--Sin embargo, ¿usted piensa marcharse a Méjico a ser comerciante,

según me ha dicho?

--Sí, si no encuentro otra cosa mejor.

--No hay nada mejor que el comercio, señor Aviraneta--replicó él

sonriendo--. Yo creo que usted no se ha dado cuenta de ello. Yo

quisiera que usted probara a trabajar en mi casa.

--Probaré.

--Yo le daré a usted el máximum de sueldo y el máximum de comisión.

--Pues nada, empezaré.

Comencé a acudir al escritorio, y fuí tan puntual y ordenado como

pudiera serlo el primero.

Al cabo de un mes, Benolié me llamó a su despacho.

--Indudablemente, señor Aviraneta--me dijo--, no sirve usted para la

vida sedentaria. No come usted, no bebe usted, no habla usted, y se va

usted poniendo más amarillo que un limón.

--Sí. Es cierto.

--¿Qué ha pensado usted hacer?

--Yo había pensado ir a Grecia y hacer la campaña contra los turcos;

pero como todo el mundo me habla aquí mal de los griegos, he decidido

ir a Egipto y ofrecerme al gobierno del virrey como oficial.

--Bueno, bueno, como usted quiera. Si trata usted de ir a Egipto, yo le

proporcionaré a usted barco.

El señor Benolié se mostró muy generoso, me entregó cincuenta libras

esterlinas, entre sueldo y comisión, por el trabajo que había hecho

durante un mes en su casa. Al pensar en ir a Egipto, se me ocurrió

llevar una mercancía a vender por allí, e hice mi ancheta y la metí en

un gran cajón.

El día seis de diciembre apareció un bergantín en el puerto de

Gibraltar, que marchaba a Alejandría. Era un bergantín nuevo, sin

nombre. Iba tripulado por la marina de guerra inglesa; lo llevaban para

entregarlo al virrey de Egipto.

Bajaron el capitán sir John y dos oficiales, y fueron a visitar a

Benolié. Benolié les habló de mí, y el capitán sir John le dijo que

con mucho gusto me llevaría en su barco hasta Alejandría, puesto que

era liberal y amigo suyo.

Al día siguiente se condujo al barco mi cajón de mercancías, al que le

pusieron precintos de plomo y una etiqueta con el escudo de Inglaterra.

El capitán sir John dijo que, para ir a bordo, debía marchar vestido de

guardia marina.

Benolié me envió a su sastre, para que me hiciera un traje completo de

guardia marina, que se componía de chaqueta y pantalón azul, chaleco

de grana y polainas. Me trajeron también a casa un kepis, un sombrero

redondo de hule y un capote de goma.

Benolié me entregó la víspera de mi partida dos cartas de

recomendación: una para el general Boyer y la otra para un comerciante

judío de Alejandría, corresponsal suyo, que se llamaba Isaac Bonaffús.

A las seis de la mañana del día diez de diciembre, en un lanchón de

Benolié, me dirigí al bergantín, en compañía de Toledano. El bergantín

había levado anclas y extendido algunas velas.

Estreché la mano de mi amigo, quien volvió en una lancha, y me dirigí,

acompañado de un mozo, a mi camarote.

A las seis y media zarpó el bergantín, con viento fresco, y dejamos al

poco rato de ver Gibraltar y las costas de Africa.

Al mediodía el viento se hizo más fuerte, y, al comienzo de la tarde,

se desarrolló un ventarrón furioso. Se recogieron las velas y casi a

palo seco fuimos marchando por el mar, sin rumbo.

Yo llevaba días sin dormir bien, y no sé si por el medio mareo que

tenía o porque bebí un poco de vino, el caso fué que me eché en la cama

y no desperté hasta el día siguiente a las once. Al salir vestido a

cubierta, sir John, el capitán, comenzó a reír al verme y me dijo:

--Usted es un lobo de mar.

--Pues, ¿por qué?

--Porque ha podido usted dormir cuando todo el equipaje andaba mareado.

