nuevo Magnani y el policía griego. Magnani venía con un aire torvo, con
los dientes apretados y los ojos brillantes.
El policía griego avanzó con aire amable, se acercó al palikaro, le
quitó el puñal y la pistola, y, de pronto, le dijo algo feroz y
terrible y le escupió en los ojos.
El palikaro se levantó, pero Magnani le dió un empujón y le hizo
sentarse de nuevo.
--¡Ladrón! ¡Cobarde!--le gritó el griego al palikaro--, insultas cuando
estás entre los tuyos, ¡perro!
--Y solo también contra ti.
--Vamos ahora mismo--gritó el griego,
--Vamos.
Salimos todos de la cantina. Era todavía de noche. Una fila de luces
de las barcas de los pescadores se veía en el mar obscuro, y se oía
el ruido de las olas, que se estrellaban acompasadas en la costa.
Amaneció. Werner trató de que se hiciera un desafío en regla, pero el
griego y el palikaro no querían esperar.
Se les dió a cada uno un sable y se les puso frente a frente.
En aquel momento sonó un tiro, y el palikaro cayó muerto con la cabeza
abierta.
No nos quedó duda de que entre Magnani y el policía griego habían
preparado la muerte del montañés. Al poco tiempo, Magnani desaparecía
de Missolonghi. Susana la cantinera siguió dando esperanzas y buenas
palabras al policía, hasta que un día traspasó la cantina y se marchó
con un comerciante turco a Constantinopla.
* * * * *
Cuando se concluyó de sacar piedra, volvimos a trabajar en la muralla.
Cada uno de los baluartes que se construiría llevaría el nombre de
algún héroe o de algún personaje relacionado con la independencia
griega. El primer baluarte se denominó de Marcos Botzari. Comenzando
por éste, y dando la vuelta al recinto fortificado, estarían la torre
de Coray, la batería del general Norman, la batería Miauli, el baluarte
Franklín, la batería Tokeli, la torre de Guillermo Tell, la torre de
Kosciusko, la batería Kiriaculi, la tenaza de Montalembert, la batería
de Rhigas, la luneta de Orange y la batería Macris.
Estos baluartes y fortines quedarían próximos uno de otro; por el lado
de tierra habría un gran foso para defender la entrada de la ciudad.
* * * * *
Ocupados en esta obra, apenas nos enteramos de lo que ocurría en
Missolonghi.
Todo el mundo iba a ver a lord Byron, a hablarle de sus asuntos, a
exponerle sus quejas; yo no quería molestarle, y así sucedió que no le
llegué a conocer.
El poeta, al parecer descontento, determinó bajar a tierra lo menos
posible y recibía las visitas y las comisiones en su barco.
Byron pretendió poner un poco de orden en la anarquía griega y dar fin
a las rivalidades de los jefes.
La cosa fué imposible; la discordia era cada vez mayor y estallaba a
cada paso, hasta dentro de la misma brigada que mandaba el lord, entre
los suliotas que le había recomendado Marcos Botzari a su muerte.
Al parecer, se seguía pensando en la expedición contra Lepanto, pero
los preparativos eran muy lentos.
En esto comenzó a correr la voz de que la salud de Byron se hallaba muy
quebrantada, por los repetidos ataques de fiebre y por los continuos
disgustos.
La mayoría de la gente pensaba que el poeta no duraría mucho. Un día de
abril se dijo que había hecho una salida a caballo, se había mojado y
que guardaba cama.
Una semana después, nuestro lord moría, a consecuencia de una
inflamación cerebral. Se le hicieron grandes exequias, y todos los
jefes griegos aparecieron muy unidos... y muy contritos.
* * * * *
Dos días más tarde, Mac Clair, que seguía enfermo, me pidió que fuera a
ver al coronel Stanhope, para preguntarle qué íbamos a hacer.
Stanhope me dijo que, probablemente, reembarcaríamos, y añadió:
--Yo me he comprometido con lord Byron a dirigir la campaña, porque
el poeta era un inglés de cuya palabra se podía uno fiar; pero no me
pasa lo mismo con los jefes griegos que hoy afirman una cosa y al día
siguiente la contraria.
Le pregunté si tendríamos barcos para todos y me contestó que era una
dificultad que había que resolver como se pudiera.
--¿El coronel Mac Clair y yo tenemos entonces libertad para marcharnos,
si encontramos ocasión?--le pregunté.
--Desde luego.
--¿Quedamos desligados de nuestro compromiso?
--En absoluto.
