#El ventisquero#
Hasta en medio del estío, cuando el soplo de los vientos cálidos ha
fundido todas las nieves, enormes montones de hielo, encerrados en los
valles altos, constituyen todavía un invierno local, que el contraste
hace más raro. Cuando el sol resplandece con todo su brillo, el calor
directo y el que reflejan los hielos hacen padecer bastante al viajero:
en apariencia hace más calor que en los valles, por la sequedad del
aire, privado continuamente de su humedad por la árida superficie del
ventisquero. En las cercanías se oye cantar á los pájaros entre el
follaje; las flores esmaltan el prado, los frutos maduran en las ramas,
y, sin embargo, al lado de ese mundo alegre, el ventisquero sombrío, con
sus abiertas grietas, sus montones de piedras, su silencio terrible, su
aparente inmovilidad, representa la muerte al lado de la vida.
No obstante, también tiene su movimiento la gran masa helada. Con
lentitud; pero con invencible fuerza, trabaja como el viento, las
nieves, las lluvias y las corrientes de agua en la renovación de la
superficie del planeta. Por donde quiera que han pasado los
ventisqueros, durante alguna de las edades de la tierra, transformó su
acción el aspecto del paisaje. Llevan á la llanura, lo mismo que los
aludes, los escombros de las derrumbadas montañas, sin violencia, con
paciente esfuerzo de todos los instantes.
La obra del ventisquero, tan difícil de apreciar en su secreta
continuidad, aunque vastísima en sus resultados, empieza en la cumbre de
la montaña, en la superficie de las capas níveas. Allá arriba, en los
círculos donde en torbellinos se amontonaron las nubes de agujas blancas
fustigadas por la tempestad, la uniforme extensión de las nieves no
cambia de aspecto. De año en año y de siglo en siglo, sigue siendo
blanca, mate á la sombra de las nubes, deslumbradora á los rayos del
sol. Parece que aquella nieve es eterna, y así la llaman los habitantes
de las llanuras que la ven brillar, desde abajo, junto al cielo. Creen
que siempre permanece en las altas cimas y que si el viento la levanta
en sus borrascas, la deja luego caer en el mismo sitio.
Nada de eso. Una parte de la nieve se evapora y vuelve á las nubes de
las cuales salió. Otra parte, expuesta á los rayos del sol ó á la
influencia del cálido viento del mediodía, se salpica de gotitas
fundidas que resbalan por la superficie ó penetran en las capas, hasta
que, aprisionadas otra voz por el frió, se congelan en imperceptibles
cristales. De modo que, por millares de moléculas que se funden y se
hielan de nuevo para volverse á fundir y solidificarse otra vez, la masa
de la nieve se transforma insensiblemente. Al mismo tiempo, cambia de
lugar, gracias á la gravedad que arrastra algunos milímetros las gotas
fundidas, y poco á poco las nieves que cayeron en otro tiempo en la cima
de la montaña han bajado toda su pendiente. Otras nieves han ocupado su
lugar y bajarán también por una serie de fusiones, sin que tengan que
sufrir, al parecer, el menor cambio. Verdad es que llenen ante sí toda
la infinidad del tiempo: lentamente corrsumergieranl mar, en el cual se
sumergerán algún día. Después de haberse sucedido dos generaciones
humanas en las llanuras, hay copo de nieve caído en el pico que todavía
no ha salido de la masa general.
Pero, por lentamente que lo haga, ese copo convertido en cristal, no
deja de adelantar. La masa nívea, que ha adquirido homogeneidad y se ha
transformado en hielo, cae al alfoz de la montaña hacia el cual la
arrastra su peso. Siempre inmóvil al parecer, el conjunto de hielo se ha
convertido en verdadero río que corre por un cauce de rocas. En las
pendientes de ambos lados se ha fundido completamente la nieve del
invierno, y ocupan su lugar las flores. Todo un mundo de insectos vive y
zumba en las praderas de los pastos; el aire es suave, y el hombre guía
sus ganados por fragosidades llenas de hierba, desde las cuales la
mirada divisa en lontananza la helada corriente. Y ésta, con incesante
esfuerzo, continúa su viaje hacia la llanura; se extendería por los
campos de la falda del monte, llegada hasta el mar, si la suave
temperatura de los valles inferiores, lo tibio de las brisas y los rayos
del sol no consiguieran fundir la parte más baja de sus hielos.
