Transcurrieron varios años. No volví más al asilo de la costa
cantábrica; pero un día hablé en Madrid con el médico que había sido su
director.
Al verle, resurgió en mi memoria la imagen del comediante Fonseca, y
pregunté por él.
--Murió un año antes de abandonar yo la dirección--dijo el médico--.
Cuando sólo le quedaban unos meses de existencia, cambió de nombre, y
casi en su agonía hizo testamento, dejando su fortuna a sus compañeros
de asilo.
Comprendo el gesto de asombro con que recibe usted tales noticias. En
realidad, fue extraordinario el final del célebre Fonseca, algo parecido
al último acto de uno de aquellos melodramas que estaban de moda en su
juventud.
Le advierto que don Mariano se acordó siempre de usted, y hablaba a
todos de su amistad. Creo que sólo le envió usted tabaco dos veces; pero
estos paquetes de cigarrillos (que tal vez no pasaron de doce) parecían
tener la fuerza reproductora de los panes y los odres en las bodas de
Canaán. Siempre que fumaba un cigarrillo, aunque se lo hubiesen regalado
minutos antes, decía a sus compañeros, con voz campanuda y solemne, como
si estuviese representando la escena más culminante de un drama:
--Es del envío que me hace todos los meses mi ilustre amigo el doctor
Olmedilla, una eminencia de Madrid.
Un verano recibimos la visita del senador de aquella tierra, personaje
político tan venerable como poco conocido, y viejo lo mismo que Fonseca.
Éste, después de repetir en voz baja, con expresión meditabunda, el
nombre de nuestro visitante, se dirigió a él tendiéndole una mano.
Nos interpusimos muchos de los presentes, interpretando esta
familiaridad como una insolencia de su chochez. El viejo actor empezaba
a mostrarse menos razonable y coherente en el relato de sus historias.
Pero Fonseca dio explicaciones con voz segura, que nos convencieron a
todos. Su memoria parecía haberse robustecido con la presencia del
senador. Recordaba perfectamente su nombre. Habían sido condiscípulos en
Madrid, cuando él estudiaba el bachillerato.
Y tales detalles fue amontonando al evocar aquella época remota, que el
personaje político, que parecía haber despertado igualmente de su atonía
senil, acabó por reconocerle.
--¡Pero tú eres Cerón!--dijo--. Me acuerdo cómo reíamos de tu apellido,
siendo muchachos... ¿Por qué te llaman aquí Fonseca?
Aceptó la pregunta el comediante con resignación y al mismo tiempo con
inquietud, como el que se ve obligado a revelar un misterio de su vida.
Efectivamente, su apellido era Cerón, y en días sucesivos fuimos
conociendo la primera época de su existencia, antes de que se marchase a
América. Dos reporteros de los diarios de la capital de la provincia que
habían venido con el personaje vieron en esta historia materia para un
artículo.
Fonseca se llamaba Cerón, y con este nombre había empezado en Madrid su
carrera de comediante. Continuos y ruidosos fracasos le obligaron a huir
de la escena y de su patria. ¿Cómo continuar su vida teatral en un país
donde los actores, para hacer patente la mediocridad de un camarada, se
limitaban a decir: «Es más malo que Cerón»?
Al marcharse había creído oportuno cambiar de nombre, y Mariano Cerón
pasó a ser el incansable Mariano Fonseca, actor errante y célebre (como
él decía) «desde la frontera de Texas al estrecho de Magallanes».
Esto no lo considero yo extraordinario; ahora viene lo más interesante.
La historia del actor que cambió de nombre y llegó a ser famoso en
América fue pasando de periódico en periódico, y un día se presentó en
el asilo un hombre de negocios judiciales, un picapleitos, que venía de
Madrid sólo para dar a Fonseca la noticia de que una herencia estaba
esperándolo más de veinte años.
Cierto señor Cerón, ya difunto, había hecho testamento, dejando sus
bienes a un hermano suyo huido a América, sin que nadie supiera más de
él. ¿Quién podía adivinar al ignorado Cerón en el glorioso Fonseca?...
La herencia no era enorme, como las que se ven llegar inesperadamente en
comedias y novelas. Creo que no iba más allá de veinticinco mil duros;
pero ¡imagínese usted lo que representaba esto para nuestro amigo
inolvidable!...
Además, la tal herencia parecía fatigadísima de esperar tantos años, y,
contra lo que es costumbre en los tribunales, deseaba entregarse cuanto
antes. El rábula sólo necesitó un poder del heredero para resolver el
asunto con inusitada rapidez.
Pero nuestro héroe se apresuró igualmente a morir, ahora que se veía
rico.
Se fue del mundo dignamente, reparando una gran injusticia, como tantas
veces lo había hecho, espada en mano, sobre las tablas de los
escenarios. Quiso dictar su testamento, y dejó por herederos de sus
bienes a todos los camaradas de asilo y a los que les sucedan en aquella
casa. La renta de su capital debe emplearse enteramente en tabaco, para
que de este modo no conozcan nunca los pobres el tormento sufrido por él
en sus últimos años a causa de una omisión del fundador.
Y los asilados pasan ahora el día entero fumando y fumando. Lo que
ignoro es si dentro de unos años se acordarán del comediante Fonseca.