Nota del Transcriptor:
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PIO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
_El aprendiz de conspirador._
_El escuadrón del Brigante._
_Los caminos del mundo._
_Con la pluma y con el sable._
_Los recursos de la astucia._
_La ruta del aventurero._
_Los contrastes de la vida._
_La veleta de Gastizar._
_Los caudillos de 1830._
_La Isabelina._
OBRAS DE PIO BAROJA
Vidas sombrías.
Idilios vascos.
El tablado de Arlequín.
Nuevo tablado de Arlequín.
Juventud, egolatría.
Idilios y fantasías.
Las horas solitarias.
Momentum Catastrophicum.
La Caverna del Humorismo.
Divagaciones sobre la Cultura.
LAS TRILOGÍAS
TIERRA VASCA
La casa de Aizgorri.
El Mayorazgo de Labraz.
Zalacaín, el aventurero.
LA VIDA FANTÁSTICA
Camino de perfección.
Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox.
Paradox, rey.
LA RAZA
La dama errante.
La ciudad de la niebla.
El árbol de la ciencia.
LA LUCHA POR LA VIDA
La busca.
Mala hierba.
Aurora roja.
EL PASADO
La feria de los discretos.
Los últimos románticos.
Las tragedias grotescas.
LAS CIUDADES
César o nada.
El mundo es ansí.
EL MAR
Las inquietudes de Shanti Andía.
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
El aprendiz de conspirador.
El escuadrón del Brigante.
Los caminos del mundo.
Con la pluma y con el sable.
Los recursos de la astucia.
La ruta del aventurero.
La veleta de Gastizar.
Los caudillos de 1830.
La Isabelina.
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
Los contrastes de la vida.
ES PROPIEDAD
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PARA TODOS LOS PAÍSES
COPYRIGHT BY
RAFAEL CARO RAGGIO
1920
Establecimiento tipográfico
de Rafael Caro Raggio.
PIO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LOS CONTRASTES
DE LA VIDA
[Ilustración]
RAFAEL CARO RAGGIO
EDITOR
MENDIZÁBAL, 34
MADRID
EL CAPITÁN MALA SOMBRA
I
OTRA HISTORIA DE AVIRANETA
UN día de fiesta por la tarde estaba en mi casa de la cuesta de Santo
Domingo leyendo. Mi mujer había salido con una amiga suya a pasear en
coche por la Moncloa, y yo pensaba dedicarme a la lectura de Balzac,
autor que siempre me ha divertido mucho y a quien debo momentos
agradabilísimos. Había dado la orden categórica a Bautista, mi ayuda
de cámara, de que no estaba para nadie, y me encontraba muy a gusto al
lado de la estufa cuando oí que llamaban a la puerta. Escuché pensando
quién podría ser el inoportuno visitante. No esperaba a nadie. Supuse
que Bautista cumpliría mis órdenes, pero noté que el recién llegado
avanzaba por el corredor.
Al levantarse la cortina de mi despacho miré a Bautista furibundamente,
y éste, antes de que le reprochara nada, me dijo:
--Es don Eugenio.
--¡Ah!, que pase en seguida.
Hacía ya tiempo que no veía a mi viejo amigo Aviraneta. Esto pasaba
meses después de la revolución del 54. Don Eugenio por aquella época,
como yo y otros amigos particulares de María Cristina, habíamos tenido
que escondernos huyendo de la quema hasta que se restableció la
normalidad. Aviraneta volvía de San Sebastián. Estaba, según me dijo,
dispuesto a no intervenir ya en la política.
Entró don Eugenio en mi despacho; nos abrazamos efusivamente y se sentó
en una butaca que le ofrecí.
Me preguntó por mi mujer y por todos los amigos comunes de la corte;
dijo que había pasado la mañana con Istúriz, que, incomodado por la
marcha de los acontecimientos, ya no quería salir a la calle, ni hablar
con nadie. Don Eugenio pensaba dedicarme la tarde. Me contó que iba a
tomar una casita en la calle del Barco y a vivir allí en la obscuridad,
como un buen militar retirado, con su Josefina. Después de charlar
largo rato miró y remiró el libro que tenía yo sobre la mesita al lado
de la poltrona.
--¿Qué estás leyendo?--me preguntó.
--Estoy leyendo a Balzac. Ahora voy en los _Secretos de la Princesa de
Cadignan_.
--Carignan--corrigió Aviraneta.
--No, Cadignan.
--El título verdadero de los príncipes es Carignan.
--Sí; pero aquí no se trata del título verdadero. Esta princesa de que
se habla en la novela no es un personaje histórico. Yo no sé si hay en
la realidad una familia de Carignan.
--La hay.
--Bien; pero este libro no se refiere a ella.
--Sí; quizá sea una modificación novelesca.
--¿Y por qué le ha chocado a usted esto? ¿Ha conocido usted algún
Carignan?
--No; pero este título me recuerda una historia ya lejana... de 1823.
--¿Una historia? A contarla, don Eugenio. Ya sabe usted que soy su
historiador. No cedo mi plaza a nadie.
--¿Te he contado alguna vez la historia del capitán Mala Sombra?
--No.
--Me he acordado de ella porque tiene alguna relación lejana con un
príncipe de Carignan. Ya que tú no tienes nada que hacer y yo tampoco,
y nuestras mujeres respectivas están de paseo, di a tu criado que me
traiga una copa de coñac _Fine Champagne_ del excelente que guardas, y
un tabaco de La Habana, y charlaremos.
Llamé a Bautista, bebimos nuestras copas, encendimos los habanos y nos
arrellanamos en nuestros sillones.
II.
MORILLO Y EL EMPECINADO
YA te he contado, mi querido Pello--comenzó diciendo Aviraneta--, cómo
a final de abril de 1823 llegué yo a Valladolid en compañía de mis
amigos el Lobo y Diamante.
Al reunirme con el Empecinado hice por orden suya un llamamiento a
los patriotas de Castilla la Vieja y a la Milicia nacional. Fueron
acudiendo en grupos, y uno a uno, los milicianos de Valladolid, los de
los pueblos de los alrededores y los de Toro, Medina, etc. Se comenzó a
organizarlos y armarlos de la mejor manera posible.
Nos encontrábamos dedicados a este trabajo, cuando llegó a la ciudad
del Pisuerga don Pablo Morillo, conde de Cartagena, nombrado días
antes, por el Gobierno, general en jefe del ejército de Galicia.
Traía Morillo unos mil hombres, con una oficialidad numerosa y un
brillante Estado Mayor.
