III

Hablaba frecuentemente con rusos que iban llegando a la Costa Azul,

fugitivos de su país. Muchos de ellos parecían guardar en sus pupilas

una dilatación de espanto por lo que habían visto.

Unos habían huido, viajando sobre el mar helado para llegar a un puerto

fronterizo. Otros descendían hasta el Mar Negro, y después de

terroríficas aventuras, lograban escapar de la tiranía de los Soviets,

cruzando a continuación como peregrinos las naciones del Sur de Europa.

Todos hablaban de encierros mortales, de fusilamientos, de locuras

provocadas por las persecuciones; pero lo que les hacía estremecerse con

más horror era el recuerdo de dos tormentos continuos, tenaces,

insufribles: el hambre y el frío.

La antigua tiranía de la Okhrana, policía política del Imperio, que

enviaba los revolucionarios a Siberia o a la horca, había sido

sustituida por la Inquisición roja de la Tcheka, nombre que parecía

chino y era simplemente la abreviatura telegráfica de la Comisión

Extraordinaria Pan-Rusa, encargada de perseguir a los enemigos del

régimen comunista.

El «zar rojo», Lenine, al concentrar en manos de su gobierno todos los

medios de nutrición, ejercía el despotismo más violento y doloroso

conocido en la Historia: un despotismo sobre el estómago. El hambre era

el látigo de este domador. Todos los alimentos se reservaban para sus

soldados y partidarios. Lo sobrante era lo único que podía comer el

resto del país. Las gentes de las ciudades se alimentaban tres veces por

semana, en los bodegones públicos, mediante la presentación de una

tarjeta del gobierno, con unas onzas de pan hecho de paja y un caldo en

el que nadaban como elemento substancioso cabezas y espinas de arenque.

«¿Qué será de Vera?», pensaba Ipatieff.

Por las mañanas, al tomar el sol en el Paseo de los Ingleses, sentía

remordimiento. Sus ojos dejaban de ver la luminosa bahía de los Ángeles

para contemplar de pronto una calle o una plaza de Petrogrado, sobre

cuya nieve avanzaba una mujer temblorosa. Dentro de los edificios la

temperatura era igual a la de las calles. Las puertas y ventanas ya no

existían. Toda madera había sido consumida mucho tiempo antes en las

estufas ahora heladas. ¡Y él viviendo junto al Mediterráneo, rodeado de

gentes en apariencia felices, sin poder cederla su puesto al sol!...

Cuando comía al azar de su existencia bohemia en un gran hotel o un

bodegón de la Niza vieja, su regodeo goloso de hombre que empieza a

envejecer sentíase alterado por el recuerdo de aquellas miserias

nutritivas que relataban los fugitivos rusos. ¡Pobre Vera! ¡Gran señora

infeliz que había vivido, los más de sus años, buscando nuevos

refinamientos para hacer más costosa su existencia! En su palacio de

París pagaba a su cocinero un sueldo mayor que el de un presidente de

Consejo de ministros. Y ahora imaginaba Fedor cómo se abalanzaría ella,

con el ímpetu de un animal hambriento, sobre los residuos de su comida

que ensuciaban el mantel del bodegón nicense, frecuentado en días de

escasez...

La pobre habitación que le servía de vivienda se transformaba en palacio

al recordar a la antigua millonaria. Él y todo su rebaño canino comían,

ignoraban el frío, tenían buena luz eléctrica al cerrar la noche,

¡mientras la otra infeliz!...

--El mundo ha cambiado--decía Fedor, mirando en torno de él con

extrañeza.

Sí, el mundo había cambiado; pero las gentes sólo se enteran de los

trastornos históricos si éstos les tocan de cerca, y cuando los ven

lejanos se cansan de hablar de ellos y los olvidan. El viejo del Paseo

de los Ingleses se asombraba al ver tantas personas contentas de su

suerte, venidas a la Costa Azul en busca del sol. ¡Pensar que mientras

una parte de la humanidad se entregaba a los placeres, olvidando la

guerra pasada o las guerras futuras y próximas, seguía desenvolviéndose

en la otra mitad de Europa la revolución más enorme de la Historia, a

espaldas de las gentes que no sentían interés por ella, a causa de su

duración y su monotonía!...

