IV

Transcurrieron varios años. No volví más al asilo de la costa

cantábrica; pero un día hablé en Madrid con el médico que había sido su

director.

Al verle, resurgió en mi memoria la imagen del comediante Fonseca, y

pregunté por él.

--Murió un año antes de abandonar yo la dirección--dijo el médico--.

Cuando sólo le quedaban unos meses de existencia, cambió de nombre, y

casi en su agonía hizo testamento, dejando su fortuna a sus compañeros

de asilo.

Comprendo el gesto de asombro con que recibe usted tales noticias. En

realidad, fue extraordinario el final del célebre Fonseca, algo parecido

al último acto de uno de aquellos melodramas que estaban de moda en su

juventud.

Le advierto que don Mariano se acordó siempre de usted, y hablaba a

todos de su amistad. Creo que sólo le envió usted tabaco dos veces; pero

estos paquetes de cigarrillos (que tal vez no pasaron de doce) parecían

tener la fuerza reproductora de los panes y los odres en las bodas de

Canaán. Siempre que fumaba un cigarrillo, aunque se lo hubiesen regalado

minutos antes, decía a sus compañeros, con voz campanuda y solemne, como

si estuviese representando la escena más culminante de un drama:

--Es del envío que me hace todos los meses mi ilustre amigo el doctor

Olmedilla, una eminencia de Madrid.

Un verano recibimos la visita del senador de aquella tierra, personaje

político tan venerable como poco conocido, y viejo lo mismo que Fonseca.

Éste, después de repetir en voz baja, con expresión meditabunda, el

nombre de nuestro visitante, se dirigió a él tendiéndole una mano.

Nos interpusimos muchos de los presentes, interpretando esta

familiaridad como una insolencia de su chochez. El viejo actor empezaba

a mostrarse menos razonable y coherente en el relato de sus historias.

Pero Fonseca dio explicaciones con voz segura, que nos convencieron a

todos. Su memoria parecía haberse robustecido con la presencia del

senador. Recordaba perfectamente su nombre. Habían sido condiscípulos en

Madrid, cuando él estudiaba el bachillerato.

Y tales detalles fue amontonando al evocar aquella época remota, que el

personaje político, que parecía haber despertado igualmente de su atonía

senil, acabó por reconocerle.

--¡Pero tú eres Cerón!--dijo--. Me acuerdo cómo reíamos de tu apellido,

siendo muchachos... ¿Por qué te llaman aquí Fonseca?

Aceptó la pregunta el comediante con resignación y al mismo tiempo con

inquietud, como el que se ve obligado a revelar un misterio de su vida.

Efectivamente, su apellido era Cerón, y en días sucesivos fuimos

conociendo la primera época de su existencia, antes de que se marchase a

América. Dos reporteros de los diarios de la capital de la provincia que

habían venido con el personaje vieron en esta historia materia para un

artículo.

Fonseca se llamaba Cerón, y con este nombre había empezado en Madrid su

carrera de comediante. Continuos y ruidosos fracasos le obligaron a huir

de la escena y de su patria. ¿Cómo continuar su vida teatral en un país

donde los actores, para hacer patente la mediocridad de un camarada, se

limitaban a decir: «Es más malo que Cerón»?

Al marcharse había creído oportuno cambiar de nombre, y Mariano Cerón

pasó a ser el incansable Mariano Fonseca, actor errante y célebre (como

él decía) «desde la frontera de Texas al estrecho de Magallanes».

Esto no lo considero yo extraordinario; ahora viene lo más interesante.

La historia del actor que cambió de nombre y llegó a ser famoso en

América fue pasando de periódico en periódico, y un día se presentó en

el asilo un hombre de negocios judiciales, un picapleitos, que venía de

Madrid sólo para dar a Fonseca la noticia de que una herencia estaba

esperándolo más de veinte años.

Cierto señor Cerón, ya difunto, había hecho testamento, dejando sus

bienes a un hermano suyo huido a América, sin que nadie supiera más de

él. ¿Quién podía adivinar al ignorado Cerón en el glorioso Fonseca?...

La herencia no era enorme, como las que se ven llegar inesperadamente en

comedias y novelas. Creo que no iba más allá de veinticinco mil duros;

pero ¡imagínese usted lo que representaba esto para nuestro amigo

inolvidable!...

Además, la tal herencia parecía fatigadísima de esperar tantos años, y,

contra lo que es costumbre en los tribunales, deseaba entregarse cuanto

antes. El rábula sólo necesitó un poder del heredero para resolver el

asunto con inusitada rapidez.

Pero nuestro héroe se apresuró igualmente a morir, ahora que se veía

rico.

Se fue del mundo dignamente, reparando una gran injusticia, como tantas

veces lo había hecho, espada en mano, sobre las tablas de los

escenarios. Quiso dictar su testamento, y dejó por herederos de sus

bienes a todos los camaradas de asilo y a los que les sucedan en aquella

casa. La renta de su capital debe emplearse enteramente en tabaco, para

que de este modo no conozcan nunca los pobres el tormento sufrido por él

en sus últimos años a causa de una omisión del fundador.

Y los asilados pasan ahora el día entero fumando y fumando. Lo que

ignoro es si dentro de unos años se acordarán del comediante Fonseca.

Novelas de la Costa Azul · 第 20 / 35 题