#Los fósiles#
Cualquiera que sea el origen primitivo de la montaña, conocemos á lo
menos su historia desde una época muy anterior á los anales de nuestra
humanidad. Apenas se han sucedido ciento cincuenta generaciones de
hombres desde que verificaron nuestros antepasados los primeros actos
cuyo testimonio haya llegado hasta nosotros. Antes de esta época,
únicamente inciertos monumentos nos revelan la existencia de nuestra
raza. La historia de la montaña inanimada, en cambio, está escrita en
visibles caracteres hace millones de siglos.
El hecho importante, el que chocó á nuestros progenitores desde la
infancia de la civilización, y fué contado diariamente en sus leyendas,
consiste en que las rocas, distribuidas en hiladas regulares, en capas
superpuestas como las de un edificio, han sido colocadas por las aguas.
Si nos paseamos á la orilla de un río; si en un día de lluvia miramos el
arroyuelo temporal que se forma en las depresiones del suelo, veremos á
la corriente apoderarse de las guijas, de los granos de arena, del polvo
y de todos los residuos esparcidos, para distribuirlos ordenadamente en
el fondo y en las orillas del cauce; los fragmentos más pesados se
depositarán en capas en los sitios donde el agua pierde la rapidez de su
primer impulso; las moléculas más ligeras irán más lejos á extenderse en
estratos en la superficie lisa; finalmente, las tenues arcillas, cuyo
peso apenas excede al del agua, se amontonarán donde se detenga el
movimiento torrencial de ésta. En las playas y en las cuencas de lagos y
mares, las hiladas de residuos sucesivamente depositados guardan mayor
regularidad, porque las aguas no tienen el ímpetu de las ondas fluviales
y todo cuanto recibe su superficie se tamiza á través de la profundidad
de sus aguas; y allí permanece, sin que nada turbe la acción igual de
las olas y las corrientes.
Así es como se divide el trabajo en la gran naturaleza. En las costas
peñascosas del Océano combatidas por las olas de la alta mar, se ven
cantos y guijarros amontonados. En otras partes se extienden hasta donde
alcanza la vista playas de arena fina, en las cuales las ondas de la
marea se desarrollan en espumosas volutas. Los buzos que estudian el
fondo del mar nos dicen que en vastos espacios, grandes como provincias,
los despojos arrancados por los instrumentos se componen siempre de un
cieno uniforme con diversas mezclas de arcilla ó de arena, según los
parajes. También han comprobado que en otros sitios del mar la roca
formada en el fondo del lecho marítimo es creta pura. Conchas,
espiguillas de esponjas, animalillos de todas clases, organismos
inferiores, silíceos ó calcáreos, caen en lluvia incesante desde las
aguas de la superficie y se mezclan con los innumerables seres que se
acumulan, viven y mueren en el fondo, en muchedumbres que bastan para
construir hiladas tan grandes como las de nuestras montañas. Por otra
parte, éstas están formadas con residuos del mismo género. En un
porvenir desconocido, cuando los actuales abismos del Océano se
extiendan como llanuras ó se yergan en cimas ante la luz del sol,
nuestros descendientes verán terrenos geológicos semejantes á los que
hoy contemplamos, y que quizás hayan desaparecido, hechos añicos por las
aguas fluviales.
Durante la serie de las edades, las hiladas de formaciones marítimas ó
lacustres que componen la mayor parte de nuestra montaña han llegado á
ocupar á gran altura sobre el nivel del mar su posición inclinada y
contorneada en arrugas caprichosas. Ya hayan sido levantadas por una
presión procedente de abajo, ya se haya bajado el Océano á consecuencia
del enfriamiento y la contracción de la tierra ó por otra causa, y haya
dejado de ese modo capas de asperón y de caliza en los antiguos fondos
convertidos en continente, el caso es que las hiladas allí están y
podemos estudiar cómodamente los restos que muchas de ellas han sacado
del mundo submarino.