* * * * *
Como yo sabía el espíritu de contradicción y de suspicacia que había
entre los griegos y su poca simpatía por los extranjeros, hice la
gestión ante el Comité, para que nos reconocieran a Mac Clair y a mí
nuestros grados. El Comité rechazó la petición, y nos encontramos
libres para abandonar Grecia.
Solía ir desde entonces todos los días al puerto a averiguar si llegaba
algún barco. Un día vi bajar de una lancha a un caballero elegante,
de frac azul, con botones dorados, pantalones de paño gris y chaleco
blanco de piqué.
Era el hombre rubio de la Sala de Cortes de Sevilla que me habían dicho
que había sido capitán del Empecinado.
--Yo le conozco a usted de Sevilla--le dije.
--¡Es verdad! ¡Qué extraña casualidad!--exclamó él, al decirle dónde le
había conocido.
Nos estrechamos la mano. Le conté mi historia y él me contó la suya.
Este hombre era Aviraneta. Me dijo que había ido a ver a un
consignatario, para tomar una plaza en la corbeta Egina, que iba a
partir, de un momento a otro, con rumbo a Nápoles. Pedimos pasaje Mac
Clair y yo en ella, y nos dieron dos de tercera, porque ya no había
otros.
Le preguntamos a Aviraneta dónde vivía en aquel momento.
Nos dijo que en una barca griega, en la que había venido desde
Alejandría, y que estaba esperando órdenes para salir de Missolonghi.
Le indicamos que hiciera gestiones para que fuéramos Mac Clair y yo
a la barca griega. El capitán de la Chipriota, después de muchas
dificultades, aceptó, y Mac Clair y yo nos trasladamos a este barco.
* * * * *
Si mi aventura de Missolonghi no había sido ni muy lucida ni muy
brillante, la de Aviraneta, aunque con más éxito personal, no fué
tampoco de gran interés. He aquí lo que me contó don Eugenio:
«He salido de Alejandría hará próximamente un mes, en la
goleta Chipriota, al mando del capitán Spiro Sarompas.
Llegamos aquí hace unos veinte días. El capitán Spiro traía
unos pliegos para lord Byron, fué a verle y le dijo que venía
con un oficial español.
El lord le contestó que fuera yo inmediatamente a su barco y
que no tocara en tierra.
Me puse de gala, y en la lancha fuí al _Cefaloniota_.
A un oficial le dije que me había mandado ir Su Excelencia y
que tenía que darle una carta.
--Démela usted a mí.
Se la di y esperé un cuarto de hora.
--Pase usted.
Lord Byron me recibió y me dió la mano. Me chocó la impresión
de la mano; llevaba guantes de seda de color de carne. Vestía
bata y gorro griego rojo. Su figura era hermosa, sobre todo la
cabeza, pero no tenía aire de serenidad ni de fuerza; parecía
una mujer. Sus rasgos eran demasiado correctos, y su cuello,
que llevaba desnudo, me pareció excesivamente redondo.
--Siéntese usted--me dijo.
Me senté.
--¿Habla usted inglés?
--No, sólo francés.
--¿No ha leído usted mis versos?
--No, Excelencia.
--¿No ha perdido usted nada?--dijo él riendo.
--Creo que sí--le contesté yo--; pero mi vida ha sido muy
activa y mi educación descuidada.
--El cónsul de Alejandría me recomienda a usted eficazmente.
¿Qué quiere usted de mí?
Entonces yo me levanté, me cuadré e hice la señal de
reconocimiento como masón del rito escocés. A su vez se
levantó él y me correspondió.
--Cuénteme usted un poco su vida.
Yo le conté mi vida.
El cura Merino, el Empecinado, los carbonarios de París, las
conspiraciones, la lucha contra Angulema, la escapada hasta
Gibraltar, la vida en Tánger y en Alejandría.
--¡Y todo eso con poco dinero! Sin medios--exclamó el lord, y
añadió en español chapurrado de italiano--: ¡Per Bacco! ¡Que
es usted un hombre!
Al hablar, el lord mezclaba juramentos de todos los países.
Me preguntó si había llevado mi equipaje al _Cefaloniota_.
Le dije que no. Me encargó que lo trajera inmediatamente y
que no dijera a nadie que era español, y mucho menos emigrado
constitucional, y que no saltara a tierra. Tocó un timbre,
llamó a un oficial y habló con él en inglés.
Acompañado de este oficial, bajé a un bote que llevaba la
bandera inglesa, y me senté a popa sobre un tapete de seda.
