#La destrucción de las cimas#
Y, sin embargo, aquellas masas enormes, montes apilados sobre montes,
han pasado como nubes barridas del cielo por el viento; hiladas de tres,
cuatro y cinco kilómetros de espesor, cuya existencia nos revela el
corte geológico de las rocas, han desaparecido para entrar en el
circuito de una nueva creación. Verdad es que la montaña todavía nos
parece formidable y contemplamos con admiración parecida al espanto sus
soberbios picos que atraviesan las nubes en el aire glacial del espacio.
Son tan altas estas pirámides nevadas, que nos ocultan la mitad del
cielo. Desde abajo, sus precipicios, que la mirada intenta en balde
medir, nos causan vértigos. Y, sin embargo, todo ello no es más que una
ruina, un simple residuo.
En otro tiempo, las capas de caliza, pizarra y asperón que se apoyan en
la base de la montaña y se yerguen acá y acullá en cimas secundarias, se
unían por encima del remate granítico en capas uniformes; sumaban su
espesor enorme á la elevación ya altísima del pico superior. Doble era
la altura de la montaña; llegaba entonces su vértice á aquella región en
que está tan enrarecida la atmósfera, que ni aun puedo sostenerse en
ella el ala del águila. No es ya la mirada, sino la imaginación la que
se espanta al pensar en lo que la montaña era entonces y en lo que le
han robado nieves, hielos, lluvias y tormentas durante la serie de los
tiempos. ¡Qué infinita historia, qué innumerables vicisitudes en la
sucesión de las plantas, de los animales y de los hombres, desde que los
montes cambiaron de forma y perdieron la mitad de su elevación!
Este prodigioso trabajo de escombrado no ha podido llevarse á cabo sin
dejar en muchos sitios rastros irrecusables. Los restos que han
resbalado desde lo alto de las cimas con las nieves, que han sido
empujadas por el hielo, triturados, desmenuzados, arrastrados en
pedruscos, guijarros y arenas por el agua, no han vuelto todos al mar,
del cual habían salido en periodo anterior: enormes montones quedan aún
en el espacio que separa las atrevidas pendientes de la montaña y las
tierras bajas ribereñas del Océano. En esta zona intermedia donde las
colinas se extienden en largas ondulaciones como las olas en el mar, el
suelo está enteramente compuesto de cantos rodados y piedras
amontonadas. Todo eso son los restos de la montaña que las aguas han
reducido á fragmentos menudos, transportándolos y vertiéndolos en
enormes aluviones á la salida de los grandes valles. Los torrentes
bajados de las alturas revuelven á su gusto las mesetas de residuos y
hacen que sus taludes se desmoronen en el surco que han abierto. En las
pendientes del foso profundo donde serpentean las aguas, se distinguen,
en aparente desorden, las diversas rocas que han servido de materiales
al gran edificio de la montaña. Ahí están los peñascos de granito y los
fragmentos de pórfido; allí los esquistos de aguda arista medio hundidos
en la arena; más allá, pedazos de cuarzo y asperón, guijarros calizos,
trozos de mineral, cristales achatados. También hay fósiles de
diferentes épocas, y en los espacios en que las aguas se han
arremolinado mucho tiempo, se han parado esqueletos de animales
flotantes. Allí se han descubierto á millares las osamentas del
hiparión, del uro, del alce, del rinoceronte, del mastodonte, del mamut
y de otros grandes mamíferos que recorrían en lejanos tiempos nuestros
campos, y hoy han desaparecido, dejando al hombre el imperio del mundo.
Los torrentes que trajeron tales restos, se los llevan pedazo por
pedazo, reduciéndolos á polvo. Esqueletos y fósiles, arcillas y arenas,
peñascos de esquisto, asperón y pórfido, todo se desmorona poco á poco,
todo emprende el camino del mar; el inmenso trabajo de denudación que se
verificó con la gran montaña, empieza de nuevo en menor proporción con
los montones de escombros. Ahuecados por el agua, disminuyen
gradualmente de altura, se parten en colinas diferentes. No obstante,
aun aminorada por el trabajo de los siglos, derruida y arruinada, la
meseta que se extiende en la base de la montaña bastaría para acrecentar
en algunos millares de metros la cumbre superior, si adquiriera
nuevamente su primera posición en las hiladas de rocas. Una antigua
oración de los indios dice: «Lamiendo los montes es como ha formado los
campos la roca celestial, es decir, la lluvia del cielo.»
