CAPÍTULO VIII

#Las nubes#

Comparada con el tamaño del globo, la montaña, por alta que parezca, es

una simple arruga, menos gruesa en proporción, que una verruga en el

cuerpo de un elefante: es un punto, un grano de arena. Y sin embargo,

ese relieve, tan mínimo en relación con el gran planeta, baña sus

laderas y su crestería en regiones aéreas muy distintas de las que en la

llanura sirven de residencia á los pueblos. El peatón que en el

transcurso de algunas horas sube desde la base del monte hasta las peñas

de la cima, hace en realidad un viaje más grande, más fecundo en

contrastes que si empleara años en dar la vuelta al mundo, á través de

los mares y de las regiones bajas de los continentes.

Gravita el aire en pesada masa sobre el Océano y las comarcas que tienen

poca altura sobre el nivel del mar, y en las alturas se enrarece y

adquiere cada vez mayor ligereza. Centenares y millares de montes elevan

en la tierra sus cumbres á una atmósfera cuyas moléculas están dos

veces más separadas que las del aire en llanuras inferiores. Cambian

allí arriba los fenómenos de la luz, del calor, del clima y de la

vegetación; el aire más enrarecido deja pasar más fácilmente los rayos

calóricos, ya desciendan del sol, ya suban desde la tierra. Cuando

brilla el astro en su cielo claro, elévase rápidamente la temperatura en

las pendientes superiores. Pero en cuanto desaparecen, se enfría en

seguida la montaña; pierde velozmente con la radiación el calor que

había recibido. Por eso reina el frió casi siempre en las alturas; en

nuestras montañas, hace por término medio un grado más de frió por cada

espacio vertical de doscientos metros.

A los que habitamos en ciudades, estamos condenados á sucia atmósfera,

recibimos en los pulmones aire ponzoñoso, respirado ya por otros muchos

pechos, lo que más nos asombra y nos regocija, cuando recorremos las

altas cimas, es la maravillosa pureza del aire. Respiramos alegremente,

bebemos el hálito que pasa, nos embriagamos con él. Nos parece la

ambrosía de la cual hablan las mitologías antiguas. Extiéndese á

nuestros pies, en la llanura, allá lejos, muy lejos, un espacio brumoso

y sucio donde nada puede distinguir la mirada: aquella es la gran

ciudad. Y pensamos con repugnancia en los años que hemos tenido que

vivir bajo aquella nube de humo, de polvo y de alientos impuros.

¡Qué contraste entre esa apariencia de la llanura y el aspecto de la

montaña, cuando su cumbre está libre de vapores, y podemos contemplarla

en lontananza á través de la pesada atmósfera que gravita sobre las

tierras bajas! Hermoso es el espectáculo, sobre todo cuando la lluvia ha

arrojado al suelo el polvo flotante y el aire está, digámoslo así,

rejuvenecido. El perfil de rocas y nieves resalta con limpidez en el

cielo azul; á pesar de la distancia enorme, el monte, azulado también

como las profundidades aéreas, se dibuja con todos sus relieves de

aristas y promontorios; distinguimos los valles, las quebradas, los

precipicios; á veces, al ver un punto negro que se mueve lentamente en

la nieve, hasta podemos, con auxilio de un catalejo, conocer á un amigo

que trepa á la cima. Después del ocaso, la pirámide aparece con una

belleza espléndida y purísima á un tiempo. El resto de la tierra está en

la sombra, el crepúsculo gris vela los horizontes del llano; la tiniebla

ennegrece ya la entrada de los alfoces, pero arriba todo es alegría y

luz; las nieves, contempladas por el sol, reflejan todavía sus

sonrosados rayos; deslumbran, y parece tanto más viva la claridad cuanto

que sube poco á poco la sombra, invadiendo sucesivamente las pendientes,

cubriéndolas como con un paño negro. Finalmente, sólo el vértice es

bastante alto para ver el sol, dominando la curva de la tierra; se

ilumina como con una chispa: parece uno de esos prodigiosos diamantes

que, según las leyendas del Indostán, fulguraban en la cumbre de las

montañas divinas. Súbitamente desapareció la llama; desvanecióse en el

espacio. Pero no dejéis de mirar; al reflejo del sol sucede el de los

purpúreos vapores del horizonte. Ilumínase de nuevo la montaña, pero con

más suave brillar. Parece que no existe la roca dura bajo su vestidura

de rayos: sólo queda un espejismo; una luz aérea: parece que el soberbio

monte se desprendió de la tierra y flota en la pureza del cielo.

