puerto y este moro del rey--y nos mostró uno de sus dos compañeros--les
vigilarán.
Estuvimos una hora con un sol de fuego, hasta que apareció un europeo,
el vicecónsul, en compañía de tres moros fastuosos, vestidos de blanco.
El vicecónsul preguntó por el diputado; se destacó Moreno Guerra
y hablaron los dos. El vicecónsul era un siciliano, y los moros,
empleados subalternos del gobernador de la plaza.
Como Moreno Guerra era tan moro como los otros, con sus ademanes y sus
gestos les convenció y se decidió que fuéramos todos a tierra. Les dijo
que Borja Tarrius era un gran médico.
Nos acercamos a la playa, y después nos agarró a cada uno un negrazo de
aquellos, y, atravesando el fango del arenal, nos dejó en tierra firme.
--Vamos a casa del gobernador--nos dijo el vicecónsul.
El gitano y su hijo se escabulleron sin saludarnos.
Marchamos por una callejuela, tropezando a cada paso con burros
cargados y seguidos por moros, que gritaban: ¡Balac! ¡Balac!
Atravesamos el zoco, y llegamos a un viejo caserón destartalado;
pasamos dos patios, y, en una sala que daba a un hermoso huerto,
vimos al gobernador, o caid, sentado en el suelo y apoyado en unos
almohadones. Era un viejo de aire respetable; le saludamos, nos invitó
a sentarnos y nos trajeron unas tazas pequeñas de café sin azúcar,
dulces y bollos.
Habló Moreno Guerra con su aire de santón, y el caid inclinó varias
veces la cabeza, como diciendo que estaba conforme.
Salimos de nuevo a la calle, le dimos las gracias al vicecónsul y le
preguntamos dónde podríamos alojarnos.
--Aquí no hay fondas ni posadas--nos dijo--donde se esté bien. Algunos
franceses e italianos tienen huéspedes, pero los explotan. Los
contrabandistas españoles suelen meterse en sus rincones, donde no se
puede vivir. Aquí tendrán ustedes que dirigirse a los judíos.
--Sí, pero nosotros no conocemos a nadie...
--Bien, yo preguntaré.
El vicecónsul fué a ver al rabino Samuel Silva, le explicó el asunto,
y el rabino le encaminó a casa de la señora de Toledano, viuda de un
comerciante, que vivía con cuatro hijas y dos criadas.
Fuimos a ver a la viuda de Toledano, y nos encontramos con que hablaba
muy bien el español.
Se llamaba esta mujer Mesoda Ben Asayag y era viuda de un comerciante
al por menor, también judío.
El vicecónsul le indicó lo que pretendíamos, y la viuda aceptó; dijo
que tenía en la casa la planta baja desocupada, con cuatro cuartos
bastante grandes, y que viéramos si nos acomodaba.
--Vamos allá--dije yo.
Nos enseñó las habitaciones, anchas y limpias.
--Esto está muy bien--le dijimos--. Pónganos usted una cama en cada
cuarto, y en el otro una mesa y unas cuantas sillas.
Dijo que lo arreglaría en seguida, nos explicó qué comida nos iba a
dar, y añadió que nos llevaría dos pesetas por cada uno.
Dimos las gracias más efusivas al vicecónsul, por habernos llevado
allá, y el hombre nos indicó que contáramos con él para lo que
necesitáramos y que, después de comer, fuéramos a su casa a pasar el
rato.
A las cinco de la tarde una criada nos avisó para que subiéramos a
comer. Subimos y encontramos la mesa puesta; el mantel limpio, platos
de loza de color y cubiertos de madera. En vez de sillas, había bancos.
Entró la señora de Toledano con sus cuatro hijas, de muy modesto
porte y muy bonitas. Hablaban todas el castellano con un acento medio
andaluz, pronunciando las eses como zedas, un acento que no dejaba de
tener gracia.
