por mí, y que volvería a la hora de cenar.
--Tengo que hacerles un regalo--les dije a las chicas del maltés--. He
traído un paquete de sedería, y de él he sacado tres pañolones bordados
que están en mi cuarto. Primero elegirá Rosa; después, Margarita, y el
que quede será para su madre.
Se hizo la elección, y quedaron todas encantadas.
Cuando entró Chiaramonte le llevaron a ver los pañolones.
--No, no; esto no es posible--dijo el maltés tuerto--, esto vale mucho;
yo no puedo aceptar un regalo así.
Le dije que no fuera tonto, que a mí me habían costado poco, y que no
molestara a su mujer y a sus hijas con tonterías.
Chiaramonte me dió la mano.
--¡El _espagnuolo_! ¡Siempre es así! Loco, loco.
Llegó Mendi, que venía de visitar el convento de franciscanos
españoles, donde tenía una lección, y nos sentamos a la mesa.
Estábamos a la mitad de la cena cuando se presentó el capitán Lasalle.
Le pregunté a Chiaramonte si quería que lo pasara al comedor, y me
contestó que sí. Entró el capitán, le convidamos a cenar y dijo que
acababa de hacerlo, y que tomaría una taza de café y una copa de licor.
El tal capitán era un mocetón de unos treinta a treinta y cinco años,
con el pecho muy abombado, bigote y patillas negras y grandes tufos
encima de las orejas.
Hablaba un francés muy gascón, y a cada paso decía. ¡Pardi! ¡Sacre
bleu! Me pareció un hombre muy ordinario. Me dijo que era sobrino
segundo del general Lasalle. Yo le conté que, en 1809, le había visto
pasar a su tío por Burgos.
Lasalle dijo que estaba muy contento en Alejandría; que en tres años
había ascendido de sargento a capitán.
Después de cenar tomamos café y pasamos al saloncillo, donde Mendi
se puso al piano. Cantaron Rosa y Margarita. Lasalle, en una
postura académica, las elogió, retorciéndose el bigote, con aire de
conquistador.
Después quiso cantar él, pero no se pudo poner de acuerdo con Mendi.
Este, con su serenidad habitual, le dijo con su francés perfilado:
--Para cantar, como para todo, amigo mío, hay que saber, y usted no
sabe.
El capitán se marchó muy amoscado con Mendi, echándole una mirada
furiosa.
Yo le dije a Mendi que para qué hablaba el francés así.
--¿Cómo así?--preguntó él.
--Sí, ¿por qué no habla usted más sencillamente, sin exclamaciones y
sin gestos? Si no la gente cree que se burla usted.
--¡Pero así se habla el francés!--exclamó él--. Si le quita a usted al
francés todo eso de: _¡Ah non mon ami! ¡Par exemple! ¡Patatí patata!_,
no queda nada.
No le pude convencer de que el francés así pronunciado tomaba un aire
de caricatura cómica.
--Ya ve usted, el capitán Lasalle se ha incomodado.
--Que se incomode.
--Hombre. Eso no está bien.
--¿Y para qué ha venido ese fanfarrón aquí?--preguntó Mendi.
--Ha venido a buscarme.
--¿Pues qué tiene usted que hablar con él?
--Yo quiero ver si entro en el ejército egipcio de comandante de
escuadrón.
--¡Usted quiere ser soldado!--exclamó Mendi--. ¡Usted quiere andar con
esas tropas de turcos sarnosos, asquerosos! ¡Vestido de mamarracho! No
lo hubiera creído en un paisano mío.
Me quedé un poco asombrado y confuso.
--Todavía no sé si me aceptarán--dije.
--No quiera usted ser soldado--saltó Margarita--. Se hará usted
borracho, malo... ¿Para qué quiere usted ser militar?