Hemos tenido un huracán terrible.

Pasé con sir John a la cámara de oficiales, donde vi que había dos

tenientes, echados de bruces sobre la mesa, estudiando un gran mapa.

Aunque yo no los entendía, porque hablaban inglés, comprendí que

estaban buscando la posición y el derrotero del barco.

Sir John, a quien le gustaba hablar francés conmigo, me dijo que íbamos

a tener mal tiempo, porque el barómetro seguía bajando.

No sé a punto fijo hacia dónde navegamos; yo no me atrevía a

preguntárselo a nadie, pero sí sé que por la tarde del tercer día se

nos presentó el viento de proa y empezamos a dar bordadas.

A eso de las once de la noche comenzó una tormenta espantosa: una de

rayos, de truenos, de granizo, que no paraba un momento.

El capitán y los oficiales estaban de observación en la cámara; los

marineros esperaban órdenes en el puente.

Yo no podía hacer allí nada más que estorbar. Antes de meterme en

la cama, agarrándome a lo que pude, llegué a la cocina y le compré

al cocinero víveres. Desde nuestra salida de Gibraltar no se había

encendido la cocina. El cocinero me puso en un talego una docena de

galletas, medio queso, dos tarros de mermelada, dos botellas de vino de

Jerez y un frasco de aguardiente. Llegué a tientas a mi camarote, cerré

la puerta, porque entraba agua, y me dije:

--Hay que entregarse al destino.

Comí un trozo de queso y unas galletas con dulce, bebí un vaso grande

de Jerez, luego una copa de aguardiente, encendí un cigarro y a la

media hora estaba dormido. Nunca he tenido sueños más raros.

A la mañana siguiente me desperté. Había agua en el suelo del camarote.

Cuando abrí el ventanillo y miré al mar me dió el vértigo con aquel

resplandor y aquella blancura de la espuma.

Me pareció que el mar se hallaba más agitado, pero el aire más

tranquilo, y supuse que esto era buena señal. No salí del camarote;

estuve haciendo gimnasia, y al anochecer tomé mi trozo de queso,

mis galletas con dulce y dos vasos grandes de Jerez, y dos copas de

aguardiente.

Tardé en dormirme, pero me dormí. Al día siguiente, al despertar con

la cabeza un poco pesada, vi que había amainado el temporal. Abrí el

ventanillo y vi el mar mas tranquilo, y me volví a tender en la cama.

Estaba dormitando cuando entraron en el camarote el capitán y el

cirujano del barco.

--No he visto otro parecido--dijo el cirujano señalándome a mí--. Este

es un hombre grande. ¡Y luego hablan de la flema inglesa!

El capitán sir John se reía.

--Levántese usted--me dijo--, porque tienen que limpiar todo esto.

--¿En dónde nos encontramos?--le pregunté yo.

--Nos estamos acercando a la costa francesa, a las islas de Hyeres.

Me levanté, me vestí y salí a cubierta, con la cabeza un tanto pesada.

Antes del mediodía llegamos a la isla de Porquerolles, donde anclamos.

Examinaron los oficiales y el contramaestre el casco del barco, que

tenía alguna avería insignificante; lo limpiaron los marineros por

dentro y por fuera, secaron el velamen y a las veinticuatro horas

estaba el bergantín tal como había salido de Gibraltar.

Se compraron víveres, se encendió la cocina, y comimos por primera vez

caliente y de una manera espléndida.

La marinería tuvo también un gran banquete, con carne fresca y pan del

día, y el capitán regaló a los marineros una pipa de vino.

A media noche nos hicimos a la vela con un tiempo hermoso, y a los doce

días de dejar las costas de Francia estábamos a la vista de Alejandría.

En todo el trayecto, el capitán sir John tuvo para mí muchas

consideraciones, sentándome a su mesa en unión de los oficiales y del

médico.

Tenía sir John algunos libros, y me prestaba los que le pedía. Me dejó

el libro de Volney, sobre Egipto y Siria, y los viajes de Ali Bey.