La mayor tendría unos veinte años, y la menor, unos catorce. Todas eran
morenas, menos la segunda, Sara, que era rubia, casi pelirroja. Las
saludamos amablemente. La madre se sentó con dos de sus hijas a un lado
y dos al otro, y nosotros en lo restante de la mesa.
Después de comer fuimos a ver al vicecónsul, hombre abierto de genio,
que tenía una familia numerosa muy simpática, y nos dió una porción
de indicaciones concernientes a las costumbres que había que seguir
allí. Le pedimos un poco de papel, nos lo dió y volvimos a casa.
Conferenciamos con la señora de Toledano acerca de la manera de tener
luz; nos trajo un velón de cuatro mecheros, enviamos a la criada
por aceite, encendimos el velón, lo pusimos encima de la mesa y nos
sentamos alrededor.
Borja Tarrius estaba contento.
--Creo que en Tánger podemos pasarlo bien y muy barato--dijo--, y habrá
cosas curiosas que ver.
Moreno Guerra estaba taciturno.
--¿Qué le pasa a usted?--le dije.
--Esto es una cartuja--exclamó él--; aquí no va a haber con quién
hablar. ¡Luego estas calles sucias, con estos moros asquerosos!
Me indignó tan importuna queja y no dije nada.
A las nueve nos volvieron a llamar para comer, y tomamos té con
hierbabuena, pan y manteca.
Le pregunté a la dueña cuándo se podría escribir a Gibraltar, y me
dijo que tuviera la carta preparada para las diez de la mañana del día
siguiente.
Escribí a la posada de Gibraltar en donde habíamos estado Borja
Tarrius, Moreno Guerra y yo, pidiendo al amo que nos mandara la cuenta,
diciéndole que yo había dejado allí una maleta y una manta, y que si
se recibía una carta para mí, la enviara a Tánger.
Al día siguiente, por la mañana, le di la carta a la dueña y fuí a
llamar a Borja Tarrius y a Moreno Guerra; ninguno de los dos había
dormido, preocupados, sin duda, con el porvenir.
Por la tarde anduve yo por la ciudad; vi el Zoco, la Alcazaba, y salí
por las afueras a pasear por el Marshan. Al volver me encontré con
Borja y Moreno, que charlaban en el cuarto, y, por la noche, la dueña
me trajo contestación a mi carta de Gibraltar. Según decía el posadero
seguía allí la aglomeración, y no se sabía qué hacer con los emigrados.
Fuimos a cenar. Moreno Guerra estaba tan alicaído que la dueña le
preguntó:
--¿Está usted malo?
--Sí. Más malo de espíritu que de cuerpo. Me falta la vida, las
amistades, la sociedad... No sé si me podré acostumbrar al trato de
estos moros.
--¡Y qué diría usted--dijo la viuda de Toledano--si viviese bajo la
condición que vivimos nosotros los hebreos! Nos insultan, nos apedrean,
nos tiran lodo a la cara, y, como no tenemos autoridades ni cónsules,
nos callamos.
Moreno Guerra se encogió de hombros. Parecía mentira que un hombre tan
grandón, que tenía fama en España de valiente y atrevido, fuera tan
pusilánime y tan blando.
--No hay que acobardarse--repuso la señora de Toledano--. Si se mete
usted en esa habitación de abajo, en la obscuridad, sin ver a nadie, le
entrará a usted la melancolía. Suba usted al cuarto donde trabajamos
mis hijas y yo, y allí hablaremos.
--Tiene usted razón, señora--dijo Borja Tarrius--; no hay que apocarse.
En Tánger hemos sido recibidos con una caridad y un afecto que
agradecemos en el fondo del alma; estamos perfectamente hospedados y
mantenidos: no podemos desear más. Ahora, a mi amigo Moreno Guerra le
sucede que ha vivido en esta última época en un ajetreo constante y en
una constante inquietud, y al venir aquí a esta soledad queda aplastado.