Como entonces y como ahora todo el mundo se creía en España con derecho
a mandar y a tener iniciativas, la Asamblea de los Comuneros de
Valladolid, Torre o Fortaleza, como se decía entre ellos en su jerga,
llamó al Empecinado, que era de los suyos, y le confirió la misión de
que se avistara con Morillo y le hablara para inclinarle el ánimo a que
no abandonase la ciudad marchándose a Galicia.
Naturalmente, hubiera sido de mayor conveniencia para nosotros los
liberales, en peligro ante la invasión francesa, reúnir las tropas
en un punto que no desperdigarlas, pero no todos pensaban lo mismo.
Había muchos políticos y militares que tenían interés en que la guerra
se acabara cuanto antes con la derrota de las fuerzas del Gobierno
Constitucional. Al Empecinado no le hizo mucha gracia el encargo de la
confederación de Comuneros; pero como Gran Castellano de esta Sociedad
(así se llamaban los jefes de ella), no tuvo más remedio que aceptar la
comisión.
Don Juan Martín se dispuso a cumplir el encargo y a visitar al conde de
Cartagena, llevándome a mí de asesor. Hablamos los dos de esta misión
considerándola como de un éxito muy problemático.
Salimos del alojamiento del Empecinado una tarde, después de comer, y
nos dirigimos a la Capitanía general.
Yo iba de uniforme; don Juan, de paisano, con una capa parda que le
llegaba hasta los talones y un sombrero redondo envuelto en una funda
de hule.
Llegamos a la Capitanía, entramos en el portal y nos detuvo el
centinela. Asomóse un teniente de guardia y yo le dije:
--El general Empecinado y su ayudante, que vienen a visitar al señor
conde de Cartagena.
El oficial nos hizo el saludo militar, y don Juan Martín y yo subimos
hasta el primer piso. Nos anunciamos y nos hicieron pasar a un salón.
Morillo, acostumbrado al fausto de los virreyes de América, lo llevaba
con él, allí por donde iba.
Estaba el general sentado en un trono, vestido de uniforme; llevaba
bordados por todas partes y parecía un ídolo de oro. Sus ojos, negros
como cuentas de azabache, brillaban en su cara de carrillos abultados;
su gruesa cabeza entrecana se erguía con orgullo, y sus manos, tostadas
por el sol, aparecían por entre los encajes de las mangas y se apoyaban
en los brazos del sillón.
Alrededor del general, formando un semicírculo, se agrupaba su Estado
Mayor, una veintena de oficiales peripuestos y elegantísimos, con los
uniformes llenos de galones y los tricornios de plumas.
Al entrar nosotros en la sala hubo un gran movimiento de curiosidad.
--Este es el Empecinado--dijo alguno.
--Si es verdad, ¡qué tipo!
--¡Qué tosco!--exclamó uno de los oficiales.
--Parece un gañán--dijo otro.
Morillo, al vernos, se levantó de su sitial y estrechó la mano a don
Juan.
--¿Cómo estás, Martín?--preguntó.
--Bien; ¿y tú, Morillo?
--Bien.
Morillo habló a su ayudante y le ordenó que despidiera a todo el mundo
y se quedara sólo él.
Los oficiales se inclinaron ante el capitán general y salieron.
Morillo, señalando una silla, dijo al Empecinado:
--Siéntate.
--No, estoy bien.
--Bueno, me sentaré yo. Habla. ¿Qué quieres?
--Morillo--dijo el Empecinado, con la nobleza natural que le
caracterizaba, haciendo largas pausas en su discurso--. Somos los dos
españoles, y españoles del pueblo...
--Cierto.
--Somos constitucionales y amamos la libertad... Hoy, Morillo, estamos
amenazados de una invasión de los franceses, que quieren restablecer
el rey absoluto... Nosotros, que combatimos en la guerra de la
Independencia a esos mismos franceses... podemos de nuevo levantar
la bandera de la libertad en esta tierra..., sublevando los pueblos
y organizando batallones y escuadrones... Castilla espera todo de
ti, general; también espera mucho de mí... Porque yo, aunque no poseo
conocimientos, tengo un corazón que arde... y sabré dar toda mi sangre
por la patria.
--Lo sé--dijo Morillo.
--Pues bien, Morillo, los patriotas de Valladolid me han comisionado...
para que me vea contigo y te ruegue que te quedes entre nosotros y no
vayas a Galicia... El dividir tanto las fuerzas ante el enemigo es
peligroso... Los patriotas de esta ciudad han pensado formar una Junta
para ponerte al frente del movimiento... declarando guerra a muerte a
los franceses y a los nuevos afrancesados... Si aceptas, si encuentras
bien la idea, te proclamarán general en jefe y presidente de la Junta;
yo seré tu segundo y mandaré la caballería. Es la proposición que te
hago en nombre de los liberales de Valladolid. Ahora... el pueblo de
Castilla espera tu respuesta.
Morillo estuvo un instante con la gruesa cabeza apoyada en la mano
derecha; después, levantándose e irguiéndose rígido, gritó con voz
clara y metálica:
--Empecinado, si fueras otro, inmediatamente te mandaría fusilar.
--Estoy en tus manos.
--Eres y serás un hombre de corazón, valiente, esforzado, pero cándido
y terco. ¿No comprendes que las circunstancias de hoy son diferentes
a las de la guerra de la Independencia? ¿Qué español estaba entonces
contra nosotros? Nadie. Hoy lo están todos los realistas, que son más,
mucho más de la mitad de la nación. ¿Vas a declarar la guerra a muerte
y sin cuartel? Locura. ¿Quién te seguirá?
--El pueblo.
--¡Qué ilusión! Tendrías que hacer la guerra a España entera. Estáis
empeñados en creer que todo se puede arreglar con la Constitución de
Cádiz. Tus consejeros te engañan, Empecinado.
Morillo, al decir esto, me miró a mí con aire desdeñoso.
--Creo que no--contestó don Juan Martín.
--Está bien. No discutamos--siguió diciendo el general, con voz
imperiosa--. Yo, como militar, no tengo más obligación que la de
defender al rey nuestro señor. Cumpliendo sus órdenes, refrendadas por
su firma, mañana saldré para Galicia con el general Wall, que está
presente. Yo no puedo aceptar la presidencia de una Junta facciosa,
ni el mando de un ejército popular, ni mucho menos el declararme en
rebeldía contra la sagrada persona de Fernando VII, que Dios guarde.
--Está bien--dijo el Empecinado--; vamos, Eugenio.