Al llegar a la vista del puerto de Alejandría la organización y la

etiqueta del barco variaron. El capitán dejó su familiaridad y se

convirtió en un jefe frío y desdeñoso. Su cámara quedó convertida en el

palacio de un sátrapa con su correspondiente guardia.

La etiqueta era más rigurosa que en China. Yo tuve que salir de mi

hermoso camarote y marchar a la cámara de los pilotos. Uno de ellos,

que tenía un álbum de vistas grabadas, sacó una del faro de Alejandría

y me mostró una torre asentada sobre una roca, con un brasero humeante

en la punta.

Aquel era el antiguo faro, que se consideraba como una de las siete

maravillas del mundo, dibujado conforme a las descripciones de los

antiguos, porque ya no existía, y, en su lugar, estaba el castillo que

hizo construír el sultán Solim en el siglo XVI.

Por la mañana, al amanecer, me levanté de la cama y me asomé a la

borda. No se veía mas que la costa baja, amarillenta, iluminada por el

sol; la ciudad, vagamente, y la columna de Pompeyo, que se destacaba

con claridad.

Estuvimos mucho tiempo parados delante de Alejandría. Yo sentía

impaciencia y un gran deseo de bajar a tierra; pero como allí, en el

barco, todo se hacía siguiendo el protocolo, tuve que esperar. Al día

siguiente nos acercamos al puerto al amanecer; por la mañana llegó el

cónsul inglés de Alejandría, fué a visitar a sir John y tuvo con él una

larga conferencia.

Pudimos contemplar la ciudad iluminada por el sol, que me pareció un

montón de ruinas; las fortalezas, el faro, las torres y los mástiles de

los barcos.

Después de la entrevista el capitán me avisó que si quería saltar a

tierra podía entrar en Alejandría, en compañía del cónsul, como súbdito

inglés, sin que en la Aduana me molestasen.

Fuí a dar las gracias a sir John, que me escuchó impasible, y me

hizo un saludo militar como si no me conociera, y bajé a la lancha

del cónsul. Pasamos por delante del faro actual; una bastilla, con

una torre para señales, y alrededor de la fortaleza una muralla con

sus cubos, que rodean la isla. Entramos en el puerto de Eunostos y

desembarcamos cerca de la Aduana. Yo subí en un coche que esperaba al

cónsul y fuí con él hasta su casa.

II.

LA CASA DE CHIARAMONTE, EL MALTÉS

ME invitó el cónsul a desayunar en su casa. Tomé una taza de café con

leche y un poco de dulce, y fumamos un cigarro.

--Dígame usted ahora qué piensa hacer. Yo voy a trabajar--me dijo.

--Quisiera que me indicaran las señas de un judío, Isaac Bonaffús, a

quien estoy recomendado.

--¿Bonaffús? Lo conozco--me dijo el cónsul--. Un criado mío le

acompañará a usted a su tienda. Deje usted la maleta aquí, y luego

pueden venir a buscarla.

Me despedí del cónsul, y con el criado bajé al portal. Salimos.

Atravesamos unas callejuelas y llegamos a una calle hermosa y recta,

con aceras, la calle de los Francos, y, como a la mitad, nos paramos

en una casa de un piso, que tenía una tienda pintada de rojo, que cogía

toda la fachada. Entramos en ella. Un dependiente nos advirtió que el

principal no estaba en aquel momento en casa.

El criado del consulado dijo, con el despotismo del inglés, que era

asunto del cónsul de Su Majestad británica, y que lo llamaran.

Al cuarto de hora apareció el señor Isaac Bonaffús, un hombre

rechoncho, de barba negra, de mechones muy blancos, con una cara del

color de una vejiga de manteca, vestido con una túnica azul y gorro

griego.

El señor Bonaffús me preguntó secamente en qué podría servirme; pero

cuando le dijo el criado que era asunto del cónsul inglés se deshizo en

cortesías.

