Cada cual se formaba una idea distinta de Grecia; unos soñaban en los

tesoros, otros en las mujeres, algunos aspiraban a ser generales.

Muchos tenían la preocupación constante de ser empalados por los

turcos, preocupación que llegó a borrarse a fuerza de bromas. Muchas

veces se discutía en el barco acerca de turcos y griegos; cosa extraña,

todo el mundo tenía más simpatía por los turcos que por los griegos.

Para la mayoría, los turcos eran hombres fuertes, robustos, gente

valiente, con unas barbas grandes, unos pantalones anchos y unas

cimitarras corvas.

De los griegos no se tenía tan buena idea. Se suponía que eran como los

tipos de las estampas que corrían por Europa; unos hombres delgados, de

bigotes finos, con unos trajes llenos de lentejuelas.

Acerca de lord Byron corrían extraños rumores. Para muchos era un

misántropo y un anglófobo; para otros, una especie de Manfredo

desesperado, altanero, que vivía fuera de la sociedad, que mandaba

matar al que le disgustaba; algunos lo tenían como un Don Juan

terrible, un pirata, que conquistaba mujeres y bebía el vino en una

calavera; para los más cultos era principalmente un revolucionario. La

verdad es que no sabíamos lo que nos esperaba. No conocíamos ni Grecia,

ni el jefe que nos iba a mandar.

Lo único que yo veía cierto era que la tropa que marchaba de Europa

era bastante mala, y que a no ser de que hubiera una organización casi

perfecta en Missolonghi, con el elemento aquel no haríamos gran cosa de

provecho.

Así fué esta expedición una de las más célebres del siglo diez y nueve,

principalmente por la intención, porque por lo demás apenas hicimos

nada.

* * * * *

A los dos días de navegar por el Mediterráneo el tiempo empezó a

mejorar, y de repente comenzaron unos días espléndidos. Este mar y este

cielo tan azul, al principio me producían cansancio; me parecía su

belleza una belleza monótona. Los días de viento había únicamente un

poco de cabrilleo en las olas.

De noche teníamos luna llena. ¡Qué cosa más extraordinaria! La luna,

redonda, con su luz de plata, iluminaba una gran faja del mar, que

parecía un ancho camino blanco, en el cual se agitaran ondinas y

tritones.

Algunas veces las nubes avanzaban por el cielo, y la luna, oculta,

filtraba los rayos por algún agujero de los nubarrones y dejaba un vago

cabrilleo misterioso sobre las olas a larga distancia.

A medida que la luna fué menguando el blanco camino de plata por

donde se paseaban, sin duda alguna, las sirenas y los tritones fué

estrechándose hasta desaparecer por completo.

* * * * *

He pasado los días mirando el Mediterráneo, intentando ver si se me

ocurre algo nuevo en la contemplación de un mar tan bello. Sólo cuando

se van articulando los lugares comunes en la cabeza es cuando se

empieza a discurrir, vulgarmente, cierto, pero únicamente entonces.

Antes de esa articulación de lugares comunes por el solo ímpetu del

espíritu no hay ideas. ¡Es lástima! He escrito unas cuantas frases en

mi cuaderno, pero no tienen ninguna originalidad.

* * * * *

Cuando se entra en el Mediterráneo, desde el Océano, parece que se pasa

de un mundo a otro, de un mundo de actividad y movimiento a un mundo

más suntuoso, más inmóvil y más muerto.

En el Mediterráneo hay la belleza de la proporción y de la línea; en

el Océano el vago encanto de lo ilimitado; el Mediterráneo tiene islas

de mármol; el Océano, islas de esmeralda; en el Mediterráneo, sobre

la onda azul, se destacan las costas blancas y amarillas, los montes

plutónicos, la lava, los olivos, los cipreses y los naranjos; en el

Océano, sobre la linfa verde, apenas se marcan las pálidas dunas, las

abras y los acantilados sin color y sin dibujo. En el Mediterráneo

las cosas brotan duras, cuajadas, sobre el agua espeja y salina, bajo

la atmósfera limpia y transparente; en el Océano, los paisajes están

hechos de niebla, de humedad, de formas confusas y vagas.

En el Mediterráneo todo parece tradición e historia; en el Atlántico,

todo parece improvisación y novedad; en el uno todo está constituído,

en el otro todo por constituír. Esas puntas amarillas que avanzan en

el mar bajo la extensión azul del mar latino parecen huesos, fuertes

destruídos, puentes rotos, conventos, ciudades en anfiteatro suntuosas,

fastuosas, siempre algo del pasado.

