CAPÍTULO IV

#El origen de la montaña#

Así, pues, hasta en su más diminuta molécula, la montaña enorme ofrece

una combinación de elementos diversos que se han mezclado en variables

proporciones; cada cristal, cada mineral, cada grano de arena ó

partícula da caliza, tiene su infinita historia, como los mismos astros.

El menor fragmento de roca tiene su génesis como el Universo, pero

mientras se ayudan con la ciencia unos á otros, el astrólogo, el

geólogo, el físico y el químico, aún se están preguntando con ansiedad

si han comprendido bien lo que es esa piedra y el misterio de su origen.

¿Y están bien seguros de haber puesto en claro el origen de la propia

montaña? ¿Viendo todas esas rocas, asperones, calizas, pizarras y

granitos, podemos contar cómo se ha acumulado la masa prodigiosa, cómo

se ha erguido hacia el cielo? ¿Podemos nosotros, pigmeos débiles,

contemplándola en su soberbia belleza, decirle con el orgullo consciente

de la inteligencia satisfecha: «La más chica de tus piedras puede

aplastarnos, pero te comprendemos, y conocemos tu nacimiento y tu

historia?»

Como nosotros y aún más que nosotros, dirigen preguntas los niños al ver

la naturaleza y sus fenómenos, pero casi siempre, con cándida confianza,

se contentan con la respuesta vaga ó engañosa de un padre ú otra persona

mayor que nada sabe, ó de un profesor que supone saberlo todo. Si no

alcanzaran los niños esa respuesta, investigarían y continuarían

investigando, hasta que encontraran una explicación cualquiera, porque

el niño no gusta de permanecer en la duda; lleno del sentimiento de su

existencia, empezando la vida como un vencedor, quiere hablar como quien

domina todas las cosas. Nada debe ser desconocido para él.

Así los pueblos, salidos apenas de su barbarie primitiva, encontraban

una afirmación definitiva para cuanto los chocaba, y diputaban por buena

la primera explicación que respondiera lo mejor posible á la

inteligencia y á las costumbres de aquel grupo humano. Pasando de boca

en boca, acabó la leyenda por convertirse en palabra divina y surgieron

cartas de intérpretes para apoyarla con su autoridad moral y sus

ceremonias. Así es como en la herencia mítica de casi todas las naciones

encontramos relatos que nos cuentan el nacimiento de las montañas, de

los ríos, de la tierra, del Océano, de las plantas, de los minerales y

hasta del hombre.

La explicación más sencilla es la que nos muestra á los dioses ó á los

genios arrojando las montañas desde las alturas celestiales y dejándolas

caer al azar; ó bien levantarlas y modelarlas con cuidado como columnas

destinadas á sostener la bóveda del cielo. Así fueron construidos el

Líbano y el Hermón; así se arraigó en los límites del mundo el monte

Atlas, de hombros robustos. Por otra parte, las montañas, después de

creadas, cambiaban de sitio con frecuencia, y servían á los dioses para

arrojárselas con hondas. Los titanes, que no eran dioses, transtornaron

todos los montes de Tesalia para alzar murallas en torno del Olimpo: el

mismo gigantesco Altus no era demasiado peso para sus brazos, que lo

llevaron desde el fondo de Tracia hasta el sitio en que hoy se levanta.

Una giganta del Norte se había llenado de colinas el delantal y las iba

sembrando á iguales distancias para conocer un camino. Vichnú, que vió

un día dormir á una muchacha bajo los ardientes rayos del sol, cogió una

montaña y la sostuvo en equilibrio en la punta de un dedo para dar

sombra á la hermosa durmiente. Este fué, según dice la leyenda, el

origen de las sombrillas.

No siempre necesitaban, dioses y gigantes, agarrar las montañas para que

cambiaran de sitio, porque obedecían éstas á cualquier seña. Las piedras

acudían al sonido de la lira de Orfeo y las montañas se alzaban para oir

á Apolo: así nació el Helicón, morada de las musas. El profeta Mahoma

debió nacer dos mil años antes; si hubiera nacido en edades de más

cándida fe, no habría tenido que ir á la montaña, y ésta se habría

dirigido hacia él.

Además de esta explicación del nacimiento de las montañas por la

voluntad de los dioses, la mitología de numerosos pueblos, da otra menos

grosera. Según ésta, las rocas y los montes son órganos vivientes que

han brotado naturalmente del cuerpo de la tierra, como salen los

estambres en la corola de la flor. Mientras por una parte se hundía el

suelo para recibir las aguas del mar, por otra se alzaba hacia el sol

para recibir su luz vivificante, así como las plantas enderezan el

tallo y vuelven los pétalos hacia el astro que las mira y les da brillo.

