CAPÍTULO XI

#El alud#

Al largo invierno y á sus terribles borrascas sucede por fin la dulce

primavera con sus lluvias, sus brisas tibias y su calor vivificante.

Todo se rejuvenece, y la montaña y la llanura presentan nuevo aspecto.

Aquella sacude su manto de nieve, y bosques, céspedes, cascadas y lagos,

reaparecen bajo los rayos del sol. El hombre se ha librado ya en el

valle de los montones de nieve que le estorbaban. Ha barrido el umbral

de la puerta, ha reparado los caminos, ha limpiado el techo y el jardín,

y después espera que el sol haga lo demás. Ya las solanas ó pendientes,

bien expuestas á los rayos del mediodía, empiezan á salir del blanco

sudario que las envuelve; aquí y allá reaparecen, á través de la capa de

nieve, la tierra, la peña y la mata, y esos espacios negruzcos van

aumentando de tamaño. Parecen grupos de islas que crecen incesantemente

y acaban por juntarse. Disminuyen en número y en extensión con manchas

blancas; fúndense, y parece que suben gradualmente la pendiente

montañosa. Los árboles del bosque, libres de entumecimiento, empiezan su

tocado primaveral; ayudados por los pajarillos que vuelan de rama en

rama, sacuden la carga de escarcha y nieve que les pesaba y bañan en

libertad sus retoños en la tibia atmósfera.

Debajo de la capa protectora de las nieves, la temperatura del suelo no

ha bajado tanto como en la superficie exterior, barrida por los vientos

fríos, y durante los largos meses de invierno, depósitos diminutos de

aguas, que semejan gotitas en un vaso diamantino, existen bajo los

hielos. En la primavera, esos depósitos, hacia los cuales se dirigen

todos los hilillos de nieve fundida, no bastan para encerrar la masa

líquida. Las cubiertas heladas se quiebran, las hoyas se desbordan y el

agua procura abrirse camino bajo la nieve. En cada barranco, en cada

depresión del suelo, se verifica el mismo trabajo oculto, y el torrente

del valle, alimentado por tanto riachuelo que baja de las alturas,

reanuda su carrera, interrumpida por el frío invernal. Primero pasa como

un túnel bajo la nieve amontonada; después, gracias á los incesantes

progresos de la fusión, ensancha el cauce, levanta las bóvedas, hasta

que llega el momento en que la masa que lo domina no puede sostenerse, y

se derrumba como el techo de un templo cuyos pilares se hubieran

bamboleado. Abrense fugas también en las masas nevadas que llenan el

fondo de los valles; si nos inclinamos al borde de uno de esos

precipicios, veremos en el fondo algo negro bordado, como con encaje,

por un poco de espuma; es el agua del torrente, y el sordo murmullo de

los guijarros que rozan unos contra otros, sube por la tenebrosa

abertura.

A este primer socavamiento de la nieve suceden otros, más numerosos cada

vez, y pronto el torrente, recobrada en gran parte su libertad, no le

queda sino derribar los diques formados por las nieves más espesas y más

compactas. Algunas de estas murallas resisten semanas y meses enteros al

ímpetu del agua. Aun cerca de las cascadas, conservan tenazmente su

forma masas de nieve convertidas en hielo y rociadas continuamente por

el salto del agua. Parece que se niegan á fundirse. Se ve con frecuencia

delante de la movible catarata del torrente una especie de pantalla

formada por una catarata solidificada, la de las nieves heladas que

detuvieron el curso del torrente durante el invierno.

Reformando su cauce en cada valle que limita la falda del monte, en cada

hondonada que corta sus laderas, el agua de arroyos y torrentes quita á

la nieve de las pendientes el cimiento que le servía de punto de apoyo.

Bajo la acción de la gravedad, tienden entonces á desprenderse los

aludes, y la montaña, como un ser animado, hace caer de sus hombros el

nevado traje que la cubre. En todas las estaciones, hasta en lo más

riguroso del invierno, masas de nieve arrastradas por su peso se

derrumban desde las cimas y las pendientes; pero mientras esos aludes se

componen únicamente de la parte superficial de la nieve, no pasan de ser

un ligero incidente de la vida montañesa. A veces, empero, es la masa

entera de la nieve la que se desprende de las alturas para abismarse en

el valle; el agua que ha penetrado á través de las capas (heladas aún)

de la superficie ha puesto el suelo resbaladizo y ha preparado el camino

el alud. Llega el momento en que todo un campo de nieve no se encuentra

ya sujeto á la pendiente; cede, y la enorme sacudida que comunica á las

nieves vecinas las hace ceder también. Toda la masa se precipita á un

tiempo por la vertiente de la montaña, llevándose por delante todo

cuanto encuentra en el camino, troncos de árboles, piedras y peñascos.

