CAPÍTULO XIII

#Los hacinamientos de rocas y los torrentes#

Todos esos fenómenos que se verifican diariamente parecen de poquísima

importancia para la historia de la tierra. ¿Qué representa,

efectivamente, el trabajo del ventisquero durante un día de verano? Su

masa, que adelanta por continuo esfuerzo, apenas ha recorrido algunos

centímetros; dos ó tres rocas se han desprendido dé la pared para caer

en el movible campo de hielo; se ha ensanchado algo más el arroyo que se

lleva las aguas procedentes de la fusión, y los guijarros más numerosos

tropiezan unos con otros con mayor estruendo en el cauce. Lo demás

conserva su acostumbrada apariencia. En ninguna parte parece llevar

adelante con mayor lentitud la naturaleza su obra de perpetua

renovación.

Y, sin embargo, esas transformaciónillas de cada día, de cada minuto,

acaban por producir cambios inmensos en el aspecto de la tierra,

verdaderas revoluciones geológicas. Esos cascotes, esos fragmentos de

roca que caen de las quebraduras superiores al cauce de hielo, se

amontonan poco á poco al pie de las paredes como enormes murallas de

piedra; caminan lentamente con la masa helada que los lleva, pero otros

escombros, desprendidos de los mismos lados de la montaña, ocupan el

lugar que han dejado aquellos. Así es que largos convoyes de rocas,

desordenadamente hacinadas, siguen el andar del ventisquero. Súmanse al

río de hielo ríos de piedras que bajan de todo derruido promontorio, de

todo círculo surcado por el alud.

Llegado á la salida de los altos desfiladeros, en una zona de

temperatura más suave, el ventisquero no puede continuar en estado

cristalino: se convierte en agua y suelta su carga de piedras. Todas

éstas se desploman, formando caos inmenso, como una barricada en el

valle; y en la extremidad de muchos ventisqueros se ven verdaderas

montañas de piedras mal sostenidas en sus escarpas. Si después de una

larga serie de años de nieve se hincha y se alarga la masa del

ventisquero, volverá á coger esas montañas de piedras y las llevará más

lejos. Cuando después, y bajo la influencia de más benigna temperatura

de inviernos menos pródigos en nieve se funda el ventisquero en toda su

parte inferior dejando vacíos la oquedad de roca que le servía de cauce,

el hacinamiento de peñascos, libre de la presión que le empujaba hacia

adelante, quedará aislado á cierta distancia del ventisquero; detrás de

él se verá la piedra desnuda, lisa, cepillada por el enorme peso que

recientemente la cubría y sembrada en algunos sitios del barro rojizo

producido por los guijarros y el casquijo que se estrellaron en ella.

Otro hacinamiento de escombros se formará poco á poco delante de la

escarpa del ventisquero.

Pues bien; á enormes distancias del valle, que pueden medirse, pasado

éste, por decenas de leguas, se observan huellas indiscutibles de la

antigua acción de los hielos. Llanuras enteras, llenas de agua en otro

tiempo, han sido cegadas por el lodo y los guijarros que el ventisquero

impulsaba hacia adelante; los rebordes de las montañas y las colinas

aparecen desgastados; finalmente, rocas esparcidas ó hacinadas han

quedado abandonadas á lo lejos, hasta en pendientes de montañas

pertenecientes á otros sistemas. Se conoce con facilidad el origen de

estas piedras en su composición química, en la disposición de sus

cristales ó en sus fósiles. Tienen tal precisión á veces sus caracteres

distintivos, que se puede determinar el elevado círculo de donde se

separó el errante pedazo. ¿Cuántos años, cuántos siglos habrá durado ese

viaje? Indudablemente ha sido larguísimo, si lo juzgamos por las enormes

rocas que transportan hoy los ventisqueros y cuyo andar se ha medido.

Algunos de esos peñascos que viajan han adquirido celebridad por las

observaciones de los sabios y se los ve con gusto, como si de amigos se

tratara.

Esas piedras varadas en la llanura, esos montones de barro transportados

tan lejos, todas esas huellas al paso de antiguos ventisqueros, nos

permiten imaginar cuales han sido las grandes alternativas de clima y

las inmensas modificaciones del relieve y el aspecto terrestre durante

las sucesivas edades del planeta. En los pasados tiempos que nos revelan

esos escombros, vemos á nuestra montaña y á las vecinas erguirse á mucha

mayor altura que la actual. Sus vértices dominaban las más altas nubes,

y todos los vapores que viajaban por el espacio se depositaban como

nieve ó como helado cristal en sus enormes pendientes. Sus círculos de

pastos, las verdes cañadas, las vertientes llenas hoy de bosques,

estaban cubiertas por uniforme capa de hielo. Nada aparecía aún en el

valle: ni cascadas, ni praderas, ni arroyos, ni lagos. El inmenso río

helado, no menos recio que las actuales hiladas del monte, llenaba todas

las depresiones, y después, al salir de los alfoces, se extendía á lo

lejos, en la llanura, dominando cañadas y cerros. Tal era, en tiempo de

nuestros antepasados, la imagen que les presentaba la montaña cargada de

hielo: los tataranietos de nuestros hijos, que vivan en la indefinida

lontananza de los siglos, verán cuadros completamente distintos. Tal vez

entonces, completamente fundido el ventisquero, corra en su lugar

arroyuelo humilde, ni que quede otra huella de aquél que una ligera

convexidad del terreno. La actual llanura, transformada por los cambios

de nivel, habrá producido montes que gradualmente se irán elevando.