La madre, la Cayetana, dijo que ella tenía amor por el ejército, y que
si no hubiera visto a su marido de uniforme cuando era joven y no era
tuerto aún, no se hubiera enamorado de él. Mendi aseguró que a él le
tendrían que prometer que le iban hacer capitán general, bajá de tres
colas y casarle además con la hija del virrey para decidirle a que
entrase en el ejército egipcio. Se discutió la cosa largamente y nos
fuimos a la cama.
Al día siguiente, al levantarme y asomarme a la ventana, le vi a
Chiaramonte.
--¡Eh! señor _espagnuolo_--me dijo--. ¿Quiere usted beber un vaso de
leche de camella?
--¿De camella?
--Sí, sí.
Me alargó un vaso grande y la bebí toda. Era muy buena.
--¿Ahora qué va usted hacer?--me dijo el tuerto.
--Voy a ir a visitarle a ese capitán francés que vino ayer noche.
--¿Tiene usted sus señas?
--Sí. Aquí las tengo escritas.
--Bien. Yo le acompañaré a usted.
Nos encaminamos por entre callejuelas estrechas y sin empedrar, con
las casas bajas, sin alineación, con rejas y celosías y miradores que
casi se tocaban los de una pared con los de enfrente. Algunos camellos
disformes cargados de odres con agua, y adornados con collares con
cuentas de cristales de colores, marchaban despacio, y los árabes
flacos, morenos, como si fueran de barro cocido, con una camisa corta,
iban de prisa, unos a pie, otros montados en borriquillos, llevando
frutas y panes redondos y chatos.
Llegamos hasta un extremo de la ciudad, cerca de una puerta de la
muralla, donde había un mercado sucio, de puestos hechos con cañas y
esteras, y nos detuvimos en un caserón antiguo y arruinado.
--Aquí es--me dijo Chiaramonte--. Hasta luego--, y se marchó.
En el portal me encontré a un soldado, en mangas de camisa y con gorra
de cuartel, limpiando dos caballos.
Le pregunté por el capitán Lasalle.
--¿Quiere usted ver al capitán Lasalle?--me dijo, cantando con acento
parisiense.
--Sí.
--Está bien. Venga usted.
Entramos en un patio, lo cruzamos, salimos a un jardín muy bien
cuidado, y en un ángulo vi un pabellón de ladrillo, de construcción
moderna, con una escalera de palomar.
Subimos y apareció otro soldado, a quien el primero dijo que yo venía a
ver al capitán Lasalle.
Contestó que esperase un momento, y al poco tiempo apareció el capitán
con una bata de percal con florones, un fez en la cabeza y una pipa en
la boca.
Hablamos primeramente de mi asunto, y Lasalle me dijo que no tuviera
muchas esperanzas. Me contó que el general Boyer, encargado de formar
el ejército, en aquel momento en el Cairo, estaba dominado por los
ingleses, y que el pachá de Alejandría, aunque buena persona, era un
antiguo mameluco. Me habló mucho de Ibrahim pachá y de sus favoritos.
Ibrahim pachá, el hijo del virrey, era el que disponía en el ejército.
Entre su séquito estaban el coronel francés Anthelme Seve, que había
renegado y se llamaba Soliman Bey, y era general egipcio. Soliman Bey
había sido protegido por un mecánico francés, Gonon, que le presentó a
Mehemet Aly y había sido el primer instructor europeo de las tropas.
Soliman vivía en aquel momento en el Cairo, donde tenía su harén. Me
habló también de Khurschid pachá, que, como todos los mamelucos, era
hombre cruel e invertido, y de un capitán corso apellidado Mari, que
se hacía llamar Bekir Aga. Estas eran las personas más influyentes en
la corte, sobre todo en cuestión de asuntos militares. Me indicó que
si pretendía entrar en el ejército egipcio no dijera que era emigrado
constitucional; que no me relacionase con los franceses e italianos que
andaban por Alejandría, porque la mayoría eran estafadores y ladrones
huídos de Europa, que se hacían pasar por emigrados políticos. Los
egipcios que se les reunían eran mamelucos expulsados que los tenían
lejos del Cairo para que no conspiraran.
