CÓMO LOS AMERICANOS CINEMATOGRAFÍAN UNA NOVELA

Las once de la noche. El otoño es una segunda primavera en la Costa

Azul.

Estamos en Noviembre, pero yo paseo por mi jardín, respirando la leve

frescura nocturna, cargada de aromas de flores y frutos. Sólo falta el

resplandor azulado de las luciérnagas, moscas de la noche que tejen y

destejen sus danzas voladoras en la obscuridad primaveral.

De pronto un estrépito inusitado corta el silencio del adormecido

jardín.

Mi casa está en las afueras de Mentón, en una avenida que, arrancando

del borde del Mediterráneo, serpentea por la falda de los Alpes

Marítimos, orlada de verjas y vallas campestres. Apenas cierra la noche,

esta calle, abierta entre dos masas de árboles que ocultan los

edificios, queda silenciosa como un sendero de bosque. Parece oírse el

latido y la respiración de la Naturaleza en reposo. El más ordinario de

los ruidos toma la importancia de un acontecimiento.

Por eso no pude evitar un gesto de extrañeza e inquietud al ver cómo se

enrojecía la vegetación bajo una luz de aurora violenta, cortándose al

mismo tiempo la calma de la noche con incesantes mugidos. Varios

automóviles acababan de detenerse, ensangrentándolo todo con sus faros y

haciendo sonar sus sirenas. Poco después la campana de la puerta de mi

jardín empezó a repiquetear locamente. ¿Quién podía anunciarse a estas

horas y con tal estrépito?...

Pensé en la posibilidad de una invasión de fascistas que hubiese

atravesado la inmediata frontera de Italia persiguiendo a enemigos

fugitivos. Al acercarme cautelosamente a la verja, una voz juvenil me

habló en español, con ligero acento inglés.

--Mister Ibáñez: venimos de Nueva York, enviados por la «Cosmopolitan

Production» para filmar su novela _Los enemigos de la mujer_.

Un poco americana esta presentación, a tal hora y sin más preámbulos...

La servidumbre de la casa y los jardineros, despertados por el campaneo,

abandonaron sus camas. Yo fui dando luz a los faros del jardín, mientras

los criados hacían lo mismo en las habitaciones. Entraron los

automóviles, y empezaron a descender de ellos caballeros vestidos de

_smoking_, damas elegantes y hermosas, escotadas, en traje de _soirée_.

El que había hablado en español siguió dándome explicaciones para

justificar esta visita extraordinaria. Era un buen mozo de arrogante

presencia, un artista, hijo de españoles, pero nacido en los Estados

Unidos: Pedro de Córdoba, cuyo nombre conocen todos los que gustan de

ver obras cinematográficas hechas en América. Me creían de viaje en

España, y una hora antes se habían enterado de que continúo viviendo en

Mentón. Llegaron de París al atardecer, poniéndose inmediatamente sus

trajes de ceremonia para cenar y bailar en el Café de París, de

Monte-Carlo.

--Al saber que estaba usted en su casa--continúa Córdoba--nos hemos

dicho: «Vamos a hacer una visita a mister Ibáñez...». Y aquí nos tiene.

En el comedor se improvisa con toda rapidez un refresco para los

invasores. Mientras tanto, las damas escotadas corren por el jardín lo

mismo que niñas, persiguiéndose, buscando flores y riendo de sus

descubrimientos con una ingenuidad sana y ruidosa.

Los _gentlemen_ siguen hablando conmigo. Tienen un jefe, el reputado

director de escena Alan Crosland, joven sonriente, parco en palabras y

con un gesto tenaz de hombre acostumbrado al mando.

Deseo saber cuándo empezarán a trabajar estas gentes que llegaron hace

unas horas de París, y para reponer sus fuerzas, después de una noche de

tren, se han vestido de etiqueta, bailando entre plato y plato de su

cena. Me ofrezco a servirles de intermediario para allanar todas las

dificultades que retrasen su labor.

--¿Creen ustedes que podrán empezar dentro de tres o cuatro días?

Alan Crosland me mira con sus ojos claros, y responde sencillamente:

--Empezamos mañana, a las seis, en la plaza del Casino de Monte-Carlo.

¡A las seis de la mañana, y van a dar las doce de la noche!... Además

hay que tener en cuenta que muchos de los artistas llegados de los

Estados Unidos se han quedado en Niza y sólo unos cuantos viven en

Monte-Carlo.

Los ayudantes del director, venidos con él de América, y los agregados

franceses que le siguen desde París se hallan en este momento reclutando

centenares de hombres y mujeres en Niza para que actúen como figurantes.

Tienen que buscar igualmente una orquesta, pues las que existen en

Monte-Carlo, como funcionan hasta media noche, se niegan a este trabajo

matinal. Crosland, que adivina la duda en mi rostro, repite

tranquilamente:

--A las seis en punto empezaremos.

Y Pedro de Córdoba, más expansivo, más «latino», añade, sonriendo

finamente:

--Cuando hay dinero para gastar, ¿sabe usted?, cuando hay plata

abundante, nada es imposible.

