IV

El viejo del Paseo de los Ingleses, al sentarse por las mañanas en su

banco frente al mar, de espaldas a la muchedumbre circulante bajo la

caricia del sol, pensaba siempre lo mismo:

«¡Ella va a venir! ¡Va a venir!...».

Después de haberlo deseado como una ilusión tan extraordinariamente

hermosa, que juzgaba casi imposible su cristalización en la realidad,

sentía ahora inquietud y hasta miedo viéndola cada vez más próxima.

Recordaba aquella Vera de hermosura dolorosa que él había creado en su

interior, e inmediatamente sentía esa tendencia irresistible a la

comparación y el contraste que surge en las horas de desaliento.

Intentó darse cuenta exacta de cómo se veía al mirarse en un espejo.

Luego examinó con ojos severos el resto de su persona, desde las puntas

de los pies hasta el pecho. Ella iba a llegar, con su belleza

indisimulable de gran señora disfrazada de pobre... ¡Y él! ¿Cuál sería

la impresión de Vera Alejandrowa al verle?... Fedor sentía el desaliento

y la tristeza de un hombre que ya no puede recobrar su voluntad de ser

joven. En vano, para consolarse, contaba los años transcurridos desde

que ella se marchó: ocho nada más.

Ocho años son poca cosa en plena juventud, y aun en la madurez de su

existencia. Sólo traen con ellos variaciones insignificantes o desgastes

fáciles de reparar. ¡Pero ocho años entre los cincuenta y los

sesenta!... ¡Un mundo!

Al marcharse Vera, tenía él la cabeza y las patillas ligeramente grises.

Ella había bromeado muchas veces sobre sus canas nacientes, asegurando

que le daban una distinción igual a la de los caballeros con peluca

blanca. No debía teñirse, porque esto iba a dar un aspecto duro a sus

facciones... Pero ahora su blancura era la de la ancianidad. Además,

¡sus ojos hundidos, sus arrugas, todos aquellos avances de la vejez que

no le habían preocupado en los últimos años, interesado únicamente en

mantenerse con cierto decoro, y ahora le parecían lacras vergonzosas!...

Vera no necesitaba seguramente preocuparse aún de sus años. Era más

joven que él. Cuando se separaron tenía la hermosura majestuosa del

verano, el esplendor de las horas solares. Además, las mujeres pueden

valerse, sin miedo a la burla, de todos los rejuvenecimientos inventados

por el lujo. Su tocador guarda varias primaveras sucesivas, y los

artificios del afeite seducen a los hombres con una fuerza malsana, más

poderosa a veces que la ingenuidad juvenil.

Cuando mayor era su inquietud al pensar en el rudo contraste de su vejez

con la belleza invencible de la otra, vino a buscarle la amable Tatiana

en su tugurio, antes del paseo matinal.

--Ahí está; llegó anoche.

Fedor se resistía a creerlo. ¿Era posible que ella, la esperada tantos

años, se presentase así, obscuramente, sin un aviso?...

Se había imaginado muchas veces el momento de esta llegada: su espera

temblorosa en la estación; el tren deteniéndose y ella descendiendo con

una majestad triste de reina sin trono; el minuto emocionante en que le

reconocían sus pupilas de esmeralda; luego el abrazo... Y en vez de esto

era la vulgar y novelera Tatiana la que venía a decirle simplemente:

«Ahí está; llegó anoche».

El instinto de conservación le hizo ir hacia el único espejo de su

vivienda. Se le ocurrieron a la vez varias necesidades, imperiosas e

imprescindibles. Quería afeitarse, cambiar de traje... Tatiana debía

dejarlo solo. Y cuando su humilde y verbosa amiga se preparaba a salir,

corrió tras de ella, arrepentido de su vanidad, creyendo que sería una

burla al Destino, merecedora de duras penas, retardar por unos minutos

la realización de lo que tanto había deseado.

Llegaron a una casa habitada por refugiados rusos, igual a la de

Tatiana. Fedor reconoció a la amiga de Vera que la había traído a Niza

buscándola un empleo. La había visto muchas veces en las reuniones de

compatriotas, sin sospechar nunca que conociese a la otra. ¡Y él había

perdido el tiempo conversando con Tatiana!...