Arrastrando consigo las cercanas capas de aire, derribando hasta bosques

distantes, el formidable derrumbamiento barre de una vez todo un lado de

la montaña en una extensión de muchos centenares de metros, y el valle

se ve cegado en parte. Los torrentes que van á chocar con el obstáculo

tienen que convertirse temporalmente en lagos.

Con terror hablan montañeses y viajeros de estas masas de aludes. Así es

que numerosos valles, más expuestos que otros, han recibido nombres

siniestros, como _Valle del Espanto_ ó _Desfiladero del Terremoto_, que

les dan los dialectos locales. Un valle conozco, terrible sobre todos

los demás, en que no entran nunca los acemileros sin llevar la vista

fija en las alturas. Especialmente en los hermosos días de primavera,

cuando la suave y tibia atmósfera está cargada de vapores disueltos, los

viajeros hablan poco y miran mucho. Saben que el alud no espera más que

un choque, un estremecimiento del terreno ó del aire, para ponerse en

movimiento. Así es que andan como ladrones, con paso silencioso y

rápido; á veces, hasta envuelven con paja los cascabeles de las mulas

para que el retintín del metal no irrite al genio maléfico que desde

allá arriba les amenaza. Finalmente, cuando han salido de las terribles

hondonadas en las cuales suelen soltar las pendientes sus aludes de

nieve y ruinas por todas partes, pueden respirar á gusto los viajeros y

pensar, sin angustia personal, en sus antecesores, menos felices, cuyas

terribles historias se hablan contado la víspera. Muchas veces, mientras

continúan muy tranquilos bajando á la llanura, un ruido como el del

trueno, un estruendo que repercute largamente de roca en roca, les hace

volverse súbitamente; acaba de verificarse el derrumbamiento de la nieve

y de llenar todo el ancho del desfiladero que acaban de recorrer.

Afortunadamente, la disposición y la forma de las pendientes permite á

los montañeses reconocer los lugares peligrosos. Así es que nunca

construyen sus cabañas debajo de las vertientes en que se forman los

aludes, y al trazar los senderos cuidan de elegir pasos seguros. Pero

todo cambia en la naturaleza, y hay casa, hay sendero que no tuvieron

nada que temer en otro tiempo y hoy corren riesgo, por haber

desaparecido el ángulo de un promontorio, por haberse modificado la

dirección del escurridero del alud, por haber cedido á la presión de las

nieves la orilla protectora de un bosque, pues todas esas causas pueden

inutilizar las precauciones del montañés.

Por las mil columnas apretadas de sus troncos, los bosques son una de

las mejores barreras contra la caída de los aludes, y muchos pueblos no

tienen contra ellos otro medio de defensa. Por eso miran su bosque

sagrado con respeto y casi religiosa veneración. El extranjero que se

pasee por sus montañas, admira el bosque por la belleza de sus árboles,

por el contraste de su verdor con la blancura de las nieves. Pero ellos

le deben la vida y el reposo. Gracias á él, pueden dormir tranquilamente

sin el temor de ser aniquilados una noche. Llenos de gratitud, han

divinizado el bosque protector. ¡Desgraciado de quien toque con el hacha

uno de sus troncos salvadores! «Quien mata al árbol sagrado, mata al

montañés», dice uno de sus proverbios.

Y sin embargo, matadores de estos ha habido, y no pocos. Lo mismo que

aun en nuestros días, soldados sedicentes _civilizados_ obligan á

someterse á los habitantes de un oasis derribando las palmeras que son

la vida de una tribu, así también sucedió frecuentemente que, para

vencer á los montañeses, talaron los árboles que servían á los pueblos

de salvaguardia contra la destrucción, ya los invasores á sueldo de

algún señor, ya los pastores de otro valle. Tales eran, y son aún, las

prácticas de la guerra. No es menos feroz la ávida especulación. Cuando

por una compra, ó por los azares de herencia ó de conquista, un hombre

adinerado llega á ser el propietario de uno de esos bosques,

¡desgraciados de aquellos cuya suerte dependa de su benevolencia ó de su

capricho! Pronto trabajan los leñadores en la selva, caen cortados los

troncos, son lanzados á la llanura, vendidos en tablones y pagados en

dinero contante y sonante. Así se abre ancho camino al alud. Privados de

su baluarte, quizá los habitantes de la aldea amenazada persistan en no

moverse de allí por amor á su hogar natal; pero tarde ó temprano, el

peligro se hace inminente, y hay que emigrar á toda prisa, llevándose

los objetos preciosos y dejando la casa á merced de las nieves

amenazadoras.