Don Juan Martín se arregló la capa con un movimiento suyo de labriego,
que me hacía pensar en el alcalde de Zalamea, y, sin saludar a Morillo,
salimos los dos de la sala, dejando al general en su sillón, brillante
de galones, como un ídolo de oro.
Bajamos las escaleras y salimos a la calle.
--Este es otro O'Donnell; otro Montijo--exclamó don Juan Martín--. Se
apoyan en el pueblo mientras les conviene, entonces no piensan en la
sagrada persona del monarca. ¡Canallas!
--Con estos generales la causa de la Constitución está perdida--dije yo.
--No, todavía no. Nosotros lucharemos con toda nuestra alma. No hemos
de dejar que se pierda la libertad que tantos esfuerzos nos ha costado
conseguir. No. ¡Por Dios, que no!
Volvimos a casa.
Al día siguiente, el general don Pablo Morillo, conde de Cartagena,
salía de Valladolid, por la mañana, en dirección de Galicia. Toda la
tropa que había en la ciudad se llevó consigo. Entre ellas, un batallón
de nacionales de las Provincias Vascongadas, comprometido a venir con
nosotros, y la escolta que el Empecinado había sacado de la Corte.
Algunos masones y comuneros intentaron influir la noche anterior de
la salida con los oficiales de Morillo para que no le siguieran, pero
no obtuvieron el menor resultado, porque casi toda la oficialidad del
conde de Cartagena estaba formada por absolutistas.
III.
EL CHIQUET
SEGUIMOS el Empecinado y yo en nuestros trabajos de reorganización de
la Milicia nacional de Valladolid y de los pueblos de la provincia.
Tenía yo por entonces una novia que vivía en la acera de San Francisco,
hija de un comerciante en telas, y mi asistente cortejaba a la
criada. Solíamos ir de noche y nadie nos molestaba al pelar la pava,
porque estaba prohibido a los paisanos salir de noche sin farol, y
los militares se hallaban acuartelados. Mi asistente era un muchacho
catalán de una gran actividad y de una gran energía; le llamábamos de
apodo el Chiquet y solíamos celebrar su manera de hablar enrevesada y
su acento cerrado.
Después de 1823 lo perdí de vista, y lo volví a encontrar en
Barcelona, al cabo de quince años, en el batallón de la Blusa, que
estaba formado por liberales radicales.
Al Chiquet le habíamos capturado el Empecinado y yo en el Burgo de Osma
en la campaña que hicimos contra Bessieres, cuando íbamos de vanguardia
con el conde de la Bisbal, porque el Chiquet había militado en las
filas realistas.
Un día, al acercarnos al Burgo de Osma, don Juan Martín mandó al
comandante de sus fuerzas de caballería, que era el coronel Hore,
hiciese alto y dejara descansar a la tropa y a los caballos un momento
y siguiese después al paso. Don Juan, sin más compañía que la mía y la
de cuatro soldados, quiso entrar en el pueblo de una manera sigilosa,
con el objeto de inspeccionarlo.
Avanzamos los seis al trote y llegamos a tiro de fusil de la ciudad.
Pusimos los caballos al paso. Estaba la noche obscura, lluviosa y fría.
Ibamos marchando sin meter ruido cuando el Empecinado advirtió una luz
en una casa del arrabal.
--Chico--me dijo--, ¿qué te apuestas a que en aquella casa hay
facciosos?
--Es posible--repliqué yo.
--Echad todos pie a tierra--mandó él--, atad los caballos a estos
árboles y adelante. Vamos a ver qué nos espera ahí.
Nos apeamos y atamos los caballos. Cogieron los soldados sus carabinas
y echamos a andar. Cruzando unas huertas entramos en una callejuela. No
se veía un alma por aquellos andurriales; la lluvia caía mansamente; se
oía el silbido del viento y el ladrido lejano de algún perro. Seguimos
tras de la luz, que era nuestro faro, y llegamos a la casa iluminada;
era ésta grande, vieja, con entramado de madera. La puerta estaba
cerrada. El Empecinado tocó con suavidad el llamador y esperó.
Bajó una vieja haraposa con un candil encendido en la mano y abrió la
puerta. El Empecinado la impuso silencio y le dijo en voz baja que le
llevara al primer piso.
--¿Quiénes están?--preguntó luego.
--Hay treinta catalanes que han venido con el general Bessieres y que
están cenando.
--Bueno, vamos arriba.
El Empecinado cogió el candil de la mano de la vieja, que estaba
temblando de miedo, y comenzó a subir la escalera alumbrándose con él.
Los cuatro soldados y yo marchamos detrás. Don Juan iba embozado en
su capa. Al llegar a la puerta de la cocina, grande, negra, iluminada
por un velón y por las llamas del hogar, vimos a treinta hombres que
estaban alrededor de la mesa.
El Empecinado se desembozó mostrando su uniforme, y dijo:
--Aquí tenim al general Empecinado que ve a sopar am vosaltres. Tots
soms espanyols; y vosotros--añadió en castellano dirigiéndose a los
soldados y a mí--sentaos. Estamos entre amigos.
El Empecinado se sentó, llenó una escudilla de arroz y se hizo servir
por la moza un vaso de vino.
Los catalanes estaban atónitos. Al cabo de algún tiempo, el Empecinado,
levantando el vaso, exclamó:
--¡Catalans, per la salut de nostre rey y per la felicitat de España!
Entonces el sargento que mandaba el grupo de realistas llenó su vaso y
respondió en castellano:
--Por la salud del que desde hoy en adelante será nuestro general.
¡Viva el Empecinado!
--¡Viva!--gritaron los demás.
Nos dimos la mano todos en señal de fraternidad y se acordó que los
catalanes se incorporaran a nuestra fuerza.
Su asombro fué grande cuando vieron que únicamente los seis habíamos
entrado en la casa, y que en la calle no había retén ni guardia alguna.
--Es un valiente--se les oía decir a unos y a otros.
El sargento preguntó a don Juan Martín cómo sabía el catalán, y el
Empecinado dijo que lo sabía desde la época de la guerra del Rosellón,
en donde había sido soldado de caballería y ordenanza del general
Ricardos.
Casi todos estos catalanes que capturamos en el Burgo de Osma habían
sido sacados de sus casas por Jorge Bessieres en su expedición contra
Madrid. Después algunos cambiaron de Cuerpo, y sólo tres o cuatro
quedaron en la caballería del Empecinado, entre ellos el Chiquet, a
quien yo tomé de ordenanza.
