#La roca y el cristal#
La roca dura de las montañas, lo mismo que la que se extiende por debajo
de las llanuras, está, recubierta casi completamente por una capa cuya
profundidad varía, de tierra vegetal y de diferentes plantas. Aquí son
bosque; allá malezas, brezos, mirtos ó juncos; acullá, y en mayor
extensión, el césped corto de los pastos. Hasta donde la roca parece
desnuda y brota en agujas ó se yergue en paredes, cubren la piedra
líquenes amarillos, rojos ó blancos, que dan á veces la misma apariencia
á rocas de muy distinto origen. Únicamente en las regiones frías de la
cumbre al pie de los ventisqueros, al borde de las nieves, se muestra la
piedra bajo cubierta vegetal que la disfraza. Granitos, piedra caliza y
asperón parecen al viajero distraído de una misma y única formación.
Sin embargo, grande es la diversidad de las rocas; el minerálogo que
recorre las montañas martillo en mano, puede recoger centenares y
millares de piedras diferentes por el aspecto y la estructura íntima.
Unas son de grano igual en toda su masa; otras están compuestas de
partes diversas y contrastan por la forma, el color y el brillo; las hay
con manchas, con rayas y con pintas; las hay translúcidas, transparentes
y opacas. Unas están erizadas de cristalizaciones regulares; otras
adornadas con arborizaciones semejantes á grupos de tamarindos ú hojas
de helecho. Todos los metales se encuentran en las piedras, ya en estado
puro, ya mezclados unos con otros. Ora aparecen en cristales ó en
nódulos, ora con simples irisaciones fugitivas, semejante á los reflejos
brillantes de la pompa de jabón. Hay además los innumerables fósiles,
animales ó vegetales que contiene la roca, y cuya impresión conserva.
Hay tantos testigos diferentes de los seres que han vivido durante la
incalculable serie de los siglos pasados, como fragmentos esparcidos
existen.
Sin ser minerálogo ni geólogo de profesión, el viajero que sabe mirar,
ve perfectamente cuál es la maravillosa diversidad de las rocas que
constituyen la masa montañosa. Tal es el contraste entre las partes
diversas que constituyen el gran edificio, que se puede conocer desde
lejos á qué formación pertenecen. Desde una cima aislada que domina
extenso espacio, se distingue fácilmente la arista ó la cúpula de
granito, la pirámide de pizarra, ó la pared de roca calcárea.
La roca granítica se revela mejor en las cercanías inmediatas del pico
principal dé la montaña. Allí, una cresta de rocas negras, separados
campos de nieve que ostentan á ambos lados su deslumbrante blancura,
parecen una diadema de azabache en su velo de muselina. Por aquella
cresta es más fácil llegar al punto culminante de la montaña, porque así
se evitan las grietas ocultas bajo la lisa superficie de la nieve; allí
puede sentarse con seguridad el pie en el suelo, mientras á pulso se
encarama uno de escalón en escalón en las partes escarpadas. Por allí
verificaba yo casi siempre mi ascensión, cuando, alejándome del rebaño y
de mi compañero el pastor, iba á pasar algunas horas en el elevado pico.
Vista "de lejos", á través de los azulados vapores, de la atmósfera, la
arista de granito parece uniforme; los montañeses, que emplean
comparaciones prácticas y casi groseras, le llaman el peine; aseméjase,
en efecto, á una hilera de agudas púas colocadas con regularidad. Pero
en medio de las mismas rocas se encuentra una especie de caos; agujas,
piedras movedizas, montañas de peñascos, sillares superpuestos, torres
dominadoras, muros apoyados unos en otros y que dejan entre ellos
estrechos pasos, tal es la arista que forma el ángulo de la montaña.
Hasta en aquellas alturas la roca está cubierta casi por todas partes de
una especie de unto, por la vegetación de los líquenes, pero en varios
sitios han descubierto la piedra el roce del hielo, la humedad de la
nieve, la acción de las heladas, de la lluvia, del viento, de los rayos
solares; otras rocas, quebradas por el rayo, conservan la imantación
causada por el fuego del cielo.