Estos restos son los fósiles, despojos de plantas y animales conservados
en la roca. Verdad es que las moléculas que constituían el esqueleto
animal ó vegetal de aquellos cuerpos han desaparecido, así como los
tejidos de la carne y las gotas de savia ó de sangre, pero todo ha sido
sustituído por granos de piedra que han conservado la forma y hasta el
color del ser destruido. En el espesor de las piedras están las conchas
de los moluscos y discos, bolas, espinas, cilindros y varillas silíceos
ó calcáreos de las foraminíferas y las diatomas que se encuentran en más
asombrosas muchedumbres; pero también hay formas que sustituyen
exactamente á las carnes blandas de aquellos seres organizados; vénse
esqueletos de peces con sus aletas y sus escamas: élitros de insectos,
ramillas y hojas; hasta huellas de pasos hay, y en la dura roca que fué
en otro tiempo arena incierta de las playas, se encuentra la impresión
de las gotas de lluvia y la red de los surcos trazados por las olas de
la orilla.
Los fósiles, muy raros en ciertas rocas de formación marítima, numerosos
en cambio en otros, y que constituyen casi toda la masa de los mármoles
y las cretas, sirven para conocer la edad relativa de las hiladas que se
han ido depositando durante la serie de los tiempos. En efecto, todas
las capas fosilíferas no han sido derribadas y mezcladas caprichosamente
por las roturas y los desmoronamientos; han conservado en su mayor
parte su regular superposición, de modo que pueda observarse y recogerse
los fósiles en su orden de aparición. Donde las hiladas, todavía en su
estado normal, conservan la posición que tenían en otro tiempo, después
de haber sido depositadas por las aguas marinas ó lacustres, la concha
descubierta en la capa superior es ciertamente más moderna que en las
inferiores. Centenares y millares de años, representados por las
innumerables moléculas intermedias del asperón ó de la creta, han
separado ambas existencias.
Si las mismas especies de plantas y de animales hubieran existido
siempre en la tierra desde que estos organismos vivientes aparecieron
por primera vez en la corteza enfriada de la tierra, no se podría
calcular la edad relativa de las capas terrestres separadas una de otra;
pero se han sucedido diferentes seres según las edades, sucediéndose
también por lo tanto en las hiladas superpuestas. Ciertas formas que
vemos con gran abundancia en el seno de las rocas estratificadas más
antiguas, van siendo más raras en las de origen más reciente, y acaban
por desaparecer absolutamente. Las especies nuevas que siguen á las
primeras tienen también, como cada sér en particular, su periodo de
renacimiento, de propagación, de decadencia y de muerte; podría
compararse cada especie de fósil vegetal ó animal á gigantesco árbol,
cuyas raíces se hunden en los terrenos inferiores de formación antigua,
y cuyo tronco se ramifica y se pierde en las capas altas de origen más
moderno.
Los geólogos que en diversos países del mundo pasan el tiempo examinando
las rocas y estudiándolas molécula por molécula para descubrir en ellas
vestigios de seres que vivieron, han podido reconocer (gracias al orden
de sucesión de los fósiles de todas especies) en los restos encerrados
la edad relativa de las diferentes hiladas de la tierra depositadas por
las aguas. En cuanto fueron bastante numerosas las observaciones
comparadas, llegó hasta á ser fácil frecuentemente decir, con sólo ver
un fósil, á qué época de las edades terrestres pertenece la roca en que
se encontró. ¿Cualquier piedra caliza, de esquisto ó de asperón ofrece
clara huella de concha ó de planta? Pues basta á veces con eso. El
naturalista, sin temor á equivocarse, declara que la piedra que conserva
esa impulsión pertenece á tal ó á cual serie de rocas y debe ser
clasificada en tal ó cual época de la historia del planeta.
Estos fósiles reveladores que en forma de seres vivientes se agitaban
hace millones de años en el légamo de los abismos oceánicos, se
encuentran hoy á todas las alturas en las hiladas de las montañas. Se
los ve en la mayor parte de las cimas pirenaicas; forman alpes enteros;
se los encuentra en el Cáucaso y las cordilleras, y si el hombre pudiera
subir hasta las cumbres del Himalaya, también allí los hallaría. Hay
más; estas capas fosilíferas que pasan hoy de la zona media de las
nubes, alcanzaban en otro tiempo alturas más considerables. En muchos
sitios, en vertientes de montañas, se comprueba que existen
interrupciones frecuentes en las hiladas de rocas. Acá y allá encuentra
tal vez el geólogo en las cañadas algunos trozos de estos terrenos, pero
las capas continuas no se reanudan hasta mucho más lejos, en la
vertiente opuesta. ¿Qué ha sido de los fragmentos intermedios?
Existieron, porque, aun al quebrarlos, la masa granítica que subía desde
lo interior, sólo ha podido henderlos; pero las hiladas hendidas
continuaban sobre la resbaladiza cumbre.