la victoria obtenida en Alba de Tormos y el éxito de la requisa, nada
estaría mejor como dar una corrida en la plaza de la ciudad.
El proyecto levantó un gran entusiasmo en la tropa y en el pueblo; se
pidió permiso al alcalde y al comandante militar, que lo concedieron, y
se comenzaron a hacer preparativos.
El Empecinado y yo salíamos por aquellos días constantemente al campo y
volvíamos de noche. Al saber el proyecto el Empecinado, se incomodó y
dijo que de ningún modo permitiría que se celebrase la corrida.
Era don Juan Martín enemigo acérrimo de los toros; creía que este
espectáculo no sólo no fomentaba el valor, sino que acrecentaba la
indiferencia por los dolores ajenos y la cobardía. Entre los liberales
las ideas de don Gaspar Melchor de Jovellanos sobre las corridas
estaban entonces muy en auge.
Al saber la negativa del general, una comisión formada por militares
y paisanos fué a visitarle a su alojamiento. El Empecinado trató de
disuadirles de que celebraran la corrida; les exhortó, les expuso una
serie de argumentos, pero los paisanos y los soldados quedaron tan
mustios y cariacontecidos, que don Juan Martín, mal de su grado, tuvo
que acceder.
--Bien, haced lo que queráis--terminó diciendo--; pero a mí no me
invitéis, porque no iré de ningún modo, ni por ningún motivo.
La comisión escuchó muy seria las palabras de don Juan Martín, lo que
no fué obstáculo para que a la salida marcharan militares y paisanos
bailando de alegría.
En los días siguientes, el Ayuntamiento, el vecindario y los militares
se dedicaron con gran entusiasmo a cerrar la Plaza Mayor y a construír
gradas dentro de los soportales de la Casa del Consistorio.
Siguiendo las costumbres de la ciudad, antes de celebrarse la corrida
se rifaron los sitios entre las familias que mandaron construír los
tendidos por su cuenta.
Había en nuestra columna un nacional de Madrid, Juan López (el
Ochavito), primer espada de alguna nombradía que había toreado en su
juventud con Pepe-Hillo, y un aficionado llamado Isidro García, el
Buñolero.
Se organizó una cuadrilla completa con espadas, banderilleros y
monosabios. Las señoritas de la ciudad hicieron moñas vistosas con
cintas de sedas de colores y adornaron las banderillas con papeles
rizados.
El domingo, por la mañana, sería la corrida. Habían enarenado la plaza
y señalado las localidades. Estaba acabado el programa. De los cuatro
toros que se iban a torear, los dos últimos serían de muerte; el
primero de éstos, un becerro de tres años, estaría a cargo del teniente
Gotor, y, el segundo, el más fuerte y de más hierbas, lo mataría el
Ochavito.
Estaba así dispuesto el programa, cuando se supo que iba a haber un
número nuevo; pues el Capitán Mala Sombra pensaba salir al ruedo a
mancornar el último toro, el del Ochavito: un toro salamanquino de
mucha alzada y potencia.
Pregunté al Ochavito en qué consistía esto de mancornar.
--El mancornar--me contestó el espada--es una suerte de vaqueros. Un
hombre puede coger (así decía él) un novillo de tres años; pero a un
toro es imposible sujetarlo. Cuando se trata de coger un toro, se le
debe primero capear, haciéndole sufrir todo el destronque posible, y
cuando se nota que ya está sin fuerzas, lo cual se consigue muy pronto
en sabiendo bien sacarle la capa, va uno y le agarra de la cola; el que
mancornea, al pasar el toro junto a él le coge el pitón derecho con la
mano derecha y, con la izquierda, el pitón del otro lado. Entonces,
a fuerza de pulso, se le vuelve al animal la cabeza y se le echa en
tierra.
Después de esta explicación pregunté a Juan de Dios a qué se debía esta
humorada de Mala Sombra, y me dijo el sargento que la causa eran los
celos, porque el teniente Gotor galanteaba a la misma muchacha.