Y mientras pensamos en la historia de la montaña y su ventisquero, en lo

que fueron y en lo que llegarán á ser, sale el torrente, susurrando, de

los hielos y vase por el mundo á contribuir á la labor de la renovación

continua de la tierra. El agua, blanquecina ó lechosa por las

innumerables moléculas de roca triturada que lleva en suspensión, no es

más que el mismo ventisquero, que ha pasado súbitamente al estado

líquido. Y no es chico, sin embargo, el contraste entre la masa sólida,

con sus grietas, sus montones de piedras, sus pendientes fangosas sus

grutas, y el agua que brota alegremente luminosa y serpentea con claro

murmullo entre las flores. Uno de los más curiosos espectáculos de la

montaña es esta brusca aparición del arroyo que durante todo el curso

por las regiones superiores ha corrido por la sombra, acrecentándose con

los millones de gotitas desprendidas de las hendiduras de las bóvedas.

La caverna, de la cual se escapa el torrente, cambia diariamente de

forma según los derrumbamientos ó la fundición del hielo: no obstante,

es fácil penetrar á cierta distancia en la gruta y admirar sus

estalactitas, sus paredes translúcidas, su azulada luz, sus cambiantes

reflejos. Lo extraño y vago del espectáculo, la emoción que sobrecoje el

alma, le hacen creer á uno que le han conducido á lugar sagrado. _Tres

veces, mil veces benditos_ se creen los peregrinos indios que, después

de haber llegado á las fuentes del Ganges, se atreven aún á penetrar

bajo la tenebrosa bóveda de donde brota el río santo.

Con gran regularidad, causada por la de las estaciones, llevan los

torrentes del ventisquero á la llanura el agua fecundante y los barros

de aluvión, que provienen del enorme taller triturador que funciona

incesantemente bajo el ventisquero. Durante la estación del frío en

nuestras zonas templadas, cuando cae la lluvia en los campos con más

frecuencia y en lugar de evaporarse emprende el camino hacia los ríos,

hállase más apretadamente el ventisquero. Se adhiere por todas partes á

la bóveda que le sirve de cauce y no deja salir de ella más que una

tenue corriente, á veces se cierra enteramente y ni una gota de agua

baja de la montaña. Pero á medida que vuelve el calor y la alegre

vegetación pide mayor cantidad de agua para sus hojas y sus flores, á

medida que se hace más activa la evaporación y tiende á bajar el nivel

de los ríos, aumentan los torrentes glaciales, parecen ríos temporales y

proporcionan la necesaria humedad á los campos sedientos. Así se

establece utilísima compensación para la prosperidad de las comarcas

regadas por corrientes de agua que alimentan los ventisqueros en parte.

Cuando los afluentes, acrecidos por la lluvia, corren abundantemente,

los torrentes de la montaña llevan muy escaso caudal líquido, pero se

desbordan en cambio, cuando las otras corrientes de agua están casi

secas. Gracias á ese fenómeno de compensación, conserva cierta igualdad

el río al cual van á parar todas las diversas aguas.

En la economía general de la tierra, el ventisquero, inmóvil

aparentemente, de fuerza tan lenta y tan tranquila, es un gran elemento

de regularización. Es raro que introduzca algún imprevisto desorden en

la naturaleza, como puede ocurrir, por ejemplo, cuando un ventisquero

lateral, empujando un largo muro de escombros ó adelantándose á través

de un riachuelo salido del ventisquero primitivo, acumula las aguas y

forma así un lago incesantemente crecido. Resiste el dique durante mucho

tiempo á la presión de la masa líquida, pero á consecuencia de una

fusión considerable de nieves, de un retroceso del ventisquero, ó de

desmoronamientos lentamente producidos por las aguas, puede ceder de

pronto la barrera de hielo y peñascos. Entonces se convierte el lago en

alud terrible; mezclada el agua con piedras, témpanos y todos los restos

arrancados á la orilla, se precipita rabiosamente en el valle inferior;

arranca los puentes, destruye los molinos, arrasa las habitaciones,

desarraiga los árboles de las pendientes bajas, y revolviendo hasta las

praderas, como lo haría la reja de un arado inmenso, las arrolla al

pasar y las confunde con el caos de tal diluvio. Inmenso es el desastre

en los valles que la inundación recorre, y transmítese su relato de

generación en generación.

Pero esos sucesos son raros y hasta se hacen imposibles para lo

porvenir en los países civilizados, porque las amenazadas poblaciones

cuidan de precaver el peligro abriendo subterráneos de desahogo para los

depósitos lacustres que se forman detrás de un dique movible de hielo ó

de piedra. Previstos así sus desmanes, el ventisquero es un bienhechor

de las regiones que han de recorrer sus aguas. El las riega en la

estación más temible por la sequía, las renueva con aluviones de tierra

vegetal fresca aún y con todos sus elementos de nutrición química. El

ventisquero es en realidad un lago, un mar de agua dulce que contiene

billones de metros cúbicos; pero ese lago, suspendido en las laderas de

los montes, se vierte lentamente y como con medida. Contiene bastante

agua para inundar todos los campos inferiores, pero reparte sus tesoros

discretamente. Esa helada masa, que ofrece la apariencia de la muerte,

contribuye no poco á la vida y á la fecundidad de la tierra.

La Montaña · 第 17 / 29 题