El Chiquet tenía un gran espíritu de empresa, era muchacho ágil, listo
y atrevido. Lo único que no pudo aprender jamás, por más esfuerzos
que hizo, fué hablar bien el castellano. El Chiquet había sido amigo
y compañero de Bessieres y había trabajado con él en una fábrica de
tejidos en Ripoll. El Chiquet conocía la vida de Bessieres desde que
éste había sido criado del general Duhesme hasta que se presentó a
la regencia de Urgel. Sentía por el cabecilla realista y antiguo
revolucionario una gran admiración mezclada con un gran desprecio.
Nos contaba cómo solía ir Bessieres lleno de bordados, cómo solía
adornarse con la primera banda de color que encontraba o que robaba en
cualquier parte, muchas veces en las iglesias, y que luego decía que
era una distinción que le había otorgado el rey tal o la princesa cuál.
El Chiquet nos contó la ceremonia que se había verificado en la iglesia
de Mequinenza bendiciendo y besando una bandera realista, que era una
colcha de damasco, que habían robado entre Bessieres, Portas y él en
una casa de Fraga.
Bessieres, al parecer, era un reclamista formidable. El mismo hacía
correr la voz de que era masón y de que era jesuíta, para hacerse el
interesante.
El Chiquet, cuando entró en nuestras filas, se hizo amigo íntimo de un
sargento de lanceros que le llamaban Juan de Dios. Este Juan de Dios,
por lo que decían, era expósito. Juan de Dios y el Chiquet eran rivales
en lances de amor y de fortuna. Habían hecho los dos una porción de
calaveradas, que les habían dado gran fama entre nuestros soldados.
IV.
EN EL AYUNTAMIENTO
CON la marcha de las tropas del conde de Cartagena la ciudad de
Valladolid quedó desguarnecida y abandonada a su suerte; los liberales
apocados comenzaron a esconderse y a huír, y los absolutistas, viendo
la posibilidad de apoderarse del Ayuntamiento, comenzaron a reúnirse
para conspirar. Enviamos nosotros avisos desesperados a los nacionales
de Toro, Rueda, Medina y otros pueblos de la región, y a los de
la Ribera del Duero, para que lo antes posible se concentraran en
Valladolid, y pudimos juntar de nuevo una fuerza de mil infantes y
de quinientos caballos. Todos los milicianos de los pueblos y los de
la capital estaban armados, menos algunos a los que proporcionamos
fusiles, sacándolos de los parques.
Llegó en esto la noticia de que los franceses, al entrar en España,
eran recibidos con los brazos abiertos por el pueblo, y esta mala nueva
exaltó el ánimo de los paisanos contra nosotros. Al mismo tiempo se
supo que el cura Merino, con una columna de cinco mil hombres alistada
en sus guaridas de la sierra de Burgos, había entrado en Palencia. Fué
necesario abandonar Valladolid. No podíamos defender una ciudad de
radio tan extenso con la poca fuerza con que contábamos.
Se dió la orden a la Milicia nacional para que se preparara y formara
con todo el equipo y en traje de marcha en el Campo Grande.
El jefe político vendría con nosotros, e invitó a las autoridades que
quisieran seguir la suerte de la columna a que se dispusieran para el
viaje.
Los concejales del Ayuntamiento constitucional estaban reunidos en
sesión permanente en las Casas Consistoriales, y el Empecinado quiso
despedirse de ellos.
Marchamos él y yo a caballo, de uniforme, escoltados por un piquete de
lanceros.
Nos apeamos a la entrada del Ayuntamiento y subimos al salón de
sesiones. Al vernos los concejales rodearon al Empecinado. Estaba el
general hablando con gran animación con unos y con otros cuando un
portero del Ayuntamiento, a quien conocía de la logia masónica, me
llamó y me dijo en voz baja:
--Don Eugenio, venga usted.
Le seguí y salimos fuera del salón.
--El Empecinado y usted están en este momento en un gran peligro--me
dijo.
--Pues, ¿qué pasa?
--Ahora mismo aquí se está fraguando una conjuración realista que va
a estallar. En este instante, en una sala del piso bajo, se hallan
reunidos más de cien absolutistas de influencia, con objeto de
constituír un Ayuntamiento para reemplazar al constitucional.
--¡Diablo! ¿Y es gente de armas tomar?
--Están armados hasta los dientes; algunos han propuesto a la Junta
matar al Empecinado, proposición que se ha rechazado gracias a las
exhortaciones de un cura viejo que se halla entre los conspiradores.
Al escuchar la confidencia del portero entré rápidamente en el salón de
sesiones; me acerqué al Empecinado, le agarré de la manga, le arrastré
a un rincón y le expliqué lo que pasaba.
--Señores, tengo que salir un momento, vuelvo en seguida--dijo don Juan
Martín a los concejales.
Salimos corriendo del salón de sesiones, desenvainamos los sables,
bajamos las escaleras a saltos y llegamos al zaguán. En aquel mismo
momento se oyó una gran gritería en el edificio; un hombre intentaba
cerrar la puerta; pero al ver que el Empecinado y yo nos echábamos
sobre él con los sables en alto, la abrió y nos dejó pasar.
Los realistas se hacían dueños del edificio, se oían gritos y tiros en
el interior del Ayuntamiento.
El Empecinado y yo montamos a caballo, y al galope, por la calle de
Santiago, llegamos al Campo Grande. Reunimos a los oficiales y se dió
la orden de salir inmediatamente camino de Tordesillas.
No habríamos dado cien pasos fuera de las puertas de la ciudad cuando
comenzaron a tocar las campanas de las iglesias a vuelo. Sin duda
se celebraba el triunfo de los realistas y la aproximación del cura
Merino, que había dejado Palencia y estaba a una jornada de Valladolid.
Llegamos a Tordesillas, nos alojamos de mala manera, y al día siguiente
nos dirigimos camino de Salamanca.
La Milicia nacional de esta ciudad, mandada por el catedrático Barrio
Ayuso, se unió a nuestra columna, y reunidos todos llegamos a la plaza
de Ciudad Rodrigo, que era el punto donde habíamos pensado establecer
el cuartel general.
Yo, con otros oficiales, me encargué de organizar las fuerzas. Se nos
incorporaron bastantes soldados del ejército regular. Se ocuparon los
dos cuarteles de infantería y el de caballería del pueblo, y el resto
de la fuerza tuvo que alojarse en las casas y en las iglesias.
La infantería quedó al mando del coronel Dámaso Martín, hermano del
Empecinado, y de un guerrillero de la época de la Independencia
apellidado Maricuela.