En su carrera, el río sólido se las arregla lo mismo que uno de aguas
vivas. Tiene sus curvas y sus remolinos, sus bajadas y sus crecidas, sus
durmientes, sus rápidas y sus cataratas. Como el agua que se ensancha ó
se estrecha, según la forma de su cauce, así el hielo se adapta á las
dimensiones del barranco que lo encierra; sabe amoldarse exactamente á
la roca, así en la hoya vasta cuyas paredes se apartan á ambos lados,
como en el angosto desfiladero cuyo paso casi completamente se le
cierra. Empujado por las masas con que le alimenta continuamente la
nieve superior, el ventisquero sigue resbalando sobre el fondo, tanto si
la pendiente es muy suave, como si lo forma una sucesión de precipicios.
Sin embargo, como el hielo no tiene la flexibilidad ni la fluidez del
agua, verifica con una especie de bárbara torpeza todos los movimientos
que le impone la naturaleza del suelo. En las cataratas no sabe
sumergirse en una extensión lisa como la corriente de agua, sino que,
siguiendo las desigualdades del fondo y la cohesión de los cristales de
hielo, se quiebra, se hiende, se recorta en pedazos que diversamente se
inclinan, se caen unos sobre otros, se truecan en obeliscos caprichosos,
en torrecillas, en fantásticos grupos. Hasta donde el fondo de la
inmensa ranura tiene inclinación regular, se diferencia la superficie
del ventisquero de la corriente igual del río. El roce del hielo contra
los bordes no la riza en ondas semejantes á las de la ola en la ribera,
sino que la quiebra y la parte en grietas que se cruzan en un laberinto
de abismos.
En invierno, y hasta cuando la primavera ha renovado ya el adorno de las
praderas inferiores, muchas grietas están ocultas por espesas masas de
nieve que se extienden en capas continuas sobre la superficie del
ventisquero. Entonces, si no ha ablandado la nieve el calor del sol, es
fácil viajar por encima de la boca de los abismos ocultos; el viajero
los desconoce, como desconoce las grutas abiertas en el espesor de la
montaña. Pero la vuelta anual del verano funde poco á poco las nieves
superficiales. El ventisquero que no deja de andar, y cuya hendida masa
vibra con estremecimiento continuo, sacude el manto de nieve que lo
cubre: aquí y allá se hunden las bóvedas y caen en grandes trozos en las
profundidades de las grietas. Muchas veces no quedan más que estrechos
puentes por los que no se anda sin haber probado con el pie la solidez
de la nieve.
Entonces es cuando más de un ventisquero es peligroso de atravesar por
la anchura de las hendiduras que se verifican hasta lo infinito. Desde
los bordes de la sima se ven á veces en su interior capas superpuestas
de un azulado hielo que fué antes nieve, separadas por fajas negruzcas,
resto de los residuos que cayeron de la cúpula nevada. Otras veces, el
hielo, claro y homogéneo en toda su masa, parece un solo cristal.
Se ignora la profundidad del pozo. Las tinieblas y un reborde del hielo
no dejan llegar á la mirada hasta las rocas del fondo. Únicamente se
oyen ruidos misteriosos que se elevan desde el abismo: agua que gotea,
una piedra que cae, un pedazo de hielo que se hiende y se desploma.
Algunos exploradores han bajado á esas simas para medir su espesor y
estudiar la temperatura y la composición de los hielos profundos. Han
podido hacerlo algunas veces sin mucho peligro, penetrando lateralmente
en las hendiduras por los rebordes de las rocas que sirven de ribazo á
esos ríos de hielo. Otras veces ha habido que bajarlos con cuerdas, como
al minero que penetra en las entrañas de la tierra. Pero si algún sabio
ha explorado así los pozos de los ventisqueros, con las necesarias
precauciones, en cambio muchos desgraciados pastores han encontrado la
muerte en ellos. Se sabe de montañeses que, caídos en el fondo de las
grietas, molidos, ensangrentados, perdidos en la obscuridad, han
conservado su valor y la resolución de ver de nuevo la luz del día.