Llegamos a la goleta Chipriota. Subí. El capitán Spiro
desembalaba unas cajas de fusiles y pistolas.
A bordo había dos comisionados del gobierno griego, de grandes
bigotes negros, acompañados de cuatro soldados con fusiles.
--Son de la policía política--me dijo el capitán Sarompas--, y
si no fuera porque pasa usted por inglés y tiene usted tanta
influencia con lord Byron, le detendrían. Las cosas están muy
embrolladas en tierra.
Volví al _Cefaloniota_ y me llevaron el equipaje a un
camarote. Lord Byron estaba conferenciando en aquel momento
con unos comisionados griegos de Missolonghi. Concluída la
conferencia, salieron los comisionados y el lord a cubierta.
Entonces noté la cojera de Byron. Se acercó a mí. Estaba
jovial.
--Ahora vamos a almorzar, señor guerrillero--me dijo.
Comían a su mesa su segundo, un médico, el doctor Bruno y el
oficial de guardia, todos de uniforme.
El lord me habló de las cosas de España, de Sevilla y de
Cádiz, de una corrida de toros que había visto, y me recitó,
como un inglés puede recitar en español, trozos de Garcilaso
de la Vega y de los romances del Cid.
Me preguntó también si la clerigalla (ésta fué su palabra)
seguía mandando en España.
De cerca, lord Byron daba la impresión de un hombre raro,
medio afeminado, pero no débil, ni mucho menos. En el almuerzo
apenas comió mas que golosinas, unas coles en vinagre, unas
sardinas, frutas y un pedazo de queso inglés. En cambio, bebió
bastante vino de Asti.
Como vió que yo no bebía vino, dijo:
--¡Qué extraño! Estos españoles ni comen ni beben. Con
una aceituna y un vaso de agua con azucarillo, ya están
despachados.
Después de almorzar nos sirvieron café, y como vió que yo lo
tomaba a gusto, hizo el lord que me sirvieran más.
Después de almorzar nos levantamos y nos hicimos todos grandes
reverencias. Su Excelencia fué a despachar sus asuntos y
nosotros a fumar a la Cámara de Oficiales.
Me presentaron a unos y a otros, y nos saludamos solemnemente.
Toda esta ceremonia inglesa me fastidiaba un poco.
Después de fumar, me avisó el criado Tita que fuera a ver a Su
Excelencia. Entré en su habitación.
--Veo, por lo que me ha contado usted--me dijo el lord--, lo
que ha sufrido usted por la libertad. Usted ha andado por
países civilizados, por países como España, donde queda una
gran cultura de sentimientos; aquí, no; aquí no queda nada
de la Grecia antigua. Soy de la opinión de San Pablo, que
decía que no hay diferencia entre los judíos y los griegos.
El carácter de los dos es igualmente vil. El griego actual no
es sólo envidioso, malo y vengativo, sino que es abandonado y
sucio.
Es un degenerado. No tiene fe en nada. Allá en España
confiaban ustedes en el compañero; aquí no se puede confiar
en nadie. Aquí se tiende usted a dormir en el campamento, y
al día siguiente le han robado el reloj o el pañuelo, si es
que no le han cortado la cabeza. Además de esto, los patriotas
griegos tienen una gran hostilidad contra el extranjero, y
hasta a nosotros mismos, que hemos venido aquí a luchar por su
libertad, nos odian.
--No me diga más Su Excelencia--le indiqué yo--; si esto es
así, me voy inmediatamente.
--No--me contestó él--. Espere usted. Es usted el único
español que ha acudido a secundar mi empresa, y no quiero que
pueda decir que no he hecho por él todo cuanto esté en mi
mano. Quédese usted aquí unos días en el barco. Supongo que le
convendrá descansar, porque, indudablemente, está usted débil.
Todo el mundo, al verme delgado y pálido, suponía lo mismo.
En los días sucesivos ocurrió lo propio. Byron me hizo mil
preguntas, se rió, recitó versos; y cuando yo le decía si
había pensado algo para mí, me contestaba que esperase.
Un día me preguntó claramente.
--¿Qué echa usted de menos aquí o qué le estorba? Dígamelo
usted claramente, dígamelo usted con la franqueza de un nieto
del Cid.
--Excelencia--le contesté yo--. Para mí hay aquí demasiada
etiqueta.