--Acabó la época de los ricos--murmuraba--. Ya no existen ricos en mi

país, y los de aquí siguen ciegamente su vida de siempre, sin pensar que

a su vez les llegará el turno de morir como los otros.

Y concentrando la suerte del mundo en la persona que a él le interesaba,

volvía a acordarse de Vera Alejandrowa.

Todo en Niza parecía evocar su imagen. Los perrillos que le ayudaban a

vivir con su fecundidad eran descendientes de una pareja de favoritos

que ella le había confiado antes de partir a Rusia. El Casino le hacía

recordar los bailes de otro tiempo. Le era imposible salir de la ciudad

sin que sus ojos tropezasen inmediatamente con la masa enorme y blanca

del hotel donde habían vivido los dos en lo alto de Cimiez. Los

comedores de los «Palace» que frecuentaba ahora como humilde y simpático

parásito le habían visto sentado junto a ella durante largas cenas de

platos costosos y vinos extraordinarios, pagadas con una largueza

moscovita, ignorante de los valores.

Madame Volinski, la esposa del famoso minero, gastaba 800 000 francos al

año en vestidos (tres millones de ahora), y sus joyas eran tantas que no

dejaban sitio disponible en las cajas de seguridad de los hoteles. Los

periódicos de modas habían hablado con asombro de su calzado: cien pares

ordinariamente. Sentía repentina aversión por trajes y zapatos que sólo

había usado una vez, regalándolos a sus doncellas o a criadas de hotel

conocidas horas antes; y las pobres mujeres, no sabiendo qué hacer de

tan fastuosos regalos, los vendían.

De todos los caprichos de Vera Alejandrowa, el que recordaba Fedor con

más frecuencia era su baño: un baño diario que hacía pasar a segundo

término las extravagancias termales de las emperatrices de Roma. La

esposa del millonario siberiano arrojaba todos los días en su bañera

perfumes de París por valor de 500 francos. ¡Y ahora, tal vez pasase

meses y meses, allá en la gran ciudad devastada por la experiencia

comunista, sin cambiar de ropas, sin conocer los cuidados higiénicos,

desposeídos de importancia en un país falto de alimento y de calor!...

Pero como si no pudiera imaginársela sucia, haraposa y alimentándose con

inmundicias, se preguntaba:

--¿Realmente vivirá aún?... ¿No habrá muerto de miseria, como tantos

millones de personas?

Un día experimentó una gran emoción, casi lo mismo que si hubiera visto

a la desaparecida.

Evitaba el trato con los rusos residentes en Niza. Todos ellos maldecían

la tiranía roja; pero apenas se juntaban para acordar los medios de

combatirla surgían tantas opiniones como individuos, y estas opiniones

eran tenaces e irreconciliables. Ipatieff, educado en la Europa

occidental, creía a sus compatriotas algo locos de nacimiento y con una

tendencia a la crítica que les hacía impotentes para la acción. Él, a su

vez, era tenido por los otros como un vividor alegre que no había hecho

nada útil en sus tiempos de rico, y además le consideraban extranjero.

En una reunión de compatriotas, hablando con una señora llamada Tatiana,

recién venida de Rusia, palideció de sorpresa al oírla nombrar a Vera

Alejandrowa.