La columna de caballería, mandada por el propio don Juan Martín, se
componía de ochocientos caballos. La vanguardia de esta fuerza se
hallaba formada por cien lanceros que habían servido en la guerra de
la Independencia a las órdenes de don Julián Sánchez, y por cincuenta
soldados del regimiento de Farnesio, mandados por el capitán Lagunero.
Los demás jinetes eran nacionales de caballería de Valladolid, Toro,
Medina y otros pueblos.
Comenzaron a preparar la defensa de la plaza.
Ciudad Rodrigo no era una ciudad fácil de ser defendida. La antigua
Miróbriga está dominada por el teso de San Francisco, por donde tuvo
siempre sus acometidas en los sitios. En aquella época sus murallas
estaban arruinadas y llenas de brechas.
Estas brechas eran del tiempo del sitio que sufrió don Andrés Pérez
de Herrasti en la guerra de la Independencia, el cual pudo resistir
durante setenta y seis días en una plaza desmantelada, y sin auxilio de
los ingleses, contra los numerosos ejércitos de Massena y de Ney.
Preparamos también la defensa del Agueda. El Agueda es un río bastante
caudaloso que pasa lamiendo las murallas de la vieja Miróbriga y que
recorre la vega de Ciudad Rodrigo, y antes de llegar a Barba del
Puerco recibe algunos pequeños arroyos, entre ellos el Azaba, que baja
de un cerro próximo a Fuente Guinaldo y es un obstáculo para el paso
del camino de Ciudad Rodrigo al fuerte de la Concepción y a Almeida.
En los primeros días de estancia allí, el Empecinado y yo salíamos
constantemente al campo. El Empecinado estaba alojado en una casa de
la plaza del Consistorio, y yo por aquellos días vivía cerca de él con
la familia de un pañero, de quien me hice gran amigo. Después tuve que
establecerme en una finca extramuros de la ciudad.
Ya instalados, la primera expedición que se intentó desde Ciudad
Rodrigo fué una sorpresa contra Zamora, ocupada por escasas fuerzas
realistas. Se encargó de ella un viejo coronel apellidado Ruiz, pero la
comenzó con tan poco tacto, que no hubo más remedio que desistir de la
aventura.
V.
LOS VAQUEROS
EN vista del fracaso sufrido en nuestra intentona contra Zamora, se
pensó en avanzar hasta Alba de Tormes. La expedición la hicimos con
cuatro escuadrones y varias compañías de infantería. Iban de vanguardia
los lanceros de don Julián Sánchez; tras ellos, los soldados de
Farnesio, mandados por el capitán Lagunero; después, los nacionales de
la orilla del Duero, que tenían por jefe a Hermógenes Martín, sobrino
del Empecinado, y, por último, los infantes, acaudillados por don
Dámaso y el coronel Maricuela.
El pelotón de lanceros de don Julián Sánchez estaba compuesto por
capitanes, oficiales y sargentos de la guerra de la Independencia; la
mayor parte, soldados viejos, aguerridos y prácticos en el manejo de
la lanza.
Casi todos estos jinetes habían sido vaqueros antes que militares, y
eran tan expertos y diestros caballistas como valientes soldados.
Mandaba el pelotón un capitán apellidado Porras, que era conocido por
el mote del Capitán Mala Sombra.
El Capitán Mala Sombra estaba secundado por el teniente Gotor y por el
sargento Juan de Dios, el amigo del Chiquet, tipo popular, atrevido,
alegre y lleno de iniciativas.
El pelotón de Mala Sombra, con el teniente Gotor y el sargento Juan de
Dios, había servido de vanguardia exploradora durante mucho tiempo al
ejército inglés en la guerra de la Independencia. Era esta guerrilla de
un valor inapreciable; en aquel pelotón todos se esforzaban no sólo en
cumplir su deber, sino en superarse a sí mismos.
En la excursión que hicimos a Alba de Tormes tuve que verme varias
veces con el Capitán Mala Sombra.
Era Mala Sombra un hombre alto, de unos treinta y cinco a cuarenta
años, fuerte, serio, moreno, melancólico, con el rostro correcto y
grave. Se decía que era persona de mala suerte en amores y en negocios;
de aquí le venía el apodo; otros afirmaban que su mote procedía de que
a cada paso solía decir:
--Tengo muy mala sombra.
En las empresas guerreras no advertí yo que fuera desgraciado.
Hicimos en Alba de Tormes y en sus alrededores una gran requisa de
ganado y de grano, que cargamos en varias carretas.
Estábamos acampados en las eras de esta villa cuando uno de nuestros
confidentes vino con la noticia de que el enemigo, en número
considerable, avanzaba con la intención de cortarnos la retirada y
apoderarse de nuestro botín. Dispusimos al momento el paso de todo
el ganado vacuno, rebaños y acémilas, al otro lado del Tormes; se
arrastraron los carros y se colocaron dentro de un soto que había a
poca distancia del puente.
Se vaciló en defender la villa o en abandonarla. Alba de Tormes, a
pesar de estar en un llano, tiene buenas condiciones para la defensa.
El 28 de noviembre de 1809 el general don Gabriel de Mendizábal supo
resistir allí a la terrible caballería de Kellerman, y, más tarde, don
José Miranda Cabezón defendió el pueblo y el castillo durante largo
tiempo.
Después de varias deliberaciones se decidió, en caso de ser atacados,
fortificar el puente del Tormes, y se dejó en la villa al Capitán Mala
Sombra con sus vaqueros y a Lagunero con los soldados de Farnesio, que
quedarían vigilando los alrededores y patrullando por las avenidas.
Nos encontrábamos en esta situación, cuando el Empecinado cayó enfermo
con un ataque que al principio nos pareció de parálisis. Había quedado
don Juan Martín rígido, frío y sin habla; al moverle debía de sufrir
grandes dolores, porque lanzaba quejidos inarticulados.
Como no teníamos médico, ni aun siquiera cirujano, decidimos trasladar
al general a otro pueblo.
No podía sostenerse en el caballo, porque se caía a un lado y a otro.
En vista de esto, buscamos una escalera ancha y corta, que colocamos
entre dos mulas, a manera de litera, y sobre unos costales de paja
pusimos al general y fuimos a paso de andadura camino de la villa de
Tamames. Escoltando la litera íbamos el Chiquet y yo, con un piquete de
quince soldados de a caballo.
VI.
EL CAPITÁN MALA SOMBRA
LLEGAMOS a Tamames; fuimos a casa del alcalde, que era liberal;
acostamos a don Juan Martín, le dimos una pinta de vino con azúcar y le
abrigamos con tres mantas.