Mala Sombra había buscado la manera de que Pancalieri, el piamontés,
estuviera alojado en casa de su amada, y Pancalieri se había hecho
amigo de la niña y le daba recados de parte de Mala Sombra.
Conté al Empecinado lo que ocurría, y el general me dijo que fuera a
ver a Mala Sombra y le prohibiera rotundamente salir a la plaza bajo
pena de arresto.
Fuimos el Chiquet y yo en busca del Capitán Mala Sombra. Nos dijeron
que vivía en la posada del tío Barrueco, pero allí no estaba; después
tuvimos que preguntar casa por casa en el arrabal de San Francisco y
en el del Río, y, al último, lo encontramos en un verdadero palomar
escribiendo febrilmente.
--Comandante--le dije--, el general ha sabido que piensa usted salir a
la plaza y me envía para que le disuada de ese absurdo proyecto.
--Por qué. ¿No van a salir otros oficiales y soldados?
--Sí; pero la suerte que usted intenta ejecutar es más peligrosa.
--¡Bah! La he hecho otras veces.
--Dicen que quiere usted mancornar al último toro, el que va a matar el
Ochavito.
--Cierto.
--Todos los que entienden de eso dicen que ese toro es de demasiada
alzada y demasiada fuerza para mancornarlo. No haga usted la suerte con
ese toro, sino con otro.
--No, no; con ese.
--Comandante--exclamé--, todo el mundo sabe que es usted un valiente:
su fama de valor está bien cimentada desde hace mucho tiempo. Lo
necesitamos a usted. Es usted necesario para la Patria y para la
Libertad. ¿A qué exponer la vida estúpidamente?
--No puede ser, no puede ser--dijo él--. He dado mi palabra al pueblo.
No puede ser.
Por más argumentos, por más consideraciones que hice, no conseguí nada.
IX.
CONCHITA AGUILAFUENTE
LA decisión de Mala Sombra fué durante algunos días el tema de todas
las conversaciones de Ciudad Rodrigo. Su decisión romántica hacía
mucho efecto. Las mujeres tenían gran curiosidad de conocer al paladín
enamorado. Yo sentía curiosidad de ver a la dama de sus pensamientos, y
me la mostraron. Era Conchita Aguilafuente una muchacha de unos diez y
siete años, morena, pálida, de ojos muy negros y muy grandes. No tenía
muy buena fama; se decía de ella que era muy coqueta. Debía ser un
temperamento ardiente.
Por lo que me dijeron, era de estas mujeres que tienen días en que
se les ve desfallecer, que tan pronto están animadas, con la mirada
brillante, como pálidas y ojerosas; mujeres en que el sexo es como
una llama abrasadora que les consume. Yo la vi cuando iba a misa con
una mantilla negra, que le sentaba maravillosamente; al pasar cerca de
ella el Chiquet y yo le dirigimos unos piropos, y ella nos miró con una
mirada relampagueante.
La madre, que la acompañaba, era una mujer todavía joven: una jamona de
buen ver que producía grandes entusiasmos en la calle.
--El pobre Mala Sombra va a tener que bregar más con esta chica que con
el toro del domingo--le dije yo al Chiquet.
Mi asistente celebró la gracia, porque, como buen catalán, era muy
torero.
Hubiera dado cualquier cosa porque el domingo hubiera estado lloviendo;
pero, por el contrario, amaneció con un sol espléndido.
Ya muy de mañana los aldeanos de los contornos comenzaron a acudir al
pueblo y a ocupar las gradas que se habían instalado en la plaza.
Se hicieron los últimos preparativos, que los dirigió el Buñolero.
Las cigüeñas, que habían llegado a su nido de la torre municipal días
antes, miraban como preguntándose: ¿Qué extraños preparativos serán
éstos?