Lord Byron se echó a reír a carcajadas. Como vi que lo tomaba
alegremente, añadí:
--Tanto ponerse la corbata y cepillarse la levita a todas
horas, y saludar al superior y al inferior, y dejar que pase
antes por una puerta y esperar a que se siente, a mí, que he
vivido entre campesinos, me cansa.
--Es usted un hombre original, guerrillero--me dijo.»
* * * * *
--¿Y así ha vivido usted?
--Así he vivido quince días en compañía de Byron, hasta que éste ha
enfermado y ha muerto, y entonces me he trasladado a la Chipriota.
--¡Qué suerte la de usted!
--¿Pues?
--Usted no tiene idea lo que es para mucha gente haber vivido en la
intimidad de lord Byron. Ya ve usted, la mayoría de los ingleses que
estábamos en Missolonghi no hemos cruzado ni una vez la palabra con él.
--Pues era un hombre amable y muy asequible; a veces, de una gran
afabilidad.
--Sí, para la gente original y extraña como usted. Un guerrillero
español que ha guerreado a las órdenes de un cura no se encuentra
todos los días. Para nosotros, paisanos suyos sin historia, no era tan
asequible el lord, ni mucho menos.
--Sí, claro; esto se explica.
--¿Y de qué hablaban ustedes?
--Principalmente, de España y de los guerrilleros. Le interesaba
mucho la vida y el carácter de Merino, del Empecinado y de los otros
cabecillas españoles, las ideas, la manera de guerrear, sus odios, sus
antipatías y demás detalles.
--¿Y qué vida llevaban ustedes?
--A las cinco de la mañana tocaban los pífanos y tiraban un cañonazo.
Era la señal de levantarse todo el mundo. Yo me vestía de prisa, salía
al instante del camarote, para que lo limpiaran, y luego volvía a
vestirme de etiqueta.
--¿A qué hora se levantaba el lord?
--Al amanecer. Solía estar leyendo y escribiendo hasta las ocho en
punto, en que llamaba. Lo hacía todo con una exactitud cronométrica.
--¿Sí? ¡Qué extraño! ¡Con la fama de hombre irregular que tenía!
--Pues era ordenadísimo. A las ocho tocaba el timbre; entraban Tita,
el criado, y Fletcher, el ayuda de cámara. Estaban media hora. A las
ocho y media tres secretarios, con sus cartapacios, pasaban un cuarto
de hora. Luego venía el oficial de guardia, otro cuarto de hora. A las
diez menos cuarto, Fletcher, con dos teteras de plata en una bandeja, y
Tita, con otra bandeja con tazas y un azucarero de China. A las diez,
el médico. A las diez y cuarto, los comisionados griegos.
--¿Y todos los días lo mismo?
--Todos los días lo mismo.
--Es curioso que usted haya visto sólo por dentro lo que yo he visto
sólo por fuera. ¡Qué pensaba Byron!
--Byron tenía ideas de poeta. Creía que era necesario para Europa que
Grecia se reconstituyera. Afirmaba que los griegos iban a ser con el
tiempo lo que fueron en la edad antigua. Para este resultado quería no
sólo trabajar, sino sacrificarse. ¿Qué importa mi vida?--me decía.
--Y usted, ¿qué le contestaba?
--Hombre, yo no tengo esa religiosidad ni esa pasión por Grecia. Yo no
soy poeta. Yo me callaba.
--¿Y, prácticamente, qué quería hacer?
--Quería inculcar espíritu de unión a los jefes y desterrar la
barbarie. Por lo que me indicó, había muchas disidencias entre los
griegos. Parece que el comité de Missolonghi y el gobernador de esta
ciudad le invitaban a que fuera al Congreso de Salamis, y Maurocordato
le excitaba para que fuera a Hydra. Una y otra facción le enviaban
cartas, mensajes, e intrigaban y se denunciaban.
--Y del coronel Stanhope, ¿qué opinaba?
--No le he oído hablar de él nunca.
--¿Era un incrédulo de verdad en cuestiones religiosas?
--No sé. Algunas veces le he oído decir: soy una oveja descarriada,
pero no tanto como cree el mundo.
* * * * *
Cuatro días después de mi encuentro con Aviraneta, se presentó a la
vista de Missolonghi la corbeta _Egina_, que salía para Nápoles.
Fuimos Mac Clair y yo por la mañana y entramos en la lancha y nos
dirigimos a la corbeta. La mayoría de los pasajeros eran militares
franceses muy bulliciosos.
El capitán de la corbeta, Jorge Belisarios, fué designando a cada uno
su camarote y entregándole una chapa con un número y fijando otra chapa
de hoja de lata en las puertas de los camarotes.
