#El origen de la montaña#
Así, pues, hasta en su más diminuta molécula, la montaña enorme ofrece
una combinación de elementos diversos que se han mezclado en variables
proporciones; cada cristal, cada mineral, cada grano de arena ó
partícula da caliza, tiene su infinita historia, como los mismos astros.
El menor fragmento de roca tiene su génesis como el Universo, pero
mientras se ayudan con la ciencia unos á otros, el astrólogo, el
geólogo, el físico y el químico, aún se están preguntando con ansiedad
si han comprendido bien lo que es esa piedra y el misterio de su origen.
¿Y están bien seguros de haber puesto en claro el origen de la propia
montaña? ¿Viendo todas esas rocas, asperones, calizas, pizarras y
granitos, podemos contar cómo se ha acumulado la masa prodigiosa, cómo
se ha erguido hacia el cielo? ¿Podemos nosotros, pigmeos débiles,
contemplándola en su soberbia belleza, decirle con el orgullo consciente
de la inteligencia satisfecha: «La más chica de tus piedras puede
aplastarnos, pero te comprendemos, y conocemos tu nacimiento y tu
historia?»
Como nosotros y aún más que nosotros, dirigen preguntas los niños al ver
la naturaleza y sus fenómenos, pero casi siempre, con cándida confianza,
se contentan con la respuesta vaga ó engañosa de un padre ú otra persona
mayor que nada sabe, ó de un profesor que supone saberlo todo. Si no
alcanzaran los niños esa respuesta, investigarían y continuarían
investigando, hasta que encontraran una explicación cualquiera, porque
el niño no gusta de permanecer en la duda; lleno del sentimiento de su
existencia, empezando la vida como un vencedor, quiere hablar como quien
domina todas las cosas. Nada debe ser desconocido para él.
Así los pueblos, salidos apenas de su barbarie primitiva, encontraban
una afirmación definitiva para cuanto los chocaba, y diputaban por buena
la primera explicación que respondiera lo mejor posible á la
inteligencia y á las costumbres de aquel grupo humano. Pasando de boca
en boca, acabó la leyenda por convertirse en palabra divina y surgieron
cartas de intérpretes para apoyarla con su autoridad moral y sus
ceremonias. Así es como en la herencia mítica de casi todas las naciones
encontramos relatos que nos cuentan el nacimiento de las montañas, de
los ríos, de la tierra, del Océano, de las plantas, de los minerales y
hasta del hombre.
La explicación más sencilla es la que nos muestra á los dioses ó á los
genios arrojando las montañas desde las alturas celestiales y dejándolas
caer al azar; ó bien levantarlas y modelarlas con cuidado como columnas
destinadas á sostener la bóveda del cielo. Así fueron construidos el
Líbano y el Hermón; así se arraigó en los límites del mundo el monte
Atlas, de hombros robustos. Por otra parte, las montañas, después de
creadas, cambiaban de sitio con frecuencia, y servían á los dioses para
arrojárselas con hondas. Los titanes, que no eran dioses, transtornaron
todos los montes de Tesalia para alzar murallas en torno del Olimpo: el
mismo gigantesco Altus no era demasiado peso para sus brazos, que lo
llevaron desde el fondo de Tracia hasta el sitio en que hoy se levanta.
Una giganta del Norte se había llenado de colinas el delantal y las iba
sembrando á iguales distancias para conocer un camino. Vichnú, que vió
un día dormir á una muchacha bajo los ardientes rayos del sol, cogió una
montaña y la sostuvo en equilibrio en la punta de un dedo para dar
sombra á la hermosa durmiente. Este fué, según dice la leyenda, el
origen de las sombrillas.
No siempre necesitaban, dioses y gigantes, agarrar las montañas para que
cambiaran de sitio, porque obedecían éstas á cualquier seña. Las piedras
acudían al sonido de la lira de Orfeo y las montañas se alzaban para oir
á Apolo: así nació el Helicón, morada de las musas. El profeta Mahoma
debió nacer dos mil años antes; si hubiera nacido en edades de más
cándida fe, no habría tenido que ir á la montaña, y ésta se habría
dirigido hacia él.
Además de esta explicación del nacimiento de las montañas por la
voluntad de los dioses, la mitología de numerosos pueblos, da otra menos
grosera. Según ésta, las rocas y los montes son órganos vivientes que
han brotado naturalmente del cuerpo de la tierra, como salen los
estambres en la corola de la flor. Mientras por una parte se hundía el
suelo para recibir las aguas del mar, por otra se alzaba hacia el sol
para recibir su luz vivificante, así como las plantas enderezan el
tallo y vuelven los pétalos hacia el astro que las mira y les da brillo.
