El viejo del Paseo de los Ingleses

I

Todas las mañanas, a las once, llegaba invariablemente al Paseo de los

Ingleses, cuando mayor era en él la concurrencia. Bajo la doble fila de

palmeras inmediata al mar, iban formando grupos las gentes de diversas

nacionalidades y lenguas venidas a Niza durante el invierno.

El azul denso e inquieto de la bahía de los Ángeles se interrumpía al

reflejar el resplandor del sol, triángulo de oro palpitante que apoyaba

su vértice en la orilla, mientras resbalaban por el azul inmóvil del

cielo los blancos vellones de las nubes. Una ilusión primaveral

rejuvenecía a esta muchedumbre durante las horas solares. Al languidecer

la tarde, el viento punzante caído de las cimas de los Alpes hacía

recordar la existencia del olvidado invierno; pero en las horas

meridianas, las mujeres, vestidas con colores de flor, tenían que abrir

sus sombrillas para defenderse de la causticidad del sol, y los hombres

sentían el orgullo de haber vencido al tiempo, mirando sus pantalones de

franela blanca a través de las gafas ahumadas con que defendían sus ojos

de la refracción de la luz sobre el asfalto.

Una alegría egoísta los animaba a todos al hablar del frío que estarían

sufriendo a aquellas horas los que tenían la desgracia de haberse

quedado en París, en Londres o en Nueva York, lejos de la asoleada Costa

Azul.

Ganosos de ver y de ser vistos, se agolpaban en una pequeña sección del

Paseo de los Ingleses, que tiene varios kilómetros de longitud. Las

gentes colocaban sus sillas de hierro unas junto a otras, buscando

hablarse con mayor intimidad, o las avanzaban más allá del vecino. Esto

iba estrechando el espacio de que podían disponer los transeúntes en sus

continuas idas y venidas, mas no por ello se cortaba su infatigable

rosario, y seguían deslizándose entre las tortuosidades de la gente

sentada, cruzando con ésta saludos y palabras.

Las conversaciones en diversos idiomas formaban un zumbido casi tan

sonoro como el choque de los últimos estremecimientos del mar sobre la

playa de guijarros, pulidos por un roce milenario. Cuando este rumor

humano bajaba de tono, se oían las orquestas de los restoranes y los

hoteles del paseo, que extienden su recta edificación frente al mar.

Entre las casas y la doble fila de palmeras pasaban automóviles con

matrículas y colores de todas las naciones, y grupos de jinetes: ellas,

con aire de muchacho, llevando pantalones masculinos; ellos, con la

cabeza al aire, el pelo echado atrás y el cuello de la camisa abierto

sobre el pecho.

De los hoteles célebres iban saliendo damas de andar perezoso, que

silbaban para que siguiese sus pasos un perro grande, con aire de fiera

que se digna ser buena, o pequeñísimo, y arrastrándose junto al suelo,

lo mismo que un manguito de piel caído de las manos y que empujase el

viento. Eran mujeres célebres por su familia o por su historia: artistas

de amor costoso o princesas de dinastía reinante. La gente repetía sus

nombres con interés, y ellas, apreciando de reojo la curiosidad

despertada por su presencia, seguían avanzando con aire

aristocráticamente desmayado, resignadas, como una reina que tiene que

mostrarse al populacho, y dando a entender con el desmadejamiento de su

persona que la mayor parte del año sólo se levantaban de la cama en las

primeras horas de la tarde. Aquí, en Niza, consideraban de buen tono

abandonar las sábanas para hacer una visita al sol a la hora en que está

más visible, aunque su luz vulgar y mal educada revela brutalmente los

desperfectos de los rostros.

