#Los desprendimientos#
No se transforma únicamente la montaña en llanura por las erosiones que
le hacen sufrir lluvias, heladas, nieves resbaladizas y aludes; también
considerables fragmentos se desgarran violentamente para hundirse de
pronto. Es frecuente semejante catástrofe en las partes del monte donde
los estratos, enderezados ó inclinados, están muy separados unos de
otros por materias de diferente naturaleza que el agua puede ablandar ó
disolver. Si estas substancias intermedias llegan á desaparecer, las
hiladas, desprovistas de apoyo, se derrumbarán en el valle tarde ó
temprano. Al lado de los grandes tajos, forman, después de caídos estos
restos, un cerro, un montecillo ó hasta una montaña secundaria.
Una cima elevada, á la cual gustaba yo de trepar por su aislamiento y la
altiva belleza de sus aristas, me había parecido siempre (como la cumbre
principal) una roca independiente, sujeta por sus profundos cimientos á
la tierra subyacente, y no era, sin embargo, más que un desprendimiento
de la montaña vecina. Lo conocí un día en la posición de las capas y en
el aspecto de los planos de fractura visibles aún en las dos paredes
correspondientes. La masa derrumbada que llevaba consigo aldeas, campos,
bosques y pastos, no había hecho, después de la rotura, más que girar
sobre su base y dar vuelta sobre si misma. Una de sus caras estaba
hundida en el suelo, y por el otro lado se había desarraigado en parte.
Al caer había cerrado la salida de un valle, y el torrente, que en otro
tiempo corría pacíficamente por su fondo, había tenido que transformarse
en lago para cegar la hoya en que estaba encerrado y de donde vuelve á
bajar hoy en corrientes y cascadas sucesivas. Sin duda ocurrieron estos
cambios antes de estar habitado el país, porque la tradición no ha
conservado el acontecimiento. El geólogo es quien cuenta al aldeano la
historia de su propia montaña.
Cuanto á los desmoronamientos de menor importancia, á esas caídas de
rocas que, sin transformar aparentemente el aspecto de la comarca, no
dejan de destruir los pastos, ni de aplastar á los pueblos con sus
habitantes, no necesitan los montañeses que se los describan;
desgraciadamente, hartas veces han presenciado tan terribles sucesos.
Generalmente lo suelen conocer por anticipado. El impulso interior de la
montaña que trabaja, hace vibrar incesantemente á las piedras en toda
la pared; guijarros medio arrancados se separan primeramente y ruedan
saltando á lo largo de las pendientes; masas de mayor peso, arrastradas
á su vez, siguen á las piedras, dibujando como ellas poderosas curvas en
los espacios; después les toca á lienzos enteros de roca; todo lo que
debe derrumbarse rompe los lazos que lo unían al sistema interior de la
montaña, y de pronto espantoso granizo de peñascos cae sobre la llanura
estremecida. El estrépito es inenarrable; parece la lucha de cien
huracanes. Hasta en mitad del día, los trozos de roca, mezclados con
polvo, tierra vegetal y fragmentos de plantas, obscurecen completamente
el cielo. Y á veces, siniestros relámpagos producidos por peñascos que
dan unos contra otros, brotan de la tiniebla. Después de la tempestad,
cuando la montaña no desprende ya sobre la llanura rocas quebradas,
cuando la atmósfera ha aclarado otra vez, los habitantes de los campos
respetados se acercan á contemplar el desastre. Casas y jardines,
cercados y pastos han desaparecido bajo el horroroso caos de piedras:
allí duermen también el sueño eterno amigos y parientes. Unos montañeses
me contaron que, en su valle, una aldea destruída dos veces por esos
aludes de piedras, ha sido edificada por tercera vez en el mismo sitio.
Los habitantes habrían querido huir de allí y elegir ancho valle para su
morada; pero ningún pueblo vecino quiso acogerlos ni cederlos tierras;
han tenido que permanecer bajo la amenaza de las rocas suspendidas.
Todas las noches algunas campanadas les recuerdan los pasados terrores y
les advierten la suerte que quizá les cabrá durante la noche.
Muchas rocas desplomadas que se ven en medio de los campos tienen
leyendas terribles; otras hay cuya presa se les escapó. Uno de esos
enormes peñascos, inclinado, y con la base arraigada por todas partes en
el suelo, se yergue junto al camino. Al admirar sus soberbias
proporciones, su potente masa, la finura de su grano, experimentaba yo
cierto espanto. Una veredilla que se apartaba del camino, iba derecha
hasta el pie de una piedra formidable. Allí cerca estaban amontonados
restos de vajilla y de carbón; la valla de un jardín se paraba
bruscamente en la roca, y acirates de legumbres, medio invadidos por la
hierba, rodeaban un lado de la enorme masa.
¿Quién había escogido tan caprichoso lugar para establecer allí un
jardín y para abandonarlo luego? Poco á poco fuí comprendiéndolo. El
sendero, la pila de carbón, el jardín habían pertenecido á una casuca
aplastada entonces bajo la roca. Supe más tarde que durante la noche del
derrumbamiento dormía un hombre solo en aquella casa; despertóle
sobresaltadamente el estrépito del peñasco, bajando de punta en punta
por la montaña, y salió escapado por la ventana para buscar abrigo
detrás del ribazo del torrente; apenas había dejado su habitación,
cuando el enorme proyectil se desplomaba sobre la cabaña y la hundía
algunos metros en el terreno, bajo su peso. Desde su afortunada fuga,
reconstruyó el hombre su choza, cobijándola confiadamente en la base de
otra roca desprendida del muro formidable.
