#Las nubes#
Comparada con el tamaño del globo, la montaña, por alta que parezca, es
una simple arruga, menos gruesa en proporción, que una verruga en el
cuerpo de un elefante: es un punto, un grano de arena. Y sin embargo,
ese relieve, tan mínimo en relación con el gran planeta, baña sus
laderas y su crestería en regiones aéreas muy distintas de las que en la
llanura sirven de residencia á los pueblos. El peatón que en el
transcurso de algunas horas sube desde la base del monte hasta las peñas
de la cima, hace en realidad un viaje más grande, más fecundo en
contrastes que si empleara años en dar la vuelta al mundo, á través de
los mares y de las regiones bajas de los continentes.
Gravita el aire en pesada masa sobre el Océano y las comarcas que tienen
poca altura sobre el nivel del mar, y en las alturas se enrarece y
adquiere cada vez mayor ligereza. Centenares y millares de montes elevan
en la tierra sus cumbres á una atmósfera cuyas moléculas están dos
veces más separadas que las del aire en llanuras inferiores. Cambian
allí arriba los fenómenos de la luz, del calor, del clima y de la
vegetación; el aire más enrarecido deja pasar más fácilmente los rayos
calóricos, ya desciendan del sol, ya suban desde la tierra. Cuando
brilla el astro en su cielo claro, elévase rápidamente la temperatura en
las pendientes superiores. Pero en cuanto desaparecen, se enfría en
seguida la montaña; pierde velozmente con la radiación el calor que
había recibido. Por eso reina el frió casi siempre en las alturas; en
nuestras montañas, hace por término medio un grado más de frió por cada
espacio vertical de doscientos metros.
A los que habitamos en ciudades, estamos condenados á sucia atmósfera,
recibimos en los pulmones aire ponzoñoso, respirado ya por otros muchos
pechos, lo que más nos asombra y nos regocija, cuando recorremos las
altas cimas, es la maravillosa pureza del aire. Respiramos alegremente,
bebemos el hálito que pasa, nos embriagamos con él. Nos parece la
ambrosía de la cual hablan las mitologías antiguas. Extiéndese á
nuestros pies, en la llanura, allá lejos, muy lejos, un espacio brumoso
y sucio donde nada puede distinguir la mirada: aquella es la gran
ciudad. Y pensamos con repugnancia en los años que hemos tenido que
vivir bajo aquella nube de humo, de polvo y de alientos impuros.
¡Qué contraste entre esa apariencia de la llanura y el aspecto de la
montaña, cuando su cumbre está libre de vapores, y podemos contemplarla
en lontananza á través de la pesada atmósfera que gravita sobre las
tierras bajas! Hermoso es el espectáculo, sobre todo cuando la lluvia ha
arrojado al suelo el polvo flotante y el aire está, digámoslo así,
rejuvenecido. El perfil de rocas y nieves resalta con limpidez en el
cielo azul; á pesar de la distancia enorme, el monte, azulado también
como las profundidades aéreas, se dibuja con todos sus relieves de
aristas y promontorios; distinguimos los valles, las quebradas, los
precipicios; á veces, al ver un punto negro que se mueve lentamente en
la nieve, hasta podemos, con auxilio de un catalejo, conocer á un amigo
que trepa á la cima. Después del ocaso, la pirámide aparece con una
belleza espléndida y purísima á un tiempo. El resto de la tierra está en
la sombra, el crepúsculo gris vela los horizontes del llano; la tiniebla
ennegrece ya la entrada de los alfoces, pero arriba todo es alegría y
luz; las nieves, contempladas por el sol, reflejan todavía sus
sonrosados rayos; deslumbran, y parece tanto más viva la claridad cuanto
que sube poco á poco la sombra, invadiendo sucesivamente las pendientes,
cubriéndolas como con un paño negro. Finalmente, sólo el vértice es
bastante alto para ver el sol, dominando la curva de la tierra; se
ilumina como con una chispa: parece uno de esos prodigiosos diamantes
que, según las leyendas del Indostán, fulguraban en la cumbre de las
montañas divinas. Súbitamente desapareció la llama; desvanecióse en el
espacio. Pero no dejéis de mirar; al reflejo del sol sucede el de los
purpúreos vapores del horizonte. Ilumínase de nuevo la montaña, pero con
más suave brillar. Parece que no existe la roca dura bajo su vestidura
de rayos: sólo queda un espejismo; una luz aérea: parece que el soberbio
monte se desprendió de la tierra y flota en la pureza del cielo.