--Si lo comprendo--dijo Mesoda--; por eso le digo que suba al taller
donde trabajamos nosotras, para entretenerse; suele venir el rabino de
Tánger a visitarnos, y como es un hombre culto hablará con ustedes.
Fuimos al taller y charlamos, mientras las chicas y la madre y dos o
tres aprendizas trabajan en bordar con sedas de oro y plata babuchas,
bolsas para dinero, cinturones, arneses de caballo, etc.
Borja Tarrius, curioso por todo cuanto fuera industria, hizo a Mesoda
y a sus hijas una serie de preguntas acerca de cómo trabajaban y dónde
vendían sus productos.
--En general se venden en Gibraltar, y los llevan a Túnez, a Trípoli,
a Fez, y pasan por bordados hechos por moras--contestó la señora
Toledano.
Borja Tarrius que sabía mucho, examinó los bordados y dijo primero que
el dibujo era un tanto defectuoso, y después indicó a Mesoda y a sus
hijas que perdían mucho tiempo haciendo cada una todas las labores
que exigía un bolso, o una babucha; que debían hacer la división del
trabajo: una cortar, otra coser, otra bordar, etc., etc.
Para demostrar su tesis, explicó con toda clase de detalles cómo se
fabricaban los alfileres en las fábricas de Europa.
Como hablaba con tanta persuasión, las convenció.
Al día siguiente se hizo la prueba de la división del trabajo, y,
efectivamente, se produjo casi el doble.
La señora de Toledano estaba maravillada.
Mientras trabajaban las bordadoras, Borja Tarrius les habló de la
historia de Tánger y de Cartago, y del pueblo judío, y nos tuvo a todos
entretenidos.
Al cuarto día de estar en Tánger apareció en casa el Niño de Baza.
Venía bien vestido, limpio y perfilado. Era un muchacho guapo. Tenía
el tipo del andaluz bonito, una cara de medalla romana y los ojos de
gitano. Me dijo con mucha zalamería que le perdonara si había estado
grosero en la barca, pero era que se encontraba entonces cansado,
enfermo, sin dormir. Se había quedado solo en Tánger; su padre había
marchado a España, y él andaba buscando un sitio donde trabajar.
Las chicas de casa le vieron al entrar y salir.
--¿Quién es ese muchacho?--me preguntaron Sara y Rebeca.
Yo le dije a Mesoda:
--No he querido traer a ese joven aquí, donde hay tantas muchachas. No
vaya a ser un gavilán entre palomas.
--Pues ¿qué ha hecho?
Le dije que me parecía un muchacho violento, vengativo, que su padre
era gitano...
Nada de esto le parecía muy grave a Mesoda.
--Si a usted no le importa, por mí puede venir a casa.
--¡Ah! Pues que venga.
Al día siguiente volvió a presentarse el Niño de Baza.
--Bueno--le dije yo--, con estas chicas, nada.
--No tenga usted cuidado.
--Ya sabemos que eres irresistible.
--No tanto, don Eugenio.
El Niño de Baza no comprendía la ironía, afortunadamente para él.
Este mismo día apareció el rabino de Tánger, el señor Samuel Silva,
en casa de Mesoda, y hablaron él y Borja Tarrius. El rabino llevó la
conversación a cuestiones de historia bíblica, donde se consideraba,
sin duda, fuerte; pero Borja Tarrius sabía de esto mucho y le hizo unas
observaciones al rabino sobre el libro de Esdras y el de Job, y el
_Eclesiastés_, que quedó el hombre asombrado. Yo, como no he leído la
Biblia, porque, la verdad, me ha aburrido desde el comienzo, no seguí
la discusión en todos sus detalles.
Mientrastanto, el Niño de Baza cambiaba unas miradas incendiarias con
las chicas, que se reían y coqueteaban con él. Sobre todo, Sara, la
roja, era una mujer de cuidado.