Vivía aún tres meses antes. Tatiana la había visto mientras preparaba su

fuga de Rusia. Y Fedor tuvo que escuchar con fingido interés el relato

de esta aventura novelesca, igual a las fugas peligrosas de tantos

otros: la marcha sobre el mar helado en un trineo que avanzaba cubierto

de sábanas, lo mismo que los caballos que tiraban de él, para

inmovilizarse sobre la nieve y confundirse con ella cuando los

reflectores de las fortalezas de Cronstadt paseaban sus mangas de luz

sobre la blanca llanura para descubrir a los fugitivos. Luego, el lento

reptar sobre el hielo, deslizándose entre los centinelas rusos; la

parálisis que empieza a adormecer a los que mueren helados; y al fin, la

llegada a Helsingfors, puerta del mundo, entrada del paraíso para tantos

millares de fugitivos de la Tcheka inquisitorial.

--¿Y Vera Alejandrowa?--interrumpió Fedor--. ¿Cómo estaba cuando la vio

usted?...

El viejo del Paseo de los Ingleses tuvo desde este día una ocupación

urgente que le hizo olvidar los cuidados de su rebaño canino. Empezó a

hacer visitas a esta señora con la asiduidad de un enamorado. Vivía con

otras rusas arruinadas por el sovietismo en una casa de huéspedes, donde

muebles y personas parecían tener el mismo aspecto de indiferencia,

resignación y pereza eslavas. El antiguo elegante quería ser ciego para

el abandono personal de todas estas compatriotas, que después de tres

años de vida soviética necesitaban reacostumbrarse a la limpieza y a la

abundancia del Occidente europeo.

Lo que él deseaba era escuchar a Tatiana, olvidando la pobre taza de té

que ésta le había ofrecido. Comprimía su ansiedad por saber de la otra,

dejándola que describiese la vida tal como era en aquellos momentos en

Petrogrado y en Moscou. Le interesaba todo esto por ser el ambiente en

que existía Vera. Al final, Tatiana, arrastrada por su charla, le

hablaría de la otra. Y así era siempre.

La pobre rusa, extremadamente sentimental, acababa por apiadarse del

interés amoroso de este hombre tan buscado en otro tiempo por su

elegancia, y hablaba de sus encuentros con la antigua millonaria,

exagerándolos para dar gusto a su oyente.

Había visto a Vera Alejandrowa por primera vez cuando salía ésta de la

tienda de un anticuario. El comercio de antigüedades, o más exactamente

dicho, de prendas, era el único que había podido sobrevivir dentro del

régimen soviético, a pesar de que Lenine declaraba un robo todo

comercio, prohibiéndolo bajo pena de muerte. Ella salía de vender los

últimos restos de su antiguo lujo y miraba con tristeza el grueso rollo

de rublos en billetes que le había entregado el comerciante judío. ¿De

qué podía servirle este dinero? La comida la daba el gobierno, y

únicamente valiéndose de astucias, castigadas con prisión o muerte,

podían comprarse en secreto los alimentos.

--Cuando la vi un año después, ella, que no había entrado nunca en una

cocina, se dedicaba, con otra señora que fue de la corte, a la

fabricación de bombones de chocolate... sin nada de chocolate. Lo más

peligroso era venderlos. Los que ejercen allá un comercio acaban en los

calabozos de la Tcheka... Pero su antigua fama de mujer elegante le

servía para vender sus bombones a las compañeras de los revolucionarios

célebres.

¡Qué de transformaciones!... Un grupo de antiguos senadores se había

sindicado para fabricar zuecos. Muchos príncipes eran cocheros o

afiladores de cuchillos. Las hijas de generales célebres vendían ropas

viejas... Pero Tatiana interrumpía su lamentable descripción de la Rusia

nueva para no impacientar a su oyente, que sólo se interesaba por Vera

Alejandrowa.

--Mucho tiempo después la encontré en Moscou. No sé por qué estaba allá;

tal vez fue, como yo, para solicitar la protección de los nuevos amos.