Ante nuestros propios ojos continúa el trabajo de denudación de las
rocas con asombrosa actividad. Hay montañas compuestas de materiales
poco coherentes que vemos fundirse y disolverse, digámoslo así. Abrense
alfoces en las laderas del monte y brechas en medio de la cresta;
surcada por los aludes y por las aguas tempestuosa la gran masa, antes
una y solitaria, se divide poco á poco en dos cimas distintas, que
parecen alejarse una de otra á medida que se ahonda más el abismo que
las separa.
Especialmente en primavera, cuando el suelo está empapado en las nieves
fundentes, los desmoronamientos, los montones, las erosiones alcanzan
proporciones tales, que toda la montaña parece que se derrumba y
emprenda el camino de la llanura.
Un día de calor húmedo y suave, me había metido en un alfoz de la
montaña para ver otra vez las nieves antes de que se las llevaran las
aguas primaverales. Seguían obstruyendo el fondo de la quebrada, pero
en muchos sitios estaban desconocidas porque las cubrían restos
negruzcos, mezclados con lodo. Las rocas pizarrosas que dominaban el
alfoz parecían convertidas en una especie de pasta y se derrumbaban en
anchas hojas. El negro fondo que se filtraba por las paredes del
desfiladero se hundía con sordo chapoteo en la nieve medio líquida. Por
todas partes veía cataratas de nieve sucia y de restos, y me preguntaba
con cierto espanto instintivo si, hendiéndose las rocas como la misma
nieve, se irían á unir por encima del valle en una sola masa viscosa,
derramándose á lo lejos por el campo. El torrente, que columbraba yo en
algunos sitios, por los pozos en cuyos fondos se habían abismado las
capas superiores de la nieve, perecía transformado en un río de tinta
por los despojos que cubrían sus aguas; era aquello una enorme masa de
fango en movimiento. En lugar del sonido claro y alegre que solíamos
oir, el torrente lanzaba continuo mujido, el de los escombros que
chocaban unos con otros y rodaban por su lecho. En la primavera, en la
época anual de la renovación terrestre, es cuando ve uno como se
verifica esa prodigiosa labor destructora.
Además, inmenso é invisible trabajo se produce en la misma piedra. Todos
los cambios causados por los meteoros no son más que modificaciones
exteriores; las transformaciones íntimas que se verifican dentro de las
moléculas de la roca tienen, por lo menos, resultados de igual
importancia. Mientras la montaña cambia sin cesar de apariencia por
fuera, toma interiormente una estructura nueva, y las mismas hiladas
modifican su composición. Tomado en su conjunto, el monte es un inmenso
laboratorio natural, donde trabajan todas las fuerzas físicas y
químicas, sirviéndose para su tarea de un agente soberano que no está á
disposición del hombre: el tiempo.
Por lo pronto, el enorme peso de la montaña, igual á centenares de
millares de toneladas, gravita tan poderosamente sobre las rocas
inferiores, que da á muchas de ellas aspecto bien distinto del que
tuvieran al salir del mar. Poco á poco, bajo la formidable presión, las
pizarras y otras formaciones esquistosas se disponen en hojas. Durante
los millares y millares de siglos que transcurren, las moléculas
comprimidas se adelgazan en hojillas que pueden separarse fácilmente
después, cuando tras alguna revolución geológica, vuelve á ser llevada
la roca á la superficie. La acción del calor terrestre, que hasta cierta
distancia por lo menos, crece con la profundidad, contribuye también á
cambiar la estructura de las rocas. Así es como se convirtieron las
calizas en mármoles.