En el Mediterráneo no hay marea, y el agua alcanza siempre en la costa

casi el mismo nivel; en el Océano las mareas son grandes.

El Mediterráneo no respira apenas, y su ola no tiene pulsación; el

Atlántico respira con una fuerza salvaje, se hincha y se deshincha,

mostrando en el reflujo sus fondos de roca y en los ríos el légamo

negruzco, sobre el que se tienden las barcas de los pescadores.

El Mediterráneo es paz y armonía; el Atlántico lucha y contradicción.

El Atlántico tiene una mitología hórrida, resto de la época en que el

mar era un gran peligro: el pulpo del Maelstrom, las arañas de los

Kraken, la isla del Fuego con sus piratas; el Mediterráneo tiene una

mitología más clara y más solemne, sirenas, ninfas, delfines, y otros

seres fantásticos dirigidos por el tridente de Poseidon.

El Mediterráneo es Oriente, Eneas y Palinuro, la leyenda del vellocino

y el gorro colorado; el Atlántico es el caos, los vascos pescadores

de ballenas, los wikings, los normandos conquistadores, y, al mismo

tiempo, la Atlántida y el Jardín de las Hespérides; el Atlántico es la

alta piratería, los grandes naufragios, el bergantín negrero, el marino

con un anillo en la oreja y una cacatúa en el hombro.

El Mediterráneo es un mar clásico y, al mismo tiempo, realista; el

Atlántico es un mar romántico y turbulento.

El Mediterráneo es más constante, más parecido a sí mismo; el Atlántico

es la eterna variación, el eterno cambio. El Mediterráneo es, y sobre

todo ha sido estética, y socialmente ha llegado a su devenir; el

Atlántico está siendo, está todavía en su iniciación.

El hombre del Mediterráneo es la expresión correcta, las fórmulas

hechas; el hombre del Atlántico es el ímpetu, aun sin moldearse.

El Mediterráneo sugiere la idea de la tarde y la del crepúsculo; el

Atlántico, la de la mañana.

Si cada mar tuviese que tener sus reyes, el Mediterráneo tendría que

dividirse en dos reinos: el Mediterráneo oriental para Homero, el

Mediterráneo occidental para Virgilio; hacia Troya, Ulises; hacia

Cartago, Eneas.

En el Atlántico los poetas genuinos son los bardos, el sentimiento

antes de la ciencia y del arte.

A Shakespeare y a Byron les correspondería el estrecho de Gibraltar;

allí donde se mezcla el brío del Océano con la armonía clásica del

Mediterráneo.

* * * * *

Estuvimos en Nápoles un día, que aprovechamos el coronel Mac Clair y yo

en recorrer la ciudad en un _calessíno_ desvencijado. El cochero nos

dijo si queríamos conocer unas muchachas. Mac Clair contestó sacando la

Biblia y poniéndose a leer. Luego aseguró que Nápoles es una ciudad

aburrida y monótona.

--Hombre, no--le dije yo.

--¿Cómo quiere usted comparar esto con Edimburgo?

Mac Clair no es mas que un occidental, y para comprender los pueblos

hay que ser occidental unas veces, y oriental otras, y tener el alma

con muelles como los coches de doble suspensión.

En lo único que quedamos conformes Mac Clair y yo fué en que esa frase

de _Vedi Napoli e poi mori_ no era nuestro ideal. No sentimos ni él ni

yo el menor deseo de morirnos después de ver Nápoles.

* * * * *

Salimos de Nápoles con buen tiempo, pasamos al amanecer por el estrecho

de Mesina, y vimos la ciudad respaldada en una alta sierra.

Todo el mar estaba lleno de velas latinas de las barcas de los

pescadores.

Cruzado el Estrecho seguimos adelante, y la niebla se nos echó encima

entre los escollos de Scila y Caribdis.

Mac Clair tampoco creía gran cosa en Scila y en Caribdis.

* * * * *

Nuestra barca llevaba cartas para lord Byron, y pensando que el poeta

se encontraba en Argostoli, nos fuimos acercando a la isla de Cefalonia.

Entramos en el puerto de Argostoli y nos dijeron que hacía ya tres días

que el lord había salido para Missolonghi.

Me hubiera gustado echar una ojeada a la isla, pero no había tiempo.