Pero ya no hay quien crea en las leyendas antiguas, que no son para la

humanidad mas que poéticos recuerdos; han ido á juntarse con los sueños,

y el espíritu del investigador, apartado por fin de tales ilusiones,

persigue con mayor avidez la verdad. Así es que los hombres de nuestros

días, lo mismo que los de antiguos tiempos, siguen repitiendo, al

contemplar las cumbres doradas por la luz, «¿cómo han podido alzarse

hacia el cielo?»

Hasta en nuestra época, cuando los sabios no apoyan sus teorías sino

sobre la observación y la experiencia, hay algunas tan fantásticas sobre

el origen de los montes, que se asemejan bastante á las leyendas de los

antiguos. Un libro moderno de respetable volumen intenta demostrarnos

que la luz del sol que baña nuestro planeta ha tomado cuerpo y se ha

condensado en mesetas y montañas alrededor de la tierra. Otro afirma que

la atracción del sol y de la luna, no contenta con levantar dos veces al

día las olas del mar, ha hecho hincharse también á la tierra, y ha

alzado las ondas sólidas hasta la región de las nieves. Finalmente, otro

hay que refiere cómo los cometas, extraviados por los cielos, han venido

á chocar con nuestro globo, han agujereado su envoltura como piedras que

atravesaran un carámbano y han hecho brotar las macizas montañas en

largas hileras.

Afortunadamente la tierra, siempre trabajando en nuevas creaciones, no

cesa en su labor á nuestros ojos y nos enseña como hace cambiar poco á

poco las rugosidades de su superficie. Se destruye, pero se reconstruye

diariamente de un modo constante; nivela unas montañas para edificar

otras, y abre valles para cegarlos otra vez. Al recorrer la superficie

del globo y al examinar con cuidado los fenómenos de la naturaleza, se

ven formar ribazos y montes lentamente en verdad, y no con súbito

empujón, como quisieran los aficionados á lo milagroso. Se los ve nacer,

ya directamente del seno de la tierra, sea indirectamente, digámoslo

así, por la erosión de las mesetas, como surge poco á poco la escultura

del pedazo de mármol. Cuando una masa insular ó continental, cuya altura

llega á centenares ó millares de metros, recibe lluvias abundantes, van

quedando sus vertientes gradualmente esculpidas en barrancos, cañadas y

valles; la uniforme superficie de la meseta se recosta en cimas, aristas

y pirámides; se ahueca en círculos, hoyas y precipicios; aparecen poco á

poco sistemas de montañas donde existe el terreno liso en extensión

enorme. Lo mismo acontece en aquellas regiones de la tierra donde la

meseta, atacada únicamente en un lado por las lluvias, sólo forma

montañas por esta vertiente: tal es, en España, la meseta de la Mancha

que se hunde hacia Andalucía por las escarpaduras de Sierra Morena.

Además de estas causas exteriores que convierten las mesetas en

montañas, verifícanse también en lo interior de la tierra lentas

transformaciones que ocasionan hundimientos enormes. Los hombres

laboriosos que, martillo en mano, atraviesan las montañas durante años

enteros para estudiar su estructura y su forma, observan en las nuevas

hiladas de formación marítima que constituyen la parte no cristalina de

los montes, gigantescos padrastros ó hendiduras de separación que se

extienden por centenares de kilómetros de longitud. Masas de millares de

metros de espesor han sido alzadas ó derribadas en esas caídas, de modo

que su antigua superficie se ha convertido hoy en su plano inferior. Las

hiladas, aplomándose en sucesivas caídas, han dejado descubierto el

esqueleto de rocas cristalinas que cubrían como una capa; han revelado

el núcleo de la montaña como una cortina súbitamente descorrida descubre

un monumento oculto.

Pero ni aun estos hundimientos tienen tanta importancia como las

rugosidades en la historia de la tierra y en la de las montañas que

forman sus asperezas exteriores. Sometidas á lentas presiones seculares,

la roca, la arcilla, las capas de asperón, las venas de metal, todo se

arruga lo mismo que una tela, y los pliegues que así nacen forman montes

y valles. Semejante á la superficie del Océano, agítase en olas la de la

tierra, pero son mucho más poderosas estas ondulaciones: son los Andes y

el Himalaya que se yerguen sobre el nivel medio de la llanura. Las rocas

de la tierra están sometidas incesantemente á estas impulsiones

laterales que las hacen plegarse y desplegarse diversamente, y los

cimientos están en continua fluctuación. Así se arruga el pellejo de las

frutas.