Después de la misa mayor comenzaron a llenarse los balcones de la
plaza. Había una lucida representación de señoras y señoritas, de
caballeros de negro y de militares de uniforme. Estaba aquello de gran
gala.
El sol era espléndido y los abanicos temblaban en el aire. Yo no quería
presenciar la corrida para hacer causa común con el Empecinado; pero
tenía gran curiosidad de ver lo que hacía Mala Sombra, y también grande
de observar la actitud de Conchita Aguilafuente.
Estuve en el salón de la casa Ayuntamiento, paseándome arriba y abajo,
mientras la gente se asomaba a los miradores abiertos.
Una de las señoras que nos había oído hablar a un teniente y a mí de
Conchita me dijo:
--Ahí está Conchita con su madre y ese italiano que hicieron ustedes
prisionero.
Miré, y, efectivamente, estaba en un segundo piso de la Plaza Mayor, en
la casa de un comerciante, en compañía de su madre y de Pancalieri.
Como yo siempre he tenido una tendencia estratégica, recordé que en
la casa del Ayuntamiento había un depósito de papeles del Archivo que
tenía una ventana que daba muy cerca del balcón donde estaba Conchita.
Le pedí al portero que me abriese la puerta de aquel cuarto.
--No va usted a ver nada, don Eugenio--me dijo él.
--No importa--le contesté--, quiero ver el público.
El portero me abrió y yo pasé adentro.
Me asomé a la ventana. A una corta distancia se veía el balcón en donde
estaban Conchita, su madre y Pancalieri. Se veía además parte del
interior de la habitación, que era una sala de pueblo con un espejo,
una consola y unas sillas de damasco. La Conchita coqueteaba con
Pancalieri de una manera disimulada.
--¡Demonio! ¡Qué descubrimiento!--me dije--. Este granuja de italiano
se la está pegando de una manera ignominiosa al pobre Mala Sombra.
Comenzó la música, y poco después la corrida. De cuando en cuando
sonaba un ¡ah! de emoción que se levantaba en el aire. Era, sin duda,
en el momento en que algún torero estaba expuesto a ser cogido.
Cuando terminó el primer toro fuí al salón y me acerqué a la gente.
Algunas personas, sin duda de nervios fuertes, encontraban que la
corrida tenía pocas emociones y que aquellos becerretes no valía la
pena de torearlos.
Al comenzar de nuevo la brega volví a mi observatorio.
El segundo toro dió poco juego. En el tercero la expectación se
acentuó. Iba a matar el teniente Gotor.
Miré al balcón de Conchita. Ella estaba encendida. Pancalieri, con un
aspecto cínico y sonriente. Ella aprovechaba las ocasiones de frotarse
con él, y se estrechaban las manos sin que la madre les viera.
A veces ella entraba en la sala y se besaban, y estaban largo rato con
los labios unidos. El forcejeaba con ella, y ella se escapaba de sus
brazos y volvía a salir al balcón encendida y con un aire compungido.
La faena del teniente Gotor debió de ser brillante, a juzgar por la
tempestad de aplausos y de bravos que estalló en la plaza.
Concluyó el tercer toro y salí de mi cuartucho. En el intermedio
Conchita y Pancalieri, comprendiendo que la curiosidad del público se
desviaba de la plaza para explorar los balcones, se separaron uno de
otro y tomaron un aire de indiferencia.
Cuando comenzó el último toro, el Chiquet me agarró del brazo y me dijo:
--Venga usted, mi teniente.
Como tenía gran curiosidad me dejé llevar. Hubiera dado cualquier cosa
porque la fiesta hubiese terminado. El último toro era grande, negro,
con una cornamenta larga y afilada. Perseguía furioso a quien se ponía
frente a él. El público vociferaba entusiasmado; los toreros apenas se
atrevían a acercarse al animal. Únicamente el Ochavito y el Buñolero se
plantaban delante y le daban recortes con la capa. A fuerza de estos
lances el animal pareció cansarse, y en un momento que se paró el
Buñolero le agarró de la cola.
