EL QUE QUISO CASARSE CON LA PRINCESA

La revolución rusa ha esparcido por el mundo miles y miles de seres que

gozaron en otro tiempo las delicias de la riqueza o del poder, y ahora

viven en una miseria doblemente dolorosa, por el recuerdo del pasado y

por la falta de esperanza. Son parecidos a los emigrados de la

revolución francesa, que paladearon la «dulzura de vivir» bajo la

antigua monarquía instalada en Versalles, y luego tuvieron que ejercer

viles oficios en Inglaterra y Alemania, sufriendo muchas veces el

tormento del hambre.

Esta emigración rusa se concentra especialmente en la llamada Costa

Azul. El ensueño de todos los rusos refugiados en Berlín, Londres o

París es poder trasladarse a Niza. Hijos de una tierra invernal, piensan

en el sol gratuito que dora las costas de este mar color de violeta,

célebre desde los primeros vagidos de la poesía griega. Vivir en Niza

representa prescindir de la calefacción, comer naranjas a bajo precio,

instalarse en un antro miserable de las afueras con otros compatriotas,

sin miedo a los rigores de la temperatura.

Además, muchos de los pobres actuales vivieron en este país hace diez o

doce años, cuando gastaban miles y miles de rublos. Aquí dejaron

recuerdos de amor, de vanidad o de orgullo, y se sienten atraídos por

estos fragmentos de vida que representan toda la gloria de su pasado.

Los rusos, antes de la guerra, eran en la Costa Azul el gran señor

manirroto o la dama algo loca y siempre elegante, que asombraban a las

gentes arrojando el dinero a puñados. Hoy forman un coro triste, y sobre

su masa dolorosa parecen destacarse con más crudo relieve la

prodigalidad de los americanos del Norte y la opulencia señorial de los

ingleses, actuales dominadores de la tierra.

Muchos de estos emigrados aceptaron valerosamente su desgracia. En

Mentón, cerca de mi casa, hay granjas cultivadas por generales y

coroneles rusos; pero cultivadas verdaderamente, pues estos hombres que

mandaron regimientos o divisiones son ahora gañanes para poder comer, y

remueven la tierra con la pala, abren surcos, cargan carros, crían aves

de corral. Otros, menos enérgicos o vigorosos, trabajan como porteros de

hotel o simples mozos de comedor.

Con frecuencia, algunas damas inglesas o francesas creen reconocer al

criado viejo, de chaleco a listas y mandil azul, que limpia su cuarto.

Al fin acaban por enterarse de que en otros tiempos bailaron con él en

Monte-Carlo, cuando se llamaba príncipe o conde, era capitán de la

Guardia imperial y venía todos los inviernos a derrochar su patrimonio

en la Costa Azul.

Otros no se deciden a trabajar y apelan a toda clase de expedientes,

representando una molestia peligrosa para el que los recibe en su casa.

Con lentitud eslava cuentan la novela de su pasado, y acaban pidiendo

tranquilamente mil o dos mil francos, como si aún viviesen en sus

tiempos de magnificencia. Es verdad que se contentan finalmente con

veinte francos; ¡pero son tantos los que llegan creyendo ser cada uno el

único que merece protección!...

En Niza, señoras de la antigua corte imperial inventan rifas para vivir.

Otras tienen casa de huéspedes o una tiendecita de sombreros.

Antes del triunfo del bolcheviquismo, mis novelas eran muy traducidas y

leídas en Rusia. (Debo advertir de paso que España jamás tuvo tratado de

propiedad intelectual con Rusia, y los libros nuestros eran reproducidos

libremente. Hubo novela mía que fue publicada al mismo tiempo por cinco

editores diferentes, sin pedirme ninguno autorización). Como vivo

rodeado de tantos náufragos de la catástrofe rusa que en sus tiempos

felices fueron lectores míos, recibo frecuentemente sus visitas. Grandes

damas me buscan para que las ayude a vender ricas diademas en forma de

mitra, semejantes a las que ostentan las vírgenes bizantinas, y que

lucieron ellas muchas veces en las fiestas de la corte imperial. Otras

me enseñan capas de marta, armiño, y alhajas de una magnificencia algo

bárbara.

Es lo último que les queda. Temen las ofertas, escandalosamente bajas,

de los usureros que acechan su agonía, y acuden a mí, como si un

novelista pudiera arreglarlo todo. Algunas me proponen la adquisición de

estos recuerdos de su vida lujosa, desaparecida para siempre, indicando

precios verdaderamente extraordinarios por lo modestos. Pero yo no voy a

pasearme por mi habitación de trabajo vestido y adornado como una dama

de Nicolás II en día de gran ceremonia, y renuncio a tales «ocasiones».

