con un caballo muy bonito.
A la mañana siguiente, cuando se presentaron siete u ocho jinetes
delante de casa, todos con magníficos caballos, la calle entera se
conmovió, y de las ventanas y de las puertas comenzaron a aparecer
cabezas.
Había gente de categoría, un caim-macam (teniente coronel), un bimbachi
(comandante) y un sakolagassi o ayudante mayor. Los demás eran de menos
importancia.
Salimos Chiaramonte y yo; yo con el uniforme de guardia marina inglés,
y allí, delante de la casa, hice dar a la jaca una porción de cabriolas
y de saltos de carnero.
Rosa y Margarita me aplaudieron desde el mirador, y Mendi me gritó:
--Eugenio. Beti aurrera (siempre adelante).
Pasamos por la calle de los Francos haciendo cada uno alarde de su
caballo, y volvimos a casa.
Al día siguiente se habló en Alejandría de la jaca árabe, montada por
un oficial de marina inglesa, como de una cosa admirable.
Quince días después de esto nos llamó el coronel Frossard a Mendi y a
mí. Le habían enviado pliegos para nosotros del Estado Mayor General.
En uno de ellos aprobaban la propuesta de profesor de matemáticas para
la Escuela Militar del Cairo, con el grado de comandante y de profesor
interino de dibujo, con tres mil quinientas pesetas por el primer cargo
y mil quinientas por el segundo, al señor Ignacio Basterrica, teniendo
además servidumbre, alojamiento y mesa en el palacio escuela.
En el otro pliego nombraba al señor Eugenio de Aviraneta jefe de
escuadrón en disponibilidad con la tercera parte del suelo hasta que
hubiera una vacante.
Salimos Mendi y yo de casa del coronel.
--¿Qué le parece a usted?--me preguntó Mendi.
--¿Qué quiere usted? Es la suerte. Yo no tengo suerte.
--¿Y qué va usted a hacer?
--¡Qué he de hacer! Marcharme a Europa antes que se me acabe el
dinero, y luego a América. ¿Qué voy a hacer de oficial de reserva con
setecientos cincuenta francos al año?
--Venga usted conmigo al Cairo. ¡Eh, Eugenio! Viviremos como hermanos.
--No, no, cada cual su suerte.
Mendi se despidió de Rosa con grandes protestas de amor, y quedaron de
acuerdo en que cuando tuviese el profesor una casa en el Cairo iría a
buscar a su novia y se casaría con ella.
Desde que se marchó Mendi no me pasó cosa buena en Alejandría; reñí
con el capitán Lasalle, porque averigué que había dado malos informes
de mí al pachá, pintándome como un intrigante, y le insulté de mala
manera; no quise tampoco visitar al coronel Frossard.
Aburrido, me quedaba en casa y leía los libros que me dejaban las hijas
de Chiaramonte.
La casa del maltés tenía una azotea y encima de la azotea otra más
pequeña en alto, como un minarete. Allí solía subir algunos días
a contemplar el pueblo, cosa triste para mí, que no tengo nada de
contemplativo. Veía este gran conjunto de tejados planos, de azoteas y
de ruinas; alrededor, en un semicírculo, el mar, y en otro el desierto.
A veces, en aquellos días turbios de invierno se confundían el desierto
y el mar. Cuando el cielo estaba limpio los _mihrabs_ de las mezquitas
se destacaban esbeltos en el aire, y el castillo del Faro, con sus
murallas, tenía un aire sombrío y amenazador.
Cuando venía el doctor Efren me solía hablar de la antigua Alejandría
con sus jardines y sus cuatro mil palacios. Me explicaba cómo era
la Biblioteca del Broquion fundada por Ptolomeo Soter, que tenía
cuatrocientos mil volúmenes, y la del Serapeum, con trescientos mil.
Y me daba otros muchos detalles de la vida fastuosa de la ciudad de
Cleopatra.
VII.
EL CABO YUSUF
UN día, influido por las disertaciones eruditas del doctor Efren,
tuve la mala ocurrencia de ir a ver la columna de Pompeyo, las ruinas
del Serapeum y las Catacumbas. Alquilé dos borriquillos y un criado o
_zami_: fuimos al barrio árabe y pasamos por la puerta de la Columna.
La columna estaba en un arenal; había por allí grupos de casas míseras,
chozas de esteras, y en el fondo se veía alguna que otra palmera.
