Si un romano del tiempo de Augusto o de Tiberio resucitase en nuestros
días, no le preguntaríamos sobre los episodios de la historia antigua,
que fue para él contemporánea, y las costumbres públicas de entonces.
Todo esto lo sabemos por los historiadores y las leyes romanas.
Nos interesaría más conocer los secretos y particularidades de la vida
privada; cómo se divertían las gentes en Cumas, Baia, Pompeya y otras
ciudades elegantes situadas al borde de lo que es hoy golfo de Nápoles.
Nos gustaría escuchar los escándalos, las murmuraciones, las
excentricidades del gran mundo romano que se trasladaba por unos meses a
las sonrientes orillas del mar de Partenope; querríamos contemplar de
cerca la misma vida suntuosa que vio deslizarse el melancólico y
jubilado «Procurador de Judea», descrito por Anatolio France.
Pero si el romano vuelto al mundo nos dijese que no había estado nunca
en estas ciudades, alegría y solaz de la vida antigua, nos indignaríamos
contra él.
--Entonces, ¿qué es lo que hizo usted en su existencia anterior?...
¿Cómo pudo mantenerse tranquilo, sin ver de cerca uno de los aspectos
más interesantes de aquel tiempo?
Lo mismo podría decirse a un hombre de nuestra época que, teniendo
cierta fortuna personal y hallándose sano de cuerpo para emprender
viajes, no sintiese curiosidad por la vida cosmopolita y alegre de la
llamada Costa Azul, que equivale ahora a las ciudades del antiguo golfo
de Nápoles, fundadas o agrandadas por los Césares.
El paisaje de la Costa Azul infunde admiración. Tiene la dulzura
luminosa de las costas mediterráneas. Los Alpes, al llegar al mar, se
hunden bruscamente en su abismo, formando rosados promontorios o
graciosas bahías orladas de jardines. Pero indudablemente existen en la
cuenca del Mediterráneo otros paisajes semejantes a éstos o tal vez más
originales. El verdadero encanto de la Costa Azul es obra del hombre. Lo
más interesante en ella es la humanidad que la puebla durante los meses
del invierno.
Asombra el cálculo de lo que se ha trabajado en medio siglo nada más
para el embellecimiento de esta cornisa de montañas. Antiguos
pueblecitos de pescadores o labriegos son hoy ciudades elegantes, donde
mantienen sucursal abierta las tiendas más célebres de Londres y París.
Campos pedregosos que tuvieron por única vegetación olivos centenarios,
rajados y mediocremente fecundos, se han vendido a lotes por sumas
inauditas, convirtiendo en millonarios a los nietos de sus primitivos
cultivadores. No hay aldea enriscada que no posea un buen camino para
automóviles. Tres carreteras cortan longitudinalmente la falda de los
Alpes desde Niza a Mentón: la que sigue la orilla sinuosa del mar, la
llamada Cornisa Media, y la Gran Cornisa, que serpentea sobre las
cumbres, y está muchas veces incomunicada ópticamente, por una masa de
nubes, con la ribera de abajo, donde rebullen las gentes como un
hormiguero.
Atrevidos viaductos cruzan los precipicios para evitar grandes rodeos a
la circulación. Si los caminos tropiezan con un saliente de la montaña,
lo perforan en forma de túnel. Otras veces necesitan extenderse a lo
largo del Mediterráneo y desarrollan su cinta sobre largos terraplenes.
Es difícil calcular el dinero invertido aquí por los que vinieron,
durante medio siglo, en busca de sol y horizontes azules.
Niza, pequeña ciudad saboyana, es ahora la quinta o sexta urbe de
Francia. Desde Hyéres a Mentón se extienden miles y miles de ricas
«villas» y palacios. Los aficionados a calcular afirman que se ha
construido en la Costa Azul por valor de 5000 ó 6000 millones. Esto es
obra solamente de los particulares, y hay que añadir a tan enorme
cantidad los trabajos públicos realizados por gobiernos y municipios:
conducciones de agua, puentes, carreteras y ferrocarriles.
El que ha nacido en un país de sol no puede sentir la atracción de la
Costa Azul como los europeos septentrionales. De aquí que ni los
españoles ni los italianos, a pesar de ser vecinos, la frecuenten mucho.
Siempre encontró ella en los pueblos del Norte sus más fieles
admiradores.
