De los bancos que forman círculo en el centro de la plaza de
Monte-Carlo, dos o tres situados frente a la escalinata del Casino
llevan el nombre de «el purgatorio». Y por deducción, a las personas que
los ocupan, como si fuesen de su propiedad, guardándose recíprocamente
un lugar en ellos, las llaman las «almas» de dicho «purgatorio».
Fácil resulta adivinar su pasado. Son jugadores que desean entrar en el
Casino y no pueden, a pesar de vivir convencidos de que al otro lado de
sus puertas les aguarda la Fortuna. Los directores del establecimiento,
aleccionados por la experiencia, procuran que no quede en Monte-Carlo
ningún resto de la diaria batalla entre el hombre y la Suerte. Pocas
ciudades de Europa tan limpias como ésta. A ninguna hora del día o de la
noche se encuentra un papel, una hoja seca o una colilla de cigarro en
sus aceras, pulidas como el piso de un salón. Del mismo modo procuran
que no quede ningún herido ni contuso de los combates de la ruleta y el
«treinta y cuarenta». Todo el que pierde su dinero puede acudir a la
Administración del Casino, madre cariñosa, que le facilitará la cantidad
necesaria para el viaje hasta el país de origen. De este modo la víctima
va a contar muy lejos sus desengaños, y si se le ocurre suicidarse,
otros se encargan de su entierro.
Este socorro que da el Casino para que se retire el descalabrado recibe
el nombre de «viático». A veces el tal «viático» es de miles de francos,
según la categoría del jugador o la importancia del trayecto. Yo he
visto pagar a un holandés el precio de su pasaje hasta Java; pero había
dejado antes en las mesas verdes centenares de miles de francos. También
la Administración da algunas pensiones vitalicias a jugadores famosos
que frecuentaron la casa treinta o cuarenta años, perdiendo en ella
numerosos millones.
Conozco a un gran señor ruso que entra todos los días al Casino y sigue
el juego de las mesas importantes con mirada ansiosa; pero no se atreve
a apuntar ni con una ficha de las blancas, que son las más modestas.
El Casino le regala una pensión de 1000 francos mensuales, después de
haber dejado en Monte-Carlo el producto de sus minas en Siberia y las
cosechas de territorios extensos como provincias, poblados por miles de
_mujiks_. Pero esta generosidad va unida para el agraciado con la
condición de que no jugará nunca. Si avanza una apuesta sobre un número,
los empleados tienen orden de no admitirla.
Muchos jugadores que recibieron el «viático» para volver a su tierra
sienten el latigazo de la inspiración antes de partir, y arriesgan el
importe del viaje en una jugada última, convencidos de que este dinero,
por ser del Casino, atraerá a la Suerte. Si lo pierden quedan como
prisioneros en Monte-Carlo, y un desesperado más viene a sentarse en los
bancos del «purgatorio».
Todo el que tomó el «viático» encuentra cerradas las puertas de la
catedral del Rojo y el Negro mientras no devuelve el préstamo recibido.
Y estas pobres almas en pena se buscan y sostienen con la fraternidad de
la desgracia.
Antes de las diez de la mañana, hora de principiar el juego, ya ocupan
los bancos que consideran de su propiedad. Los que se alejan a mediodía
para almorzar, son reemplazados por otros que no saben dónde un
hambriento puede conseguir un almuerzo. Se ceden cortésmente los
asientos verdes, desde los cuales parecen espiar la escalinata del
templo prodigioso, y así permanecen formando grupos, unos encogidos,
otros de pie, hasta que llega la noche y se desbandan con la ilusión de
que el día siguiente será más propicio.
Mientras evocan su pasado o cuentan historias de ganancias maravillosas
en la ruleta, miran con envidia a los felices que suben y bajan los
peldaños alfombrados de la escalinata. Sus ojos son admirativos y
tristes, como los del ebrio ante la puerta cerrada de una bodega, como
los del morfinómano falto de dinero junto al escaparate de una farmacia.