La columna verdaderamente producía impresión, por el tamaño de aquel
bloque enorme de granito de color de rosa, con un basamento cuadrado de
piedra silícea, terminado en un capitel.
El doctor Efren me había explicado las diversas suposiciones que se
habían hecho acerca del objeto de esta columna, cómo muchos suponían
que estaba construída para hacer observaciones astronómicas, y cómo
otros creían que había sido pensada para colocarla en el gran recinto
cuadrado del Serapeum con una estatua de Diocleciano.
El criado que me acompañaba me dijo que algunas veces las tripulaciones
de los barcos ingleses que estaban en el puerto consiguieron poner una
especie de escala de cuerda en la columna. Se las arreglaban, según
decía, pasando un cordel por encima, con una cometa, e izando luego una
cuerda gruesa con el cordel y poniéndola arriba, de manera que pudiese
correr. En el extremo ataban una tabla, y al que quería lo subían.
Solían tener la cuerda tres o cuatro días y a todo el que quería subir
le hacían pagar un tanto. La cosa me parecía un poco difícil, porque,
según se decía en Alejandría, la columna tiene cerca de noventa y seis
pies de alto.
Cuando llegamos nosotros no había nadie. Aquella inmensa mole de piedra
en la soledad infundía verdaderamente respeto.
Me había apeado, para ver si divisaba la inscripción sobre Diocleciano,
en letras griegas, que tiene la columna, y después avancé por aquel
arenal.
La vegetación era miserable. Algunos perros famélicos o chacales
corrían husmeando y revolviendo los esqueletos de los caballos y de los
dromedarios. Me recordó los arenales de Veracruz. En esto el criado
me avisó que venían los árabes. Miré hacia donde me indicaba, y vi que
llegaban a toda brida unos cuantos jinetes que parecían frailes, dando
gritos; monté inmediatamente en el borriquillo y eché a correr hacia la
ciudad; me alcanzaron a poco trecho, y el que hacía de jefe me dió con
el asta de la lanza y me derribó al suelo. Allí me golpeó, me escupió y
comenzó a desnudarme. Estaba despojándome cuando llegó un sargento con
un pelotón de soldados y comenzó a sablazos con mis agresores. Después
se apeó del caballo, me levantó del suelo y me preguntó quién era. Le
dije que estaba alistado como jefe de escuadrón de Egipto. Me ayudó a
sentarme en la misma columna de Pompeyo y me dió un poco de agua con
aguardiente.
Al poco rato llegó un oficial con veinticinco caballos, y mandó atar
desnudos a mis agresores.
--Yo le suplicaría a usted que no dé parte del hecho a las autoridades
militares--me dijo en francés.
--Bueno, no daré.
--Con estos hombres se hará lo que usted quiera.
--Bien; deme usted el látigo.
Me dió el látigo, me acerqué al cabo y, sacando fuerzas de flaqueza,
le di poco más o menos tantos golpes como me había dado él. El hombre
aúllaba; era un tipo horrible, con unos ojos legañosos, unas barbas
negras, y unos dientes de fiera; después le escupí en la cara, como me
había escupido él; me monté en un caballo que me prestó el oficial, y
llegué a casa sin poder tenerme.
Le conté a Chiaramonte lo que había ocurrido, y al terminar me dijo:
--Ha hecho usted muy bien. Si no llega usted a contestar a la paliza
así, se hubieran reído de usted hasta los chicos. Ahora voy a buscar al
médico.
Vino el doctor Efren, me reconoció, me sangró y me dijo:
--Dentro de un par de días ya está usted bien.
Aquella noche la pasé con calentura; pero las siguientes ya empecé a
estar mejor. Rosa y Margarita me cuidaron como si fuera un hermano
suyo, y el doctor Efren venía a hablar conmigo. Me hablaba de la
historia científica de Alejandría, y de las lecciones de Euclides,
Eratóstenes, Hipparco, etc.
Otras veces charlábamos de la política de Europa. Me preguntó qué iba
a hacer, y le dije que ya, en cuanto me pusiera completamente bueno,
me marcharía. Me volvió a preguntar que adónde, y yo le dije que me
gustaría ir a Grecia.
Entonces el doctor Efren me dijo que él formaba parte del Comité
filoheleno de Alejandría; que estaba encargado de reclutar soldados en
el país, Esmirna, Alepo, etc., y que habían enviado también oficiales
a Grecia, de los que llegaban de Francia y de Italia, en místicos
griegos con bandera inglesa. El doctor Efren me dijo que si yo quería
escribiría al Comité de Misolonghi, advirtiéndome que la contestación
de la carta tardaría mucho.
