grandes alturas, gracias á la forma esférica ó de cúpula que tienen

todas sus ramas apretadas una contra otra. El viento resbala en estas

bolas vegetales. Pero ya más arriba tienen que renunciar á luchar contra

el frío y dejar sitio á los musgos que se extienden por el suelo y á los

líquenes que se incorporan á la roca. La vegetación salió de la piedra,

y á la piedra vuelve.

La Montaña · 第 18 / 29 题