Los días siguientes, desde la mañana hasta la noche, los pasamos en
el taller de Mesoda, Moreno Guerra, Borja, el Niño de Baza y yo;
ayudábamos a las muchachas a cortar el cuero de tafilete, a preparar
las agujas, los hilos de seda de oro y plata y a pulimentarlos con
colmillos de jabalí.
Borja Tarrius pidió al vicecónsul un diccionario viejo de antigüedades,
con un atlas, que había visto en su casa. El vicecónsul se lo prestó
y Borja estuvo tomando notas e hizo una porción de modelos con nuevos
adornos y nuevas grecas. Dibujó hasta diez modelos. Se hicieron éstos,
unos más complicados, otros menos, y se enviaron a Gibraltar con sus
precios respectivos.
En cada bolsillo se venía a sacar tres pesetas de beneficio, según el
cálculo de Borja Tarrius.
Días después, el hijo de Mesoda envió cuarenta duros; había vendido los
diez bolsillos inmediatamente a un comerciante de Argel, que le encargó
veinte docenas más de la misma clase en dos remesas. Los que se le
enviaron los vendió a cinco duros. En cada uno se ganaron trece pesetas.
Mesoda y sus hijas estaban locas de contento. Las chicas llamaban papá
a Borja Tarrius, y pensaban en arreglar la casa y en hacer viajes.
Cuando se mitigó la alegría, Mesoda dijo a Tarrius:
--¿Qué hacemos? Usted disponga.
--¿Usted tiene dinero?
--Sí.
--Vamos a hacer el presupuesto para los doscientos cuarenta bolsos.
Borja Tarrius tomó un papel e hizo una porción de números.
--Se necesitan unos cincuenta duros de material--dijo.
--¿Nada más?
--¿Le parece a usted poco? ¿Los tiene usted?
--Sí, sí.
--¿No habrá dificultad en adquirirlo?
--Ninguna.
--Después, lo que se necesita son cuatro o cinco obreras. ¿Habrá aquí
buenas bordadoras?
--Sí, pero cobran mucho.
--¿Pues, cuánto cobran?
--Seis y siete reales al día.
--¡Bah! Eso no es nada. Se puede pagar el doble.
--¿Y si se enteran y copian los dibujos de los bordados?
--No; no tienen tiempo. Usted les dice que es un encargo que ustedes
tienen y les da los bolsillos ya dibujados.
Al día siguiente se compró el material y comenzó a cortarse el
tafilete. Tarrius tenía la alta dirección. Moreno Guerra y yo
calcábamos los dibujos, los agujereábamos con un alfiler y, después,
con una muñequita llena con polvo de carbón, estampábamos y
perfeccionábamos los dibujos con lápiz.
Al día siguiente Mesoda trajo cinco obreras judías, que las llevó a la
sala del piso bajo, que antes ocupábamos nosotros.
Moreno Guerra y yo seguimos dibujando; el Niño de Baza cortaba; Agar y
Raquel, la hija mayor y la pequeña, cosían, y Sara y Esther quedaron al
frente del bordado. Las nuevas obreras eran mejores trabajadoras que
las de casa.
Se envió la primera remesa a Gibraltar y llegó el dinero en seguida.
Cerca de quinientos duros. La viuda de Toledano quedó loca de contenta.
Quería dar dinero a Tarrius, pero le dolía desprenderse de él. Le
hacía continuas zalamerías. ¡Era tan bueno! Sus hijas y ella no se
olvidarían nunca de lo que había hecho en su obsequio.
Mesoda tenía la angustia de ganar, y no se preocupaba de nada más.
Yo veía al Niño de Baza que intimaba mucho con Sara la roja, pero
también lo veía la madre y parecía que no daba importancia a la cosa.
A Borja Tarrius le llegaban enfermos que iban a consultarle. Borja se
limitaba a recomendar prácticas higiénicas.