Después de saludarla, así como a otras mujeres de aspecto mísero y

triste sentadas en la misma habitación, miró en torno con impaciencia,

convencido de que al final tendría que pasar a una pieza contigua para

encontrar a la que buscaba.

--Vengo a ver--dijo en ruso--a la señora Velinski, la hija del general

Bodkine.

Se levantó una de las mujeres para avanzar hacia él. Indudablemente esta

pobre señora iba a acompañarlo hasta la habitación ocupada por Vera.

Parecía baja de estatura, por una tendencia a encoger los hombros y

encorvar su dorso, como si gravitase sobre ella un peso invisible. Sus

ojos, empequeñecidos por la contracción de los párpados, no permitían

apreciar exactamente el color de sus pupilas. Lo único determinado en

éstas era un brillo agudo y fijo que expresaba la desconfianza y parecía

armonizarse tristemente con el duro mohín de su boca. Su cabellera,

teñida recientemente, era de un rubio subido; pero el tinte «no

agarraba»--como dicen las mujeres--, dejando visible la blancura de sus

cabellos. Tampoco la pintura fresca, distribuida sobre su rostro con la

prodigalidad oriental de las eslavas, conseguía adherirse a la

epidermis, curtida y resquebrajada por el frío. Esta mujer tendió sus

dos manos para coger las de Ipatieff.

--¡Oh, Fedor!... Le he reconocido apenas entró. Está igual a la última

vez que nos vimos.

Luego dijo con una expresión envidiosa:

--Bien se ve que ha vivido en esta tierra, libre de sufrimientos.

Aquella mujer casi vieja era Vera Alejandrowa; una Vera que le admiraba,

juzgándolo joven al compararle con su propia miseria.

Continuó la conversación con arreglo a estas palabras preliminares que

Ipatieff consideraba absurdas.

La antigua dama de la corte era ahora de pequeña estatura, como si la

miseria hubiese contraído y secado sus carnes. Sólo le quedaba de su

pasado la robusta osamenta y un gesto de resolución que en determinados

momentos apoyaba sus palabras. Pero este gesto no era para subrayar

altiveces. Únicamente lo usaba al expresar su propósito de ganarse el

pan, no queriendo ser una carga para sus amigas.

Nada la unía al resto del mundo. Al verse aquí, se imaginaba haber caído

en una tierra paradisíaca. Todo le infundía admiración: el pan blanco,

la modesta comida de sus compañeras, hasta los vestidos ajados que

llevaban. Sus ojos parecían acariciar los muebles, las paredes, el

pedazo de jardín que daba entrada a la pobre casa de las afueras de

Niza.

Una palmera desmochada y triste de este mísero rincón de la Costa Azul

la hacía prorrumpir en exclamaciones de entusiasmo, semejantes a las de

Abderramán, el califa poeta de Córdoba, ante la palmera traída de

Bagdad.

--¡Qué dicha verse aquí!... Después de haber gemido en aquel infierno,

se sabe mejor lo que es la dulzura de vivir.

Y volvía a admirar a Ipatieff con ojos envidiosos. Luego musitó

tristemente:

--Debe usted haberme encontrado muy cambiada. Confiese que no me conoció

al entrar aquí; que no me hubiese conocido nunca, de haberme yo callado.

A pesar de su tristeza, el esplendor luminoso de este país parecía

embriagarla, despertando su regocijo pueril e incoherente de eslava,

haciéndola pasar de la lamentación a la risa. Sus amigas habían querido

devolverle su aspecto de otros tiempos al verla llegar mal vestida y con

una fealdad de obrera. Unas la habían prestado sus ropas; otras la

ayudaron a teñirse el pelo y a acicalarse el rostro. ¡Hacía tanto tiempo

que había olvidado estas cosas!... Y entornando sus párpados, dados de

azul con un lápiz de tocador, fijaba en Ipatieff una mirada que

pretendía sondear el pasado, preguntándole al mismo tiempo con miedo y

coquetería:

--¿Cómo me encuentra, Fedor?... ¿Soy todavía como usted me conoció?...