Después se me puso a hablar de mis patronas.
--¿Es una familia italiana o española, esa con la que usted vive?--me
preguntó.
--Es maltesa.
--¿El tuerto es el amo de la casa?
--Sí.
--¿El padre de las chicas?
--Sí.
--¡Qué muchachas más preciosas!
--Sí, son muy bonitas.
--¿Y aquel chusco que estaba tocando el piano?, ¿quién es?
--Es un huésped.
Después de charlar largo rato, Lasalle se levantó y me dijo:
--Le voy a enseñar mi casa y mi familia; estoy hecho un musulmán: he
tomado una querida y vivo con ella y con su hermana.
Me presentó a su querida, que era una mulata muy fornida, de unos
veinticuatro años, alta, morena, un poco bigotuda, que tenía un hijo de
un año. Su hermana, un poco más joven, era por el estilo. Me presentó
Lasalle a un escribiente o secretario, que era un sargento francés al
servicio del Gobierno egipcio.
La casa era muy mala, con unos cuartos con todos los tabiques torcidos
y los suelos inclinados; tenía ventanas con celosías, que caían al
jardín; los muebles eran primitivos, y por todas partes había divanes
llenos de hierba con mosquiteros encima.
El capitán me invitó a comer con él, y acepté. Nos sentamos a la mesa
las dos mujeres, Lasalle, su escribiente y yo.
Las mujeres, que hablaban sólo la jerga de los francos de Alejandría,
se pusieron a hacerme preguntas, y como no las entendía no las podía
contestar. No se dieron por vencidas, y me agarraban del brazo y, al
último, de la cara y del pelo.
Yo le miraba a Lasalle como diciendo: Bueno, ¿yo qué hago?; pero él no
se daba por aludido y bebía a grandes vasos el vino de Chipre, que era
delicioso.
Se acabó el almuerzo; se fueron las mujeres a su cuarto, manoteando y
hablando a gritos, y el escribiente se levantó y se fué. Lasalle mandó
al criado que le trajera licores y tabaco, y se tendió en el diván y se
puso a fumar y a beber.
--¿Usted no bebe?--me dijo.
--No.
--Hace usted mal; por eso está usted tan flaco y tan descolorido.
Míreme usted a mí.
Le vi beberse ocho o nueve copas, y me dijo que tenía que dormir la
modorra.
--Usted puede tenderse donde quiera.
--Me voy a ir a casa--le advertí.
--¡Usted está loco!--gritó incorporándose--. Espere usted que venga el
asistente y le ensillará el caballo.
--No hay necesidad. Iré a pie.
Me despedí de Lasalle, saqué unos anteojos azules que había comprado
en Gibraltar por consejo de un judío, y fuí marchando despacio a casa.
Verdaderamente hacía calor; el viento traía nubes de arena que quemaban.
No había apenas gente en la calle, mas que algunos árabes andrajosos,
a quienes parecía no les hacía efecto el sol.
Llegué a mi casa, me mudé y fuí al saloncito donde trabajaban Rosa y
Margarita. Les conté que había venido de casa del capitán a pie, y me
aseguraron que yo estaba loco, que no volviera a hacer aquello, por que
si no iba a pescar una insolación.
--¿Ustedes no andan nunca de día?--las pregunté.
--Sí, por la mañana temprano o por la tarde. Vamos al Faro, donde corre
una brisa muy fresca.
Me preguntaron qué noticias me había dado el capitán sobre mis
pretensiones.
--Malas, muy malas. Voy a tener que renunciar a mi proyecto.
--¿Y qué va usted a hacer?--me preguntaron Rosa y Margarita.
--Me volveré a Europa o iré a Grecia a servir la causa de la libertad.
Entró la Cayetana y habló del capitán Lasalle. Me preguntó cómo vivía,
aunque ella lo sabía tan bien como yo, y hasta sabía quiénes eran sus
mujeres, y que habían venido del Cairo.