A las doce sonaba en la colina del Castillo el cañonazo tradicional, e

instantáneamente, con una prontitud de teatro, se deshacían bajo las

palmeras los grupos humanos, que los tripulantes de los buques

alcanzaban a ver como hormigueros mientras navegaban por la línea del

horizonte. Las gentes se perdían en las calles afluentes al paseo o

penetraban en los hoteles. Únicamente permanecían retardados sobre el

asfalto los habladores, incapaces de cortar una discusión entablada, y

ciertas parejas amorosas, en espera de este momento de desbande general

para aproximarse y convenir dónde podrían volver a verse más íntimamente

al caer la tarde.

Una hora antes de esta dispersión en busca del almuerzo, llegaba todos

los días el hombre a quien llamaban muchos «el viejo del Paseo de los

Ingleses», como si fuese parte integrante de dicho lugar. Otros que,

por vivir más tiempo en Niza, se creían obligados a un conocimiento

concreto de las personas y las cosas, daban detalles precisos sobre su

existencia.

--Es un ruso: uno de los muchos que la revolución ha dejado en la

miseria.

Nadie podía más detalles; todos pasaban a ocuparse de otra cosa, con un

mohín de cansancio. Los rusos ya no eran de moda; esto lo sabía toda

persona razonable. Al principio, sus infortunios excitaron la simpatía

pública; no había salón distinguido ni espectáculo elegante donde no se

encontrase algún refugiado de esta nacionalidad. Pero había transcurrido

mucho tiempo sin que ocurriese nada nuevo en Rusia, y al fin la suerte

de los tales fugitivos resultaba monótona.

Además, eran demasiados los que habían venido a aglomerarse en este país

de sol, como si los impulsase un misticismo sabeico. Las novelas de su

nueva existencia ya no inspiraban interés, y la gente hablaba fríamente

de grandes duquesas que tenían en Niza casa de huéspedes o tienda de

sombreros; de oficiales de la antigua marina zarista convertidos en

bailarines profesionales de los restoranes de Monte-Carlo; de chófers de

porte marcial y rubio bigote, antiguos coroneles y generales en la corte

de San Petersburgo. Esto podía merecer atención durante unas semanas o

unos meses; pero ¡después de cuatro años, durante los cuales habían

ocurrido tantas cosas en un mundo que parecía estar loco!...

Los invernantes más antiguos de Niza conocían su nombre, Fedor Ipatieff,

y afirmaban que este «viejo del Paseo de los Ingleses» no era

extraordinariamente viejo. Debía tener poco más de sesenta años, y en

los meses anteriores al principio de la guerra todavía ostentaba esa

juventud madura, artificial y brillante que todo hombre moderno, libre

de las fatigas del trabajo, puede proporcionarse.

El tiempo, que parecía haberle olvidado, cayó sobre él repentinamente al

verlo pobre, marcándole el rostro con los arañazos de su mano

arrugadora. Diez años antes se mostraba relativamente fresco y con

aspecto vigoroso al salir por las mañanas de su cuarto de baño. Ahora

tenía los ojos hundidos en el fondo de una estrella de arrugas, y cuando

el cuello de su camisa entreabría sus puntas dejaba ver una piel flácida

y esa rigidez de los tendones que denuncia la ancianidad. El pelo, que

en los últimos años disfrazaba su anemia bajo rubios tintes, se mostraba

ahora francamente blanco. Pero este hombre, viejo por los años y

avejentado aún más por su decadencia social, hacía esfuerzos de voluntad

para retardar su ruina. Eran esfuerzos desesperados e inútiles, como los

del náufrago flotando en medio del Océano, que sólo demoran por unos

minutos el final inevitable.

Llevaba, lo mismo que en sus buenos tiempos, patillas hasta la mitad del

rostro, unidas por el bigote, como si éste fuese un puente, y la

cabellera partida por una raya de la cúspide del cráneo a la nuca. Hacía

recordar al difunto emperador de Austria Francisco José. Era un elegante

con arreglo al patrón vienés que había imperado en las cortes y los

salones de Europa cuarenta años antes.