Llevábamos veinte días en Tánger, cuando recibí una carta de un señor
Gargollo, representante de mi tío Ibargoyen, el mejicano. A este
Gargollo le había escrito yo al llegar a Gibraltar. Me decía que había
girado a mi nombre a esta plaza cinco mil pesetas a la casa de Banca
de Benolié y Compañía, y que al mismo tiempo me recomendaba a este
banquero. Le escribí al señor Benolié diciéndole dónde estaba, y a
los dos o tres días apareció en mi casa un judío viejo, con un aire
muy venerable, a ofrecerme de parte de Benolié lo que necesitara. Se
llamaba este judío Samuel Lione.
La patrona mía se quedó maravillada; dijo que Samuel era el hombre más
rico de Tánger, y que cuando iba a Fez visitaba al Sultán.
Debíamos ser nosotros gente de una gran importancia cuando Samuel Lione
venía a nuestra casa.
Pregunté qué era, y la señora de Toledano dijo que era banquero y
tratante de esclavos.
--¿Y gana mucho con esto?
--Muchísimo. Todos los años manda una o dos caravanas a Tumbuctu, en
las que ganará muchos miles de duros.
El Niño de Baza oyó esto con los ojos brillantes.
Al día siguiente me dijo:
--Oiga usted, don Eugenio.
--¿Qué hay?
--No va usted a visitar a ese viejo judío Samuel?
--Pues, ¿por qué?
--Porque si va usted, yo quisiera acompañarle.
--¿Para qué?
--Para ir en una caravana a comprar esclavos.
Me quedé asombrado.
--Bueno, bueno. Ven mañana por la mañana y le visitaremos.
Al día siguiente se presentó el Niño de Baza muy elegante y atildado;
yo me vestí, y con un chico de la vecindad fuimos a casa de Samuel.
La casa era de aspecto más humilde que la de Mesoda. Nos recibió el
señor Samuel en un despacho muy mísero de la planta baja, con grandes
saludos y zalemas, y nos hizo sentarnos. Este Shylock hablaba de una
manera balbuceante y lacrimosa. Nuestra santa nación, nuestra tribu, el
patriarca Abraham estaban a cada momento en su boca. Durante su charla
se interrumpía para dar una indicación a dos escribientes que tenía,
los dos, sin duda, judíos, de cara atormentada y labios gruesos.
Le avisaron para almorzar, y yo me levanté con intención de marcharme;
pero Samuel me agarró de la mano.
--No, no; venid--me dijo--; que venga con vos este joven cristiano;
comeréis conmigo, la miseria que uno tiene.
Subimos una escalera estrecha y llegamos a un comedorcito pequeño que
daba a un patio, con una puerta, lleno de macetas con flores. Estaban
en el comedor la mujer y una hermana de Samuel, dos hijas de unos
cincuenta años, un hijo y una porción de nietos, entre los cuales había
una muchachita de unos diez y siete o diez y ocho años, muy bonita.
Entre todas estas caras judaicas había el tipo correcto y muy perfilado
y el tipo un poco repulsivo del judío narigudo, con los labios gruesos
y abultados y los ojos pequeños.
Había en toda la casa un olor a cerrado y al mismo tiempo a estoraque,
o alguna otra cosa aromática, que no me hizo ninguna gracia.
Sirvieron el almuerzo, que consistió en té con leche, tostadas con
manteca, miel y un líquido dulce, con gusto a naranja. En lugar de pan,
nos dieron unas tortas redondas y muy delgadas, sin sal.
El Niño de Baza estuvo de conquistador con la nieta de Samuel. Sabía
que la chica era rica, y preparó en seguida sus baterías.
Después de almorzar volvimos de nuevo al despacho y hablamos.
--No creáis que tengo una fortuna grande...--nos dijo Samuel Lione--.
No, no..., una pequeñez, un mediano pasar. No hagáis caso de lo que os
digan en Tánger acerca de mí. No, no. ¡Por el patriarca Abraham! ¡Qué
más quisiera yo!
Le dije que no me habían hablado de él en Tánger, y que había ido
a verle para saludarle y para presentarle aquel joven español que,
habiendo oído hablar de que él organizaba caravanas al centro de
Africa, quería ir en una de ellas.