Quise bromear con Rosa, y le dije que había hecho un gran efecto en el
capitán, pero ella palideció e hizo un gesto de repulsión.
A las siete vino Mendi y habló de lo que había hecho con su ingenuidad
natural, y después se puso al piano.
Cantó canciones vascongadas, pero tan bien y con tanta gracia que a
mí me parecieron no haberlas oído nunca. Cantó Iru Damacho, Barazaco
picuac. Yo me reí a carcajadas. Las chicas me preguntaban:
--¿Qué dice la letra?
--Nada, o casi nada.
Y ellas mismas acabaron por reírse.
Noté que Rosa, que estaba siempre melancólica, se animó, como si le
dieran nueva vida al venir Mendi. Este parecía rudo con ella, pero no
lo era.
Después de Mendi cantó Rosa; mientras cantaba llegó un médico armenio,
que se llamaba Efren Syrox, hombre muy amable, que había estudiado
en Bolonia y en Montpellier. Chiaramonte me dijo que Lasalle era un
muchacho aficionado al vino y a las mujeres, pero bueno.
--Ahora, que debe usted desconfiar de él, porque si nota que tiene
usted dinero le pedirá prestado y no se lo devolverá.
El médico armenio y yo estuvimos hablando largo rato. Era este armenio
masón, del rito escocés, y nos reconocimos. El doctor Efren era
hombre joven, pequeño, de barba negra, larga, y con unos ojos muy
inteligentes. Parecía un mago. Estaba casado con una judía muy bonita,
y soñaba con que algún día la Armenia se separase de Turquía. En tanto
trabajaba a favor de los griegos. El doctor Efren era un sabio y
conocía la historia de Alejandría al dedillo.
IV.
LA FAMILIA CHIARAMONTE
MI patrón Chiaramonte era de Siracusa. Había ido en su juventud con
el ejército inglés como herrador, a Malta, donde se había casado
con Cayetana Gozone, que estaba de criada en una posada. De Malta
se trasladó a Gibraltar. En Gibraltar dejó el ejército y comenzó su
comercio de caballos. Ganaba ya allí bastante, y, como quería que sus
hijos adquirieran buena educación, puso al mayor en una escuela de
náutica, y después a sus dos niñas, Rosa y Margarita, en un colegio.
Más tarde, la posibilidad de hacer negocios de caballos le llevó a
Alejandría. Chiaramonte y la maltesa tenían tres hijos. El mayor,
Demetrio, de veintidós años, era marino, y navegaba en un transporte
que hacía el recorrido del Mediterráneo.
En la familia, los tres hijos habían cambiado a consecuencia de su
educación. Demetrio era un marino culto y un hombre fino, que estaba
para casarse con una señorita rica inglesa; Rosa y Margarita eran dos
muchachas que hubieran podido vivir en un ambiente aristocrático.
La madre y el padre, Chiaramonte y la Cayetana, seguían como en los
tiempos en que él era soldado y ella moza en una taberna.
Chiaramonte era hombre rudo, bueno; pero ya incapaz de cambiar. Tenía
un afán de ganar de judío.
Guardaba en el Banco de Alejandría doscientas mil pesetas en valores, y
tenía otro tanto en negocios, pero esto no le bastaba.
--¿Para qué quiere usted más?--le decían los amigos--. Aquí no va usted
a poder casar sus hijas, a no ser que las quiera usted casar con turcos
o con judíos.
Chiaramonte no cedía.
Su mujer, Cayetana, estaba joven; no había cumplido aún los cuarenta
años. Se había casado a los quince.
Las maltesas tienen fama de mujeres de vida muy libre. La Cayetana se
permitía, a veces, alguna expresión cínica delante de las hijas; pero
ellas la miraban fríamente.
La Cayetana estaba incomodada porque no se había divertido en su
juventud. En Malta, según ella, las mujeres la corrían bien. Ella había
estado siempre con aquel tuerto avaro que le hacía trabajar como a una
mula y no la dejaba respirar.
