EL CARNAVAL EN NIZA

Niza es la heredera de Venecia. Durante varios siglos, los ricos ganosos

de divertirse y los aventureros de vida novelesca arrostraron las

molestias y peligros de los viajes de entonces para presenciar en la

ciudad adriática las fiestas de un Carnaval que duraba meses. Ahora, los

medios de comunicación son más fáciles; el placer se ha democratizado,

lo mismo que los conocimientos humanos y las comodidades de nuestra

existencia, y el ferrocarril y el trasatlántico traen miles de

espectadores al Carnaval de Niza.

La Naturaleza gusta de travesear en estos días. Un sol primaveral

derrama sus oros sobre la Costa Azul casi todo el invierno, y al llegar

la semana carnavalesca raro es el año que no cae una lluvia inoportuna.

Pero como Niza necesita defender su célebre fiesta, y la muchedumbre de

viajeros llega dispuesta a divertirse, sea como sea, las máscaras

arrostran la intemperie, el público abre sus paraguas, y los desfiles

continúan bajo esa lluvia violenta y tibia de los países solares, donde

los aguaceros son ruidosos pero de corta duración.

El Carnaval de Niza ha acabado por ser algo indispensable para su vida,

y ninguna otra ciudad lo puede copiar. Los particulares colaboran con el

Municipio; cada nicense aporta su iniciativa. Capitales de mayor

importancia podrían organizar desfiles de carrozas más suntuosas; pero

creo imposible que encontrasen una ayuda individual, una colaboración

«patriótica» como la de los habitantes de esta ciudad. El pueblo nicense

considera que es deber suyo engrosar el número de las máscaras, y

familias enteras se cubren con el disfraz para gritar en las calles,

danzar o ir saltando de una acera a otra, todo para mayor gloria y

provecho de su tierra.

En esta fiesta, lo más admirable no es la obra de los artistas, ocupados

durante meses y meses en preparar las carrozas, ambulantes caricaturas

que sintetizan los sucesos de la actualidad; son la máscara suelta y el

grupo organizado espontáneamente los que le dan un carácter único en el

mundo. La máscara a pie es más digna de atención que los enormes

vehículos con sus monigotes que casi llegan al filo de los tejados, y

sus grupos de muchachas subidas en las rodillas y los brazos del gigante

de cartón, como los liliputienses escaladores del cuerpo de Gulliver.

Más de cincuenta Carnavales sucedidos en el curso de medio siglo largo,

sin otra interrupción que la última guerra, han fatigado a los

organizadores y al público de las cabalgatas llamadas históricas o

artísticas. Ahora, el Carnaval de Niza es burlesco, dedicándose a la

deformación ingeniosa de los géneros animales y vegetales. Ciertos

grupos de máscaras recuerdan los _Caprichos_, de Goya, y otros delirios

de artistas fantaseadores.

Los que carecen de dinero para proporcionarse un disfraz completo, o no

pensaron previsoramente en su adquisición, se desfiguran con una nariz

postiza, lanzándose en el torrente de las máscaras, para ser una más.

El Carnaval ofrece aquí el aspecto enardecedor y sinceramente jocundo de

todo lo que se hace en la vida espontáneamente por entusiasmo y no por

dinero. Los miles de máscaras gritan, cantan, forman corros y cadenas o

hacen burlescas cortesías al público. Esto representa para ellas el

descanso. Luego, apenas rompe a tocar una de las bandas de música del

cortejo, avanzan por las calles bailando, y los que ocupan los carros

empiezan a saltar como monigotes elásticos. Y así continúan horas y

horas, causando asombro un regocijo tan infatigable y tenaz.

Nadie se enfada; rara vez surge un incidente violento. Es un Carnaval de

gentes ruidosas que se buscan para divertirse, pero sin perder la buena

crianza. Las máscaras, cuando se empujan por descuido, se piden perdón a

través de la careta.

El amor acude todos los años, puntualmente, a la fiesta. Muchas novelas

bipersonales, que permanecerán ignoradas y nadie escribirá, tuvieron su

primer capítulo en el Carnaval de Niza, durante el desfile de la

cabalgata o las fiestas nocturnas en el _hall_ del Casino, enorme como

una catedral.

El viajero enmascarado habla al dominó femenino que marcha junto a él.

Se aproximan para defenderse de los empellones de los otros; acaban por

cogerse del brazo y saltar a un tiempo; luego bailan, quieren saber cómo

se llaman, se dan falsos nombres y se declaran un eterno amor antes de

haberse visto las caras. Todo esto, empujados por el torrente

carnavalesco a través de avenidas y paseos, defendiéndose con las

espaldas del oleaje humano, evitando las patas de los caballos

enganchados a las carrozas o los arranques inesperados de los chófers

que las guían.

En otros países un Carnaval como éste provocaría riñas y crímenes. En

Niza rara vez tiene que intervenir la policía. Ésta y los destacamentos

de cazadores alpinos encargados de mantener el orden sólo se preocupan

de que los grandes carros no causen daño en las fachadas de las casas o

en los arcos de luces que adornan las calles.

La gente se divierte y no riñe, porque ignora el miedo al ridículo, que

tanto amarga la vida de nuestra raza. El que aquí pretende divertirse

sólo piensa en obtener el placer deseado. Lo busca a su modo e ignora la

existencia de los demás, despreciando lo que puedan pensar de él.

Nosotros tenemos miedo «al qué dirán», a que alguien «nos tome el pelo»,

y esto nos cohíbe, aplastando toda iniciativa. Sólo podemos divertirnos

haciendo todos lo mismo, como un rebaño falsamente alegre, receloso y

suspicaz, mirándonos de reojo mientras reímos. Y al sospechar vagamente

que alguien puede divertirse un poco a nuestra costa, ¡adiós alegría!,

creemos necesario morder.

_II_

Novelas de la Costa Azul · 第 27 / 35 题