Entonces se vió a Mala Sombra que avanzaba con el Ochavito,
acercándose al toro. En un momento se agarró con presteza a las astas,
cuadrándose de pechos ante la fiera. El hombre y el toro quedaron
inmóviles; el hombre empujó la cabeza del animal por las puntas, la
bestia alzó el hocico, y entonces el hombre metió el hombro por debajo
de la barba del animal, y de un empujón lo tumbó al suelo, le puso el
pie en el hocico y lo sujetó así.
Hubo una tempestad de aplausos. El Capitán Mala Sombra miró entonces
al sitio donde estaba su amada. ¿Qué vió? No sé. Quizá comprendió
rápidamente lo que pasaba entre Conchita y Pancalieri; el caso fué
que el capitán soltó el pie, el toro se levantó de improviso, dió un
topetazo con el cuerno en mitad del pecho al capitán y pasó por encima
de él.
Después se vió al capitán erguirse un momento echando sangre a
borbotones por la boca, y luego caer desplomado.
Hubo un momento de pánico entre los toreros.
El público aúllaba como una mujer loca, y salía de él un largo y enorme
alarido. Algunos querían escapar, pero la mayoría estaba anhelante de
angustia, de curiosidad y de pasión.
--¡Calma!, ¡calma!--dijo el Ochavito.
--Esperaos, que ahora viene lo bueno--gritó el Buñolero, como si el
espectáculo de la muerte no le afectase lo más mínimo.
El Ochavito y el Buñolero metieron sus capotes y jugaron con el toro,
mientras dos alguaciles recogían el muerto.
Algunos pidieron a gritos a la presidencia que terminara la corrida y
retiraran al toro, pero esto no era fácil, ni mucho menos.
--Dejadlo--dijo el Ochavito--, yo lo mataré.
El Ochavito y el Buñolero fueron llevando al toro hasta un ángulo de
la plaza. El Ochavito dió unos pases de muleta mientras el Buñolero le
ayudaba con el capote.
--Échale un poco más allá--decía el Ochavito--. Bueno, bueno; ya está.
Después de algunos vanos intentos, cuando le tuvo a su gusto el
Ochavito, se cuadró, y de una estocada como un rayo dejó al toro muerto.
El Buñolero se acercó con una bayoneta en la mano y le dió la puntilla.
La gente, olvidada ya del capitán, comenzó a aplaudir y a gritar.
El público fué despejando la plaza; marchaban las mujeres llevando
lágrimas en los ojos.
Conchita y Pancalieri se habían retirado del balcón. Me acerqué yo al
sitio donde había muerto Mala Sombra, y en este momento vi salir a
Conchita con su madre. Tenía una palidez de espectro, los ojos rojos,
como de haber llorado, y la boca con un rictus de amargura.
X.
PANCALIERI
EN la casa del Capitán Mala Sombra estaba expuesto su cadáver.
Había llegado su madre, una vieja campesina de un pueblo próximo, y
lloraba rodeada de las mujeres de la vecindad.
Estuvimos allí todos los oficiales de la guarnición, comenzando por
el Empecinado; se encontraban también los dos italianos, Corti y
Pancalieri. Pancalieri estaba triste y cariacontecido.
--¡Qué _folia_!--me dijo--. Este hombre se ha matado.
--Sí; mientras usted abrazaba a su novia él se ha matado por ella--le
dije yo, en voz baja.
--_¡Ma ché!_ No. Sería demasiado idiota.
--Pues no le quepa a usted duda. Los que le han visto de frente me han
dicho que al levantar la mirada al balcón donde estaban ustedes se le
demudó el rostro, y entonces dejó de sostener la cabeza del toro y se
dejó matar.
--¡Ah _povero_! ¿Pero usted cree que se habrá matado por ella?
--Sí.
--¿Por la _signorina_ Conchita?
--Sí.