--He vivido con Chiaramonte, que no piensa mas que en ganar dinero--me
decía--. Ahora me tengo que divertir.
La Cayetana hablaba con entusiasmo de los enredos del pueblo, de la
querida de Fulano y del amante de la Zutana. Estos líos la encantaban.
Chiaramonte no le daba a su mujer mas que lo necesario para la vida. En
cambio, daba dinero a las hijas.
La divergencia de gustos y de inclinaciones de la familia producía
muchas veces riñas y choques. El padre tenía una admiración y un
entusiasmo por sus hijas grande; en cambio, sentía indiferencia y
desvío por su mujer. La Cayetana se veía preterida, lo que la ofendía
profundamente. Estaba, además, celosa de su hija mayor, de Rosa, y a
veces se ponía contra ella.
Rosa lo notaba y sufría, pero el cariño de su padre y de su hermana la
consolaba.
Rosa era más inteligente que Margarita y, sobre todo, más romántica. Le
gustaba la naturaleza, el mar.
Rosa me contó el viaje que había hecho con su hermano a Nápoles, a
Malta y a la isla de Gozzo.
Había conocido a sus abuelos, los padres de su madre, que eran de esta
isla, de una aldea llamada en el país Sannat, y por los italianos,
Zannata.
Rosa decía que su madre descendía del caballero de Malta Diosdado de
Gozon, que mató un monstruo que vivía en una caverna próxima a un
pantano, en la isla de Rodas.
Según Rosa, la vida en Gozzo era patriarcal; no se conocía el lujo
de la isla de Malta. Allí todos eran pescadores, y los chicos se
divertían descolgándose hasta el mar, con cuerdas, desde los más altos
acantilados, para cazar palomas.
Para Rosa la isla de Gozzo era admirable.
--Si muero--decía--, quisiera morir allí.
--¿Por qué ha de morir usted?--le preguntaba yo.
Ella sonreía. Era ésta su preocupación.
Charlábamos mucho. Mendi tocaba el piano, y lo hacía muy bien. Rosa y
Margarita estudiaban con él la _Vestal_, de Spontini, y las _Bodas de
Fígaro_, de Mozart.
Yo les contaba a las dos muchachas mi vida de guerrillero, las acciones
y las conspiraciones en que había tomado parte. Me oían con una gran
admiración. Yo exageraba un poco mis narraciones.
--El castellano es hombre de _molto coraggio_--decía Chiaramonte, en su
español macarrónico.
El buen Chiaramonte estaba contento si sus hijas lo estaban también.
No le gustaba que le hablaran de volver a Italia o a Gibraltar.
V.
LOS CONFLICTOS DE MENDI
YO ya había notado algo anormal en las relaciones de la Cayetana con
Mendi. Se olfateaba el contubernio. A mí ella me parecía una mujer
capaz de cualquier cosa. Estaba, además, ofendida y despechada. Varias
veces le dije a Mendi:
--A mí no me la da usted. Usted tiene algo que ver con la patrona.
--¡Yo! ¡Ca, hombre! ¡Qué barbaridad!
Al fin, Mendi, un día, me confesó que estaba enredado con la Cayetana.
--Pero, ¿cómo ha hecho usted esta tontería, Mendi?--le dije.
--¡Qué quiere usted! No siempre es fácil obrar con buen sentido. Sobre
todo, lo difícil es ser previsor. Yo, cuando vine aquí, me fuí a vivir
a un fonducho próximo al puerto, que tenía una vieja maltesa. Estaba
allí muy mal. Sin elementos de ninguna clase. Un día apareció en la
fonda la Cayetana y hablamos. Yo la tomé por una mujer entretenida y
la traté así. Unos días después me ofrece ir a vivir a su casa. Yo
acepté, porque peor que en el fonducho del puerto no iba a estar, y me
encuentro sorprendido con esta casa de gentes honradas. ¿Ya qué iba a
hacer? Al poco tiempo, aparece Rosa de vuelta de un viaje que había
hecho con su hermano a Malta y a la isla de Gozzo.
