II

Los rusos refugiados en la Costa Azul apenas le tenían por compatriota

suyo. Se había educado en Francia, viviendo después en las capitales

principales de la Europa occidental. Hacía solamente viajes a su país

cuando la amistad con algún personaje de nombre ilustre le permitía

frecuentar durante varios meses el mundo aristocrático de San

Petersburgo.

Su hermano el industrial aceptaba con orgullo esta existencia brillante

y perezosa, viendo en ella un honor para el apellido de la familia. De

permanecer siempre en su país, Fedor Ipatieff sólo habría sido el hijo

de un fabricante rico, sin entrada en el gran mundo. Pero en las

capitales célebres de Europa podía tratarse amistosamente con grandes

personajes rusos: la vida en los salones y los hoteles facilita estas

intimidades; y luego, al volver a su patria, penetraba en lugares

privilegiados, cuyas puertas se había abierto hábilmente desde el

extranjero.

Remontándose en su pasado, más allá de la revolución, más allá de la

guerra, Fedor contemplaba los tiempos de su juventud como un cuento

maravilloso que había existido en la realidad; pero visto ahora, a gran

distancia, resultaba más extraordinario que los cuentos imaginados.

Admiraba la vida rusa bajo los zares como la más completa expresión de

la dulzura de vivir. Era indiscutible que esta dulzura sólo la

paladeaban unos cuantos nada más, haciéndola pagar a millones y millones

de habitantes de las estepas con una existencia igual a la de las

bestias. «Pero ¿acaso están ahora mejor, después de la revolución?»,

pensaba Ipatieff, egoístamente.

¡Oh, Petersburgo! La vida había sido en esta ciudad monumental tan

lujosa y alegre como los bailes rusos, puestos luego de moda en el resto

de la tierra.

Fedor se acordaba de las representaciones en el teatro María y el

teatro Miguel, ante públicos de un lujo abrumador: las mujeres, con

perfil altivo de emperatriz, luciendo constelaciones de joyas, y los

grandes señores, brillantes como ídolos, cubiertos de condecoraciones y

bordados; las cenas fastuosas en los restoranes de las islas, enormes y

blancos como catedrales; los paseos en muelles vehículos por las orillas

del Neva, bajo abrigos de pieles costosísimas. Este carnaval

deslumbrador lo gozaban unos miles de privilegiados, que veían

reservadas igualmente para el resto de su existencia las altas

dignidades y las grandes fortunas del país, los empleos valiosos, los

mandos en el ejército y la administración, el disfrute de propiedades

agrarias extensas como naciones. ¡Y todo esto el bolchevismo lo había

deshecho en unos cuantos meses!...

Los ricos de la «gran época» habían sido asesinados, como su zar y sus

grandes duques, o eran mendigos, conociendo el suplicio del hambre. Las

damas majestuosas como zarinas, que habían sido el principal sostén de

los grandes modistos de París por sus fastuosos encargos, temblaban

ahora de frío en las calles de Rusia, marchando como delgados fantasmas

sobre el hielo, con las manos cortadas y desfiguradas por una

temperatura inclemente, vendiendo periódicos u ofreciendo un ramito de

flores mustias a cambio de un pedazo de pan con más paja que harina...

No; no había justicia en la tierra. Ipatieff estaba seguro de ello al

pensar en el pasado. Y apartaba su recuerdo de la tierra natal para ver

las capitales europeas tales como habían sido en sus años de juventud.

Entonces estaba bien representada Rusia en el rosto de la tierra, y era

un honor ser súbdito del zar. Los grandes duques asombraban a París con

sus prodigalidades. En Monte-Carlo los jugadores moscovitas eran los

mejores clientes. Todas las industrias de lujo tenían en Rusia su

mercado más importante, y él, Fedor Ipatieff, disfrutaba una parte de

este prestigio nacional.

Los hoteles célebres de Suiza, rodeados de campos de hielo, le habían

visto por la noche en conversación con la más brillante sociedad de

Europa, mientras se preparaba a obtener en la mañana siguiente un nuevo

triunfo como patinador. Había bailado en Biarritz, en Niza y en

Deauville, según las diversas estaciones, con las damas más célebres y

hermosas de Europa. Tenía por amigos a personajes célebres, y hasta

había sido presentado a herederos de coronas, con esa camaradería de

buen tono que impera en los lugares de vida aristocrática y costosa. Le

invitaban a todas las fiestas, aceptando sus opiniones de hombre de moda

un poco original y exótico. Lo necesitaban además como incansable

danzarín.

Su hermano el industrial, que se enteraba por los periódicos extranjeros

de estos éxitos mundanos, siguiéndole de lejos con ojos de admiración,

cuando le veía llegar a Petersburgo y vivir en la sociedad más cerrada y

aristocrática, proveía sin tasa a sus gastos, extremando muchas veces la

producción de su fábrica e ideando nuevas economías en la retribución a

los obreros para que no sufriese merma alguna en sus rentas este hermano

menor, que llevaba con él la gloria de la familia.