Pero ya no hay quien crea en las leyendas antiguas, que no son para la
humanidad mas que poéticos recuerdos; han ido á juntarse con los sueños,
y el espíritu del investigador, apartado por fin de tales ilusiones,
persigue con mayor avidez la verdad. Así es que los hombres de nuestros
días, lo mismo que los de antiguos tiempos, siguen repitiendo, al
contemplar las cumbres doradas por la luz, «¿cómo han podido alzarse
hacia el cielo?»
Hasta en nuestra época, cuando los sabios no apoyan sus teorías sino
sobre la observación y la experiencia, hay algunas tan fantásticas sobre
el origen de los montes, que se asemejan bastante á las leyendas de los
antiguos. Un libro moderno de respetable volumen intenta demostrarnos
que la luz del sol que baña nuestro planeta ha tomado cuerpo y se ha
condensado en mesetas y montañas alrededor de la tierra. Otro afirma que
la atracción del sol y de la luna, no contenta con levantar dos veces al
día las olas del mar, ha hecho hincharse también á la tierra, y ha
alzado las ondas sólidas hasta la región de las nieves. Finalmente, otro
hay que refiere cómo los cometas, extraviados por los cielos, han venido
á chocar con nuestro globo, han agujereado su envoltura como piedras que
atravesaran un carámbano y han hecho brotar las macizas montañas en
largas hileras.
Afortunadamente la tierra, siempre trabajando en nuevas creaciones, no
cesa en su labor á nuestros ojos y nos enseña como hace cambiar poco á
poco las rugosidades de su superficie. Se destruye, pero se reconstruye
diariamente de un modo constante; nivela unas montañas para edificar
otras, y abre valles para cegarlos otra vez. Al recorrer la superficie
del globo y al examinar con cuidado los fenómenos de la naturaleza, se
ven formar ribazos y montes lentamente en verdad, y no con súbito
empujón, como quisieran los aficionados á lo milagroso. Se los ve nacer,
ya directamente del seno de la tierra, sea indirectamente, digámoslo
así, por la erosión de las mesetas, como surge poco á poco la escultura
del pedazo de mármol. Cuando una masa insular ó continental, cuya altura
llega á centenares ó millares de metros, recibe lluvias abundantes, van
quedando sus vertientes gradualmente esculpidas en barrancos, cañadas y
valles; la uniforme superficie de la meseta se recosta en cimas, aristas
y pirámides; se ahueca en círculos, hoyas y precipicios; aparecen poco á
poco sistemas de montañas donde existe el terreno liso en extensión
enorme. Lo mismo acontece en aquellas regiones de la tierra donde la
meseta, atacada únicamente en un lado por las lluvias, sólo forma
montañas por esta vertiente: tal es, en España, la meseta de la Mancha
que se hunde hacia Andalucía por las escarpaduras de Sierra Morena.
Además de estas causas exteriores que convierten las mesetas en
montañas, verifícanse también en lo interior de la tierra lentas
transformaciones que ocasionan hundimientos enormes. Los hombres
laboriosos que, martillo en mano, atraviesan las montañas durante años
enteros para estudiar su estructura y su forma, observan en las nuevas
hiladas de formación marítima que constituyen la parte no cristalina de
los montes, gigantescos padrastros ó hendiduras de separación que se
extienden por centenares de kilómetros de longitud. Masas de millares de
metros de espesor han sido alzadas ó derribadas en esas caídas, de modo
que su antigua superficie se ha convertido hoy en su plano inferior. Las
hiladas, aplomándose en sucesivas caídas, han dejado descubierto el
esqueleto de rocas cristalinas que cubrían como una capa; han revelado
el núcleo de la montaña como una cortina súbitamente descorrida descubre
un monumento oculto.
Pero ni aun estos hundimientos tienen tanta importancia como las
rugosidades en la historia de la tierra y en la de las montañas que
forman sus asperezas exteriores. Sometidas á lentas presiones seculares,
la roca, la arcilla, las capas de asperón, las venas de metal, todo se
arruga lo mismo que una tela, y los pliegues que así nacen forman montes
y valles. Semejante á la superficie del Océano, agítase en olas la de la
tierra, pero son mucho más poderosas estas ondulaciones: son los Andes y
el Himalaya que se yerguen sobre el nivel medio de la llanura. Las rocas
de la tierra están sometidas incesantemente á estas impulsiones
laterales que las hacen plegarse y desplegarse diversamente, y los
cimientos están en continua fluctuación. Así se arruga el pellejo de las
frutas.