Su vestimenta, aunque no databa de tan remota época, pertenecía también

al pasado: corbatas de plastrón imponente, con un alfiler en su centro

escandalosamente falso, ocupando el lugar de otro que había sido una

joya verdadera; levitones majestuosos; guantes grises con trencillas

negras; sombreros indeterminados, que nadie podía saber bajo qué moda

habían nacido; todo cepillado hasta dejar visible su trama, y revelando

el paso por su superficie de frotaciones y líquidos para expulsar las

manchas.

La escasez de ropa interior era lo que hacía sufrir más a Ipatieff, que

en su juventud había llegado a cambiarla tres veces al día. Sus cuellos,

siempre altos y vistosos, ya no podían deslumbrar con el fulgor nítido

de otros tiempos. Después de la guerra todo había cambiado en el mundo.

Además, su pobreza sólo le permitía tener lavanderas de obreros. Sus

camisas se iban deshilachando, y a pesar del brillo de la plancha,

guardaban siempre un vago color de chocolate.

Este señor de aspecto pobre y «antiguo» era saludado por muchos con la

afabilidad que inspiran las personas que conocimos en nuestra juventud y

nos la recuerdan con su presencia. También lo sonreían afablemente

algunas señoras viejas y de empaque aristocrático que exponían sus

reumatismos al sol.

--¡Pobre Ipatieff! Ahí donde ustedes lo ven, ha sido el bailarín más

famoso de su época. Nadie, en la Niza de nuestros tiempos, sabía el vals

como él, ni dirigir un cotillón... ¡Ay! Eso era en la época que aún no

existían los fox trots y demás danzas de negros, que vuelven locas a las

niñas de ahora.

Señores de rostro severo, con la roseta de la Legión de Honor en una

solapa, al contestar al saludo modesto del ruso, explicaban quién era

éste a sus compañeros de conversación:

--Antes de la guerra fue rico. Un hermano suyo tenía allá una fábrica

importante, y le enviaba todos los años varios centenares de miles de

rublos. El industrial estaba orgulloso de que su hermano menor hiciese

brillar el nombre de la familia, entre los rusos más distinguidos, en

Niza y en París. Pero ahora la fábrica ha desaparecido, al hermano lo

asesinaron los bolcheviques, y el pobre Ipatieff tiene que valerse de

medios extraordinarios para disimular su pobreza.

Los más enterados de la existencia actual de Fedor relataban, con una

sonrisa de conmiseración, sus esfuerzos para vivir sin mendigar. Durante

los primeros años de la guerra había podido sostenerse en un relativo

desahogo, gracias a sus muebles. Al quedar cortadas las remesas

monetarias de Rusia ocupaba un piso adornado suntuosamente, en una calle

inmediata al Paseo de los Ingleses, y aprovechó su lujosa instalación

como una industria, alquilando su casa a invernantes enriquecidos por la

guerra que deseaban saber cómo había sido la vida en Niza de los «ricos

antiguos». Él se instaló en la buhardilla, ocupando un cuarto de los

destinados a su antigua servidumbre.

Pero este recurso extraordinario no duró mucho. Al encarecerse la vida

el propietario de la casa aumentó considerablemente su alquiler. Luego

acabó por obligarlo a que la abandonase, prefiriendo a otros inquilinos

menos necesitados, y logró vivir tres años más con el producto de la

venta de sus muebles. Ahora, no pudiendo esperar nuevos ingresos,

procuraba mantenerse con una parsimonia extraordinaria.

Por fortuna, no tenía que preocuparse de su vivienda. La conmiseración

del dueño de la casa, y más aún el cariño de sus antiguos porteros, que

recordaban al señor Ipatieff de los tiempos prósperos, pródigo en

propinas y poco dado a examinar las cuentas, lo procuraron el goce a

perpetuidad de una pieza casi subterránea, que había servido siempre

para guardar muebles viejos y la crisis de alojamientos acababa de

elevar al rango de habitación humana. Por unos tragaluces abiertos al

nivel de la calle entraba el sol de las horas meridianas y mucho frío en

el resto del día. En esta cueva-dormitorio guardaba los restos de su

vestuario y ciertos compañeros de su existencia, cuya fecundidad

representaban los únicos ingresos con que podía contar.