Pero no sólo se acercan, se separan y se agrupan diversamente las
moléculas de las rocas, según las condiciones físicas en que se
encuentran durante el curso de los siglos, sino que también cambia la
composición de las piedras en una carrera continua, un viaje incesante
de los cuerpos que mudan de sitio, se mezclan y se persiguen. El agua
que penetra por todas las rendijas en el espesor de la montaña y la que
sube en vapor desde los abismos profundos, sirven de principal vehículo
á esos elementos que se atraen y se rechazan después, arrastrados por el
gran torbellino de la vida geológica. Un cristal echa á otro cristal en
las hendiduras de la montaña; el hierro, el cobre, la plata y el oro
sustituyen á la arcilla ó á la cal. La roca mate adquiere el irisado de
las muchas substancias que penetran en ella. Por el cambio de lugar del
carbono, del azufre y del fósforo, conviértese la cal en marga, dolomita
y en espejuelo cristalino; á consecuencia de esas combinaciones la roca
se hincha ó se encoge, y lentas revoluciones se verifican en el seno de
la montaña. Pronto la piedra, comprimida en espacio harto estrecho,
levanta y separa las hiladas superiores, hace caer enormes lienzos, y
con lentos esfuerzos, cuyos resultados son iguales á los de poderosa
explosión, agrupa de nueva manera las rocas de la montaña. Ora se
contrae la piedra, ora se hiende, ya se abre en grutas, ya en galerías,
ya se verifican grandes hundimientos, modificando así la apariencia y
exterioridad del monte. A cada modificación íntima en la composición de
la roca, corresponde un cambio en el relieve. La montaña reune en sí
todas las revoluciones geológicas. Ha crecido durante millares de
siglos, ha decrecido, durante igual tiempo, y en sus hiladas se suceden
sin término todos los fenómenos de crecimiento y decrecimiento, de
formación y destrucción, que se verifican en la tierra en proporción
mayor. La historia de la montaña es la del planeta; destrucción
incesante, inacabable renovación.
Cada roca resume un periodo geológico. En esa montaña de tan agraciado
perfil, que surge de la tierra con tan nobles actitudes, creeríamos ver
la obra de un día, tanto es la unidad del conjunto, y tanto es lo que
concurren los pormenores á la armonía general. Y sin embargo, esta
montaña ha sido esculpida durante un millón de siglos. Ahí, antiguo
granito relata las viejísimas edades en que aún no había cubierto la
escoria terrestre la fibra vegetal. La egnesia que se formó quizás en la
época en que aún no habían nacido animales ni plantas, nos dice que,
cuando el Océano la dejó en sus orillas, ya habían sido demolidas por
las olas algunas montañas. La placa de pizarra que conserva los huesos
de un animal, ó solamente una ligera huella, nos cuenta la historia de
las innumerables generaciones que se han sucedido sobre la tierra en la
incesante batalla de la vida: los rastros de huella nos hablan de
aquellos bosques inmensos, representados después de su muerte por
ligeras capas de carbón; el acantilado calizo, amontonamiento de
animales revelados por el microscopio, nos hace asistir al trabajo de
las multitudes de organismos que pululaban en el fondo de los mares; los
residuos de todas clases nos recuerdan las aguas pluviales, las nieves,
los ventisqueros, los torrentes, limpiando los montes como lo hacen hoy
y cambiando de siglo en siglo el teatro de su actividad.
Al pensar en todas esas revoluciones, en esas transformaciones
incesantes, en esa serie continua de fenómenos que se producen en la
montaña, en el papel que representa en la vida general de la tierra y en
la historia de la humanidad se comprende á los primeros poetas que, con
la base del Pamir ó del Bolor, contaron los mitos de donde se han
derivado todos los restantes. Dícennos que la montaña es una creadora;
vierte en las llanuras las aguas fertilizadoras y les envía el légamo
alimenticio; con la ayuda del sol, da nacimiento á plantas, animales y
hombres; da flores al desierto y lo siembra de ciudades felices. Según
antigua leyenda helénica, el que hizo surgir los montes y modeló la
tierra fué Eros, el dios eternamente joven, el primogénito del caos, la
naturaleza renovada sin cesar, el dios del amor eterno.