Así contribuye el enrarecimiento del aire en las altas regiones á la
belleza de las cimas, impidiendo á la suciedad de la atmósfera baja
llegar hasta las cumbres, pero también obliga á los invisibles vapores
salidos del mar y las llanuras á condensarse y á engancharse como nubes
en las laderas de la montaña. Generalmente, el vapor de agua suspendido
en las capas inferiores del aire no se encuentra en cantidad bastante
considerable para convertirse en nube y caer trocada en lluvia: la
atmósfera en que flota la sostiene en estado de gas invisible. Pero en
cuanto la capa de aire suba al cielo, llevando consigo el vapor, se
enfriará gradualmente, y pronto se revelará el agua, condensada en
moléculas distintas. Parece al principio nubecilla casi imperceptible,
un copo blanco en el cielo azul, pero luego á este copo se añaden otros,
y constituyen un velo cuyos desgarrones permiten á la mirada que penetre
en las profundidades del espacio, y por fin se presentan como espesa
masa, arrollándose en cilindros ó hacinándose en pirámides. Algunas de
estas nubes se yerguen en el horizonte bajo la forma de verdaderas
montañas. Sus crestas y sus cúpulas, sus nieves y sus hielos
resplandecientes, sus sombríos barrancos, sus precipicios dibujan todo
su relieve con perfecta limpieza. Lo que hay es que los montes de vapor
son flotantes y fugitivos; formólos una corriente de aire, y otra
corriente puede destrozarlos y disolverlos. Apenas duran algunas horas,
cuando los montes de piedra duran millones de años; pero en realidad la
diferencia no es grande. Con relación á la vida del globo, nubes y
montañas son fenómenos de un día. Minutos y siglos se confunden, cuando
se han sumergido en el abismo de los tiempos.
Las nubes gustan de amontonarse alrededor de las rocas que se alzan al
descubierto: á unas las atrae hacia la roca una electricidad contraria á
la suya; otras, impulsadas en el espacio por el viento, van á chocar
contra la pendiente del monte, barrera enorme colocada como para
impedirles el paso; otras, invisibles en el aire tibio, aparecen al
contacto de la piedra fría ó de la nieve. La montaña condensa el vapor y
lo exprime del aire. Muchas veces, contemplando un pico ó un promontorio
saliente, he visto las nubecillas nacientes hacinarse en torno á la
helada punta. Elévase una humareda semejante á la que brota de un
cráter; pronto envuelve todos los salientes y el monte acaba por
coronarse con un turbante dé nubes tejido por él mismo en el aire
transparente. Parece que invisibles manos trabajan en la formación de
las tempestades y en la caída de las lluvias. Cuando los habitantes del
llano ven á la montaña desaparecer bajo un montón de nubes, presumen, al
observar el tocado del gigante, la fiesta que se les prepara. Cuando
chocan en el vértice dos corrientes de aire, ardiente una y fría otra,
la nube súbitamente formada se endereza y se arremolina en el cielo: la
montaña es un volcán, y el vapor se escapa incesantemente de ella con
una especie de furor para ir á replegarse en la lontananza celeste,
formando inmensa curva.
Nubes desprendidas se esparcen libremente por el espacio, se juntan, se
desgarran ó se deshilachan en el viento, se ensanchan y vuelan ó suben
hasta la atmósfera superior, muy por encima de las más elevadas cumbres
terrestres. La diversidad de sus formas es mucho mayor que la de las
nubes que ciñen los picos de la montaña, á pesar de que éstos presentan
asimismo gran movilidad en sus aspectos. Ora son nubes aisladas á las
que la corriente de aire frío hace cambiar de sitio; y entonces se las
ve serpentear por los barrancos ó andar á lo largo de las aristas
desgarrándose en las rocas agudas; ora son nubes grandes que tapan de
una vez toda una pendiente, mientras á través de su masa espesa que
aumenta ó disminuye, viaja ó se rompe, se ve de cuando en cuando una
cima conocida, tanto más soberbia en apariencia, cuanto que parece
vivir y moverse entre los vapores giratorios. Otras veces, las brumas
aéreas, superpuestas y de diferente temperatura, aparecen perfectamente
horizontales y distintas, como estratos geológicos, y dan análoga forma
á los nubarrones que nacen de ellas, disponiéndolas en fajas regulares y
paralelas que ocultan bosques y pastos, nieves y rocas, ó la velan á
medias, como una gasa transparente. Otras veces, la pesada masa de las
nubes borra las cimas, las pendientes superiores, toda la alta montaña,
como si el cielo ceniciento ú obscuro descendiera hasta la tierra: el
monte se aleja y se aproxima según el juego de los vapores que se
adelgazan y se espesan. De pronto, todo desaparece desde la base hasta
el vértice; la montaña se ha perdido enteramente entre las brumas,
después baja la tormenta desde las cimas, fustiga aquel mar de pesados
vapores y aparece de nuevo el gigante, «negro y triste, entre el vuelo
eterno de las nubes.»