--¡Oh, no! _¡Maché!_ ¡Qué _folia_! _Questa signorina_ está bien para
pasar el rato _ma_ nada más.
--Amigo--le dije yo--, esa muchacha que para usted no sirve mas que
para pasar el rato, para este pobre hombre, era toda la vida...
Y mientras decía esto, la mirada de Mala Sombra, terrible y trágica,
parecía confirmar mis palabras.
XI.
FINAL
HABÍA concluído de hablar Aviraneta, y repantigado en la butaca miraba
el humo de su cigarro, que se elevaba en volutas en el aire.
--¿Y qué fué de la Conchita?--dije yo.
--Me dijeron muchos años después que se había casado.
--¿Con Pancalieri?
--No.
--Quizá con Gotor, el rival de Mala Sombra.
--Tampoco. Se casó con un propietario rico de Zamora.
--¿Y no tenía nada que ver con Pancalieri?
--No sé. El que me habló de ella aseguraba que el hijo primero de
Conchita era el vivo retrato del italiano. Es posible que fuera
verdad, es posible que no. Vete a saber...
* * * * *
--Es usted admirable, don Eugenio--le dije--todavía le quedan a usted
historias en el zurrón.
--Qué quieres. Los hombres de mi tiempo no leíamos tantas novelas como
los de ahora. Buenas o malas, las hacíamos en la vida.
Y Aviraneta se levantó, se frotó las manos y comenzó a pasearse por mi
despacho, mirándolo todo con su aire perspicaz y agudo de fuina.
Madrid, marzo, 1917.
EL NIÑO DE BAZA
OTRO día paseábamos por el Retiro Aviraneta y yo, y hablábamos de los
prestigios políticos de nuestro país, cuando don Eugenio me dijo:
Varias veces me he asombrado yo, al leer en las historias que se
publican de mi tiempo, cómo muchos hombres de talento y de energía han
quedado obscurecidos, y cómo, en cambio, otros, vulgares y adocenados,
han tenido el relieve de primeras figuras. Yo, jamás hubiera pensado,
por ejemplo, que mi amigo don Bernardo Borja Tarrius fuera hombre
que pasara por la vida sin dejar el menor rastro, ni el más pequeño
recuerdo.
Borja Tarrius era para mí, al menos, un sabio. Conocía seis o siete
idiomas a la perfección; tenía una memoria prodigiosa; había viajado
mucho y leído más. Era una enciclopedia viviente. Como muchos hombres
del tiempo, sentía una gran inclinación por la economía política,
y estaba afiliado a la escuela de Jeremías Bentham. Vivía de dar
lecciones, porque, a pesar de su talento, no encontró nunca protección
oficial.
A Borja Tarrius le conocí la primera vez en Madrid, en una logia, antes
del movimiento de Riego de 1820. Su inteligencia y su sensatez eran
reconocidas por todo el mundo.
Por esta época, Borja Tarrius y don José María de Larreategui, que era
el comisario de Guerra de la división del Empecinado, me llevaron a
casa del brigadier Palarea para ver si nos poníamos de acuerdo en el
movimiento revolucionario.
No llegamos a nada en esta conferencia.
Tres o cuatro años más tarde encontré a Borja en Gibraltar. Llegaba yo
a esta plaza huyendo de Algeciras, como te he contado, y me metí en una
posada, en donde se comía mal y se dormía en el suelo, pues no había
camas.
En esta posada se encontraban don Bernardo Borja Tarrius y el diputado
por Córdoba don José Moreno Guerra. Al verme, me acogieron los dos
con amabilidad y formamos un grupo para comer. Era difícil ver
juntos dos tipos tan diferentes como Borja y Moreno. Los dos tenían
aproximadamente la misma edad, de cuarenta a cincuenta años. Borja
Tarrius era un hombre grueso, rubio, pacífico, calvo y con patillas;
Moreno Guerra, alto, huesudo, cetrino, con un hablar gutural; Borja
Tarrius tenía el aire de un holandés flemático; Moreno Guerra era un
moro.