A Mac Clair y a mí nos tocaron los peores.
Poco después de embarcar nosotros, llegó a la _Egina_ una lancha que
conducía al comisario griego de Missolonghi, a su señora, sus hijos y
varios criados con una porción de bultos.
Aviraneta me preguntó qué tal estábamos instalados, y le dije que mal.
--Yo le veré al capitán--indicó--. Con la recomendación especial que me
dió en vida lord Byron me atiende mucho.
Aviraneta explicó al capitán del barco lo que ocurría; pero éste
aseguró que tenía los demás camarotes ocupados y que únicamente, si el
comisario griego quería trasladar su equipaje, se podría conseguir el
desocupar uno.
--Vamos a ver al comisario griego--dijo Aviraneta--; lo conozco por
haberle visto en compañía de lord Byron, y supongo que nos atenderá.
Se avisó al comisario y bajamos a la cámara del barco, y esperamos.
El comisario era un hombre de unos cincuenta años, gordo, pesado, con
la nariz de cuervo, el pelo negro, el bigote largo y unas ojeras de
color morado obscuro.
Este comisario era un phanariota. Los phanariotas, habitantes del
barrio griego de Constantinopla que llaman el Phanar, no son griegos
puros, sino mixtos de otras razas; son como los judíos, gente de
comercio que han vivido siempre entregados a la usura y a los negocios.
Aviraneta explicó en francés al comisario lo que ocurría. El comisario,
al principio, no parecía dispuesto a ceder; pero Aviraneta le dijo
claramente que no le parecía digno que a un coronel que había ido a
defender la independencia de Grecia, enfermo de cuidado, se le dejara
abandonado en un rincón infame.
El comisario se avino a razones y dispuso que uno de sus criados
desalojase un camarote. Como este camarote era pequeño, Aviraneta no
quiso que fuera allí Mac Clair y cedió el suyo yendo él al pequeño.
El que cedió era el mejor del barco.
Instalé a Mac Clair en la cámara. Por la noche nos hicimos a la vela y
comenzamos nuestra navegación.
Cruzamos con muchos barcos, grandes y pequeños, y nos acompañó durante
algún tiempo un corsario griego, el _Vigilante_. Ibamos muy cerca, y se
les veía a los corsarios con su facha de bandidos.
--¿Cómo no les persiguen los turcos?--le pregunté a un marinero.
--Los marineros turcos son muy malos--me dijo--. Nombran capitanes a
gente que no sabe nada de náutica, no se ocupan de sus barcos y creen
que sus cañones son buenos si meten mucho ruido.
Al día siguiente se nos acercó un bergantín mercante. Izamos bandera
inglesa; ellos, francesa.
--¿A dónde van?--nos preguntaron.
--A Nápoles. ¿Y ustedes?
--A Chipre. ¿De dónde vienen?
--De Missolonghi.
--¿Qué se sabe de lord Byron?
--Ha muerto.
La noticia produjo un gran efecto en el barco; la popularidad del lord
poeta era extraordinaria.
Tuvimos en la travesía un tiempo muy bueno.
Yo dormía en el sollado y, la mayor parte de los días, sobre cubierta.
Los franceses se reunían a almorzar y a comer en una mesa, debajo de un
toldo, y allí bebían y charlaban por los codos.
Como en esta época no había simpatía entre franceses e ingleses, y
los oficiales franceses iban en una clase inferior a la del comisario
griego y a la de Aviraneta, no nos reuníamos unos con otros.
Yo bajé varias veces a la cámara, que se había convertido en gabinete
de lectura. El comisario griego leía a Píndaro; Aviraneta, los libros
de la biblioteca del barco.
Aviraneta y yo hablábamos mucho de España.
Como hacía ya mucho calor, solíamos ir por la tarde a la toldilla de
popa y allí comenzaron a ir el comisario, su mujer y su cuñada.
Estas dos damas eran hijas de un coronel francés del Imperio, y la
casada no tenía más distracción que leer las memorias de los generales
de Napoleón.
Charlamos con ellas acerca de política y de literatura.
El barco se detuvo en Nápoles. Como Mac Clair se ponía cada vez peor y
quería volver a su patria, cuanto antes nos embarcamos en una polacra
que iba a Gibraltar.
* * * * *
La polacra se llamaba la _Santa Chiara_, y era su capitán el capitán
Buonaccorsi. Eran nueve marineros, el contramaestre y un grumete.
Se levaron las anclas y salimos del puerto.