Fedor la encontraba simplemente grotesca bajo estos adornos apresurados,

que parecían despegarse de su miseria. Pero de todos modos era Vera

Alejandrowa. Su admiración a la gran dama había desaparecido para ser

reemplazada por un sentimiento protector, mezcla de ternura y de piedad.

Ella abandonó a Ipatieff para pasar a una habitación inmediata. Alguien

había venido a buscarla. Mientras tanto, su protectora y amiga dio

explicaciones a Fedor.

--La desdichada es más pobre que todas nosotras. Cuando llegó anoche,

venía sin comer desde París. No le quedaba un céntimo del dinero que le

recogieron algunos amigos en Finlandia. Desea trabajar, y como sabe

muchos idiomas, le he buscado un empleo en una pensión donde se alojan

gentes del Norte. En los grandes hoteles no quieren personas de nuestra

clase. Poca cosa es el empleo, pero tendrá la comida segura. La dueña de

la pensión está hablando ahora con ella.

El viejo del Paseo de los Ingleses decidió inmediatamente cambiar de

vida. Las invitaciones de sus antiguos amigos y la cría de perros le

habían hecho existir hasta entonces con miseria, pero conservando una

falsa independencia de «señor». Ya que una Vera Alejandrowa se veía

obligada al trabajo, él debía buscar igualmente un empleo para servir de

sostén a la otra.

En los días siguientes pudo conversar con ella, pero rara vez estuvieron

solos.

La antigua gran señora no podía ocultar su extrañeza al verse otra vez

llevando una existencia sin peligro en el seno de una sociedad ordenada.

Al mismo tiempo reconocía la fragilidad de la reglamentación social.

Cuando se vive tranquilamente como vivíamos antes de la guerra, no se

preocupa uno de cómo se ha hecho el pan que comemos ni quién calienta

nuestra casa. Nos parece que todo es eterno, que ha existido siempre y

existirá lo mismo, como el sol que sale todos los días, como el agua que

corre invariablemente por sus cauces naturales.

Pero de pronto surge una guerra o una revolución, y todo detiene su

curso, y al final se deshace, obligándonos a retroceder a una vida

primitiva, en la que sentimos y sufrimos lo mismo que los animales

inferiores. Estamos orgullosos de nuestro bienestar, y basta un simple

trastorno del organismo social para que vuelvan el hambre, el frío y el

asesinato a convertirnos en bestias, como al principio de la vida de

nuestro planeta.

--¡Lo que yo he visto!--decía Vera--. ¡Lo que he sufrido!

Y la ex millonaria miraba sus manos rugosas mientras seguía hablando con

voz sorda. Por dos veces la habían llevado a la cárcel, sufriendo el

tormento de la escasa alimentación y la incertidumbre del que no sabe si

vivirá al día siguiente. Cada vez que alguien entraba en el calabozo

creía sentir en su nuca un redondel pequeño y frío: la boca del revólver

encargado de las ejecuciones rápidas y económicas. ¡Ay!... Era mejor no

acordarse...

--¿Y su marido?--preguntó una tarde Ipatieff--. ¿Vive aún en Siberia?

Ella le miró con extrañeza antes de contestar, como si encontrase ociosa

su pregunta.

--Lo mataron... ¿Cómo iba a tener mejor suerte que los demás?... Me han

dicho que sus mismos obreros lo arrojaron al fondo de una mina.

A los pocos días Fedor ya no pudo visitar a Vera Alejandrowa ni oír sus

tristes relatos, que tenían el encanto de un «_flirt_ triste», según él.

La fugitiva había ido a instalarse en la pensión eslava, contenta de

ganar su pan y no ser gravosa a nadie.

V

El viejo del Paseo de los Ingleses no volvió más al paseo. Ahora

trabajaba.

Había vendido sus perros jóvenes, poniendo los dos viejos bajo el amparo

de aquella portera misericordiosa que protegía igualmente al amo. El

gran señor venido a menos, con sus patillas de monarca austríaco y sus

levitones majestuosos, pidió de pronto un empleo a sus amigos, «fuese en

lo que fuese». En el Municipio le apreciaban hacía treinta años, como un

elegante que había servido de ornato a los inviernos de Niza, y se

apresuraron a ayudarle. No había empleos disponibles, pero inventaron

uno para darle satisfacción: el de vigilar a los obreros que trabajaban

en un cementerio, ensanchado considerablemente para dar sepultura a los

miles y miles de convalecientes de la gran guerra venidos a morir en la

Costa Azul.