En medio de esas ruinas, es fácil observar lo que fué aún recientemente
el mismo interior de la roca. Se ven los cristales en todo su brillo: el
cuarzo blanco, el feldespato de color de rosa pálido, la mica que finge
lentejuelas de plata. En otras partes de la montaña, el granito
descubierto presenta aspecto distinto: en unas rocas, es blanco como el
mármol y está sembrado de puntitos negros; en otras, es azulado y
sombrío. Casi en todas partes es de una gran dureza y las piedras que
pudieran labrarse con él servirían para construir duraderos monumentos;
pero en otras, es tan frágil y están aglomerados los cristales tan
débilmente, que pueden aplastarse con los dedos. Un arroyo, nacido al
pie de un promontorio, cuyo grano es de poca cohesión, corre por el
barranco sobre un lecho de arena finísima abrillantado por la mica;
parece verse brillar el oro y la plata á través de las rizadas aguas.
Más de un patán llegado de la llanura se ha equivocado y se ha
precipitado sobre los tesoros que se lleva descuidadamente el burlón
arroyuelo.
La incesante acción de la nieve y del agua nos permite observar otra
especie de roca que constituye en gran parte la masa del edificio
inmenso. No lejos de las aristas y cimborrios de granito que son las
partes más elevadas de la montaña, y parecen, digámoslo así, un núcleo,
aparece una cima secundaria, cuyo aspecto es de asombrosa regularidad,
parece una pirámide de cuatro lados colocada sobre el enorme pedestal
que le ofrecen mesetas y pendientes. Está compuesta de rocas pizarrosas
que el tiempo pule sin cesar con sus meteoros, viento, rayos del sol,
nieves, nieblas y lluvias. Las hojas quebradas de la pizarra se abren,
se rompen y bajan resbalando á lo largo de los taludes. A veces basta el
paso ligero de una oveja para mover millares de piedras en la ladera.
Muy distinta de la pizarrosa es la roca caliza que forma algunos de los
promontorios avanzados. Cuando se rompe, no se divide, como la pizarra,
en innumerables fragmentillos, sino en grandes masas. Hay fractura que
ha separado, de la base al remate, toda una peña de trescientos metros
de altura; á ambos lados suben hasta el cielo las verticales paredes;
apenas penetra la luz en el fondo del abismo, y el agua que lo llena,
descendida de las nevadas alturas, sólo refleja la claridad de arriba en
el hervor de sus corrientes y en los saltos de sus cascadas. En ninguna
parte, ni aun en montañas diez veces más altas, aparece con mayor
grandiosidad la naturaleza. Desde lejos, la parte calcárea de la montaña
vuelve á tomar sus proporciones reales, y se la ve dominada por masas de
rocas mucho más elevadas. Pero siempre asombra por la poderosa belleza
de sus cimientos y de sus torres; parece un templo babilónico. También
son muy pintorescas, aunque relativamente de menor importancia los
peñascos de asperón ó de conglomerado compuestos de fragmentos unidos
unos á otros. Donde quiera que la inclinación del suelo sea favorable á
la acción del agua, ésta disuelve el cemento y abre un canalillo, una
estrecha hendidura que, poco á poco, acaba por partir la roca en dos
pedazos. Otras corrientes de agua han abierto también en las cercanías
rendijas secundarias tanto más profundas cuanto más abundante sea la
masa líquida arrastrada. La roca recortada de ese modo acaba por
parecerse á un dédalo de obeliscos, torres y fortalezas. Hay fragmentos
de montañas cuyo aspecto recuerda ahora el de ciudades desiertas, con
calles húmedas y sinuosas, murallas almenadas, torres, torrecillas
dominadoras, caprichosas estatuas. Aún recuerdo la impresión de asombro,
próximo al espanto, que sentí al acercarme á la salida de un alfoz
invadido ya por las sombras de la noche. Vislumbraba á lo lejos la negra
hendidura, pero, al lado de la entrada, en el extremo del monte, advertí
también extrañas formas que se me antojaron gigantes formados. Eran
altas columnas de arcilla, coronadas por grandes piedras redondas que
desde lejos parecían cabezas. Las lluvias habían disuelto y arrastrado
lentamente el terreno en los alrededores, pero las pesadas piedras
habían sido respeta das, y con su peso daban consistencia á los
gigantescos pilares de arcilla que las sostenían.
Cada promontorio, cada roca de la montaña tiene, pues, su aspecto
peculiar, según la materia que la forma y la fuerza con que resiste á
los elementos de degradación. Nace así infinita variedad de formas que
acrecienta aún el contraste ofrecido en el exterior de la roca por la
nieve, el césped, el bosque y el cultivo. A lo pintoresco de la línea y
los planos se añaden los continuos cambios de decoración de la
superficie. Y sin embargo, poco numerosos son los elementos que
constituyen la montaña y por su mezcla le dan tan prodigiosa variedad de
presentación.