Hicimos con el capitán muy buenas amistades. Era un hombre amable y
complaciente y cedió una cámara próxima a la suya a Mac Clair.
De día solíamos charlar constantemente, porque el capitán era hombre
instruído, y seguíamos nuestras conversaciones de noche, sentados en un
banco, próximo al timón. Buonaccorsi era carbonario y con este motivo
intimó con Aviraneta.
Solíamos hacer unas comidas espléndidas. Aviraneta había hecho
provisiones en Nápoles.
Buonaccorsi levantaba una trampa de la toldilla de popa, y solía
sacar de un arcón café molido, azúcar, galletas, tarros de manteca y
aguardiente.
Después de comer los marineros, comíamos nosotros y, a veces, teníamos
verdaderos banquetes. El grumete Beppo nos servía la comida y solíamos
reírnos con sus ocurrencias, porque era un chico listo y gracioso.
El pobre Mac Clair era el que no participaba de estos banquetes.
* * * * *
Tres días después de salir de Nápoles, tuvimos un tiempo de calma
chicha. Nos dedicamos a pescar desde el barco, y cogimos unas hermosas
doradas.
Buonaccorsi nos preguntó si sabíamos nadar. Yo le dije que sí.
Aviraneta también. Nos desnudamos y nos echamos al agua. El capitán
mandó a un marinero y a Beppo, el grumete, que estuviesen con el bote
cerca.
Nadamos durante una hora, y, al volver, nos encontramos con la
desolación en el barco.
Al grumete Beppo se le había ocurrido desnudarse y echarse a nadar;
pero, fuera que se hubiese enredado en algunas hierbas marinas, o que
algún pulpo se le había enganchado, el caso es que se hundió y no
pareció.
Al ocurrir esta desgracia, Mac Clair había salido del camarote y
estaba en la borda mirando el mar. Los marineros de la _Santa Chiara_
aseguraron que Mac Clair le había dado la _jettatura_ al pobre grumete.
Después de la calma chicha, tuvimos un temporal violento, que los
marineros atribuyeron también al mal de ojo que daba Mac Clair al barco.
El espíritu de la tripulación se fué haciendo cada vez más hostil a
nosotros, y Buonaccorsi nos participó que no iba a tener más remedio
que desembarcarnos en el primer puerto.
Así lo hizo, y un día de mayo desembarcamos en Ondara.
EL FINAL DEL EMPECINADO
NARRACIÓN DE AVIRANETA
A los tres días de salir de Ondara llegamos, en la barca del
_Farestac_, a la vista de Marsella. Hicimos nuestras señales, y vino,
por la mañana, a bordo de nuestro lanchón la falúa de sanidad, con un
médico.
Urbina, la Clavariesa y yo embarcamos en la falúa y fuimos al lazareto.
Nos introdujeron en una sala y nos examinaron y tomaron el pulso.
Luego nos llevaron delante de un tribunal, y el presidente nos declaró
libres de contagio. Nos fumigaron las maletas y quedamos libres.
La Clavariesa y Urbina fueron al mejor hotel de Marsella, y yo a un
modesto _garní_ de tres francos.
Al día siguiente me presenté en la mensajería real y tomé un asiento
en la berlina de la diligencia de Burdeos. Iban conmigo dos compañeros
que dormían como troncos. Yo, que nunca he podido dormir en coche, me
dediqué a fumar.
Anduvimos toda la noche; amaneció un hermoso día, y mis compañeros, que
se despabilaron, me saludaron en mal francés.
--Estos son españoles--pensé yo--, y les hablé en castellano.
--¿Cómo ha conocido usted que éramos españoles?--me preguntó uno de
ellos.
--En el acento y en el tipo. Hasta aseguraría que este señor--y señalé
al de mi izquierda--es vascongado.
--Cierto. Soy de Tolosa, y mi compañero, de la Rioja. Y usted, ¿de
dónde es?
--Soy nacido en Madrid, pero hijo de guipuzcoanos y criado en Guipúzcoa.
--¿Es usted comerciante?
--No, emigrado.
--¿Liberal?
--Sí.
--Yo también--me dijo el riojano--. He sido cura beneficiado de Haro,
y, como me manifesté partidario de la Constitución, los realistas y
la gente de iglesia me hicieron tal guerra, que me tuve que escapar a
Francia.
El beneficiado Pinedo--así se llamaba el cura--, parecía un buen
hombre; el guipuzcoano, que se apellidaba Urmendia, era hombre de más
conchas.