Todas las mañanas Ipatieff andaba varios kilómetros para llegar a este

cementerio, donde no hacía otra cosa que pasearse entre las cruces o a

lo largo de los muros que iban levantando los albañiles. Su verdadera

ocupación era pensar en Vera Alejandrowa, que en aquel momento estaba

también trabajando, pero más positivamente que él.

Una fraternidad piadosa empezó a unirle a muchos de aquellos jornaleros

que estaba encargado de vigilar, sin saber ciertamente en qué consistía

su vigilancia. Experimentaba un «refrescamiento interior»--eran sus

palabras--al hablar con estos hombres, poniéndose al nivel de sus

necesidades y sus ilusiones.

El enorme trastorno de Rusia le había convertido en un menesteroso, en

un trabajador, aunque su trabajo no valiese gran cosa. Ella también

había sufrido la misma transformación. ¿Por qué no vivir como sus

compañeros de pobreza?... El próximo domingo, día de descanso, saldría a

pasear con «su novia», lo mismo que los albañiles jóvenes que trabajaban

en el cementerio. Y escribió a su antigua amante para que viniera o

juntarse con él en las primeras horas de la tarde frente al Casino.

Ipatieff le preparaba una sorpresa. A otros tiempos, otro rostro. Ya no

quedaban emperadores en Europa, y las patillas a la austríaca resultaban

un anacronismo. Además, desde que Vera Alejandrowa le había admirado

viéndolo más joven que ella, sentía un vanidoso deseo de extremar esta

diferencia, y le pesaban los dos abultamientos de pelos blancos que

cubrían sus mejillas. El bigote recortado a la americana era el adorno

triunfador de los actuales dominadores del mundo. Y el domingo por la

tarde fue él quien tuvo que avanzar y sonreír, haciendo gestos

amistosos, para que la otra le reconociese.

¡Pobre Vera Alejandrowa! Iba vestida de negro, con un traje viejo que le

había prestado la dueña de la pensión. Su sombrero, otro regalo de una

amiga casi tan pobre como ella, estaba abollado y desfigurado por las

lluvias del invierno anterior. De su antigua belleza sólo le quedaba la

pequeñez de los pies; pero esta finura aristocrática servía únicamente

para atraer las miradas hacia sus zapatos, lamentablemente ajados y con

los tacones torcidos. Las manos, que no habían podido salvarse de los

ultrajes de la miseria, estaban oprimidas por unos guantes demasiado

estrechos, sobresaliendo la carne sobre sus bordes.

Fedor tuvo que buscar mucho para encontrarla.

Era la más obscura e insignificante entre todas las empleadas de hotel,

domésticas endomingadas y mujeres de obreros que esperaban en medio de

la plaza la llegada y el cruce de los tranvías. Ella, al reconocerle,

volvió a asombrarse de su juventud.

--¿Eres tú, Fedor?... ¡Qué joven! Me da vergüenza ir a tu lado.

Se hablaban de tú instintivamente al verse solos por primera vez después

de tantos años. Él le tomó un brazo, señalando luego hacia el Casino.

--¿Te acuerdas, Vera?...

Los dos vieron repentinamente el edificio con toda su fachada iluminada,

como en las noches del Carnaval; los tropeles de máscaras que iban

llegando; la música y un bullicio de muchedumbre escapándose por puertas

y ventanas; un carruaje que llamaba la atención por su lujo entre los

demás vehículos; una mujer con aire de emperatriz que descendía de él,

brillando como un cielo de verano a causa de sus joyas, dejando tras de

su paso un aliento de jardín, precedida por murmullos admirativos...

--¡Oh, Fedor!...

Y la pobre vieja dijo esto como si exhalase un quejido mortal,

parpadeando para repeler sus lágrimas.

Él no quiso que se prolongase esta evocación del pasado, y empujó a Vera

hacia los grupos que asaltaban los tranvías.

Tenía formado su plan para toda la tarde: iban a recorrer los lugares

donde se habían creído felices; todos los rincones del brillante

escenario de su vida.

