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Vicente Blasco Ibáñez nació en Valencia en enero de 1867. Fue abogado y
periodista, y dedicó buena parte de su vida a la política, en el seno
del partido republicano al que se afilió desde muy joven. Su vida
política fue turbulenta. La misma violencia con que, en sus obras,
denuncia las injusticias, el mismo lenguaje brillante y colorista con
que describe los paisajes de su tierra, surgen en sus panfletos
políticos, lo que hizo que fuera arrestado varias veces, y otras tantas
tuviera que exiliarse.
En 1884 fue secretario del escritor Fernández y González en Madrid, pero
pronto se desligó de esta dependencia para dedicarse a la política, que
en la idea de Blasco significaba hacer triunfar la revolución. Sus ideas
y los violentos escritos que le inspiraron contra la corrupción de los
políticos locales y nacionales le obligaron a exiliarse en París en
1889, y no regresó a España hasta 1891.
Ya en Valencia, se entregó por completo a la política, fundó el diario
_El Pueblo_, órgano del partido republicano, y fue procesado en diversas
ocasiones por campañas periodísticas. Fue diputado por su provincia en
siete legislaturas, y en 1909 renunció a su acta de diputado para
entregarse de lleno a una empresa que algunos han calificado de
descabellada y aun de criminal, pero que él emprendió convencido de que
saldría con éxito de ella: marchó a Sudamérica con seiscientos
campesinos para fundar en la Patagonia una colonia, a la que llamó
Cervantes, en la que se pondría en práctica algún proyecto de sociedad
socialista de los muchos que en aquella época se formularon. El caso es
que el ensayo salió bien, aunque cosechó poca comprensión por parte de
sus correligionarios.
De vuelta en Europa, fijó su residencia en París en 1914, y puso su
pluma al servicio de los aliados en los que vio los defensores de la
democracia en aquella primera gran guerra. En recompensa el gobierno
francés le concedió la Legión de Honor, y al término de la guerra marchó
a Estados Unidos donde fue recibido triunfalmente, y fue nombrado doctor
_honoris causa_ por la Universidad Jorge Washington.
Regresó a España, pero pronto se vio forzado a salir de ella, esta vez
para no volver, al advenir la dictadura de Primo de Rivera, en 1923. El
resto de sus días, hasta el 28 de enero de 1928 en que murió, los pasó
en la costa mediterránea francesa, rodeado del respeto y la admiración
de cuantos en el mundo conocieron su obra.
No cesó, durante el exilio, de atacar duramente a los sucesivos poderes
que hubo en España y que no hicieron más que perseguir con métodos
siempre renovados todo aquello en lo que Blasco creía.
Pasó así a engrosar la lista trágica de los españoles grandes y
humildes muertos en el destierro.
Ésta es la biografía escueta de un hombre al que se ha presentado como
escritor de novelas violentas y sensuales, sin que para nada se hiciera
mención, por lo general, de su actividad como político. Como si su obra,
especialmente su obra primera, la que se suele apellidar «de ambiente
regional», hubiera nacido de la simple contemplación de la luz de su
tierra, o del capricho de su fantasía mediterránea.
Sus ideas políticas, además de los encarcelamientos, procesos y
destierros, le abocaron a varios desafíos de los que en ocasiones
resultó gravemente herido. Y en medio de esta vida entregada a la
acción, Blasco aún encontró tiempo y energías para escribir una de las
obras más ambiciosas de la literatura española y para convertirse en el
único escritor español que ha podido vivir en el extranjero,
holgadamente, del producto de sus libros, y entre el respeto y la
admiración del mundo.
Este aspecto de su vida se destaca aquí no por frivolidad, sino porque
después de haber tenido que pasar aquí, como tantos otros, por la cárcel
o el desprecio oficial, a causa de sus ideas; después de haber tenido
que vivir en el exilio--como tantos otros también--por expresarlas y
defenderlas; y después de que durante muchos años se ha pretendido hacer
de él un novelista de segunda, a causa también de sus ideas, ocultándolo
tras la etiqueta de «escritor costumbrista», para no reconocerle el
alcance real de sus ideas sociales, es hora ya de que el lector medio
abandone la idea que de Blasco se le ha querido imponer: la de un
escritor de tintas fuertes, de colores violentos y descripciones subidas
de tono, todo ello bajo el nombre académico de «naturalismo», y aprenda
a ver al verdadero Blasco Ibáñez.
No es posible dar una lista de todas las obras de Blasco Ibáñez, pero
citaremos aquellas que, además de hacerlo famoso, lo han definido como
uno de los grandes novelistas contemporáneos. En primer lugar, y por
orden de aparición, sus obras de carácter social, como _Arroz y Tartana_
(1894), _Flor de mayo_ (1895), _La Barraca_ (1898), _Entre naranjos_
(1901), _Cañas y barro_ (1902), _La catedral_ (1903), _La horda_ (1905),
_La bodega_ (1905), _Sangre y Arena_ (1908), que son precisamente sus
obras mayores, junto a las novelas de la guerra _Los cuatro jinetes del
Apocalipsis_ (1916) y _Mare Nostrum_ (1918), y las históricas _Sónnica
la Cortesana_ (1901), _El Papa del mar_ (1925) y _A los pies de Venus_
(1926), así como _La vuelta al mundo de un novelista_ (1925).
En cualquier enciclopedia puede hallar el lector la lista completa de
sus otras obras. Lo que aquí se trata de destacar es precisamente la
seriedad y profundidad trágica, además de su compromiso social y
político, en un autor al que se le ha achacado sensualidad,
costumbrismo, luz y color, alegría mediterránea, y otros tópicos. Es
verdad que nuestro autor amó la vida y que gozó de ella cuanto pudo; es
verdad que en sus novelas la luz y el encanto de su tierra son
protagonistas silenciosos y constantes; es verdad también que Blasco
utiliza el color violento y los contrastes para atenazar al lector con
una acción tensa y un lenguaje vivo y brillante. Pero pretender que eso
y sólo eso es todo lo que Blasco ha aportado a la literatura y al
conocimiento de las gentes de su tierra, no es sólo ceguera, sino
injusticia, y hasta injusticia premeditada.
Es, desde luego, menos arriesgado colgar en el haber o en el debe de la
«psicología» de un personaje o de una clase social lo que no son sino
consecuencias del ambiente en que se le obliga a permanecer, porque de
ese modo no hay que citar por sus nombres a los verdaderos responsables.
Como es más cómodo culpar a la tierra, al sol, o a la sangre caliente
por las reacciones violentas del campesino harto de padecer injusticias.
En cada una de las novelas citadas hay una denuncia que Blasco se atreve
a gritar.