Samuel Lione sonrió al Niño de Baza y le alabó su afición al comercio.
Después nos explicó sus negocios. Se dedicaba principalmente a la trata
de esclavos, que compraba en Tumbuctu, y a veces en el Sudán.
En Fez, en Mezquínez y en Marrakech tenía depósitos de esclavos. Nos
dijo que él proveía al sultán y a los principales magnates del imperio
de esclavas negras para los harenes, que hacía venir del interior de
Africa; negras que eran de una raza especial muy fea para nuestra vista
por sus morros salientes y su nariz chata, pero que a los moros les
parecían huríes de Mahoma.
Añadió que recibía remesas de cuando en cuando de veinte o treinta
niñas, de diez a doce años, en Tafilete, donde tenía un gran depósito,
y, a manera de hospital, que allí apartaba las que tenían lepra, les
curaba a las otras la sarna, las demás enfermedades y los parásitos;
luego, con baños, purgas y frotaciones y mucho alimento, las engordaba
y las ponía lucidas como los cristianos engordan esos animales, que son
la abominación de Jehová y que se llaman, con perdón, cochinos.
Mudaban enteramente de piel y de pelo las negras, y se ponían
relucientes como espejos.
A los catorce años las llevaban al mercado, y acudían los corredores a
comprarlas, procediendo a un reconocimiento escrupuloso antes de cerrar
el trato.
Los compradores las conducían con mucho cuidado a su destino, en una
especie de jaulas, que colocaban en camellos, y muy cubiertas con
toldos para que no les diese el sol, ni las viesen los curiosos.
Este comercio era el más productivo para él; ¡pero había tanto gasto!
En Tumbuctu tenía una factoría exclusivamente destinada para sus
compras.
Era el único comerciante dedicado a este honrado tráfico.
También recibía de Tumbuctu oro en polvo, marfil y plumas de avestruz,
y enviaba, a cambio, telas que compraba a poco precio en las almonedas
de Gibraltar.
Lione me dijo que a los veinticinco años había hecho dos viajes a
Tumbuctu, la lejana ciudad de Africa, atravesando el gran Desierto.
Entonces era Tumbuctu tan misteriosa que algunos dudaban de su
existencia.
Samuel Lione con esa rápida efusión que suelen tener a veces las
gentes que viven aisladas, nos contó sus viajes a Tumbuctu con cierto
énfasis. Nos habló con entusiasmo del Desierto, de las caravanas de
cientos de camellos, que apenas dejan huella en la arena dura; de la
forma del terreno arenoso, siempre igual y siempre distinto, como el
mar; de las angustias al no encontrar los oasis con agua; del tener que
beber a veces la sangre de los camellos... Todas estas dificultades y
penas estaban compensadas, porque en dos o tres viajes se podía uno
enriquecer.
Mientras hablaba Samuel se veía la mezcla del miedo con el deseo de la
ganancia.
Unía cierta elocuencia florida al acento llorón y sibilante.
En medio de toda su blandenguería se notaba que el buen Samuel era un
águila para el comercio y que hubiera vendido hasta a su padre. Luego
Lione nos habló de sus antepasados, que eran españoles, que habían
vivido en Medina del Campo y habían sido expulsados de Castilla en
tiempo de Felipe III. Su apellido verdadero era León, o de León, y al
refugiarse en Francia lo afrancesaron y lo convirtieron en Lione.
Tenía todos los papeles y títulos de pertenencia de la familia y hasta
la llave de la casa de Medina.
Respecto a la pretensión del Niño de Baza, dijo que fuera por allí, y
que ya vería.
Después de cuatro horas de charla me volví a casa de Mesoda.
