CAPÍTULO V

#Los fósiles#

Cualquiera que sea el origen primitivo de la montaña, conocemos á lo

menos su historia desde una época muy anterior á los anales de nuestra

humanidad. Apenas se han sucedido ciento cincuenta generaciones de

hombres desde que verificaron nuestros antepasados los primeros actos

cuyo testimonio haya llegado hasta nosotros. Antes de esta época,

únicamente inciertos monumentos nos revelan la existencia de nuestra

raza. La historia de la montaña inanimada, en cambio, está escrita en

visibles caracteres hace millones de siglos.

El hecho importante, el que chocó á nuestros progenitores desde la

infancia de la civilización, y fué contado diariamente en sus leyendas,

consiste en que las rocas, distribuidas en hiladas regulares, en capas

superpuestas como las de un edificio, han sido colocadas por las aguas.

Si nos paseamos á la orilla de un río; si en un día de lluvia miramos el

arroyuelo temporal que se forma en las depresiones del suelo, veremos á

la corriente apoderarse de las guijas, de los granos de arena, del polvo

y de todos los residuos esparcidos, para distribuirlos ordenadamente en

el fondo y en las orillas del cauce; los fragmentos más pesados se

depositarán en capas en los sitios donde el agua pierde la rapidez de su

primer impulso; las moléculas más ligeras irán más lejos á extenderse en

estratos en la superficie lisa; finalmente, las tenues arcillas, cuyo

peso apenas excede al del agua, se amontonarán donde se detenga el

movimiento torrencial de ésta. En las playas y en las cuencas de lagos y

mares, las hiladas de residuos sucesivamente depositados guardan mayor

regularidad, porque las aguas no tienen el ímpetu de las ondas fluviales

y todo cuanto recibe su superficie se tamiza á través de la profundidad

de sus aguas; y allí permanece, sin que nada turbe la acción igual de

las olas y las corrientes.

Así es como se divide el trabajo en la gran naturaleza. En las costas

peñascosas del Océano combatidas por las olas de la alta mar, se ven

cantos y guijarros amontonados. En otras partes se extienden hasta donde

alcanza la vista playas de arena fina, en las cuales las ondas de la

marea se desarrollan en espumosas volutas. Los buzos que estudian el

fondo del mar nos dicen que en vastos espacios, grandes como provincias,

los despojos arrancados por los instrumentos se componen siempre de un

cieno uniforme con diversas mezclas de arcilla ó de arena, según los

parajes. También han comprobado que en otros sitios del mar la roca

formada en el fondo del lecho marítimo es creta pura. Conchas,

espiguillas de esponjas, animalillos de todas clases, organismos

inferiores, silíceos ó calcáreos, caen en lluvia incesante desde las

aguas de la superficie y se mezclan con los innumerables seres que se

acumulan, viven y mueren en el fondo, en muchedumbres que bastan para

construir hiladas tan grandes como las de nuestras montañas. Por otra

parte, éstas están formadas con residuos del mismo género. En un

porvenir desconocido, cuando los actuales abismos del Océano se

extiendan como llanuras ó se yergan en cimas ante la luz del sol,

nuestros descendientes verán terrenos geológicos semejantes á los que

hoy contemplamos, y que quizás hayan desaparecido, hechos añicos por las

aguas fluviales.

Durante la serie de las edades, las hiladas de formaciones marítimas ó

lacustres que componen la mayor parte de nuestra montaña han llegado á

ocupar á gran altura sobre el nivel del mar su posición inclinada y

contorneada en arrugas caprichosas. Ya hayan sido levantadas por una

presión procedente de abajo, ya se haya bajado el Océano á consecuencia

del enfriamiento y la contracción de la tierra ó por otra causa, y haya

dejado de ese modo capas de asperón y de caliza en los antiguos fondos

convertidos en continente, el caso es que las hiladas allí están y

podemos estudiar cómodamente los restos que muchas de ellas han sacado

del mundo submarino.