Me contenté con mirar con el anteojo de Mac Clair una montaña, en

parte cubierta de pinos, y en parte de maleza, y las casas bajas de

Argostoli como dados blancos con pequeñas ventanas. La tierra, por

los alrededores, era blanca, resquebrajada, con aspecto de lava, con

algunos matorrales obscuros por donde triscaban rebaños de cabras.

Por todas partes la costa era de piedras secas que parecían ruinas.

Nos hicimos a la mar, y de noche, con gran cuidado, nos fuimos

acercando al golfo de Patras. El cielo estaba muy estrellado. Los

marineros iban cantando canciones patrióticas. Nos cruzamos con una

fragata turca, apagamos el farol y arriamos las velas; todo el mundo

calló y la fragata pasó sin vernos. Al amanecer cruzamos con algunos

místicos griegos, que al ver nuestra bandera inglesa aplaudieron con

gran entusiasmo y algazara.

Por la mañana estábamos delante de Missolonghi. El mar tenía un brillo

de cristal, y algunas nubes rojizas, que al principio tomé por montes,

se dibujaban en el cielo.

Esperamos Mac Clair y yo con ansia a que comenzara el día.

Eran los comienzos del mes de enero; el sol tardó en salir.

Apareció entre brumas, como un disco rojo, por encima de las altas

rocas de un monte pedregoso y estéril, el monte Aracinto, y fué

iluminado un paisaje de tierras blancas, calcáreas, sin vegetación. Al

pie de la sierra, a orillas de un lago muy azul, vimos una aldea. Era

Missolonghi.

Cerca de Missolonghi había varios barcos griegos, y, entre ellos, el

_Cefaloniota_, el místico de lord Byron. El capitán nuestro fué a ver a

lord Byron en el bote y volvió al poco rato con dos oficiales de marina.

No parecía si no que éramos deportados por lo mal que nos recibieron.

Al mediodía nos dieron la orden de bajar a tierra. El sol apretaba de

firme. El cielo estaba azul y el mar tan azul como el cielo.

Mac Clair y yo experimentamos una gran decepción al saltar a

Missolonghi. Aquello era una aldea miserable. El paisaje de los

alrededores no podía ser más triste. Montes calcinados, atormentados,

sin árboles, arenales, un pueblecillo polvoriento, sin jardines, sin

nada verde, quemado por el sol.

Yo mismo quedé defraudado. A pesar de que me había dicho repetidas

veces que no debía entusiasmarme, llevaba en la imaginación la idea de

una ciudad formada por pequeños Partenones.

Era el espejismo de los nombres sonoros. Bajamos en Missolonghi y

fuimos todos formados a una barraca donde había dos oficiales ingleses

de la brigada del coronel Stanhope, que nos tomaron la filiación.

Luego nos hicieron una serie de recomendaciones y nos dijeron que no

intentáramos tener relaciones con el elemento civil, porque estaba

prohibido.

* * * * *

Missolonghi, entonces pequeña ciudad, sin abolengo y sin historia,

contaría unos cuatro o cinco mil habitantes, de los cuales unas

ochocientas familias eran griegas.

Missolonghi, fundado por pescadores, estaba asentado sobre un terreno

pantanoso; en algunas partes, más bajo que el mar.

La situación de Missolonghi, al borde de una laguna, hacía que algunos

griegos entusiastas la compararan con Venecia.

Esta laguna, a medias pantano de agua dulce, y a medias marisma,

ocupaba una gran extensión y aumentaba de tamaño desde hacía tiempo a

expensas de las tierras de labor.

Limitando la laguna de Missolonghi por el lado del mar había un

cordón de islas, roto aquí y allá: los Procopanistos. Las olas batían

constantemente esta línea de peñascos que separaban la albufera

missolonghiota del mar Jónico.

Entre los arrecifes de los Procopanistos había algunos islotes grandes,

como el de Basilades, Aisosti, Scilla y Cleisovo. En estos islotes,

ya de algún tamaño, se levantaban torres y alrededor estacadas para

defender las entradas de la laguna.

En la isla de Basilades había un fuerte de piedra, y en la de Aisosti

una capilla aspillerada que servía de defensa.

La laguna de Missolonghi se extendía bordeando el monte Aracinto y

tenía, a medida que avanzaba en la tierra, un seno más estrecho.

Al comienzo de este seno, en que se hacía más angosta la laguna, se

hallaba un pueblo colocado en una isleta, llamado Anatólico.

Anatólico parecía un barco encallado en las rompientes.