Me quedé yo en el cuarto velándole. Pasé allí unas doce horas. Estaba
dormitando en el cuarto cuando el enfermo levantó una de las manos en
el aire y comenzó a murmurar.
--Aviraneta--me dijo con voz débil.
--¿Qué hay? ¿Vas mejor?
--Sí, ya se me van suavizando los dolores. Necesito que vuelvas a Alba
de Tormes.
--Como quieras.
--Vete, y diles a mi hermano Dámaso y al coronel Maricuela que, si
se empeña alguna acción con el enemigo, que la mande el Capitán Mala
Sombra.
--Está bien.
--Que le obedezcan como a mí.
--Bueno; se lo diré.
--Vete en seguida.
Salí del cuarto, llamé al Chiquet y le dije que preparara los caballos,
porque teníamos que volver. Los preparó, montamos y nos dirigimos al
galope en dirección de Alba de Tormes.
Era media noche; el cielo estaba claro y estrellado. Al llegar al soto
inmediato al camino real nos dieron el alto. La infantería nuestra y
parte de la caballería estaba acampada allí. El centinela llamó a la
guardia y yo fuí con ella a un cobertizo en donde estaban alojados don
Dámaso Martín y el coronel Maricuela. Les desperté, les dije la orden
que me había dado el general y se avinieron a obedecer a Mala Sombra.
Hecha esta comisión, fuí a buscar al jefe de los vaqueros en su
alojamiento de Alba de Tormes.
Al llegar al puente nos detuvo una patrulla mandada por el sargento
Juan de Dios.
--Hola, Juan--dijo el Chiquet.
--Hola, Chiquet, ¿eres tú?
--Sí, soy yo, que viene con el teniente Aviraneta.
--Venimos en busca del Capitán Mala Sombra--dije yo--. ¿Estará?
--Sí, ahí ha quedado escribiendo tonterías--contestó Juan de Dios.
--¿Pues?
--Parece mentira que los hombres sean tan estúpidos.
--¿Por qué dice usted eso?--le pregunté.
--Ahí lo tiene usted a ese hombre, más serio, más bueno y más formal
que nadie, escribiendo tonterías a una señoritilla de Ciudad Rodrigo,
que no le hace caso y se burla de él.
--Tengo que verle de orden del general.
--Vamos.
Pusimos nuestros caballos al trote, y en un instante llegamos delante
de una casa; me apeé, empujé la puerta y entré dentro. Subí una
escalera estrecha y apolillada y llamé en un cuarto. Antes de que
contestaran tardaron algún tiempo. El sargento Juan de Dios se había
quedado hablando con el Chiquet en la calle y les oía charlar.
Al cabo de unos minutos se abrió la puerta del cuarto y apareció Mala
Sombra con un candil en la mano.
--Adelante--me dijo--, ¿qué le trae a usted a esta hora?
--Vengo con un encargo del general Empecinado.
--Estoy a sus órdenes--contestó--; siéntese usted.
Acerqué una silla a la mesa y me senté. Vi que sobre ella había
papeles escritos, llenos de tachaduras, con renglones pequeños que me
parecieron versos.
Mala Sombra recogió, lo más disimuladamente que pudo, sus papeles y los
guardó en el cajón de la mesa.
--Como sabe usted--le dije--, don Juan Martín ha caído enfermo y ha
sido trasladado a la villa de Tamames. Hoy, que ha podido empezar a
hablar, me ha expresado el deseo de que en su ausencia se ponga usted
al frente de todas nuestras fuerzas.
--¿Y don Dámaso Martín y el coronel Maricuela?
--Están conformes en ponerse a sus órdenes mientras duren estas
circunstancias.
--¡Ah, bueno; si es así no tengo nada que decir! ¿Quién ha de tomar la
iniciativa en el mando?
--Usted. El general quiere que intente usted batir al enemigo. Usted
conoce el terreno palmo a palmo.
--Sí, es verdad.
--Puede usted tomar sus iniciativas desde ahora mismo.
--Está bien, voy a decir que busquen al sargento Juan de Dios. Es mi
brazo derecho.
--Debe estar en la calle hablando con mi asistente.
El Capitán Mala Sombra salió a la ventana y gritó:
--¡Eh, subid!
Al poco rato entraron en el cuarto Juan de Dios y el Chiquet. Sacamos
un mapa de la provincia y discutimos la situación. Decidimos enviar dos
confidentes al campo enemigo, para que averiguasen sus intenciones.
Juan de Dios los trajo a la media hora. Uno de los confidentes era un
tratante de ganado, grueso, fornido y picado de viruelas; el otro, un
cosario de un pueblo de alrededor. Les dimos instrucciones fijas y
precisas, y, como punto de cita para su vuelta, señalamos el soto que
estaba próximo al río.
--Ahora, mientrastanto, preparemos una emboscada--dijo Mala Sombra--.
Es el fuerte de nosotros los guerrilleros.
Salimos los cuatro del cuarto, bajamos la escalera, montamos a caballo
y, atravesando el pueblo, llegamos al puente sobre el Tormes.
--Juan de Dios--indicó el capitán--, haz que los paisanos traigan una
docena de carros y los pones interceptando el puente, atándolos unos a
otros con vigas y sujetándolos con piedras.
--Bien, mi capitán.
--Después pondrás a veinticinco pasos del puente, sobre este cerrillo,
cinco hombres con sus carabinas que hagan fuego sobre los realistas si
se presentan. Tú, con cincuenta lanceros, estarás a doscientos pasos de
la barricada del puente. De media en media hora me irás dando aviso
de lo que ocurra. Yo estaré en el soto con las demás fuerzas. ¿Estás
enterado?
--Perfectamente, mi capitán.
Dejamos a Juan de Dios y salimos Mala Sombra, el Chiquet y yo hacia el
soto, al galope, y encontramos alerta a la gente.
El capitán mandó que la columna de milicianos avanzase por el soto en
dirección contraria de Alba de Tormes, hasta dar vista a un extenso
páramo. Allí mandó hacer alto y echar pie a tierra, manteniéndose
siempre en formación. La caballería de Farnesio, con los lanceros de
Valladolid, quedaron a un lado, y los vaqueros, con el teniente Gotor y
las partidas de la ribera del Duero, al otro.
En la salida del sotillo hacia el páramo, cerca del camino real de
Alba, dejó Mala Sombra al coronel Maricuela con trescientos hombres
armados con carabinas, para que estuviesen en observación de las
avenidas del pueblo.
--Probablemente--dijo Mala Sombra a Maricuela--, dentro de un par de
horas pasarán por delante de usted los realistas. Cuando lo hayan
hecho, usted se correrá con sus fuerzas hasta cerrar el paso del soto.