Le di una propina al criado del cónsul, que la tomó, a pesar de su aire

de caballero de la Tabla Redonda, y me quedé en la tienda de Bonaffús.

Saqué mi cartera, y de ella la carta de Benolié. La leyó éste, la

examinó y me dijo.

--Yo estoy obligadísimo a Benolié, y usted me manda. ¿Qué quiere usted

hacer?

--Primero quisiera tomar un cuarto en un fonda o donde sea.

--Hombre, aquí fonda buena para estar mucho tiempo, no hay.

--Entonces, ¿será mejor una casa de huéspedes?

--Sí, yo creo que sería mejor. Casa de huéspedes... Casa de

huéspedes... Ya tengo una. Es de un maltés que ha vivido en Gibraltar,

hombre rico, que sabe el español. Si quiere usted, yo le acompaño.

--Bueno. Vamos.

Recorrimos la calle de los Francos y fuimos por una callejuela de

casas blancas, con puertas y ventanas herméticamente cerradas. Antes

de llegar al barrio árabe nos detuvimos en una casa baja y muy larga,

con celosías pintadas de verde. Llamamos varias veces con el aldabón, y

apareció en una ventana un tipo de bandido italiano con la cara tostada

por el sol, tuerto, y con una cicatriz que le cogía media cara.

--Buon giorno, amico Chiaramonte--dijo Bonaffús.

--¡Buon giorno! ¡Ah! ¿Dove andate, amico Bonaffús?

--A casa vostra.

--¡Ah! Bene. Bene.

--E la signora Cayetana, ¿come sta?

--Bene. Bene. Andate ad aprir la porta--gritó Chiaramonte a alguno.

Un criado abrió la puerta y pasamos adentro. Subimos por una escalera

pequeña donde estaba Chiaramonte, y entre el judío y el maltés se

entabló una conversación chapurrada en la lengua de los francos de

Alejandría; una jerga mixta de turco y de griego.

--Este señor es español--dijo Bonaffús.

--¡Ah! ¿Es español?

--Sí--repuso Isaac Bonaffús--, es un español recomendado por Benolié,

el banquero de Gibraltar, y por el cónsul inglés de aquí. Quiere

quedarse en Alejandría algún tiempo, y yo le he indicado la casa de

usted, por si ustedes le pudieran tomar de huésped.

--En este asunto mi mujer y mis hijas son las que deciden; yo no me

ocupo mas que de mis caballos--dijo el maltés.

--Bueno; pues llame usted a la señora Cayetana y a sus hijas.

El maltés llamó a su mujer y a sus dos hijas. La madre era una mujerona

con aire un poco africano, el pelo negro ensortijado, los ojos grandes

y los labios rojos. Las hijas eran muy bonitas.

La patrona puso dificultades sobre la asistencia, y únicamente se avino

a tomarme de huésped a condición de que yo comiera con toda la familia

y a las horas en que ellos acostumbraban.

--Estoy conforme--le dije yo--; únicamente me gustaría ver el cuarto.

Me enseñaron una sala grande, con una alcoba blanqueada, que tenía

ventanas cerradas con celosías que daban a la calle.

--Por el precio no reñiremos--me dijo la patrona--; tengo otro español,

y a él le llevo dos pesetas al día, porque por ahora gana poco, y tiene

un cuarto pequeño. A usted le llevaré tres pesetas.

--Muy bien.

Cerramos el trato, y el maltés mandó a un mozo suyo a que recogiera mi

maleta en el consulado inglés, y yo salí con Bonaffús.

--¿Qué clase de pájaro es este Chiaramonte?--le pregunté en la calle.

--Es buena persona. Se puede usted fiar de él. Es tratante de caballos

y hace contrabando. Las chicas son un _bocato di cardinale_, y tendrán

sus doscientos mil francos cada una de dote. Ahora que, como son

católicas, aquí no encontrarán novios de su religión. Nosotros, los

hebreos, no queremos bodas mixtas. Pero para usted que es católico, si

no es ya casado...