Así contribuye el enrarecimiento del aire en las altas regiones á la

belleza de las cimas, impidiendo á la suciedad de la atmósfera baja

llegar hasta las cumbres, pero también obliga á los invisibles vapores

salidos del mar y las llanuras á condensarse y á engancharse como nubes

en las laderas de la montaña. Generalmente, el vapor de agua suspendido

en las capas inferiores del aire no se encuentra en cantidad bastante

considerable para convertirse en nube y caer trocada en lluvia: la

atmósfera en que flota la sostiene en estado de gas invisible. Pero en

cuanto la capa de aire suba al cielo, llevando consigo el vapor, se

enfriará gradualmente, y pronto se revelará el agua, condensada en

moléculas distintas. Parece al principio nubecilla casi imperceptible,

un copo blanco en el cielo azul, pero luego á este copo se añaden otros,

y constituyen un velo cuyos desgarrones permiten á la mirada que penetre

en las profundidades del espacio, y por fin se presentan como espesa

masa, arrollándose en cilindros ó hacinándose en pirámides. Algunas de

estas nubes se yerguen en el horizonte bajo la forma de verdaderas

montañas. Sus crestas y sus cúpulas, sus nieves y sus hielos

resplandecientes, sus sombríos barrancos, sus precipicios dibujan todo

su relieve con perfecta limpieza. Lo que hay es que los montes de vapor

son flotantes y fugitivos; formólos una corriente de aire, y otra

corriente puede destrozarlos y disolverlos. Apenas duran algunas horas,

cuando los montes de piedra duran millones de años; pero en realidad la

diferencia no es grande. Con relación á la vida del globo, nubes y

montañas son fenómenos de un día. Minutos y siglos se confunden, cuando

se han sumergido en el abismo de los tiempos.

Las nubes gustan de amontonarse alrededor de las rocas que se alzan al

descubierto: á unas las atrae hacia la roca una electricidad contraria á

la suya; otras, impulsadas en el espacio por el viento, van á chocar

contra la pendiente del monte, barrera enorme colocada como para

impedirles el paso; otras, invisibles en el aire tibio, aparecen al

contacto de la piedra fría ó de la nieve. La montaña condensa el vapor y

lo exprime del aire. Muchas veces, contemplando un pico ó un promontorio

saliente, he visto las nubecillas nacientes hacinarse en torno á la

helada punta. Elévase una humareda semejante á la que brota de un

cráter; pronto envuelve todos los salientes y el monte acaba por

coronarse con un turbante dé nubes tejido por él mismo en el aire

transparente. Parece que invisibles manos trabajan en la formación de

las tempestades y en la caída de las lluvias. Cuando los habitantes del

llano ven á la montaña desaparecer bajo un montón de nubes, presumen, al

observar el tocado del gigante, la fiesta que se les prepara. Cuando

chocan en el vértice dos corrientes de aire, ardiente una y fría otra,

la nube súbitamente formada se endereza y se arremolina en el cielo: la

montaña es un volcán, y el vapor se escapa incesantemente de ella con

una especie de furor para ir á replegarse en la lontananza celeste,

formando inmensa curva.

Nubes desprendidas se esparcen libremente por el espacio, se juntan, se

desgarran ó se deshilachan en el viento, se ensanchan y vuelan ó suben

hasta la atmósfera superior, muy por encima de las más elevadas cumbres

terrestres. La diversidad de sus formas es mucho mayor que la de las

nubes que ciñen los picos de la montaña, á pesar de que éstos presentan

asimismo gran movilidad en sus aspectos. Ora son nubes aisladas á las

que la corriente de aire frío hace cambiar de sitio; y entonces se las

ve serpentear por los barrancos ó andar á lo largo de las aristas

desgarrándose en las rocas agudas; ora son nubes grandes que tapan de

una vez toda una pendiente, mientras á través de su masa espesa que

aumenta ó disminuye, viaja ó se rompe, se ve de cuando en cuando una

cima conocida, tanto más soberbia en apariencia, cuanto que parece

vivir y moverse entre los vapores giratorios. Otras veces, las brumas

aéreas, superpuestas y de diferente temperatura, aparecen perfectamente

horizontales y distintas, como estratos geológicos, y dan análoga forma

á los nubarrones que nacen de ellas, disponiéndolas en fajas regulares y

paralelas que ocultan bosques y pastos, nieves y rocas, ó la velan á

medias, como una gasa transparente. Otras veces, la pesada masa de las

nubes borra las cimas, las pendientes superiores, toda la alta montaña,

como si el cielo ceniciento ú obscuro descendiera hasta la tierra: el

monte se aleja y se aproxima según el juego de los vapores que se

adelgazan y se espesan. De pronto, todo desaparece desde la base hasta

el vértice; la montaña se ha perdido enteramente entre las brumas,

después baja la tormenta desde las cimas, fustiga aquel mar de pesados

vapores y aparece de nuevo el gigante, «negro y triste, entre el vuelo

eterno de las nubes.»

La Montaña · 第 12 / 29 题