Vacilé, porque en Gibraltar me habían hablado muy mal de los griegos,
pintándomelos como la gente más vil y de menos fe que podía haber en
Oriente, y decidí, para no dar otro paso en falso, marchar a Grecia y
ver por mí mismo qué clase de gente era la de aquel país y cómo estaban
organizadas las tropas. El doctor aprobó mi resolución, y me dijo que
me daría una carta para el Comité de Misolonghi que me recomendara y no
me comprometiese a nada.
Le pregunté si había barcos para Grecia, y me dijo que sí; que con
mucha frecuencia partían místicos y otras pequeñas embarcaciones con
bandera inglesa.
Cuando salí de casa, una de las primeras visitas que hice fué a
Bonaffús. Me dijo éste que había sabido lo que me había ocurrido en
la columna de Pompeyo con los soldados árabes, y que anduviera con
cuidado; al cabo Yusuf se le conocía por el de la paliza, y le debía
ser la vida muy difícil entre los soldados, después de haber sido
azotado por un paisano. Dada la manera de ser de aquella gente, no
descansaría hasta vengarse de mí.
Decidí no salir solo de noche y andar siempre armado. Una vez le vi al
cabo Yusuf, que me siguió hasta casa de lejos.
Le dije lo que me pasaba a Chiaramonte, y éste creyó que debía avisar a
la policía. Yo le indiqué que no, que me parecía mejor que durante unas
cuantas noches tuviese alguno de sus mozos de cuadra en guardia.
No confié tampoco gran cosa en esto. La calle era silenciosa y
desierta. Un guardián solo no podía impedir que un hombre decidido
entrara de noche y saltara las tapias del corral.
Estudié las condiciones de mi habitación. La puerta era fuerte, tenía
una llave que no cerraba bien, y yo, con pretexto de que se me abría de
noche y había corrientes de aire, le puse un pestillo sólido.
Mi cuarto tenía dos ventanas a bastante altura del suelo. Si se
cerraban las dos de noche hacía mucho calor. Decidí, al acostarme,
dejar una cerrada con la contraventana y la otra con la celosía. Ponía
la celosía bien sujeta, y después le ataba, por las noches, tres o
cuatro cascabeles de caballo, de estos que suenan mucho. Me acostaba,
con la pistola cargada, debajo de la almohada.
Una noche muy obscura, me desperté a la hora antes del alba. Estaba
pensando en mis cosas, cuando oí que se agitaba la celosía y empezaban
a sonar los cascabeles.
Inmediatamente salté de la cama, amartillé la pistola y abrí la puerta
de mi cuarto.
Esperé sin hacer el menor movimiento, y, de pronto, la celosía se movió
y los cascabeles armaron un terrible estrépito.
Encendí una pajuela, y, con ella en la mano izquierda y la pistola en
la derecha, avancé hacia la ventana. Abrí la celosía. Vi un momento
la cara horrible de Yusuf con un cuchillo en la boca, un momento nada
más, porque el hombre sin duda, lleno de terror ante mi presencia,
se dejó caer a la calle, y lo recogieron poco después con un tobillo
dislocado, y lo llevaron a la cárcel. Dos o tres días después de este
acontecimiento recibí una carta de Mendi. Me decía que había sido muy
bien recibido en El Cairo, que era un pueblo mucho más agradable que
Alejandría, con más elementos, y que fuera allí. Le habían presentado
al virrey Mehemet Ali, que, según él, era un señor amable, pequeño,
picado de viruelas, con los ojos vivos; a su hijo, el célebre guerrero
Ibrahim pachá, y a toda la familia real. Ibrahim pachá, que era un buen
muchacho, gordo y pesado, un arlote, según Mendi le había hecho la
gracia de dispararle dos tiros por encima de la cabeza, en el jardín
del Palacio, y Mendi había contestado a esta atención rompiéndole de un
tiro la pipa que fumaba el príncipe. Desde entonces, Ibrahim y él se
habían hecho amigos. Me decía que fuera, que simpatizaría con Ibrahim
pachá y que me harían coronel en seguida.
Añadía que estaba concluyendo de arreglar la casa y que le enviara su
piano en una barca por el canal y el Nilo.
Le dije a Rosa lo que pasaba. La muchacha estaba muy melancólica.
Aquellas amistades con príncipes, de que hablaba Mendi, no la hacían
mucha gracia.