Me levantó al día siguiente a las seis de la mañana. No tenía prisa en

llegar a Monte-Carlo. La Costa Azul está lejos de los Estados Unidos, y

no pueden repetirse en ella los milagros de la prodigiosa actividad

americana. Llegaría de seguro antes que hubiese empezado el trabajo.

Al entrar en Monte-Carlo notó una animación especial en sus calles, poco

frecuentadas a dicha hora. Los vecinos de la gran metrópoli de la ruleta

se levantan tarde. Todos han trasnochado junto a las mesas verdes, y el

Casino sólo abre sus puertas a las diez. Pero esta mañana los pocos que

iban por las calles se hablaban, señalando a lo lejos, como si ocurriese

algo extraordinario. Los había que desandaban su camino para volver a

casa y dar a los de su familia una noticia capaz de echarles fuera de la

cama.

Cuando llegó mi automóvil a la plaza del Casino no pude contener una

admiración ingenua, semejante a la de los barrenderos montecarlinos, que

apoyados en sus escobas y palas formaban grupos, mirando ávidamente a un

lado y a otro.

El orden de las horas del día estaba totalmente trastornado. El reloj

del Casino marcaba las seis y media; un sol adolescente empezaba a

remontarse sobre las palmeras de las terrazas que cortan el azul del mar

con sus columnatas obscuras... Pero al mismo tiempo eran las cinco de la

tarde, la hora del té.

Vi la plaza ocupada por centenares y centenares de personas; tal vez

pasaban de mil; y todos, hombres y mujeres, iban vestidos con cierta

elegancia, como desocupados que pueden costearse la vida en Monte-Carlo.

Estas gentes entraban y salían en el Casino, paseaban en torno al

jardincito central de la plaza, llamado «el queso»; se sentaban en las

mesas del Café de París. Una orquesta funcionaba en la terraza de dicho

establecimiento. ¡Todo lo que se ve en este lugar, pero a media tarde o

al caer el sol!...

El orden de los años también parecía invertido, lo mismo que el de las

horas. Era la plaza del Casino tal como yo la había visto durante la

guerra. Oficiales convalecientes paseaban, formando grupos. Varios

inválidos con gorra de cuartel tomaban el sol en los bancos. Toda esta

muchedumbre era fingida, o dicho con grosera exactitud, era una

muchedumbre «pagada». A espaldas del Gran Hotel de París había docenas

de camiones-automóviles de los que pasean a los excursionistas por la

Costa Azul. Este convoy de vehículos había traído de Niza la avalancha

humana que llenaba la plaza para evolucionar bajo las órdenes de

Crosland.

Al aproximarse al Casino me fueron saliendo al encuentro los principales

personajes de _Los enemigos de la mujer_. Besé la diestra de una gran

señora que bajaba las gradas vestida lujosamente. Era la duquesa Alicia,

representada por la hermosa artista californiana Alma Rubens. Un

_gentleman_ puesto de frac se echó atrás las alas de su capa negra y

blanca para saludarme. Sólo podía ser el príncipe Lubimoff. Y reconocí

los ojos felinos y misteriosos, el gesto de Hamlet del gran actor

americano Lionel Barrymore, héroe de los teatros de Nueva York.

Igualmente fui reconociendo a muchos artistas célebres que había visto

en los films americanos y representaban ahora personajes de mi novela.

Una fila de aparatos cinematográficos funcionaba, lo mismo que una

batería de ametralladoras, bajo las órdenes del operador Morgan,

compañero de Crosland.

La figuración también resultaba extraordinaria. Era compuesta toda ella

de artistas que trabajan ordinariamente para la cinematografía francesa.

Entre estas damas y caballeros, descendidos ahora a una simple actuación

de figurantes, los había que están acostumbrados a ser primeros

personajes en los films hechos en Niza.

--¡Estos americanos pagan tan bien!--dijo una de las varias señoras que

fingían tomar el té en las mesas exteriores del Café de París.

Un joven protagonista de comedias francesas, que en esta obra era

simplemente «uno de tantos», me dio consejos:

--Usted debe escribir muchas novelas que pasen en la Costa Azul, para

que los cinematografistas americanos vengan a trabajar aquí. Lo que más

me gusta en ellos es que pagan puntualmente. Yo he sido el héroe de dos

films hechos en comandita con otros camaradas, y aún no he cobrado un

céntimo.

Los inválidos que paseaban o tomaban el sol eran inválidos de verdad:

artistas que estuvieron en la guerra, y ahora, con un brazo o una pierna

de menos, sólo pueden trabajar en una obra que evoque el recuerdo de la

pasada tragedia. Entre los oficiales, los había que llevaban con una

soltura marcial el uniforme; pero todos ellos, a pesar de la minucia en

los detalles, revelaban al actor que sabe cambiar de traje.

Sólo un comandante parecía despegarse de los demás. Era verdaderamente

un jefe francés, enjuto de carnes, de perfil aquilino y bigotes blancos,

igual a Foch. Iba elegantemente enguantado y una barra de

condecoraciones cruzaba su pecho. Parecía un militar de verdad... Y

efectivamente lo era.