Se puede protestar y resistir cuando se ha comido; pero ¡ay, el

hambre!..., ¡qué humillaciones trae! No hay nada que suprima tan aprisa

la dignidad y todas las vanidades humanas... Nos encontramos en la

Soukharewka, un mercado de dos kilómetros de largo que se forma ahora en

las afueras de Moscou, a pesar de que el gobierno castiga el comercio

como un crimen. Todos van a él para comprar y vender. El comprador se

convierte inmediatamente en vendedor. Es el único sitio donde el dinero

guarda aún su antiguo poder; pero se necesita tanto, ¡tanto! para

comprar un alimento cualquiera que en otra época considerábamos

despreciable... Vera Alejandrowa miraba a todas partes con las cejas

fruncidas, como el que prepara una resolución de la que depende su

existencia. Necesitaba comprar para comer, y no era empresa fácil. Nos

saludamos y cada una se fue por su lado. El hambre deja poco sitio a la

amistad.

Fedor se decidió a hacer una pregunta que llevaba mucho tiempo en su

pensamiento:

--¿Y todavía está hermosa?

Tatiana le miró con una expresión de asombro y lástima.

--¿Hermosa?... ¿Quién piensa en eso? No sé; nunca me fijé en su cara.

Allá teníamos otra preocupación: comer... Míreme a mí. Antes de esa

maldita revolución mis amigos decían que yo era hermosa, ¡y ahora...!

La miró Fedor con el cruel egoísmo del enamorado, que sólo puede ver

defectos en una mujer que no es la suya. Luego le inspiró lástima la

vanidad de Tatiana. Nunca debía haber sido hermosa, según él. Además,

¡tan vieja! Seguramente tenía doce o quince años más que la otra. Vera

Alejandrowa, aunque estuviese quebrantada por la miseria, ofrecería

siempre mejor aspecto que esta burguesa. Sólo por los azares de la

revolución había podido Tatiana hablar como una igual a la antigua dama

de la corte...

Influenciado por estas conversaciones, empezó a ver con más intensidad

la imagen de la ausente. Le salía al encuentro en todos los lugares que

habían frecuentado juntos ocho años antes. Ya no era un fantasma pálido

e incierto. Los relatos de Tatiana habían acabado por sacar del limbo de

sus recuerdos la imagen amada, viva y corpórea, tal como él la había

visto la última vez.

Deseoso de acoplarse a la realidad, hacía concesiones al tiempo y los

sucesos, imaginándose a Vera Alejandrowa vestida con modestia, pero sin

perder por eso sus atractivos de mujer elegante.

La veía igual a una gran artista de ópera cuando debe salir a la escena

disfrazada de mendiga y procura que sus harapos guarden cierta

distinción. También aceptaba que todas aquellas penalidades físicas la

hubiesen enflaquecido, blanqueando su rostro con una palidez exangüe;

pero esto daría seguramente a su perfil mayor majestad y a sus ojos

verdes una dilatación enfermiza y misteriosa. Una segunda Vera imaginada

por él empezó a reinar en su existencia.

--¡Ay, si viniese!... ¡Si pudiera escaparse de aquel infierno!...

Esta esperanza le galvanizaba a veces, dándole la energía de una segunda

juventud. Aunque ambos fuesen ahora pobres podrían continuar viviendo

juntos, como en sus días de opulencia. Ella, después de las miserias de

la Rusia roja, debía considerar como una dicha interminable la vida

modesta de un obrero o un empleado de la Europa occidental. Él

trabajaría como los verdaderos hombres, apelando a recursos desesperados

para proporcionarla nuevas comodidades. ¡Qué no haría por Vera!...

Contaba, al tenerla junto a él, con su aumento de energía, considerando

vencidos de antemano todos los obstáculos.

Y cuando Fedor Ipatieff se deleitaba con tales suposiciones, seguro de

que no podrían realizarse, y haciendo de ellas, por esta misma

imposibilidad, el tema eterno de sus pensamientos, Tatiana le buscó para

darle una noticia:

--Vera Alejandrowa se ha escapado y está en Finlandia. Ayer ha escrito a

una amiga que tiene en Niza. Según parece, esta amiga la ha buscado un

empleo y viene a vivir aquí.

Novelas de la Costa Azul · 第 23 / 35 题