Cuando vinieron a llevarse el piano se echó a llorar.
Le dije que debía estar contenta, porque ya pronto Mendi vendría por
ella; pero la muchacha tenía el presentimiento de que no iba a ser así.
Fuí a verle a Bonaffús, a decirle que necesitaba el dinero, y me dijo
que me lo entregaría en seguida, en oro.
De allí marché al consulado inglés. El cónsul sabía lo que me había
pasado en la columna de Pompeyo, y me felicitó por mi decisión. Me
preguntó qué iba a hacer; le hablé de mi proyecto de ir a Grecia y me
dijo que me daría una carta de recomendación para lord Byron.
Del consulado marché a despedirme del coronel francés Frossard, con
quien estaba resentido, porque creía que no había tomado con interés mi
asunto.
El coronel estuvo conmigo muy afable, y al despedirse de mí me dió una
bolsa que contenía cinco mil francos, que me regalaban los hermanos de
la logia de Alejandría. Yo me opuse con todas mis fuerzas a tomar el
regalo, pero no tuve más remedio que aceptar.
Al día siguiente el cónsul inglés me envió la carta para lord Byron,
y me avisó que había tomado pasaje para mí en una goleta griega, y
me envió un pasaporte inglés hasta Marsella, como súbdito de la Gran
Bretaña.
Mientras venía la goleta griega pasé unos malos días en casa del
patrón. Me entristecía ver a Rosa siempre pálida, ensimismada, llorando
a hurtadillas.
--Esta pobre muchacha enamorada de ese bárbaro. Es una pena--decía yo.
Yo la consolaba diciéndola mentiras, afirmando que Mendi me había
dicho que no quería pasar un mes en el Cairo sin volver a Alejandría
a casarse. Como yo le conocía más a Mendi que los otros, Rosa quería
estar siempre hablando de él conmigo.
VIII.
DESPEDIDA
UNA mañana se presentó el doctor Efren a decirme que la goleta
Chipriota acababa de llegar; había salido un día antes de lo convenido
de Gibraltar y había tenido vientos favorables y se había adelantado.
Fuimos el doctor y yo al puerto nuevo, entramos en la goleta y hablamos
con el capitán Spiro Sarompas, que era un muchacho de Chipre, muy
abierto y que hablaba perfectamente el francés. Me enseñó la única
cámara que tenía a popa, que era la que me destinaba a mí. Me dijo el
capitán Spiro que el cónsul inglés le había recomendado mi persona.
Añadió que fuera al barco después de cenar, porque a la media noche nos
haríamos a la vela.
Salimos de la Chipriota y volvimos a casa. Estaba el puerto lleno
con embarcaciones de Marsella, Liorna, Ragusa, Nápoles, Smyrna y
Constantinopla.
--Irá usted muy bien--me dijo el doctor--. Este muchacho es muy
inteligente y muy buen marino.
--¿Ha ajustado usted el pasaje?
--Sí, ya está pagado. No se ocupe usted de eso.
A la mañana siguiente, la Cayetana me dijo que tendríamos un banquete
de despedida; que había invitado al doctor Efren y a su señora, a
Isaac Bonaffús y a su hijo, y que vendría, además, el oficial francés
y el sargento que me habían salvado de los soldados árabes cerca de la
columna de Pompeyo, y el sakolagassi que fué conmigo en la cabalgata.
La comida hubiera sido alegre si no hubiera sido por la actitud de
Rosa, que me entristecía; no comía, no escuchaba, se la veía viviendo
su sueño interior.
--¡Mientrastanto el bárbaro de Mendi estará tan tranquilo!--pensaba yo.
Bebí un poco de vino de Chipre para alegrarme; se animaron los
convidados y brindaron por mi salud y por mi viaje. El oficial francés
contó cómo le devolví la paliza al cabo Yussuf delante de la columna de
Pompeyo, lo que se celebró muchísimo.
Concluímos de tomar café. Eran las siete de la tarde. Me levanté y
abracé a mi patrona y di la mano a Margarita y a Rosa.
--Adiós--me dijo ésta--, si le escribe usted...--y antes de concluír su
frase se echó a llorar.
Bajamos al portal. Un criado de Chiaramonte cogió mi equipaje, y otro
un gran farol para alumbrarnos, porque la noche estaba obscura.
En aquel momento se oyó el cañón que anunciaba la retreta.