Yo hubiera querido romper inmediatamente con la madre, pero ella se
opuso y prometió armar un escándalo. En este caso yo no he tenido más
remedio que ceder, y no sé cómo podré desembarazarme de este lío.
Hablamos Mendi y yo de las soluciones que se podían dar a su asunto. Yo
le dije que me parecía lo mejor que, si estaba dispuesto a casarse con
la chica, se casara con ella y se fuera de Alejandría.
Siete u ocho días después de mi visita al capitán Lasalle, se presentó
éste en mi casa. Dijo que había hablado de mí al pachá, y que le había
preguntado si yo tenía papeles, y que no había contestado, porque no lo
sabía.
--Sí, tengo papeles--le dije--; no todos, porque soy un oficial de un
gobierno constitucional extinguido.
Saqué mi despacho de capitán de caballería del general Empecinado, y se
lo enseñé.
--Tradúzcalo usted al francés--dijo Lasalle.
Lo traduje y, al día siguiente, se lo envié. Por la tarde vino a mi
casa.
--Creo que está todo arreglado--me dijo--. El coronel ha leído su
despacho y ha mandado al dragomán que lo traduzca al árabe, y me ha
dicho que venga usted conmigo.
Fuimos a una hermosa casa de la calle de los Francos; entramos en ella
y saludamos al coronel Frossard, que sustituía en aquel momento al
general. El coronel me hizo pasar a una salita.
--Aquí está usted entre amigos, entre _hermanos_--e hizo la señal
masónica de reconocimiento como masón del rito escocés.
Yo le respondí con el de la inteligencia, y nos dimos la mano.
--Yo haré todo lo que pueda por usted--me dijo luego--; pero creo que
en principio es un error de usted el querer ser oficial egipcio. Sin
embargo, hablaré hoy al pachá. Si necesita usted dinero, yo se lo daré.
Me despedí del coronel un poco triste.
Me preguntaron en casa qué me habían dicho, y conté lo pasado. Rosa y
Margarita me aseguraron que hacía una verdadera tontería en querer ser
militar, y Mendi afirmó de nuevo que únicamente si le hicieran capitán
general o bajá de tres colas y le casaran con la hija del virrey
aceptaría entrar en el ejército egipcio.
Como Lasalle se había portado amablemente conmigo, saqué mi paquete de
sederías, escogí dos pañuelos de seda, bordados, grandes, con colores
muy chillones, y se los envié en mi nombre.
Lasalle vino el mismo día a darme las gracias y a invitarme a almorzar.
Fuí a su casa, entré en el salón, y estaba en el diván sentado cuando
se echaron sobre mí las dos mulatas a saludarme, a darme las gracias.
Los pañuelos les habían entusiasmado, y me lo decían en su algarabía
chillona.
No se contentaron con esto, sino que me abrazaron y me besaron.
--Como ve usted--le dije a Lasalle--, yo no tengo la culpa.
--No haga usted caso, aquí es costumbre.
Después de comer, por no quedarme a dormir la siesta, monté en un
borriquillo, me puse los anteojos, abrí una sombrilla, y me fuí a casa.
Al entrar me encontré sobre la cama un papel escrito por Mendi, en
donde me decía que fuera inmediatamente a su cuarto.
El hombre estaba en la cama. Había tenido una explicación con la
Cayetana, muy violenta, y había salido a la calle de prisa y sin
sombrilla, y le había dado una insolación. Tenía la cara inyectada. Le
tomé el pulso, y vi que lo tenía muy tenso.
--¿Sabe usted sangrar?--me dijo--. Sángreme usted.
--¿Pero no sería mejor traer un médico?
--No, tardará mucho. Ahora mismo.
Le puse una ligadura en el brazo, y con un cortaplumas le hice una
sangría copiosa.