Subieron hasta las alturas de Cimiez, ocupadas por los hoteles más

aristocráticos. Un edificio enorme como un cuartel y rodeado de jardines

cerraba la avenida. Un monumento blanco, rematado por una señora gorda

esculpida en mármol, hacía saber a las generaciones presentes y futuras

que en este lugar pasaba sus inviernos la reina Victoria de Inglaterra.

Giraban las mamparas de cristales ante las gentes que iban descendiendo

de sus automóviles. Era la hora del té. Se oían los primeros lamentos de

los violines en el hall. Los centenares de ventanas del hotel llameaban

como placas de oro en fusión sobre la fachada ebúrnea, reflejando el

dulce sol del atardecer.

--¿Te acuerdas, Vera?--volvió a preguntar melancólicamente Fedor.

Y la mujer, haciendo ahora un esfuerzo para contener su emoción, se

limitó a mover la cabeza. Se acordaba de todo. Allí habían vivido varios

inviernos; allí empezaron a tratarse como simples amigos, separándose

años después con la silenciosa y fingida resignación de los amantes que

prometen volver a encontrarse pronto y no saben con certeza si se verán

más.

Una ventana que Vera miraba con insistencia era la de su cuarto de baño,

donde el agua recibía diariamente quinientos francos de perfumes.

No les fue posible continuar su contemplación. Tuvieron que apartarse

repetidas veces para no ser atropellados por los automóviles que

llegaban.

El portero del hotel, galoneado como un almirante, y sus numerosos pajes

cubierto el pecho de filas de botones lo mismo que los húsares, al salir

a la escalinata para saludar a los clientes acabaron por fijarse en esta

pareja de viejos mal trajeados, examinándolos con insistente hostilidad.

Tal vez eran dos pedigüeños extranjeros de los que asedian los hoteles

para sacar dinero a sus compatriotas ricos.

--Vámonos--dijo Fedor como si adivinase.

En las vecinas Arenas de Cimiez, ruinas del circo de Cimela, la antigua

colonia romana, volvió a salirles al encuentro su pasado, e igualmente

bajo los árboles añosos y las arcadas del monasterio próximo. Por aquí

habían caminado muchas veces cuando necesitaban abandonar el lujo

moderno del hotel, yendo en busca de un ambiente más «romántico» para

sus paseos de enamorados.

Tenían ahora que marchar por el borde de caminos y avenidas, evitando el

polvo que levantaban los automóviles. Al estar juntos sentían más

intensamente la humillación de su decadencia. Ellos habían pasado por

aquí, en los primeros años de su amistad, sentados en un landó del que

tiraban caballos de altísimo precio, como los de las cuadras de los

reyes; luego habían admirado a los invernantes de Niza usando los

primeros automóviles de gran potencia.

--¡Eh, buena madre! ¡Atención!...

Un cochero de alquiler gritaba a Vera con despectiva piedad para que se

apartase. Preocupada por sus recuerdos, se había salido del borde del

camino, y casi la atropelló el caballo.

--Huyamos lejos de aquí--dijo con angustia--. Vámonos a un sitio donde

no hayamos estado nunca.

Marcharon cuesta abajo, hacia la llanura, deteniéndose en un suburbio

rústico de la ciudad.

Danzaban las gentes domingueras en los raquíticos jardines de varias

tabernas. Los dos viejos entraron en uno de estos bailes populares,

tomando asiento bajo las empolvadas enredaderas de un cenador. Para

hablar con más libertad, volvieron sus espaldas a las parejas. Eran

obreros vestidos como señores y criadas con falda corta, medias de seda

y zapatos de charol, que bailaban las últimas danzas americanas.

Fedor, por contraste con esta juventud alegre, encontraba más triste y

más vieja a su acompañante. ¡Pobre Vera Alejandrowa!... Esto no

disminuía su deseo de resucitar el pasado, como si la tal resurrección

le pudiese proporcionar una segunda juventud. No iban a bailar los dos

como aquella gente sudorosa, de rostros enrojecidos; pero aún podían

conocer las dulces emociones de otras parejas que conversaban en voz

baja, medio ocultas en los cenadores.

