LOS NUEVOS COMPAÑEROS

Hace pocos días hablé con el director de uno de los «Palaces» más

célebres y caros de la Costa Azul, y este personaje representativo de

nuestra época, que tiene automóvil propio, cobra más sueldo que un

primer ministro, es amigo de varios reyes y estrecha confianzudamente

las manos de los millonarios de Europa y América, me dijo así:

--Una nueva preocupación aflige ahora a los hoteleros. Muchos clientes

llevan con ellos un animal, y estas bestias nos dan más trabajo que las

personas.

Pensé inmediatamente en los perros, no pudiendo comprender cómo este

famoso personaje los consideraba una novedad en la vida de los hoteles.

La Costa Azul es el lugar de la tierra donde abundan más los perros. Los

hay a docenas en los «Palaces», en las casas, en los paseos, en los

lugares más apartados de la ribera o la montaña. Hacen imposible un

largo y silencioso recogimiento ante la Naturaleza. Cuando se cree uno

solo y empieza a saborear la calma rumorosa del paisaje, sumido en

profunda paz, suena al lado el grotesco ladrido de algún gozque, último

amor de su dueña envejecida, y con la rapidez de un reguero de pólvora

inflamada este ladrido se dilata, se multiplica al correr hacia el

infinito, pues de todas partes empiezan a contestarle otros aullidos,

atiplados o graves, de perros de salón, perros de pescador, perros de

granja o perros que tiran de su cadena junto a las verjas de los

jardines elegantes.

En este pedazo de Francia, tierra de retiro invernal, donde de cada diez

personas que buscan el sol siete hablan inglés y tres solamente francés,

la dama vieja con su perrito es el eterno personaje que da valor humano

al panorama.

Bien sabido es lo que representan, generalmente, las respetables señoras

que viven durante el invierno en la Costa Azul y pasan la primavera en

Florencia. Aunque sean de distintos idiomas y naciones, todas resultan

iguales. Todas poseen una peluca rubia, una dentadura postiza, una

novela inglesa «muy moral», que nunca acaban de leer, pues aunque la

cambien, siempre dice lo mismo... y un perro.

A causa de ellas, los hoteleros, que tienen de vez en cuando sus

asambleas internacionales en alguna ciudad de Suiza--lo mismo que los

diplomáticos de la Sociedad de las Naciones se reúnen en Ginebra--, se

han visto obligados a ocuparse del perro y sus molestias, combatiendo su

existencia por medio del impuesto.

Hace algunos años, los perros, que siempre habían vivido gratuitamente

en los hoteles, fueron tasados en dos francos diarios. Ahora pagan

cinco, y en ciertos «Palaces» diez y hasta quince francos, sin que haya

influido esto en su disminución. Al contrario: tener perro en un hotel

de lujo significa un gasto considerable; cuesta más que costaba antes de

la guerra el mantenimiento de un cristiano, y denuncia gran riqueza en

su dueño.

Pero el personaje célebre sonríe despectivamente al oírme hablar de

perros. ¿Quién se acuerda de estos animales?... Han pasado de moda, y

únicamente pueden interesar a las gentes desorientadas que siguen con un

retraso de varios años los adelantos de nuestra época.

Los altos lebreles de Rusia, estrechos, sedosos, distinguidos o

imbéciles; el perro policía, feroz y de una agresividad inteligente; el

«lulú de la Pomerania», peludo y pequeño como un manguito con patas y

ojos; los gozques liliputienses, capaces de tener por casa un saquito de

mano; todas estas bestias privilegiadas, que cuestan miles de francos y

eran acogidas antes con palmoteos y gritos femeninos de entusiasmo,

resultan actualmente un regalo vulgar, bueno para los burgueses que no

se enteran de lo que es _chic_.

--Otros animales--añade--son ahora los acompañantes de moda,

especialmente de la mujer.

Tales palabras vienen de un hombre en íntimo contacto con la humanidad

privilegiada que llega de todas partes a la Costa Azul, vive unos meses

en ella y vuelve a esparcirse por el mundo. Nadie puede conocerla

mejor... Y me hacen ver, repentinamente, con una concreción luminosa,

imágenes que se habían deslizado antes por mis ojos, sin que yo las

retuviese.

Me acuerdo de la hora cálida y elegante del mediodía, cuando circulan

los extranjeros por los muelles de Mentón, las terrazas de Monte-Carlo,

el Paseo de los Ingleses, en Niza, y las explanadas del puerto de

Cannes. Pasan señoras con la sombrilla japonesa en la diestra, llevando

sobre un hombro o un codo el papagayo amaestrado que las acompaña en sus

viajes. Otras tiran de una cadenilla, al término de la cual marcha un

mono en posición cuadrúpeda o se apoya en las patas traseras, irguiendo

su cabecita orejona y piramidal sobre el capuchón de un hábito hecho con

tela de casulla. Otras damas, más jóvenes y de arrogancia deportiva,

acarician con la punta de su bastón el gato montes, la zorra, el lobito,

la pantera o el pequeño tigre que las sigue a todas partes, como en

otros tiempos el perrillo faldero.