Echamos a andar todos juntos hacia el muelle. Le dije al doctor Efren
que le escribiría y que hiciera el favor de contestarme. Al llegar a la
goleta abracé a todos y subí a bordo.
--Adiós. Adiós.
--¡Addio! ¡Adddio!
--¡Adieu! ¡Adieu!
Hecha la última despedida, saludé al capitán de la goleta y me senté en
un banco de la cubierta.
IX.
NOTICIAS DE EGIPTO
ESTABA en Veracruz cuando recibí una carta del doctor Efren con
noticias muy extrañas y muy tristes. Me decía en ella que se aseguraba
que Mendi se había casado en el Cairo con la hija del virrey de Egipto;
que en Alejandría no se hablaba mas que de esto, y que Rosa, al
saberlo, se había marchado con su hermano el marino a la isla de Gozzo,
donde había muerto.
Chiaramonte dejaba a Alejandría con su familia e iba a vivir a Italia;
me parecía tan extraño el casamiento de Mendi que dudé de que fuera
verdad.
Un año o dos después de la carta leí en la _Abeja_, de Nueva Orleans,
periódico redactado en francés, varias anécdotas referentes al español
Ignacio Basterrica en el Cairo. Se decía que siendo este español
profesor de música le entró deseos al virrey de Egipto, Mehemet Ali,
de que dicho profesor enseñase música a una de sus hijas. Basterrica
comenzó a darle lecciones, y la discípula se enamoró locamente de él,
y a los pocos meses hubo que casarlos antes de que sus amores tuvieran
fruto. Basterrica abjuró de su religión y abrazó la de Mahoma. Mehemet
Ali no era nada exigente en esta cuestión; le bastaba con que se
hiciera una comedia de conversión al mahometismo.
Ya casado, Basterrica fué nombrado príncipe de la familia real, y _Utch
tuglu bascha_ (bajá de tres colas), y general en jefe de la caballería.
Después supe que estuvo en Grecia y asistió a la toma de Missolonghi, y
que en 1832 decidió la batalla de Konieh contra los turcos, al frente
de treinta escuadrones de caballería egipcia. Más tarde, en otro
periódico francés, leí que no reinaba la mejor armonía entre el español
Basterrica pachá e Ibrahim pachá su cuñado.
--¡La suerte! ¡Qué cosa más extraña! Solo si me hicieran bajá de tres
colas y capitán general y me casaran con la hija del virrey aceptaría
entrar en el ejército egipcio--decía Mendi.
Y le hicieron bajá de tres colas y capitán general y le casaron con la
hija del virrey de Egipto.
A veces la realidad tiene sorpresas tan grandes como lo imaginado.
LA AVENTURA DE MISSOLONGHI
(DE LAS MEMORIAS DE J. H. THOMPSON)[1].
[1] Este relato es continuación del «Viaje sin objeto», en la
«Ruta del Aventurero».
ESTÁBAMOS en Tarifa esperando nuestro barco cuando el día primero de
diciembre de mil ochocientos veinte y tres lo vimos cerca de la punta
de las Palomas. Marchamos a él; Mac Clair y yo subimos a cubierta
y avisamos al capitán para que saliesen a recoger el cargamento
de fusiles. Era el Fénix, un brik-barca de unas trescientas o
cuatrocientas toneladas, sucio, negro y grasiento.
En aquel momento, de sus grandes palos caían sus velas, llenas de
remiendos, como harapos puestos a secar. Hacía mal tiempo, llovía y la
temperatura estaba baja.
El capitán Willian Clark, un albino malhumorado, y el contramaestre
John Porter, un lobo de mar, de nariz fundida al rojo cereza por el
alcohol, hombre que arrastraba la pierna e iba acompañado de un perro
de lanas tan sarnoso como el barco, y los marineros dieron orden para
que el bote, con unos remeros, se acercara a la costa y fuesen trayendo
los fusiles.
El Fénix, por sus trazas y por su tripulación parecía un barco pirata.
Los hombres reclutados por la Sociedad Filohelena, de Londres, no
tenían un aspecto completamente distinguido.
No hubieran podido formar parte del club Watier londinense, ni figurar
al lado del _dandy_ Jorge Brummel. Iban todos muy derrotados, con
trajes harapientos, y llevaban muchos gorro griego. Era en lo único que
se les conocía su filohenismo.
Vi entre ellos a mi amigo Flinders, el gran literato. Este había
abandonado su baúl de obras maestras, y después de arruinarse
definitivamente iba a Grecia a probar fortuna.