Las cimas que surgen directamente del suelo y suben de una manera

gradual, desde el nivel del Océano hasta las alturas heladas de la

atmósfera, son las montañas de lavas y cenizas volcánicas. En más de un

sitio de la superficie terrestre se las puede estudiar con comodidad,

alzándose, aumentando á la simple vista. Muy distintos de las montañas

ordinarias, los verdaderos volcanes están perforados por una chimenea

central, de la cual se escapan vapores ó fragmentos pulverizados de

rocas incendiadas, pero cuando se apagan, la chimenea se cierra y las

pendientes del cono volcánico, cuyo perfil pierde su primitiva

regularidad bajo la influencia de las lluvias y de la vegetación, acaban

por parecerse á las de los demás montes. Por otra parte, hay masas

rojizas que al elevarse desde el seno de la tierra, sea en estado

líquido, sea en estado pastoso, salen sencillamente de una ancha grieta

del suelo y no las lanza un cráter, como las escorias del Vesubio y del

Etna. Las lavas que se acumulan en cimas y se ramifican en promontorios,

sólo difieren por su juventud de las montañas viejas que erizan en otras

partes la superficie de la tierra. Lavas en otro tiempo candentes se

enfrían poco á poco y se revisten de tierra vegetal: reciben el agua de

la lluvia por sus intersticios y la devuelven en arroyos y ríos. Al fin

y al cabo se cubren en su base de formaciones geológicas nuevas y se

rodean, como las otras montañas, de hiladas de morrillos, de arena ó de

arcilla. A la larga, la mirada del sabio puede únicamente reconocer que

han brotado del seno de la tierra, de la gran hornaza, como una masa de

metal en fusión.

Entre los antiguos montes que forman parte de las sierras y de los

sistemas que se llaman columnas vertebrales de los continentes, hay

muchos que están compuestos de rocas semejantes á las lavas actuales y

tienen igual composición química. Como estas lavas, el pórfido y otros

minerales han salido de la tierra por hendiduras y se han esparcido por

el suelo, semejantes á una materia viscosa que se coagulase pronto al

contacto del aire; la mayor parte de las rocas graníticas parecen

haberse formado del mismo modo. Son cristalinas como las lavas, y sus

cristales tienen por elementos los mismos cuerpos simples, el silicio y

el aluminio. Razonable es pensar que estos granitos han sido también

masa pastosa y que sus surtidores incandescentes han brotado de grietas

del terreno. De todos modos, éso es una hipótesis en discusión y no una

verdad demostrada. Así como las lavas que brotan del suelo levantan á

veces pedazos de terreno con sus bosques ó sus praderas, pensamos que

del mismo modo la erupción de los granitos ú otras rocas semejantes ha

sido la causa más frecuente del levantamiento de hiladas de diversas

formaciones que constituyen la parte más considerable de las montañas.

Estratos calcáreos, de arena, de arcilla, que aguas de mares ó lagos

habían depositado antes en capas paralelas en el fondo de sus cauces y

que se habían convertido así en la película exterior de la tierra,

habrán sido plegadas y enderezadas por la masa que se elevaba desde las

profundidades y que buscaba una salida. Aquí la ola creciente del

granito había roto las hiladas superiores en islas y en islotes que,

dislocados, hendidos, arrugados en caprichosos pliegos se han esparcido

por las depresiones y los rebordes de la roca levantadora; allí, el

granito habrá abierto en el suelo una sola grieta de salida, replegando

á un lado y otro las hiladas exteriores, según diversos ángulos de

inclinación; acullá, el granito, sin conseguir romperla, ha abollado las

capas superiores. Éstas, bajo la presión que las movía, habrán cesado de

ser llanuras para convertirse en colinas y montañas. Hasta las alturas

formadas por estratos, pacíficamente depositados en el fondo del agua

habrán podido elevarse en cimas, así como las protuberancias de lava; un

pozo perforado á través de las capas superpuestas llegaría al núcleo de

pórfido ó de granito.

Admitiendo que la mayor parte de las montañas hayan aparecido como las

lavas, todavía no ha descubierto el pensamiento la causa que ha hecho

brotar del suelo todas esas materias en fusión. Ordinariamente se supone

que han sido exprimidas, digámoslo así, por la contracción de la

envoltura exterior del globo, que se enfría lentamente irradiando calor

á los espacios. En otro tiempo era nuestro planeta una gota de metal

ardiendo. Al rodar por las frialdades de los cielos, se ha ido

coagulando poco á poco. ¿Pero se ha solidificado la película sola, según

se repite frecuentemente, ó se ha endurecido la gota hasta el núcleo? No

se sabe aún, porque nada prueba que las lavas de los volcanes broten de

inmenso receptáculo que llene lo interior del globo. Únicamente sabemos

que estas lavas se escapan á veces de las grietas del suelo y corren por

la superficie. Lo mismo los granitos, los pórfidos y otras rocas

semejantes habrán brotado de las rendijas de la corteza terrestre como

se escapa la savia de la herida de un vegetal. La marea de piedras

fundidas habrá subido desde el centro, bajo la presión de la envoltura

planetaria, gradualmente comprimida por efecto de su propio

enfriamiento.

La Montaña · 第 8 / 29 题