#Los hacinamientos de rocas y los torrentes#
Todos esos fenómenos que se verifican diariamente parecen de poquísima
importancia para la historia de la tierra. ¿Qué representa,
efectivamente, el trabajo del ventisquero durante un día de verano? Su
masa, que adelanta por continuo esfuerzo, apenas ha recorrido algunos
centímetros; dos ó tres rocas se han desprendido dé la pared para caer
en el movible campo de hielo; se ha ensanchado algo más el arroyo que se
lleva las aguas procedentes de la fusión, y los guijarros más numerosos
tropiezan unos con otros con mayor estruendo en el cauce. Lo demás
conserva su acostumbrada apariencia. En ninguna parte parece llevar
adelante con mayor lentitud la naturaleza su obra de perpetua
renovación.
Y, sin embargo, esas transformaciónillas de cada día, de cada minuto,
acaban por producir cambios inmensos en el aspecto de la tierra,
verdaderas revoluciones geológicas. Esos cascotes, esos fragmentos de
roca que caen de las quebraduras superiores al cauce de hielo, se
amontonan poco á poco al pie de las paredes como enormes murallas de
piedra; caminan lentamente con la masa helada que los lleva, pero otros
escombros, desprendidos de los mismos lados de la montaña, ocupan el
lugar que han dejado aquellos. Así es que largos convoyes de rocas,
desordenadamente hacinadas, siguen el andar del ventisquero. Súmanse al
río de hielo ríos de piedras que bajan de todo derruido promontorio, de
todo círculo surcado por el alud.
Llegado á la salida de los altos desfiladeros, en una zona de
temperatura más suave, el ventisquero no puede continuar en estado
cristalino: se convierte en agua y suelta su carga de piedras. Todas
éstas se desploman, formando caos inmenso, como una barricada en el
valle; y en la extremidad de muchos ventisqueros se ven verdaderas
montañas de piedras mal sostenidas en sus escarpas. Si después de una
larga serie de años de nieve se hincha y se alarga la masa del
ventisquero, volverá á coger esas montañas de piedras y las llevará más
lejos. Cuando después, y bajo la influencia de más benigna temperatura
de inviernos menos pródigos en nieve se funda el ventisquero en toda su
parte inferior dejando vacíos la oquedad de roca que le servía de cauce,
el hacinamiento de peñascos, libre de la presión que le empujaba hacia
adelante, quedará aislado á cierta distancia del ventisquero; detrás de
él se verá la piedra desnuda, lisa, cepillada por el enorme peso que
recientemente la cubría y sembrada en algunos sitios del barro rojizo
producido por los guijarros y el casquijo que se estrellaron en ella.
Otro hacinamiento de escombros se formará poco á poco delante de la
escarpa del ventisquero.
Pues bien; á enormes distancias del valle, que pueden medirse, pasado
éste, por decenas de leguas, se observan huellas indiscutibles de la
antigua acción de los hielos. Llanuras enteras, llenas de agua en otro
tiempo, han sido cegadas por el lodo y los guijarros que el ventisquero
impulsaba hacia adelante; los rebordes de las montañas y las colinas
aparecen desgastados; finalmente, rocas esparcidas ó hacinadas han
quedado abandonadas á lo lejos, hasta en pendientes de montañas
pertenecientes á otros sistemas. Se conoce con facilidad el origen de
estas piedras en su composición química, en la disposición de sus
cristales ó en sus fósiles. Tienen tal precisión á veces sus caracteres
distintivos, que se puede determinar el elevado círculo de donde se
separó el errante pedazo. ¿Cuántos años, cuántos siglos habrá durado ese
viaje? Indudablemente ha sido larguísimo, si lo juzgamos por las enormes
rocas que transportan hoy los ventisqueros y cuyo andar se ha medido.
Algunos de esos peñascos que viajan han adquirido celebridad por las
observaciones de los sabios y se los ve con gusto, como si de amigos se
tratara.
Esas piedras varadas en la llanura, esos montones de barro transportados
tan lejos, todas esas huellas al paso de antiguos ventisqueros, nos
permiten imaginar cuales han sido las grandes alternativas de clima y
las inmensas modificaciones del relieve y el aspecto terrestre durante
las sucesivas edades del planeta. En los pasados tiempos que nos revelan
esos escombros, vemos á nuestra montaña y á las vecinas erguirse á mucha
mayor altura que la actual. Sus vértices dominaban las más altas nubes,
y todos los vapores que viajaban por el espacio se depositaban como
nieve ó como helado cristal en sus enormes pendientes. Sus círculos de
pastos, las verdes cañadas, las vertientes llenas hoy de bosques,
estaban cubiertas por uniforme capa de hielo. Nada aparecía aún en el
valle: ni cascadas, ni praderas, ni arroyos, ni lagos. El inmenso río
helado, no menos recio que las actuales hiladas del monte, llenaba todas
las depresiones, y después, al salir de los alfoces, se extendía á lo
lejos, en la llanura, dominando cañadas y cerros. Tal era, en tiempo de
nuestros antepasados, la imagen que les presentaba la montaña cargada de
hielo: los tataranietos de nuestros hijos, que vivan en la indefinida
lontananza de los siglos, verán cuadros completamente distintos. Tal vez
entonces, completamente fundido el ventisquero, corra en su lugar
arroyuelo humilde, ni que quede otra huella de aquél que una ligera
convexidad del terreno. La actual llanura, transformada por los cambios
de nivel, habrá producido montes que gradualmente se irán elevando.