Los químicos que analizan las rocas en sus laboratorios nos enseñan la
composición de los diversos cristales. Nos dicen que el cuarzo es
sílice, es decir, silicio oxidado, metal que, puro, se asemejarla á la
plata, y que por su mezcla con el oxígeno del aire, se ha convertido en
roca blancuzca. Nos dicen también que el feldespato, mica, angrita,
horublenda y otros cristales que se encuentran en gran variedad en las
rocas de la montaña, son compuestos en que se encuentran, con el
silicio, otros metales, como el aluminio y el potasio, unidos en
diversas proporciones y según ciertas leyes de afinidad química, con los
gases de la atmósfera. El monte entero, las montañas vecinas y lejanas,
las llanuras de su base y la tierra en su conjunto, todo ello es metal
en estado impuro; si los elementos mezclados y fundidos de la masa del
globo recobrasen súbitamente su pureza, la tierra se presentaría ante
los ojos de los habitantes de Marte ó de Venus que nos dirigieran sus
telescopios, bajo la apariencia de una bala de plata rodando por las
negruras del cielo.
El sabio, que busca los elementos de la piedra, averigua que todas las
rocas macizas, compuestas de cristales ó de pasta cristalina, son como
el granito, metales oxidados; tales son el pórfido, la serpentina y las
rocas ígneas que brotan del suelo en las erupciones volcánicas,
traquita, basalto, obridiana, piedra pómez; todo es silicio, aluminio,
potasio, sodio y calcio. En cuanto á las rocas dispuestas en tajos ó
estratos, colocadas en capas superpuestas, también son metales, puesto
que proceden en gran parte de la desagregación y nueva distribución de
las rocas macizas. Piedras rotas en fragmentos, cimentadas después de
nuevo, arenas aglutinadas en roca después de haber sido trituradas y
pulverizadas, arcillas que hoy son compactas después de haber sido
disueltas por las aguas, pizarras que no son otra cosa que arcilla
endurecida, todo ello no es más que resto de rocas anteriores, y como
éstas, se componen de metales. Únicamente los calcáreos que forman tan
considerable parte de la corteza terrestre, no proceden directamente de
la destrucción de antiguas rocas; están formados por residuos que han
pasado por los organismos de animales marinos. Han sido comidos y
digeridos, pero no por eso dejan de ser metálicos: su base es el calcio
combinado con el azufre, el carbono y el fósforo. De modo que, gracias á
las mezclas y combinaciones variables, la masa lisa, uniforme,
impenetrable, del metal, ha adquirido formas atrevidas y pintorescas, se
ha ahuecado en hoyos para ríos y lagos, se ha revestido de tierra
vegetal, ha acabado por entrar en la savia de las plantas y en la sangre
de los animales.
Acá y acullá se revela aún el metal puro en las piedras de la montaña.
En medio de los desmoronamientos y á la orilla de las fuentes, vénse con
frecuencia masas ferruginosas. Cristales de hierro, cobre y plomo,
combinados con otros elementos, se hallan también en los restos
esparcidos; á veces brilla una partícula de oro en la arena del arroyo.
Pero en la roca dura, ni el mineral precioso ni el cristal se encuentran
distribuidos al azar; están dispuestos en venas ramificadas que se
desarrollan sobre todo en los cimientos de las diferentes formaciones.
Esos filones de metal, semejantes al hilo mágico del laberinto, han
llevado á los mineros, y más tarde á los geólogos, al espesor, á la
historia de la montaña.
Según nos refieren los cuentos maravillosos, era fácil en otro tiempo ir
á recoger tales riquezas á lo interior del monte; bastaba con tener algo
de suerte ó contar con el favor de los dioses. Al dar un paso en falso
se agarraba uno á un arbusto; el frágil tronco cedía, arrastrando
consigo una piedra grande que cerraba una gruta desconocida hasta
entonces. El pastor se metía osadamente por la abertura, no sin
pronunciar alguna fórmula mágica ó sin tocar algún amuleto, y después de
haber andado largo tiempo obscuro camino, se encontraba de repente bajo
una bóveda de cristal y diamante; erguíanse alrededor estátuas de oro y
plata profusamente adornadas con rubíes, topacios y zafiros; bastaba con
inclinarse para recoger tesoros.
En nuestros días, el hombre necesita trabajar, dejándose de conjuros y
encantamientos, para conquistar el oro y otros metales que duermen en
las rocas. Los preciosos fragmentos son raros, hállanse impuros y
mezclados con tierra, y la mayor parte de ellos no alcanzan brillo y
valor sino después de afinados en el horno.