--¿Te acuerdas?... ¿Te acuerdas?...

Y Fedor hacía estas preguntas después de evocar fragmentos del pasado,

que eran siempre recuerdos de amor.

--¡Oh, Fedor!--contestaba la envejecida señora moviendo su cabeza

negativamente.

¿Para qué recordar unas cosas que no podían repetirse?... La verdadera

vida había terminado para ellos. Eran palabras, nada más que palabras

con que se engañaba a sí mismo, todas aquellas ilusiones de «una segunda

primavera», y otras cosas aprendidas indudablemente en los libros que

iba recitando el antiguo elegante con el mismo tono cálido y persuasivo

de otros tiempos. Pero este tono resultaba ahora grotesco a través de su

dentadura insegura.

Ella estaba quebrantada interiormente, y no volvería a sanar. Se

consideraba igual a los que después de haber pasado la mayor parte de su

existencia en un calabozo, cuando vuelven al sol y al aire libre se dan

cuenta de que sólo podrán ser en lo sucesivo unos muertos que andan.

--Tengo frío en los huesos, Fedor, y lo tendré siempre. El sol no posee

calor bastante para reanimarme. Tú no sabes cómo queda un alma después

de los años pasados allá. Todas las mañanas, cuando el criado de la

pensión golpea mi puerta, salto despavorida de la cama. Creo que son los

de la Tcheka que llegan. En vano al abrir la ventana veo el mar, las

palmeras, la calle tranquila. Tengo miedo, un miedo que me acompañará

siempre. Además, las humillaciones, el hambre de tantos años...

El antiguo elegante se fijaba con tristeza en los gestos ávidos de su

compañera. Él había conservado mejor las costumbres del pasado. Sobre la

mesa rústica del cenador una criada había colocado varios pasteles

mohosos y una botella de vino blanco. Vera comía con una acometividad de

animal hambriento, mostrando sin escrúpulo alguno, durante la violenta

masticación, varias brechas de su dentadura todavía no recompuestas.

Al adivinar la extrañeza de su antiguo amante, dijo con brusquedad:

--Tú has vivido aquí; conoces tal vez la pobreza, pero no el hambre...

Tú ignoras el valor de las cosas.

Acarició con una mano la botella de vino barato, al mismo tiempo que la

contemplaba admirativamente.

--Allá en nuestro país hubiera sido capaz de matar por obtener este

tesoro.

Llenó dos veces su vaso, apurando su contenido con lentos sorbos de

gula.

Después lanzó una mirada de envidia y ambición hacia un cenador

inmediato, donde una familia de obreros comía una ensalada de tomates y

otras legumbres, acompañándola con largos tragos de vino tinto.

--Me gustaría--dijo--comer y beber lo mismo que ellos. Debe ser

magnífico.

Y al ver que Fedor reprobaba con sus ojos esta admiración por un plato

vulgar, volvió a decir en tono de reproche:

--Cuando se ha vivido mendigando como el mejor de los alimentos unos

gramos de pan negro y un agua sucia con espinas de arenque...

Rió luego acordándose de los esfuerzos que había de hacer en la pensión

para sofocar los caprichos y audacias de su hambre atrasada. Como temía

que la dueña la despidiese al notar mermas en su despensa, se limitaba a

apoderarse de los terrones de azúcar olvidados por los huéspedes y a

apurar los fondos de las botellas.

Fedor la miró con desaliento. ¡Y esta pobre mujer, vieja, hambrienta y

dada al vino, era Vera Alejandrowa, la gran señora de la corte, dueña de

minas de oro!...

La decadencia de ella le hizo apreciar con nuevo dolor su propia

decadencia. ¡A qué profunda sima había rodado!... Y quedaban para los

dos tan pocos años de vida, que les sería imposible poder trepar otra

vez hacia la luz, donde están los felices... ¡Ser pobres, absolutamente

pobres en la vejez, cuando más necesarias son las comodidades que

proporciona el dinero!...