Muchos, al ocuparse del viejo del Paseo de los Ingleses, le llamaban

también «el señor del perrito», por la razón de que nunca se presentaba

en el paseo sin ir acompañado de un animal de esta especie, pequeño, de

orejas erguidas y puntiagudas, extraordinariamente lanudo: una bola de

pelo que trotaba con menudo paso. Este perrito de la Pomerania atraía

las miradas y exclamaciones admirativas de las señoras viejas, así como

los manoseos de los niños, y nunca era el mismo.

Los que conocían a Ipatieff hablaban con lástima de la industria canina

que le ayudaba a vivir. Allá en su tugurio tenía una pareja de

bestezuelas de esta especie, regalo recibido en sus tiempos de

prosperidad, animales prolíficos que todos los años le daban varias

crías para la venta.

Además, el problema de la alimentación lo resolvía fácilmente durante el

invierno. Siempre había en los hoteles más caros, o en los barrios

elegantes de Cimiez y la California, familias que lo invitaban a comer.

El pobre Ipatieff hacía recordar con su presencia los tiempos anteriores

a la guerra, cuando aún era dulce el vivir. A los postres, la señora del

invitante, que no osaba darle dinero, le proponía la compra de uno de

sus perritos, y él aceptaba la oferta gravemente, como si estuviese

convencido de que nadie podía vivir sin la compañía de tales animales.

Con el mismo aire del proveedor que anuncia el envío de un encargo

vehementemente esperado, decía en ciertas ocasiones, después de saludar

a una señora en el Paseo de los Ingleses:

--Marquesa, la semana próxima le llevaré el pequeño. No se lo doy antes

porque quiero estar seguro de su buena educación.

Y al entregar el «pequeño» recibía sin sonrojo el billete de quinientos

francos, que hubiese rechazado de otra manera.

Después del cañonazo de mediodía, si Ipatieff no estaba invitado en

algún hotel, dejaba para las primeras horas de la tarde el suplicio de

alimentarse parcamente en un bodegón de la ciudad vieja, volviendo

apresuradamente a su casa.

--Vamos a hacer que la familia tome un poco de sol.

La familia era un perrito viejo y trémulo, con numerosos pelos blancos,

que tenía más de diez años, lo que en la vida de su especie equivale

casi a un siglo de vida humana. Y en torno a este patriarca de

incansable fecundidad ladraban y saltaban media docena de perrillos,

asustados y regocijados a la vez por el sol y el aire libre.

El antiguo elegante avanzaba como un pastor por el paseo, ahora

desierto, rodeado y seguido de este rebaño, que trotaba sobre el

asfalto, haciendo temblar sus bolas de lanas negras. Una simple voz del

hombre enmudecía y agrupaba a los animales, pacientemente educados. Pero

como necesitaban después de su encierro la carrera y el ladrido para

desentumecerse, su dueño les dejaba en libertad.

Iba a sentarse en un banco, y allí permanecía, meditabundo, mientras sus

compañeros correteaban persiguiéndose o ladrando a los niños atraídos

por su presencia. Fedor Ipatieff miraba al mar, pero con ojos incapaces

de ver. Su mirada iba más lejos, con la rapidez de la imaginación.

El viejo del Paseo de los Ingleses llevaba una novela en su interior,

una novela sin terminar, como la llevan la mayor parte de los humanos.

Y mientras el rebaño negro se frotaba contra sus piernas, ladrando

dulcemente en espera de una caricia, el ruso, entornando los ojos, creía

ver su lejana patria, como una casa sin muebles, ruinosa y fría, y en

ella la figura familiar de una mujer, recordada diariamente.

Su rostro debía ser ahora algo distinto de como lo vio la última vez;

estaba seguro de ello. Pero él sólo podía imaginársela lo mismo que en

otros tiempos.

Novelas de la Costa Azul · 第 21 / 35 题