Antes de la guerra, la Costa Azul fue rusa. Aquí venían a derrochar su
fortuna los privilegiados del Imperio zarista, considerando interminable
un régimen sabiamente organizado para la felicidad de los menos. También
fue alemana pocos años antes de 1914. Los alemanes y los austríacos
acudieron a ella en grandes masas, y tal vez serían a estas horas sus
dueños. Los dominadores actuales son los ingleses y los norteamericanos.
Sus banderas ondean en todas partes junto a la bandera francesa.
Viajando por todo el mundo es como puede uno ser entucado del prestigio
lejano y misterioso que gozan estas poblaciones de la Costa Azul. Muchas
veces, en los Estados Unidos, en Canadá, en Méjico o en naciones del
Norte de Europa, al decir yo que tengo mi casa en la Costa Azul, he
visto entornar los ojos a los que me escuchaban con una expresión
ensoñadora, lo mismo hombres que mujeres, murmurando nostálgicamente:
--¡Niza!... ¡Monte-Carlo!...
Unos hacían memoria de su vida aquí; otros deseaban venir, y temían no
conseguirlo nunca. Mostraban todos en su rostro la misma expresión del
que oye el nombre de Bagdad y evoca inmediatamente las maravillas de
_Las mil y una noches_.
Este fragmento de costa mediterránea es tan universal como el bulevar de
los Italianos, de París; el Piccadilly, de Londres, o el Broadway, de
Nueva York. Yo vivo en la más tranquila de las ciudades de la Costa
Azul, en el poético Mentón, retiro de escritores y artistas, donde la
gente se acuesta temprano y madruga mucho, para gozar de sus admirables
jardines. Y sin embargo, estoy en la corriente de la circulación
europea, en «el camino de todos», más que si viviese en Madrid, que es
ciudad populosa y capital de una nación.
Para ir a España hay que proponerse concretamente este viaje y sentir un
verdadero interés por ella. Se necesita avanzar hasta un extremo de
Europa y luego desandar el camino, atravesando otra vez los Pirineos.
España sólo ofrece una salida para el que no quiere retroceder:
embarcarse con rumbo a América, y nuestros puertos no los frecuenta
ninguna de las grandes Compañías navieras famosas por el tonelaje de sus
buques y por su lujo. Nuestra patria es a modo de una calle que sólo
tiene una entrada y carece de continuación.
En cambio, la Costa Azul es camino para Italia, para el centro de
Europa, para los países del extremo Mediterráneo y del extremo Oriente.
Se encuentran aquí, todos los días, amigos que dejó uno en lugares
apartados del planeta, creyendo no verlos más, y que surgen
inesperadamente ante nuestro paso. Todos los que desembarcan en Europa
traen en su programa, como algo imprescindible, unas semanas de vida en
la Costa Azul.
Los personajes más famosos desfilan por esta tierra. No hay gobernante
inglés que prescinda de jugar al tennis en Cannes durante el invierno.
Junto a las mesas de los casinos de la Costa Azul puede uno codearse con
las mujeres más célebres.
Hace tiempo, almorzando una mañana en el Sporting-Club, de Monte-Carlo,
vi sintéticamente lo que es la vida en este rincón del mundo.
Cerca de mí comía un señor alto, delgado, con barba rubia y canosa, y
lentes de oro. Al fijarme en los saludos extraordinarios del _maître
d’hótel_ y de la servidumbre, sentí la necesidad de preguntar.
--Es el rey de Suecia--me dijeron--, que todos los años viene de
incógnito.
Luego ocupó otra mesa un señor robusto, de aire militar, con la tez
enrojecida por el sol de los trópicos.
--A éste le conozco--dije yo al doméstico--. Es el duque de Connaught,
el tío del rey de Inglaterra, que posee una «villa» en Cap Ferrat, y
acaba de volver de las Indias.
Varios señores ocupaban otra mesa. Uno de ellos, con gafas y barba
canosa, parecía dominarlos a todos, sonriendo finamente. Junto a él, y
compartiendo su importancia, había otro, de bigote blanco. El de la
barba era Venizelos, y su vecino, el famoso hombre de negocios
anglo-heleno _sir_ Basilio Zaharoff, el capitalista mayor de Europa en
este momento, el único al que miran como un igual los multimillonarios
de los Estados Unidos.
Y todo esto, en un pequeño comedor de Club, que no contiene más allá de
una docena de mesas.
Me acordé de Cándido, el protagonista de la novela de Voltaire, cuando
visita la Venecia del siglo XVIII con motivo de su famoso Carnaval, y al
cenar en la hostería se encuentra con que sus cuatro compañeros de mesa
son cuatro reyes que vienen de incógnito a divertirse.
_III_