--Está bien.
Luego de arreglado este punto, nos encaminamos Mala Sombra, el Chiquet
y yo hacia las riberas del Tormes y nos emboscamos en el lindero del
sotillo. Eran las tres de la mañana. No había amanecido aún, todo
estaba en el mayor silencio.
El Chiquet, por orden nuestra, fué a ver al sargento Juan de Dios y
volvió poco después con uno de nuestros confidentes: el tratante de
ganado. Este hombre nos dijo que venían seiscientos jinetes realistas
con buenos caballos en dirección a Alba de Tormes. Habían salido de su
campamento por la noche. Despachamos al tratante y le pagamos.
Una hora después, un poco antes de amanecer, llegó el otro confidente:
el cosario. Nos confirmó las noticias anteriores, y aseguró que el
enemigo estaba percatado de los movimientos de nuestra columna y de la
gran requisa de granos y de reses que habíamos hecho para abastecer
la plaza de Ciudad Rodrigo. Con el objeto de apoderarse de nuestro
botín, el general don Enrique O'Donnell había destacado dos columnas
para interceptar nuestro paso camino de Zamora; pero, al llegar a las
inmediaciones de esta ciudad, había sabido el jefe realista que, a
favor de una marcha forzada, nos dirigíamos a pasar el Tormes por Alba.
El cosario añadió que una de las columnas, compuesta de mil infantes y
ciento cincuenta caballos, debía de llegar a Alba en la tarde del día
que estaba amaneciendo. Esta columna venía de Salamanca.
Pagamos a nuestro hombre y quedamos en observación. Acababan de dar
las cuatro cuando oímos las cornetas de la caballería de los realistas,
y, poco después, comenzaron a voltear las campanas del pueblo en señal
de regocijo.
Mala Sombra y yo nos acercamos a Juan de Dios, y el capitán le dijo al
sargento:
--Aquí te quedas con tus lanceros. Si el enemigo pasa el puente y te
ataca, te batirás en guerrilla retirándote hacia el soto, y luego
echaréis a correr en fuga como a la desbandada por el páramo adelante.
Cuando hayan entrado todos en el páramo, los envolveremos.
Tras de dar sus instrucciones, el capitán y yo atravesamos el soto y
nos unimos con las fuerzas del teniente Gotor.
Un poco antes del amanecer, una avanzada realista se acercó al puente
sobre el Tormes, y la guardia de los cinco hombres que estaba en el
repecho hizo fuego graneado sobre ella. Se retiraron los soldados, pero
al poco rato apareció una compañía seguida de un grupo numeroso de
paisanos. Entre unos y otros desembarazaron el puente y pasaron a la
otra orilla.
Era el momento en que Juan de Dios tenía que maniobrar. El sargento era
muy ducho en estas cosas y sabía su papel como pocos.
VII.
LA PRESA
ESTÁBAMOS todos agazapados en el soto esperando el momento en que Juan
de Dios y sus vaqueros aparecieran perseguidos por los realistas.
El Oriente iba clareando. El sol, escondido aún, brillaba en algunas
nubes altas y rojas. Había este silencio y esta inmovilidad del aire de
la hora anterior al alba; pronto los primeros rayos solares comenzaron
a iluminar con una luz dorada el vértice de la copa de los árboles; los
pájaros cantaron en las matas. El campo tenía la juventud y la frescura
de un amanecer claro de primavera. Todo en la Naturaleza parecía
sonreír, todo era cándido e idílico. El viento hizo temblar suavemente
las ramas de los árboles; los pájaros alborotaron más, el cielo fué
poniéndose azul y la luz dorada del sol fué bajando en el follaje hasta
iluminar e incendiar los hierbajos y los pedruscos del suelo.
Serían las cinco y media cuando apareció Juan de Dios, perseguido de
cerca por más de trescientos caballos.
Los realistas gritaban desaforadamente:
--¡A ellos! ¡A ellos! ¡Son nuestros!
Al desembocar desde el sotillo al páramo los cincuenta jinetes de Juan
de Dios, comenzaron a desparramarse, y los enemigos se dividieron y
subdividieron, perdiendo el orden de formación.
Al mismo tiempo, las tropas del coronel Maricuela y las de don Dámaso
Martín, corriéndose rápidamente por el lindero del soto, cerraron su
salida y tomaron posiciones.
En este momento el capitán Mala Sombra dió la orden de ataque, y de
la derecha como de la izquierda, a media rienda y lanza en ristre,
se precipitó nuestra caballería contra los pelotones aislados de los
realistas. El enemigo no tenía más defensa que sus sables y no se pudo
defender con habilidad.
Juan de Dios reunió sus cincuenta vaqueros dispersos, y volviendo
grupas y en perfecta formación, arremetió de frente contra los
absolutistas, como si se tratara de una torada.
El grueso de la caballería enemiga se había detenido, y retrocediendo y
al galope intentó atravesar el soto; pero al acercarse al boquete por
donde había pasado, se encontraron los jinetes atacados por las tropas
de don Dámaso y de Maricuela, y comenzaron a caer los hombres y los
caballos.
Los realistas, consternados y en la mayor perplejidad, volvieron de
nuevo grupas buscando una salida, y comenzó la desbandada. Azorados
al verse metidos en aquella trampa, la mayoría se rindió y los demás
siguieron su ejemplo.
Duró la acción diez minutos escasos; quedaron muertos en el campo a
lanzadas unos veinte hombres y hubo próximamente cincuenta heridos.
El escuadrón realista en pleno quedó hecho prisionero, a excepción de
tres o cuatro oficiales que tenían magníficos caballos y que escaparon
dando un gran rodeo. Estos oficiales, por lo que supimos después,
llegaron una hora más tarde a Alba de Tormes, contaron lo ocurrido,
salió de la villa una columna realista de infantería, y con los carros
y maderas que había llevado Juan de Dios el día anterior parapetaron el
puente y quedaron en él de guardia.
Teníamos nosotros unos doscientos cincuenta prisioneros, a quienes se
prohibió maltratarlos o despojarlos. Entre ellos había diez oficiales.
De estos prisioneros cuarenta eran piamonteses bien equipados que
montaban caballos muy buenos.
Al acercarnos Mala Sombra y yo a ellos, nos decían:
--_Io eser_ cristiano católico. Mí no _querrer haser_ mal.
Discutimos Mala Sombra y yo lo que se haría con los prisioneros, y
como en el caso de querer incorporarlos a nuestras fuerzas no podían
merecernos confianza, decidimos entregarlos en varias remesas.