Pensó unos momentos en la posibilidad de que un «nuevo rico» le tomase

como cuidador de alguna villa lujosa, con grandes jardines,

recientemente adquirida en la Costa Azul. Él y Vera serían a modo de

unos criados viejos y respetables. El verdadero dueño viajaría con

frecuencia, y los dos se forjarían la ilusión de que este paraíso les

pertenecía, viviendo en él su idilio senil y tranquilo, sin pensar en el

pan del día siguiente. Pero ¡ay!, rara vez se realizan en el mundo las

felicidades soñadas.

Este final de existencia le parecía demasiado bello para que pudiese ser

cierto.

El regreso a la ciudad, después de anochecido, fue triste y silencioso.

Fedor había dicho ya todo lo que podía decir. El domingo siguiente

volverían a encontrarse. Pasearían juntos como dos caballos viejos que

marchan al paso, rumiando los recuerdos y proezas de su arrogante

juventud, mientras tiran de un vehículo destartalado, símbolo de su

miseria. Llevarían la existencia de los humildes que necesitan trabajar

para vivir, y al juntarse los días de descanso con el propósito de

divertirse, sólo saben hablar del trabajo a que están sometidos y de su

pobreza.

¡Y así sería siempre, hasta la muerte!... En la historia de los hombres

los acontecimientos no retroceden a su punto de partida, como tampoco

las aguas de los ríos remontan su curso. Las reacciones son una ilusión;

lo que ha muerto, ha muerto.

Allá en su país, el desorden acabaría por ordenarse; los revolucionarios

se transformarían en hombres de gobierno, y la necesidad de vivir

acabaría, después de tantos cataclismos, por establecer su curso

regular, como un río que se desborda vuelve finalmente a sus cauces

naturales.

Pero cuando esto ocurriese, las gentes ya serían otras y otros también

los moldes de la nueva existencia. Y ellos dos, víctimas de una enorme

sacudida social, sólo comparable a un temblor de tierra, que les había

dejado sin pan y sin casa, ya no vivirían cuando surgiese del suelo la

ansiada Ciudad Futura tantas veces anunciada por los utopistas... si es

que alguna vez podía llegar a ser una realidad este ensueño milenario de

bienestar para todos, tan antiguo como el hombre.

Mientras Fedor marchaba reflexionando, la antigua millonaria, más

verbosa que su acompañante, exponía sus ambiciones presentes.

Lo único que deseaba por el momento era no ir vestida a costa de los

demás. También necesitaba ropa interior. Era un suplicio para ella no

poder cambiarla. Sólo tenía la escasa ropa blanca que le habían

facilitado sus amigas. La compra de tres mudas interiores a precio

barato era su mayor ilusión. Tal vez la semana siguiente, cuando Fedor

cobrase su jornal en el cementerio, podría realizar ella tan enorme

deseo.

Los ofrecimientos monetarios de su acompañante la conmovían más que los

millones del rico siberiano cuando la pidió por esposa. ¡Ganaba tan poco

en la pensión, aparte de su comida!...

Al separarse de ella, Fedor volvió tristemente hacia su casa. Reía ahora

irónicamente de los fantasmas que le habían acompañado al principio de

la tarde. ¿Querer resucitar el amor, siendo pobre?...

El amor es únicamente para los ricos. Los que han de preocuparse de

ganar su vida tienen otras cosas más urgentes e imperiosas en que

pensar. Necesitan todo su tiempo para el trabajo, y el amor exige

riqueza y vagancia. Es el más inagotable y variado de los placeres;

pero todos los placeres de la tierra sólo existen para los que poseen el

dinero.

Esto, que le hubiese parecido muy lógico en otros tiempos, lo

consideraba ahora inadmisible porque se veía pobre, y un sentimiento de

envidia e indignación le hizo protestar contra los privilegios de los

felices.

Era injusto que la vida estuviese organizada con tanta desigualdad. Todo

debía ser para todos: dolores y placeres.

Luego modificó sus ideas pensando en sus años. Se sintió más pobre que

nunca, pobre sin remedio, al considerar que la juventud no puede

rehacerse como se rehace una fortuna. ¡Ay, la vejez!... ¿Qué pobreza

mayor?...

Y se dijo con melancolía rencorosa:

--Sí; no me equivoco: el amor es únicamente para los ricos... ricos de

dinero o ricos de juventud.

Novelas de la Costa Azul · 第 24 / 35 题