De vez en cuando estos maltratados por la Suerte intentan volver hacia
ella con la esperanza de que los acaricie, con repentino capricho.
Rascan todo el fondo de sus bolsillos. Los hombres sacan monedas o
billetes ínfimos entre migas de pan y briznas de tabaco. Las mujeres
extraen de sus bolsos un dinero manchado de polvos de arroz o colorete
para los labios. Las «almas del purgatorio» sienten una fe repentina en
determinado número, o aceptan como indiscutible la nueva jugada que les
propone el más viejo del grupo.
Encuentran siempre un amigo que no ha tomado el «viático» y puede entrar
en las salas públicas. Se le entrega sin miedo el capital de la
sociedad, repitiendo, con abundantes detalles, cómo debe arriesgarlo. A
nadie se le ocurre sentir desconfianza. Este embajador no puede faltar a
la lealtad que se deben los desgraciados. Quedan todos en angustioso
silencio. Miran fijamente las puertas del Casino, creyendo ver a cada
instante la reaparición del enviado en lo alto de la escalinata. Cuando
tarda, la confianza aumenta en el «purgatorio». Indudablemente, el
capital común está agrandándose con una ganancia progresiva. Si vuelve a
mostrarse a los pocos minutos, todos adivinan su desgracia mucho antes
de ver el gesto doloroso con que anuncia desde lejos la quiebra
fulminante de la sociedad.
Yo hablo algunas veces con las «almas» que vagan dolorosas por la plaza
de Monte-Carlo, sin que la Suerte quiera redimirlas. Muchas de ellas son
más antiguas que yo en el país. También gozo el honor de que estas
«almas» me admiren, como un personaje casi tan interesante como ellas.
Aunque algunos me tachen de inmodesto, declaro que he conseguido cierta
celebridad en Monte-Carlo. Hasta tengo un apodo con el que me designan
los que no saben pronunciar mi apellido español. Soy «el señor que no ha
jugado nunca». Una popularidad que no todos pueden conquistar.
Hace cinco años que frecuento Monte-Carlo y entro diariamente en su
Casino, fuera de los meses que paso viajando. Hubo año que llegué a
visitar las salas de juego mañana, tarde y noche, para hacer un estudio
directo de la vida de los jugadores, destinado a mi novela _Los enemigos
de la mujer_... Y en esos cinco años no jugué nunca, no he sentido la
curiosidad de llamar a la Fortuna ni una sola vez, y el público y los
empleados han acabado por fijarse en tal abstención, que resulta aquí
extraordinaria.
Siempre que entro ahora en el Casino, me veo buscado y amenazado por los
halagos o las emboscadas que persiguen a toda virginidad. La
superstición de los jugadores cree ciegamente en la buena fortuna de las
novelas. Muchas señoras, amigas mías, me ofrecen dinero para que lo
ponga a mi capricho sobre la mesa verde.
--Aunque sea un _luis_ nada más--dicen con una sonrisa que incita al
pecado.
No jugaré nunca. Confieso mi debilidad ante muchos vicios y seducciones
de la existencia; pero la tentación del juego no me inspira inquietud.
Sé bien que no puedo ser jugador; que no lo seré, aunque me lo proponga
con toda la fuerza de mi voluntad. He hecho mis pruebas, y puedo
afirmarlo sin miedo a equivocarme.
En 1896, cuando andaba metido en las aventuras y riesgos de una política
de acción, tuve el honor de ser presidiario. Un Consejo de guerra me
condenó a varios años de encierro, y aunque los periódicos se
interesaron por mi suerte hasta conseguir que me indultasen, no por ello
me libré de pasar recluido más de un año. Esto se dice pronto; pero hay
que conocer por experiencia lo que son doce meses, uno tras otro,
siempre en el mismo edificio y entre gente poco grata.
La penitenciaría era un antiguo convento de Valencia, que ya no existe.