En sus ideas se notaba una parecida divergencia. Borja se mostraba
siempre equilibrado, siempre sereno, como la sensatez personificada;
Moreno Guerra se caracterizaba por sus extravagancias. Era este hombre
de sorpresas, osado, y al mismo tiempo cobarde, inteligente, y al poco
rato, necio, amable y sin transición soez. Asiduo lector de Maquiavelo,
de los libros del famoso florentín quería sacar consejos para la
práctica política española. Entre sus muchos proyectos absurdos, Moreno
Guerra había tenido la idea de hacer de Cádiz una ciudad republicana
independiente, a estilo de Hamburgo y Brema.
Reunido con Moreno Guerra y Borja Tarrius, iba pasando mal que bien
el tiempo en la posada gibraltareña, cuando un día, instigados por el
diputado andaluz, que estaba enfermo del hígado, salimos él, Borja y yo
a respirar el aire libre. Hacía un calor sofocante. Al cuarto de hora
de nuestro paseo se nos presentaron tres policías y nos pidieron la
boleta de residencia.
No la teníamos y tuvimos que confesarlo.
--Bueno, vengan ustedes--nos dijo el jefe de los policías. Les
seguimos, nos llevaron al muelle y nos dejaron allí como si quisieran
dedicarnos a la contemplación y al estudio de la bahía de Algeciras.
Había en el muelle grupos de españoles que se lamentaban porque no
tenían qué comer ni qué beber. El sol daba de plano, y el calor era
insufrible.
Los marineros de los barcos mercantes del puerto trajeron baldes de
agua para aplacar la sed de la gente; pero no bastaba el agua que
acarreaban para tantos.
Llegó la noche y refrescó mucho. Yo no quería dormirme, por miedo a
enfriarme, y me senté sobre una estera y apoyé la espalda en un cañón
empotrado en el suelo, que servía para amarrar los cables. Encendí
un cigarro y me puse a reflexionar mientras contemplaba las luces de
Algeciras.
--¿Qué voy a hacer?--pensé--. Mucha de esta gente quiere ir a
Inglaterra; pero van a andar muy mal; aquí habrá que esperar el
barco...; luego, allá, hasta que se pueda vivir, se tardará un tanto;
la cuestión sería ir a un sitio próximo y esperar una semana o dos
hasta que esto se desocupara...
Estaba discurriendo así, cuando oí a mi lado hablar de Tánger en voz
baja.
--¡Tánger! Esta sería una solución--me dije a mí mismo, y decidí ir
a la ciudad africana. Pensé todas las eventualidades posibles y me
pareció la mejor la de Tánger.
Amaneció, y vi en el muelle solos a Borja Tarrius, a Moreno Guerra y a
dos hombres que no conocía; uno de ellos, el más joven, con uniforme de
miliciano nacional.
La demás gente se había metido en los buques mercantes que había en el
puerto y en un barracón del muelle.
Les dije a Borja Tarrius y a Moreno Guerra lo que había pensado.
--¿No sería mejor ir a Marsella o a Londres?--me preguntó Moreno Guerra.
--¡Ah, si se encontrara barco en seguida, sí!; pero como puede suceder
muy bien que no se encuentre barco y haya que pasarse cinco o seis días
aquí en el muelle, yo prefiero ir a Tánger y esperar allí.
--Es verdad, tiene usted razón--dijo Borja Tarrius--. Es una idea buena.
--Así, ¿qué les parece a ustedes la idea, aceptable?
--Sí, sí.
--Bueno, pues yo voy a ver si encuentro una lancha.
Me entendí con un patrón inglés, que me pidió diez duros por el pasaje,
y me volví al sitio de los amigos. Estos me dijeron que venían con
nosotros el miliciano nacional y su padre, que había pasado la noche en
el muelle a nuestro lado.