Las cimas que surgen directamente del suelo y suben de una manera
gradual, desde el nivel del Océano hasta las alturas heladas de la
atmósfera, son las montañas de lavas y cenizas volcánicas. En más de un
sitio de la superficie terrestre se las puede estudiar con comodidad,
alzándose, aumentando á la simple vista. Muy distintos de las montañas
ordinarias, los verdaderos volcanes están perforados por una chimenea
central, de la cual se escapan vapores ó fragmentos pulverizados de
rocas incendiadas, pero cuando se apagan, la chimenea se cierra y las
pendientes del cono volcánico, cuyo perfil pierde su primitiva
regularidad bajo la influencia de las lluvias y de la vegetación, acaban
por parecerse á las de los demás montes. Por otra parte, hay masas
rojizas que al elevarse desde el seno de la tierra, sea en estado
líquido, sea en estado pastoso, salen sencillamente de una ancha grieta
del suelo y no las lanza un cráter, como las escorias del Vesubio y del
Etna. Las lavas que se acumulan en cimas y se ramifican en promontorios,
sólo difieren por su juventud de las montañas viejas que erizan en otras
partes la superficie de la tierra. Lavas en otro tiempo candentes se
enfrían poco á poco y se revisten de tierra vegetal: reciben el agua de
la lluvia por sus intersticios y la devuelven en arroyos y ríos. Al fin
y al cabo se cubren en su base de formaciones geológicas nuevas y se
rodean, como las otras montañas, de hiladas de morrillos, de arena ó de
arcilla. A la larga, la mirada del sabio puede únicamente reconocer que
han brotado del seno de la tierra, de la gran hornaza, como una masa de
metal en fusión.
Entre los antiguos montes que forman parte de las sierras y de los
sistemas que se llaman columnas vertebrales de los continentes, hay
muchos que están compuestos de rocas semejantes á las lavas actuales y
tienen igual composición química. Como estas lavas, el pórfido y otros
minerales han salido de la tierra por hendiduras y se han esparcido por
el suelo, semejantes á una materia viscosa que se coagulase pronto al
contacto del aire; la mayor parte de las rocas graníticas parecen
haberse formado del mismo modo. Son cristalinas como las lavas, y sus
cristales tienen por elementos los mismos cuerpos simples, el silicio y
el aluminio. Razonable es pensar que estos granitos han sido también
masa pastosa y que sus surtidores incandescentes han brotado de grietas
del terreno. De todos modos, éso es una hipótesis en discusión y no una
verdad demostrada. Así como las lavas que brotan del suelo levantan á
veces pedazos de terreno con sus bosques ó sus praderas, pensamos que
del mismo modo la erupción de los granitos ú otras rocas semejantes ha
sido la causa más frecuente del levantamiento de hiladas de diversas
formaciones que constituyen la parte más considerable de las montañas.
Estratos calcáreos, de arena, de arcilla, que aguas de mares ó lagos
habían depositado antes en capas paralelas en el fondo de sus cauces y
que se habían convertido así en la película exterior de la tierra,
habrán sido plegadas y enderezadas por la masa que se elevaba desde las
profundidades y que buscaba una salida. Aquí la ola creciente del
granito había roto las hiladas superiores en islas y en islotes que,
dislocados, hendidos, arrugados en caprichosos pliegos se han esparcido
por las depresiones y los rebordes de la roca levantadora; allí, el
granito habrá abierto en el suelo una sola grieta de salida, replegando
á un lado y otro las hiladas exteriores, según diversos ángulos de
inclinación; acullá, el granito, sin conseguir romperla, ha abollado las
capas superiores. Éstas, bajo la presión que las movía, habrán cesado de
ser llanuras para convertirse en colinas y montañas. Hasta las alturas
formadas por estratos, pacíficamente depositados en el fondo del agua
habrán podido elevarse en cimas, así como las protuberancias de lava; un
pozo perforado á través de las capas superpuestas llegaría al núcleo de
pórfido ó de granito.
Admitiendo que la mayor parte de las montañas hayan aparecido como las
lavas, todavía no ha descubierto el pensamiento la causa que ha hecho
brotar del suelo todas esas materias en fusión. Ordinariamente se supone
que han sido exprimidas, digámoslo así, por la contracción de la
envoltura exterior del globo, que se enfría lentamente irradiando calor
á los espacios. En otro tiempo era nuestro planeta una gota de metal
ardiendo. Al rodar por las frialdades de los cielos, se ha ido
coagulando poco á poco. ¿Pero se ha solidificado la película sola, según
se repite frecuentemente, ó se ha endurecido la gota hasta el núcleo? No
se sabe aún, porque nada prueba que las lavas de los volcanes broten de
inmenso receptáculo que llene lo interior del globo. Únicamente sabemos
que estas lavas se escapan á veces de las grietas del suelo y corren por
la superficie. Lo mismo los granitos, los pórfidos y otras rocas
semejantes habrán brotado de las rendijas de la corteza terrestre como
se escapa la savia de la herida de un vegetal. La marea de piedras
fundidas habrá subido desde el centro, bajo la presión de la envoltura
planetaria, gradualmente comprimida por efecto de su propio
enfriamiento.