Sus camaradas le llamaban siempre «comandante». Antes de la guerra era

oficial de la reserva. Se batió en numerosos sectores del frente y

obtuvo la Legión de Honor con los galones de comandante. En los films

franceses representa diversos personajes, pues es un actor de talento.

En _Los enemigos de la mujer_ nadie podía disputarle su papel de

compañero de armas de Martínez, el oficial español de la Legión

extranjera. Y no tuvo más que ponerse el uniforme propio para destacarse

de los otros militares, puramente cinematográficos.

Durante varios días una parte del vecindario montecarlino cambió de

existencia. Muchas señoras se acostaron más temprano o acortaron su

sueño para levantarse a horas que una semana antes hubiesen juzgado

inauditas.

Crosland, con su ejército de artistas y figurantes, fue trasladando a la

realidad todas las escenas de _Los enemigos de la mujer_ que se

desarrollan al aire libre. Trabajó en la plaza del Casino--en el

interior del edificio fue imposible--y en los jardines que descienden

hasta el Mediterráneo, formando terrazas. La Dirección del Casino sólo

podía tolerar este trabajo, en los lugares dependientes de ella, de las

seis a las nueve de la mañana. Luego había que dejar sitio a los

encargados de la limpieza, pues a las diez empiezan los juegos.

Tuve que hablar con el gobierno del príncipe soberano para que

permitiese el trabajo de los artistas en la antigua ciudad de Mónaco. La

vida agitada de Monte-Carlo no llega hasta la tranquila capital

monegasca, que está enfrente, al otro lado del puerto. Para que la

policía del principado no estorbase nuestra labor en los hermosos

jardines de San Martino, en las inmediaciones del Museo Oceanográfico,

en la plaza situada frente al castillo-palacio de los príncipes, que

parece una decoración del Renacimiento, y donde nunca se toleró a los

cinematografistas, fue preciso que el ministro del Interior diese nada

menos que un decreto.

No hay que sonreír. En los Estados pequeños resulta necesario hacer las

cosas con más ceremonia y gravedad que en los grandes. Lo mismo ocurre

en nuestra existencia. Un pobre debe observar en sus actos más dignidad

y mesura que un rico, si quiere verse respetado. Únicamente los

poderosos pueden vivir sin escrúpulos ni miramientos. Si un gobierno

pequeño, como el de Mónaco, no procediese con minucias y solemnidades,

la gente que llega de fuera, dispuesta a bromas y falta de respeto,

acabaría por atropellarlo todo.

En estos días no escribí ni hice otra cosa que seguir a Crosland,

sirviéndole de intermediario, poniendo a su disposición todos los

conocimientos y experiencias que han podido proporcionarme varios años

de vida en la Costa Azul. El director y sus artistas me asombraron al

marcharse tanto como al llegar.

--Terminaremos el próximo domingo--dijo Crosland.

Volví a sentir dudas, lo mismo que la noche de su inesperada

presentación. Necesitaban, efectivamente, marcharse el domingo

inmediato. Debían meterse en el tren al anochecer e ir en línea recta de

Monte-Carlo al Havre para tomar al día siguiente el trasatlántico que

les llevaría a Nueva York. Pero ¡quedaba tanto por hacer!...

Estos americanos, hombres y mujeres, después de trabajar desde la salida

a la puesta del sol, jugaban por la noche en el Casino o cenaban en

todos los restoranes de moda donde se baila, entregándose a la danza

hasta pasada media noche. Las cosas no podrían marchar como las había

planeado el director sobre el papel. Alguien caería enfermo. Iban a

surgir obstáculos inesperados.

Empezó a llover, y siguieron trabajando. Algunos actores, efectivamente,

se sintieron enfermos, pero esto no les impidió continuar su vida

nocturna. Querían verlo todo, aprovechar bien su viaje a la Costa

Azul... Y ninguno dejaba de presentarse puntualmente a la hora del

trabajo: las seis de la mañana. ¡Qué disciplina y qué salud! ¿Cuándo

dormían estas gentes?...

El domingo, al ocultarse el sol, aún trabajaban. Pero a la hora marcada

por Crosland todo quedó terminado. Algunos de los actores no tuvieron

tiempo para desnudarse, y subieron al tren vestidos como en _Los

enemigos de la mujer_. ¡Y en marcha para Nueva York de un solo tirón!...

Luego he recibido centenares de fotografías representando los

«interiores» de la obra, las escenas interpretadas en los Estados

Unidos, con decoraciones portentosas, que hacen de este film algo

extraordinario. Hasta han reconstruido allá, con arreglo a los apuntes

que se llevaron, varios de los salones de juego más elegantes del

Casino.

En la Costa Azul hay muchas damas que aún se acuerdan, con asombro y

delicia, del tiempo en que se levantaban a las seis de la mañana,

pudiendo contemplar la salida del sol.

Algunas veces, al encontrarme en el Casino me hablan de este período

extraordinario de su existencia.

--¿Para qué levantarnos ahora temprano? ¿Qué puede una persona decente

hacer a tales horas? ¡Solamente si viniesen otra vez los americanos para

hacer un film!... En tal caso, avísenos.

Novelas de la Costa Azul · 第 33 / 35 题