#La niebla y la tormenta#
Nos encontramos como en un mundo nuevo, temible y fantástico á un
tiempo, cuando recorremos la montaña entre la niebla. Hasta subiendo un
sendero trillado, de fácil pendiente, experimentamos cierto miedo al
contemplar las formas que nos rodean, cuyo incierto perfil parece
oscilar en la bruma, que se va espesando y aclarando alternativamente.
Hay que tener mucha intimidad con la naturaleza para no sentir inquietud
al verse cautivo de la niebla; el objeto más chico adquiere proporciones
inmensas, infinitas. Algo vago y obscuro parece venir á nuestro
encuentro para apoderarse de nosotros. Parece una rama y hasta un árbol
lo que no es más que un tallo de hierba. Creemos que un círculo de
cuerdas nos cierra el camino, y luego es una mísera tela de araña. Un
día que la niebla tenía poco espesor, me detuve lleno de admiración ante
un árbol gigantesco, que se retorcía los brazos como un atleta en lo
mas alto de un promontorio. Nunca había yo tenido el gusto de ver árbol
más fuerte y mejor colocado para luchar heroicamente con la borrasca:
largo tiempo lo estuve contemplando, pero poco á poco lo ví acercarse á
mí y achicarse al propio tiempo. Cuando el sol vencedor disipó la
niebla, el soberbio tronco quedó reducido á débil arbolillo nacido en
una cercana hendidura de roca.
El viajero perdido, descarriado entro la niebla, en medio de precipicios
y torrentes, se encuentra en situación realmente terrible; acéchanle por
todas partes el peligro y la muerte. Tiene que andar, y andar de prisa,
para alcanzar lo antes posible el terreno llano del valle ó las
pendientes fáciles de los montes y encontrar algún camino de salvación;
pero en la vaguedad de las cosas nada puede servir de indicio y todo
parece un obstáculo. A la derecha huye la tierra: se cree estar al borde
de un abismo; á la izquierda se yergue un peñasco: su pared parece
inaccesible. Para apartarse del precipicio, se intenta escalar la
abrupta roca, se pone el pie en una aspereza de la piedra y se sube de
reborde en reborde. Pronto se está como suspendido entre el cielo y la
tierra. Por fin, se alcanza á la arista; pero detrás de la primera roca
se endereza otra de perfil movedizo, indeciso. Los árboles y las malezas
que crecen en las fragosidades apuntan en las ramas á través de la
niebla de un modo amenazador; á veces, sólo vemos serpentear una masa
negruzca en la sombra cenicienta, y es una rama cuyo tronco permanece
invisible. Nos baña el rostro una tenue lluvia: matas de hierba y
malezas son otros tantos depósitos de agua helada que nos mojan como si
atravesáramos un lago. Entumécense nuestros miembros: nuestro paso
pierde la seguridad; estamos expuestos á resbalar en la hierba ó en la
roca húmeda y á caer en él precipicio. Terribles rumores suben de lo
hondo y parecen predecirnos mala suerte: oimos la caída de las piedras
que se desmoronan, el ruido de las ramas cargadas de lluvia que rechinan
en el tronco, el sordo trueno de la cascada, y el chapoteo de las aguas
del lago contra la orilla. Vemos á la niebla con espanto cargarse con la
sombra del crepúsculo y pensamos en la terrible alternativa de morir de
frió ó despeñados.
En muchos climas, la impresión de asombro y hasta de horror que dejan
las montañas en el espíritu, proviene de casi siempre, estar rodeadas de
nieblas. Hay montaña en Escocia ó Noruega que parece formidable, aunque
sea en realidad menos alta que otras muchas cimas terrestres. Se las ve
con frecuencia veladas por vapores, revelarse en parte, volverse á
ocultar, como si viajaran por el seno de la nube, alejarse aparentemente
para acercarse de pronto, achicarse cuando el sol ilumina con limpieza
sus contornos, crecer después cuando éstos se cargan de nieblas. Todos
esos aspectos variables, esas lentas ó rápidas transfiguraciones de la
montaña, la hacen asemejarse vagamente á un gigante prodigioso que
meneara la cabeza por encima de las nubes. Bien diferentes son las
inmutables cimas de fijos perfiles que baña la luz pura del cielo de
Egipto, de estas montañas cantadas por los poemas de Ossián. Estas nos
miran; sonríen unas veces, amenazan otras, pero viven nuestra vida,
sienten con nosotros, ó por lo menos así se cree, y el poeta que las
canta les da alma humana.