En más de un valle hay hacinamientos de piedras, las cuales forman
desfiladeros por donde difícilmente se abren paso senderos y torrentes.
Nada más curioso que el desorden de esas masas mezcladas en laberinto
sin fin. Arriba, en la ladera del monte, se conoce todavía, por el color
y forma de las rocas, el lugar donde se produjo el desprendimiento; pero
resulta inexplicable que un espacio de tan corta dimensión aparente haya
podido vomitar en el valle semejante diluvio de piedras. En medio de
esos caprichosos y formidables peñascos, al viajero se le antoja aquello
un mundo extraño, en nada semejante al planeta que conocemos, á la
superficie lisa ó regularmente sinuosa. Alzanse aquí y allá rocas
semejantes á fantásticos monumentos, que figuran torres, obeliscos,
pórticos almenados, fustes de columnas, tumbas erigidas ó derribadas.
Puentes de una sola pieza ocultan el torrente; vénse abismarse y
desaparecer las aguas bajo el enorme arco y hasta su ruido deja de
oirse. Entre los monstruosos edificios aparecen formas gigantescas, como
las de los animales fósiles, cuyas osamentas dislocadas se hallan
algunas veces en las capas terrestres. Megaterios, mastodontes, tortugas
gigantescas, cocodrilos alados, todos esos seres quiméricos se hacinan
en el caos espantoso. Hay millares de piedras amontonadas en el
desfiladero, y cualquiera de ellas podría servir de cantera y bastar
para la construcción de pueblos enteros.
Esos conjuntos caóticos, que miro con tanta admiración, y en cuya
entraña penetro no sin titubear, son poca cosa comparados con algunas
montañas derrumbadas, cuyos restos cubren distritos de gran extensión.
Hay masas montañosas cuyos vértices se componen de compacta y pesada
roca que descansan sobre capas fáciles de desmenuzar por las aguas. En
semejantes masas, las caídas de piedras son un fenómeno normal, como los
aludes y la lluvia, y siempre debe mirarse á la cima por si se prepara
el desprendimiento. En una región no muy lejana, llamada el país de las
ruinas, hay dos montañas que, según cuentan los habitantes, combatieron
en otro tiempo una contra otra. Ambos gigantes de piedra, animados por
un soplo vital, se armaron con sus propias rocas para destrozarse y
demolerse mutuamente. No lo consiguieron, porque aún siguen en pie, pero
es fácil de imaginar el prodigioso hacinamiento de peñas que, desde
aquel combate, cubren á lo lejos las llanuras.
A veces el hombre, á pesar de su debilidad, ha querido imitar á la
montaña, con el único fin de aplastar al prójimo. Especialmente en los
desfiladeros, en los sitios en que al estrecho alfoz dominan tajos
escarpados, era donde se reunían los montañeses para hacer rodar los
peñascos sobre las cabezas de sus enemigos. De esa manera, ocultos los
vascongados detrás de las malezas en las pendientes de las montañas de
Altabiscar, esperaban al ejército francés del paladín Roldán, que debía
penetrar en el estrecho paso de Roncesvalles. Cuando las columnas de
soldados extranjeros, semejantes á larga serpiente que se escurre por
una rendija, llenaron el desfiladero, oyóse un grito y desplomóse un
diluvio de peñascos sobre la muchedumbre que pasaba por debajo. El
arroyo del valle se aumentó con la sangre que salía de las aplastadas
carnes, como el vino del lagar, y arrastró humanos cuerpos y miembros
triturados como arrastraba los guijarros en tiempo de tormenta.
Perecieron todos los guerreros francos, confundidos unos con otros en
sangrienta masa. Todavía se enseña al pie del Altabiscar el sitio en que
murió el paladín Roldán con sus compañeros, pero las piedras que
aplastaron á su ejército tiempo ha que están cubiertas bajo una alfombra
de brezos y de juncos.
El resultado de nuestra diminuta labor humana, es poca cosa comparado
con los desprendimientos naturales producidos por la acción de los
meteoros ó á consecuencia del impulso interior del monte. Aun pasados
largos siglos, los grandes aludes de piedras ofrecen tan revuelto
aspecto, que dejan en el espíritu una impresión de horror y de espanto.
Pero cuando la naturaleza ha acabado por separar el desastre, los sitios
más agradables de la montaña son precisamente aquellos en que lo
escarpado se ha sacudido para llenar de rocas su base. Durante el curso
de los siglos trabajaron las aguas, llevando arcilla y leve arena para
reconstituir su cauce y formar en las cercanías una capa de tierra
vegetal; los torrentes han limpiado poco á poco su lecho, royendo ó
separando las piedras que les molestaban; el monstruoso pavimento
formado por las rocas más pequeñas se ha cubierto de hierbas,
convirtiéndose en pasto montuoso, erizado de puntas; los grandes
peñascos se han vestido de musgo y se agrupan acá y allá en pintorescos
collados; grupos de árboles crecen al lado de cada reborde roquizo y
siembran de encantadoras manchas de verdura el grato paisaje. Como el
rostro del hombre, cambia de expresión la faz de la naturaleza; á la
mueca ha sucedido la sonrisa.