En todo pueblo de montaña, cuéntase en las veladas la terrible crónica

de los aludes, y los niños la oyen acurrucándose entre las rodillas

maternales. Lo que es el fuego _grisú_ para el minero, es el alud para

el montañés. Amenaza su casa, sus trojes, su ganado y también le amenaza

á él. ¡Cuántos parientes y amigos suyos duermen ahora bajo la nieve! Por

la noche, cuando pasa al lado del sitio en que los tragó la enorme masa,

parécele que la montaña, de la cual se desprendió el alud, le mira de

mala manera, y entonces apresura el paso para huir del lugar siniestro.

También algunas veces los restos del derrumbamiento le recuerdan la

inesperada salvación de un compañero. Allí, durante una noche

primaveral, se vino abajo un talud de nieve más grande que los más altos

abetos y que la torre de la iglesia. Un grupo de casitas y de hórreos se

encontraba bajo la formidable masa. Los montañeses, que acudieron de las

aldeas vecinas, creyeron que indudablemente todas las armaduras de los

edificios habían quedado demolidas y aplastados los habitantes bajo los

escombros. Sin embargo, pusieron animosamente manos á la obra de

reconocer el inmenso hacinamiento. Trabajaron cuatro días con cuatro

noches, y cuando llegaron con los azadones al techo de la primera casa,

oyeron cánticos que se respondían unos á otros. Eran las voces de los

amigos cuya perdición se consideraba segura. Sus moradas habían

resistido al violento choque, y había bastado para respirar el aire que

contenían. Durante su cautiverio, habían pasado el tiempo estableciendo

comunicaciones de casa en casa y abriendo un túnel de salida, mientras

cantaban para animarse á trabajar.

Cuando desaparecen los bosques protectores, es muy difícil sustituirlos.

Los árboles crecen lentamente, sobre todo en las montañas, pero en los

caminos del alud no nacen. Verdad es que á fuerza de trabajo se podría

sujetar á la nieve en las altas pendientes y precaver así el desastre de

su desplomo á los valles. Podría cortarse la pendiente en gradas

horizontales donde tendrían que detenerse las capas de nieve como en los

peldaños de una gigantesca escalera; también podrían sustituirse los

troncos de los árboles con hileras de estacas de hierro y empalizadas

que evitaran el resbalar de las masas superiores. Todas esas tentativas

las ha coronado feliz éxito, pero en valles habitados por poblaciones

numerosas y ricas. Aldeanos pobres (como no les ayudara toda la

sociedad), no pueden pensar en esculpir de nuevo el relieve de la

montaña y los aludes continuarán precipitándose sobre sus praderas por

el camino acostumbrado. Tienen que limitarse á proteger sus casucas con

enormes espuelas de tierra que rompen la fuerza de la nieve desprendida

y la obligan á dividirse en dos corrientes, siempre que la nieve no baje

en masa lo bastante poderosa para destruirlo todo con su ímpetu.

De todos los destructores de la montaña, el más enérgico es el alud.

Arrastra tierras y rocas como lo haría un torrente desbordado; hay más:

por la fusión gradual de las nieves que forman sus capas inferiores,

diluye tanto la tierra, que la convierte en un lodo blanco, hendido por

profundas grietas y que se hunde por su propio peso. El terreno adquiere

fluidez hasta grandes profundidades y se escurre á lo largo de las

pendientes, llevándose consigo no sólo veredas y fragmentos de roca

sueltos, sino hasta casas y bosques. Lienzos enteros de montaña,

empapados por la nieve, han resbalado así en conjunto con campos,

pastos, bosques y habitantes; amontonándose y penetrando lentamente en

el suelo con el agua producida por su fusión, la nieve basta para

demoler una montaña. En primavera, cada quebrada pone de manifiesto ese

trabajo destructor: nieves, rocas y aguas bajan de las cimas en aludes,

derrumbamientos y cascadas, encaminándose á la llanura.

La Montaña · 第 15 / 29 题