Por la tarde, Juan de Dios y el Chiquet se presentaron en el puente
con bandera blanca de parlamento, pasaron, dijeron a lo que iban, y al
día siguiente, con una escolta de cincuenta caballos, llevaron cien
prisioneros y los heridos.
Los realistas los recibieron con aclamaciones y bravos, y Juan de Dios
y el Chiquet, después de ser muy obsequiados, volvieron a nuestro campo
radiantes de satisfacción.
Nos quedaban aún cerca de noventa prisioneros. De éstos, unos eran
mozos recién sacados de los pueblos de Castilla y uniformados en
Valladolid. Se les indujo a que se quedaran con nosotros y algunos
aceptaron, pero la mayoría, no.
La misma proposición se hizo a los cuarenta piamonteses, los cuales
procedían de un regimiento que estaba en Valladolid, mandado por el
príncipe de Carignan, que era miembro de la Casa de Saboya.
El príncipe de Saboya-Carignan había entrado en España bajo las órdenes
del duque de Angulema, con una tropa alistada en el Norte de Italia, y
se distinguió después, según dijeron, en el Trocadero.
De los piamonteses, sólo dos aceptaron el quedarse entre nosotros; un
jovencito rubio llamado Emilio Pancalieri y otro muchacho alto, moreno,
apellidado Corti. Los dos hablaban algo el castellano y eran sin duda
gente aventurera.
Reunimos nuestro botín de granos, ganado, caballos, armas y uniformes
de los realistas, y nos apresuramos a salir para Tamames, con el objeto
de reunimos con nuestro general.
Llegamos por la tardecita a la villa y encontramos al Empecinado casi
completamente restablecido.
Le conté con detalles la acción de Alba y lo que se había hecho con
los prisioneros, y le pareció todo tan bien, que dijo que propondría
a Mala Sombra al Gobierno para que le diese la cruz de San Fernando y
le ascendiera a comandante de escuadrón. Habló después familiarmente
el general con los muchachos que se nos habían unido y con los dos
piamonteses, y como el Empecinado tenía sencillez e ingenuidad efusiva,
llegó a cautivarlos.
Dispuso don Juan Martín que en Tamames descansase y se racionase la
tropa, y envió los carros y el ganado requisado inmediatamente en
dirección de Vitigudino.
Nosotros iríamos a retaguardia después de descansar.
A la mañana siguiente, al salir de mi alojamiento, encontré al
Empecinado ya de pie. Estaba tan forrado de ropa que no podía moverse.
Le ayudamos a montar a caballo. Se organizó la columna y anduvimos
hasta la noche, en que descansamos en una aldea.
Por todos aquellos pueblos a la redonda hicimos requisa de ganado
vacuno, con promesa de pagar a los ganaderos y a los Ayuntamientos.
Sólo al marqués de Cerralbo le llevamos más de quinientas reses. Es
posible que esto influyera en la familia para hacerla reaccionaria.
Tras de una marcha lenta de cuatro días, entró el convoy completo en
Vitigudino, y la columna, tras él.
Durante este viaje el Capitán Mala Sombra, que ya era para los efectos
oficiales el comandante Porras, se hizo amigo íntimo del italiano
Pancalieri.
Al principio éste y Corti nos miraban con temor; debían tener mala idea
de los españoles, creían seguramente que cada uno de nosotros era un
perfecto bandido; pero como ambos eran perspicaces, notaron en seguida
la clase de gente que había en la tropa, y se familiarizaron con ella.
Corti nos resultó un gran administrador y se encargó de llevar las
cuentas de los suministros de la división.
Pancalieri se mostró un tanto perdido; bebía, hacía el amor a las
chicas de los pueblos; jugaba al monte con nosotros y nos ganaba el
dinero. A los dos o tres días estaba ya a sus anchas y nos tuteaba a
todos los oficiales.
Pancalieri era un muchacho amable, simpático alegre, egoísta y jovial.
Por lo que contó, su familia gozaba de buena posición en Turín; pero
descontenta de sus calaveradas había intentado meterle en un convento,
y él se había alistado en la tropa del príncipe de Carignan por el
gusto de correr aventuras.
Era Pancalieri un muchacho fuerte, de mediana estatura, el pelo rubio
obscuro, el bigote pequeño y los ojos claros. Hablaba en su lengua
enrevesada mixta de español, de italiano y de dialecto piamontés con
una gran libertad. Sus opiniones eran de una audacia extraordinaria.
Una vez que le preguntamos si era patriota, nos contestó con un cándido
cinismo:
--_¡Ma ché!_ No _io no sono_ patriota. ¡Oh, no! Vivir, vivir
agradablemente, _io non volio_ más que eso. Tener unas cosas guisadas
para comer, y unos trajes, y una casa y alguna mujercita para
divertirse; pero ¡la Patria! ¡la Historia! ¡sacrificarse por eso! _¡Ma
ché!_ No. ¡Qué tontería!
Pancalieri hablaba así y obraba en consonancia con su sistema. Su
egoísmo natural y sonriente no llegaba a molestar. Mala Sombra, que
tenía conceptos diametralmente opuestos, protegía al italiano; quizá
pensaba que sus palabras las decía en broma; quizá habría entre los
dos ese acuerdo íntimo que produce la amistad estrecha y efusiva.
En unos días de conocerse, durante el camino, el Capitán Mala Sombra
comenzó a aficionarse tanto a la compañía de Pancalieri, que le trataba
como si fuera su hermano; le hizo confidencias acerca de sus amores, y
le pidió consejo.
Corti, mientrastanto, seguía trabajando en la administración militar, y
todos los días yo conferenciaba con él.
A los ocho días de salir de Alba de Tormes llegábamos a Ciudad Rodrigo.
El Empecinado dió cuenta de su comisión al comandante de la plaza,
anunciándole que horas después llegaría un gran convoy de ganado vacuno
y mil fanegas de trigo.
El comandante recibió la noticia con júbilo y la comunicó al
Ayuntamiento, que en corporación fué a dar gracias al Empecinado, pues
el pueblo se encontraba muy escaso de víveres.
VIII.
LA DECISIÓN DEL CAPITÁN
AL día siguiente de llegar nosotros, entró en Ciudad Rodrigo el ganado
vacuno requisado, que se llevó a la plaza pequeña del pueblo, llamada
plaza de Béjar.
Como entre aquellos bueyes y vacas mansas había algunos toros bravos de
tierra de Portillo y Salamanca, se consideró indispensable apartar unos
de otros para llevarlos a las dehesas próximas al pueblo.