Hermosa por los vapores que la rodean, cuando se la ve desde abajo á
través de una atmósfera pura, no lo es menos la montaña para quien la
mira desde lo alto, sobre todo por la mañana, cuando la misma cima
resalta en el cielo, mientras envuelve su base un mar de nubes, que es
un verdadero Océano extendido por todas partes hasta donde alcanza la
vista. Las olas blancas de la niebla ruedan por la superficie de aquel
mar, no con la regularidad de las líquidas, sino con majestuoso desorden
en que se pierde la mirada. Aquí se las ve hervir, hincharse en trombas
de humo y desparramarse después en copos como la nieve y desaparecer en
el espacio; allá se abren como valles llenos de sombras. Acullá hay
continuo remolino, movimiento de olas que se persiguen y se alcanzan en
caprichosos círculos. A veces es bastante lisa la faja de vapores; el
nivel de las ondas de bruma se sostiene á altura casi uniforme en todo
el contorno de rocas que sobresalen como promontorios, y en muchos
sitios cimas de colinas aisladas se yerguen encima de la niebla como
islas ó escollos. En otras ocasiones, el Océano brumoso se reparte en
mares distintos y deja ver por sus desgarraduras el fondo de los valles
como un mundo inferior que nada tiene de la suave serenidad de las
cimas. El sol ilumina oblicuamente todas las volutas de bruma que se
elevan en aquel mar: los matices dorados, purpurinos y sonrosados que se
mezclan con el blanco puro, varían hasta lo infinito la apariencia de la
niebla flotante. Proyéctase á lo lejos sobre los vapores la sombra de
los montes y varía incesantemente con la marcha del sol. El espectador
observa con asombro su propia sombra reproducida en el lago de vapor,
algunas veces con gigantescas proporciones. Parécele ver un monstruo
espectoral, al cual hace mover á su gusto, inclinándose, andando,
moviendo los brazos.
Ciertas montañas que se yerguen en el seno del mar azul de los vientos
alíseos están casi siempre rodeadas, hacia la mitad de su altura, de una
faja de niebla que oculta casi siempre al viajero, que llegó á la cima,
la vista de la llanura cerúlea; pero alrededor de la cima cuyas
cercanías recorro, las nieblas suben y bajan, cambian, se disuelven al
azar, sin que sus fenómenos sean constantes. Después de horas ó días de
obscuridad, acaba el sol por perforar la masa brumosa, la desgarra,
dispersa sus jirones, los evapora en el aire y pronto se ilumina de
nuevo bajo la luz vivificante la tierra de abajo que estaba privada de
la suave claridad. Pero también sucede que se espesan y se acumulan las
nieblas en nubes apretadas y arremolinadas: se atraen y se rechazan;
amontónase electricidad en los vapores acrecentados; estalla la tormenta
y el mundo inferior se pierde bajo el tumulto tempestuoso.
Ya desencadenada, no siempre sube la tormenta á escalar las alturas que
la dominan: permanece frecuentemente en las zonas bajas de la atmósfera
en que se formó, y el espectador tranquilamente sentado en la hierba
seca de los altos prados iluminados puede ver á sus plantas á las nubes
contrarias batallar enfurecidas. ¡Cuadro tan magnífico como terrible!
Lívida claridad exhalan las hirvientes masas; reflejos cobrizos, matices
violados dan al hacinamiento de nubes el aspecto de un horno inmenso de
metal en fusión; parece que se ha abierto la tierra, dejando brotar de
su seno un Océano de lavas. Los relámpagos que brotan en las
profundidades del caos, vibran como serpientes de fuego. La rasgadura
del aire, repercutida por los ecos de la montaña, se prolonga en
inacabables tableteos. Todas las rocas parecen lanzar su trueno á un
tiempo. Oyese al mismo tiempo un murmullo sordo que sube de los campos
inferiores á través de las nubes arremolinadas; es el ruido de la lluvia
ó del granizo, el estrépito de los árboles que se rompen, de las rocas
que se hienden, de los aludes de piedra que se desploman, de los
torrentes que se hinchan y mugen, destruyendo los ribazos, pero todos
esos estruendos diversos se confunden al subir hacia la serena montaña.
Allá arriba no llega más que una queja, un gemido que asciende desde la
llanura donde viven los hombres.
Un día que, sentado en una tranquila cima, con hermoso cielo, veía yo
una tormenta que se agitaba con furor en la base de la montaña, no pude
resistir al llamamiento que parecía dirigirseme desde el mundo de los
humanos. Bajé para penetrar en la masa negra de los vapores giratorios;
me metí (digámoslo así) en medio de los rayos, bajo la sucesión de los
relámpagos, entre los torbellinos de granizo y de lluvia. Bajando por
una vereda convertida en arroyo, saltaba de piedra en piedra. Exaltado
por el furor de los elementos, por el estampido del trueno, por el
correr de las aguas, por el mugir de los árboles sacudidos, corría con
alegría frenética.
Cuando recobré la calma y encontré lumbre, pan, vestido seco, todas las
dulzuras de la buena hospitalidad montañesa, casi echaba de menos la
poderosa voluptuosidad que acababa de disfrutar allá fuera. Me parecía
que arriba, entre la lluvia y el viento, habla yo formado parte de la
borrasca, reuniendo durante algunas horas mi consciente individualidad á
los ciegos elementos.