--Bueno--dije yo--. Está bien. ¿Usted les conoce?--le pregunté a Moreno
Guerra.
--Sí.
--¿Quiénes son? El viejo parece gitano.
--Lo es. Son de Baza, padre e hijo. Al padre le llaman el _Esquilaor_,
y al hijo, el Niño de Baza. El padre va convencido de que su hijo
va a hacer mucha suerte en Africa, porque tiene una piedra imán la
_bar lachí_, como dicen ellos. La historia de estos es curiosa. El
_Esquilaor_, que ha sido un buen mozo, le hizo un chico a una muchacha
de Baza, y ella no se quiso casar con él.
--¡Qué extraño! ¡Ella!
--Sí, ella dijo que no, que no se casaba, que él quería vivir a su
costa, y que no. Y así está en la casa el _Esquilaor_ como criado.
--¿Y el Niño de Baza es el hijo?
--Sí, un chico mimado, voluntarioso. Ha sido estudiante de cura.
Les observé con atención.
El padre era un hombre muy flaco, muy negro, con los ojos verdes,
obscuros; el hijo era muy parecido al padre, con un gran fulgor en la
mirada.
Bajamos los cinco por la escalera del muelle a la lancha, y nos fuimos
acomodando.
Antes de salir le dije yo a Borja Tarrius:
--Somos seis con el patrón. Como es posible que nos encontremos con
algún barco en el Estrecho que quiera detenernos, lo mejor es que en
esta corta travesía mande uno solo. Las vacilaciones son lo peor en
estos casos. ¿Quiere usted mandar como jefe de nuestra barca, Borja?
--No, no, Aviraneta. Mande usted.
--Sí, mande usted--dijo Moreno Guerra.
--Bueno.
Se lo advertí al patrón, y éste dijo que estaba bien, y añadió que la
medida era muy prudente, porque en el mar no había que andarse con
dudas sino decidir las cosas pronto.
Salimos, se largó la vela, fuimos pasando por delante de la ciudad de
Algeciras y de la isla Verde, hasta divisar la costa de Africa.
El día estaba espléndido.
El Niño de Baza, al poco rato de salir, escogió el mejor sitio y se
tendió. Estorbaba un poco para la maniobra.
--¡Eh, tú!--le dije yo.
--¿Qué hay?
--Estás estorbando. Aquí no se duerme.
--Ez que mi niño, zabe uzté, ze marea...--dijo el padre.
--No ha tenido tiempo de marearse; que se ponga como todo el mundo y
esté atento, por si se le tiene que mandar algo.
--¿Y uzté por qué me tiene que mandá a mi?--dijo el gitanillo.
--Porque sí; aquí mando yo, y, si no estás conforme, ahora mismo
tocaremos en tierra y te dejaremos en ella, si es que no te pego un
puntapié y te tiro al mar.
Hubo un fulgor en los ojos del Niño de Baza.
El viejo gitano comenzó a hacerme reflexiones y a adularme, con la
clásica desvergüenza de la raza. Moreno Guerra celebraba sus frases y
le contestaba algo en caló.
En cinco horas llegamos frente a Tánger y se detuvo la lancha. Unas
cuantas barcas y botecillos se nos acercaron con moros y cristianos,
vestidos con harapos de colores, y se puso toda aquella gente a hablar
y a chillar en una algarabía infernal. En esto nos atracó una lancha,
con dos remeros negros y tres moros limpios, y uno de ellos nos
preguntó en chapurrado:
--¿Qué son ustedes?
--Españoles.
--¿De dónde vienen?
--De Gibraltar.
--¿Traen ustedes pasaporte?
--No.
--Pues no pueden ustedes entrar.
--¿No se podría avisar al cónsul de España?
--¿Qué quiere usted avisarle?
--Que aquí hay un diputado español, que viene fugitivo, que quisiera
entrar en Tánger, y un médico.
--¡Tebib! ¡Tebib!--dijeron los moros.