--No, no estoy casado.

--Entonces no le digo a usted más.

Al llegar a la tienda del señor Isaac, le consulté acerca de mi

ancheta y le enseñé la factura. El comerciante la estudió artículo

por artículo, y me dijo que, como no había pagado flete, ni pagaría

aduanas, ganaría el doble de su precio.

--Mas no creo que haya usted venido en un barco de guerra sólo para

traer un cajón de sedería o cosas por el estilo--añadió Bonaffús.

--No; mi objeto es entrar al servicio del virrey de Egipto, que va a

organizar un ejército a la europea.

--Ya sabe usted que hay un general francés que lo dirige todo.

--Sí.

--¿Trae usted alguna carta de recomendación para él?

--Sí.

Se la enseñé, la leyó, y me dijo:

--Yo le puedo servir a usted de algo. Viene a mi casa un capitán

francés, Lasalle, que es de Auch y se dice sobrino del general Lasalle.

Este Lasalle está en Alejandría y parece que es un comisionado del

virrey para recibir a los militares europeos.

--¿Y qué clase de hombre es?

--Pues, como todos los franceses, es muy patriota. Lasalle hace

lo posible para favorecer a sus paisanos y poner toda clase de

dificultades a los que no lo son. Hace tiempo vinieron aquí muchos

jefes y oficiales que habían servido con Murat; luego han venido otros

italianos de los constitucionales del general Pepé y no han podido

entrar aquí, y se han marchado a servir a los griegos.

--¿Así que esto no está bien?

--No está nada bien. Al que no le quieren, aunque tenga buenas

recomendaciones, le aceptan y le ponen en una sección de

disponibilidad; luego le envían a cualquier rincón del alto Egipto o de

Siria, y allí tiene que vivir, con un sueldo de un franco cincuenta, o

dos francos al día.

--Entonces me parece que me he equivocado al dirigirme a esta tierra.

Me despedí de Isaac Bonaffús, que quiso acompañarme. Encontramos a

Chiaramonte a la puerta de su casa, y él y Bonaffús se embromaron el

uno al otro sobre sus respectivos negocios.

--Nostro amigo Chiaramonte--me dijo Bonaffús--es molto rico. ¡El

contrabando!

--¡Bah! ¡Bah!--repuso Chiaramonte--. ¿E voi? Sempre esta facendo

denaro--me dijo--. Questos judíos son maravigliosos. ¡Oh! ¡Che canaglia!

--E lei es molto mas rico que yo--exclamó Bonaffús.

No me interesaban mucho estas gracias de comerciantes, y subí al piso

principal.

Salió la Cayetana, la mujer de Chiaramonte, y me pasó a una salita

en donde se hallaba ella en compañía de sus dos hijas, que estaban

haciendo labores. Este saloncito era muy bonito; tenía un gran mirador

colgado sobre la calle, con muchas flores, el clásico diván, con sus

almohadones bordados a estilo oriental, unas cuantas sillas de Damasco,

un piano y varios grabados antiguos. Alrededor del salón había un

estante y en él se veían libros de Chateaubriand, Walter Scott y la

_Historia de los caballeros hospitalarios de San Juan de Jerusalén_,

por el abate Vertot, en una edición de lujo. Las dos muchachas me

parecieron verdaderamente encantadoras en la intimidad. Sobre todo Rosa

era muy bonita. Hablaban muy bien el castellano y sabían el italiano y

el inglés. Habían sido educadas en una pensión de Gibraltar.

III.

NUESTRO AMIGO MENDI

ESTÁBAMOS hablando de la vida y de las costumbres de Alejandría, cuando

se oyeron pasos en la escalera y después en el corredor.

La señora Cayetana se levantó, y en su lengua chapurreada dijo al que

llegaba:

--Señor Mendi. Aquí hay otro _spagnuolo_ que va a vivir con nosotros.

Entró el español; yo me levanté para saludarle.