Hubo uno que siguió el curso de un arroyo sub-glacial y llevé así á cabo
un verdadero viaje por debajo de la enorme bóveda de témpanos
pendientes, Después de excursión semejante, no le queda al hombre más
que bajar al fondo de un cráter para explorar el depósito subterráneo de
las lavas.
Digno es de los ciertamente el animoso sabio que baja á las
profundidades del ventisquero para estudiar sus estrías, las burbujas
del aire, los cristales, pero bastantes cosas podemos contemplar en la
superficie; muchas encantadoras particularidades podemos sorprender;
muchas leyes se revelarán á nuestros ojos si sabemos mirar.
En efecto, en aquel caos aparente, todo está sometido á leyes. ¿Por qué
se produce siempre en la masa glacial una hendidura frente á determinado
sitio del ribazo? ¿Por qué la grieta, á cierta distancia por debajo,
después de haberse ensanchado, acerca de nuevo sus bordes uno á otro,
soldando el ventisquero? ¿Por qué se redondea regularmente la superficie
en un punto para agrietarse en otros? Viendo todos esos fenómenos que
reproducen groseramente las rizaduras, las ondas, los remolinos ó el
nivel liso de las aguas fluviales, se comprende mejor la unidad que,
bajo variedad infinita de aspectos, preside á todas las cosas de la
naturaleza.
Cuando se ha adquirido intimidad con el ventisquero por largas
exploraciones y se conocen los ligeros cambios de su superficie, es
delicioso y gratísimo recorrerlo en un hermoso día de verano. El calor
del sol le ha devuelto el movimiento y la voz. Venillas de agua, casi
imperceptibles al principio, se forman en varios sitios, se unen luego
en relumbrantes riachuelos, que serpentean en el fondo de diminutos
cauces fluviales que ellos mismos se han abierto y desaparecen de pronto
en una hendidura del hielo con una especie de queja de argentino sonido.
Aumentan ó disminuyen, según las oscilaciones de la temperatura. Si
cubre una nube la claridad del sol y enfría la atmósfera, apenas corren;
si el calor aumenta, los arroyos superficiales hacen como los torrentes:
arrastran consigo casquijo y arena para depositarlos en aluviones y
formar con ellos islotes y ribazos: al anochecer se calmarán y el frío
de la noche los congelará de nuevo.
Bajo los rayos caloríficos que animan temporalmente el campo helado por
la fusión de la capa superficial, agítase también el conjunto de los
guijarros caídos de la pared vecina. Una escarpa de casquijo situada á
la orilla de un arroyuelo, se viene abajo en derrumbamientos parciales y
se sumerge en las grietas. En otra parte, piedras negruzcas diseminadas
por el ventisquero, absorben y concentran el calor, y perforando el
hielo que tienen debajo, lo llenan de agujerillos cilíndricos. En
cambio, más lejos, grandes montones de escombros y piedras grandes
impiden que penetre en la capa inferior el calor solar. Alrededor se
funde y se evapora el hielo y aquellas piedras llegan á formar pilares
que parecen crecer, brotando del suelo como columnas de mármol, hasta
que una por una acaban por debilitarse y romperse bajo el peso, y todos
los fragmentos que sostenían caen con estrépito para empezar al otro día
igual evolución. Más encantadores son aún estos dramas pequeños de la
naturaleza inanimada, cuando toman parte en ellos animales ó plantas.
Atraído por lo tibio del aire, acércase revoloteando la mariposa,
mientras la planta, caída con la tierra desmoronada desde lo alto de la
roca vecina, aprovecha el corto reposo de vida para arraigar otra vez y
enseñar al sol su última corola. En las costas polares, los navegantes
han visto toda una alfombra vegetal cubrir un alto acantilado, cuya cima
era de tierra y cuya base era el hielo.