Las orillas de la albufera de Missolonghi eran áridas, cubiertas

de algas y musgos verdes, que se corrompían en las mareas bajas,

produciendo emanaciones pestilentes.

Afortunadamente, el viento del mar soplaba con fuerza y purificaba el

aire; si no, no se hubiera podido vivir en las inmediaciones.

Mirando desde el mar al monte Aracinto, se veía una mole seca,

pedregosa, terrenos plutónicos, con ruinas de murallas y de pueblos.

Al pie del monte y al borde de la laguna había un mal camino, que tenía

a la orilla algunas miserables cabañas de pescadores, camino que, con

la lluvia, se convertía en un arroyo pantanoso.

Varias veces recorrí este camino con el caballo hundido hasta los

ijares, mientras los patos salvajes pasaban revoloteando por encima de

mi cabeza.

A un lado de Missolonghi, ya fuera de la laguna, en las estribaciones

del Aracinto que daban hacia el mar, había una planicie que se llamaba

la llanura Lelante o Anachaida, que estaba cruzada por un río, el río

Fidaris o Ebenus, seco si no llovía y torrencial cuando caían unos

cuantos chaparrones.

Este río tenía dos afluentes: el de Galata, que pasaba por un pueblo en

ruinas del mismo nombre, y el de Hypochori.

Al borde del río Ebenus se veía un pueblo en ruinas, con restos de

castillo y murallas, a quien los naturales llamaban Plevrone, porque

había una segunda Plevrone, también en ruinas, en la parte del

Aracinto, que daba a la laguna, entre Missolonghi y Anatólico.

A poca distancia de la llanura Lelante, en una pequeña bahía, estaba

Barasova, pueblecillo con una vieja torre ruinosa.

Estos lugares próximos a Missolonghi fueron el teatro de nuestra

acción, que, ciertamente, no tuvo nada de extraordinaria ni de heroica.

* * * * *

Después de ser alistados e identificados, Mac Clair quedó en la brigada

de Stanhope como oficial de ingenieros, y yo como ayudante suyo.

No estaba la legión extranjera de Missolonghi tan disciplinada

como nosotros pensábamos; había una porción de oficiales y jefes

franceses, ingleses, alemanes e italianos en disponibilidad, porque no

tenían tropas que mandar. Los ingenieros y artilleros eran los más

solicitados y los que más pronto encontraban plaza vacante. Los que

venían de la Europa occidental con sus documentos de haber servido como

oficiales de caballería, no encontraban puesto, porque los griegos no

los querían.

Había entre nosotros tres mandos diferentes: el de los comités griegos,

el del coronel Stanhope y el de lord Byron.

Stanhope estaba en completo desacuerdo con lord Byron. El coronel

reprochaba al lord, que quería hacer una guerra literaria, lo que

le parecía una ridiculez. En parte, el militar estaba en lo justo,

porque la guerra parece que debe tener una técnica; pero el poeta

tenía su razón también, porque, gracias a su prestigio literario,

había conseguido que Europa entera se preocupara de su expedición y se

dispusiera a ayudar a los griegos.

El coronel, por lo que nos dijo, pretendía que Byron no interviniera

para nada en detalles de cuestiones militares, pero el poeta se creía

omnisciente y pretendía entender de milicia tanto como de poesía.

Desde su desembarco, el cinco de enero, el lord estaba trabajando sin

descanso en contratar un empréstito en Inglaterra, quería reformar

la sociedad inglesa de los Filohelenos y estudiaba, al mismo tiempo,

los medios de humanizar la guerra entre turcos y griegos, pensamiento

noble, pero, por entonces, perfectamente irrealizable.

Su plan militar consistía en fortificar Missolonghi y en organizar un

pequeño ejército de ataque. Este ejército estaría formado por dos mil

quinientos griegos al mando de sus jefes, por las legiones extranjeras

a las órdenes del coronel Stanhope, que no se sabía a punto fijo con

qué número de soldados contaría, y por un batallón de suliotas, que

quería mandar el mismo lord en persona.

Con estas fuerzas pensaba Byron atacar el castillo de Lepanto.

* * * * *

La hada del Fénix, miss Barnett, tuvo mal éxito en su empresa. Lord

Byron se empeñó en no verla, y, por más cartas, avisos y recados que

le envió, el poeta no quiso acceder a hablar con ella. El coronel

Stanhope la recibió muy fríamente. Un hombre como el coronel, que tenía

a Byron por poco práctico, naturalmente, tenía que mirar con desdén la

fraseología poética de segunda mano de miss Barnett.