Era alto, fuerte, guapo.

No hice más que verle y oír su voz y le dije:

--¿Usted es vascongado?

--Sí. ¿Y usted?

--Yo también.

--¿De dónde es usted?

--De Tolosa.

Nos dimos la mano efusivamente y hablamos en vascuence, produciendo la

sorpresa de la familia Chiaramonte, que nunca había oído esta lengua.

Me contó mi paisano que hacía tres meses que estaba en Alejandría,

adonde había llegado en un barco de Marsella. Era Mendi nacional de

caballería; había servido en Navarra y en la Rioja, como sargento, en

la partida de un tal Mantilla, hasta la dispersión de la partida, a la

entrada de los franceses de Angulema, en que había tenido que emigrar a

Francia.

Me dijo que se apellidaba Basterrica, pero, como al escaparse de España

había comenzado a llamarse por su segundo o tercer apellido, Mendi,

todo el mundo le conocía por Mendi, y como era más corto y más fácil

para los extranjeros, lo había adoptado.

Era Mendi hombre de unos veinticinco años, de gallarda figura. Se

expresaba siempre con un aire atento y expresivo, y decía las mayores

impertinencias con una impertérrita frescura. Hablaba el castellano

bien, pero de una manera afectada; y esta afectación se elevaba de

punto cuando se expresaba en francés. Entonces cambiaba de voz y de

gestos. Sólo hablando el vascuence parecía natural en la voz y en los

ademanes. Como era temprano y no se cenaba hasta las ocho y media, me

propuso Mendi dar un paseo; hacía una hermosa noche de luna.

Cogimos nuestros sombreros y marchamos por entre callejuelas. El pueblo

estaba a obscuras. No había alumbrado en Alejandría, y donde no entraba

la luz de la luna se iba tropezando y metiéndose en basuras.

--Erri ziquiña au--(Este pueblo es muy sucio)--me decía de cuando en

cuando Mendi, en vascuence, con su voz ronca.

Salimos a un arenal que estaba lleno de ruinas, y fuimos a sentarnos

en un monolito grande, que estaba medio sepultado al lado de otro

enhiesto. Debían ser las agujas de Cleopatra. Cerca se levantaba una

gran torre. Aquel paisaje, aquella ruina a la luz de la luna, parecía

algo de ensueño. No hacía calor: una brisa fresca y húmeda venía del

mar, que murmuraba a pocos pasos.

Mendi se sentó en la piedra y me contó sus vicisitudes en aquel

pueblo, donde, según él, no había elementos. Esta era su muletilla. Se

había puesto a dar lecciones de música y de piano. ¡Música a aquellos

bárbaros! ¡Cosa inútil! No tenía mas que pocas lecciones a tres duros:

dos señoras, un fraile y unos _zarpajuelos_ de judíos, como decía él.

De pronto Mendi dejaba su voz afectada, y decía en vascuence, con su

voz fuerte.

--¡Yo, que vivía allí en Tolosa tan bien, que me llevaban a la cama

todos los días un tazón de leche caliente con azúcar! ¡Yo en este país

asqueroso donde no hay elementos! Paisano, ¡qué final!

Había oído decir que había chacales en los alrededores de Alejandría.

Se oían aúllidos de perros o chacales en el arenal. No me hacía gracia

estar allá.

--Vamos a casa--indiqué yo--. Dicen que hay por aquí chacales.

--Chacales--exclamó Mendi, con su voz gruesa--. ¡Qué ha de haber aquí!

¡Unos perros que suelen andar entre las ruinas! Se les pega una patada

y echan a correr. Aquí no hay nada.

Mendi me pareció un hombre simpático, pero terco y, sobre todo,

ignorante y sin curiosidad ninguna. Apartándole de la música y de otras

dos o tres cosas, en lo demás era negado.