En el último período de su existencia brillante y vana, a los cuarenta y

cinco años, fue cuando Fedor Ipatieff tuvo el encuentro que consideró

como primer capítulo de lo que llamaba «la novela de mi vida».

Había sido hasta entonces un ambicioso frívolo, buscador de amistades

por la honra que éstas le pudieran reportar, y anteponiendo siempre en

su existencia la vanidad a los afectos. Sus múltiples preocupaciones de

hombre elegante sólo dejaban un lugar secundario a la necesidad que

algunos llaman vagamente «amor», por miedo a usar otra expresión más

precisa.

El ruso sonreía escépticamente al hablar del amor. Esta palabra sólo

tenía para él un significado material, que halagaba su vanidad de

hombre. En algunas ocasiones había creído conocer el llamado amor con

mujeres hermosas, pero incapaces de interesarle mucho tiempo, por ser

simples burguesas, faltas de lujo y que llevaban una existencia vulgar.

Otras veces se había dejado querer por respetables damas que casi podían

ser madres suyas, portadoras de un nombre histórico. Su hermano el

industrial casi lloró de emoción cierta vez que obligaron a Fedor a

salir de Petersburgo por complacer a un tío del emperador, celoso de las

preferencias que mostraba por este elegante su noble esposa, una gran

duquesa de fealdad hombruna y entrada en años.

Fue Vera Alejandrowa, mujer de un propietario de minas de oro y platino

en Siberia, llamado Velinski, la que cambió, sin desearlo, la vida y los

sentimientos del tornadizo Ipatieff.

La había conocido en los salones de Petersburgo. Era hija del general

Bodkine, que llevaba hecha su carrera militar sin salir de la corte;

pero como el padre carecía de fortuna y ella sólo podía concebir una

existencia lujosa, se casó con el minero, despreciando momentáneamente

sus prejuicios de clase. Luego, al verse rica, estos prejuicios

resucitaron, haciéndole encontrar intolerable la vida con su esposo.

Después de varios años de conflictos familiares, el siberiano acabó por

aceptar una separación de cuerpos, no queriendo sufrir más el carácter

duro y arrogante de ella. Prefería vivir en sus tierras, donde lo

admiraban las pobres gentes como un ser superior. Se contentaría con

seguir siendo de nombre el esposo de una mujer célebre por su belleza y

el yerno de un personaje de la corte. Vera Alejandrowa podía gastar a su

antojo: las minas darían de sobra para todos sus caprichos.

Indignada de las murmuraciones de sus amigas y de la austeridad de

ciertas matronas de la vieja aristocracia, que no querían transigir con

las libertades de su existencia, acabó por marcharse de Rusia. Además,

necesitaba que la admirasen por su fastuosidad en aquella Europa

occidental, de la que llegaban los trajes, las alhajas, los perfumes,

todo lo que es de última moda para el embellecimiento de la mujer.

Llevaba diez años de vida parisiense y era una celebridad de la moda

femenina, figurando su nombre con frecuencia en las publicaciones

elegantes, cuando ella y Fedor creyeron verse por primera vez.

Esta novedad tenía para ambos una explicación. La vida agitada de París

les hacía encontrarse todas las semanas en los estrenos de los teatros,

las carreras de caballos y las fiestas lujosas. Pero en tal existencia,

inquieta y múltiple, los encuentros son como tropezones involuntarios

seguidos de una sonrisa de excusa, de un saludo, y cada uno se aleja sin

volver la vista. La elegancia es una profesión que impone numerosos

cuidados y preocupaciones, no dejando tiempo para otras cosas.

Pero los dos pasaron juntos todo un invierno en Niza, lo que pareció

unirles con repentina intimidad. Eran antiguos amigos, eran

compatriotas, y debían buscarse naturalmente. Estaban en el mismo hotel,

asistían a idénticas fiestas, hacían iguales excursiones, regresaban a

altas horas de la noche de jugar en Monte-Carlo, y esta vida de continuo

trato acabó por considerarla Fedor como el período más triunfal de su

historia.

Le enorgullecía ver la mirada de admiración con que los hombres iban

siguiendo a la dama que se apoyaba en su brazo, alta, esbelta, de

blancas carnes, ojos verdes y dorados, y una cabellera roja y ondulante

sobre su pequeño cráneo, como una antorcha. Además, esta mujer

emocionaba igualmente a las otras mujeres por sus vestidos innumerables,

sus pieles de emperatriz y el esplendor de sus joyas, casi bárbaras en

fuerza de ser ricas y suntuosas.

Al principio la admiró. Él sentía una adoración instintiva por todo lo

que fuese riqueza y lujo. Luego se consideró ligado a ella por la

ternura de la gratitud, pensando en el nuevo prestigio social que le

proporcionaban sus relaciones con esta mujer extraordinaria. Al fin, un

día, cuando Vera Alejandrowa le había concedido todo lo que él osó

pedirla y no podía ya darle más--o sea en el momento que abandonaba él a

las otras mujeres--, conoció por primera vez la importancia de la

palabra «amor», que antes le hacía sonreír.