Esta construcción vetusta sólo tenía cabida higiénica para trescientos
hombres, y éramos a veces mil. Como gran favor, me dejaron en la
enfermería, donde todos los meses morían dos o tres tísicos y se
preparaban para seguirles media docena más. Si la defunción ocurría al
atardecer, quedaba el cadáver en una cama próxima hasta la mañana
siguiente. ¡Una existencia de lo más entretenida!... De vez en cuando,
para mayor amenidad de mi encierro, llegaban órdenes exteriores
recomendando a los empleados que no me dejasen recibir libros ni me
permitieran escribir otra cosa que cartas a mi familia. Los
apasionamientos políticos aconsejan casi siempre medidas absurdas.
En uno de estos períodos, los empleados, apiadándose de mi aburrimiento,
me buscaron una diversión.
--Podía usted entretenerse con el juego. Eso le distraerá tanto como la
lectura.
Y ocultamente me fueron proporcionando barajas, un dominó, un tablero de
damas y otros instrumentos recreativos que no recuerdo. Hicieron más: me
buscaron sin salir de «la casa» un insigne profesor, famoso ladronazo de
larga historia, que sólo se había dedicado a robar Bancos y llevaba
corrido medio mundo, conociendo todas las timbas de España y naciones
adyacentes.
¡Imposible aprender en mejor escuela! Fue--y pido perdón por la
irreverencia--como si me pusieran a estudiar bacteriología con Pasteur o
versificación con Víctor Hugo. Pero apenas iniciadas sus lecciones, el
eminente catedrático debió convencerse de que trataba con un torpe,
falto completamente de aptitudes. Todo lo aprendía y lo olvidaba con
igual facilidad. Me faltaba tener fe en las enseñanzas recibidas... Y
media hora después, el maestro, abusando de la bondadosa tolerancia de
mis protectores, jugaba a peseta el golpe con los enfermos, mientras yo,
de pie y junto a una verja, seguía arrobado el deslizamiento de las
nubes y el revoloteo de dos palomas, a través de los hierros que
cortaban el azul de un rectángulo de cielo.
Debo confesar que representa para mí una voluptuosidad algo cruel y
egoísta--y los placeres resultan a veces más intensos cuando van
sazonados con un poquito de esta salsa maligna--el hecho de pasearme
por Monte-Carlo siendo el único hombre, ¡el único!, que vive en esta
ciudad sin haber jugado nunca. Muchos ilusos de diversas naciones se
encargan de costear las comodidades que me rodean. Los jardines de
vegetación tropical, los salones lujosos del Casino, el puerto blanco
lleno de yates, las orquestas, la ópera subvencionada con varios
millones, todo lo pagan los jugadores para que yo lo disfrute. Las mesas
verdes no han recibido de mí un solo céntimo.
Pero un día que hice esta declaración de independencia ante un empleado
antiguo del Casino, el viejo rió socarronamente:
--Hay quien ha hecho más que usted--dijo--. Usted se limita a no dar
nada, mientras que el maestro ruso...
Y me contó la breve historia del maestro de escuela ruso, conocida
solamente por los altos funcionarios de Monte-Carlo, pues resultaría
peligroso el divulgarla.
Esto fue antes de la guerra. Un ruso greñudo, barbón y grasiento, con
sonrisa inocente y ojos de angelote bizantino, consiguió entrar una sola
vez en las salas de juego, y puso una moneda de cinco francos a un
número de la ruleta. El duro era escandalosamente falso, pero acertó el
«pleno», y le dieron treinta y cinco duros más, indiscutiblemente
legítimos.
Luego que se hubo comido la ganancia, el maestro pidió audiencia a la
Administración del Casino. Él se consideraba un jugador importante,
«todos le habían visto jugar», y exigía lo mismo que los otros, un
«viático» para volver a su tierra... Y la Administración, que no quiere
«ruidos», le pagó el viaje.
Como el empleado continúa sonriendo después de terminar su historia, yo
inclino la cabeza humildemente:
--Reconozco mi inferioridad ante el maestro ruso.
_VI_