Volvimos a casa sin encontrar más alma viviente que algún perro,

que nos persiguió con sus ladridos, y nos presentamos a la mesa de

Chiaramonte. Pronto comprendí que el amigo Mendi se había hecho el amo

de la casa del maltés. Todo el mundo le contemplaba con admiración.

Mendi empleaba en su conversación una variedad de tonos: hablando en

francés, era redicho y afectado; en castellano, tenía la tendencia a

imitar a los andaluces.

A cada paso me decía:

--Eugenio. ¡Eh! ¡Aquella sidra de nuestro país! ¡Aquellos

_perrachicus_! Aquí no hay elementos.

Después de cenar, Mendi pasó a una salita, con un piano, y fuimos todos

tras él.

Se puso a tocar, y las niñas Rosa y Margarita cantaron. Las pobres

muchachas temblaban, porque el maestro era tan severo, que no les

perdonaba la menor falta.

--No, no. Así no es--decía Mendi--; hay que empezar de nuevo.

--No sea usted pesado--le dije yo--; lo hacen muy bien.

--No, paisano, no. Esto hay que hacerlo completamente bien, o no

hacerlo.

--Tiene razón--dijeron las chicas--; debe corregirnos mientras no lo

hagamos tal como es.

Chiaramonte y su mujer creían lo mismo.

Terminamos nuestra reunión y nos fuimos a la cama.

Cuando iba a entrar en mi cuarto, me gritó Mendi:

--Eugenio, ¡eh!; aquellas sardinas que se comen en nuestra tierra no

las encontrará usted aquí. No hay elementos, ya se convencerá usted.

Me acosté, me dormí, y a la mañana siguiente fuí al consulado inglés y,

después, a casa de Isaac Bonaffús.

Le dije a éste que mi fardo lo habían desembarcado, y que, si quería,

lo llevaría a su tienda. Me contestó que sí, pero que no lo abriría sin

estar yo delante.

Volví a mi casa y me encontré en la puerta con Chiaramonte.

El maltés era un hombre de unos cincuenta años, tostado por el sol.

Tenía, indudablemente, sangre de hombre del Norte; el ojo que le

quedaba, azul como de porcelana, y el pelo, más claro que la tez.

Me enseñó Chiaramonte su casa, que era grande; tenía hermosas cuadras y

grandes almacenes de paja y cebada. Hablamos de caballos, y yo le solté

todos los datos que había leído en el libro de Volney sobre los potros

del Yemen.

Estando hablando se presentaron las dos hijas, Rosa y Margarita,

acompañadas de un criado; volvían de oír misa en el convento de

franciscanos. Las saludé, y las dije que la noche anterior no las había

visto bien. Eran mucho más bonitas de lo que yo me había supuesto.

Rosa era rubia, con un color tan fino, tan delicado, que maravillaba.

Margarita era un tipo más meridional.

Rosa, al oír mi galantería, se puso un poco encendida, y Margarita se

sonrió.

--¡Ah el _espagnuolo_! ¡Siempre galante!--dijo el padre, riendo,

dándome una palmada en la espalda--. Bueno, bueno; vaya usted a

almorzar, que no habrá usted almorzado.

Subí al comedor, me sirvieron el desayuno y charlé un rato con las dos

hermanas. Me dió tristeza verlas a las dos solas, sin amigas, viviendo

casi siempre encerradas.

Hablamos de Mendi, y vi que Rosa se animaba mucho con esta conversación.

Después de la charla volví a casa de Isaac Bonaffús, quien me dijo:

--Ha estado aquí el capitán francés Lasalle y le he hablado de usted.

Le he dado sus señas y me ha dicho que irá a verle.

--Bueno. Está bien ¿Arreglamos el negocio de mis mercancías?

--Sí, cuando usted quiera.

Examinamos el género, que venía intacto; lo tasó Isaac, y yo separé un

paquete grande de sedería que no estaba en la factura.

Isaac me abrió una cuenta corriente en su libro de nueve mil y tantas

pesetas, y me volví a casa.

Los Contrastes de la Vida · 第 4 / 9 段