Estos restos son los fósiles, despojos de plantas y animales conservados

en la roca. Verdad es que las moléculas que constituían el esqueleto

animal ó vegetal de aquellos cuerpos han desaparecido, así como los

tejidos de la carne y las gotas de savia ó de sangre, pero todo ha sido

sustituído por granos de piedra que han conservado la forma y hasta el

color del ser destruido. En el espesor de las piedras están las conchas

de los moluscos y discos, bolas, espinas, cilindros y varillas silíceos

ó calcáreos de las foraminíferas y las diatomas que se encuentran en más

asombrosas muchedumbres; pero también hay formas que sustituyen

exactamente á las carnes blandas de aquellos seres organizados; vénse

esqueletos de peces con sus aletas y sus escamas: élitros de insectos,

ramillas y hojas; hasta huellas de pasos hay, y en la dura roca que fué

en otro tiempo arena incierta de las playas, se encuentra la impresión

de las gotas de lluvia y la red de los surcos trazados por las olas de

la orilla.

Los fósiles, muy raros en ciertas rocas de formación marítima, numerosos

en cambio en otros, y que constituyen casi toda la masa de los mármoles

y las cretas, sirven para conocer la edad relativa de las hiladas que se

han ido depositando durante la serie de los tiempos. En efecto, todas

las capas fosilíferas no han sido derribadas y mezcladas caprichosamente

por las roturas y los desmoronamientos; han conservado en su mayor

parte su regular superposición, de modo que pueda observarse y recogerse

los fósiles en su orden de aparición. Donde las hiladas, todavía en su

estado normal, conservan la posición que tenían en otro tiempo, después

de haber sido depositadas por las aguas marinas ó lacustres, la concha

descubierta en la capa superior es ciertamente más moderna que en las

inferiores. Centenares y millares de años, representados por las

innumerables moléculas intermedias del asperón ó de la creta, han

separado ambas existencias.

Si las mismas especies de plantas y de animales hubieran existido

siempre en la tierra desde que estos organismos vivientes aparecieron

por primera vez en la corteza enfriada de la tierra, no se podría

calcular la edad relativa de las capas terrestres separadas una de otra;

pero se han sucedido diferentes seres según las edades, sucediéndose

también por lo tanto en las hiladas superpuestas. Ciertas formas que

vemos con gran abundancia en el seno de las rocas estratificadas más

antiguas, van siendo más raras en las de origen más reciente, y acaban

por desaparecer absolutamente. Las especies nuevas que siguen á las

primeras tienen también, como cada sér en particular, su periodo de

renacimiento, de propagación, de decadencia y de muerte; podría

compararse cada especie de fósil vegetal ó animal á gigantesco árbol,

cuyas raíces se hunden en los terrenos inferiores de formación antigua,

y cuyo tronco se ramifica y se pierde en las capas altas de origen más

moderno.

Los geólogos que en diversos países del mundo pasan el tiempo examinando

las rocas y estudiándolas molécula por molécula para descubrir en ellas

vestigios de seres que vivieron, han podido reconocer (gracias al orden

de sucesión de los fósiles de todas especies) en los restos encerrados

la edad relativa de las diferentes hiladas de la tierra depositadas por

las aguas. En cuanto fueron bastante numerosas las observaciones

comparadas, llegó hasta á ser fácil frecuentemente decir, con sólo ver

un fósil, á qué época de las edades terrestres pertenece la roca en que

se encontró. ¿Cualquier piedra caliza, de esquisto ó de asperón ofrece

clara huella de concha ó de planta? Pues basta á veces con eso. El

naturalista, sin temor á equivocarse, declara que la piedra que conserva

esa impulsión pertenece á tal ó á cual serie de rocas y debe ser

clasificada en tal ó cual época de la historia del planeta.

Estos fósiles reveladores que en forma de seres vivientes se agitaban

hace millones de años en el légamo de los abismos oceánicos, se

encuentran hoy á todas las alturas en las hiladas de las montañas. Se

los ve en la mayor parte de las cimas pirenaicas; forman alpes enteros;

se los encuentra en el Cáucaso y las cordilleras, y si el hombre pudiera

subir hasta las cumbres del Himalaya, también allí los hallaría. Hay

más; estas capas fosilíferas que pasan hoy de la zona media de las

nubes, alcanzaban en otro tiempo alturas más considerables. En muchos

sitios, en vertientes de montañas, se comprueba que existen

interrupciones frecuentes en las hiladas de rocas. Acá y allá encuentra

tal vez el geólogo en las cañadas algunos trozos de estos terrenos, pero

las capas continuas no se reanudan hasta mucho más lejos, en la

vertiente opuesta. ¿Qué ha sido de los fragmentos intermedios?

Existieron, porque, aun al quebrarlos, la masa granítica que subía desde

lo interior, sólo ha podido henderlos; pero las hiladas hendidas

continuaban sobre la resbaladiza cumbre.

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