No se le ocultaban las malas condiciones del carácter de Vera,

dominante, caprichoso, fantástico; pero aun cargada de tales defectos,

se sentía más ligado a ella que a ninguna mujer de las conocidas en su

pasado.

--¡El amor es así!--se decía Fedor con resignación.

Ella, por su parte, en un momento de entusiasmo, dijo algo que casi hizo

llorar de gratitud a su amante.

--Si no necesitase ser rica para vivir me divorciaría, casándome

contigo.

Una Vera Alejandrowa no podía decir más.

Cinco años pasaron yendo de un lado a otro de Europa, con arreglo a las

rotaciones exigidas por la moda: el invierno en la Costa Azul, la

primavera en París y Londres, el verano en las costas atlánticas,

reservando además algunas semanas a vagas curas en los balnearios

célebres de la Europa central, y otras a los deportes de nieve en Suiza.

Al anunciar los periódicos la llegada de la célebre dama rusa a estos

lugares, muchos sonreían indiscretamente, profetizando como algo

inevitable la presencia dos o tres días después del elegante Fedor.

De pronto surgió la guerra. Durante los primeros meses la vida de los

dos amantes no fue alterada por las privaciones. La continuación egoísta

de su dicha, manteniéndose intacta en medio del cataclismo continental,

parecía dar nuevo atractivo a sus placeres.

Luego el dinero empezó a escasear. Las comunicaciones funcionaban mal o

no funcionaban. El gobierno ruso había reglamentado los giros de

cantidades.

Al conocer la gran señora, por primera vez en su existencia, la

necesidad de pedir prestado, las angustias de la escasez, la imperiosa

necesidad de la economía, sintió un repentino amor hacia su patria y un

interés vehemente por todos los individuos de su familia, que hasta

entonces había tenido olvidados. Su padre era general; sus hermanos

hacían la guerra como oficiales: ¿por qué vivía ella en París?... Era

una rusa, y debía aportar su esfuerzo a los suyos, improvisando

asociaciones de caridad, trabajando en los hospitales. Consideraba

también necesario reunirse con su esposo, sin poder explicar la causa de

este súbito deseo.

Y se marchó, arrostrando todos los peligros de la travesía en un vapor

inglés, por el Norte de Noruega, hasta desembarcar en el helado puerto

de Arkangel.

Fedor quiso seguirla; pero ella, que tanto deseaba sacrificarse por su

patria, con una inconsecuencia propia de su carácter, se negó a que el

hombre amado arrostrase los mismos peligros. Ipatieff debía quedarse.

No era hombre de guerra, y podía prestar mejores servicios a su patria

en aquel mundo occidental donde siempre había vivido. Vera Alejandrowa

sentía la necesidad de alejarlo de ella, sin dejar por eso de quererlo.

Representaba los recuerdos de una vida brillante que parecía haber

muerto, y ella necesitaba avanzar sola por su nueva existencia.

Transcurrieron los años de la guerra, repletos de sucesos, como si

fuesen siglos. Cayó el zarismo para siempre; luego vivió con languidez

la República rusa, dirigida por el orador Kerensky, y al fin triunfaron

los Soviets, intentando los comunistas, para implantar sus doctrinas en

la realidad, someter la enorme Rusia a una experiencia fría y metódica,

igual a los experimentos de los sabios en los laboratorios... Y para

evitar la protesta del pueblo sometido a tan arriesgada operación,

empezó a funcionar el terror rojo.

Todo esto lo vio Fedor desde lejos, circunscribiendo su interés a las

personas que vivían allá y podían influir en su sufrimiento o su

bienestar.

Siempre que ocurría un nuevo suceso en Rusia, formulaba las mismas

preguntas:

--¿Qué será de Vera?... ¿Le habrá ocurrido algo a mi hermano?

De la gran señora recibió varias cartas, muy espaciadas y todas ellas

tristes. Sus hermanos habían muerto en la guerra; luego murió su padre,

tal vez de asombro al presenciar el derrumbamiento de la monarquía de

los zares.

Su hermano el fabricante también mostraba un pesimismo oriental viendo a

su país en plena revolución. Después dejó de escribir, o mejor dicho, no

llegó a manos de Fedor ninguna de sus cartas.

Algunos refugiados rusos que habían conseguido evadirse de lo que

llamaban «el infierno rojo», al encontrarlo en Niza, le dieron una

noticia dolorosa, bruscamente, con la dureza de los que han visto y

sufrido todos los horrores imaginables y no conocen ya el valor de las

precauciones ni los matices de la palabra. Su hermano había sido

fusilado por los comunistas con otros representantes de la burguesía.

Sus fábricas ya no existían...

¿Qué podía importar a Fedor la destrucción de las riquezas de su

familia, cuando la sociedad capitalista había quedado anulada en su

patria? A él sólo le interesaba la suerte de las personas vivas...

Pero... ¿Vera Alejandrowa vivía aún?

Novelas de la Costa Azul · 第 22 / 35 题