Al día siguiente pasé de nuevo por el despacho de Samuel Lione, que
me prestó cien duros. Le dije a Borja Tarrius y a Moreno Guerra que
me marchaba a Gibraltar y que les escribiría. Borja Tarrius me indicó
que le habían encargado aquel mismo día de la educación de los hijos
de varios cónsules europeos de Tánger; que ya tenía medios fáciles de
vida, y que preferiría un país templado como aquél que un país frío
como Inglaterra, y que se quedaba definitivamente allá.
Moreno Guerra me dijo que le avisara adónde iba y lo que hacía.
Comimos, charlamos mucho, me despedí de la familia judía, me
acompañaron Borja y Moreno hasta la lancha, y me fuí a Gibraltar.
* * * * *
Después de bastantes años, le vi a Borja Tarrius; me dijo que el Niño
de Baza se había casado con la nieta de Lione y había tenido un hijo
con la Sara. El Niño de Baza, hecho un completo bandido, llegó a ser
hombre de fama en el país, y en una de las expediciones al centro de
Africa le mataron en el Desierto.
Respecto a Sara la roja, se escapó con un inglés rico, y vivía por
entonces en Inglaterra hecha una princesa. Moreno Guerra murió
misteriosamente, poco después de ir a Tánger. Según algunos le
envenenaron en el viaje de Gibraltar a Londres.
ROSA DE ALEJANDRÍA
I.
EL VIAJE A EGIPTO
PUESTO que deseas que siga la narración de mi vida, amigo Pello, dijo
Aviraneta, la seguiré.
A mediados de noviembre de 1823 salí de Tánger y llegué a Gibraltar,
donde me esperaban en el muelle el hijo de la señora Toledano y el
dependiente principal de Benolié, el banquero.
Me llevaron a casa de un judío que me cedió un gabinete muy bonito, y
me dieron una carta de residencia del Estado Mayor de la plaza.
El señor Benolié era hombre rico, banquero de mucha influencia, y vivía
muy en grande en una casa a la inglesa. Me presenté a él, me trató muy
amablemente y me dijo que fuera a su casa cuando me pareciera.
Fuí una vez por cumplir y no volví. Me cansé en seguida de Gibraltar.
Ya no tenía allí amigos. Los liberales españoles se habían marchado.
Aquello me parecía un sitio estrecho, de lo más antipático del mundo.
Un día que estaba en mi gabinete, tendido en el sofá divagando,
apareció el señor Benolié.
--¿Qué le pasa a usted?--me dijo--. ¿Está usted enfermo?
--Sí, algo enfermo debo estar, pero principalmente estoy aburrido; yo
no puedo vivir así. Me he acostumbrado a otra vida.
El señor Benolié quizá creyó que le quería decir que tenía hábitos más
fastuosos, y sonrió suponiendo que era una fanfarronada de español.
--¿Pues cómo ha vivido usted?--me dijo con ironía judaica.
Yo le conté brevemente mis andanzas de guerrillero y de conspirador, y
como vi que le interesaban di detalles y más detalles. El señor Benolié
se quedó tan asombrado, que creo que si le hubiera dicho que yo no era
un hombre, sino un trasgo o un gnomo, no hubiera tenido tanto asombro.
--¡Pero usted ha vivido de esa manera!--exclamó varias veces.
--Sí.
--Es extraordinario. Yo tenía otra idea de los guerrilleros. ¿Y para
qué ha vivido usted así? ¿Ha ganado usted mucho con eso?
--Nada. El poco dinero que tenía lo he perdido.
A Benolié no le cabía esto en la cabeza.
--Con la actividad y la energía que ha desplegado usted inútilmente,
puesta en el comercio se hubiera usted hecho millonario.
Esta observación de judío le parecía a él un argumento irrebatible.
--Sí, es posible--contesté yo--; pero en el comercio no hubiera puesto
tanta energía. Ser rico no me interesa. Yo no necesito mas que el
dinero imprescindible para comer y tener un rincón donde dormir. Esto
se me cae encima. Yo necesito campo, peligros, intrigas para estar bien.
Benolié y yo nos miramos como podrían mirarse un lobo y un castor.