Éstos son los camaradas de viaje que pueden dejarse ver. El célebre

hotelero me habla de otros que se quedan en casa, o sea los que

permanecen ocultos en el cuarto del «Palace» y obligan a los criados a

realizar a toda prisa la limpieza de la habitación, si es que no se

quedan a la puerta vacilantes y medrosos: lagartos soñolientos, hundidos

en algodones que les sirven de cama; tortugas que surgen lentamente del

abrigo del sofá; reptiles de piel en cuadrícula--molestos de

nombrar--que, al sentir la caricia del rectángulo de sol de la ventana

prolongado hasta su cesto, se desenroscan, levantan la tapa de junco, y

dilatando sus anillos, empiezan a subirse por las patas de los muebles.

Como ahora la gente viaja más que en otras épocas y dar la vuelta al

mundo es diversión que nada tiene de extraordinaria, las personas

andariegas y caprichosas, movidas por un deseo malsano de originalidad,

escogen los más extraños camaradas para su existencia cómoda, aburrida y

errante.

Un recuerdo me conmueve de pronto interiormente, con esa emoción

explosiva que acompaña los descubrimientos inesperados.

Me veo, noches antes, en la fiesta de un gran hotel de Niza. Bailan las

parejas bajo una lluvia de serpentinas y papelillos dorados. Los

domésticos van de mesa en mesa ofreciendo objetos de cotillón. Las

gentes se adornan con ellos grotescamente.

Graves señores, de solapa condecorada, han tocado sus cabezas con

sombreros de payaso, crestas de gallo o plumajes índicos, todo de papel

de seda.

Señoras que llevan sobre el pecho un millón de perlas o brillantes

ostentan orgullosas en su peinado las diademas de lata o las

sombrillitas de cartón que acaba de darles el _maître d’hôtel_. Entre

baile y baile, la gente devora. La acidez vegetal del champaña derramado

en los manteles se mezcla con la acidez humana de las axilas sudorosas.

En una mesa frente a la mía cena un joven solitario, de aspecto

«exótico». Va vestido, indudablemente, por un sastre de Londres; pero, a

pesar de su correcto _smoking_, evoca el recuerdo de islas paradisíacas

de Asia, bosques de canela, pagodas de rumorosas campanillas, a causa de

la indolencia de sus movimientos y el color de su rostro. Puede ser hijo

de europeo y de oriental; puede haber nacido en Inglaterra y tener la

cara ensombrecida por la causticidad de la atmósfera del trópico. Si se

desnuda este joven perezoso y atlético, tal vez muestre una blancura

femenina, alterada únicamente por la máscara de cobre que baja hasta la

mitad de su cuello. Con la mano derecha atrapa en el aire las bolas de

colores que le envían de las mesas inmediatas, y las devuelve sin

esfuerzo.

Su mano izquierda permanece inmóvil y caída sobre un plato con residuos

del postre. Algo vive y se agita debajo de esta mano... Lo recuerdo

ahora claramente; lo veo como si aún lo tuviese ante mis ojos.

Una cabecita de tortuga se mueve entre los dedos y el borde de

porcelana. Avanza, husmeando los restos del postre dulce; luego se

oculta... Conozco esta cabeza triangular; conozco su lengua de hilo

bifurcado; conozco sus ojos salientes, que parecen empañarse de blanco

al descender sobre ellos el velo membranoso de sus párpados. Yo he

vivido en las selvas de América, roturando por primera vez un suelo

virgen durante millones de años. Mi casa era un «rancho» de estacas y

barro. Un doméstico indio untaba con ajo las patas de mi catre para que

no subiesen por ellas los reptiles que cazan de noche y se introducen en

las viviendas buscando la sociedad del hombre. Al romper el día, antes

de calzarme unas botas altas de cuero de cerdo, había que ponerlas boca

abajo, por si alguno de estos visitantes se había adormecido en su

interior. Más de una vez, al encender luz en plena noche, sorprendí por

un momento esta misma cabeza en un agujero del techo o del suelo.

El _gentleman_, de repente, parece olvidar la fiesta y se lleva,

sonriendo, su mano izquierda a la cara. Un soplo frío, algo como una

caricia «del otro mundo», debe pasar por su bigote recortado.

No ha querido dejar a su amiga arriba, en la habitación que ocupa en el

hotel. Teme por ella, y la ha traído a la fiesta, enroscada en un brazo.

Se asoma suavemente por el puño de la camisa; se apoya en el borde del

plato; busca, golosa, las dulzuras fabricadas por los hombres que su

dueño le ofrece disimuladamente.

Así, tal vez, corre el mundo este _gentleman_ de rostro color de canela,

yendo de gran hotel en gran hotel...

Un mal vecino de cuarto.

_VII_

Novelas de la Costa Azul · 第 32 / 35 题