Y mientras pensamos en la historia de la montaña y su ventisquero, en lo
que fueron y en lo que llegarán á ser, sale el torrente, susurrando, de
los hielos y vase por el mundo á contribuir á la labor de la renovación
continua de la tierra. El agua, blanquecina ó lechosa por las
innumerables moléculas de roca triturada que lleva en suspensión, no es
más que el mismo ventisquero, que ha pasado súbitamente al estado
líquido. Y no es chico, sin embargo, el contraste entre la masa sólida,
con sus grietas, sus montones de piedras, sus pendientes fangosas sus
grutas, y el agua que brota alegremente luminosa y serpentea con claro
murmullo entre las flores. Uno de los más curiosos espectáculos de la
montaña es esta brusca aparición del arroyo que durante todo el curso
por las regiones superiores ha corrido por la sombra, acrecentándose con
los millones de gotitas desprendidas de las hendiduras de las bóvedas.
La caverna, de la cual se escapa el torrente, cambia diariamente de
forma según los derrumbamientos ó la fundición del hielo: no obstante,
es fácil penetrar á cierta distancia en la gruta y admirar sus
estalactitas, sus paredes translúcidas, su azulada luz, sus cambiantes
reflejos. Lo extraño y vago del espectáculo, la emoción que sobrecoje el
alma, le hacen creer á uno que le han conducido á lugar sagrado. _Tres
veces, mil veces benditos_ se creen los peregrinos indios que, después
de haber llegado á las fuentes del Ganges, se atreven aún á penetrar
bajo la tenebrosa bóveda de donde brota el río santo.
Con gran regularidad, causada por la de las estaciones, llevan los
torrentes del ventisquero á la llanura el agua fecundante y los barros
de aluvión, que provienen del enorme taller triturador que funciona
incesantemente bajo el ventisquero. Durante la estación del frío en
nuestras zonas templadas, cuando cae la lluvia en los campos con más
frecuencia y en lugar de evaporarse emprende el camino hacia los ríos,
hállase más apretadamente el ventisquero. Se adhiere por todas partes á
la bóveda que le sirve de cauce y no deja salir de ella más que una
tenue corriente, á veces se cierra enteramente y ni una gota de agua
baja de la montaña. Pero á medida que vuelve el calor y la alegre
vegetación pide mayor cantidad de agua para sus hojas y sus flores, á
medida que se hace más activa la evaporación y tiende á bajar el nivel
de los ríos, aumentan los torrentes glaciales, parecen ríos temporales y
proporcionan la necesaria humedad á los campos sedientos. Así se
establece utilísima compensación para la prosperidad de las comarcas
regadas por corrientes de agua que alimentan los ventisqueros en parte.
Cuando los afluentes, acrecidos por la lluvia, corren abundantemente,
los torrentes de la montaña llevan muy escaso caudal líquido, pero se
desbordan en cambio, cuando las otras corrientes de agua están casi
secas. Gracias á ese fenómeno de compensación, conserva cierta igualdad
el río al cual van á parar todas las diversas aguas.
En la economía general de la tierra, el ventisquero, inmóvil
aparentemente, de fuerza tan lenta y tan tranquila, es un gran elemento
de regularización. Es raro que introduzca algún imprevisto desorden en
la naturaleza, como puede ocurrir, por ejemplo, cuando un ventisquero
lateral, empujando un largo muro de escombros ó adelantándose á través
de un riachuelo salido del ventisquero primitivo, acumula las aguas y
forma así un lago incesantemente crecido. Resiste el dique durante mucho
tiempo á la presión de la masa líquida, pero á consecuencia de una
fusión considerable de nieves, de un retroceso del ventisquero, ó de
desmoronamientos lentamente producidos por las aguas, puede ceder de
pronto la barrera de hielo y peñascos. Entonces se convierte el lago en
alud terrible; mezclada el agua con piedras, témpanos y todos los restos
arrancados á la orilla, se precipita rabiosamente en el valle inferior;
arranca los puentes, destruye los molinos, arrasa las habitaciones,
desarraiga los árboles de las pendientes bajas, y revolviendo hasta las
praderas, como lo haría la reja de un arado inmenso, las arrolla al
pasar y las confunde con el caos de tal diluvio. Inmenso es el desastre
en los valles que la inundación recorre, y transmítese su relato de
generación en generación.
Pero esos sucesos son raros y hasta se hacen imposibles para lo
porvenir en los países civilizados, porque las amenazadas poblaciones
cuidan de precaver el peligro abriendo subterráneos de desahogo para los
depósitos lacustres que se forman detrás de un dique movible de hielo ó
de piedra. Previstos así sus desmanes, el ventisquero es un bienhechor
de las regiones que han de recorrer sus aguas. El las riega en la
estación más temible por la sequía, las renueva con aluviones de tierra
vegetal fresca aún y con todos sus elementos de nutrición química. El
ventisquero es en realidad un lago, un mar de agua dulce que contiene
billones de metros cúbicos; pero ese lago, suspendido en las laderas de
los montes, se vierte lentamente y como con medida. Contiene bastante
agua para inundar todos los campos inferiores, pero reparte sus tesoros
discretamente. Esa helada masa, que ofrece la apariencia de la muerte,
contribuye no poco á la vida y á la fecundidad de la tierra.