--Ahora pida usted que me traigan agua con limón, y a Rosa le dice
usted que estoy indispuesto.
Lo hice así, y a la mañana siguiente Mendi estaba mejor. Me propuso que
le hiciera otra sangría en el otro brazo, y le dije que no.
Por la noche del segundo día vino el médico armenio, el doctor Efren, y
Rosa le indicó que debía verle a Mendi.
Entró el doctor en el cuarto, examinó al enfermo, y yo le dije lo que
había pasado y lo que había hecho.
--Ha hecho usted bien--contestó--. No ha sido ningún disparate. Que
esté unos días en la cama, que sude, que no tome más que un poco de
leche, y pronto estará bueno.
Mendi había perdido su buen humor, y su situación le tenía preocupado.
--Tranquilícese usted--le dije--. He hablado al coronel de Estado Mayor
de usted, como hombre que sabe matemáticas y dibujo, y me ha dicho que
si usted quiere le nombrará profesor en una escuela militar que van a
crear en el Cairo.
--¡Bah!
--Sí, hombre. Anímese usted; dentro de quince días le destinan a usted
allá con un buen sueldo y se casa usted con Rosa.
--¿Es verdad eso, paisano?
--Es verdad.
No había tal cosa; pero como el proyecto era hacedero, decidí hablarle
al coronel.
Rosa me preocupaba; decirle la verdad de las relaciones de su madre con
Mendi era una brutalidad; yo no sabía qué hacer.
Le hablé al doctor Efren y le expliqué lo que pasaba.
--Sí, sería mejor que se marchara Mendi y luego se casara con
Rosita--dijo él.
--¿A la muchacha no se le puede decir nada, claro es, del fondo del
asunto?--le pregunté.
--No, no. Imposible. Llegaría a enfermar si lo supiera. ¡Tiene una
sensibilidad! Es una mujer encantadora.
Fuí a ver al coronel y le expliqué el caso de Mendi, diciéndole que era
un profesor de dibujo y matemáticas, que el andar al sol, al dar sus
lecciones, le enfermaba, y le hablé de si se le podría nombrar profesor
para la escuela del Cairo.
--Sí, me dijo él. Precisamente hace pocos días me han escrito que un
teniente coronel que está en el Cairo ha sido comisionado por el virrey
para que busque un edificio grande y lo habilite para escuela militar.
En la carta me decía que había pensado escribir a Francia; pero que
el Gobierno egipcio había asignado para los profesores unos sueldos
tan mezquinos, tres mil, tres mil quinientos francos al año, que no se
decidía a escribir pensando que no se expondría nadie a hacer un viaje
largo por tan corto sueldo. Así habían quedado de acuerdo en nombrar
profesores entre los oficiales que estaban ya en Egipto.
--¿Así, que mi amigo Mendi podría encajar muy bien?
--Muy bien. Podría ir de profesor de matemáticas con tres mil francos y
el grado de comandante. Consúltelo usted. Si quiere escribiré al Cairo
en seguida.
Fuí a casa, le hablé a Mendi, y le conté lo que pasaba; le pareció muy
bien.
--Dígale usted a Rosita a ver qué opina ella.
Se lo dije a la muchacha y no pareció muy entusiasmada con la idea;
pero aceptó.
VI.
LA SUERTE
AL día siguiente, el coronel Frossard me dijo que íbamos a ir a visitar
al pachá de Alejandría. Fuimos con una escolta de cuatro hombres,
llegamos al palacio y esperamos a que saliera el pachá, que era un
antiguo mameluco seco, cetrino, mal encarado y de aspecto desagradable.
Estuvo conmigo muy displicente y muy áspero.
Al salir del palacio nos encontramos con el capitán Lasalle, que
nos saludó, y me dijo que al día siguiente, por la mañana, iría a
buscarme a casa con unos cuantos oficiales, a caballo, para invitarme
a una cabalgata. Se lo dije a Chiaramonte y le pedí que me dejara una
preciosa jaca árabe que tenía.