* * * * *

El elemento militar griego con que se contaba era muy malo. Estaba

formado por montañeses, algunos verdaderos bandidos, y pescadores.

A los montañeses, a unos llamaban palikaros y a otros suliotas. Los

palikaros eran los de la parte de Morea, y los suliotas de Suli.

Unos y otros despreciaban profundamente a los griegos, sobre todo a los

griegos cultos, a los que llamaban phanariotas. Los palikaros y los

suliotas tenían costumbres parecidas a los turcos. Unos y otros eran

pésimos soldados, insubordinados y rebeldes. Al morir Marcos Botzari en

el Epiro, recomendó a lord Byron un pelotón de suliotas. Byron quiso

aceptarlo como su guardia, y le asignó mil duros al mes; pero eran los

cuarenta suliotas tan turbulentos, tan mentirosos, tan enredadores, que

Byron los despachó, los incorporó al resto del ejército y les siguió

dando su asignación.

El gobernador de Missolonghi pensó que dar tanto dinero a los suliotas

era un absurdo, e intentó emplearlo en otros fines, pero los suliotas

se le sublevaron.

* * * * *

Mac Clair y yo fuimos destinados a la fortificación de Missolonghi.

Missolonghi era una aldea pobre y sin ningún atractivo. Mac Clair y

yo pensamos en ir a vivir al pueblo, suponiendo lógicamente que los

habitantes tendrían entusiasmo por los extranjeros llegados allá para

defender el país, y nos encontramos con todo lo contrario.

Los griegos nos odiaban.

En vista de esto, y con el consentimiento del coronel Stanhope, nos

instalamos en una barraca de madera, que llegamos a convertir en una

habitación confortable.

A los pocos días comenzamos a trabajar en los planos de la

fortificación de la ciudad.

Se había pensado en rodear Missolonghi de murallas y de baluartes.

Desde el comienzo de la guerra de la Independencia griega, Missolonghi

había sido atacada varias veces por los turcos con poca fortuna.

La situación de la plaza era muy buena para el defensor y mala para el

agresor. Además de esto, los turcos habían tenido la desgracia en el

último sitio de ser diezmados por la peste.

Cuando comenzó este último sitio, los griegos no habían hecho mas que

comenzar a fortificar la ciudad y a guarnecer las murallas de tierra,

con torres y baluartes. Estando en esta labor se les presentó a

atacarles Omar Vrione, capitaneando un ejército numeroso, y se colocó

en la falda del monte Aracinto.

La guarnición de Missolonghi se encontraba con muy pocos medios de

resistencia. El caudillo griego Marcos Botzari, en quien se tenían

grandes esperanzas, acababa de morir en el Epiro.

Su hermano Constantino entró en Missolonghi con su gente y se aprestó

a la defensa. Al cabo de dos meses de sitio, cuando la resistencia de

Missolonghi comenzaba a desfallecer, fué cuando se declaró la peste en

el ejército otomano, pero de una manera tan fuerte que Ornar Vrione

tuvo que abandonar inmediatamente los alrededores de Missolonghi.

Al mismo tiempo, otro caudillo griego, Maurocordato, entraba en la

laguna de Missolonghi con algunos barcos hydriotas, y la ciudad quedaba

libre por tierra y por mar.

Entonces se pensó que Missolonghi podía ser el baluarte de la

independencia griega, y se la quiso poner en condiciones de sostener un

sitio en regla.

Los oficiales de artillería y los ingenieros, entre ellos Mac Clair,

hicieron los planos de las nuevas fortificaciones y se comenzó a

trabajar.

Primeramente se restauró la muralla por la parte de tierra y por la del

mar, revistiendo los sitios débiles con piedras y argamasa.

Durante más de dos semanas tuve yo que ir al monte Aracinto con los

trabajadores griegos a unas canteras a sacar piedra.

Un italiano del Piamonte, Josué Magnani, que llevaba algún tiempo allí,

y un joven alemán, Werner, iban conmigo de intérpretes.

El trabajo se prolongaba mucho, porque los missolonghiotas no eran

partidarios de un esfuerzo asiduo y constante. Los franceses, alemanes

e ingleses, que hubieran sido buenos obreros, no querían hacer estos

trabajos pesados.