Otras de menos años, cuyos maridos, difuntos por fusilamiento,

poseyeron minas de platino en Siberia, vienen a que las recomiende para

trabajar en el cinematógrafo. ¡Como si el improvisarse artista

cinematográfica fuese algo facilísimo!...

Algunas de estas grandes damas arruinadas pueden sostenerse modestamente

con lo que poseían fuera de su país, y aún encuentran el medio de

favorecer a sus compañeros de desgracia. Como se consideran pobres al no

poder sostener su existencia lujosa de otros tiempos, desean trabajar, y

han creado en Niza varios restoranes, que dirigen ellas mismas.

Son establecimientos baratos, donde se puede comer por cuatro francos y

medio, lo que equivale en Francia a un cubierto español de dos pesetas.

Por tal precio no pueden esperarse milagros culinarios; pero se nota en

el ambiente de la sala y en el arreglo de sus mesas cierta distinción

especial, lo que la gente llama chic, algo que revela el buen gusto de

la dueña invisible, que está en la cocina dirigiéndolo todo. Los pobres

de mala educación no se sienten a su gusto en estos restoranes, y los

abandonan. Su clientela se va seleccionando de un modo automático, y

acaba por estar formada únicamente de personajes venidos a menos, de

héroes de novela, muy interesantes si fuesen dos o tres nada más. Pero

son muchos, y sus vidas, que hace quince años hubiesen parecido

extraordinarias, acaban por resultar monótonas.

La directora de uno de estos restoranes es una princesa Murat. La

familia de los Murat está dividida en varias ramas, y una de ellas se

estableció matrimonialmente en Rusia. De aquí que la suerte de muchos

descendientes del ex rey de Nápoles vaya unida a la de los aristócratas

rusos.

Esta princesa, nacida, según creo, en los Estados Unidos, posee una

elegancia natural y guarda aún la belleza reposada y distinguida de su

segunda juventud, después de haber perdido la frescura de la primera.

Con una energía americana ha aceptado los deberes y penalidades de su

nueva situación. Todas las mañanas, al salir el sol, ya está en el

mercado, al mismo tiempo que los compradores de los grandes «Palaces»,

los cocineros de los hoteles medianos, y los dueños de fondines y casas

de huéspedes.

Desea que sus clientes coman barato y bien. Discute con los proveedores

o les sonríe, empleando la fuerza convincente de una mujer que sabe

hacerse agradable. Atrae con su presencia la atención de todos, aun de

aquellos que ignoran quién es.

El mercado de Niza hace recordar los antiguos mercados de Valencia y

Barcelona. Los vendedores están al aire libre, detrás de barricadas de

hortalizas, que esparcen perfumes de tierra prolífica o de punzantes y

vigorosas savias. A través de los portalones de la muralla inmediata se

ve brillar la llanura luminosa del Mediterráneo, toda azul y toda

azogue. En la atmósfera hay olores de ajo y mimosas, de cebolla y

claveles, de violetas y sal marina. Toda mujer, después de llenar su

cesta de comestibles, considera indispensable comprar un ramo de flores.

Este mercado--tan distinto a los mercados cerrados y con techumbre de

hierro--predispone las gentes al amor, y hace pensar que en la vida hay

algo más que llenar bien el estómago.

La princesa se vio detenida una mañana por uno de sus «colegas». Era un

francés bigotudo, con aire de antiguo gendarme, dueño de un fonducho

para trabajadores cerca del puerto. Necesitaba hablar con ella. Venía

observándola desde muchas semanas antes. Había admirado su habilidad

para comprar y el gran dominio que ejercía sobre las gentes.

--A mí me gustan las mujeres serias; soy viudo, y tal vez podemos

convenirnos el uno al otro. No le hablaré de amor; eso es para las

comedias. La vida no es una broma... Usted tiene su establecimiento, yo

tengo el mío; podemos casarnos, y ayudándonos como dos personas

juiciosas, llegaremos a juntar un capitalito para retirarnos al campo en

nuestra vejez.

La dueña del restorán contestó con una de sus sonrisas dulces:

--¡Quién sabe!... Es para pensarlo más despacio.

Ahora el dueño del fondín del puerto va más tarde al mercado, pues no

quiere encontrarse con ella. Además pone una cara fosca para que las

pescaderas y las vendedoras de hortalizas no se atrevan a bromear con

él.

Sabe que cuando vuelve la espalda todas sonríen y le designan con el

mismo apodo: «El que quiso casarse con la princesa».

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Novelas de la Costa Azul · 第 29 / 35 题