Le saludé, hablamos y me dijo pestes de Will Tick, a quien acusaba de
haberle engañado miserablemente.
No era muy cómoda la estancia en el Fénix, no había sitio, y el coronel
Mac Clair y yo nos tuvimos que acomodar de mala manera en el sollado.
* * * * *
A las pocas horas de estar en el barco, supimos que iba con nosotros
una dama inglesa de gran posición, miss Elisabeth Barnett.
Esta señora era una solterona que viajaba con una criada y un criado.
Miss Elisabeth tenía el mejor camarote del barco y monopolizaba la
toldilla de popa.
Esta dama, según se decía, era sobrina de lady Esther Stanhope, la
reina de Tadmor, la pitonisa del Líbano, de esta mujer extraordinaria
que fué hace unos años a vivir a la Siria, donde intentó fundar un
reino y vivir como una emperatriz antigua, dominando a los hombres con
la violencia y haciendo el papel de adivina.
Nuestra inglesa quería hacer algo parecido.
Sin duda, el caso de lord Byron y el de lady Stanhope iba trastornando
el juicio a las mujeres de Inglaterra.
No sé si miss Elisabeth Barnett pretendía emular las glorias de lady
Esther. Miss Elisabeth no tenía condiciones para ello; esta solterona
era una cómica y una cómica mala. Algunas veces, vestida con una túnica
blanca, se presentó entre nosotros y nos lanzó una alocución hablando
de la Grecia inmortal, pero lo hizo de una manera tan afectada y con
unos gestos tan poco naturales, que produjo la risa en lugar del
entusiasmo.
La única popularidad que consiguió en el Fénix fué debida a que
repartió algún dinero entre los voluntarios que iban a Grecia.
Uno de los filohelenos, Flinders, le dedicó una poesía titulada «Al
hada del Fénix». Y en broma la llamábamos todos así: el hada del Fénix.
La criada de miss Barnett era una francesa guapetona, una mujer de unos
treinta años, rubia, de cara ancha y juanetuda, un tanto chata, que
tenía mucha gracia y mucho desparpajo.
Los filohelenos andaban tras ella a todas horas, y se produjeron entre
los nuestros riñas tremendas.
* * * * *
Seríamos sesenta o setenta los pasajeros del Fénix, la mayoría
ingleses, escoceses e irlandeses; algunos alemanes y franceses y unos
cuantos italianos.
Como era natural, Mac Clair y yo nos reunimos al grupo de los
ingleses. Se desarrolló en seguida una rivalidad y un odio entre los
diversos grupos nacionales, incomprensible. Dentro de todos ellos
reinaba la cizaña. Flinders contó en el grupo inglés que mi padre y
yo éramos disecadores, y con este motivo se hicieron mil chistes y se
acostumbraron a llamarme Vientre de paja. Como abusaron un tanto de
la gracia, tuve que administrar unos cuantos puñetazos a un estúpido
paisano mío, serio y de ojos de rana, que desde entonces cesó en el
empleo abusivo de este chiste.
A Mac Clair le comenzaron a llamar el Sepulturero y a decir que daba la
mala suerte al barco.
Afortunadamente, no pasó nada en la travesía, porque sino Mac Clair
hubiera estado muy en peligro de ser echado al mar.
Nuestro grupo de ingleses era alborotado, pero no lo era menos el
de los escoceses, irlandeses, alemanes, franceses e italianos. Los
escoceses e irlandeses se emborrachaban, tocaban la gaita y bailaban, y
gritaban como salvajes.
--Allá tendremos que batirnos--decían--; mientras que podamos, bebamos
y divertámonos.
Los franceses e italianos, que eran en conjunto siete u ocho, jugaban
a las cartas. Un gascón, que parecía hombre ilustrado, se dedicaba a
insultar a todos los pasajeros.
Les llamaba viejos caimanes, carroña, montón de cerdos. Les decía que
no comprendían la misión que llevaban a Grecia, que no tenían idea de
la grandeza de este país, de la Hélade, y adornaba sus discursos con
sus _¡Te! ¡Pardi y Sacredieu!_
La verdad es que entre aquellos filohelenos, al menos de nombre, no
había ninguno que tuviese una idea aproximada de Grecia, ni de su
historia.
Ninguno de nosotros sabía gran cosa de la antigüedad clásica, y
absolutamente nada de la historia griega moderna. Unos se habían
enganchado por miseria y por desesperación, otros, por espíritu de
aventura.