Hermann Werner, el alemán que me acompañaba, era un muchacho muy

instruído. Sabía el griego antiguo y estaba aprendiendo el moderno, y

tomaba notas de todo cuanto veía.

Werner me explicaba las ideas y las preocupaciones de los griegos.

Me dijo que éstos consideraban el monte Aracinto como un lugar

misterioso, poblado por seres imaginarios, faunos, panes, egipanes y

tityros. Comentando las hazañas de estos monstruos u oyendo cantar a

los tordos los griegos pasaban demasiado tiempo sin hacer nada.

En el monte Aracinto había una ermita sobre una roca, dedicada al

profeta Elías. A esta ermita se subía por una escalera pendiente, cuya

pared de roca estaba llena de ex votos. Cerca de esta ermita, en un

grupo de árboles, solíamos almorzar Magnani, Werner y yo. Muchas veces

oíamos a los zagales que tocaban una flauta de caña rodeados de sus

cabras.

Nos contó Magnani que un viejo ladrón de Anatólico fué un día a la

ermita con un saco y se llevó todos los objetos de oro, de plata y de

pedrería que había allí.

El ladrón anatolicense decía:

--Virgen soberana, permite que te despoje de esta corona que te ofreció

un canalla, ladrón y usurero; deja que me lleve esta alhaja, regalo de

un asesino, manchado con mil crímenes. ¡Malditos sean!

El ladrón anatolicense llenó su saco y se fué; pero al ir a vender las

alhajas fué preso, y el gran visir le mandó ahorcar.

El alemán se reía al oír esto a carcajadas.

Magnani, Werner y yo recorrimos el Aracinto a caballo, y llegamos,

en nuestras excursiones, a una sierra de montañas, llamada Rachi, y

pasamos el desfiladero de Cleisura.

Werner solía leernos un trozo de la _Ilíada_ en griego y luego nos lo

traducía.

* * * * *

En vista del terrible fracaso de miss Barnett, decidió marcharse de

Missolonghi a Siria a buscar a su tía lady Stanhope. La criada Susana

no quiso seguirla. Susana decidió hacer una barraca junto a la nuestra

y poner una cantina. A mí me pidió mi opinión.

--Sí--le dije yo--. Estaría bien si esto durara pero yo no veo que

esto vaya a durar. El mejor día nos tendremos que marchar todos.

--¿Por los turcos?

--No, porque no nos pagarán.

* * * * *

Susana no tomó en cuenta estas razones y se decidió a quedarse, y

consiguió que los soldados le hicieran un barracón de madera, cubierto

de tejas, donde puso su cantina.

Una mujer como aquélla, guapetona, valiente y que estaba dispuesta

a hacerse rica, tuvo un gran número de pretendientes. Según la voz

general, Werner y yo hubiéramos sido los favorecidos; pero Werner

leía demasiado a Homero, y yo demasiado a Schelley y a Goethe para

entusiasmarnos con la cantinera.

Los tres rivales de la bella Susana eran Magnani, un jefe de policía de

Missolonghi y un armatola o capitán de los palikaros, que era un hombre

bruto, feroz, que le gustaba amenazar a las gentes. Este armatola

andaba con unos soldados harapientos, todos armados hasta los dientes.

Una noche estábamos de tertulia en la cantina de Susana el policía,

Werner, Magnani y yo, y otros dos o tres, cuando fueron entrando los

palikaros con sus fusiles y se apoderaron de la tienda. Después entró

su armatola. Venía envuelto en una gran capa de lana blanca. Estaba

borracho. El policía se acercó a él a preguntarle qué significaba

aquella invasión. El armatola no le contestó, le dió un empujón y le

escupió a la cara. Después, acercándose a Susana, la agarró de la

cintura. La cantinera no se inmutó y se defendió sin dar importancia al

ataque.

El capitán de los palikaros se acercó a Werner y a mí con intenciones

agresivas. Yo tenía la pistola cargada dentro del bolsillo. El

palikaro, al ver nuestra impasibilidad, cambió de aspecto, se sentó

en una mesa y pidió café. Magnani y el policía habían desaparecido.

El jefe palikaro se puso a tomar café, ceñudo y sombrío; sus soldados

se fueron marchando. Era el armatola hombre joven, moreno, vestía una

blusa de mangas abiertas, pantalones anchos, polainas, un gorro rojo y

un cinturón de cuero, donde llevaba el pañuelo, la bolsa, un puñal y

una pistola.

Los Contrastes de la Vida · 第 7 / 9 段